Finalmente, para celebrar bien, el camino es la mistagogia de la misma liturgia, es decir, la comprensión espiritual de sus ritos, el conocimiento de la liturgia en sí.
La formación litúrgica es una tarea constante.
b)
El segundo camino es la necesaria
formación o mistagogia, la introducción espiritual y teológica a los Misterios
celebrados en la liturgia.
Sólo
parece complicada y extraña si, viéndola celebrar mal o descuidadamente, nadie
la explica. Es conveniente una mayor y más amplia mistagogia para todos,
ministros y fieles, que conduzca a entender qué significa cada parte, cada
gesto o rito, cómo se realiza, qué implicaciones espirituales conlleva.
Así
como en Derecho o en Teología moral escuchamos a los expertos y no opinamos, en
materia litúrgica todos creen ser expertos, y todos opinan e inventan. Sin
embargo, la formación litúrgica es imprescindible, conociendo las rúbricas, la
espiritualidad y la teología de la liturgia.
Los
pastores de almas, sacerdotes, diáconos y ministros deben ser los primeros en
tener un conocimiento amplio de la liturgia; el mismo Concilio Vaticano II lo
pedía, con razón, en bien de los fieles:
“Al reformar y fomentar la sagrada Liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano, y por lo mismo, los pastores de almas deben aspirar a ella con diligencia en toda su actuación pastoral, por medio de una educación adecuada. Y como no se puede esperar que esto ocurra, si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia y llegan a ser maestros de la misma, es indispensable que se provea antes que nada a la educación litúrgica del clero” (SC 14).


