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sábado, 30 de mayo de 2015

Plegaria: deleitarse en Cristo

Donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón. En lugar de desparramarse y perderse, el corazón busca donde volcarse por completo. Su tesoro es Cristo, y allí debe tender y deleitarse en Él, glorioso y vivo, presente, sin atarse ni detenerse en las criaturas.

El deseo del alma debe ser Jesucristo para que el corazón esté sosegado, consolado, feliz. Las criaturas de una forma u otra, cansan y alborotan, y dejan vacío en mil ocasiones.



Sólo Cristo colma el deseo profundo de la persona.

Así oramos hoy con la plegaria de san Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, permitiendo que su doctrina nos forme también a nosotros hoy.



Deleitarse en Cristo y no en las criaturas


            ¡Soberano Señor, y cuán sin excusa has dejado la culpa de aquellos que, por buscar deleite en las criaturas, te dejan y te ofenden, siendo los deleites que hay en ti tan considerables, que si todos los de las criaturas se juntasen en uno solo, serían verdaderamente hiel en comparación de ellos!
 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Velamos porque estamos esperando

Las dos últimas semanas del tiempo Ordinario y la primera semana de Adviento repiten insistentemente, en las lecturas bíblicas, las oraciones, prefacio y preces de Laudes y Vísperas, "velad", "vigilad".

Este es un concepto muy cristiano: vigilamos, velamos, porque estamos atentos a que Cristo venga, a que Cristo vuelva en su gloria, a que Cristo se manifieste día a día en la historia de nuestra vida.


Se vigila, se está velando despierto, se mira por la ventana con inquietud si se aguarda a que llegue alguien que nos importa, a quien queremos; si no es así, nos da igual sialguien viene o no, no nos provoca ningún deseo, permanecer apaciblemente sentados.

La vigilancia, el velar por la noche aguardando, tiene que ver con el deseo y la esperanza: el deseo de Cristo, la esperanza en Él sabiendo que cumple sus promesas y que es Fiel.

martes, 30 de julio de 2013

Sólo Dios puede colmarnos

Escribo esto después de haber leído y predicado un versículo del evangelio de la Samaritana: "Si conocieras el don de Dios..."

¡Ay!, si lo conociéramos de verdad y no de oídas -como decía Job-, si lo conociéramos y nos hubiera impactado... ¡qué distinto sería todo!


Si conociéramos el don de Dios, seríamos verdaderos creyentes y Dios sería el centro de todo lo mío, de todo lo nuestro, de lo que somos, sentimos, vivimos, soñamos...

Si conociéramos el don de Dios, estaríamos transformados en nuestras relaciones con los demás, con un apostolado verdadero que condujera a Dios, con una caridad exquisita, una educación amable, un trato respetuoso absolutamente a todos, sin despreciar ni humillar ni menospreciar...

Si conociéramos el don de Dios, ofreceríamos el auténtico culto en Espíritu y Verdad, culto racional (Rm 12,1), culto de toda la vida ofrecida, entregada, ungida por el Espíritu Santo, sin beateríos ni oraciones precipitadas para que nos vean, sino la plegaria cordial, sincera, silenciosa, amante...

Si conociéramos el don de Dios... no idolatraríamos a nadie, erigiéndole un pedestal en el corazón, y girando nuestra vida en torno al ídolo fabricado al que solo le vemos gracias y virtudes y cuyos defectos los tomamos con simpatía y gracia como si no fueran tales, necesitanos girar en torno al ídolo, estar con el ídolo, acaparar y absorber al ídolo... ¡Si conociéramos el don de Dios!

Entonces, si lo conociéramos, veríamos que sólo Dios puede colmarnos.

viernes, 22 de febrero de 2013

Introducción al Padrenuestro (II)

Nuestra catequesis cuaresmal nos lleva a seguir profundizando en el sentido e importancia del Padrenuestro, en su contenido místico y también, en general, cómo la vida de oración es algo propio e irrenunciable en la vida de todo bautizado.


Sí, así es. Por el bautismo somos un pueblo sacerdotal, hemos sido todos configurados con el sacerdocio común o bautismal, y este sacerdocio pide que ofrezcamos el culto agradable a Dios con la santidad de vida y la oración. Todo cristiano, fruto del dinamismo sacramental, es un orante, un contemplativo en el mundo, lleno de Dios y en contacto con Dios, modelando las realidades temporales con espíritu sobrenatural.

Ser iniciados en la oración no es algo reservado a un club de comprometidos y laicos especializados, sino que ser iniciados en la oración forma parte del bagaje normal de la vida cristiana.

martes, 21 de agosto de 2012

Discernir para todo (también apostolado)

Hará tiempo ya dejaron en el blog una pregunta, al hilo de los "deseos".

Es que a veces, los deseos santos de apostolado se pueden confundir con caprichos e impulsos, necesidad de notoriedad, o activismo realizado con la mejor voluntad. ¿Por dónde nos lleva el Señor? ¿Es capricho? ¿Es deseo santo? ¿Viene esto de Dios? ¿O es un impulso pasajero que no viene del Señor?


Preguntaban:

"hace tiempo que me hago preguntas sobre mis apostolados, ¿por qué los hago? He tratado de no esperar consolaciones de Dios, pues debo servir sin esperar nada a cambio. Pero se que cuando Dios me las envía es por que ve la necesidad.
D. Javier estas lineas "apostolados, compromisos pastorales que pueden realizarse no libremente" me han puesto a pensar. En ocasiones me ha tocado decir: No, no puedo. Y ante la frase "Es Dios quien llama" a veces he sentido que manipulan. Podría usted orientarme un poco.He querido pasar desapercibida muchas veces, pues creo que este momento lo necesito. Solo cuando estoy en un retiro de silencio, sirviendo desde el silencio es cuando me siento mejor. Peo cuando me piden hablar, dialogar, entablar amistad con personas en un retiro, es un servicio muy cuesta arriba.¿ Cómo puedo poner en orden mis deseos, para que sean los deseos de Dios Padre?"

Partiendo de esta pregunta, veamos algunos puntos.

1. Los deseos de Dios en el alma se identifican por el ímpetu, la duración (si es pasajero, es capricho de la voluntad) y por la paz que dejan (porque se vive en paz ya que sabemos que si es de Dios, Él los realiza):

           a) ímpetu: es un impulso interior como fuego que no cesa. No es voluntario, es más, nos gustaría en ocasiones que desapareciera, pero aparece siempre y sobre todo en la oración personal. Es un primer signo de que Dios está indicando algo.

           b) Duración: lo que es de Dios ni cesa ni se apaga. Los caprichos, aunque pueden ser impetuosos, se apagan cuando pasa un tiempo y surgen nuevos caprichos. La duración en el tiempo es un segundo signo del Señor.

            c) La paz: los caprichos no dejan en paz, sino que crean ansiedad para lograr su objeto; cuando algo es de Dios, siempre hay una gran paz: se aguarda a que el Señor realice ese deseo santo y cree las ocasiones, los momentos oportunos. 

Sabiendo esto, pasamos al orden práctico de los apostolados.

2. Lo que es de Dios es la santificación en lo ordinario, en lo cotidiano:
* matrimonio e hijos
* el ejercicio de la profesión.

miércoles, 25 de abril de 2012

El deseo del corazón

"Los dones y la llamada de Dios son irrevocables" (Rm11,29).

Una catequesis, a mi entender necesaria, es la del deseo del corazón, porque nos permitirá discernir y entender muchas cosas de la propia vida cristiana.


Cuando nos referimos al deseo del corazón, nos referimos a aquello más último, más importante, que siempre palpita en nuestro interior y que nada humano logra apagar. Los caprichos no son, en sentido estricto, deseos, sino veleidades, algo que se nos antoja fuertemente en un momento dado pero que pasado el tiempo el objeto del afecto ha cambiado en otra dirección y entonces nacen nuevos caprichos. Al final, el tiempo es un lenguaje divino que extingue caprichos.

Los deseos verdaderos son perdurables; se mantienen en el corazón y el tiempo no los debilita, sino que los aumenta. Así vamos reconociendo que es Dios quien los ha inspirado en el corazón. Son deseos de cosas grandes y elevadas: el deseo de Cristo, la santidad como participación en la santidad de Cristo, la vida eterna, plenitud, felicidad serena... y también son deseos santos en el corazón las llamadas particulares de Dios: una vocación particular (sacerdocio o alguna forma de vida consagrada), un carisma, un apostolado que determina la vida, una inclinación santa acorde a nuestra propia naturaleza, carácter y psicología, etc. 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Inmediato seguimiento

Sorprendente encuentro: la respuesta de san Mateo no puedo ser más rápida ni inmediata. A una simple orden del Señor, "sígueme", se levanta sin titubear, lo deja todo y va tras Jesucristo.

Su vida cambió desde entonces, libre de sí mismo y del peso de sus riquezas. Aquel que era recaudador de impuesto, un liquidador de impuestos para el sistema y que percibía una parte abundante para sus bolsillos por su trabajo, ahora es libre.

¿Qué fue lo que pasó? 

Primero habrá que mirar el corazón de Mateo el publicano. Su corazón, como el de todo hombre, estaba creado para algo más, y sentía la insatisfacción más honda aunque tuviera de todo y estuviera colmado y satisfecho. Pero el corazón buscaba algo a lo que unirse y que respondiese a su estructura más íntima. Entonces vio a Cristo, o fue visto por Cristo, y el corazón reconoció con una certeza irrebatible, que Cristo lo era todo y la respuesta a ese corazón insatisfecho.

Segundo: era Cristo que pasaba. El Señor va pasando, caminando, y mientras llama, predica, enseña. Su paso se convierte en un momento de gracia definitivo y único, fascinante para quien lo reconoce. Hay que aprovechar bien los momentos en que Cristo pasa por la vida con la fuerza de su Presencia.

Tercero: la Persona misma de Cristo. Algo había en Él, tal vez su mirada profunda, o la gravedad de sus palabras y manera de hablar, tal vez un poco todo esto, lo que hacía que su Presencia fuera única y determinante, irresistible. Mateo se sintió impactado por esa Presencia, acogido como nunca antes lo había sido, amado como nadie, comprendido y perdonado. Era lo que Mateo necesitaba.

sábado, 27 de agosto de 2011

"No os conforméis con menos que Cristo" (JMJ)

Tras la JMJ, se abre un tiempo necesario, el de la asimilación y maduración, no sólo del valor de la Jornada y el impulso a las iniciativas de la pastoral juvenil y la evangelización, sino asimilar y madurar la enseñanza del santo Padre.


Sus discursos, alocuciones y homilías son una hoja de ruta para todos y una enseñanza valedera. Muestran cuál es el lenguaje cristiano y la metodología cristiana. Señalan al horizonte último, Jesucristo, y cómo el deseo del hombre solamente halla su respuesta y cumplimiento en Él. Es, por tanto, un lenguaje existencial, cercano, fácilmente comprensible para todos porque conecta con la experiencia de lo humano en nosotros. A veces nuestros lenguajes pueden ser piadosos, otras una soflama ética y revolucionaria, otro el lenguaje del 'compromiso', otros un lenguaje devocional que suena a hueco... pero un lenguaje realmente cristiano es otra cosa. Benedicto XVI nos ha dejado un modo de hablar que deberíamos hacer nuestro.

"No os conforméis con menos que Cristo".

Esta afirmación absoluta del Papa hay que encuadrarla dentro de la situación real en que vivimos. Los sucedáneos no satisfacen el corazón ni su exigencia de verdad. La cultura ambiente que nos rodea está marcada por corrientes que arrastran: relativismo, nihilismo. Hemos vuelto a un paganismo real donde apenas se le deja sitio a Dios. Formas nuevas de idolatría se han impuesto y la principal es la del hombre que se ha creído un dios. Nada de esto responde a la naturaleza del hombre, a su sed de verdad, a su deseo de infinito. Más bien se revuelve y devora al hombre.

martes, 26 de abril de 2011

En el huerto, en el jardín... encontramos a Cristo

Desde la mañanita, bien temprano, después de rezar la Liturgia de las Horas y salir para celebrar la Misa, llevo cantando todo el tiempo un canto que más de una vez habrá entonado nuestra amiga "Desde Sevilla". "Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré. -María. -Rabboni..."

(Me acaban de dar el enlace al canto; por favor, oídlo: http://parroquiasanjeronimo.net/wp-content/uploads/2010/06/Noli-me-tangere.mp3 A mí me gusta y me trae muchos recuerdos)

Es un encuentro delicioso, gozoso, amoroso.


Está situado en el huerto: en un huerto Adán y Eva se encontraron por vez primera; en un huerto-jardín el Amado y la esposa del Cantar de los cantares se buscan y se encuentran. Y aquí, en un huerto, Jesús resucitado y María se encuentran, como símbolo nupcial: es Cristo y la Iglesia, su Esposa, por tanto, Cristo y cada uno de nosotros.

Todo este encuentro, descrito por san Juan, tiene como trasfondo el libro del Cantar de los cantares. 

Entonces me he acordado de que bastantes veces, al predicar los Ejercicios espirituales, una de las meditaciones de la 4ª semana -alegrarse con el gozo del Señor resucitado y demandar gracia- que introducía era este encuentro.

jueves, 14 de abril de 2011

Enamorarse de Cristo (Ejercicios IX)

Todo proceso cristiano que sea tal, y merezca tal nombre, desemboca simplemente en que Cristo es realmente “Amado”, lo más amado, lo más querido, lo más deseado, lo más soñado. Dicho con otras palabras: la experiencia cristiana conduce a enamorarse completamente de Cristo.

    ¿Enamorarse?

    Vivir con todo el amor, con toda la capacidad afectiva, en Cristo; entregarle a Él todos los afectos y empezar a compartir su vida, sus sentimientos, su mente, su pasión y la fuerza de su resurrección, de manera que no haya división entre Cristo y yo, sino unidad y unión. Incluye los sentimientos porque son humanos, pero supera el mundo del sentimiento llegando más allá, a la plena identificación entre uno mismo y Cristo.

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados! (Canc. 12).
“Hay otro dibujo de amor en el alma del amante, y es según la voluntad, en la cual  de tal manera se dibuja la figura del Amado y tan conjunta y vivamente se retrata en él, cuando hay unión de amor, que es verdad decir que el Amado vive en el amante, y el amante en el Amado; y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno. La razón es porque en la unión y transformación de amor el uno da posesión de sí al otro, y cada uno se deja y trueca por el otro; y así, cada uno vive en el otro, y el uno es el otro y entrambos son uno por transformación de amor.
Esto es lo que quiso dar a entender san Pablo (Gal 2,20) cuando dijo: Vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus, que quiere decir: Vivo yo, ya no yo, pero vive en mí Cristo. Porque en decir vivo yo, ya no yo, dio a  entender que aunque vivía él, no era vida suya, porque estaba transformado en Cristo, que su vida más era divina que humana; y por eso dice que no vive él, sino Cristo en él” (San Juan de la Cruz, CB 12,7).

    Además, enamorarse de Cristo es posible y concreto. La experiencia de Cristo es lo más real que nos puede suceder en la vida, el verdadero Acontecimiento que responde a lo que somos, buscamos, deseamos y necesitamos. Si este Acontecimiento se reduce, pierde su fuerza, y se reduce cuando se limita a Cristo a un ideal por el que luchar identificado con un éthos, una ética, una ideología; se limita a Cristo cuando lo situamos al nivel de causa por la que “hacemos cosas”, “nos comprometemos”, pero Él está situado más arriba de la propia experiencia de lo que somos y vivimos. Hacemos cosas “por Él” pero al final “sin Él” como si Él fuera un lema de actuación, una pancarta; es reducido el Acontecimiento cuando la percepción de Cristo es tan lejana, que acudimos sólo en los momentos de apuro para una oración de petición sin la relación previa con Él: lo ponemos a nuestro servicio...

   

viernes, 8 de abril de 2011

Mi relación con la realidad y lo creado (Ejercicios VIII)

Cuando se sigue a Cristo, y se le busca con auténtico amor, todo recuerda al Amado, todo habla del Amado, acrecentando el deseo de Cristo. Varias canciones del Cántico se refieren a ello:

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado (Canc. 4).

Después del ejercicio del conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la primera por orden en este camino espiritual para ir conociendo a Dios, considerando su grandeza y excelencia por ellas (San Juan de la Cruz, CB 4,1).

El alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano fueron hechas (CB 4,3).
 Las criaturas, todo lo creado, dan al alma señales de su Amado. Nada ni nadie se ha dado a sí mismo la existencia, sino que todo viene del Creador. La creación entera tiene el rastro de la hermosura y excelencia del Amado y quien las contempla ve cómo se le va aumentando el amor, le crece el dolor de la ausencia de Cristo y el deseo apasionado de verle. El alma desconfía de todo remedio que no sea la Presencia de Cristo. Este deseo le hace decir:

¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero (Canc. 6).

“Donde es de notar que cualquier alma que ama de veras no puede querer satisfacerse ni contentarse hasta poseer de veras a Dios, porque todas las demás cosas no solamente no la satisfacen, mas antes, como habemos dicho, le hacen crecer el hambre y apetito de verle a él como es. Y así, cada vista que del amado recibe de conocimiento o sentimiento, u otra cualquier comunicación (los cuales son como mensajeros que dan al alma recaudos de noticias de quién él es aumentándole y despertándole más el apetito, así como hacen las meajas en grande hambre), haciéndosele pesado entretenerse con tan poco, dice: Acaba de entregarte ya de vero” (CB 7,4).
    Y sigue el mismo argumento:

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste
y no tomas el robo que robaste? (Canc. 9)

    Recibimos signos de Cristo constantemente: la creación y todas las criaturas, pero también comunicaciones y noticias en nuestra oración y en nuestro pensar que nos inflaman más de amor a Cristo. Pero a Él, aún, no lo poseemos. El deseo es cada vez más creciente, está en tensión hacia Él. Es el deseo, absoluto y total, sin comparación con otros pequeños deseos que puedan nacer. Este deseo unifica a la persona y la dirige al Objeto que desea, vertebra actos, pensamientos, sentimientos, opciones, decisiones. A este deseo se supeditan todos los demás deseos: si acrecientan en mí el deseo de Cristo, son legítimos y válidos, pero si me desvían de mi Destino fundamental, si restan fuerza al deseo de Cristo, entonces hay que domesticarlos.

  

jueves, 24 de marzo de 2011

El mundo de mis deseos (Ejercicios IV)

En lo que dice luego: Y me dejaste con gemido, es de notar que la ausencia del Amado causa continuo gemir en el amante, porque, como fuera de él nada ama, en nada descansa ni recibe alivio. De donde, en esto se conocerá el que veras a Dios ama, si con ninguna cosa menos que él se contenta. Mas ¿qué digo se contenta? Pues, aunque todas juntas las posea, no estará contento, antes cuantas más tuviere estará menos satisfecho; porque la satisfacción del corazón no se halla en la posesión de las cosas, sino en la desnudez de todas ellas y pobreza de espíritu. Que, por consistir en ésta la perfección de amor en que se posee Dios con muy junta y particular gracia, vive el alma en esta vida, cuando ha llegado a ella, con alguna satisfacción, aunque no con hartura, pues que David (Sal 16,15), con toda su perfección, la esperaba en el cielo, diciendo: Cuando pareciere tu gloria, me hartaré.

Y así, no le basta la paz y tranquilidad y satisfacción de corazón a que puede llegar el alma en esta vida, para que deje de tener dentro de sí el gemido, aunque pacífico y no penoso, en la esperanza de lo que le falta. Porque el gemido es anejo a la esperanza; como el que decía el Apóstol (Rm 8,23) que tenía él y los demás, aunque perfectos, diciendo: Nosotros mismos, que tenemos las primicias del espíritu, dentro de nosotros mismos gemimos esperando la adopción de hijos de Dios. Este gemido, pues, tiene aquí el alma dentro de sí en el corazón enamorado; porque donde hiere el amor, allí está el gemido de la herida clamando siempre en el sentimiento de la ausencia, mayormente cuando habiendo ella gustado alguna dulce y sabrosa comunicación del Esposo, ausentándose, se quedó sola y seca de repente (San Juan de la Cruz, CB 1,14).

    Para calibrar hasta qué punto Dios es Amado de veras por el corazón, hay que ahondar y excavar en la tierra del mundo interior. En apariencia y en superficie creemos que Dios es lo que más amamos; rascando mediante el conocimiento interior, arando la tierra mediante el ejercicio espiritual, quitamos un manto que recubre la apariencia y llegamos a la desnudez. Hay que entrar en el mundo de los deseos y de las satisfacciones: éstos nos darán la medida del amor a Dios.

    Hay que preguntarse: ¿qué deseo? ¿Qué aspiro? ¿Qué estoy esperando? ¿Qué hay en mí que me arrastra con cierta ilusión que luego veo desvanecerse tantas veces?

    Cada uno de nosotros tiene distintos deseos; pueden ser nobles, honestos y legítimos: hay que reconocerlos, identificarlos. Ese mundo de deseos, lo que esperamos y luchamos por conseguir, muestra la verdad de nuestro ser y nos indican hacia dónde nos dirigimos y ponemos todo el empeño. Señalan dónde está en verdad nuestro corazón. ¿Y realmente lo que deseamos es tan necesario, tan importante? Muchos de nuestros deseos nos apartan del principio y fundamento, del orden interior de vida, y nos arrastran y nos vemos arrastrados para lograr conseguirlos. Pongámosle nombre.

    Pero la dinámica del deseo está siempre en movimiento; alcanzado lo que ya deseamos, necesitamos nuevos objetos de deseo, simplemente, porque no colman el corazón humano. Alborotan y cansan. Dejan fatigados. Es demasiado el esfuerzo y nunca hallamos una felicidad completa que colme esos deseos que nos impulsan... porque el corazón humano es demasiado grande para llenarlo con los pequeños deseos de la vida.


domingo, 5 de diciembre de 2010

El himno "Iesus dulcis memoria"

Simplemente, me encanta.

Un himno latino, famoso, centra la experiencia cristiana en la persona de Jesucristo... Y es que el recuerdo constante de Jesús, purifica nuestra memoria, renueva el corazón para vivir el presente, ancla firmemente la esperanza en Él para el futuro.

Esto es así... porque el recuerdo de Jesús en la memoria, el constante acordarse de Cristo, va purificando la memoria y acrecentando la esperanza.

Jesús, dulce recuerdo
y alegría del alma,
presencia que deleita
más que todos los goces.

No hay música más bella,
ni son más armonioso,
ni más sublime idea
que el Nombre de Dios Hijo.

Acoges al contrito,
oyes al que Te invoca,
vas hacia el que Te busca:
¿qué será, al que Te alcanza?

Ni la pluma lo dice,
ni la lengua lo expresa:
tan sólo quien Te ama
puede saborearlo.

Jesús, sé nuestro gozo,
que has de ser nuestro Premio:
en Ti está nuestra gloria
por siglos sempiternos. Amén.

Así el himno, en este Adviento, acrecienta el deseo de Cristo en el corazón.

lunes, 1 de febrero de 2010

Experiencia de Dios en la post-modernidad, ¿es hoy posible?

La post-modernidad ha tenido un efecto claro: se piensa que se sabe del cristianismo, que se le conoce, y viene ya de vuelta de todo. La experiencia cristiana es sustituida por las costumbres cristianas populares, profundamente arraigadas en la cultura: calendario de fiestas, procesiones, etc., pero desvinculadas de su contenido profundo y verdadero. La post-modernidad, ¡qué ilusa!, cree que el cristianismo ya nada tiene que decir, nada que aportar, nada que construir, lo considera agotado, pasado, un producto cultural más.

Con este planteamiento de fondo, la post-modernidad va apagando la sed interior del hombre, mejor, la va calmando como puede sin poder satisfacerla, apaga la inquietud afirmando que no se van a encontrar respuestas, y deja la inteligencia suspendida en el aire, y la conciencia adormecida. Los sentidos interiores del hombre se quedan aletargados, entumecidos, incapaces de reaccionar.

Benedicto XVI habla así de esta situación, que es la del hombre post-moderno, y la dificultad real para evangelizar, para que Cristo tenga un impacto en el hombre que le provoque y despierte:

“San Gregorio Magno, en su exposición de este texto, trató de ir más a fondo y se preguntó: "¿Cómo es posible que un hombre diga "no" a lo más grande que hay, que no tenga tiempo para lo más importante; que limite a sí mismo toda su existencia?". Y responde: en realidad, nunca han hecho la experiencia de Dios; nunca han llegado a "gustar" a Dios; nunca han experimentado cuán delicioso es ser "tocados" por Dios. Les falta este "contacto" y, por tanto, el "gusto de Dios"... Nuestra tarea consiste en ayudar a las personas a gustar, a sentir de nuevo el gusto de Dios.

En otra homilía, san Gregorio Magno profundizó aún más la misma cuestión, y se preguntó: "¿Cómo es posible que el hombre no quiera ni tan sólo "probar" el gusto de Dios?". Y responde: cuando el hombre está completamente ocupado con su mundo, con las cosas materiales, con lo que puede hacer, con todo lo que es factible y le lleva al éxito, con todo lo que puede producir o comprender por sí mismo, entonces su capacidad de percibir a Dios se debilita, el órgano para ver a Dios se atrofia, resulta incapaz de percibir y se vuelve insensible. Ya no percibe lo divino, porque el órgano correspondiente se ha atrofiado en él, no se ha desarrollado. Cuando utiliza demasiado todos los demás órganos, los empíricos, entonces puede ocurrir que precisamente el sentido de Dios se debilite, que este órgano muera, y que el hombre, como dice san Gregorio, no perciba ya la mirada de Dios, el ser mirado por él, la realidad tan maravillosa que es el hecho de que su mirada se fije en mí...

¿Qué debemos hacer?... Aprended a pensar como pensaba Cristo; aprended a pensar como él. Este pensar no es sólo una actividad del entendimiento, sino también del corazón. Aprendemos los sentimientos de Jesucristo cuando aprendemos a pensar como él y, por tanto, cuando aprendemos a pensar también en su fracaso, en su experiencia de fracaso, y en el hecho de que incrementó su amor en el fracaso.

Si tenemos sus mismos sentimientos, si comenzamos a ejercitarnos en pensar como él y con él, entonces se despierta en nosotros la alegría con respecto a Dios... Creo que lo primero es entrar nosotros mismos en contacto íntimo con Dios, con el Señor Jesús, el Dios vivo; que en nosotros se fortalezca el órgano para percibir a Dios; que percibamos en nosotros mismos su "gusto exquisito".

Eso dará alma a nuestra actividad, pues también nosotros corremos el peligro de trabajar mucho, en el campo eclesiástico, haciéndolo todo por Dios, pero totalmente absorbidos por la actividad, sin encontrar a Dios. Los compromisos ocupan el lugar de la fe, pero están vacíos en su interior.

Por eso, creo que debemos esforzarnos sobre todo por escuchar al Señor, en la oración, con una participación íntima en los sacramentos, aprendiendo los sentimientos de Dios en el rostro y en los sufrimientos de los hombres, para que así se nos contagie su alegría, su celo, su amor, y para mirar al mundo como él y desde él. Si logramos hacer esto, entonces también en medio de tantos "no" encontraremos de nuevo a los hombres que lo esperan y que a menudo tal vez son caprichosos ―como dice claramente la parábola―, pero que desde luego están llamados a entrar en su sala.

Una vez más, con otras palabras, se trata de la centralidad de Dios; y no precisamente de un Dios cualquiera, sino del Dios que tiene el rostro de Jesucristo. Esto es muy importante hoy. Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo a través de nosotros” (Benedicto XVI, Homilía en la Misa concelebrada con los Obispos de Suiza, 7-noviembre-2006).

domingo, 13 de diciembre de 2009

Alegría: ¿motivo? ¡Cristo que viene!

La consideración e invitación a la alegría son constantes en toda la liturgia del Adviento; orienta así al reconocimiento de lo que es la alegría honda y sentida, que no es sino el gozo de descubrir al Señor y, sabiendo que viene, se convierte en gozo sostenido de quien aguarda a Alguien sumamente amado. La esperanza derrota la tristeza, la apatía y el decaimiento, y genera una alegría serena que se convertirá en desbordante al alcanzar su fin y completar su deseo. Al fin y al cabo, el Adviento reeduca nuestra alegría, la orienta hacia lo verdadero, la purifica de pequeñas alegrías falsas, materiales, aparentes, inmanentes, que decepcionan al final.

Un recorrido por la eucología romana del Adviento nos ofrecerá la perspectiva teológica y espiritual de la alegría. Seguro que este recorrido no nos puede dejar indiferentes sino que provocará un eco (eso es catequesis: eco, resonancia) par
a la vida católica.

Las antífonas que iluminan el canto de los salmos en el Oficio divino están teñidas de gozos
a esperanza: “Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene; no temas, Sión, tu salvación está cerca” (ant. 2, Of. Lect., Domingo I); incluso es una alegría “cósmica”, ya que toda la creación participa del gozo de la venida de Cristo: “Los montes y las colinas aclamarán en presencia del Señor y los árboles del bosque aplaudirán, porque viene el Señor y reinará eternamente. Aleluya” (Ant. 2, Laudes Dom. I), o también: “Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo” (ant. 2, II Visp., Dom. III). Es una exhortación constante a la alegría ante el Señor, el Mesías, Rey y Sacerdote: (ant. 1, I Visp. Dom. I); “Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya”“alégrate y goza, nueva Sión, porque tu Rey llega con mansedumbre a salvar nuestras almas” (ant. 1, I Visp., Dom. II).

En las preces de la Liturgia de las Horas
la alegría es igualmente la situación vital de la Iglesia y el objeto, a su vez, de su súplica (enseñándonos a su vez a pedir, la cómo ha de ser la oración de petición). “Esperamos alegres tu venida: ven, Señor Jesús” (preces I Visp. Dom I); “Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel, ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación” (II Visp. Dom. I); “cólmanos de alegría y paz en nuestra fe, para que rebosemos de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Laudes Viernes I); “Tú que por la Iglesia nos anuncias el gozo de tu venida, concédenos también el deseo de recibirte” (Laudes Lunes II); “danos la gracia de alegrarnos contigo en la gloria, pues ya en este mundo nuestra fe sincera te confiesa” (Visp. Martes II); “Que la tierra entera, que se alegra por la venida de tu Hijo, experimente más aún el júbilo de poseerte plenamente” (Laudes Jueves II); “Tú que desde el trono del Padre todo lo gobiernas, haz que aguardemos con alegría la dicha que esperamos, tu aparición gloriosa” (Laudes Sábado II).

Asimismo, si nos detenemos en las oraciones colectas, la alegría cristiana (el gozo, el júbilo) estará presente como una realidad actual o como súplica ante el Futuro precioso que nos aguarda:
“concédenos esperar con alegría la gloria del nacimiento de tu Hijo” (Martes II); “concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante” (Domingo III); “haznos encontrar la alegría en la venida salvadora de tu Hijo” (Jueves III); “haz que cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno” (21 de diciembre).

Junto a este tesoro eucológico –incompleto, para no alargarnos- las lecturas bíblicas; la lectura constante del
profeta Isaías en el Leccionario de la Misa y el Oficio de lecturas, con su invitación al gozo por el Mesías, así como las lecturas breves (o “capitula”) de la Liturgia de las Horas forjan el alma eclesial en la alegría plena, cuya raíz es siempre Jesucristo que viene; por ejemplo, cada domingo de Adviento, en las segundas Vísperas, se proclamará: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres...” (Flp 4,4).

¡Ésta es la alegría cristiana, la que nadie puede arrebatar, y que ni se nutre ni se sostiene en lo perecedero, en lo efímero, en la materialidad! Es la alegría de quien ama y espera a Aquel a quien ama porque va a venir, está llegando y es fiel a sus promesas. ¡Él no defrauda! Con Él, el gozo será desbordante, incontenido, exultante.

Es menester examinar nuestra alegría, purificarla, orientarla, acrecentarla. Es la pedagogía, tan sabia, de la Iglesia en su liturgia.


(¿Nos damos cuenta de lo que es la liturgia, la espiritualidad litúrgica, la teología litúrgica? ¡Vivir según su espíritu, extraer las riquezas de sus textos!)

domingo, 11 de octubre de 2009

Moral, pregunta por el Bien, seguimiento


El evangelio del joven rico nos ofrece una imagen de la radicalidad en el seguimiento. Ante la llamada de Cristo, ¿qué es lo que nos retiene? ¿Qué nos ata, qué nos esclaviza, qué nos detiene? Sabiendo, y cuántas veces no lo habremos experimentado, que seguir a Cristo conlleva una felicidad plena y gozosa, pero que resistir a Cristo y tomar otro camino nos sumerge en la insatisfacción, en la frustración, en un deseo del corazón nunca cumplido y por tanto con un sabor amargo. El joven aquél se marchó “triste porque era muy rico”. La tristeza le acompañaría toda la vida. Perdió la ocasión, desperdició el encuentro, calculó mal su verdadera riqueza, porque la riqueza auténtica era Jesucristo.

Pero además el evangelio del joven rico –anónimo, porque sólo quien sigue a Cristo tiene “nombre”, se desarrolla como “persona” y no como un número en la masa gregaria- pone de relieve la pregunta moral del hombre, su orientación al Bien.


La encíclica Veritatis splendor parte de esta pregunta para llegar a las fuentes de la moral y a la renovación del hombre nuevo en Cristo que no sólo hace cosas buenas (y a la vez malas), sino que Él mismo por gracia se va convirtiendo en “bueno” (a imagen de Cristo), viviendo como hijo de Dios, movido por la gracia del Espíritu Santo al Bien y a la Verdad.


“En el joven, que el evangelio de Mateo no nombra, podemos reconocer a todo hombre que, conscientemente o no, se acerca a Cristo, redentor del hombre, y le formula la pregunta moral. Para el joven, más que una pregunta sobre las reglas que hay que observar, es una pregunta de pleno significado para la vida. En efecto, ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad. Esta pregunta es, en última instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos atrae y nos llama hacia sí; es el eco de la llamada de Dios, origen y fin de la vida del hombre” (Juan Pablo II, VS, n.7).


¿Qué alcance demuestra la pregunta del joven rico?

“Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino... Es más probable que la fascinación por la persona de Jesús haya hecho que surgieran en él nuevos interrogantes en torno al bien moral... Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro, el Resucitado que tiene en sí mismo la vida y que está siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es él quien desvela a los fieles el libro de las Escrituras y, revelando plenamente la voluntad del Padre, enseña la verdad sobre el obrar moral. Fuente y culmen de la economía de la salvación, Alfa y Omega de la historia humana (cf. Ap 1, 8; 21, 6; 22, 13), Cristo revela la condición del hombre y su vocación integral... Si queremos, pues, penetrar en el núcleo de la moral evangélica y comprender su contenido profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente el sentido de la pregunta hecha por el joven rico del evangelio y, más aún, el sentido de la respuesta de Jesús, dejándonos guiar por él. En efecto, Jesús, con delicada solicitud pedagógica, responde llevando al joven como de la mano, paso a paso, hacia la verdad plena” (VS, n. 8).

¿A dónde conduce Cristo con su respuesta?


“Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el Bien. En efecto, interrogarse sobre el bien significa, en último término, dirigirse a Dios, que es plenitud de la bondad. Jesús muestra que la pregunta del joven es, en realidad, una pregunta religiosa y que la bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios mismo... Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre. Jesús relaciona la cuestión de la acción moralmente buena con sus raíces religiosas, con el reconocimiento de Dios, única bondad, plenitud de la vida, término último del obrar humano, felicidad perfecta” (VS, n. 9).


Sólo cuando existe (¡cuando se reconoce!) la Verdad existe el Bien absoluto; si se relativiza la Verdad, negándola, el Bien se vuelve confuso y subjetivo, la moral se privatiza. Cuando se corta la raíz del Bien, que es la Verdad, no habrá moral. Por eso la respuesta de Cristo orienta primero a Dios, que es la Verdad, y esta Verdad descubre el Bien, lo que realmente es bueno.


Sugiero una lenta y pausada lectura de la encíclica. Abre, en verdad, nuevos horizontes a lo que consideramos la moral.

domingo, 26 de julio de 2009

Poema eucarístico de san Juan de la Cruz


Uno de los poemas más eucarísticos de san Juan de la Cruz nos puede iluminar.
Comienza con lo que en teología algunos denominan la Trinidad inmanente (Dios en sí mismo) y prosigue con la Trinidad económica (Dios que se da). ¿Cómo, de qué forma Dios se entrega hoy? ¡En el pan eucarístico por darnos vida!
Es de noche: aún no vemos cara a cara, sino como entre velos. Sólo la fe nos alumbra para conocer algo, para entrever el Misterio.
El pan de la Eucaristía es alimento, refección, consuelo y ciencia divina.

Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.

1. Aquella eterna fonte está ascondida
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

2. En esta noche oscura de esta vida,
que bien sé yo por fe la fonte frida
aunque es de noche.

3. Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.

4. Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben della,
aunque es de noche.

5. Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

6. Su claridad nunca es escurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

7. Sé ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.

8. El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

9. El corriente que de estas dos procede,
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

10. Bien sé que tres en sola una agua viva
residen, y una de otra se deriva,
aunque es de noche.

11. Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

12. Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a escuras,
porque es de noche.

13. Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque de noche.

¿Alcanzaremos semejante amor? ¿Viviremos, gozaremos, nos deleitaremos, con el Pan que nos comunica una vida así?
Entonces, sí, sólo entonces, podremos afirmar: ¡Para mí la vida es Cristo!

viernes, 24 de julio de 2009

Elogio de la santidad

La santidad es nuestro único sueño, nuestro único deseo.
La santidad es lo más deseado, lo más alto, la mayor aspiración.
A ella nos llamó el Señor desde antes de la creación del mundo.
¡Ser santos, tender a la santidad!

¿Será acaso una meta imposible?
¿Algo inalcanzable? ¿Imposible quizás?

¡La santidad, nuestro sueño y nuestro deseo, nuestra santa ambición!
Cristo la quiere para nosotros... ¿por qué habremos de rechazarla, desecharla o posponerla para más tarde?
¡Santos! ¡Santos nosotros, con nuestro nombre y apellido, vocación, familia, circunstancias, edad, debilidades y pecados, en el propio barrio o pueblo! ¡Santos!
¡Santos, sí, hay que repetirlo, santos! Es posible porque Cristo se ha comprometido a ello, su Gracia no va a faltar.

¿Por qué reservar la santidad a unos pocos?
¿Por qué pensar que la santidad es para algunos consagrados?
¿Por qué pensar en la santidad como algo meloso, o excesivamente angelical, etéreo, y alejado de nuestro “humano concreto”?
¿Por qué una santidad de escayola y promesas, flores y velas, sin contacto con lo real, sin ser camino válido hoy?
¿Por qué pensar en lo inalcanzable y extraordinario y no en el acceso de una santidad real y cercana, hecha de entrega fiel en lo cotidiano, de amor apasionado aunque frágil?

¡Santos!
Llamados y elegidos antes de la creación del mundo, con un diseño personal y original para cada hijo suyo. Para ello Dios nos llama, ofrece muchas vocaciones, caminos y modos espirituales, complementarios y no excluyentes; ofrece el Señor la mediación de la Iglesia, el amor de su Providencia y su continua Gracia. Sí, es cuestión de Gracia y no de esfuerzos, pero es también respuesta y colaboración con la Gracia con un compromiso personal.

¡Santos, llamados y elegidos! Nuestra vocación es el amor.
Una santidad, manifestada fielmente en lo concreto y ordinario de cada día, viviendo en el alto grado de vida cristiana, a medida alta del Evangelio, sin concesión alguna a la mediocridad o a la dejadez.
Es el camino trazado por Juan Pablo II en la Novo Millennio ineunte, haciendo, ante todo, hincapié en la santidad, proponiéndola a todos. ¡Es momento de santidad, de entregarnos, ya -¿para qué más tarde?- a ser santos!

¡Santos! Ésa es nuestra plenitud cristiana.
¡Santos! Ése, nuestro deseo, nuestro sueño.
El alma humana es muy grande, creada por Dios para cosas grandes, el alma es capaz de Dios.
¡Podemos soñar la santidad, desearla apasionadamente, porque Dios ha soñado la santidad para nosotros!
¡Podemos volar hacia la santidad en el horizonte eterno de Dios!, pues para eso el Señor nos ha dotado, para volar bien alto y "a la caza dar alcance" (S. Juan de la Cruz). ¿Seremos felices si pudiendo volar como águilas hacia la santidad renunciamos a ello –por inconsciencia, miedo, comodidad- quedándonos a ras de tierra como pequeños gorriones?

El Evangelio es posible vivirlo con radicalidad y amor.
Los santos son el Evangelio vivido, reclamos para nosotros hoy; porque es posible vivir según el Evangelio, porque es posible regirse por el sermón de la Montaña, porque es posible hacer carne el Evangelio en nosotros, ¿nos lanzaremos entusiasmados a la santidad vendiendo todos nuestros proyectos y mediocridades por comprar la perla escondida del Evangelio?

Los santos son el Evangelio vivido.
El Evangelio impregnó las fibras más sensibles de sus almas, en sus razonamientos, actitudes, sentimientos y obras; ellos fueron, por su radicalidad evangélica, auténticos reformadores en la Iglesia, más con su santidad de vida que con sus iniciativas y discursos; reformadores en la Iglesia, núcleos de verdadera humanidad en cada época histórica. ¡Como ellos, también nosotros llamados a la santidad, a la vivencia renovada el Evangelio, a la adhesión amorosa y personal a Jesucristo, viviendo con fidelidad el misterio de la Iglesia, sirviendo y amando al hombre, a todo hombre!

¡Santos, llamados la santidad! ¡Ahora nos toca a nosotros!
En esta etapa histórica, ya iniciado el tercer milenio, ¡nos toca a nosotros ser los santos de este milenio!
Ahora, ya, no más tarde, ni mañana, ni dentro de unos años, ahora nos toca ser los santos que Dios espera para los hombres y el mundo de nuestra época.
¿Qué responderemos al Dueño de la Viña? Él sigue llamando, con paciencia y misericordia, para que acudamos a la viña de la santidad, a trabajar con Él y para Él. ¿Qué responderemos, qué haremos?

¡Santos, llamados a la santidad!
Todo bautizado, viviendo en santidad. Los fieles laicos –en los muchos modos y caminos espirituales- viviendo en santidad e impregnando las realidades temporales del espíritu evangélico. Los matrimonios santos, en el mutuo amor, entrega y sacrificio, engendrando hijos para Dios y entregándoles el depósito de la fe. Los religiosos, que sean santos, en la renovada vivencia de los votos y la fidelidad a su carisma y misión. Los contemplativos santos, abiertos al Misterio, entregados a la liturgia, la oración y el estudio. Los sacerdotes santos, configurados con Cristo Buen Pastor, santificando, enseñando y rigiendo... ¡Santos, llamados a la santidad! ¡Todos, todos con un mismo deseo y vocación, la santidad! ¡Santos o fracasados, no hay término medio!

Es bueno considerar despacio qué es la santidad para así desearla más fervientemente. Que sean las palabras del Papa las que guíen la consideración:

“Nos llama para que seamos “suyos”: quiere que todos sean santos... ¡Tened la santa ambición de ser santos como Él es santo! Me preguntaréis: ¿Acaso es posible ser santos hoy en día? Si tan sólo pudiéramos contar con los recursos humanos, semejante hazaña parecería justamente imposible. Bien conocéis, de hecho, vuestros éxitos y derrotas; sabéis que cargas oprimen al hombre, cuántos peligros lo amenazan y cuáles consecuencias provocan sus pecados. A veces puede verse invadido por el desaliento y llegar a pensar que no es posible cambiar nada, ni en el mundo ni en sí mismo. Si es verdad que es arduo el camino, también lo es que todo lo podemos en aquél que es nuestro Redentor. No os dirijáis, pues, a nadie, sino a Jesús. No busquéis en otro lugar lo que sólo Él puede daros... Con Cristo, la santidad –proyecto divino para todo bautizado- se hace posible. Contad con Él: creed en la fuerza invencible del Evangelio y poned la fe como cimiento de vuestra esperanza. Jesús camina con vosotros, renueva vuestro corazón y os refuerza con el vigor de su Espíritu... ¡No temáis ser los santos del nuevo milenio! Sed contemplativos, amantes de la oración; coherentes con vuestra fe y generoso en el servicio a los hermanos, miembros activos de la Iglesia y artífices de paz. Para realizar tan exigente programa de vida, seguid escuchando su Palabra, sacad fuerzas de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y de la Penitencia. El Señor quiere que seáis apóstoles intrépidos de su Evangelio y constructores de una Humanidad nueva” (JUAN PABLO II, Mensaje para la XV Jornada Mundial de la Juventud del año 2000, 29-junio-1999).

La santidad: ¿hay algo más hermoso?
La santidad: ¿algo más apetecible?
La santidad: ¿un proyecto más apetecible?
Lo mejor es la santidad.
Lo más alto y bello.
Lo más necesario, lo único imprescindible.
¿Cuándo lo veremos con claridad y lo amaremos con pasión?
¿Cuándo?
¡Y todo sin retrasos! El Señor tiene prisa por hacernos santos.
Tiene prisa por suscitar santos para esta generación.
¡Santos!, porque son la respuesta de Dios en cada momento, en cada etapa histórica, en cada necesidad y circunstancia. ¡Santos! ¿No arde nuestro corazón al sabernos llamados para esta alta vocación y misión? ¡Santos! Ésos son los verdaderos héroes de la historia, los grandes genios aun en su sencillez, los creadores de la verdadera cultura. ¡Santos!, porque el mundo se cambia con la santidad.

La vida cobra sabor, forma, luz y calor, cuando se vive en santidad. Esto no es inalcanzable, es posible y real; además, si es para todos, a todos habrá que impulsar y estimular, acompañar y orientar, ¡nada de mínimos!, todo a lo grande, a lo grande de la santidad. Las parroquias y monasterios serán los hogares eclesiales y cálidos donde se genera la santidad, se la cuida en su crecimiento y se le entregan los frutos al Señor de la Viña.

¡La santidad es lo único importante!, y todo debe estar enfocado a la santidad eliminando lo superfluo que ya hoy puede que no sirva para nada, tan sólo rutina y costumbre...

La santidad es el gran reto, la propuesta ilusionante, el verdadero y renovado trabajo pastoral, la opción primera, el impulso alentador para todo. Ha sonado la hora de la Gracia y es necesario desterrar la mediocridad y la tibieza, presentar con valentía las grandes líneas orientadoras de la santidad, alentar a todos e ilusionarlos con ese precioso proyecto de Dios. “El tiempo apremia”, “el amor de Cristo nos urge”, y la santidad es la mayor urgencia que Dios presenta... ¡para todos!

Es una urgencia para cada fiel bautizado, y brota poderosa cuando se ha llegado a vislumbrar el tremendo y fascinante Amor de Dios en la propia alma. Palpamos el Misterio, adoramos la grandeza de Dios y su santidad de la que nos hace partícipes. Al católico de hoy, con pedagogía amorosa, habrá que llevarlo de la mano para su encuentro personal y único con Cristo y su Amor (¿no parece que esto hace referencia a la adoración eucarística, la plegaria cordial ante Cristo en la custodia o el sagrario? Edith Stein lo llamaba “educación eucarística”). ¡Ahí se producirán maravillas!

¡La santidad!

“La vocación a ser “santos como Él es santo” (Lv 11,44) se realiza cuando se reconoce a Dios el lugar que le corresponde. En nuestro tiempo, secularizado y a la vez fascinado por la búsqueda de lo sagrado, hay especial necesidad de santos que, viviendo intensamente el primado de Dios en su vida, hagan visible su presencia amorosa y providente. La santidad, don que se debe pedir continuamente, constituye la respuesta más valiosa y eficaz al hambre de esperanza y de vida del mundo contemporáneo” (JUAN PABLO II, Mensaje para la XXXVI Jornada Mundial de oración por las vocaciones, 1-octubre-1998).

No se está solo en el camino, pues no falta la compañía de los santos, “los mejores hijos de la Iglesia”, los frutos maduros de la Redención, la cosecha de toda evangelización. "Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte" (Benedicto XVI, Hom. Misa inicio ministerio petrino, 24-abril-2005).

Se mira a los santos –muchedumbre inmensa- y se encuentra en ellos estímulo y su intercesión; de ellos se recibe luz con sus escritos, enseñanza con sus vidas, ya que son obra de la Gracia, obras artísticas del Espíritu.

¡Los santos! Hermanos y amigos, compañeros de Jesús y nuestros... modelos e intercesores.
¡Nuestra familia! ¡Familia de Dios!, y nosotros conciudadanos de los santos.
¡Cuánto bien hacen al alma el influencia de la santidad y el contacto con ellos!

Es, además, delicioso, el cariño y la familiaridad con los santos más allegados, por una especial afinidad y común sensibilidad espiritual; entonces esos santos tan familiares nos enseñan y educan con su vida, su respuesta a la Gracia y sus escritos.

¡La santidad! ¡Santos, llamados a la santidad! Es horizonte de vida, deseo eterno de Dios, plenitud de lo humano en Cristo.