jueves, 19 de abril de 2018

La justicia del humilde

Otro aspecto de la humildad, la verdadera, la del amor, se une su relación con la virtud de la justicia. El justo es humilde, el humilde es un hombre justo.

¿Acaso no son los justos del Antiguo y del Nuevo Testamento, como san José "varón justo", hombres real y verdaderamente humildes?


Claro que la justicia no es una distribución igualitaria, conmutativa, marcada por el Derecho, sino la justicia es la salvación, el hombre que vive en temor de Dios y obra la salvación.

"Amplitud de la justicia

Ensánchandonos a nosotros mismos, la humildad ensancha también, con nosotros, todo el orden humano. A la moralidad exangüe con los recovecos de sus distingos, ofrece un nuevo respiro, y como   más espacio. Esta amplitud, la humildad la procura no exigiendo menos, sino exigiendo más. Sólo la humildad puede ofrecer toda la medida del hombre, divinizándolo. Así, puede parecer que la humildad, con su exceso de amor y la solicitud de su servicio, desborda la justicia y en cierto modo la niega. A cada uno según su mérito, a cada uno según su rango: de golpe la humildad olvida todos sus cálculos, y se somete libre y gozosamente a éste mismo que incluso es su inferior. Se hace el servidor de todos, incluidos sus servidores. ¿No es desconocer el buen derecho, y de cada uno su justo valor?

miércoles, 18 de abril de 2018

Iglesia, belleza, artistas

Sin necesidad de muchas glosas ni explicaciones, vamos a ir leyendo en varias catequesis dos discursos magistrales, sublimes, que con el tiempo se han convertido en lugar obligado y referente para entender la relación entre la Iglesia y la belleza, entre la Iglesia y los artistas.


Estos dos discursos son los pronunciados por Pablo VI en 1964 y el de Benedicto XVI en 2009. Ofrecen una relación teológica y pastoral entre la Iglesia y la belleza misma, que es una cualidad de Dios mismo (¡Dios es Hermosura siempre antigua y siempre nueva!) y por tanto la relación delicada de la Iglesia con el arte en todas sus expresiones, desechando el feísmo, el mal gusto, la copia, la baja calidad.

Entre todos, en los comentarios, iremos viendo los discursos y sacando las consecuencias. 

Disfrutemos leyéndolos.



"¡Queridos Señores e Hijos aún más queridos!

Nos apremia, antes de este breve coloquio, alejar de vuestro ánimo la posible aprensión o turbación fácilmente comprensible en quien se encuentra, en una ocasión como ésta, en la Capilla Sixtina. Quizá no exista un lugar que haga pensar y temblar más que éste, que infunda más embarazo y al mismo tiempo que excite más los sentimientos del alma. Pues bien, precisamente vosotros, artistas, debéis ser los primeros en apartar del alma el instintivo titubeo que nace al penetrar en este cenáculo de historia, arte, religión, destinos humanos, recuerdos, presagios. ¿Por qué? Pues porque éste es, precisamente y ante todo, un cenáculo para artistas, un cenáculo de artistas. Y por tanto deberéis en este momento dejar que la magnitud de las emociones, los recuerdos, la exultación -que un templo como éste puede provocar en el alma- invada libremente vuestros espíritus.

lunes, 16 de abril de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, V)

Continúa san Cipriano, después de contemplar la paciencia de Dios y la de Jesucristo en su vida entera y en su pasión, con los ejemplos de paciencia del Antiguo Testamento.

Los santos del AT ejercitaron la paciencia movidos por su fe, aguardaban bienes mayores y sufrieron pacientemente penas, dolores, persecuciones, aflicciones. Así, dicho sea de paso, prefiguraban, anunciaban, la paciencia del Salvador cuando llegase.


Si los santos y justos del Antiguo Testamento fueron pacientes, mucho más lo habremos de ser nosotros que ya conocemos a Cristo y que poseemos la acción del mismo Espíritu Santo en nuestras almas. La caridad paciente de Dios se nos ha infundido en nuestros corazones.


"10. Por último, hallamos que patriarcas, profetas y todos los justos que prefiguraban a Cristo, ninguna virtud guardaron como más digna de sus preferencias que la observancia de una paciencia y ecuanimidad a toda prueba.

domingo, 15 de abril de 2018

La alabanza a la Pascua (textos)

Tan amada era la Pascua de resurrección, tan deseada como centro del año, tan ansiada después de la larga, austera y rigurosa Cuaresma, que los Padres de la Iglesia se deshacían en elogios a la santa Pascua, elevando así el amor de los fieles al Señor.

Para ellos, los Padres de la Iglesia, como para los fieles y todo el pueblo cristiano, la noche santa de la Vigilia pascual y las siete semanas de Pascua no eran una fiesta más, incluso un tiempo más o menos anodino, sino la Fiesta de las Fiestas.


Un buen cristiano, un buen católico, vive con la mayor intensidad posible y el júbilo que embriaga el santísimo tiempo de Pascua. Un buen católico sabe que no hay nada comparado con el tiempo litúrgico de la Pascua, y que la misma Cuaresma (que tanto empeño se suele vivir) palidece ante la luz de la Pascua.

Llega la Pascua, la primera luna llena de primera. Resucita el Señor cuando la tierra pasa del invierno a la primera, al ciclo donde todo florece, la vida brota. Es un simbolismo adecuado. El mundo se renueva, en definitiva, porque es el Señor el que viene, resucita, se constituye como el Eterno Viviente y fuente de Vida. Para los judíos, una tradición señala la primavera (el mes de Nisán) como el inicio del año porque fue en primavera (mes de Nisán) cuando Dios lo creó todo.

Y Jesús, el Señor, resucita en el mes de la creación, abriéndolo todo a una nueva creación, a la plenitud del cosmos y lo creado.

jueves, 12 de abril de 2018

La vida eucarística - III



            Al tratar de la Eucaristía, exponer su secreto profundo, las palabras se vuelvan pequeñas e inexpresivas. 

Estamos ante el gran Sacramento: ¿se puede explicar? 

Nos hallamos ante el Misterio de nuestra fe: ¿cómo comprenderlo en su totalidad? 



Es el Amor de los Amores: ¿podremos comprenderlo en su totalidad? 

Es el Amor de los Amores: ¿podremos hacer otra cosa que no sea balbucir tímidas palabras, teniendo enfervorizado el corazón? 

Es la zarza ardiente, Fuego de Amor, en el Cuerpo de Cristo: ¿no habremos de descalzarnos respetuosamente adorando porque este sitio que pisamos es terreno sagrado?

            “La delicia del Señor es estar con los hijos de los hombres” (Prov 8,32). Quiere estar con sus hermanos –que somos nosotros por el bautismo-, permanecer junto a ellos, consolarlos, atraerlos a su Corazón, fuente de vida y santidad, horno ardiente de caridad. Cristo halla su delicia, y se goza su Corazón en abrir sus tesoros de amistad, de inefable amor, de sabiduría escondida que trasciende todo. Ahí está Cristo.