viernes, 26 de agosto de 2016

La Iglesia como comunidad/comunión de los santos (I)

Preciosa y edificante dimensión de la Iglesia que ensancha el alma al contemplarla: la Iglesia es una gran comunidad, una verdadera y cierta Comunión de los santos.

Cuanto más profundicemos en esta visión de la Comunión de los santos, mejor entenderemos la verdad de la Iglesia, derrumbando los pequeños muros que alzamos partiendo sólo de sus necesarias estructuras visibles y organización o de las contingencias pequeñas y domésticas de nuestro lugar eclesial concreto.

La Iglesia es más de lo que vemos y experimentamos cotidianamente. La Iglesia es más grande, más bella y más hermosa que las pequeñas limitaciones humanas que nos rodean.

Miremos a la Iglesia en su verdad: nos sentiremos una pequeña parte de un gran todo. Veremos que lo visible está insertado en lo invisible de una comunidad que supera el espacio y el tiempo y que incluye muy realmente a la Iglesia del cielo, a los santos. Por ello, no estamos solos en la Iglesia, ni somos solitarios, sino que la vinculación es sobrenatural, con una verdadera relación y comunicación entre todos.

"La Iglesia genera una verdadera comunidad. Ella ofrece la comunidad en la verdad, en las supremas realidades sobrenaturales, tal como son conocidas por medio de la fe. He aquí los fundamentos de la existencia sobrenatural, para todos igual: Dios, Cristo, la Gracia, la acción del Espíritu Santo.

¿Qué significa esto para la comunidad? Todos se apoyan en los mismos fundamentos, en todos obran las fuerzas reciénmencionadas. Los mismos fines son reconocidos por todos, las mismas pautas sirven de base para el juicio que todos realizan. Todos reconocen los mismos ideales de perfección moral y humana, y adoptan las mismas actitudes espirituales fundamentales. En medio de todas sus diferencias, ¡cuán profundamente se han de ligar los hombres que toman esto con seriedad! ¡Con cuánta profundidad uno puede conocer al otro y conocer lo que, en definitiva, es decisivio para él, con lo cual se da cuenta del camino que debe seguir!

jueves, 25 de agosto de 2016

"Por Cristo, con Él...", teología de la oración (y 5)

La teología de la oración, que vamos leyendo según von Balthasar, desemboca, para ser teología de la oración cristiana, en la Trinidad.

Tal cual: nuestra oración es trinitaria, lleva la impronta de la Trinidad (por la fe, la esperanza y la caridad), el movimiento mismo de la Trinidad (al Padre por el Hijo en el Espíritu).

La oración cristiana no es una soledad con uno mismo, ni un aislamiento que busca el vacío y la nada. Eso ya no sería cristiano. Sino que es un movimiento de escucha y respuesta, de obediencia y adhesión, de diálogo en el silencio y de movimiento de toda la persona hacia Dios, movidos por Dios mismo, conducidos por Dios mismo.

La oración cristiana desemboca en la Trinidad y en ella halla el mejor modo de ser y de vivir, en relación a imagen de la relación de las Tres divinas Personas: el Amante, el Amado, el Amor; la Mens (inteligencia), la Notitia (comunicación) y el Amor, según san Agustín.

Con estas primeras pinceladas, podremos ahora intentar comprender las perspectivas y afirmaciones del autor y forjarnos todos una teología de la oración cristiana.

"c) La figura trinitaria de la oración cristiana

Hasta aquí hemos hablado mucho del Padre, del Hijo y del Espíritu, pero el secreto trinitario, centro y fundamento de todo, aún no ha aparecido. Sólo podemos aproximarnos a él en el respeto de la adoración. La teología ha forjado esta fórmula: una sustancia (concreta) en tres personas (o hipóstasis), un mismo ser, un mismo saber, un mismo querer espirituales, participado de tres formas diferentes.

lunes, 22 de agosto de 2016

El salmo 120



                Supongo que a estas alturas de nuestra catequesis diaria, las tres claves de interpretación de los salmos, las tendremos mucho más a la mano, y nos será mucho más fácil ir interpretando e irle sacando contenido a los salmos, que son la materia primera para la oración de la Iglesia, para la oración de cada uno de los hijos de la Iglesia.


                En este sentido el salmo de hoy, el salmo 120, que todos conocemos  y hemos cantado en multitud de celebraciones, lo podemos interpretar, fundamentalmente, como la voz de la Iglesia a Cristo. En este salmo es la Iglesia, y cada alma fiel, la que va dirigiéndose en su oración a Cristo. 
               
                     Canta este bello y conocido salmo:

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
 

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

jueves, 18 de agosto de 2016

El corazón que participa en la liturgia (II)

Se está en presencia de Dios, con la devoción, atención y respeto de los ángeles y de los arcángeles, porque la liturgia es un servicio santo, el homenaje de nuestro devoto servicio a Dios.

Ésta es una perspectiva de la participación interna, interior, de los fieles en la liturgia.





Una serie de virtudes espirituales o disposiciones interiores deben darse para que el corazón viva la liturgia y trate santamente las cosas santas, esté santamente ante las cosas santas.



            Para que la ofrenda eucarística, incluyendo la ofrenda que cada uno hace de sí mismo, pueda ser agradable a Dios Padre todopoderoso, es necesario que el corazón esté revestido de unas virtudes concretas. Es decir, la participación en la liturgia, cuando se da realmente en el servicio divino, atiende al corazón. El estilo desenfadado, informal, que trivializa para parecer aparentemente más cercano; la falsa familiaridad, el tono catequético para todo (convirtiendo la liturgia en logos y cayendo en verbalismo) o el tono rutinario, monótono y cansino; todo esto choca frontalmente con lo que antes veíamos, el carácter sagrado y el servicio divino, que eso es la liturgia.

            La primera virtud, o el primer modo, es la “dignidad”; es la cualidad de lo digno, la excelencia, el realce, la gravedad y el decoro. La dignidad corresponde a aquello que realmente es importante, y, en nuestro caso, santo: la liturgia de Dios y para Dios. La dignidad se reserva para cuando se está delante de alguien superior o en algo realmente importante, y eso mismo es lo que ocurre en la liturgia: estamos ante alguien superior, Dios, el Señor, y ante lo realmente importante: glorificarle. Es una concepción teológica y teologal de la liturgia, no utilitarista, secularizada, humanista, antropocéntrica.


martes, 16 de agosto de 2016

La relación del hombre con Dios

¿Puede el hombre relacionarse con Dios?

¿Eso es tan importante? 

¿No será más bien secundario? ¿No será antes prioritario la acción social, el compromiso, la ética, las obras... y luego, más adelante si acaso, relacionarse con Dios?

¿Será una alienación? ¿Tal vez un refugio? ¿Por qué debe el hombre relacionarse y tratar con Dios?


Estas son preguntas que provienen de una mentalidad totalmente secularizadora, que pone el acento y la primacía sólo en el hombre, como si éste lo pudiera lograr todo y Dios no fuera necesario ni tuviera nada que decir; es la mentalidad pelagiana, combatida por San Agustín, que confía ciegamente en la naturaleza buena del hombre y ve la gracia como un añadido posterior: el hombre se basta solo.

Pero si se conoce bien la naturaleza del hombre, se ve que nada colma su corazón, creado para lo infinito, capax Dei (capaz de Dios); nada colma el corazón creado del hombre, excepto Dios mismo. Está creado por Dios y para Dios, necesita a Dios y sólo por gracia y por fe, el hombre descubre a Dios, lo reconoce, lo abraza por amor y vive en comunión con Él. Ahí comienza a realizarse la plenitud humana. Lo otro se quedaba pequeño e insuficiente.

El hombre necesita la relación con Dios para ser él mismo. La vida interior, la oración, en el mejor sentido de la palabra, "humaniza". Ahora nos queda por ver, con las palabras de Pablo VI, el alcance y la forma de esta relación viva y vital del hombre con Dios.


                "Sobre el tema más elevado, más apropiado, más fecundo, más gozoso de nuestra confesión de creyentes y religiosos, no os hablamos ahora más que con muy pocas palabras, con una indicación apenas, como para recordar que existe este tema y tiene una razón de ser fundamental; pero no más, porque habría demasiado que decir, y porque hoy no se quiere oír hablar de Él.