martes, 19 de enero de 2021

La Iglesia es un Cuerpo (S. Cipriano)

Argumentando san Cipriano sobre la Unidad de la Iglesia, en esa obrita que debe fraguar nuestro pensamiento, comienza con la categoría de la Iglesia como "cuerpo".




Cipriano es un Padre que ama a la Iglesia profundamente y que lo deja bien reflejado en su ministerio y en sus escritos. La Iglesia para Cipriano es fundamental, porque constituye el único camino de salvación válido; afirma: "Salus extra ecclesiam non est" (Epist. 73,21) y "si pudo salvarse alguien fuera del arca de Noé, también se salvará quien estuviera fuera de la Iglesia" (De Unit. Eccl. 6). 

Todo cristiano debe estar unido a ella porque "christianus non est qui in Christi ecclesia non est" (Epist. 55,24); hasta tal punto es radical Cipriano en esta idea que dice : "No puede ya tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre" ["Habere non potest Deum patrem qui Ecclesiam non habet matrem"] (De Unit. Eccl. 6).
                       

S. Cipriano  ve siempre a la Iglesia como un madre que engendra hijos para la vida nueva y eterna. "Y es esta Iglesia la que en el Cantar de los Cantares el Espíritu Santo descubre en la persona del Señor, cuando dice: 'una sola es mi paloma, mi perfecta, la única que tiene su madre, la elegida de la que la engendró'" (De Unit. Eccl. 4). Y describe así a la Iglesia: "Y, sin embargo, una sola es la cabeza, uno solo el origen, y una sola la madre, rica por los frutos de su fecundidad. De su seno nacemos, con su leche nos alimentamos, y por su espíritu somos vivificados" (De Unit. Eccl. 5). 

La Iglesia es una madre fecunda y ha tenido más hijos de entre las naciones que cuantos antes había tenido la sinagoga, (Test. I, XX), basándose en los textos de Is 24,1-4; Ap 1; Ex 25, etc...


domingo, 17 de enero de 2021

La preciosa paternidad de Dios



            Toda paternidad humana no es son un pálido reflejo de la fuente de la verdadera paternidad, la de Dios. La paternidad es un ejercicio de amor difusivo de sí mismo, que ama al hijo tal cual es, en su originalidad e irrepetibilidad, considerado como distinto, único, y respetando su libertad. La paternidad es una realidad antes espiritual que física o biológica, de libertad y no de posesión, de amor oblativo y no de egoísmo. El hijo es una persona, una realidad distinta, y se realizará en la medida en que, libremente, responda al amor de Dios Padre.




            Cuando llamamos a Dios “Padre” lo hacemos con categorías de pensamiento limitadas y proyectando la experiencia humana de la paternidad. Pero siempre resulta insuficiente: el misterio de la paternidad  divina es inabarcable. ¿Qué podemos afirmar entonces? La Escritura nos da suficientes indicaciones.


            “Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios trasciende la dimensión humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Trasciende también la paternidad y la maternidad humanas, aunque sea su origen y medida: Nadie es padre como lo es Dios” (CAT 239).


viernes, 15 de enero de 2021

La Eucaristía edifica la Iglesia


Existen unas relaciones místicas, invisibles, entre Iglesia y Eucaristía. Siguiendo al papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia –que asume el planteamiento de De Lubac en Meditación sobre la Iglesia-, la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia. 



No hay Iglesia –ni comunidad de creyentes- si no se vive de esta Eucaristía. Ésta hace crecer, vivir, nutrir, edificar y plantar en las almas la Iglesia. 

La Eucaristía es fuente y culmen de la vida de la Iglesia, su centro y su raíz. Sin Eucaristía, los sarmientos van cayendo de la Iglesia, secos y estériles; una intensa vida y piedad eucarísticas sí hacen crecer la Iglesia, le da la santidad del Espíritu del Señor, haciéndolo “Cuerpo Eucarístico”, “Cuerpo Místico”.
 
Es la enseñanza del Concilio Vaticano II:

            La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios... Cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención. El sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo (LG 3).

            E igualmente, el Catecismo de la Iglesia Católica, como “frutos de la Comunión”, hace señalar que la Eucaristía edifica la Iglesia:

            La unidad del Cuerpo Místico. La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo Cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya en el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo. La Eucaristía realiza esta llamada: El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo?, y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (1Co 10,16-17)” (CAT 1396).


miércoles, 13 de enero de 2021

Sin autocelebrarnos (Sacralidad - VI)



Hay un desplazamiento secularista en la liturgia que manipula lo sagrado y lo sustituye por el “nosotros”; se quita a Cristo y se coloca la comunidad-grupo en su lugar. La liturgia se vuelve la seña de identidad del grupo para fortalecer los lazos humanos, transmitir unas consignas humanas y valores y repetir, cansinamente, que “vamos a hacer una sociedad más justa y solidaria”.

            Esto se nota en los acentos humanos, didácticos, y muy moralistas, de las moniciones y la homilía (ésta larguísima, un mitín); se nota en el tipo de cantos durante la liturgia que procuran tener ritmo y provocar la emotividad y lo sentimental; se nota, igualmente, en la forma de multiplicar elementos para que muchos intervengan subiendo al presbiterio (una monición a cada momento, un lector por petición… o incluso la lectura de un manifiesto o “compromiso”). Esa liturgia lo centra todo en el grupo concreto.



            Cuando así se actúa, hay elementos de la liturgia que quedan postergados porque ni se les ve sentido ni se sabe qué hacer con ellos: el silencio en el acto penitencial, después del “Oremos” de la oración colecta o después de la homilía; el canto del salmo responsorial, meditativo, contemplativo; las oraciones de la Misa y la misma plegaria eucarística, dirigidas a Dios, que se recitan velozmente porque ya no se sabe orar a Dios con la liturgia; los signos de adoración (genuflexión, de rodillas en la consagración, inclinación profunda al pasar delante del altar) suprimidos… así como procesiones (de entrada, Evangelio) o el incienso…

            La liturgia deja de ser liturgia cristiana, culto en Espíritu y verdad, cuando se convierte en un show festivo, centrado en celebrarse el grupo a sí mismo o exaltar sus supuestos “compromisos”.

            Cada vez más la liturgia se vuelve antropocéntrica: el hombre es exaltado, la propia comunidad es el centro y polo de atracción: todo es discurso, nuevo moralismo, valores y compromisos, movimiento de emotividad y sentimientos en cantos y gestos (canciones sensibleras, muchos besos y abrazos en la paz…).

lunes, 11 de enero de 2021

El Credo - y III (Respuestas - XX)



4. ¿Qué valor, qué importancia tiene el Credo? ¿Para qué una fórmula fija? ¿Por qué la misma y recitada de memoria? ¿No sería eso un empobrecimiento? ¿No es la fe un sentimiento, o una experiencia, según nos dice hoy la mentalidad secularizada?

            La Tradición de los Padres nos ofrece las respuestas necesarias cuando explicaban el Símbolo (o Credo) a los catecúmenos.



            El Símbolo está lleno de afirmaciones de las Escrituras, reunidas en una fórmula, más accesible a la memoria. Lo explica san Cirilo de Jerusalén:

            “Posee y conserva sólo la fe que aprendes y prometes, la que ahora te transmite la Iglesia, la que está confirmada por la entera Escritura. Y porque no todos pueden leer la Escritura, ya que a unos la falta de preparación, a otros la falta de tiempo disponible les impide llegar a conocerla, para que el alma no se pierda por falta de instrucción, abarcamos toda la doctrina de la fe en unas pocas líneas. Quiero que la recordéis con las mismas palabras, y que la recitéis entre vosotros con todo esmero, no copiándola en hojas de papiro, sino grabándola con la memoria en el corazón; estando atentos para que, cuando hagáis esto, ningún catecúmeno oiga las verdades que se os han transmitido; y que durante todo el tiempo de vuestra vida sea como los recursos del camino, sin dar cabida a otra fe que ésta; aun en el caso de que nosotros mismos diéramos un giro diciéndoos lo contrario de lo que ahora os estoy explicando, o aunque un ángel hostil transformado en ángel de luz te quisiera engañar… Y entre tanto, mientras escuchas sus palabras exactas, graba la fe en tu memoria; durante el tiempo que haga falta recibe la demostración que la divina Escritura da sobre cada una de las verdades contenidas. Porque el compendio de la fe no se realizó atendiendo el parecer de los hombres, sino después de recoger de toda la Escritura las partes principales, que formarían una completa enseñanza de la fe. Y del mismo modo que el grano de mostaza contiene muchos ramos en una simiente pequeña, así también esta fe encierra en su seno con pocas palabras todo el conocimiento de la religión contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Considerad, pues, hermanos, y mantened firmemente la doctrina transmitida que ahora recibís, e inscribidla en la tabla de vuestro corazón” (Cat. V,12).