miércoles, 14 de noviembre de 2018

Invocar el nombre del Señor (El nombre de Jesús - VIII)


“Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán” (Hch 2,21).


            Hay también un aspecto místico en el nombre de “Jesús”. Es dulce su nombre e invita a saborearlo en la contemplación, en la adoración, pero también en la meditación y en la lectura. ¡Jesús! Es deleitarse en su nombre que se convierte en lo más hermoso que poseemos; Él sí es sal que da sabor y sabiduría; Él sí es calor en la frialdad del egoísmo mundano; Él sí es amable ante tanta indiferencia. Todo se halla en Él. 


¡Qué experiencia tan gozosa y llena de sentido, de verdad, descubrir y gozar el nombre de Jesús! San Agustín buscó a Dios incansablemente, pasando por todas las etapas de un espíritu humano escéptico que al final se convierte en espíritu que piensa amando y buscando. Leía filosofía, literatura, pero una vez que descubrió a Jesús como su Salvador personal, nada le iba a llenar como Él. Leemos en sus Confesiones: 

“Mas entonces –tú lo sabes bien, luz de mi corazón- como aún no conocía yo el consejo del Apóstol, lo que solamente me deleitaba en aquella exhortación era que me encendía en deseos no de esta o aquella determinada secta de filósofos, sino a que amase y buscase, consiguiese y abrazase fuertemente la sabiduría, tal cual ella era en sí misma. Sólo una cosa me enfriaba aquel ardor y deseo y era el de no encontrar allí el nombre de Jesucristo. Porque este nombre, por tu misericordia, Señor, este nombre de tu Hijo y Salvador mío, aún siendo yo niño de pecho, lo había bebido y mamado con la leche de mi madre y lo conservaba grabado profundamente en mi corazón; y todo cuanto estuviese escrito sin este nombre, por muy erudito, elegante y verídico que fuese, no me robaba enteramente el afecto” (Confesiones, III,4,8).

Idéntica experiencia vivió el alma dulce y amable de San Bernardo, como lo describe él mismo, ya que sólo Jesús podía llenar y deleitar su corazón: “Todo lo supera incomparablemente mi Jesús con su figura y su belleza”[1], por eso, deleitándose en Jesús, asiéndose fuertemente a este Nombre bendito, confía y se abandona: “Yo acepto seguro al Hijo como mediador ante Dios, pues lo reconozco válido también para mí. Nunca dudaré de él lo más mínimo: es hermano mío y carne mía. Confío que no podrá despreciarme, siendo hueso de mis huesos y carne de mi carne”[2]. Profundizar saboreando inteligentemente -con la mente y el corazón- el nombre de Jesús, permite la verdadera libertad y liberación, se toca la salvación: “Me fío totalmente de quien quiso, supo y pudo salvarme”.[3]

lunes, 12 de noviembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, X)

Los cismas son separaciones dramáticas de un grupo que se sale de la Iglesia Católica, a la que consideran pervertida, o infiel, y se autoproclaman la verdadera Iglesia, la Iglesia tradicional, la única fiel a Cristo. Pueden o no tener herejías, pueden ser estas herejías más o menos claras y evidentes, pero el cisma es siempre una división organizada por la soberbia y un afán de pureza.


Los ejemplos sobran desde el inicio de la Iglesia hasta nuestros días. Un cisma es algo formal: posee su jerarquía, su estructura, sus instituciones, no es simplemente la actitud de alguno que va realmente por libre. El cisma no es personal, sino de una parte, de un grupo de fieles.

El Donatismo fue una de esas escisiones que en su momento fue gravísima. En la Iglesia del Norte de África, Donato quería una Iglesia pura, vinculaba la eficacia de los sacramentos a la santidad del ministro y negaba la verdad del sacramento si un ministro era indigno. Se atribuyeron el ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Mucho luchó y mucho refutó san Agustín semejante cisma lacerante.

Ahora bien, ¿cuál es la paciencia verdadera y cuál es la aparente paciencia de los cismáticos? ¿Y cómo será la paciencia verdadera, cristiana, católica, sino la que aguarda que los cismáticos reconozcan su error soberbio, su terquedad y contumacia, y arrepintiéndose vuelvan al seno de la Católica?


"CAPÍTULO XXVI. LA PACIENCIA, DON DE DIOS, Y LA PACIENCIA DE LOS CISMÁTICOS

Por lo tanto, no puede dudar la piedad que la paciencia de los que toleran piadosamente es un don de Dios como la caridad de los que aman santamente. Ni engaña ni yerra la Escritura que no sólo en el Antiguo Testamento nos presenta claros testimonios de esto, cuando se dice a Dios: “Tú eres mi paciencia” (Sal 70,5), y también: “de Él procede mi paciencia” (Sal 61,6), o cuando otro profeta dice que recibimos el espíritu de fortaleza, sino que también en las Cartas apostólicas se lee: “Porque se os ha dado por Cristo no solo el creer en Él, sino también el padecer por Él” (Flp 1,29). No se atribuya, pues, el alma noble lo que oye le fue regalado.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Aprender a amar (2)

Siempre partiendo del conocimiento interno de cómo ama Cristo, cómo nos ama Cristo, tal como aparece en el Evangelio, queremos aprender a amar de veras, con libertad, entrega y madurez, con amor de donación. Y para ello, vayamos reconociendo cualidades del verdadero amor y confrontándolas con lo que vivimos y hacemos en relación a los demás y a nosotros mismos.





1. Para amar, aceptar y respetar al otro

            Cada persona es una realidad singular, un misterio, su alma es un abismo insondable, creada por Dios.

           Cuando se ama de verdad, a la persona se la mira con máximo respeto, jamás la abarcaré ni puedo pretenderlo. El amor verdadero une, pero no “fusiona”; cada persona es un “yo” irrepetible.

            ¿Cómo se aprende a amar?

·         Mirando con sumo respeto y admiración al otro: ¡es una persona, no un objeto!
·         No usar jamás a la otra persona.
·         En tentaciones de castidad: mirar al otro con ojos de hermano (o al revés, como si fuera mi hermana).
·         Acoger su intimidad y confianza sin forzarla ni descubrirla.
·         Y también... ir compartiendo el propio misterio personal, abrir el corazón, con pudor, cuidado y prudencia, pero compartiendo, dándose, quitando las corazas al corazón (por tanto, fuera soberbia de la propia imagen; fuera el orgullo de mostrar las propias debilidades y carencias).

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Vida consagrada, estado de perfección y tensión de santidad (Palabras sobre la santidad - LXIi)

La santidad es para todos, ya que -una vez más, recordémoslo- brota de las exigencias mismas del bautismo, de su dinamismo teologal interior. Estamos llamados a ser santos porque el desarrollo de lo que el bautismo nos da desemboca en la santidad personal, real y concreta.

Pues esta dimensión es radical y exigente en aquellos que han hecho de su vida una consecuencia última del bautismo: la vida consagrada, los religiosos, aquellos que han emitido los votos de pobreza, castidad y obediencia. Los religiosos y consagrados han tomado el bautismo como pauta única para su vida, y mueren a este mundo para vivir con Cristo, como Él, por Él, para Él.

Esa es la doctrina que la Constitución Lumen Gentium ofrece al tratar de los religiosos, partiendo del bautismo:

"El cristiano, mediante los votos u otros vínculos sagrados —por su propia naturaleza semejantes a los votos—, con los cuales se obliga a la práctica de los tres susodichos consejos evangélicos, hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial. Ya por el bautismo había muerto al pecado y estaba consagrado a Dios; sin embargo, para traer de la gracia bautismal fruto copioso, pretende, por la profesión de los consejos evangélicos, liberarse de los impedimentos que podrían apartarle del fervor de la caridad y de la perfección del culto divino y se consagra más íntimamente al servicio de Dios. La consagración será tanto más perfecta cuanto, por vínculos más firmes y más estables, represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Iglesia" (LG 44).

Y también:

"han de tener en cuenta los miembros de cada Instituto que por la profesión de los consejos evangélicos han respondido al llamamiento divino para que no sólo estén muertos al pecado, sino que, renunciando al mundo, vivan únicamente para Dios. En efecto, han dedicado su vida entera al divino servicio, lo que constituye una realidad, una especial consagración, que radica íntimamente en el bautismo y la realiza más plenamente" (PC 5).

martes, 6 de noviembre de 2018

La vida eucarística - XII



            En las Escrituras, cuando se utiliza la expresión cena o banquete referidos a Dios con el hombre, está ofreciendo una visión preciosa: Dios quiere compartir su intimidad con el hombre, ofrecerle un espacio de amor, en relación especialísima, un compartir gratuito donde Dios, en Cristo Jesús, se quiere dar al hombre. Pero el uso expresivo, y a la vez restrictivo, de la palabra “cena” tiene un contenido de seducción y de amor, de confidencia que no es sino para la intimidad.


  
          La Eucaristía es esta Cena amorosa que el Señor ofrece y a la que el Señor llama. La Eucaristía –celebrada o adorada en el Sagrario- es el espacio de comunicación, de un mutuo darse, de una mirada de amor. Todo (los cantos, los signos, el modo de celebrar, el silencio en la iglesia), todo debe apuntar a este Misterio grande de amor e intimidad. Hay una mística (accesible a todos) en el misterio de intimidad eucarística. Sea la voz  de S. Juan de la Cruz:

            “...La cena que recrea y enamora”.


            “La cena a los amados hace recreación, hartura y amor. Porque estas tres cosas causa al Amado en el alma en esta suave comunicación, le llama ella aquí la cena que recrea y enamora.
            Es de saber que en la Escritura divina este nombre cena se entiende por la visión divina (Ap 3,20); porque así como la cena es remate del trabajo del día y principio del descanso de la noche, así esta noticia que habemos dicho sosegada le hace sentir al alma cierto fin de males y posesión de bienes, en que se enamora de Dios más de lo que de antes estaba. Y por eso le es él a ella la cena que recrea, en serle fin de los males; y la enamora, en serle a ella posesión de todos los bienes.