domingo, 20 de marzo de 2022

La virtud de la templanza (I)



5. La moderación y el equilibrio en todo lo que resulta placentero, es la virtud de la templanza. Esta virtud, muy poco valorada, modera la inclinación de la carnalidad, de lo instintivo que hay en el hombre, a los placeres sensibles, especialmente del tacto y del gusto, conteniendo esta inclinación dentro de los límites de la razón iluminada por la fe, haciendo de nuestro comportamiento algo humano, razonable y moral, y no desenfrenado, cegado por los instintos como si fuésemos animales embrutecidos.




La moderación en todo, la sobriedad, el equilibrio, en definitiva, la templanza, modelan al creyente como un hombre nuevo, libre de sus pasiones, gobernando sus instintos; mucho más libre, más señor de sí mismo, que tantos hombres, influidos del nuevo paganismo que viven hoy, donde, para ahogar un vacío profundo, se entregan al desenfreno, a disfrutar, a todo tipo de placeres y excesos, y están destruyéndose.

La Palabra de Dios tiene múltiples exhortaciones para vivir con rectitud en medio del mundo. 

jueves, 17 de marzo de 2022

Reverencia y reverencias - (9)




            Centro de todo, protagonista absoluto de la liturgia, es Jesucristo y su Misterio pascual (cruz y resurrección) que se hacen presentes. Nada debe entorpecer esto, nada oscurecerlo, nada impedirlo.

            Todo en la liturgia debe estar medido, y gozar de prudencia, discreción y sentido común, para que sólo destaque el Señor, ni siquiera el sacerdote que debe ser tan humilde que sea mediador, nada más, y se ajuste a las partituras de esta sinfonía, es decir, que se ajuste y realice todo y sólo lo que marcan las normas litúrgicas, sin las notas disonantes que a él se le puedan ocurrir y que chirrían en la liturgia. Así el propio sacerdote “desaparece” y se convierte únicamente en instrumento y servidor.



            En el momento en que se reviste con las vestiduras litúrgicas para oficiar, él debe desaparecer, revestirse sólo de Cristo y no de sí mismo, y con profundo espíritu de fe, permitir que sólo Cristo sea el centro de todo: sus actitudes, su devoción, sus gestos e inclinaciones, su silencio y su mesura, permitirán que nadie se distraiga de lo fundamental, sino que todo transcurra, sin espectáculo alguno, en clima de fe sobrenatural. ¡Esto es profundamente “pastoral”!, porque esto sí conduce a todo el rebaño de Cristo a buscar y vivir sólo del Buen Pastor y apacentarnos en sus pastos, no en la hierba envenenada de los protagonismos, espectáculos y desacralización.

            Ha de brillar la gracia, no el propio sacerdote. Ha de brillar el Misterio, no el sacerdote micrófono en mano, improvisando, alterando la liturgia, de modo desenfadado y casi vulgar, como en una feria popular, en una tómbola ruidosa y llamativa.

            “La celebración litúrgica es canal y cauce de la gracia de Dios, lo que nos obliga a preguntarnos si en la celebración litúrgica se realiza esta comunicación misteriosa de la salvación de Cristo a los hombres; con otras palabras, la buena celebración litúrgica es siempre fructuosa, porque es siempre una celebración verdadera, que permite a la asamblea entrar en el propio perfeccionamiento, conociendo quién es uno y quién debiera ser. Pero esta fructuosidad presupone la ascesis de los celebrantes y de la asamblea y la confesión de la verdadera fe en el acto celebrativo, que da fuerza y creatividad, pues aparece no la exaltación del yo, el protagonismo, sino la adoración de Dios” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 260).

martes, 15 de marzo de 2022

La experiencia de la fe (y III)



            Dios ha actuado. Por medio de lo concreto de nuestra vida y sus dificultades, nos va despojando de nosotros mismos y de nuestras falsas seguridades. Salen a la luz las preguntas más fundamentales: 

¿Quiénes somos? 
¿A quién pertenecemos? 
¿Qué es lo que permanece cuando muchos de nuestros proyectos no se pueden realizar o han fracasado?



            Lo que queda es lo que nos ha sucedido y que nadie nos lo podrá arrebatar: el Hecho de Cristo en nuestra vida, el Acontecimiento único y excepcional que se ha vuelto en centro de todas las cosas, del corazón, del deseo, de la memoria, de los proyectos.

            ¡Queda el Acontecimiento de Cristo!, que nos ha sucedido, que ha venido, que nos ha provocado pero que nosotros no lo hemos suscitado. Es gracia: ¡se nos ha dado!, ha sucedido.

            Ahora bien: ¿lo esperamos todo de Cristo? ¿Esperamos todo de este Acontecimiento único? ¿O hemos perdido ese “amor primero”, esa fascinación por Él, acostumbrándonos y no dándole importancia? ¿Le hemos dejado a Cristo ser la inspiración de nuestros proyectos y la medida de todas las cosas o es sólo una cosa más en nuestras vidas?

domingo, 13 de marzo de 2022

El sacrificio de Isaac (III)

En el relato del sacrificio de Isaac (Gn 22), primero se rechaza -sentido literal del texto bíblico- cualquier sacrificio humano.

Además, en el sentido literal, ofrece también una indicación del rescate de los primogénitos, consagrados a Dios.



Junto a este tema del sacrificio de los niños, se enlaza, perfectamente, con la legislación israelita: ésta mandaba rescatar a los primogénitos de Israel en recuerdo de la Pascua, nunca sacrificarlos. Como todas las primicias, los primogénitos varones también pertenecen al Señor, y hay que rescatarlos. De tal forma que este relato del sacrificio de Isaac fundamenta la prescripción ritual del rescate de los primogénitos de Israel. "Cuando Yahvé te haya introducido en la tierra del cananeo, como lo tiene jurado a ti y a tus padres, y te la haya dado, consagrarás a Yahvé todos los primogénitos" (Ex 13,11-12a).
 

                        La etiología del monte Moria:

                        Viene a continuación la etiología del monte Moria, explicada según el sacrificio de Isaac: Dios proveyó el carnero para el holocausto, "de donde se dice hoy en día: 'en el monte del Señor provee'" (22,14).
                        

viernes, 11 de marzo de 2022

La nube en el NT: Espíritu y bautismo



         La nube es también una realidad en el N.T., y es usada por los evangelistas, siguiendo la tipología establecida por el Éxodo. Expresan así algo fundamental: la continuidad entre el AT y el NT, un nuevo pueblo del Señor que ve la gloria de Dios, un arca nueva para este pueblo nuevo, y un nuevo Moisés[1] que establece una nueva ley, ley espiritual, según la Tradición de los Padres[2].



         Una lectura teológica desde la fe cristiana. Toda la Tradición patrística ha hecho distintas lecturas de la nube como columna de fuego. La primera, tal vez por antigüedad, es Melitón de Sardes. Él interpreta a la columna de fuego -aunque no sea propiamente sacerdotal- como Cristo mismo que, pasando el Mar Rojo, guía a su pueblo. Es Jesucristo el que hace pasar a su pueblo de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad. Así lo ve Melitón de Sardes:

Éste [Cristo] es el que te iluminó con una columna de fuego, y el que te cubrió con una nube, el que abrió el mar Rojo (Homilía sobre la Pascua, nº 84).


         Cristo pasa el Mar Rojo en forma de columna de fuego para iluminar a su pueblo.  El Señor Jesús se presenta pues como luz para todos los hombres: "Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12).