martes, 6 de diciembre de 2016

Sobre los Padres de la Iglesia (II)



            2) Cristocentrismo absoluto

            Destaca poderosamente en los Padres sin excepción el anuncio o predicación de Jesucristo, Señor y Salvador, “mejor del cual nada existe” (S. Ignacio de Antioquía). Para ellos el centro de toda predicación cristiana que se precie es Jesucristo, Hijo de Dios, que verdaderamente se encarnó, nació, murió por nosotros y resucitó según la carne, y es constituido Señor de todo, del cielo y de la tierra. Hablan de Él con pasión, con entusiasmo, con fuerza. Nada puede sustituir en ellos la predicación sobre Cristo, sus misterios y su redención.



            Sería inútil buscar en los Padres otro núcleo de su predicación ni otros centros o ejes de gravedad. Nunca lo sustituirían por una aproximación humana o histórica a “Jesús de Nazaret”, un “creyente”, un “buscador de Dios” o un simple “hombre ejemplar”, que nos llevase “a lo divino”, entendido genéricamente como “trascendencia”. Sería inútil buscar ese lenguaje, que no es cristiano ni eclesial, en los Padres; es más, a quienes lo propusieron –desde el arrianismo o las corrientes gnósticas- la réplica fue brutal y clara. ¡No permitían los Padres que se alterase o que se desfigurase el Misterio de Jesucristo! Era intocable.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Sobre los Padres de la Iglesia (I)



            Enseñar Patrología, y volver una y otra vez sobre los Padres, sus escritos, sus enseñanzas, el contexto en el que cada uno desempeñó su ministerio, resulta siempre una tarea docente que enriquece no sólo a los alumnos que con mente abierta y espíritu receptivo cursan la asignatura, sino al mismo profesor que debe retornar a las fuentes patrísticas constantemente, descubrir nuevos aspectos, saborear sapiencialmente el conjunto, conocer a los Padres y tenerlos por amigos, maestros e interlocutores, mientras lee todas las obras que se vayan traduciendo y publicando. Máxime cuando la Tradición de los Padres es tan rica que resulta inagotable e inabarcable.



            Así, en cada curso que imparto Patrología, el primer beneficiado soy yo mismo, que he de repasarlo todo, descubrir elementos, profundizar en otros, dejarme cuestionar, disfrutar de algo que, de pronto, ha captado mi atención de una manera nueva y poner en conexión a los Padres con la actualidad eclesial viendo cómo sus enseñanzas y su hacer pueden enseñarnos hoy.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Nadie reza solo (II)

Nadie reza solo. 

Cristo ora en su Iglesia, por tanto, Cristo ora en cada uno de nosotros.


Cristo ora por nuestros labios.

Cristo ora por nuestros corazones.

La oración es cristiana por su vinculación con Cristo en la Iglesia.

Recordemos un precioso texto de san Agustín:

"Cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el Cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su Cabeza, y el mismo salvador del Cuerpo es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros.

Ora por nosotros como Sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra Cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en Él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros" (Enar. in Ps., 85,1).

martes, 22 de noviembre de 2016

La oración es la fuerza de la Iglesia

Despojándonos de miradas superficiales, de valoraciones mundanas, hallaremos la verdad de la Iglesia. No es una empresa, que requiera reuniones de planificación, balances y números cuantitativos; no es una asociación humanitarista, supliendo carencias estatales en enseñanza, sanidad, infraestructuras; la Iglesia es el Pueblo de Dios, por tanto, si su pertenencia está referida a Dios, la vida del Espíritu es determinante para ella, para responder a la verdad de su ser.

Sabemos que la vida de la Iglesia es ser sacramento y signo de salvación, instrumento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos, dispensadora de la vida divina y la economía de la salvación, cuya dicha y felicidad es evangelizar, anunciar a Cristo. 

Sabemos que la Iglesia es un pueblo santo, un Cuerpo vivo cuya Cabeza es Cristo y cada cual un miembro vivo, existiendo una relación espiritual de comunicación entre todos, llamada Comunión de los santos. 

Sabemos que la Iglesia es peregrina en el mundo hasta la Jerusalén del cielo, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. 

Sabemos que en la Iglesia lo divino y lo humano van unidos, lo temporal y lo eterno, la gracia y la responsabilidad libre del hombre. Paradojas constantes, pero que no se oponen entre sí:


"Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos" (SC 2).

A nadie extrañará, pues, que la vida de la Iglesia se verifique por su oración y su calidad orante: el primado de todas las cosas lo tiene Dios, la primacía es la oración y la Gracia antes que el activismo, o la pastoral secularizada.

domingo, 20 de noviembre de 2016

La conciencia y la gracia se relacionan

Un texto paulino refleja bien la situación del hombre; el pecado original ha dejado herida a la persona por  la concupiscencia, una inclinación extraña que supone una ruptura, una distorsión, del hombre.

Decía san Pablo:

La ley es espiritual, de acuerdo, pero yo soy un hombre de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado. Lo que realizo no lo entiendo, pues lo que yo quiero, eso no lo ejecuto, y, en cambio, lo que detesto, eso lo hago. Ahora, si lo que hago es contra mi voluntad, estoy de acuerdo con la ley en que ella es excelente, pero entonces ya no soy yo el que realiza eso, es el pecado que habita en mí.

Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.

Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. En una palabra: yo de por mí, por un lado, con mi razón, estoy sujeto a la ley de Dios; por otro, con mis bajos instintos, a la ley del pecado.

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.


La conciencia reconoce el bien y quiere hacerlo, pero sólo por gracia podrá vencer ese desorden interior, llamado concupiscencia y obrar el bien apartándose del mal. Sólo por gracia podremos vencer ese desorden de quien ve el bien, quiere hacerlo y al final o no lo hace u obra el mal; ese desorden que ve el mal, no lo quiere, lo rechaza y al final cae en él.

Es la gracia la que ilumina plenamente a la conciencia para que reconozca el bien y es la gracia la que mueve al hombre y le inspira el bien. Sin la gracia, estaríamos impotentes para obrar el bien.

"La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor" (CAT 2000).

Además, la gracia nos conduce al encuentro con la Verdad, con Cristo, librando a la conciencia de la ceguera que a veces le impide reconocer a Cristo, aceptar la Verdad.