miércoles, 15 de agosto de 2018

La Asunción de Nuestra Señora



Entre todos los descendientes de David, escogiste una humilde doncella, hija de la tierra, y la introdujiste en el cielo, tú que del cielo vienes[1].




El centro de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María no es otro que su participación plena en el Misterio Pascual de su Hijo Jesucristo. Ella, la "Hija de su Hijo", alcanza la meta de la glorificación prevista y preparada por Jesucristo en su Misterio Pascual (Pasión, Muerte, Resurrección), es decir, la Asunción es la glorificación del ser de María, cuerpo y alma que entra en los cielos, la primera de nuestra raza, nuestra hermana y madre, donde la Iglesia, significada y recapitulada en María espera llegar:


Porque te has complacido, Señor, en la humildad de tu sierva, la Virgen María, has querido elevarla a la dignidad de Madre de tu Hijo y la has coronado de gloria y esplendor; por su intercesión, te pedimos que a cuantos has salvado por el misterio de la redención nos concedas también el premio de tu gloria” (OC Misa vigiliar).
“Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con él de su misma gloria en el cielo” (OC Misa del día).


martes, 14 de agosto de 2018

Camino de santificación, el matrimonio (Palabras sobre la santidad - LVIII)

Quienes se unen en el Señor, y reciben la gracia del sacramento del Matrimonio, pueden vivir en santidad, están llamados a la santidad, y la vivirán con un modo concreto: la esponsalidad. El matrimonio se convierte también en camino de santidad y no en obstáculo. Reciben una misión como matrimonio y, si son fieles a la gracia, se santifican en ella:

"Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un incansable y generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como símbolo y participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a Sí mismo por ella" (LG 41).

 Están llamados a la santidad y se santifican en el estado matrimonial, como enseña la Constitución Gaudium et Spes:

"Los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios" (GS 48).

La gracia matrimonial actúa eficazmente y es comunicada por Cristo mediante la Iglesia. La Iglesia acompaña a todos sus hijos en el camino de la santidad:

"La Iglesia reconoce y ahora, asiste y santifica a todos los grupos de personas, a todas las almas, a todas las particulares condiciones y todas las buenas almas, a todas las particulares condiciones y todas las buenas actividades humanas" (Pablo VI, Alocución general, 16-octubre-1963).

El Matrimonio, celebrado en el Señor, es un sacramento, por tanto, algo más que una ceremonia pública y social donde los novios sellen un contrato. Es una comunicación de la gracia del Espíritu Santo para vivir esponsalmente reflejando la esponsalidad de Cristo con su Iglesia. Al ser comunicación de gracia, no es de extrañar que la Iglesia ore, en la solemne plegaria de bendición nupcial, diciendo:

"Envía sobre ellos la gracia del Espíritu Santo,
para que tu amor, derramado en sus corazones,
los haga permanecer fieles en la alianza conyugal" (Ritual del Matrimonio, n. 82).


domingo, 12 de agosto de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, II)

La paciencia va vinculada al bien objetivo, y así es verdadera paciencia la que espera, resiste, aguanta, sufre, por el bien.

Los malvados, dirá san Agustín, pueden parecer que tienen paciencia hasta lograr el objeto de su maldad y sus deseos, pero eso es más que paciencia, contumacia, terquedad. La paciencia cristiana es bien distinta. ¿Cómo la discerniremos? Por sus motivos interiores, por su motivación.


Así, san Agustín comienza mostrando la supuesta paciencia del mal y de los malvados, para desenmascararla y orientar la naturaleza y el fin de la paciencia cristiana.


"CAPÍTULO III. La PACIENCIA DE LOS MALVADOS

            3. Veamos, pues, cristianos, qué duros trabajos y dolores soportan los hombres por las cosas que aman, viciosamente, y cómo se juzgan más felices con ellas cuanto más infelizmente las codician. ¡Qué de cosas peligrosísimas y muy molestas afrontan, con suma paciencia, por unas falsas riquezas, unos vanos honores o unas pueriles satisfacciones! Los vemos hambrientos de dinero, de gloria y de lascivia, y, para conseguir esas cosas, tan deseadas y una vez adquiridas no carecer de ellas, soportar, no por una necesidad inevitable sino por una voluntad culpable, el sol, la lluvia, los hielos, el mar y las tempestades más procelosas, las asperezas e incertidumbres de la guerra, golpes y heridas crueles, llagas horrendas. E, incluso, estas locuras les parecen, en cierto modo, muy lógicas.

viernes, 10 de agosto de 2018

Sentencias y pensamientos (II)

7. La santidad se convierte en sencillez incluso de los deseos; ya no se desea ser el mejor ni el más perfecto en el servicio de Dios (que es soberbia con máscara de celo) sino se desea tan sólo aquello que Dios desea para mí. Se da la talla poniendo en juego todos y cada uno de los talentos que Dios ha puesto en el alma, pero sin la obsesión de ser “el mejor”, que lleva a quitar a Dios como un estorbo.




8. Busca continuamente el rostro del Dios vivo. Que nunca seas un parásito en la Casa de Dios, en feliz expresión de Pablo VI.
  

9. Toda tu vida, sellada por el momento de la profesión solemne, es un largo camino para abrazarte al Crucificado y ser semejante a Él, mediante los votos de pobreza, obediencia y castidad, uniéndote por amor al Amor, y esto es lo que te va haciendo semejante a Cristo Esposo.

 
10. Sólo aceptando las propias limitaciones se puede uno trabajar internamente. Sé dócil al Señor que te irá mostrando el camino de tu propio crecimiento y santidad.


11. Ser santos es dejarse amar por Dios y que su Gracia nos trabaje por dentro.

domingo, 5 de agosto de 2018

La vida eucarística - VIII



            ¿Qué celebramos? ¿Qué ocurre en la celebración de los misterios santos? Se obra la salvación de Dios, y los mismos ritos de la liturgia están llenos de un contenido espiritual y salvador, que interpelan y nos sitúan frente al Misterio con la reverencia y adoración necesarias.



            Un gran toque de atención –destacado por la Tradición de la Iglesia- es la llamada del sacerdote al inicio del Prefacio: “Levantemos el corazón”.


            “Después exclama el sacerdote: “Levantemos el corazón”. Pues verdaderamente, en este momento trascendental, conviene elevar los corazones hacia Dios y no dirigirlos hacia la tierra y los negocios terrenos. Es, por tanto, lo mismo que si el sacerdote mandara que todos dejasen en ese momento a un lado las preocupaciones de esta vida y los cuidados de este mundo, y que elevasen el corazón al cielo hacia el Dios misericordioso. Luego respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, con lo que asentís a la indicación por la confesión que pronunciáis. Que ninguno que esté allí, cuando dice: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, tenga en su interior su mente llena de las preocupaciones de esta vida. Pues debemos hacer memoria de Dios en todo tiempo. Pero si, por la debilidad humana, se hiciere imposible, al menos en aquel momento hay que esforzarse lo más que se pueda”[1].