martes, 4 de agosto de 2020

Orando construimos (Palabras sobre la santidad - LXXXVI)



            Pudieron hacer mil obras apostólicas, catequéticas, evangelizadoras y mil obras de caridad y de misericordia, pero los santos muy conscientes eran de que su primera, principal, y más importante obra, era su oración, a la cual nada anteponían.

            Los santos son orantes. Todo lo referían a Dios y con Dios trataban. Todo lo ponían en manos de Dios y orando discernían el camino que Dios les trazaba. Todo lo remitían a Dios y en la oración recibían de Dios lo que Él quisiera darles para su misión. Pero el santo se define por su oración, no por su activismo. Sin la oración no se entiende a un santo ni se accede al núcleo íntimo de su ser.



            Oraban y oraban mucho, pero despreocupados: querían estar ante Dios con Cristo, y no se afanaban por recibir ni por sentir nada, sino por estar. Y en su oración llevaban a sus hermanos, los incluían también: “¿Qué cristiano pretende orar por sí sin llevar consigo a sus hermanos ante Dios? Desde que Cristo sufrió y oró por todos, la oración no puede menos que ser católica, universal. A todos los que son mudos ante Dios, hay que prestarles la boca… Solidario de verdad es el que aporta en pro de todos lo que ha recibido como don. El orante cristiano orará por gratitud a Dios y por responsabilidad frente a los prójimos. No se preocupará mucho ni poco de lo que sienta o no sienta, de que goce de la presencia o sufra la ausencia de Dios. Tal vez le toque sufrir la ausencia de Dios en uno que no ora, para que éste tenga un presagio de su presencia. Tal sucede en la “communio sanctorum”, que, en sentido amplísimo, es la comunión de todos aquellos por los que Dios ha padecido en la cruz el abandono total. Y en esta comunión entramos realmente todos” (Balthasar, El cristianismo es un don, Madrid 1973, 157).


            Los santos -¡basta leer sus biografías!- dedicaban tiempo cotidiano a la oración, a estar en presencia del Amado. Sabían que eso era prioritario. Sabían que con la oración llegaban lejos, podían hacer mucho bien, alcanzar gracias para otros. Y con denuedo se entregaban a orar. ¡Tenían en mucho la oración! “Se ora, se sacrifica y se sabe que la oración y el sacrificio serán provechosos en algún lugar y en un momento dado “a las almas”. ¿Cómo? No se tiene experiencia de ello, pero es grato saber que todo cuanto se regala a Dios, “servirá”… No en vano purifica tan honda y radicalmente a sus santos el espíritu calculador, hasta el punto que llegan a no saber si sus sufrimientos y oraciones son útiles y producen algo, ni preguntan si Dios va a emprender algo con lo de ellos, caso de que quede todavía “lo de ellos”” (Balthasar, El cristianismo es un don, 174).

            Su corazón, dilatado por la caridad, abarcaba a todos en su oración. A ella acudían confiadamente.

            En la oración de los santos, la contemplación hacía crecer el Reino de Dios. No sólo meditaban, no sólo pedían o intercedían, también contemplaban silenciosamente, entregados al Misterio con amor y adoración.

            La contemplación fecundaba sus almas, las dilataba, les hacía encenderse en fuego de apostolado y misión. Era la contemplación su inspiración, su fuente. Y Dios se les daba de mil formas diferentes, llevándolos por caminos distintos. En la contemplación orientaban sus corazones a Cristo, sin desviaciones, sin poner la misión por delante del Señor de la misión. Estaban orientados así permanentemente a Jesucristo: “Pero todo proyecto cristiano del futuro caerá y deberá caer en el vacío, si no es cristiano, es decir, si no está orientado a Cristo. Pero Cristo no es programa que se domine de una ojeada, o se despache en botellas que luego no hay sino que tomar en la mano en la “operación futuro”. Sólo en la abertura de la contemplación y de la oración atenta, se abre de forma siempre nueva lo que Cristo, nuestro origen, dice y quiere. Toda acción que no tenga sus raíces en la contemplación está de antemano condenada al agostamiento” (Balthasar, Seriedad con las cosas. Córdula o el caso auténtico, Salamanca 1968, 111).

            Entonces conviene aquí repetir el convencimiento de los santos: más hace la oración con amor que mil tareas apostólicas y actividades sin parar. El santo es orante y lo sabe bien. Por eso puede decir un santo que siendo contemplativo desplegó una gran actividad, san Juan de la Cruz: “Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir el mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más progreso harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejando aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de este tiempo en estar con Dios en oración… Cierto entonces harían más y con menos trabajo con una hora que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales con ella, porque de otra manera, todo es martillear y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño” (CB 29).


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