miércoles, 26 de febrero de 2020

Monjas de clausura en la Iglesia



La reparación es uno de los aspectos esenciales de la vida contemplativa en la Iglesia, un hontanar de gracias para todo el pueblo cristiano. La reparación responde y se acomoda muy bien al carisma e identidad propia de los Institutos contemplativos en la Iglesia, pues, insertos en el Misterio, participando plenamente del don de la Comunión de los santos, están situados en el corazón de la Iglesia, asociados a la Pasión, Cruz y Resurrección de Jesucristo (su Misterio pascual), vitalizando, santificando, renovando el amor de la Iglesia a su Esposo, Cristo Jesús. 



 Así la vida contemplativa ofrece su alabanza litúrgica, su ascesis y penitencia, su oración secreta y escondida, por la vida de la Iglesia y del mundo. De la fidelidad a su propio ser, a su carisma, dependerá, en mucho, la santidad de la Iglesia. Y, desde otro punto de vista, si no se entiende el misterio de la Comunión de los santos, lo invisible de la Iglesia, jamás se podrá comprender la “utilidad”, el valor, de la vida contemplativa. 

María derramó el perfume de nardo a los pies de Jesús; era el amor el que la movía. En los cálculos pretendidamente “humanos”, “útiles”, no se entiende. Pero el Señor fue ungido con amor. La casa se llenó de perfume que todos pudieron aspirar. Y en la casa del Señor, la vida contemplativa es nardo derramado, el buen olor de Cristo, que a todos embriaga y a todos llega, por sobreabundancia de amor. 

lunes, 24 de febrero de 2020

Buscar la voluntad de Dios



No debo mirar como voluntad de Dios sobre mí, cualquier ideal que atisbo o que alguien me propone. La excelencia del objeto puede ser engañosa: todos esos ideales que aparecen en la conciencia cristiana sucesivamente. 

Es preciso que llegue a querer ese objeto sin buscarme a mí mismo; con paz y serena confianza solamente en la gracia, de tal manera que me desposea de mí mismo y reciba, como don de Dios, la perfección a la que aspiro.



Dos criterios deben tenerse en cuenta sucesivamente, uno que se refiere a la materia, y otro que se refiera a la manera. 

De una parte, me ofrezco sin restricciones a lo que se me presenta como mejor. Me inquieto si de desear lo mejor, vengo a desear algo menos bueno. La repugnancia que esto me produce no es signo de que no sea llamado a ello. Deseo vencerla mediante la oración y el ofrecimiento. 

Pero, por otro lado, si después de orar larga y sinceramente, y sobre todo, después de pasar largo tiempo no consigo considerar este objeto con paz, es signo claro de que soy yo mismo quien me construyo este ideal, o que, al menos, de momento, no puedo considerarlo como mío.

martes, 18 de febrero de 2020

"Gloria a Dios en el cielo" - III (Respuestas - IX)



Comienza entonces, como forma de alabanza, una enumeración de los títulos de Dios, uno y trino.

            Primero se dirige al Padre: “Señor Dios, Rey celestial, Dios, Padre todopoderoso”. ¡Éste es nuestro Dios por siempre jamás!

            Después, como auténtica confesión de fe, reconoce y aclama a Jesucristo como Dios verdadero, Hijo de Dios: “Señor, Hijo único, Jesucristo. Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”.



            Con el canto, estas expresiones cristológicas se memorizan fácilmente en el pueblo cristiano, siendo un modo de educar en la recta fe generación tras generación. No extrañará entonces que los arrianos, aquellos que negaban la divinidad de Cristo y lo hacían solo “semejante” al Padre como una criatura más, corrigieran esta parte del Gloria para atribuir únicamente al Padre el ser Dios y Señor.

            También en los himnos hay alguna parte dedicada a la petición y súplica antes de la estrofa final. En este himno doxológico, de glorificación, la Iglesia se dirige a su Cabeza, Señor y Esposo. “Tú que quitas el pecado del mundo”: así comienza la doble invocación para suplicar “ten piedad de nosotros”, “atiende nuestra súplica” y la tercera es más desarrollada: “Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros”.

domingo, 16 de febrero de 2020

Estética y liturgia (IV)

De un modo amplio, se podría ofrecer una visión panorámica sobre algunos elementos que forman la liturgia y que, por ello mismo, deben poseer una belleza propia.





4. Campos estéticos de la celebración litúrgica



            El espacio celebrativo



            No sólo es la belleza artística y arquitectónica de la distribución y realización de los lugares celebrativos y su mobiliario litúrgico; la estética de los espacios celebrativos viene dada por el carácter de verdad y de armonía. Conjuntados por su diseño, y en proporciones adecuadas, todos los elementos para crear armonía, los lugares celebrativos serán estéticos, hermosos, si, ante todo, reflejan la verdad de su uso litúrgico; es decir, sean expresivos y significantes. El altar sea mesa y mesa amplia y festiva para el Banquete Pascual del Señor; el ambón sea un lugar elevado, amplio e iluminado cual cátedra del Espíritu Santo, con la dignidad que la Palabra de Dios tiene en su Iglesia…



            La poesía       



            El lenguaje verbal tiene una expresividad mayor y elocuente en una de sus manifestaciones más plenas y genuinas: la poesía que se abre a la imaginación y a la sensibilidad creando belleza y sugiriendo al intelecto formas e ideas. Cuando la poesía surge, se crea un lenguaje simbólico que se diferencia radicalmente del lenguaje conceptual y analítico.


viernes, 14 de febrero de 2020

Santidad: enamorarse de Cristo




“Sí, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21,17). “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21).


“Avanzad por el camino de la santidad, es decir, dejaos conquistar por la presencia de Cristo, el Salvador, que llama a sus discípulos a permanecer en su amor” (JUAN PABLO II, Discurso a los peregrinos a la beatificación de Josemaría Escrivá, 18-5-1992).





                “Si Cristo no ha resucitado, somos los hombres más desgraciados, no tenemos esperanza, pero Cristo ha resucitado el primero de todos”. Esa es la afirmación clave del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios: El Señor ha resucitado, el Señor está vivo. Nuestra religión católica no es una conmemoración dolorista de alguien que sufrió mucho en la cruz y lo dejamos enterrado; no es un recuerdo; tampoco nuestra religión es simplemente una educación de tipo moral para ser buenos. No. Aquí tratamos y experimentamos y celebramos a Cristo Resucitado. El Señor está vivo.

                Esto es lo que viene expresado en la devoción al Corazón de Jesús: el Corazón como signo de vida, el Corazón glorificado de Cristo resucitado. La experiencia de los santos es la experiencia de vivir una relación personal de amor con Jesucristo. 

Nadie se enamora de una idea, nadie se enamora de un proyecto. Uno se enamora de una persona. Cuando uno se va a casar es porque se enamoró; porque se enamoró hubo matrimonio. No fue una idea sobre la otra persona, sino el enamoramiento de una persona. 

Los santos se han enamorado de Jesucristo, porque está vivo, porque es real, porque podemos unirnos a Él, con una mayor intimidad y una segura confianza más que la de cualquier matrimonio humano. 

Los santos vivieron la experiencia de enamorarse de Cristo, de vivir y tratar con Cristo, de entregarse mucho a la oración porque hablaban mucho con Cristo.