sábado, 27 de mayo de 2017

Alabanza a Cristo (Plegaria)

"Ahora te bendecimos,
Cristo mío, Verbo de Dios,
luz de una luz sin principio,
y dador del Espíritu:
triple luz que se unifica
en una única gloria.


Tú has hecho desaparecer las tinieblas
y has establecido la luz,
para crear en la luz todas las cosas
y establecer la materia inestable
en una dignidad de forma
y en el buen orden actual.

Tú has iluminado la mente del hombre
con la razón y la sabiduría,
colocándolo como imagen
del esplendor celeste aquí abajo,
para que en la luz vea la luz
y llegue a ser luz totalmente.

jueves, 25 de mayo de 2017

Ofrecer, orar y santificarse - fundamento de la participación (II)


            El sacerdocio común de los fieles es llamado también sacerdocio bautismal porque es en los sacramentos de la Iniciación cristiana donde se recibe, originando una participación nueva, óntica, de todo nuestro ser, en la Persona y misión del Salvador. En las aguas bautismales nace un pueblo nuevo, ya consagrado al Señor, pueblo sacerdotal.


            El sacerdocio bautismal nace de nuestra regeneración en Cristo y de la unción con el Espíritu Santo:

            “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?” (S. León Magno, Serm. 4,1).

            En ese sentido, destaca la interpretación patrística de la Unción post-bautismal con el santo Crisma:

            “Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

            Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio” (S. Ambrosio, De Mist., 29-30).

martes, 23 de mayo de 2017

La oración es conocimiento (teología de la oración)

Más que una exposición sistemática, vamos a volver a lo mismo desde distintos enfoques o perspectivas, una consideración global, para captar algo nuclear de la oración: la oración es conocimiento.


Quien ora, va conociendo poco a poco a Dios, quién es Dios, cuál es la obra de Dios, el inmenso amor de Dios. Será una oración sabrosa, que avanza y profundiza muy poco a poco, que necesita tiempo, pero que va logrando conocer a Dios.

La oración, vivida con fidelidad cotidiana, nos permite adentrarnos en el conocimiento de Cristo, en este caso, por la vía de la amistad. El amor quiere conocer más y mejor. La vida de oración no es un lujo elitista, sino una dimensión normal de nuestro ser cristianos. Claro que habrá que iniciar en la vida de oración, acompañar, enseñar a orar y estar con Cristo. Pero sin la oración, difícilmente habrá la solera, la hondura, en la fe.

lunes, 22 de mayo de 2017

La paciencia (Tertuliano - IV)

Siervos humildes somos y sólo hacemos lo que tenemos que hacer. Pero el trabajo obediente a la voluntad de Dios, los trabajos del Padre, sólo se pueden realizar pacientemente, día tras día, momento tras momento.

Es necesaria la constancia, la fortaleza y la perseverancia, para que seamos servidores del Señor, hijos obedientes. Entonces iremos viviendo en una paciente sumisión a Dios, que nada interrumpe ni altera.


Dice Tertuliano en el capítulo IV:


"Capítulo 4: Paciente sumisión a Dios
Ahora bien, si observamos que son los mejores siervos, los que soportan con buena voluntad el humor de su amo y lo sirven para merecer un premio que es fruto de su dedicación y de su complaciente sumisión, ¿cuánto más no debemos nosotros estar solícitos en el servicio del Señor, siendo servidores de un Dios vivo, cuyo juicio no tiene por castigo grillos de esclavitud, ni como premio sombreros de libertad, sino penas o dichas eternas?

sábado, 20 de mayo de 2017

Revitalizar la parroquia (II)

Antes que unas técnicas pastorales, o incluso de marketing, antes que muchos planes pastorales diseñados en despachos y reuniones, hemos de ir a la fuente y al origen.

¿Cómo nace y qué es una comunidad cristiana? Únicamente reconociendo su origen sobrenatural y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas, podremos acomodar nuestros instrumentos y nuestra colaboración a la verdad objetiva y a la naturaleza de una comunidad parroquial.

Después vendrá el segundo momento: discernir lo que conviene a su naturaleza espiritual y sobrenatural, lo que más se acomoda a esa naturaleza. ¡Y poner manos a la obra!



"3. ¿Pero cómo nace una comunidad? Lo sabéis: una comunidad no es una realidad que se pueda simplemente organizar. Comunidad significa comunión. Para que nazca la comunidad no basta el sacerdote, aunque, como representante del obispo, desempeña un papel esencial. Se requiere el empeño de todos los parroquianos, cuya contribución es vital. El Concilio Vaticano II lo ha subrayado con fuerza. Me alegra veros tan comprometidos, conscientes de la llamada que el Señor os dirige para haceros, junto con vuestros sacerdotes, constructores de auténticas comunidades. No es, ciertamente, una empresa fácil. No se trata de una comunidad solamente humana. La comunidad cristiana es una realidad humano-divina. Nuestra pregunta, cómo nace una comunidad, encuentra entonces una respuesta precisa y maravillosa: no nace desde luego por nuestros esfuerzos. Es Cristo mismo quien la suscita. Es el anuncio de su buena noticia la que reúne a los fieles. El origen y el principio de la comunidad eclesial es la palabra de Dios anunciada, escuchada, meditada y puesta luego en contacto con las mil situaciones de cada día, con el fin de “aplicar la perenne verdad a las circunstancias concretas de la vida” (LG 32-33. 26; AA, 2-3; PO, 2. 4).

No basta, en efecto, escuchar la Palabra, no basta anunciarla, hay que vivirla. Sé que os reunís en vuestras comunidades parroquiales en pequeños grupos en los que profundizáis en la palabra de Dios, también mediante el intercambio de las experiencias vividas. Esto es ya un modo de descubrir la dimensión comunitaria de la buena nueva. Sin embargo, poned esta experiencia al servicio de vuestros hermanos y de vuestras hermanas. Convertíos en constructores de comunidades en las que, con el ejemplo de la primera comunidad, se vive y actúa la Palabra (cf. Hch 6,7; 12,24).

4. La comunidad cristiana, así pues, nace de la Palabra, pero tiene por centro y culmen la celebración de la Eucaristía. Mediante la Eucaristía ahonda sus raíces en el misterio del Cristo pascual y, mediante él, en la comunión misma de las tres divinas Personas. ¡Ésta es la abismal profundidad de la vida de una comunidad cristiana! Éste es el significado de las celebraciones litúrgicas: ellas nos muestra el corazón de la vida de Dios; en ellas encontramos a Cristo que, muerto y resucitado, vive entre nosotros.