lunes, 31 de octubre de 2016

Sentido de catolicidad al participar (II)

De la naturaleza eclesial de la liturgia se sigue la forma católica -universal, integradora- de orar y de interceder.

La catolicidad huye del espíritu de "capillismo", de mirar sólo al propio campanario, a lo pequeño y cerrado del propio ambiente: mira más allá de sí mismo y de lo mío (carisma, espiritualidad, parroquia, comunidad) extendiendo el corazón a todas las dimensiones de la Iglesia con una verdadera solicitud.


La oración eclesial siempre es católica, es decir, incluye a todos, mira por todos, abarca e incluye a todas las realidades eclesiales, a todos los miembros de la Iglesia así como a todos los hombres.


            De aquí, de este concepto católico se derivan muchas consecuencias[1]; en la participación interior en la liturgia, más concretamente, lleva a orar realmente por todos, ensanchando los espacios de la caridad, hacia cualquiera que necesite oración, y no simplemente las propias y personales necesidades.

            En la celebración eucarística hay un momento en que el pueblo cristiano ejerce su sacerdocio bautismal intercediendo por todos los hombres y la salvación del mundo: es la oración de los fieles:

domingo, 30 de octubre de 2016

Espiritualidad de la adoración (XV)

Ser iniciados en la oración es tarea amplia, y hay que pensarla como algo a largo plazo, porque todo aprendizaje es delicado para asumir contenidos, integrarlos y hacerlos nuestros de manera que broten con espontaneidad.


El aprendizaje o la iniciación a la adoración eucarística también lleva su tiempo. Pero se comienza el aprendizaje estando de rodillas muchas veces ante el Señor en la custodia. Las técnicas y los consejos vendrán luego a iluminar las situaciones personalísimas de cada orante. 

Uno comienza estando, y estando de rodillas, mucho tiempo, mirando al Señor eucarístico.

Después comienza la oración, el tiempo, la pobreza del corazón ante el Señor, las dificultades; es cuando hay que perseverar y dejarse iluminar.

viernes, 28 de octubre de 2016

Cristo en la Iglesia

Como Cristo no es un personaje mítico del pasado, ni un ideal, ni un sentimiento afectivo, sino una Persona real, el Hijo de Dios encarnado, muerto y glorificado. Con Él podemos tener contacto, tratarlo, y Él puede curarnos, sanarnos, alimentarnos y nutrirnos mediante su Iglesia, que es la mediación elegida por Él.

La Iglesia tiene por centro a Jesucristo, la Iglesia vive de Jesucristo y la Iglesia posibilita el acceso real, concreto, personal, a Jesucristo.

Que la vida de la Iglesia sea Cristo es algo cargado de consecuencias: su vida es el Señor, no la mera filantropía y la asistencia social. Que la vida de la Iglesia sea Cristo supone el primado de la Gracia, volviendo una y otra vez a su centro sin derramarse en la periferia, en las acciones o incluso en el activismo.

Cristo mismo ha querido a su Iglesia como el medio, el lugar, el signo y el ámbito que posibilite darse a sus hermanos.

Cristo sin Iglesia estaría "desencarnado", alejado; la Iglesia sin Cristo sólo sería una sociedad con ansias de espiritualidad o un grupo benéfico más.

"Cristo no solamente es el único que garantiza el conocimiento verdadero de Dios, sino que él es también la persona a través del cual debe pasar el movimiento vivo hacia Dios, si quiere culminar realmente en él, tal como lo reafirma con toda energía en el Evangelio según san Juan: "Yo soy el Camino. Nadie va al Padre, sino por mí" (14,6).

miércoles, 26 de octubre de 2016

Variedad y usos romanos

De unos años para acá, hay una clara exaltación del rito romano realizada de una manera extraña: se absolutiza el Rito romano como si fuera el único católico y para denigrar la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II, se fija una línea única de continuidad entre el Misal de san Pío V hasta los orígenes, soñando y defendiendo que es la misma Misa, es decir, la misma forma litúrgica plasmada en un Misal, empleada ya por san Gregorio Magno.

Se hace una ficción mental: como si ya desde san Gregorio o antes incluso, la Misa se desarrollase en los tres ángulos del altar, sin cátedra ni ambón; las casullas fueran de corte barroco (de guitarra, decimos por aquí); las genuflexiones se hiciesen antes y después de la elevación de la Hostia; los fieles comulgasen ya de rodillas y sin el cáliz; el ofertorio fuera una amalgama de apologías y oraciones del sacerdote, etc., etc. Cualquiera que estudie los diferentes misales y pontificales romanos desde los Sacramentarios más antiguos hasta Trento verá las evoluciones, añadidos y supresiones así como la variedad de usos romanos, ya que más que un Rito romano fijado antes de san Gregorio o con san Gregorio, lo que vemos es una pluralidad de usos romanos que sí poseen unas cuantas características comunes.

Para presentar que el Rito romano -y lo piensan como el Misal de san Pío V- era el único en Occidente y por tanto tiene la supremacía, he llegado a leer en Internet la barbaridad de que el Rito hispano-mozárabe era realmente un Rito arriano pero que con la conversión de Recaredo (589) se adaptó y asumió por la Iglesia hispana sustituyendo al Rito romano que aquí existía.

lunes, 24 de octubre de 2016

El juicio moral y la formación de la conciencia

Hemos de seguir el juicio de la conciencia siempre, pero hemos de procurar que el juicio sea correcto y que la ignorancia vencible se ilumine reconociendo el bien. Ninguna acción es buena simplemente por seguir el juicio de la conciencia, porque ésta puede estar deformada; por ejemplo, los terroristas tal vez pueden obrar según el juicio de su propia conciencia, pero está claro que está conciencia está deformada: el asesinato jamás es un bien. O si recordamos la película "Vencedores y vencidos", una recreación sobre los juicios de Nuremberg, veremos claramente expuesto el problema.


La doctrina católica señala que hemos de obrar según el juicio formulado por la conciencia; sigamos el Catecismo:

1786 Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.

1787 El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.

El hombre debe obedecer a su conciencia:
"La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo" (CAT 1790).
Sabemos que "en este plano, el plano del juicio (el de la conscientia en sentido estricto), es válido el principio de que también la conciencia errónea obliga. En la tradición del pensamiento escolástico, esta afirmación es plenamente inteligible. Nadie debe obrar en contra de sus convicciones, como ya había dicho san Pablo (cf. Rm 14,23)" (Ratzinger, El elogio de la conciencia, Madrid, Palabra, 2010, p. 32).