sábado, 8 de agosto de 2020

Aleluya - IV (Respuestas - XV)



4. En la liturgia hispano-mozárabe y en la romana


            La Iglesia, como hemos ido viendo, no sólo incorporó el Aleluya a la liturgia, sino que lo entonó gozosamente muchas veces en sus ritos y oficios.


            4.1. El venerable Rito hispano


            El rito hispano canta el Aleluya pero, como algo propio y original, lo hace como conclusión a la liturgia de la Palabra. La procesión del diácono con el Evangeliario hacia el ambón (también con cirios e incienso como en todas las liturgias) tiene una aclamación a Cristo. Tras el Evangelio, la homilía y el silencio meditativo. Entonces, una vez hecho ese silencio meditativo, puestos todos en pie, se cantan Laudes, es decir, el Aleluya con su versículo, que es una forma de aclamar la Palabra de Cristo escuchada y predicada y dar gracias.


            El rito hispano-mozárabe incorporó el Aleluya, también, con normalidad tanto al canto inicial de la Misa (praelegendum), como al canto de comunión (ad accedentes) y la antífona de después de la comunión (post communionem).

            El canto praelegendum, al inicio de la celebración, está enriquecido con el Aleluya. Por ejemplo, el canto praelegendum del domingo XI de Cotidiano:

El Señor es rey de majestad vestido, aleluya.
V/. El Señor se ha vestido, se ha ceñido de poder.
R/. De majestad vestido, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. De majestad vestido, aleluya.

            O el domingo VII de Cotidiano:

Da, Señor, fortaleza a tu pueblo, aleluya, y bendícelo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Cuando seas propicio con tu pueblo, acuérdate de nosotros, Señor, cuando vengas a salvarlo no te olvides de nosotros.
R/. Y bendice a tu pueblo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. Y bendice a tu pueblo con la paz, aleluya, aleluya, aleluya.

            Tomemos uno de Adviento, por ejemplo, el domingo

Sube a un monte alto, mensajero de albricias de Sión, haz resonar fuertemente tu voz, mensajero de albricias de Jerusalén. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.
V/. Viene nuestro Dios resplandeciente y no callará.
R/. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.
V/. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
R/. Dí a las ciudades de Judá: aleluya, aleluya.

martes, 4 de agosto de 2020

Orando construimos (Palabras sobre la santidad - LXXXVI)



            Pudieron hacer mil obras apostólicas, catequéticas, evangelizadoras y mil obras de caridad y de misericordia, pero los santos muy conscientes eran de que su primera, principal, y más importante obra, era su oración, a la cual nada anteponían.

            Los santos son orantes. Todo lo referían a Dios y con Dios trataban. Todo lo ponían en manos de Dios y orando discernían el camino que Dios les trazaba. Todo lo remitían a Dios y en la oración recibían de Dios lo que Él quisiera darles para su misión. Pero el santo se define por su oración, no por su activismo. Sin la oración no se entiende a un santo ni se accede al núcleo íntimo de su ser.



            Oraban y oraban mucho, pero despreocupados: querían estar ante Dios con Cristo, y no se afanaban por recibir ni por sentir nada, sino por estar. Y en su oración llevaban a sus hermanos, los incluían también: “¿Qué cristiano pretende orar por sí sin llevar consigo a sus hermanos ante Dios? Desde que Cristo sufrió y oró por todos, la oración no puede menos que ser católica, universal. A todos los que son mudos ante Dios, hay que prestarles la boca… Solidario de verdad es el que aporta en pro de todos lo que ha recibido como don. El orante cristiano orará por gratitud a Dios y por responsabilidad frente a los prójimos. No se preocupará mucho ni poco de lo que sienta o no sienta, de que goce de la presencia o sufra la ausencia de Dios. Tal vez le toque sufrir la ausencia de Dios en uno que no ora, para que éste tenga un presagio de su presencia. Tal sucede en la “communio sanctorum”, que, en sentido amplísimo, es la comunión de todos aquellos por los que Dios ha padecido en la cruz el abandono total. Y en esta comunión entramos realmente todos” (Balthasar, El cristianismo es un don, Madrid 1973, 157).

jueves, 30 de julio de 2020

Medicina de Dios, ¡los santos!




“Cada mañana me espabila el oído para saber decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50). “Con los que ríen reíd, con los que lloran, llorad” (Rm 12,15).


“El testimonio [de los santos] demuestra qué gran espacio de creatividad y de servicio se abre en la Iglesia tanto para los hombres como para las mujeres, sin discriminación alguna, cuando se actúa con docilidad al Espíritu de Dios” (JUAN PABLO II, Ángelus, 16-octubre-1994).





“La gracia del Señor, capaz de salvar y redimir también en esta época de la historia, nace y crece en el corazón de los creyentes, que acogen, secundan y favorecen la iniciativa de Dios en la historia y la hacen crecer desde abajo y desde dentro de las vidas humanas sencillas que, de esa manera, se convierten en las verdaderas artífices del cambio y de la salvación. Basta pensar en la acción realizada en este sentido por innumerables santos y santas... los cuales han marcado profundamente la época en que han vivido, aportándole valores y energías de bien, cuya importancia no perciben los instrumentos de análisis social, pero que es patente a los ojos de Dios y a la ponderada reflexión de los creyentes” (JUAN PABLO II, Discurso a los participantes del VII Congreso Internacional de los Institutos Seculares, 28-agosto-2000).



Es Dios quien cuida de nosotros, es Dios quien puede curar todas nuestras heridas, quien puede hacer cicatrizar nuestras llagas; así lo canta el salmo 146: “él sana los corazones desgarrados, venda sus heridas”. Experimentamos y recibimos cómo Dios es Medicina para nosotros, tan débiles, tan cansados, con tantas cosas que nos van haciendo daño en la vida, con tantos pecados que nos destrozan por dentro. Pero Dios es la mejor medicina, Dios nos cura y nos salva.

Al igual que esa misión medicinal de Rafael arcángel en el libro de Tobías, todos los santos han sido una medicina de Dios para cada tiempo y para cada problema en circunstancias históricas concretas y distintas. 

Ha habido santos que han curado las llagas de la enfermedad cuidando enfermos, creando hospitales, estando con los leprosos con los que nadie quería estar; o la llaga de la ancianidad: ¡cuántos santos, cuántos religiosos santos hoy, están entregados en cuerpo y alma a los ancianos que carecen de familia! Son medicina de Dios para esos ancianos. 

martes, 28 de julio de 2020

El concepto "Misterio" referido a la Eucaristía



Me parece, a riesgo de repetir, la necesidad de comprender el concepto de MISTERIO. No es lo irracional, lo incomprensible, sino lo fascinador de Dios siempre más grande, al que se llega “toda ciencia trascendiendo” (S. Juan de la Cruz). El Misterio es, ante todo, CRISTO MISMO, su Misterio pascual.

a.1.) La creación es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios, el comienzo de la historia de la salvación que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin... desde el principio preveía la gloria de la nueva creación en Cristo (CAT 280).

a.2.) CAT 512-60: Toda la vida de Cristo es Misterio; todas sus acciones son salvíficas siendo Dios y Hombre.

a.3.) El Misterio pascual

            Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Ésta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios... Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo... Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección (CAT 654)


            b) Dios mismo es Misterio que se da en Cristo. El Misterio sobrepasa todo e invita a la ADORACIÓN. ¡Qué difícil hablar de Dios y al mismo tiempo, qué cercano, dándose!

b.1.) Dios trasciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión, de imperfecto, para no confundir al Dios que está por encima de todo nombre y más allá  de todo entendimiento, el invisible y fuera de todo alcance con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios (CAT 42).

b.2.) A causa de su trascendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le dala capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia “la visión beatífica” (CAT 1028).

b.3.) Orar es entrar en el Misterio: “La humildad nos hace reconocer que nadie conoce al Padre, sino  y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt 11,22), es decir, a los pequeños (Mt 11,25)... Orar al Padre es entrar en su Misterio, tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado (CAT 2779).

b.4.). La oración (personal o litúrgica) es tocar el Misterio: “Éste es el Misterio de la fe”. La Iglesia lo profesa en el Símbolo de los Apóstoles y lo celebra en la Liturgia sacramental para que la vida de los fieles se conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios Padre. Por tanto, este misterio exige que los fieles crean en él, lo celebren y vivan de él en una relación viva y personal con Dios vivo y verdadero. Esta relación es la oración (CAT 2558).


            ¡Este es el Misterio de Dios!
            Pero este Misterio –tal como leíamos en la Carta encíclica- este Misterio se nos da, palpable, cercano, Mysterium fidei, en el Gran Sacramento de la Eucaristía. Es un Misterio, realmente maravilloso que trae Cristo, que se entrega de nuevo.


            Cristo, el Señor, realizó esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios hizo en el pueblo de la Antigua Alianza, principalmente por el misterio pascual con su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión. Por este misterio, “con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida”. “Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia” (SC 5). Por eso, en la liturgia, la Iglesia celebra principalmente el misterio pascual por el que Cristo realizó la obra de nuestra redención (CAT 1067).


            ¿Qué es, pues, la liturgia?

            Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo (CAT 1068).


            Sigue así la profundidad del Misterio que se da y se ofrece en la Eucaristía:

En efecto, la liturgia, por medio de la cual se ejerce la obra de nuestra redención, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles, en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia (SC 2).

            Acudamos, pues, a los textos mismos de la liturgia:

            Pues cada vez que celebramos este memorial
de la muerte de tu Hijo,
se realiza la obra de nuestra redención (OF Jueves Santo)

Te pedimos nos concedas venerar de tal modo
los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,
que experimentemos constantemente en nosotros
el fruto de tu redención (OC Corpus Christi).


domingo, 26 de julio de 2020

La parroquia evangelizadora



Todo esto se da, con su grandeza y sus límites, en la comunidad territorial que se llama parroquia, la Iglesia entre las casas de sus hijos e hijas. La parroquia es lugar de evangelización y si no lo fuese, traicionaría su vida como Iglesia, siendo mero lugar de culto y sacramentos, un grupo de amigos, un cómodo refugio afectivo o devocional. 

Destaquemos solamente algunos puntos.



  
          a) La parroquia evangeliza mediante la iniciación en la fe que se produce por la catequesis. Ésta es una transmisión de la fe católica adaptada a cada edad y situación, y acompañando para vivir la fe en la Iglesia. En este ámbito se sitúa la catequesis de infancia, de adolescencia y juventud; también las catequesis previas al Bautismo, Confirmación o Matrimonio.


            b) La parroquia evangeliza cuando, como hacía Jesús con el grupo de los Doce, les dedica tiempo para instruirlos en privado explicándoles los secretos del Reino. La parroquia evangeliza cuando crea catequesis y formación de adultos, sesiones de estudio, círculos de formación, preparando un laicado sólido, capaz de dar razón de su fe y esperanza, con conciencia de Iglesia. A ello hay que sumar la formación específica para distintos ministerios: escuelas de catequistas, de liturgia, de canto, de Cáritas, etc., o de distintas asociaciones y grupos.


            c) Finalmente, y su importancia no es menor, la Iglesia evangeliza mediante la homilía, el ministerio de la predicación, igual que Cristo predicaba a la multitud. La homilía es una forma evangelizadora de la Iglesia de primer orden y merece el máximo cuidado y preparación, sistematización, perseverancia en el predicar, la exposición de la doctrina de la fe. Con la homilía se hace mucho bien, llegando a muchos que, tal vez de otra forma, no recibirían palabras de vida. Baste recordar lo que Benedicto XVI escribió: