jueves, 2 de septiembre de 2010

Año sacerdotal. Sacerdocio ministerial: lo característico


“El sacerdocio ministerial, en cambio, se funda en el carácter impreso por el sacramento del Orden, que configura a Cristo sacerdote, y le permite, con la sagrada potestad, actuar en la persona de Cristo Cabeza - in persona Christi Capitis -, para ofrecer el Sacrificio y para perdonar los pecados. A los bautizados que han recibido en un segundo momento el don del sacerdocio ministerial, les es conferida sacramentalmente una nueva y específica misión: impersonar en el seno del pueblo de Dios la triple función –profética, cultual y real– del mismo Cristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia. Por tanto, en el ejercicio de sus específicas funciones actúan in persona Christi Capitis e igualmente, en consecuencia, in nomine Ecclesiae” (Instrucción, El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, n. 6).

Hay que ser realista, y tener una sólida teología y espiritualidad, para comprender y vivir esta identidad sacerdotal, después de tanto revuelo como se creó y vivió en la Iglesia, y ahora, ante la secularización reinante en la sociedad, vivir lo que uno es, con plenitud y sin fisuras.

“En los últimos decenios la Iglesia ha conocido problemas de «identidad sacerdotal», derivados, en algunas ocasiones, de una visión teológica que no distingue claramente entre los dos modos de participación en el sacerdocio de Cristo. En algunos ambientes se ha llegado a romper aquel profundo equilibrio eclesiológico, tan propio del Magisterio auténtico y perenne.
Hoy se dan todas las condiciones para superar el peligro tanto de la «clericalización» de los laicos como de la «secularización» de los ministros sagrados. El generoso empeño de los laicos en los ámbitos del culto, de la transmisión de la fe y de la pastoral, en un momento además de escasez de presbíteros, ha inducido en ocasiones a algunos ministros sagrados y a algunos laicos a ir más allá de lo que consiente la Iglesia, e incluso de lo que supera su ontológica capacidad sacramental. De aquí se deriva también una minusvaloración teórica y práctica de la específica misión laical, que consiste en santificar desde dentro las estructuras de la sociedad. De otra parte, en esta crisis de identidad, se produce también la «secularización» de algunos ministros sagrados, por un oscurecimiento de su específico papel, absolutamente insustituible, en la comunión eclesial" (Instrucción, El presbítero..., n. 7).

Es preciso tener clara la identidad sacerdotal frente a los distintos riesgos que se presentan.

La confusión entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial ha generado desorden y auténticos problemas espirituales y morales en muchos sacerdotes. Aquí no se trata de “quién es más” en la Iglesia, sino de estar cada uno en el lugar en que Dios lo ha situado, ser un miembro vivo de la Iglesia allí donde Cristo ha querido llamarnos. Sólo siendo, actuando y viviendo conforme a lo que uno es, se contribuye a la edificación de la Iglesia y al bien de las almas.
¿Qué somos?
¿Cuál es nuestro sitio en la Iglesia?

¿Qué encargo nos ha hecho Cristo y cómo realizarlo?

¿Para qué vivo?
¿Para el bien de la Iglesia y de sus hijos, o para mi propio interés?

¿Busco mi interés o el interés de Jesucristo?


Ilumina la conciencia recordar lo que somos por pura gracia, no por mérito nuestro:

8. “El sacerdote, alter Christus, es en la Iglesia el ministro de las acciones salvíficas esenciales. Por su poder de ofrecer el Sacrificio del Cuerpo y la Sangre del Redentor, por su potestad de anunciar con autoridad el Evangelio, de vencer el mal del pecado mediante el perdón sacramental, él –in persona Christi Capitis– es fuente de vida y de vitalidad en la Iglesia y en su parroquia. El sacerdote no es la fuente de esta vida espiritual, sino el hombre que la distribuye a todo el pueblo de Dios. Es el siervo que, con la unción del espíritu, accede al santuario sacramental: Cristo Crucificado (Cf. Jn 19, 31-37) y Resucitado (cf. Jn 20,20-23), del cual emana la salvación...
9. En cuanto partícipe de la acción directiva de Cristo Cabeza y Pastor sobre su Cuerpo, el sacerdote está específicamente capacitado para ser, en el plano pastoral, el «hombre de la comunión», de la guía y del servicio a todos. Él está llamado a promover y a mantener la unidad de los miembros con la cabeza, y de todos entre sí. Por vocación, él une y sirve a la doble dimensión que la misma función pastoral de Cristo posee (Cf. Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 22,27). La vida de la Iglesia requiere, para su desarrollo, energías que sólo este ministerio de la comunión, de la guía y del servicio puede ofrecer. Exige sacerdotes que, totalmente asimilados al Maestro, depositarios de una vocación originaria a la plena identificación con Cristo, vivan, “con” Él y “en” Él, todo el conjunto de las virtudes manifestadas en Cristo Pastor, y que, entre otras cosas, recibe luz y sentido de la asimilación a la donación nupcial del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, a una humanidad redimida y renovada. Exige que haya sacerdotes que quieran ser fuente de unidad y de donación fraterna a todos –especialmente a los más necesitados–, hombres que reconozcan su identidad sacerdotal en el Buen Pastor, y que esa imagen sea vivida internamente y manifestada externamente de modo que todos puedan reconocerla, en cualquier lugar y tiempo.
El sacerdote hace presente a Cristo Cabeza de la Iglesia mediante el ministerio de la Palabra, participación en su función profética. In persona et in nomine Christi, el sacerdote es ministro de la palabra evangelizadora, que invita a todos a la conversión y a la santidad; es ministro de la palabra cultual, que ensalza la grandeza de Dios y da gracias por su misericordia; es ministro de la palabra sacramental, que es fuente eficaz de gracia. Según esta múltiple modalidad el sacerdote, con la fuerza del Paráclito, prolonga la enseñanza del divino Maestro en el interior de su Iglesia”.

Aquí hay puntos de sobra para la reflexión de los sacerdotes, para la oración y también para la formación de todos. Cristo se sirve del ministerio de los sacerdotes para que se pronuncie su palabra eficaz, transformadora, santificadora.

Podríamos orar por los sacerdotes y repetir en silencio muchas veces la fórmula de entrega del Evangeliario al diácono y suplicar que los ministros de la Iglesia ajustemos nuestra vida a ella:

"Recibe el Evangelio de Cristo,
del cual has sido constituido mensajero;
convierte en fe viva lo que lees,
y lo que has hecho fe viva enséñalo,
y cumple aquéllo que has enseñado".

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