Todo proceso cristiano que sea tal, y merezca tal nombre, desemboca simplemente en que Cristo es realmente “Amado”, lo más amado, lo más querido, lo más deseado, lo más soñado. Dicho con otras palabras: la experiencia cristiana conduce a enamorarse completamente de Cristo.
¿Enamorarse?
Vivir con todo el amor, con toda la capacidad afectiva, en Cristo; entregarle a Él todos los afectos y empezar a compartir su vida, sus sentimientos, su mente, su pasión y la fuerza de su resurrección, de manera que no haya división entre Cristo y yo, sino unidad y unión. Incluye los sentimientos porque son humanos, pero supera el mundo del sentimiento llegando más allá, a la plena identificación entre uno mismo y Cristo.
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados! (Canc. 12).
¿Enamorarse?
Vivir con todo el amor, con toda la capacidad afectiva, en Cristo; entregarle a Él todos los afectos y empezar a compartir su vida, sus sentimientos, su mente, su pasión y la fuerza de su resurrección, de manera que no haya división entre Cristo y yo, sino unidad y unión. Incluye los sentimientos porque son humanos, pero supera el mundo del sentimiento llegando más allá, a la plena identificación entre uno mismo y Cristo.
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados! (Canc. 12).
“Hay otro dibujo de amor en el alma del amante, y es según la voluntad, en la cual de tal manera se dibuja la figura del Amado y tan conjunta y vivamente se retrata en él, cuando hay unión de amor, que es verdad decir que el Amado vive en el amante, y el amante en el Amado; y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno. La razón es porque en la unión y transformación de amor el uno da posesión de sí al otro, y cada uno se deja y trueca por el otro; y así, cada uno vive en el otro, y el uno es el otro y entrambos son uno por transformación de amor.
Esto es lo que quiso dar a entender san Pablo (Gal 2,20) cuando dijo: Vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus, que quiere decir: Vivo yo, ya no yo, pero vive en mí Cristo. Porque en decir vivo yo, ya no yo, dio a entender que aunque vivía él, no era vida suya, porque estaba transformado en Cristo, que su vida más era divina que humana; y por eso dice que no vive él, sino Cristo en él” (San Juan de la Cruz, CB 12,7).
Además, enamorarse de Cristo es posible y concreto. La experiencia de Cristo es lo más real que nos puede suceder en la vida, el verdadero Acontecimiento que responde a lo que somos, buscamos, deseamos y necesitamos. Si este Acontecimiento se reduce, pierde su fuerza, y se reduce cuando se limita a Cristo a un ideal por el que luchar identificado con un éthos, una ética, una ideología; se limita a Cristo cuando lo situamos al nivel de causa por la que “hacemos cosas”, “nos comprometemos”, pero Él está situado más arriba de la propia experiencia de lo que somos y vivimos. Hacemos cosas “por Él” pero al final “sin Él” como si Él fuera un lema de actuación, una pancarta; es reducido el Acontecimiento cuando la percepción de Cristo es tan lejana, que acudimos sólo en los momentos de apuro para una oración de petición sin la relación previa con Él: lo ponemos a nuestro servicio...



