viernes, 13 de mayo de 2016

Veni Creator Spiritus!


Es una súplica constante en labios del creyente, del pueblo de Israel y hoy de la Iglesia: “Ven”. Necesitamos de Dios y de su acción, vivimos de Él y de su gracia, y sin Él, o lejos de Él, o apartándonos de Él, no hay vida sino muerte; no hay agua sino desierto; no hay vergel, sino tierra seca, páramos estériles.



“¡Ven!” “Levántate y ven en mi auxilio” (Sal 34), “Dios mío, ven en mi auxilio” (Sal 69), “despierta tu poder y ven a salvarnos… ven a visitar tu viña” (Sal 79). 

El deseo es urgente: “¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!” (Is 63,19). En labios de la Iglesia es una súplica dirigida a Cristo, Cabeza y Esposo, para que vuelva ya glorioso: “El Espíritu y la esposa dicen: Ven; y quien lo oiga diga: ven” (Ap 22,17). Siempre, constantemente: “Marana thá” (1Co 16,22), “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20).

jueves, 12 de mayo de 2016

Los santos de la caridad social (Palabras sobre la santidad - XXVI)

Un amor tan grande como el de Cristo nunca se queda limitado a la persona que lo recibe, sino que transforma a la persona y al transformarla la convierte en un difusor de ese amor recibido. El amor -el bien- es difusivo de sí, se extiende, se da, se comunica.

Los santos vivieron ese amor grande, amor de Cristo, y en lugar de convertirlo en una vivencia subjetiva y sentimental, ese mismo amor fue motor de obras grandes, de acciones misericordiosas, para que los demás fuesen igualmente amados por Cristo. Obraron el bien, atendieron a las necesidades y sufrimientos del otro. 

Esto es lo que se podría definir como caridad social: el amor al otro que transforma, y cómo, la sociedad. Ni las palabras, los discursos, las ideologías, los programas de partidos políticos, ni las revoluciones, cosas tantas veces aparentes, sino un amor nuevo, el de Cristo vivido y compartido, cambia el mundo con opciones verdaderas, radicales, de bien para el prójimo. Recordemos algunos grandes santos de la caridad social, cuya acción cambió la sociedad de su época:

miércoles, 11 de mayo de 2016

La obra de la gracia (San Agustín)

Lo mejor siempre es acercarnos a fuentes originales, de aguas cristalinas: beber de la Tradición, conocer a los Padres, dejarnos educar por ellos, simplemente porque los Padres de la Iglesia son maestros perennes e imperecederos del cristianismo.


En este caso, será san Agustín con su carta 194, que leeremos tranquilamente, explicando la doctrina de la gracia, tan importante en todo su pensamiento teológico.

¿Tan importante es? Sí, porque hay una teoría que sigue pululando y no da descanso: se llama pelagianismo. El pelagianismo confiaba ante todo en las fuerzas del hombre y en la bondad originaria de la naturaleza humana, de forma que la gracia ni era necesaria ni se debía al amor de Dios, sino que era meramente auxiliar, externa, y en cierto modo un fruto de nuestro compromiso, de nuestro esfuerzo.

Confía el pelagianismo tanto en el hombre y en su capacidad, que hace innecesario al Redentor y superflua la acción de la gracia. El hombre se salva solo porque es bueno y puede salvarse mediante obras buenas, o en nuestro lenguaje actual, mediante sus compromisos, su solidaridad, etc.

Acudir a la doctrina agustiniana nos ayudará a evitar esa teoría que exalta al hombre ignorando su condición real (el pecado original y su fruto, la concupiscencia) y minusvalorando a Cristo, su redención y su gracia.

martes, 10 de mayo de 2016

La atención personal: san Juan de Ávila



            El Señor en el evangelio usaba una pedagogía particular, especial, según las diferentes personas. Correspondía así a las distintas situaciones de acercamiento y proximidad a su Persona y la disposición correspondiente a su seguimiento.

            Predicaba el Señor a las multitudes; predicaba luego a grupos más reducidos y los preparaba, como los 72, y luego, más extensamente y en privado, todo a los Doce. Son distintos niveles de seguimiento y exigencia, plasmaciones distintas de la santidad.

            San Juan de Ávila también practica, por así decir, esa pedagogía divina y es modelo para nuestra práctica sacerdotal. Lo mismo predica a inmensas multitudes, que enseña a grupos concretos (de discípulos, de sacerdotes) o que dirige y orienta a personas concretas. Ese método hemos también de cuidarlo. Igual que san Juan de Ávila sabe pasar de muchedumbres o de grupos a personas concretas, dedicándoles tiempo, escritos, cartas e incluso tratados, los sacerdotes en la parroquia debemos prestar tiempo y acompañamiento a personas que, con mayores interrogantes, buscan una mayor exigencia de vida: ya sea en el confesionario o dirección espiritual, ya sea un pequeño cenáculo de catequesis de adultos o grupos de espiritualidad.

            San Juan de Ávila dedica muchas horas, por ejemplo, a componer el Audi filia en atención a una seglar conversa, Dña. Sancha Carrillo. A sus ojos tiene tanto valor el avance cristiano de esta persona como las muchedumbres que pueden reconocer su valía oratoria y sacerdotal. También, igualmente, dedicaba tiempo para sus discípulos, en grupo y uno a uno, formándolos y discerniendo su vocación.



            El tiempo sacerdotal debe incluir también a las personas concretas, la escucha y acompañamiento, el presentar constantemente la vocación a la santidad, al alto nivel de la vida cristiana ordinaria[1]. A quien vemos que tiene ‘materia’, capacidad, para darse más al Señor, se lo hemos de proponer y ayudar.

             Sólo y exclusivamente una pastoral “de masas”, amplia, no puede servir ni resultar eficaz a la larga. Así como es necesaria una pastoral de “primera evangelización” para quienes empiezan, y otra pastoral de “formación”, para quienes necesitan poner sólidos cimientos, también hace falta un ejercicio pastoral de discernimiento, acompañamiento, para ser maestros de vida espiritual a quienes el Espíritu haya suscitado un deseo mayor y más intenso de Cristo.

            ¡No en vano fue llamado “Maestro de santos”!



[1] Cf. Juan Pablo II, Carta Novo millennio ineunte, 30-31.

lunes, 9 de mayo de 2016

Disposiciones internas de una participación interior


            Hay una clara exageración, que parte del desconocimiento de la naturaleza de la liturgia y su valor pastoral, en insistir en que la participación es solamente algo externo, que hay fomentar, incluso añadiendo o inventando cosas no previstas en los libros litúrgicos de la Iglesia.


            Esa clara exageración suele ir en detrimento de la participación interior, devota, consciente, fructuosa, que son el núcleo de la verdadera liturgia. El cuidado de la liturgia, la cura pastoral, la pastoral litúrgica, deben fomentar las disposiciones internas, los sentimientos espirituales auténticos, para entrar en el Misterio del Señor que se celebra en la liturgia.

            Pío XII lo advirtió ya en la encíclica Mediator Dei: 

“Pero el elemento esencial del culto tiene que ser el interno; efectivamente, es necesario vivir en Cristo, consagrarse completamente a El, para que en El, con El y por El se dé gloria al Padre. La sagrada liturgia requiere que estos dos elementos estén íntimamente unidos; y no se cansa de repetirlo cada vez que prescribe un acto de culto externo” (nn. 34-35). 

Lo externo, como los cantos, respuestas, posturas corporales e incluso los distintos servicios litúrgicos (lectores, acólitos, coro, oferentes en la procesión de los dones, monitor) buscan únicamente la participación interior de los fieles, favorecer la unión con Cristo: