sábado, 18 de enero de 2020

¡Santos!: consolar y humildad eclesial




“Consolad, consolad a mi pueblo y hablad al corazón de Jerusalén” (Is 40,1). “Dios nos consuela en todas nuestras tribulaciones par poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación”  (2Co 1,4).

“La igualdad de los bautizados, que es una de las grandes afirmaciones del cristianismo, existe en un cuerpo diferenciado en el que hombres y mujeres tienen cometidos que no son puramente funcionales, sino que están profundamente enraizados en la antropología y en la sacramentalidad cristianas. La distinción de los papeles en ninguna forma favorece la superioridad de los unos sobre los otros; el don mejor que todos, que puede y debe ser deseado, es la caridad (cf. 1Co 12-13). En el reino de Dios los más grandes no son los ministros, sino los santos” (JUAN PABLO II, Discurso a un grupo de obispos de EE.UU. en visita “ad limina”, 2-julio-1993).

“La forma de materializar esta llamada [a la santidad] varía de acuerdo con las diversidades de las vocaciones particulares, de las condiciones de vida y trabajo, de las capacidades e inclinaciones, de las preferencias personales por este o aquel maestro de oración y de apostolado, por este o aquel fundador de orden o de instituto religioso; como ha sucedido en sucede en todos los grupos que componen la Iglesia orante, operante y peregrina hacia el cielo” (JUAN PABLO II, Discurso a los obispos de Uganda, Kampala, 7-febrero-1993).


 



                Hay un rasgo precioso en el pasaje de la resurrección del hijo de la viudad de Naím. Se ve en él  la actitud profunda del Corazón de Jesús en su vida terrena en relación con los que sufren: “No llores” le dice a la viuda de Naín. 

¿Es que acaso es malo llorar? ¿Acaso es pecado por llorar y conmoverse cuando una madre ha perdido un hijo o se ha perdido a un ser querido? Hoy en la Iglesia, pasando de un extremo a otro, hemos pasado a un puritanismo donde parece que es pecado llorar cuando alguien que se ha muerto. “Es que no tienes fe en la resurrección”. ¿Acaso llorar de dolor es negar la fe? Lo que pasa es que duele que alguien a quien se ama de verdad se haya muerto. Lo cual es muy distinto. 

Si el Señor lloró por Lázaro, y si el Señor se conmueve, que es casi empezar a llorar según los exégetas, ¿cómo vamos a negar nosotros nuestros sentimientos y acortarlos, pensando que atentan contra la fe, cuando esos sentimientos son nobles y legítimos y puros en sí mismos? Cuidado con el puritanismo, que no es de Dios. “Es que no crees en la resurrección”. Lo que pasa es que desde aquí a la resurrección no vamos a poder ver a alguien que se ha muerto.

“No llores”. El Señor, en ese “no llores”, no está riñendo por llorar la muerte de alguien, está consolando. Está al lado del que sufre, dándole una palabra de aliento. “No llores”, “no llores porque a lo mejor me vas a hacer llorar a mí”, que también cabe pensar eso del Corazón de Cristo. “No llores, espérate un momento que te devuelvo a tu hijo, tranquila, ten paz”. Es un consuelo, no un ataque a las lágrimas.

jueves, 16 de enero de 2020

Es mucho más fácil (Palabras sobre la santidad - LXXXI)


La vida cristiana en santidad se define no por grandes cosas, ni por grandes acciones exteriores, no por un intenso y estéril activismo ni por la búsqueda de populismo, no por llamativos fenómenos extraordinarios en la vida interior… sino por algo más elemental y accesible.

 
El santo, la santidad en sí, es la respuesta al amor primero, desbordante e insondable, inimaginable e inmerecido, de Dios en su Hijo. “Él nos amó primero” (1Jn 4,19). Quien así es amado, ve cómo su propio corazón comienza a amar de otro modo más puro, oblativo, entregado, humilde. Se convierte en un testigo del amor, de la caridad. A su lado se expande el amor, el santo irradia un amor nuevo que Él recibe y comunica a los demás


 “No consiste la santidad sino en amor humilde de Dios y del prójimo”, escribía san Juan de Ávila (Carta 158), lejos del ruido y del fárrago de mil cosas y actividades. Es mucho más fácil la santidad de lo que algunos creen. El santo simplemente ama. Sus gestos, su mirada, su tono humano, su comprensión y acogida, su buen humor calmado, todo cuanto hace, traslucen un punto de unión superior y excelente: el amor. El santo es un testigo creíble del amor. ¡Se le nota en mil detalles!, transparenta un corazón puro, limpio, manso; denota en sus actos, en su carácter y en su rostro, una fuente límpida y cristalina.

¡La santidad bien sabe de amor!, de amor auténtico y no meramente sensible, anímico o afectivo. Ama siempre, no por temporadas o por euforia, sino día a día, día tras día: ¡siempre!, porque el amor es constante y perseverante: no ama una sola vez, mucho, adquiriendo notoriedad y haciendo que se crean que es “buena persona”, permaneciendo indiferente en el resto de las ocasiones. No es bondad ocasional… sino amor diario, con el fundamento del amor de Jesucristo. Esta perseverancia en el amor es señal de identidad del amor de verdadero. Pero hay que sumarle otra: el amor sin acepción de personas, ya que quien ama con el amor de Jesucristo no da a unos todo y a otros, la mayoría, nada. No ama sólo a quienes le aman: ¿qué mérito tendrían? (cf. Lc 6,32). Ama a los suyos (a sí mismo y a quienes le corresponden con afecto), ama sirviendo, con menor intensidad afectiva pero igual entrega, a cualquiera que rodee al santo, conocido o desconocido; la santidad, ¡qué bien sabe del amor!, llega a amar a los enemigos, haciéndoles el bien, sin albergar ni un resquicio de odio, resentimiento o rencor.

lunes, 13 de enero de 2020

Estética y liturgia (I)

Hace ya bastantes años, en 1997, publiqué en la revista "Pastoral Litúrgica" de la Comisión Episcopal de Liturgia, un artículo sobre "estética y litúrgica".

Puede ser de utilidad traerlo ahora y repensar en la belleza de la liturgia, plasmada luego en palabras, ritos, signos y acciones.


1. Elogio de la estética


            Nada más destructivo que preguntar: “¿para qué sirve?”, en vez de admirar la cosa en sí misma, en su bondad y belleza intrínsecas. Es la pregunta de la sociedad utilitarista. En el caótico mundo de la producción y la eficacia, ¿cabe aún lo inútil? ¿Para qué sirven las rosas? Para nada… mas, ¿sería un mundo de personas un mundo sin rosas? ¿Para qué sirven las plantas, el lirio y la margarita…, el abrazo fraterno, el regalo navideño, la llamada telefónica….? Para nada…, sin embargo, ¿sería habitable nuestro mundo sin una bocanada de natural gratuidad, que nos invita a recrearnos olvidándonos de la agitada producción?

            “Lo bello vale tanto como lo útil”[1].

viernes, 10 de enero de 2020

¡Todo por el bien de la Iglesia! (Reparación)


El amor a la Iglesia, el sentir la Iglesia y el sentir de la Iglesia en nuestras almas ,corrige las miopías y torpes lecturas que muchas veces hacemos de las cosas. 



La eclesialidad modifica la percepción de nosotros mismos como si fuéramos los únicos miembros útiles y valiosos de la Iglesia; la eclesialidad corrige ese modo de actuar orgulloso que sólo valora el propio carisma, la propia vocación, como lo mejor y más excelso, mirando con cierta altivez otras vocaciones, otros carismas, otros espirituales, otras Órdenes, otros movimientos o comunidades eclesiales u otros apostolados. 

La eclesialidad introduce nuevos elementos en nuestra vida: ya no nos preocupamos sólo de los pequeños problemas personales, o de la búsqueda afanosa de la santidad personal, sin importarnos otros asuntos; ya no vemos sólo las dificultades o límites de la propia comunidad o ámbito cristiano, sino que nuestra solicitud se extiende a toda la Iglesia creando una nueva percepción, más ajustada y real, de lo propio y cotidiano. Se sitúan en su justa medida, lo personal que antes parecía lo único y provocaba angustia, relativizando su importancia (que antes se creía absoluta) y haciéndonos partícipes de la vida de toda la Iglesia.
 
Situados, pues, en esta perspectiva eclesial, la reparación muestra su rostro más pleno: no reparamos por los propios pecados, al menos únicamente, ni deseamos solamente la propia santidad (querida por Dios), sino que ampliamos el sentido del sacrificio de la cruz por bien de la Iglesia. 

Nadie se hace santo para sí mismo, buscando lo suyo, más bien uno se expropia de sí mismos en favor de la Iglesia, de la extensión del Reino.

sábado, 4 de enero de 2020

Objeto del discernimiento: la voluntad de Dios



El gran objeto es buscar la voluntad de Dios, saber elegir lo que le agrada al Señor y perseverar en su camino; aunque S. Agustín no tiene sistematizada una doctrina en torno a esto, son muchos los retazos sueltos en sus sermones que iluminan este proceso espiritual del cristiano.




Creed, entended, temed, absteneos de toda obra mala; informaos en la palabra de Dios, amad que os digan lo que quiere Dios y qué promete a los que cumplen su voluntad. Y para que se realice lo que Él manda, roguemos a Dios y Dios ayudará (Serm. 77 A, 4).

Brilla el oro, pero más la fe. Elige qué has de tener en tu corazón. Procura estar lleno dentro, donde Dios ve tu riqueza, aunque no el hombre (Serm. 36,8).

No existe nadie que no ame. Pero se pregunta qué es lo que se ama. No nos invita a no amar, sino a elegir lo que vamos a amar. Pero ¿qué elegimos a no ser que antes seamos elegidos nosotros? De hecho, no amamos si antes no somos amados (Serm. 34,2).

Sábete que no te conviene lo que no quieres que tengas quien te creó (Serm. 107A).