A distancia de años, e incluso de
siglos, se cae en una impresión falsa y superficial sobre los santos. Los
miramos tan de lejos y se tiene una imagen tan idílica de la santidad, que
parece que vivieron siempre entre ángeles, con una vida más fácil, sencilla y
gozosa que la nuestra y que por eso son santos, mientras que nosotros lo
tenemos sumamente difícil y ni vemos ni oímos ángeles, ni palpamos el Misterio
como ellos.
Se
crea una ficción imaginaria sobre los santos, como si todo les resultase
agradable y rápido, sin luchas ni debilidades ni tentaciones porque ya eran
santos desde la cuna… y lo contrastamos con nuestra realidad humana, cristiana,
de cada día, y nos parece imposible que alcancemos nosotros la santidad alguna
vez. ¡Son demasiados frentes los que tenemos abiertos, demasiadas tentaciones,
debilidades y pecados! ¡Son muchas las luchas que arrastramos, el estrés del
trabajo y ritmo de vida, el ambiente secularizado, las persecuciones abiertas o
solapadas contra el catolicismo y la fe! Entonces desistimos de la santidad y
nos conformamos con los mínimos de la vida cristiana, con un poco de bondad y
amor para aquellos que son buenos o que nos quieren. Pero, entonces, ¿qué
mérito tenemos (cf. Mt 5,46)?
Una
mala lectura de los santos, una ficción de nuestra imaginación, más las
leyendas hagiográficas de tiempos ya muy remotos, han sido los presupuestos
para desalentarnos y apartarnos del camino de la santidad.
Sin
embargo, si se sabe leer bien, las vidas de los santos, de todos ellos sin
excepción, nos hacen descubrir que ellos son verdaderos conocedores del
misterio de la Cruz
de Jesucristo, que esa Cruz no les fue ahorrada sino que se puso sobre sus
hombros, y que no les fue nada fácil vivir en santidad como ahora creemos y
soñamos.



