viernes, 20 de septiembre de 2019

"Yo confieso" (Respuestas - IV)



Plegaria de origen devocional, de tipo privado, y sin embargo de buena factura en su contenido, entró en la liturgia.

            El “Yo confieso” o “Confiteor” (como comienza en latín) formaba parte de la preparación privada del sacerdote antes de celebrar el sacrificio de la Misa. Es bueno salir al altar a celebrar la Eucaristía con disposiciones interiores, con recogimiento, con el alma bien templada y consciente de la grandeza del Sacramento… mientras que es malo omitir la preparación, unos momentos previos de silencio, una plegaria, y salir el sacerdote al altar nervioso o apresurado.



            La preparación privada del sacerdote en la sacristía se fue ampliando poco a poco y se fue extendiendo hasta llegar a realizarla con las preces al pie del altar junto con el acólito (el único que le respondía representando a todos los fieles).

            Su origen más remoto parece ser en la adoración callada que hacía el Papa en la misa estacional, al llegar a la basílica y detenerse ante el altar. En la época carolingia, el sacerdote lo iba recitando mientras caminaba hacia el altar… hasta que se incorporó, de modo fijo, a las preces al pie del altar. También servía, y estuvo muy difundido, para la confesión sacramental, a partir del siglo IX, con amplio desarrollo en los pecados enumerados. Son varias las redacciones que encontramos del “Confiteor” con sus variantes.

            El “Yo confieso” incluye también el gesto exterior, humilde y penitencial, que acompaña a las palabras. “Por lo que se refiere al rito exterior, desde el principio encontramos la profunda inclinación como actitud corporal mientras se rezaba el Confiteor. Pero también la de estar de rodillas debió ser muy común. En tiempos muy antiguos se menciona la costumbre de darse golpes de pecho al pronunciar las palabras mea culpa. Esta ceremonia, como recuerdo del ejemplo evangélico del publicano (Lc 18,13), era tan familiar a los oyentes de san Agustín que éste tuvo que enseñarles que no era necesario darse golpes de pecho cada vez que se decía la palabra Confiteor[1].

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Imperativo y necesidad (Palabras sobre la santidad - LXXV)



Hay un mandato urgente y grave: “Sed santos” (Lv 19,8), “Sed perfectos como vuestro Padre…” (Mt 5,48), “ésta es la volunta de Dios, vuestra santificación” (1Ts 4,3), que se recibe consciente del largo trecho que aún nos aguarda. Es un imperativo del Señor para sus hijos, ¡sed santos!, y al mismo tiempo, reconocemos que es una necesidad para el bien de la Iglesia, de los hombres, del mundo.



Lo que se edifique sobre la base de la santidad será sólido y bueno; lo que se construye sin santidad, sólo por esfuerzo o buenismo moral o activismo, se destruye pronto, se derrumba… sin contar que el pecado personal vuelve estéril o infecundo cuanto hagamos.

Imperativo y necesidad de santidad, sí, que incluye a todos y abarca a todo bautizado. Ninguno se puede contentar con una vida cristiana bajo mínimos, con un seguimiento acomodado al propio capricho, con una vida insulsa o inconsistente. El signo de la santidad debe brillar en todos los hijos de Dios, en todas las acciones, apostolados y misiones; debe darse en cada momento, cada paso y cada instante de un hijo de la Iglesia; debe marcar hasta las cosas más sencillas y cotidianas –“ya comáis, ya bebáis…” (1Co 10,31)-, en toda pequeña obra de misericordia.

martes, 17 de septiembre de 2019

Aprender a amar (6)



Al final no era tan difícil: se aprende a amar mirando el Corazón de Cristo, su amor entregado, maduro, fiel, perseverante: amor que cree sin límites, aguanta sin límites, disculpa sin límites... 

Sólo un gran amor puede vencer todas nuestras impurezas y resistencias; sólo la vivencia real del Amor de Cristo nos puede redimir y enseñarnos a amar, y lo que es el amor, y darnos madurez.


Con Él, pongamos siempre manos a la obra, para que nuestro amor esté libre de egoísmo, de cualquier egocentrismo.



9. Para amar, saber hacerse presente

            Ilumina mucho una estrofa del Cántico espiritual de S. Juan de la Cruz:

            “mira que la dolencia
            de amor no se cura
            sino con la presencia y la figura”.

            El que ama “está presente”, se “hace presente” en la vida del otro. Los pequeños detalles lo permiten. ¿Cómo podríamos expresar ese “estar presente”?

-        Es dar espacio y tiempo al otro para que se exprese. Darle todo el tiempo del mundo sin mostrar prisas inoportunas. Hacerle sentir que ese momento es lo más precioso del mundo; estar pacientemente como si nada ni nadie más existiera.

-          Es escuchar y acoger con amor la interioridad del otro, sus sentimientos o sus problemas.

-     Es no tener prisa nunca con la persona a la que se ama, casi “detener el tiempo”. Las prisas demuestran poco interés, coartan la comunicación, enfrían el amor, y es muy propio del egoísta que a veces busca ocupaciones superfluas, evitando cualquier tema o pregunta que al final lo cuestione.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Misterios de amor sobreabundante


Una vez más: la reparación sólo se entiende profundizando en la maldad y el desamor que conlleva todo pecado. ¡El pecado es desamor! ¡El pecado es amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios![1] 

Al ver este misterio de iniquidad en la humanidad necesitada de redención y entre los mismos miembros de la Iglesia, el corazón se nos conmueve; conocemos, además, la propia fragilidad y nuestras infidelidades al Señor: ¡qué mal hemos respondido a tanto Amor de Dios en nuestras vidas! 



Viendo este misterio de pecado, el alma católica desea colaborar con Cristo por medio de la reparación, trabajar hoy con Cristo en la redención del mundo para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, para que todos conozcan, esperen y amen a Dios, para que el amor sea más fuerte que el pecado, para que la vida de Cristo triunfe sobre la muerte. 

¡El Amor no es amado!, gritaba S. Francisco de Asís. Su grito resuena en el alma suscitando el deseo de amarle más y mejor, por nosotros pero también por los que no lo aman, o lo aman poco, o lo aman con tibieza y frialdad.

El pecado como desamor sólo puede ser redimido por el amor, que fue el camino por el cual nos redimió Cristo (“me amó y se entregó por mí”, Gal 2,20), y el único camino que posibilita el ser corredentores con Él.


jueves, 12 de septiembre de 2019

Características comunes de la santidad




La santidad tiene unas notas comunes para todos los bautizados.

Primero, una profunda comunión e intimidad con Jesucristo. Todos los santos han sido personas de oración, absolutamente todos. Unos le habrán dedicado más tiempo por vocación o estado de vida, otros menos tiempo porque han vivido trabajado, o entregados a tareas apostólicas, como tantas religiosos y religiosas de vida activa, pero todos han vivido de la oración. Desde que la Iglesia profundizó el misterio eucarístico y valoró la presencia eucarística de Cristo en el Sagrario, todos los santos han amado el sagrario, y sus mayores experiencias de oración han sido en el Sagrario, y no hay santidad que no pase por el sagrario. Quien desprecie o no valore o no ame el Sagrario no está en camino de santidad aunque se sepa los 72 libros de la Biblia de memoria. ¡También un ordenador puede tenerlos archivados! No hay santidad que no pase por el Sagrario.




Segundo, la santidad, para todos, es el ejercicio y del desarrollo de las virtudes teologales, la fe, la esperanza, la caridad, y se dice, en lenguaje técnico, en grado heroico, sufriendo crisis, oscuridad, persecuciones, pero en grado heroico vivieron estas tres virtudes que vienen de Dios y cuyo objeto es Dios, acompañadas, además, de las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Tercero, todos los santos han amado profundamente a la Iglesia. Ninguno habló mal de Ella, ni la atacó nunca, antes bien, los santos la han amado. Sabían las miserias de la Iglesia, sabían los pecados de la Iglesia, de los Papas –véase sino la historia de la Iglesia-, los pecados de los obispos, de los sacerdotes... sin embargo, amaron la Iglesia, y ofrendaron su vida a la Iglesia. No hicieron guetos, no se refugiaron cálidamente “con los suyos”, cerrándose. ¡Amaron la Iglesia y se entregaron a Ella! Los santos, cuando han tenido que reformar la Iglesia, lo han hecho desde dentro de la Iglesia aguantando calumnias, críticas, etc. Por ejemplo, San Juan de Ávila, que no pertenecía a nada, reformó el clero, creó colegios sacerdotales, universidad de Baeza, predicando misiones populares, predicando en los monasterios de clausura... S. Ignacio de Loyola, Sta. Teresa de Jesús, S. Juan de la Cruz, que no es solamente poeta y místico, sino también un buen gobernante de su provincia carmelita, y hábil político. Reformaron a la Iglesia con amor y desde dentro, aguantando persecuciones. San Juan de la Cruz a la hora de morir sufre incluso la persecución del prior de Úbeda, porque éste no le perdonaba que, siendo Vicario de Andalucía, le corrigió por sus abusos y escándalos años atrás. Este prior le prohibió a San Juan de la Cruz, cuando estaba muriendo, las visitas de los hermanos, le daba la peor comida, etc... Murió en santidad, pero incomprendido de los suyos, por poner el listón de la santidad bien alto y reformar la Iglesia. ¡Misterio de Cruz!