domingo, 17 de junio de 2018

Amar a Jesús, amar la Eucaristía



            En el altar del cielo –Ara Coeli-, la adoración del Cordero místico que narra el libro del Apocalipsis y que tantas representaciones pictóricas y escultóricas han plasmado; en el altar de la tierra, el altar de la Iglesia, el anticipo y preludio de lo que se celebra en el Altar del Cielo: la entrega del Cordero ofrecido en la Eucaristía como alimento y adoración del pueblo cristiano peregrino. 



           El único Altar del Cielo –ara coeli- se hace visible en el altar; un mismo Cordero, una misma oblación y sacrificio: Jesús que se entrega en el altar; Jesús que cotidianamente es ofrecido en la Misa diaria; Jesús que permanece en el Sagrario: presencia verdadera, real y sustancial, que por amor se convierte en alimento de las almas, compañero de camino, confidente de nuestra intimidad y centro y Señor de nuestras vidas.

            “Haced esto en conmemoración mía”: fue el testamentum Domini, su entrega y donación en la Última Cena. Instituyó la Eucaristía transformando el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, no meros símbolos, ni apariencia, ni banquete de amigos expresión de compromiso, ni recuerdo psicológico, sino su presencia real y sustancial. Él mismo se ofrece, se da en comunión y se reserva con amor en el Sagrario. “Oh sagrado banquete –exclama santo Tomás de Aquino en una antífona- en el cual se recibe a Cristo, se renueva la memoria de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”.

            Desde esa institución de la Eucaristía, la Iglesia ha ofrecido cada domingo el sacrificio del altar, y ha convocado a sus hijos para participar en la Misa del domingo, sin la cual no podemos vivir, como afirmaron los mártires africanos de Abitinia en el siglo III ante el tribunal al ser arrestados por celebrar la Misa dominical. Como ellos, y al igual que tantos mártires de ayer y de hoy, y de tantos católicos hoy que en distintos países son perseguidos y encarcelados sólo por ser católicos, nosotros, sin la Eucaristía, no podemos vivir. 

jueves, 14 de junio de 2018

Trazos distintos de la santidad (Palabras sobre la santidad - LV)

El santo es el modelo más acabado del discípulo auténtico de Jesucristo, su exponente más fiel. En el santo se despliega la fuerza transformadora y recreadora del Evangelio que da lugar a un hombre nuevo, que vive de Cristo y en Cristo.

El santo es una muestra de cómo el Evangelio se llega a encarnar tocando todas las fibras de la existencia, elevando lo humano, purificándolo de adherencias y pecados. La existencia cotidiana queda afectada con una huella eficaz y duradera.


Por eso acercarnos al hermoso y multiforme fenómeno de la santidad es comprobar todas las virtualidades del Evangelio, su fuerza, su belleza, su eficacia, su verdad; acercarnos a un santo concreto consigue enseñarnos cómo se vive la vida cristiana sin reducciones, en su máximo esplendor y entrega, en su belleza serena.

La santidad es la concreción máxima y absoluta del Evangelio en una vida concreta, con sus luchas, con sus trabajos, sus esperanzas y también sus debilidades, flaquezas y pecados.

Los santos lo cambian todo desde dentro porque ellos, primero, han cambiado; nada valen las revisiones, los continuos proyectos de reforma o pensar que cambiando leyes, el hombre y el mundo van a ser justos y buenos. Si el corazón no cambia, nada hay que hacer:

"Reformas, sí; pero comenzando por la interior... De nada servirían las reformas exteriores sin esa continua renovación interior, sin ese afán por modelar nuestra mentalidad sobre la de Cristo, de acuerdo con la interpretación que la Iglesia nos ofrece" (Pablo VI, Disc. a los párrocos y predicadores cuaresmales de Roma, 21-febrero-1966).

La santidad es la mejor reforma de las instituciones, del mundo y de la misma Iglesia. Lo otro, lo exterior, degenera en demagogia, populismo y mucha carga ideológica.

martes, 12 de junio de 2018

Sólida vida del laicado católico

Cuando pensemos en el laicado católico, hemos de subir el nivel y la exigencia. Cuanto más bajos los pongamos, menos se crece; cuanto más suscitemos la aspiración a una vida radical de seguimiento de Cristo en el mundo, más se eleva el laicado -y todos, claro-.


Entre estos aspectos, y no es el menor ni el menos importante, está la solidez de una vida espiritual ordenada, metódica, amasada con la oración personal, la adoración eucarística y la vida litúrgica y espiritual.

Junto a la vida espiritual... podríamos añadir una formación cristiana segura, recia, clara. Así podrán dar razón de la esperanza cristiana como también podrán ser transmisores de la fe como buenos educadores, evangelizadores o catequistas.

Un amplio discurso ofrece perspectivas de tal manera que sólo queda cuestionarse y reorientar aquello en lo que se flaquee.



"DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UNA REUNIÓN DE LOS MOVIMIENTOS
QUE SE OCUPAN DE LA ESPIRITUALIDAD DE LOS SEGLARES[1]


Viernes 18 de abril de 1980


...Vuestra reunión reviste importancia particular para la Iglesia, pues la "renovación espiritual" de que vosotros sois signo fecundo entre tantas otras experiencias eclesiales, es el fundamento y la fuerza viva de la comunión de la Iglesia y de su obra de evangelización.

domingo, 10 de junio de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, VIII)

Si en la última catequesis leímos cómo san Cipriano relacionaba los bienes de la paciencia con la caridad, ahora, para recalcar más aún su argumentación, expondrá los males que acarrea la impaciencia.

El impaciente no tiene medida del tiempo, ni de la duración, sino del instante. Sin visión sobrenatural alguna, fuerza todo para que ocurra aquí y ahora sin aguardar ni esperar. Es incapaz de pensar y de amar.


La paciencia es una virtud necesaria para edificar el bien, la impaciencia es una fuerza destructora que arrasa incluso el poco y pequeño bien que acaba de sembrar.

"19. Y para que resplandezcan mejor, hermanos amadísimos, los beneficios de la paciencia, consideremos por contraposición los males que acarrea la impaciencia.

Así como la paciencia es un don de Cristo, así la impaciencia, por el contrario, es un don del diablo; y al modo como aquél en quien habita Cristo es paciente, lo mismo siempre es impaciente aquél cuya mente está poseída por la maldad del demonio.

En resumen, tomemos las cosas por sus principios. El diablo no pudo sufrir con paciencia que el hombre fuese creado a imagen de Dios; por eso se perdió a sí mismo primero, y luego perdió a los demás. Adán, impaciente por gustar el mortal bocado, contra la prohibición de Dios, se precipitó en la muerte y no guardó la gracia recibida del Cielo con la ayuda de la paciencia. Caín, por no poder soportar la aceptación de los sacrificios y ofrendas, mató a su hermano. Esaú bajó de su mayorazgo a segundón y perdió su primacía por su impaciencia en comer un plato de lentejas.

¿Por qué el pueblo judío, infiel e ingrato con los favores de Dios, se apartó del Señor, sino por la impaciencia? No pudiendo llevar con paciencia la tardanza de Moisés, que estaba hablando con Dios, osó pedir dioses sacrílegos, llamando guías de su peregrinación a una cabeza de toro y a un simulacro de arcilla, y nunca desistió de mostrar su impaciencia, puesto que no aguantaba nunca las amonestaciones y gobierno de Dios, llegando a matar a sus profetas y justos y hasta llevar a la cruz y al martirio al Señor.

La impaciencia también es la madre de los herejes; ella, a semejanza de los judíos, los hace rebelarse contra la paz y caridad de Cristo y los lanza a funestos y rabiosos odios. Y para no ser prolijo: todo lo que la paciencia edifica con su conformidad en orden a la gloria, lo destruye la impaciencia por la ruina.


20. Por tanto, hermanos amadísimos, una vez vistas con atención las ventajas de la paciencia y las consecuencias de la impaciencia, debemos mantener en todo su vigor la paciencia, por la que estamos en Cristo y podemos llegar con Cristo a Dios.

Por ser tan rica y variada, la paciencia no se ciñe a estrechos límites ni se encierra en breves términos. Esta virtud se difunde por todas partes, y su exuberancia y profusión nacen de un solo manantial; pero al rebosar las venas del agua se difunde por multitud de canales de méritos y ninguna de nuestras acciones puede ser meritoria si no recibe de ella su estabilidad y perfección. 

La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta, doblega la rebeldía de las pasiones, reprime el tono del orgullo, apaga el fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege la santa virginidad de las doncellas, la trabajosa castidad de las viudas, la indivisible unión de los casados.

La paciencia mantiene en la humildad a los que prosperan, hace fuertes en la adversidad y mansos frente a las injusticias y afrentas. Enseña a perdonar enseguida a quienes nos ofenden, y a rogar con ahínco e insistencia cuando hemos ofendido. Nos hace vencer las tentaciones, tolerar las persecuciones, consumar el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, la que levanta en alto nuestra esperanza, la que encamina nuestras acciones por la senda de Cristo, para seguir los pasos de sus sufrimientos. La paciencia nos lleva a perseverar como hijos de Dios imitando la paciencia del Padre".

viernes, 8 de junio de 2018

¡Corazón de Cristo!



¡Corazón de Cristo, fuente de vida y santidad, delicia de todos los santos!

            Llena de tu amor a tu Iglesia, a tu Esposa: hazla cada día más inmaculada y santa, “sin mancha ni arruga” (Ef 5,27), para que testimonie y manifieste tu amor. Que tu Iglesia sea una: que en Ella no existan divisiones, que no haya lugar para la rivalidad y el enfrentamiento entre carismas, espiritualidades, movimientos; que no haya ambiciones ni deseos de protagonismo que minan la credibilidad, ni el arribismo en aras de conseguir privilegios o puestos de importancia, el “intento de llegar ‘muy alto’, de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir... llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo” (BENEDICTO XVI, Hom. Ordenac. Sacerdotal, 7-mayo-2006). ¡Reine el amor en tu Iglesia, reine tu mismo amor! Así tu Iglesia, con la sencillez de la caridad cristiana, pobre, humilde y libre, servirá mejor al hombre de hoy, en los nuevos desiertos en que vive. Haznos disponibles para “conservar y acrecentar la virtud pastoral de la Iglesia, que la presenta, libre y pobre, en el comportamiento que le es propio de madre y maestra, amorosísima con sus hijos fieles, respetuosa, comprensiva, mas cordialmente invitante con aquellos que aún no lo son” (PABLO VI, Disc. en el rito de coronación, 30-junio-1963)..

            ¡Corazón de Jesús! Mira a tus sacerdotes que son escogidos por Ti con amor de predilección; haz que sean “pastores según tu corazón, que apacienten a tu pueblo con saber y acierto” (Jr 3,15), con un corazón indiviso, llenos de celo apostólico, con cierta y comprobada caridad pastoral, que amen a su rebaño, a sus fieles, y se entreguen a ellos, se gasten y desgasten por ellos sin buscar otra cosa que el bien de las almas y tu gloria, que “no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor... un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto” (BENEDICTO XVI, Hom. Ordenac. Sacerdotal, 7-mayo-2006). Haz, Señor, que tus sacerdotes te amemos cada día más; con mayor unción y delicadeza celebremos la Santa Misa, promovamos el culto eucarístico y la adoración a tu Cuerpo, siendo nosotros los primeros en estar contigo en el Sagrario, reparando e intercediendo por tu pueblo, “permaneciendo con frecuencia en oración de adoración [eucarística] y enseñándola a los fieles” (cf. BENEDICTO XVI, Disc. al clero, Varsovia (Polonia), 25-mayo-2006); que con perseverancia estemos en el confesionario todos los días para dispensar tu misericordia, como nos exhortaba el papa Benedicto: “servid a todos; estad a su disposición en las parroquias y en los confesionarios” (Discurso al clero, Varsovia (Polonia), 25-mayo-2006); que pongamos todo empeño, cuidado, preparación y solicitud en la predicación, sea cual sea, transmitiendo la sana doctrina.