De la naturaleza eclesial de la liturgia se sigue la forma católica -universal, integradora- de orar y de interceder.
La catolicidad huye del espíritu de "capillismo", de mirar sólo al propio campanario, a lo pequeño y cerrado del propio ambiente: mira más allá de sí mismo y de lo mío (carisma, espiritualidad, parroquia, comunidad) extendiendo el corazón a todas las dimensiones de la Iglesia con una verdadera solicitud.
La oración eclesial siempre es católica, es decir, incluye a todos, mira por todos, abarca e incluye a todas las realidades eclesiales, a todos los miembros de la Iglesia así como a todos los hombres.
De
aquí, de este concepto católico se derivan muchas consecuencias[1]; en
la participación interior en la liturgia, más concretamente, lleva a orar
realmente por todos, ensanchando los espacios de la caridad, hacia cualquiera
que necesite oración, y no simplemente las propias y personales necesidades.
En
la celebración eucarística hay un momento en que el pueblo cristiano ejerce su
sacerdocio bautismal intercediendo por todos los hombres y la salvación del
mundo: es la oración de los fieles:




