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domingo, 20 de diciembre de 2015

El camino a Cristo es la Virgen María

Imbuidos del espíritu de estas ferias mayores de Adviento, donde la figura, la presencia y la misión de la Santísima Virgen están tan presentes, seamos catequizados en el sentido espiritual que posee la intervención de la Virgen María en la historia de la salvación.

Ella es la Madre, la colaboradora; Ella es el camino a Cristo. Con Ella vivimos el Adviento y de su mano, muy especialmente, las ferias mayores para intensificar nuestra adecuada preparación interior al nacimiento del Salvador.



                "Esta audiencia en las proximidades de la Navidad no nos permite pensar en otra cosa ni hablar más que del gran hecho, del gran misterio de la Encarnación, del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, dos veces engendrado, como decía una inscripción en la antigua basílica de San Pedro: sin madre en el cielo, sin padre en la tierra, es decir, Hijo eterno de Dios Padre e Hijo en el tiempo de María, uno en la Persona Divina del Verbo, que asocia a su divinidad la humanidad de Jesús, el Hombre Dios, nuestro Salvador, nuestro Maestro, nuestro Hermano, sacerdote sumo entre cielo y tierra, centro de la historia y del universo. Quien advierte la realidad de este acontecimiento no puede ocuparse de otra cosa; y cuanto más supera nuestra capacidad de comprensión tanto más atrae y empeña nuestra avidez de contemplación; todo en Cristo se concentra, todo se ilumina. Y la gran maravilla es, después, ésta: que cada uno de nosotros está interesado en el hecho prodigioso; nos afecta personalmente y no de modo accidental y fortuito, sino de modo esencial; nuestro destino está ligado con el acontecimiento; ninguno de nosotros puede prescindir de la relación que el nacimiento de Cristo establece entre Él y cada uno de nosotros.

Punto focal del misterio

                Pero no es éste el momento para detenernos en semejante meditación, de la que nos basta aquí el recuerdo para exhortaros a buscar en la próxima celebración de la dulcísima fiesta lo que constituye su punto focal; es decir, el misterio de la venida de Cristo entre nosotros. Son tantas las cosas exteriores que adornan y embellecen la Navidad que a menudo su significado verdadero se nos queda escondido, de modo que lo que hemos acumulado de fiestas, de ritos, de luces, de cánticos, de regalos, de comida, de juegos en torno a la Navidad para gustar de ella su serena belleza termina a veces por obstaculizar el gozo de su valor espiritual. Este hecho, nos parece, tiene una explicación indulgente y legítima: si el Señor, pensamos, ha venido a este mundo, a nosotros, pequeño y pobre, que también Él participe de nuestra escena terrena, es decir, que podamos ir a Él por los senderos comunes de nuestra experiencia y vida sensible; la majestad y la infabilidad de Dios nos son veladas por nuestra semblanzas humanas; su humanidad nos ha librado del temor y de la fatiga de buscar por vías angélicas, más altas y difíciles, el encuentro con Él. Célebre es a este propósito la frase del gran doctor de la Encarnación San León Magno: El Hijo de Dios, “invisibilis suis, visibilis est factus in nosotros”, invisible por su naturaleza, se ha hecho visible en la nuestra (Sermón 22,2; PL 54, 195). Grande cosa es ésta; quiere decir que toda nuestra expresividad humana, lógica, sentimental, simbólica, artística, popular… puede servir, bien usada, al lenguaje religioso, sin profanar lo sagrado; es ésta la justificación teológica del aparato exterior litúrgico, del arte y, en nuestro caso, de la brillantez navideña y especialmente del belén.

sábado, 19 de diciembre de 2015

El salmo 71, leído en Adviento: ¡habla de Cristo!

Leído en el clima del Adviento, lleno de esperanzas, donde resuenan las promesas de los profetas, el alma se ensancha y desea ya la venida inmediata de Jesucristo Salvador, el salmo 71, que tanto se canta en la liturgia de estos días, está refiriéndose clarísimamente a Jesucristo.

Sabemos de sobra que todos los salmos hablan de Cristo veladamente, pero algunos parecen que no es velada, sino clarísimamente.



Si hacemos una paráfrasis sencilla del salmo 71, veremos hasta qué punto estamos hablando de Jesucristo, de su venida y del deseo que tenemos de que llegue. Entonces, al cantarlo en la liturgia, gozaremos hablando de Cristo y deseando su venida gloriosa.


Dios mío, confía tu juicio a Cristo rey,
tu justicia al hijo de reyes, a Jesús Hijo de David,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Las antífonas de la "O"



Un elemento simpático y muy popular fueron las antífonas de la “O”, una para cada feria mayor del Adviento.

Son las antífonas del Magníficat en el canto de las Vísperas. El pueblo cristiano –no sólo los monjes y monjas o los canónigos en la Catedral- acudían a Vísperas por la tarde (la Misa se celebraba entonces sólo por la mañana). Cuando se entonaba el inicio de esta antífona, con la “O” inicial, se tocaban las campanillas o la campana grande del campanario durante la antífona, el Magníficat y su repetición final; la voz del cantor se alargaba con varias notas en esta “O”: era un momento alegre que anunciaba la cercanía ya de la Navidad. Era un honor entonar la antífona: lo hacía el de mayor dignidad en el Cabildo Catedral o alguno de los principales responsables del Monasterio.

Con esto se entiende la importancia que se le daba, su alegría y también la popularidad que gozaban entre los fieles cristianos.

            Para situarnos mejor, veamos el texto de estas antífonas:


17 Diciembre: “Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ¡ven y muéstranos el camino de la salvación!”

18 Diciembre: “Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ¡ven a librarnos con el poder de tu brazo!”

19 Diciembre: “Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ¡ven a librarnos, no tardes más!”

20 Diciembre: “Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ¡ven y libra los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte!”

21 Diciembre: “Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la Luz Eterna, Sol de justicia, ¡ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!”

22 Diciembre: “Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ¡ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra!”

23 Diciembre: “Oh Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ¡ven a salvarnos, Señor Dios nuestro!”

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Una catequesis de Navidad

Antes de que el espíritu se disperse en mil afanes, y la Navidad del Señor se pueda perder en comidas y reuniones, hemos de prepararnos bien para celebrar santamente y vivir con devoción los grandes Misterios de la salvación que se inician con el Nacimiento de Cristo.


Este tiempo de Navidad, ya próximo, es tiempo del Señor y para el Señor y nada debe impedirnos o dificultar nuestra participación en las celebraciones litúrgicas, que no deben postponerse a otras citas, sino entrar en el Misterio sabiendo bien, con claridad y precisión, el alcance salvador que la Navidad contiene y comunica.

La Natividad de Jesucristo posee un alcance existencial para nosotros, dice algo para nosotros, entrega algo de sumo valor para nuestra vida. Acojamos al Señor que viene y dejémonos ahora catequizar con tranquilidad para que la Navidad de Cristo no se nos pierda ni difumine en sus contornos.

"Me complace darles la bienvenida en la Audiencia general, a pocos días de la celebración de la Natividad del Señor. El saludo que recorre en estos días los labios de todos es “¡Feliz Navidad! ¡Saludos por las buenas fiestas navideñas!” Verifiquemos que, también en la sociedad actual, el intercambio de los saludos no pierda su profundo valor religioso, y la fiesta no sea absorbida por los aspectos exteriores, que tocan las fibras del corazón. Efectivamente, los signos externos son hermosos e importantes, siempre que no nos distraigan, sino que nos ayuden a vivir la Navidad en su verdadero sentido --aquello sagrado y cristiano--, de modo que tampoco nuestra alegría sea superficial, sino profunda.

Con la liturgia navideña la Iglesia nos introduce en el gran Misterio de la Encarnación. La Navidad, en efecto, no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús; es también esto, pero es más aún, es celebrar un Misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre –Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros (cfr. Jn. 1,14), se ha hecho uno de nosotros--; un Misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un Misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Algo de los orígenes del Adviento



Adviento es un tiempo litúrgico entrañable, lleno de esperanza. Sirve para prepararnos a la segunda venida de Cristo al final de los tiempos (¡y que nos pille despiertos en la vida!) y para prepararnos también a la inmediata Navidad, memoria y celebración de su primera venida.



            La palabra “Adviento” –viene del latín- significa “venida”, “la llegada”. Pero la venida y la llegada de Alguien grande, importante, que todo el mundo sale a recibir y aplaudir: como al Emperador romano o a un general con sus legiones después de ganar batallas importantes. ¡Con razón llamamos “Adviento” a la venida de Alguien más grande y mejor: Jesucristo!

            El Adviento comenzó a finales del siglo IV en España y Galia que seguían el rito hispano-mozárabe, y duraba seis semanas. También en Milán, con el rito ambrosiano, surgió un Adviento de seis semanas (así dura hasta hoy). 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Los domingos del tiempo de Adviento



"El tiempo de Adviento comienza con las primeras Vísperas del domingo que cae el 30 de noviembre o es el más próximo a este día, y acaba antes de las primeras Vísperas de Navidad. Los domingos de este tiempo se denominan domingo I, II, III, IV de Adviento. Las ferias del 17 al 24 de diciembre, inclusive, tienen la finalidad de preparar más directamente la Navidad" (Instrucción Calendario Romano, ns. 39-42).


Los domingos de Adviento tienen cada uno su propio tono: lo marcan los textos de la liturgia y las lecturas bíblicas. No suelen tener, en el rito romano, un nombre propio cada domingo, simplemente se les denomina “I Domingo de Adviento”, “II Domingo…”, etc. Claro que a lo largo del año hay excepciones; una excepción es el “III Domingo” de Adviento que se llama “Domingo de Gaudete”, porque el Introito, la antífona de entrada, que es el verdadero y propio canto de entrada, es un texto paulino: “Estad siempre alegres en el Señor” (Flp 4,4), que en latín es “Gaudete”, “Alegraos”.

            * El primer Domingo de Adviento está marcado por un tema fundamental: la vuelta gloriosa del Señor (: Parusía) como Señor y Juez, y los cielos nuevos y la tierra nueva. Las lecturas en los tres ciclos A, B y C, subrayan la venida del Señor y la vigilancia cristiana; citemos sólo los evangelios:

            -ciclo A: “Estad también vosotros preparados” (Mt 24,37-44).
            -ciclo B: “Mirad, vigilad, pues no sabéis cuando es el momento” (Mc 13,33-37).
            -ciclo C: “Se acerca vuestra liberación” (Lc 21,25-28.34-36).

            Los textos de la Misa van en consonancia y dicen. “Aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno” (Oración colecta) y se proclamará en el prefacio III: “Tú nos has ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia, aparecerá revestido de poder y de gloria sobre las nubes del cielo”.


            * El segundo y tercer Domingo de Adviento están marcados por la presencia de san Juan Bautista. Parece un antiguo profeta, con un estilo de vida muy austero, llamativo. Su misión es provocar. Crea expectativa. Su mensaje es claro: el Mesías va a llegar y hay que estar preparados: ¡Convertíos ya! Despierta las conciencias. Exige vivir la justicia.

            Éstos son los evangelios del II Domingo:

domingo, 21 de diciembre de 2014

El IV prefacio de Adviento



Un prefacio profundamente mariano, casi un compendio de teología mariana, es el prefacio IV, cuyo uso está reservado a las ferias mayores del Adviento. Canta la grandeza y el misterio de “María, nueva Eva”.



En verdad es justo darte gracias,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.

Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos
por el misterio de la Virgen Madre.

Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina,
en el seno virginal de la hija de Sión ha germinado
aquel que nos nutre con el pan de los ángeles,
y ha brotado para todo el género humano
la salvación y la paz.

            Dos páginas bíblicas se contraponen; son el anverso y el reverso de un drama: el pecado original en el libro del Génesis y la anunciación a María en el evangelio de san Lucas.

            En el Génesis, el antiguo adversario (la serpiente, el Maligno, el demonio) por envidia hizo caer al hombre en la soberbia, endiosándose y desobedeciendo. Mintió a Adán y Eva porque es un embustero (toda mentira viene del Maligno) y arruinó el orden creado en armonía y belleza. Eva fue seducida por el Maligno, su pecado dañó a toda su descendencia.

            Pero hay otra página que provoca estupor y esperanza: la anunciación a la Virgen. Todo va a cambiar: va a crearse un orden nuevo, de gracia, de comunión con Dios.

            “En el seno virginal de la hija de Sión”: la Virgen María es llamada “hija de Sión”, calificativo que los profetas como Sofonías aplicaban al resto de Israel, a los pocos que fueron fieles al Señor y que son lo mejor de Israel. María, que es el mejor fruto del pueblo de Israel, concibe en su seno al Verbo de Dios, “aquel que nos nutre con el pan de los ángeles”, preciosa imagen para señalarnos la Eucaristía, no como alimento prohibido (¡el del árbol del Génesis!), sino como manjar bendito y necesario. Ya no es fruto que Eva no podía tocar del árbol, sino el Pan de los ángeles que María entregará en Belén.

jueves, 18 de diciembre de 2014

El prefacio II de Adviento (para las ferias mayores)



Llegadas las ferias mayores, el Adviento dispone a los hijos de la Iglesia a prepararse con intensidad para el tiempo de Navidad. Es una semana que mira y celebra los momentos previos al nacimiento de Jesucristo, su primera, humilde y salvadora venida. La Virgen María cobra especial relieve en los textos litúrgicos de estas ferias mayores.



            El prefacio II de Adviento, que se emplea sólo en estas ferias mayores, se titula “la doble expectación de Cristo”. Posee el sabor clásico, tradicional, escueto, de la liturgia romana.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación…
por Cristo, Señor nuestro.

A quien todos los profetas anunciaron,
la Virgen esperó con inefable amor de Madre,
Juan lo proclamó ya próximo
y señaló después entre los hombres.

            Es un compendio de todos los temas bíblicos del Adviento que se van sucediendo día tras día.

            Los profetas sostuvieron la esperanza de Israel anunciando la venida del Mesías, del Salvador, del Señor. Anunciaban el reino mesiánico. “La pondrá por nombre Emmanuel que significa: Dios-con-nosotros” (Is 7,9), “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado… Príncipe de la paz” (Is 9). Los salmos cantaban la venida del Salvador y los rezaremos en este tiempo con anhelo y fervor: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79), “que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente… Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector… Él será la bendición de todos los pueblos” (Sal 71), “el Señor llega para regir la tierra” (Sal 95).

martes, 16 de diciembre de 2014

Esperando la Navidad (para jóvenes)

Ya cercana la Navidad, a punto de entrar en las deliciosas ferias mayores de Adviento, donde se acrecienta tanto la esperanza como el deseo, vayamos a una mirada interior y firme sobre el Misterio de la venida de Cristo.

La Navidad corresponde a las búsquedas del corazón, a las preguntas últimas. Ante el hombre que busca y desea algo más que le llene de verdad y que responda a sus interrogantes, la respuesta se halla en Dios que sale al encuentro en la encarnación de su Hijo.


Más aún: en la etapa de formación universitaria, en la juventud, donde tantas preguntas se plantean y tantos tanteos existenciales llaman a la puerta, la Navidad de Cristo es una luz orientadora a las búsquedas y a los deseos. Su contenido es profundamente existencial.

“Sed contantes, hermanos, hasta la venida del Señor” (St 5,7)

Con estas palabras el Apóstol Santiago nos indica la actitud interior para prepararnos a escuchar y a acoger de nuevo el anuncio del nacimiento del Redentor en la cueva de Belén, misterio inefable de luz, de amor y de gracia. A vosotros, queridos universitarios de Roma, con los que tengo la alegría de reunirme en esta cita tradicional, dirijo con afecto mi saludo: os acojo en proximidad de la santa Navidad, con vuestros deseos, vuestras esperanzas, vuestras preocupaciones; y saludo también a la comunidad académica que vosotros representáis...

Queridos amigos, Santiago nos exhorta a imitar al agricultor, que “espera con constancia el precioso fruto de la tierra” (St 5,7). A vosotros que vivís en el corazón del ambiente cultural y social de nuestro tiempo, que experimentáis con las nuevas y cada vez más refinadas tecnologías, que sois protagonistas de una dinámica histórica que a veces parece abrumadora, la invitación del Apóstol puede parecer anacrónica, casi una invitación para salir de la historia, a no desear ver los frutos de vuestro trabajo, de vuestra búsqueda. ¿Pero es realmente así? La invitación a la espera de Dios ¿está fuera de nuestra época? Y una vez más, podemos preguntarnos con radicalidad: ¿Qué significa para mí la Navidad?, ¿es realmente importante para mi existencia, para la construcción de la sociedad?

domingo, 14 de diciembre de 2014

La alegría, una alegría nueva

Con el III domingo de Adviento, con insistencia, se repite la invitación a la alegría, la renovada llamada y exhortación a vivir alegres. Claro está, una alegría que no es la de la risa fácil, la carcajada artificiosa, el chiste a todas horas en la boca, sino la alegría serena, honda y pacífica incluso cuando, humanamente, pocos motivos pueda haber para ello.


Esta alegría nueva y cristiana sólo halla un fundamento: la presencia cercana del Señor, y se puede vivir incluso en las circunstancias humanas más duras o difíciles. No depende esta alegría de lo exterior, de las circunstancias positivas y felices en que pueda transcurrir la vida, sino de lo interior: Cristo. Es la alegría del enfermo o de quien está perseguido por el Evangelio o de quien vive en oscuridad, y nada de esto le provoca rebeldía y amargura, sino que el sufrimiento es vivido con una alegría que el mundo no conoce ni entiende.

¡Estad alegres!

Sólo Jesucristo en la vida provoca y despierta la alegría que nada ni nadie puede arrebatar y que deja el alma pacificada. Tampoco se podrá pedir a quien sufre pero tiene esta alegría que esté sonriendo y sea chistoso, no se puede forzar la naturaleza más, pero sí hay un tono de serenidad alegre y piadosa.

¡Estad alegres!

domingo, 7 de diciembre de 2014

El prefacio III de Adviento



Otro prefacio para la primera parte del Adviento es el prefacio III, de redacción nueva, más largo, más explícitamente bíblico en su estilo. Canta a “Cristo, Señor y Juez de la historia”.



En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso,
principio y fin de todo lo creado.

Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la historia,
aparecerá, revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.
           

            El lenguaje es apocalíptico: fenómenos en el cielo, los astros tambaleándose, etc. Y los discípulos preguntan: “¿cuándo será eso?”, pero la respuesta es enigmática: “ni el Hijo del hombre lo sabe, sólo el Padre. Vosotros velad y orad”.

            Se nos “ha ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia, aparecerá”. Quien fue juzgado por un Sanedrín prevaricador y por un gobernador romano acobardado, que rehuía la Verdad incómoda, va a venir como Señor y Juez de la historia: “se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros…” (Mt 25).

jueves, 4 de diciembre de 2014

El prefacio I de Adviento



El primer prefacio se titula “las dos venidas de Cristo”. Su factura es clásica, romana, concisa. Relaciona las dos venidas de Cristo marcando sus diferencias, pero formando parte de un mismo plan de Dios: la historia de la salvación.



En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
darte gracias…
por Cristo, Señor nuestro.

Quien al venir por vez primera
en la humildad de nuestra carne,
realizó el plan de redención trazado desde antiguo
y nos abrió el camino de la salvación.


            Dos venidas de Cristo: la primera ya se produjo, con absoluta sencillez, en Belén, naciendo de la Virgen María, la segunda, muy distinta, será al final de la historia, el momento último de todo, como confesamos en el Credo: “y vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”.

martes, 2 de diciembre de 2014

Esperanza, esperanzas... ¡posibles!



Una esperanza grande, verdadera y superior: a eso nos convoca el tiempo santo de Adviento.

Busca ensanchar el corazón. La mirada va más allá que la de las inmediatas fiestas navideñas. El trabajo interior al que conduce el tiempo de Adviento supera lo inmediato de la Navidad siguiente.


           La esperanza cristiana se ancla en el Señor y en su Palabra; de Cristo nos podemos fiar siempre y de Él siempre podemos esperar.

            Es verdad que muchas cosas nos roban la esperanza: decepciones y fracasos personales, experimentar una y otra vez nuestras caídas y pecados. Nos cansamos y casi nos desesperanzamos.

            La realidad que nos rodea y salta en los medios de comunicación también decepciona y cansa: problemas, crisis, corrupción en todos los órdenes, violencia constante, injusticias… 

domingo, 30 de noviembre de 2014

Adviento, un nuevo despertar

Cada nuevo Adviento supone un estímulo, una llamada de alerta, para despertar. Así, constantemente, la liturgia nos hará oír la apremiante invitación de san Pablo:

"Ya es hora de despertar del sueño; la noche está avanzada, el día se echa encima. Dejemos las actividades de las tinieblas..."


Un nuevo Adviento, es decir, un nuevo tiempo de gracia para vigilar y despertar del sueño, hermano de la muerte, que nos paraliza. Despiertos y con las lámparas encendidas, vigilantes, atentos para que cuando venga el Señor y llame, se le abra inmediatamente la puerta.

Embotar los sentidos espirituales y el alma es cerrarse a percibir los signos, la presencia y la voz del Señor. No es eso lo nuestro, lo específicamente cristiano; más bien es la vigilancia, el cuidado atento, y nace de un corazón que ama y espera a Cristo como lo mejor y más deseado.

Por eso el Adviento marca bien y profundamente la vida cristiana, si nos dejamos empapar de sus claves litúrgicas y espirituales: nos hará salir de nuestro letargo.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Conversión, evangelización y obras santas (Preces de Adviento de Laudes - y V)



            3.5. Preparar el camino al Señor


            La venida inminente del Señor requiere estar preparados, y esta preparación es muy concreta: la conversión, volver a Él, preparar el camino del Señor, primero con la conversión personal y después abriendo caminos a Cristo entre los hombres.

            El Adviento también nos educa en la conversión así como en el espíritu evangelizador, movidos por un mismo principio: como el Bautista grita, preparamos nosotros también el camino al Señor: “Prepara, Señor, en nuestros corazones, un camino para tu Palabra que ha de venir; así tu gloria se manifestará al mundo por medio de nosotros” (Mart I). Como una gracia, se suplica una conversión real del corazón para poder acoger y recibir al Salvador que viene: “concédenos, Señor, dar aquel fruto que pide la conversión, para que podamos recibir tu reino que se acerca” (Mart I).

            Al tiempo que se va viviendo la conversión personal, se abre camino a Cristo, el Señor, entre los hombres y en el mundo, anunciando al Señor que ya llega: “Que al anunciar tu venida, Señor, nuestro corazón se sienta libre de toda vanidad” (Lunes II); “concede a los que anunciamos al mundo tu salvación que la encontremos también en ti” (Vier II), ya que, como san Pablo escribe de sí mismo: “corro yo, pero no al azar, lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado” (1Co 9,26-27).

Es tiempo de proclamar el Evangelio, la gran noticia de la salvación y de la llegada del Redentor, con fuerza y pasión, con entrega siempre renovada: “Tú que viniste a anunciar la Buena Noticia a los hombres, danos fuerza para que también nosotros anunciemos el Evangelio a nuestros hermanos” (Sab II).


            3.6. Las obras de una vida santa


            Hay un estilo específicamente cristiano de vivir, un modo de existencia cristiana en santidad y justicia que poco tiene que ver con la mundanización o con esa contemporización cómoda y cobarde de tener principios cristianos pero comportamientos apagados, que ni son luz ni sal ni fermento, sino disimulo constante.

            La vida cristiana es una vida santa, a contracorriente, y con modos propios de ser, de relacionarse, de situarse ante la realidad. Ese estilo, mientras esperamos al señor, es definido por san Pablo en un texto que tiñe el Adviento de un color propio y que la liturgia se complace en repetir: “llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo” (Tt 2,12-13). La liturgia transforma en petición ese texto paulino: “haz que durante este día caminemos en santidad y llevemos una vida sobria, honrada y religiosa” (Dom I); y también: “Tú que eres bendito por los siglos, concédenos por tu misericordia, que, llevando ya desde ahora una vida sobria y religiosa, esperemos con gozo tu gloriosa aparición” (Dom II); “concédenos, por tu misericordia, llevar ya desde ahora una vida sobria y religiosa, mientras aguardamos la dichosa esperanza, la aparición gloriosa de Jesucristo” (Juev II).

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El deseo de Cristo (Preces de Laudes de Adviento - IV)




            3.3. El deseo del amor, la necesidad de la salvación


            El Adviento educa nuestro deseo, purificándolo, reorientándolo hacia Cristo y acrecentándolo, de forma que todo nuestro deseo sea Cristo y Cristo el único capaz de colmarlo.

            Ese deseo de Cristo alienta nuestros pasos, se expresa en oración, lleva el corazón a una esperanza renovada. ¡Cristo lo es todo!

            Durante el tiempo de Adviento, tiempo de preparación, expresamos ese deseo que está siempre sostenido por la esperanza y lleno de amor a Él.

            La necesidad de salvación la experimentan todos, aunque no todos la reconozcan o la identifiquen en ellos mismos: “con tu bondad y tu inmensa compasión, ven, Señor, en ayuda de todos y sal al encuentro de los que te desean aun sin saberlo” (Vier I). Si permanecemos en el amor, desearemos a Cristo y su venida con gozo y paz: “por tu Espíritu consérvanos en el amor, para que podamos recibir la misericordia de tu Hijo que se acerca” (Sab I).

            “Tú que por la Iglesia nos anuncias el gozo de tu venida, concédenos también el deseo de recibirte” (Lunes II); ese deseo de Cristo es ardiente, por lo que suplicamos constantemente su venida. Esperamos a quien amamos y el amor tiende a la unión, no sufre la separación ni la distancia: “Enciende nuestros corazones en tu amor, para que deseemos ardientemente tu venida y anhelemos vivir íntimamente unidos a ti” (Mart II).

            Gozo y deseo del corazón, se desea a Cristo: “Nuestra gloria, oh Cristo, es alabarte, visítanos, pues, con tu salvación” (Mierc II) porque así viviremos gozosos alabándole, si Él se digna visitarnos con su gracia, su misericordia y su salvación. Es la tierra entera la que experimenta tal deseo de la Presencia del Salvador: “Que la tierra entera, que se alegra por la venida de tu Hijo, experimente más aún el júbilo de poseerte plenamente” (Juev I).


martes, 17 de diciembre de 2013

La "aburrida" genealogía de Jesús el 17 de diciembre

Al iniciar las ferias mayores, esta semana intensa espiritual y litúrgicamente de preparación inmediata a la primera venida del Señor en nuestra carne, la Iglesia en el rito romano proclama la genealogía de Jesús. ¡Las caras de los fieles expresan un aburrimiento mortal de necesidad! ¡Tantos nombres raros uno tras otro! Y si hay homilía luego, pocas veces explica el sentido de lo escuchado sino una vaga exhortación navideña... a la solidaridad con la Campaña de alimentos (permítaseme la caricatura).

¿Por qué una genealogía?

 
Y además, ¿dos genealogías tan diversas entre sí, la de Mateo y la de Lucas?
  • Mateo asciende desde Abrahán a Jesús; Lucas baja desde Jesús hasta Adán;
  • Las generaciones no coinciden: Mateo pone 42 y Lucas 77, y ambas listas discrepan entre David y Cristo;
  • Mateo pone 14 generaciones en cada tramo, pero con 14 generaciones no se abarcan períodos de siglos enteros (por ejemplo, el primer período de unos 900 años);
  • se omiten reyes y personas, unos aparecen en Mateo, otros sólo en Lucas...

Habrá que situarse en la mentalidad semita: más que crear un árbol genealógico preciso, tan al gusto de historiadores o en la actualidad de algunos curiosos elaborando el árbol genealógico familiar, simplemente se subrayan períodos y algunos de los antecesores por su valor simbólico desde el punto de vista teológico del evangelista; es resaltar cómo en Jesucristo confluye toda una historia de salvación, y con esa misma intención se proclama en la liturgia (casi ante el asombro de propios y extraños que no entienden a qué viene ese evangelio tan raro).

lunes, 16 de diciembre de 2013

Ferias mayores, la mirada hacia la Natividad

El santo tiempo de Adviento, que es nuestro presente aguardando nuestro destino futuro, ha llegado a las ferias mayores, la semana previa del 17 al 24 de diciembre, ambos inclusive. Se acelera la preparación más inmediata a esta Natividad del Señor, litúrgicamente actualizada y hecha presente, en este año de gracia, en otro año de gracia.



Todo en la liturgia apunta a esta primera venida en carne del Verbo, a su venida que ya aconteció. La mirada, la celebración, la espiritualidad, acrecienta el deseo de Cristo que viene y aguardamos, si me permitís, con ternura infinita, a que el Verbo que ahora se está gestando en el seno bendito de la Virgen, salga como el esposo de su alcoba (cf. Sal 18A), nazca, brille, muestre el esplendor de su gloria.

La intensidad espiritual -y la belleza- de estas ferias mayores conforman nuestro espíritu a imagen de María, para aguardar al Señor con el mismo amor inefable de su Madre, con su silencio orante, pudoroso y recogido, con el deseo de recibir a Quien viene a salvarnos por puro amor. Este es otro tono espiritual, rebosante de esperanza, de alegría contenida, de deseos santos.

La liturgia, maestra de vida espiritual, escuela de cristianismo, forja nuestra alma en estos días en tonos distintos.


sábado, 14 de diciembre de 2013

¡Ven, Señor Jesús, nuestra esperanza! (Preces de Laudes de Adviento - III)



3. Las peticiones


            Diversos temas recurrentes, es decir, que vuelven a aparecer con distinta modulación, se presentan en las preces de Laudes ofreciendo una tonalidad espiritual muy concreta y determinada. Y como “lex orandi, lex credendi”, las preces de Laudes educan nuestra fe al darnos un contenido doctrinal amplio, bello, sobre la venida de Cristo. Estas preces, siempre, son manantial de espiritualidad, de espíritu cristiano, y de teología hecha oración.


            3.1. ¡Preparados!


            El tiempo de Adviento viene caracterizado por su vigilancia. “Estad en vela” (Mt 24,42), “estad preparados” (Mt 24,44). Toca aguardar en vela durante el tiempo presente, dispuestos para que, cuando menos lo esperemos, oigamos la voz avisadora: “Llega el esposo, salid a recibirlo” (Mt 25,6).

            A Dios suplicamos cada jornada que “venga su reino”, e igualmente suplicamos que Él nos prepare a la venida de su Hijo o rogamos estar preparados, siempre, desde ya. “Haz, Señor, que estemos preparados el día de la manifestación gloriosa de tu Hijo” (Dom I).

            Despiertos, como hijos de la luz, abandonamos las obras de las tinieblas porque nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer (cf. Rm 13,11s); la fe se vuelve activa, diligente, vigilante: “Oh Luz indestructible que vienes a iluminar nuestras tinieblas, despierta nuestra fe aletargada” (Lunes I).

            “¿Quién podrá resistir en pie el día de su venida?”, preguntaba el profeta Malaquías (cf. 3,2); esta pregunta la liturgia la convierte en plegaria: “Cuando vengas en una nube con gran poder y gloria, haz que nos podamos mantener en pie delante de ti” (Mierc I). Preparados y vigilantes, despiertos y esperanzados, estamos de pie aguantando, firmes en la fe y en la esperanza, nunca vacilantes o dubitativos: “Haz que nos mantengamos firmes, Dios de clemencia, hasta el día de la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (Sab I).

jueves, 12 de diciembre de 2013

Ante quien oramos cada mañana (Preces de Laudes de Adviento - II)



2. Los encabezamientos


            El formulario de las preces va precedido de una invitación de quien preside para orar juntos; estos encabezamientos, bien recitados, considerados por todos, encierran doctrina teológica y espiritual, y dispone el corazón de los orantes.

  
          El Adviento nos sitúa decisivamente ante la historia de la salvación, su cumplimiento en Cristo, las promesas y la esperanza ante el Señor que viene. Las profecías resuenan gozosamente en este tiempo como alegres y consoladores anuncios de la primera venida del Mesías y de su vuelta gloriosa: “trazó desde antiguo un plan de salvación para su pueblo” (Sab I), dice el encabezamiento de las preces. Toda la historia trazada por Dios es historia de amor y salvación y llega a su cumbre con Cristo: “Imploremos, hermanos, a Dios Padre, que ha enviado a su Hijo para salvar al mundo” (Juev II).

            Así, Dios rescata al “resto de Jacob”, a los pocos fieles que le desean, al pequeño rebaño: “El Señor, Padre todopoderoso, tenderá otra vez su mano, para rescatar al resto de su pueblo” (Mart I).

            La oración eclesial se dirige “al Señor Jesús, juez de vivos y muertos” (Dom II), es decir, un reconocimiento y confesión de Cristo como término y Señor de la historia, Aquel que vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos, que “pagará a cada uno según sus obras” (Rm 2,6) y ante quien vamos a comparecer ante su tribunal (cf. Rm 14,10). Así pues, oremos “con todo nuestro espíritu a Cristo redentor, que vendrá con gran poder y gloria” (Sab II).