martes, 10 de diciembre de 2019

Hombres de una pieza (Palabras sobre la santidad - LXXX)



Como el cristianismo es para valientes y fuertes, como la fe no es el opio del pueblo sino un revulsivo para vivir la realidad cotidiana de otro modo, los santos son hombres y mujeres que lograron una gran madurez humana, psicológica y espiritual en su vida.



Eran niños por la sencillez de su alma, pero muy lejanos al infantilismo caprichoso que busca llamar y acaparar la atención de todos; eran alegres e incluso joviales algunos de ellos, pero muy extraños al eterno adolescente –que tanto abunda hoy- que vive de su inmadurez y egocentrismo, haciendo que todo gire en torno a ellos, incapaces de donarse, sólo de demandar de los demás. Eran libres en su alma, pero no independientes de los demás, no con miedo a entablar vínculos sólidos con los otros. Eran soñadores con los pies en la tierra, con profundas dosis de realismo y confianza en la Providencia, pero nunca se crearon su propio mundo, alejado de la realidad. Eran fieles a su palabra, a los compromisos asumidos y a la misión recibida del Señor, sin fluctuar ni oscilar, vacilando de un punto a otro, cambiando de opinión, variando de ruta, sin saber dónde ir para, al final, quedarse estancados.

¡Éste es el perfil de los santos! Con la infinita variedad de caracteres y temperamentos, de estilos y de vocación, de circunstancias exteriores y de formación, todos ellos, no obstante, aparecen como “tipos humanos” plenamente realizados, maduros, cohesionados, cabales, de una pieza.

La santidad, o por mejor decir, la gracia, aceleró en los santos su madurez y su “autorrealización” (empleando términos hoy muy difundidos) que llaman mucho la atención a quien los observa sin prejuicios.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Enfermos santos: ¡valor redentor!




“Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24).

“Los enfermos, con el peso de sus sufrimientos soportados por amor a Cristo, constituyen un tesoro precioso para la Iglesia, que tiene en ellos unos colaboradores eficacísimos en la acción evangelizadora” (JUAN PABLO II, Audiencia general, 24-junio-1998).




Es un ejercicio de compasión a imitación de nuestro Padre que está en el cielo, el pasar por nuestro corazón las miserias de los de más, las debilidades de los otros, las fragilidades de nuestro prójimo. Es ejercicio de compasión, el pedir y el orar por los enfermos, a los que tenemos presente en la oración litúrgica y en la Santa Misa.

La enfermedad es la mayor pobreza, la salud es un bien preciado, pero que no podemos ni comprar ni atesorar. Esa es una realidad delicada, que nos da miedo, sin embargo, oremos en primer lugar por los que están hospitalizados, a los que hemos de recordar con frecuencia en nuestra plegaria personal o en las preces de Vísperas, o en el rosario ofrecer un misterio por los enfermos, y algún sacrificio o penitencia por los enfermos, sobre todo por aquellos que no conocemos, porque “si lo hacemos con los que nos aman, ¿qué mérito tenemos?” Más bien por aquellos que no conocemos. 

Hemos de pedir por los que están hospitalizados, por los moribundos, por aquellos que están impedidos de un modo o de otro, que están casi arrinconados en su casa porque están impedidos y a los que también nuestra compasión cristiana debe llegar. Orar y pedir como ejercicio de misericordia y compasión, y plantear y dar luz sobre el sentido profundo de la enfermedad.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Sentencias y pensamientos (XI)



15. Contempla en tu oración más la acción de Dios que tus propias deficiencias y limitaciones; contempla el gozo de tu vocación y desecha las insinuaciones del Maligno donde sólo se destaca lo negativo y pecaminoso de la propia alma.



16. La libertad de espíritu es un don precioso. Sé muy libre. 




17. Si las cabezas no funcionan, si las cabezas están huecas, si se carece de teología, ¿qué espiritualidad puede haber? Una piedad cogida con alfileres, que deja insatisfecho.



18. Cristo te toma, se adueña de tu alma, y en tu corazón canta y adora al Padre, en tu corazón intercede por la humanidad, en tu voz repara el pecado de los hombres. Y tú, contemplativamente viviendo la liturgia, eres el signo de la Iglesia Esposa que se une a su Esposo Cristo en comunión de plegaria y amor.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

El discernimiento espiritual: bases



Para responder con generosidad y con fidelidad a la llamada de Dios es necesario "discernir" los caminos de Dios. La Escritura nos invita:

            No os acomodéis al mundo presente, antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Rm 12,2)

            Examinad qué es lo que agrada al Señor y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas (Ef 5,10-11).




           El cristiano se define por el "discernimiento" que hace de Cristo en la Iglesia, ha de seguir a Cristo según la luz y la inclinación que proceden del Espíritu Santo, en obediencia al Espíritu de Jesucristo. El juicio del hombre no acierta a descubrir la voluntad del Señor, los sentimientos de Cristo, el movimiento del Espíritu, sólo con el ejercicio de la reflexión puramente intelectual.

            Para este reconocimiento de la voz de Dios es necesario liberar nuestro juicio de la presión que sobre él ejercen nuestras propias pasiones. La dificultad que tenemos para conocernos a nosotros mismos es también dificultad para escuchar la llamada de Dios y para seguirla. No sospechamos hasta qué punto somos muchas veces víctimas de nuestro afán inconsciente de afirmar nuestra personalidad, del deseo de que los demás tengan de nosotros una determinada imagen... En el fondo de nuestras resistencias al discernimiento espiritual hay a veces un miedo a la verdadera libertad de los hijos de Dios y miedo a la cruz de Jesucristo. Es resistencia a la fecundidad del Evangelio.


            Se requieren unas condiciones para el discernimiento:

            1. La fe viva en Jesucristo, presente en la Iglesia

            El discernimiento ha de hacerse dentro de un clima de fe en la acción del Espíritu creador que renueva la Iglesia para renovarla, pero sin sustituirla sino valiéndose de la Iglesia misma y sin separarse de ella, porque el Espíritu continúa actuando en la Iglesia.

2. Buscar la verdad, buscar a Dios

            El descubrimiento pleno de la verdad suele ir precedido de una conducta que es realización anticipada de la verdad buscada. Una actitud cristiana de discernimiento exige buena voluntad, deseo sincero de saber exactamente lo que el prójimo piensa, lo que quiere decir. Para ello es necesario escuchar mucho, y escuchar con amor. Es preciso prestar atención a todo lo que hay de razonable y de positivo en el punto de vista del otro. Es preciso reflexionar y orar. Sólo entonces tenemos derecho a discrepar.

sábado, 23 de noviembre de 2019

El ideal que alienta (Palabras sobre la santidad - LXXIX)


Caminamos y vivimos si tenemos una meta y sabemos adónde ir; si no hay meta ni un ideal trazado, la desorientación genera cansancio y el cansancio provoca desesperanza. La vida cristiana, ¿adónde va, adónde se dirige? ¿Qué hacemos, si es que es caminamos? ¿O dejamos que pasen los días, matando el tiempo, haciendo de nuestro cristianismo algo mortecino, apagado, insípido, descolorido?




 Pero cuando brilla ante nosotros un ideal, cuando se señala una meta, el camino se recorre de otro modo y las dificultades inevitables se afrontan cabalmente. Valía la pena arriesgar con tal de conseguir; valía la pena recorrer un camino cuando el destino es tan feliz y reconfortante.

En el caso cristiano, el ideal de la vida cristiana es la santidad, la meta del camino cristiano, iniciado en el bautismo, es ser santos. A todos habrá que señalar la meta, a todos proponer este ideal obligatorio, y no rebajar el listón, ni acomodarnos a la pereza que no tiene ambiciones ni sueños ni deseos nobles, ni vulgarizar el Evangelio con sólo unos principios sueltos de ética y algo de buenismo moral para no incomodar a nadie ni elevar el nivel espiritual del pueblo cristiano.

La santidad es el ideal, en cierto modo, “obligatorio” y obligado:

            “Es el ideal que la fe presenta a la realidad y que debe realizarse en el desarrollo del programa de nuestra vida. El Concilio nos ha recordado que no se trata de un programa facultativo; todos, si somos cristianos, si somos fieles, debemos ser santos, en tensión continua hacia la santidad; y nos enseña también que no se trata de un programa utópico, exagerado, sino normal en el empleo de los dones que a tal fin la economía de la gracia, es decir, el plan de los deberes y de las ayudas, la providencia dispone para cada uno de nosotros.