Si se participa bien en la liturgia, esto es, consciente, activa, fructuosamente, interiormente, los fieles todos vivirán santamente el culto a Dios de su vida diaria, que se convierte en sacrificio santo al Señor. La vida queda afectada -es decir, marcada, sellada- cuando la participación en la liturgia posee hondura interior.
Así, hemos visto que la vida:
a) queda modelada por la liturgia
b) unión profunda con Cristo
c) Somos presencia de Cristo
d) "Pneumatóforos" con una vida teologal.
Continuamos viendo los efectos y la transformación que produce en la vida, y en este caso:
e) Hacer la voluntad del Padre
La
vida cristiana tiene como alimento, igual que Jesucristo, hacer la voluntad del
Padre (cf. Jn 4, 34). Es su voluntad nuestro alimento ya que como hijos,
movidos por la piedad filial, es vivir la voluntad del Padre. “Nuestra paz,
Señor, es cumplir tu voluntad”, rezamos en unas preces de Laudes[1].


