viernes, 31 de enero de 2020

Santidad: perfección en la caridad




“Ahora quedan estas tres, la fe, la esperanza y la caridad, estas tres; la mayor de ellas es la caridad” (1Co 13,13). “Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1Jn 4,7). “El amor es el vínculo de la perfección” (Col 3,14).

“Todos estos hombres de Iglesia [los santos], conocidos o anónimos que sean, con su vida, su santidad, su trabajo de cada día y su dolor daban testimonio a esta tierra de que Dios es amor, amor que abraza a cada uno y lo lleva por los caminos del mundo hacia una nueva vida” (JUAN PABLO II, Homilía en el milenario de la archidiócesis de Cracovia, 15-junio-1999).

“La santidad es amor a Cristo y a los hermanos” (JUAN PABLO II, Discurso a los peregrinos de las beatificaciones de 12 siervos de Dios, 11-mayo-1998).

“Toda vocación humana no tiene realización plena sino en el amor: es verdad para la familia, para las relaciones entre los ciudadanos, entre grupos sociales, entre razas, entre pueblos. La vocación cristiana, que es una vocación a la santidad, consiste esencialmente en la caridad: Amar al Señor nuestro Dios con todas nuestras fuerzas, amar al prójimo como Cristo nos ha amado” (JUAN PABLO II, Homilía en Victoria, Islas Seychelles, 1-diciembre-1986).




                La santidad viene definida por el Concilio Vaticano II, en la Lumen gentium, como la perfección en la caridad; es vivir, en el mayor grado posible, la caridad, que posee una doble dirección, la caridad teologal, el amor a Dios, la entrega al amor de Cristo, y la dimensión horizontal, el amor a los otros como a uno mismo. 

El himno de la caridad, de la 1ª carta a los Corintios, es un programa de santidad para desarrollar en nosotros esa perfección de la caridad a la que estamos llamados todos los miembros de la Iglesia, cada uno en su sitio, siendo cada uno un miembro distinto en el Cuerpo de la Iglesia.

                El amor, lejos de ser un sentimiento, es querer activamente el bien del otro, que incluye a quien nos ha hecho daño. No son los efluvios sentimentales, que son agua de borrajas. Es querer de verdad, incluso a costa de la negación de uno mismo, el bien del otro.

                ¿Cómo es ese amor? ¿Cómo es esa perfección de la caridad? 


Es afable. Se hace querer, es educada, no va a gritos avasallando, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que el amor goza en la verdad. Espera sin límites, espera el crecimiento del otro, el retorno del otro o incluso que el otro se dé cuenta del error cometido o de la injusticia realizada. Aguanta sin límites; quien vive o aspira esa caridad, aguanta sin límites la calumnia, la difamación, el que lo pisoteen, la humillación, los que te querían mucho ayer y hoy no te quieren ni ver. Aguanta sin límites. Lo disculpa todo, porque ama a Dios y vive de ese amor y lo desarrolla en su vida.

                El amor no pasa nunca, en un doble sentido. El amor llega hasta el cielo, y la santidad es perfección eterna de la caridad, y también el que ama, ama de verdad y para siempre, y ama sin poner plazos, y ama, según la fórmula del consentimiento matrimonial que se puede hacer extensivo a todo, en la salud y en la enfermedad, en adversidad y en la prosperidad, todos los días de la vida. No te puedo decir que te quiero si, a la primera de cambio, mañana no te acepto, y te hago daño queriendo o hablo mal de ti; entonces es que no te he amado de verdad nunca, porque el amor es eterno. Cambiarán los modos de expresión porque la prudencia aconseja no acercarse a los enemigos, si sabes que te van a hacer daño, pero se sigue amando buscando el bien del otro, porque el amor es eterno, no cambia tan fácilmente.

El amor en la Iglesia es también eterno, porque su fuente es eterna. El amor crea la comunión en la Iglesia, porque el amor acepta, y ya no hay “los unos y los otros”, con actitudes de dominación, sino un solo Corazón, el de Cristo, que da unidad a la Iglesia. 

No olvidemos que el himno a la caridad es continuación del capítulo 12 sobre la diversidad de miembros en el Cuerpo de la Iglesia. El cuerpo que tiene muchos miembros alcanza el carisma más excepcional en el amor que crea unidad. Así la mayor santidad es el mayor amor. 

El don de profecía, ¡se acaba! ¿El ser fulano de tal con el título de tal? ¡Se acaba en la tumba! ¿El ser catequista? ¡También acaba! ¿Presidir una asociación? ¡Se acaba! ¿Ser responsable de no sé qué? ¡Se acaba en la tumba! ¿Qué es lo que no pasa? La caridad, camino de santidad; así podemos vivir. Lo otro es vaciedad, en frase de Teresa de Jesús, agarrarse a palillos de romero seco, que con nada se deshacen.

                “El amor no pasa nunca”. “Dichoso el pueblo”, dichosa la Iglesia, “que el Señor se escogió como heredad”. Ojalá el Señor nos permita ir descubriendo, gozando, viviendo, la santidad; que podamos avanzar en esa perfección de la caridad que se consuma en el Sacramento de la Eucaristía.

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