miércoles, 5 de febrero de 2020

Santidad entre los afanes del mundo (Palabras sobre la santidad - LXXXII)



            La jornada se presenta como momento agradable al Señor para vivir, un día más, en santidad; ser santos en las obligaciones de familia y de trabajo, nada espectaculares, sino monótonas y repetitivas, encajando con mortificación los inconvenientes que se presentan, lo adverso, los pequeños sacrificios que hay que asumir sin esperarlo.

            Un día normal es un día más para vivir en santidad, desarrollando la vocación bautismal a ser santos.

            Cualquier cosa en el día a día, hecha con fe, es susceptible de ser una ofrenda a Dios y que sea vivida con santidad. El Apóstol de las gentes ya nos exhortaba: “tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10,31).

            La santidad cristiana es dar gloria a Dios en los afanes del mundo; en la materia mundana, en las preocupaciones y trabajos de cada día. ¡Todo para gloria de Dios con un gran espíritu de fe! Así vivieron los santos.

            La vida en santidad, en este sentido, es más fácil y más accesible de lo que pensamos; con palabras del beato John Henry Newman: “A nuestro Señor Jesucristo, como mejor se le sirve, y con más fervor, es siendo diligentes en el deber, cumpliendo nuestros deberes en el estado de vida al que Dios haya querido llamarnos”[1].

            La fidelidad a las obligaciones del propio estado, en muchas ocasiones, es heroica. No se trata de que todos tengan que huir del mundo o cambiar de estado de vida, sino de entrega y fidelidad al propio deber estando en el mundo, sin contagiarse del espíritu mundano, sin amor carnal al mundo, sin dejar que el mundo lo absorba, sin apego a las cosas del mundo. ¡Difícil equilibrio que sólo la gracia puede lograr en el alma!


            Nuestro convencimiento para vivir la santidad cotidiana es que “nada es tan banal o trivial que no pueda dar gloria a Dios” (Beato Newman): cualquier cosa que hagamos con espíritu de fe puede glorificar a Dios en nuestro día a día. Todo puede incluirse como ofrenda a Dios para quien quiere vivir en santidad: “Me negaré a mí mismo. Sé que con Su ayuda, lo que en sí mismo es doloroso, se volverá agradable porque lo hago para Él. Sé bien que no hay dolor que no se pueda llevar con gusto, pensando en Él y con Su gracia, y con una firme determinación de la voluntad”. Por eso, “yo, que soy un pecador, tomaré esta pequeña molestia con generosidad, contento por la oportunidad de negarme en estas cosas, humillándome, porque necesito una severa penitencia”, seguía diciendo Newman; “toda esa parte que me desagrada, en la medida en que no dañe mi salud, y no suponga para mí una añagaza, la preferiré y la abrazaré”.

            Haciéndolo todo por Dios y para la gloria de Dios, brillará nuestra vida como luz ante los hombres, brillará de por sí, sin que busquemos reconocimiento o protagonismo. Lo haremos sin fingimiento ni afectación, sino con toda naturalidad y sencillez: “No, no voy a afectar nada. Voy a cumplir con mi deber, varonilmente, con la gracia de Dios” (Beato Newman). Así va transcurriendo cada jornada y es ocasión de estar siempre con una mirada de fe, sobrenatural, para discernir lo que Dios nos pueda estar pidiendo: “en todo lo que suceda, el cristiano se esforzará por discernir la voluntad de Dios mirando fijamente, por así decir, el rostro de su Señor. Sentirá que la auténtica contemplación de su Señor se da en su oficio en el mundo… Tomará, así, sus ocupaciones diarias como un don de Dios y lo amará como tal”.

            Nuestro lugar, el mundo; nuestra santificación, los deberes y afanes; nuestro deseo, la gloria de Dios; nuestro espíritu sobrenatural y creyente, no profano o mundano. Cualquier cosa que hagamos puede glorificar a Dios; los trabajos y obligaciones diarias son materia de nuestra santificación; luego es posible ser santos en lo cotidiano, en el propio estado de vida.

            Nuestros afanes y trabajos poseen una ventaja, apartarnos de la ociosidad que no haya lugar a la pereza, porque ésta nos hace divagar, imaginar, y termina apartando el pensamiento de Dios. El trabajo nos centra, ocupa la mente, y realizándolo como ofrenda a Dios, se convierte en plegaria.

            Siempre habremos de suplicar la gracia para vivir con santidad entre los afanes y ocupaciones de cada día, situados en el mundo; con palabras del beato Newman: “¡Que Dios nos dé gracia en nuestras distintas esferas y posiciones para hacer Su voluntad y dar lustre a Su doctrina; que, ya comamos, ya bebamos, ayunemos o recemos, trabajemos con las manos o con la inteligencia, viajemos por el mundo o permanezcamos en nuestros lugares, demos gloria al que nos ha adquirido con Su sangre!”


[1] Sermones parroquiales / 8, Sermón 11. Seguimos la enseñanza de Newman en este sermón.

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