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miércoles, 10 de agosto de 2016

Las claves de la nueva evangelización (III)

El ejercicio que en algunas catequesis vamos haciendo es, con términos paulinos, "renovar la mentalidad", "renovar la mente", y modificando conceptos, prejuicios, adquirir ideas nuevas, alcanzar nuevas perspectivas con amplitud de miras y magnanimidad de corazón sobre la nueva evangelización.

Nos guía la conferencia que Ratzinger pronunció en el 2000, con motivo del Jubileo de los catequistas, sobre la nueva evangelización, de manera ponderada -como siempre-, certera. Así nos involucramos en un movimiento que debe abarcar e impulsar a la Iglesia entera y a cada miembro de ella. Pero antes que precipitarse en organigramas y técnicas, en dinámicas y reuniones de programación, habrá que imbuirse de una mentalidad evangelizadora, con conciencia clara de qué es lo que buscamos y adónde nos encaminamos todos. Se evitará así la dispersión de fuerzas, la improvisación o las direcciones distintas encontradas al final entre sí.

Ratzinger ya señaló, como estudiamos en las dos catequesis anteriores, primero la estructura de la nueva evangelización y su método, que es peculiar y corresponde a la verdad de la misión y de Cristo.


Un paso más, necesario, es pensar o repensar los contenidos esenciales de la nueva evangelización. ¿Qué hemos de comunicar? 
¿Valores, solidaridad, un discurso social? 
¿Sentimientos, emociones, buenismo moral? 
¿Denuncia profética en clave social, lucha de clases? 
¿Terapia de afectos, serenidad, equilibrio emocional? 
¿Acaso son éstos los contenidos de la nueva evangelización?


"LOS CONTENIDOS ESENCIALES DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Conversión

Por lo que atañe a los contenidos de la nueva evangelización, ante todo hay que tener presente la inseparabilidad del Antiguo y el Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento se resume en el mensaje de Juan Bautista: ¡Convertíos! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no es posible llegar a Jesús sin responder a la llamada del Precursor. Jesús asumió el mensaje de Juan en la síntesis de su propia predicación: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15).

La palabra griega que se emplea para decir "convertirse" significa repensar, poner en tela de juicio el modo personal y el modo común de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar ya simplemente según las opiniones corrientes. Por consiguiente, convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados con acciones dudosas, ambiguas, malvadas, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque resulte incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los hombres, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva.

domingo, 20 de marzo de 2016

Conversión, también eclesial, para evangelizar

La conversión, que es una realidad profundamente personal e intransferible, también es eclesial. El pueblo cristiano vuelve a mirar a Dios y se deja interrogar y purificar por Él para responder a su plan salvador.

Es el pueblo cristiano, la Iglesia, la que es llamada a entrar en el desierto para escuchar la voz de Aquel que lo ha llamado, cambiar su mentalidad, renovar sus afectos, librarse de adherencias inoportunas para dar el fruto que pide la conversión. ¿Cuál? Una renovada fidelidad a Jesucristo y un compartir su misión, que es evangelizar y redimir y salvar.

El mundo nos desafía y nos cuestiona. Necesita de Dios aunque no lo reconozca o no se dé cuenta siquiera. La cultura se ha secularizado agresivamente y ha dejado a muchos al borde del camino, al arbitrio del más fuerte, desvalidos y despojados de sí mismos.

Y mientras, ¿cómo nos encontramos al interior de la Iglesia? ¿Qué fuerza evangelizadora, qué entusiasmo, qué convicción poseen nuestras parroquias, comunidades, movimientos, asociaciones?

viernes, 5 de febrero de 2016

Lo propio de Dios es curar

El hombre por sí mismo nada puede. Su debilidad, el antagonismo de la carne contra el espíritu, lo han dejado sumamente herido y necesita de Dios. Sólo Él puede restaurar la naturaleza humana, sólo Él puede curar.

La primera acción curativa que realiza Dios es llamarnos a la conversión y otorgarnos la gracia de la conversión. El pecado es la grave enfermedad que nos infecta por completo hasta dejarnos postrados. La gracia de la conversión nos pone en camino de curación para recibir sus medicinas y cuidados.

"El Espíritu Santo se volvió también hacia nosotros, los hijos de las naciones, y dijo: "Convertíos, hijos, convirtiéndoos, y yo curaré vuestras heridas" (Jr 3,22), porque nosotros somos los que estamos llenos de heridas. Cada uno de nosotros, aun estando ahora sano y curado de sus heridas, podría decir: "Pues también nosotros éramos desobedientes, insensantos, descarriados..." Advierte cómo Dios, si nos convertimos, nos invita a convertirnos completamente, cuando nos promete que si, "convirtiéndonos" nos volvemos a Él, curará por medio de Jesucristo nuestras heridas" (Orígenes, Hom. Ier. V, 1-2).

jueves, 13 de marzo de 2014

Medicinas para la conversión y antídotos

"-¿Cómo es posible, pues, que nos salvemos?, me preguntas.


-Aplicando las medicinas contrarias a cada pecado:

la limosna, la oración, la compunción, la penitencia, la humildad, la contrición de corazón, el desprecio de las cosas presentes.

Como nos decidamos a prestarle atención, Dios nos ha abierto infinitos caminos de salvación.

Atendámosle, pues, y tratemos por todos los medios de curar nuestras heridas:

haciendo limosna, perdonando a los que nos han ofendido, dando gracias a Dios por todas las cosas, ayunando conforme a nuestras fuerzas, orando fervorosamene, procurándonos amigos de la riqueza de iniquidad"

(S. Juan Crisóstomo, In Matt., hom. 41,1).


Hay un bendito hospital que es la Iglesia; una Casa que es Casa de Salvación, donde habita el Médico espiritual que a nadie rechaza y a todos cura: en la Iglesia, Cristo nos da las medicinas para cada pecado y los antídotos para no caer en otras enfermedades.


sábado, 8 de marzo de 2014

¡Convirtámonos a nuestro Dios!

La conversión es un proceso permanente, cotidiano, intensificado en diversos momentos o tiempos de gracia, como unos Ejercicios espirituales, un retiro, el tiempo de Cuaresma...


Es verdad que la conversión fundamental se produce una vez en la vida para siempre: se descubre a Cristo y todo cambia definitivamente.

Pero hay un estado de conversión, en el que hemos de vivir, donde cada día al corazón del hombre que se desvía unos grados del camino hay que ponerlo en el camino justo, detrás de Cristo, en dirección a Cristo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Convertirse para ser enviado

Comencemos con la llamada a la conversión de un mensaje cuaresmal de Benedicto XVI. En este mensaje se explicita bien qué es la conversión, adónde llega su alcance, qué fibras toca, qué horizonte presenta.


La conversión cambia la mirada del hombre y purifica su pensamiento de manera que halla la Verdad, se deja seducir por ella, y comienza un camino de transformación. Es entonces cuando nos damos cuenta de la grandeza de la fe, que ni es hábito ni es costumbre, sino un don que nos lleva más allá de nosotros mismos.

"Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

martes, 25 de enero de 2011

Conversión de san Pablo

El impetuoso y convencido Saulo no podía esperar que en el camino de Damasco ocurriera el encuentro y la llamada con el Señor Resucitado que iba a cambiar por completo su vida. Él, el perseguidor, iba a ser constituido en el misionero y portavoz de la Palabra para construir. ¡Dios irrumpe en la vida de los hombres!

Esta conversión, realmente providencial para la extensión del cristianismo, saca lo mejor de Saulo para ponerlo al servicio del Señor. Si Saulo era impetuoso, constante, valiente, audaz, en las tradiciones farisaicas y en la defensa de la fe de Israel -como él mismo se describe-, el nuevo Pablo, ahora con una causa mayor y más hermosa, tendrá el ímpetu y el celo misionero de quien ha descubierto realmente el tesoro enterrado y la perla escondida. Ha descubierto a Cristo (para ser más precisos, Cristo se le ha descubierto a él) y todo ha cambiado de una forma tan maravillosa que no puede dejar de anunciarlo, de predicarlo, de llamar a todos al encuentro con el Señor. ¡Todo era basura!, comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. Por eso sale a los caminos, a los puertos y ciudades, para anunciar el Evangelio. Sufre si alguien no lo conoce, siente de veras que muchos no hayan llegado al conocimiento pleno de Cristo.

Esa es la experiencia de san Pablo pero también de todos los conversos que en la historia de la Iglesia han concurrido. Tienen un celo grande, un ímpetu desbordante, que les impulsa constantemente desde el momento en que han conocido a Cristo y se han entregado a él. La experiencia del amor de Dios en sus vidas ha sido determinante para entregarse al Amor. Ya no comprenden cómo pudieron vivir años y años sin responder a ese Amor, sin conocer a Cristo. Por esa razón todos los conversos son ardientes, dinámicos, son fuego puro.

¡Benditos ellos!
¡Benditos tantos conversos que han enriquecido la vida y santidad de la Iglesia y han inyectado empuje y fervor a la Iglesia entera!

Pero esa no es la situación de todos. No todos tienen que experimentar esa conversión porque muchos han nacido y vivido en el seno de la Iglesia, sus primeras experiencias y sus primeros descubrimientos han estado marcados por el amor de Dios y han sido llamados desde las primeras horas a trabajar en la viña. Recordemos, por ejemplo, a santa Teresa del Niño Jesús. No tienen que convertirse (en sentido estricto), sino que responder momento a momento y cada vez mejor al Amor de Dios en su vida, santificarse en lo ordinario o en lo extraordinario que Dios ponga en la vida.

domingo, 10 de octubre de 2010

Newman, hombre de búsqueda

Los discursos del papa Benedicto XVI sobre Newman presentan a este gran intelectual en su recorrido, en su trayectoria, en su pensamiento. ¡Hombres así necesitamos hoy! Buscadores de Dios y de la Verdad, capaces de realizar un itinerario intelectual honesto, amadores de Dios.

Con la lectura de los discursos del Papa espero que vayamos conociendo mejor a Newman y, quién sabe, lo mismo alguien se anima a leer sus obras que poco a poco se van publicando en castellano.

"Como sabéis, durante mucho tiempo, Newman ha ejercido una importante influencia en mi vida y pensamiento, como también en otras muchas personas más allá de estas islas. El drama de la vida de Newman nos invita a examinar nuestras vidas, para verlas en el amplio horizonte del plan de Dios y crecer en comunión con la Iglesia de todo tiempo y lugar: la Iglesia de los apóstoles, la Iglesia de los mártires, la Iglesia de los santos, la Iglesia que Newman amaba y a cuya misión dedicó toda su vida...
Esta tarde, en el contexto de nuestra oración común, me gustaría reflexionar con vosotros sobre algunos aspectos de la vida de Newman, que considero muy relevantes para nuestra vida como creyentes y para la vida de la Iglesia de hoy. 

Permitidme empezar recordando que Newman, por su propia cuenta, trazó el curso de toda su vida a la luz de una poderosa experiencia de conversión que tuvo siendo joven. Fue una experiencia inmediata de la verdad de la Palabra de Dios, de la realidad objetiva de la revelación cristiana tal y como se recibió en la Iglesia. Esta experiencia, a la vez religiosa e intelectual, inspiraría su vocación a ser ministro del Evangelio, su discernimiento de la fuente de la enseñanza autorizada en la Iglesia de Dios y su celo por la renovación de la vida eclesial en fidelidad a la tradición apostólica. Al final de su vida, Newman describe el trabajo de su vida como una lucha contra la creciente tendencia a percibir la religión como un asunto puramente privado y subjetivo, una cuestión de opinión personal. He aquí la primera lección que podemos aprender de su vida: en nuestros días, cuando un relativismo intelectual y moral amenaza con minar la base misma de nuestra sociedad, Newman nos recuerda que, como hombres y mujeres a imagen y semejanza de Dios, fuimos creados para conocer la verdad, y encontrar en esta verdad nuestra libertad última y el cumplimiento de nuestras aspiraciones humanas más profundas. En una palabra, estamos destinados a conocer a Cristo, que es "el camino, y la verdad, y la vida" (Jn 14,6). 

jueves, 24 de junio de 2010

Juan Bautista o las cosas claras

Oh Dios, que suscitaste a san Juan Bautista para que preparase a Cristo, el Señor, un pueblo bien dispuesto, concede a tu familia el don de la alegría espiritual y dirige la voluntad de tus hijos por el camino de la salvación y de la paz.

Sabemos de la importancia y el simbolismo de la fiesta de hoy:

-Nace en el solsticio de verano, cuando las tinieblas van a empezar a crecer, mientras que Cristo nacerá en el solsticio de invierno, cuando el día crece y las tinieblas retroceden porque Cristo es Sol de justicia,

-su nacimiento, "motivo de alegría para muchos" que dice el Evangelio, se celebra en la liturgia; pensemos que lo normal es celebrar el dies natalis, el día en que un santo entra en el cielo, no su nacimiento terreno... a excepción de la Natividad del Señor, de la Virgen y de San Juan Bautista, por la alegría que causan y por la importancia de sus personas.

En la oración colecta, inspirada en un texto lucano, se reza señalando que Juan Bautista venía a preparar a Cristo "un pueblo bien dispuesto". Esa es la misión de Juan. Para ello será profeta de soledades, austero, recio, interpelante. No se callará: lo que es pecado lo denunciará, lo señalará; no se hace el loco, ni disimula, para no ser desagradable, o pensando que "no pasa nada", que no se puede ser tan recto. Su voz es una voz clara: no busca halagar, ni que los oídos no se molesten; ni es un encantador de serpientes ni su voz es un canto de sirenas que engatusa. Habla claro, demasiado claro. Y lo que predica es la conversión, señalando a cada uno en qué debe cambiar (recordemos los evangelios de Adviento) con tal de llegar a Cristo.

La Iglesia, como san Juan Bautista, sólo puede predicar a Cristo y la conversión con amabilidad, sí, pero con firmeza.

sábado, 13 de marzo de 2010

Trabajarse por dentro (de cara a la Vigilia pascual)

Un trabajo interior, una puesta al día del dinamismo de nuestra alma e incluso de la psicología personal, un ejercicio espiritual: esto es el tiempo de la Cuaresma. Tiene un objetivo que es llegar a la Vigilia pascual renovados, habiendo crecido algo según la medida y la estatura de Cristo; pretende la Cuaresma que al llegar a la Vigilia pascual todos hayamos arrancado algo en nosotros de lo que se oponía a la acción de la Gracia de Dios, derribar algunas de las resistencias con las que queremos a veces frenar la actuación de Dios en nosotros.

¿Por dónde podríamos afrontar un trabajo interior de este tipo? Pongamos un objetivo concreto: fiarnos más de Dios, mayor confianza en Dios, porque esto nos dará una gran libertad interior. Leemos en el libro de los Proverbios: “Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia” (Prov 3). Si entramos en lo interior, y vamos adquiriendo conocimiento propio, conocernos como Dios nos conoce, veremos los obstáculos y resistencias para esta confianza absoluta en Dios.

-Quien “se fía de su propia inteligencia” es el hombre soberbio que cree que él solo, por sí mismo, por su valía personal y sin necesitar a Dios, puede construir su presente y su futuro, haciendo planes y proyectos queriendo poner a Dios a su servicio en lugar de ponerse él al servicio de Dios. Puede que incluso celebre los sacramentos y sea miembro de la Iglesia, pero Dios es un accesorio en su vida, un algo añadido y, existencialmente, superficial. No lo dirá conscientemente, pero en el fondo vive así, olvidando a Dios. Se fía de su propia inteligencia y como el hombre de la parábola, él echa sus cuentas, derriba sus graneros para construir otros más grandes queriendo controlar su incierto futuro. Se fía de su propia inteligencia el que juzga qué es bueno y qué es malo en su vida olvidando la lógica de Dios ya que muchas cosas concurren para nuestro bien aunque al principio las juzguemos malas o dolorosas según lógica humana.

-A veces son los miedos e inseguridades, difíciles de controlar, que se levantan en el alma y roban la paz. Convendrá serenar el alma, enfrentarse uno a los propios miedos, ponerles nombre, racionalizarlos y obre todo mirar a Jesucristo que, si nos hundimos en el mar como Pedro (asustado, mientras antes estaba andando sobre las aguas), y clamamos a Él, extenderá su mano. Los miedos, la angustia y la ansiedad deben confrontarse con el amor de Cristo, que lo vence todo; recordemos e integremos en nuestra vida el texto paulino: “¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿La angustia, la persecución, el hambre...?” (Rm 8,31).


-La desconfianza en el Señor tiene mucho que ver con una mala memoria y falta de visión sobrenatural. Mala memoria cuando se olvida uno de las acciones de Dios, de sus intervenciones salvíficas en nuestro pasado y cómo actuó en nuestra vida, falta de visión sobrenatural si somos incapaces de ver la Providencia de Dios y su Presencia en nuestra vida en cada momento. ¡Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados! Entonces, con una mirada de fe, la realidad se ve de manera muy distinta y clara.


En la Cuaresma trabajemos en la confianza atajando los miedos, creciendo en abandono, viendo la realidad con una mirada distinta y creyente. Pensemos que en la Vigilia pascual al renunciar al pecado, a Satanás y a sus obras, se nos preguntará:


¿Renunciáis a sus obras, que son:

vuestras envidias y odios;

vuestras perezas e indiferencias;

vuestras cobardías y complejos;

vuestras tristezas y desconfianzas...

vuestras faltas de fe, de esperanza y de caridad?

¿Renunciáis a todas sus seducciones, como pueden ser:
el creeros los mejores;

el veros superiores;

el estar muy seguros de vosotros mismos;

el creer que ya estáis convertidos del todo;
el quedaros en las cosas, medios, instituciones, métodos, reglamentos, y no ir a Dios?


El trabajo cuaresmal permitirá que respondamos de verdad en la Vigilia pascual.

viernes, 26 de febrero de 2010

Algunas sugerencias para la liturgia de Cuaresma

Tanto para los sacerdotes que leen el blog (algunos hay, ¡incréíble!, y hasta algún diácono) como para los fieles laicos, vendrá bien recorrer algunos textos litúrgicos para ser usados casi diariamente en la Cuaresma. La repetición de unos mismos textos o fórmulas da un marcado carácter de unidad a un ciclo litúrgico diferenciándolo netamente de otros tiempos.

Hay una serie de fórmulas en las que domina una idea que debe resonar ampliamente en la liturgia y en la espiritualidad de la Iglesia: la conversión; es tiempo de volver a Dios, de redirigir el corazón a Dios, ajustando la vida al Corazón de Cristo que vence al pecado. El saludo inicial de la Misa, propuesto por el Misal para el tiempo de Cuaresma, parece una exhortación profética en medio del desierto:

"El Señor, que nos llama a la conversión,
esté con vosotros".

La invitación al acto penitencial de la Misa , entre las que ofrece el Misal, podría ser la que más marcado carácter penitente posee, uniendo la conversión y la reconciliación tanto con Dios como con los hermanos:

"Al comenzar esta celebración eucarística,
pidamos a Dios que nos conceda
la conversión de nuestros corazones;
así obtendremos la reconciliación
y se acrecentará nuestra comunión
con Dios y con nuestros hermanos".

Siguiendo esta pauta, es conveniente que todos los días de Cuaresma, incluidos los domingos, la fórmula del acto penitencial sea el "Yo confieso..." y las aclamaciones cantadas "Señor, ten piedad" o el tono más sencillo de canto para el "Kyrie, éléison".

Añadamos como una constante litúrgica para toda la Cuaresma responder los fieles en la Oración universal a cada petición: "Señor, ten piedad" o "Kyrie, éléison".

La preparación de los dones en absoluto silencio, como prevé el Misal, recitando el sacerdote en silencio las fórmulas sobre la patena y el cáliz. ¡Necesitamos tanto del silencio en la Misa!

Tras la consagración, la aclamación de los fieles (¡nunca del sacerdote ni de los concelebrantes, sino de los fieles!), si se pudiera:

V/ Cristo se entregó en nosotros.
R/ Por tu cruz y resurrección
nos has salvado, Señor.

La invitación al Padrenuestro, breve, concisa, una sola frase en el rito romano (nunca un discurso catequético) encuentra una fórmula apropiada para la Cuaresma en aquella que recuerda la dimensión de reconciliación del sacramento eucarístico:

"Antes de participar en el banquete de la Eucaristía,
signo de reconciliación
y vínculo de unión fraterna,
oremos juntos como el Señor nos ha enseñado".

Y la fórmula diaconal para invitar a los fieles al sobrio intercambio del saludo de paz da un valor cuaresmal y reconciliador a este signo tan denostado (y puesto en este lugar por san Gregorio Magno):

"En Cristo, que nos ha hecho hermanos con su cruz,
daos la paz como signo de reconciliación".

¡Qué difícil es entonces darse la paz con autenticidad! ¡Signo de reconciliación, de perdón, de rehacer aquello que por el pecado hemos roto con los demás!

En Cuaresma es preceptivo recitar después de la postcomunión la oración sobre el pueblo antes de la bendición en lugar de la bendición solemne trimembre, y aconsejable hacerlo en las misas diarias de Cuaresma, siguiendo la costumbre antigua recogida y mantenida por el Misal del Beato Juan XXIII en su última edición.
Un ejemplo de esta oración super populum nos ilustra del sentido cuaresmal que posee el impetrar la bendición de Dios (los fieles se inclinan profundamente, el sacerdote extiende las manos sobre el pueblo y reza):

"Dirige tu mirada, Señor,
sobre esta familia tuya
por la que nuestro Señor Jesucristo
no dudó en entregarse a los verdugos
y padecer el tormento de la cruz".

Éstos son los textos apropiados y las fórmulas aconsejadas para todos los días de Cuaresma. Rezarlas e interiorizarlas nos ayudarán espiritualmente en el camino de conversión... porque la liturgia es vida y Espíritu, profunda espiritualidad en sus textos, oraciones y ritos, sin esteticismo.

lunes, 25 de enero de 2010

La conversión del apóstol san Pablo

San Pablo, en el camino de Damasco, con cartas para perseguir y arrestar a los cristianos, recibe la visita del Señor resucitado, se le aperece el Señor y desde ese momento originante Pablo cambia su vida. De perseguidor a apóstol. Es su conversión. Pero toda conversión, todo encuentro con Cristo, remite siempre a la Iglesia. Lo subjetivo de la propia experiencia personal se convierte en un don objetivo por el reconocimiento e inserción en la Iglesia.

La conversión de san Pablo es una conversión a Cristo vivido en la Iglesia, ¡y qué gran apóstol y propagador de la Iglesia! Nada de espiritualidad difusa, de sincretismo, de algo místico pero desencarnado como algunos pretenden: Cristo, sí, un personaje fantástico y espiritual, pero la Iglesia no, una institución humana.


Cuando el Señor se aparece a Pablo le dice: "¿Por qué ME persigues?" Pablo no perseguía a Cristo, para él estaba bien muerto; no, él perseguía a los cristianos como secta herética y traidora al judaísmo. Pero Cristo identifica a los cristianos consigo mismo, Cristo identifica a los cristianos como miembros de su Cuerpo y perseguir a los cristianos es perseguirlo a Él.


Ananías, que duda ante la conversión de Pablo como si fuera una técnica de espionaje, recibe el aviso del Señor. Ananías es figura de la Iglesia misma, que recibe a Pablo, lo bautiza y le impone las manos para el don del Espíritu Santo y luego lo instruirá con paciencia. El encuentro con Cristo conduce a la Iglesia.
Pablo entonces descubre el misterio y la vida de la Iglesia. Irá con el tiempo a ver a los apóstoles para estar en comunión con ellos, para que ratifiquen luego la originalidad de su misión con los hombres ajenos al judaísmo (la gentilidad). Su vida será crear comunidades, Iglesias, en toda la cuenca mediterránea.

Será el apóstol de Cristo y de la Iglesia, a la que definirá como "Columna y fundamento de la verdad", "Casa del Dios vivo", "Esposa de Cristo, sin mancha ni arruga... sino santa e inmaculada", "Cuerpo de Cristo".

La conversión, pues, no es la espiritualidad de moda de la New Age, ni una entrada en un misticismo despersonalizante, ni el descubrimiento de unos valores, sino encuentro con el Señor que nos incorpora al misterio mismo de la Iglesia. Cristo, SÍ, Iglesia, TAMBIÉN.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Neoconversos de hoy. La gracia sigue actuando


Que el Espíritu Santo actúa, es indudable, pero a veces parece que no lo viésemos ni sintiésemos. Su actuación es garantía de la presencia del Señor y de la eterna juventud de la Iglesia, que siempre se renueva, que siempre florece, que periódicamente nuevos tallos vienen a reverdecer. Pero a veces se nos olvida.

Los neoconversos han supuesto un impulso en la vida de la Iglesia; personas que no eran católicas han descubierto a Jesucristo y se han bautizado en la edad adulta; otros, provenientes del protestantismo o del anglicanismo, llegaron a la conclusión razonada y razonable que la Católica era la Iglesia fiel y original, el Tronco del que se desgajaron ramas y volvieron a su seno hallando en la Iglesia Católica su hogar, su Madre, su ámbito vital y salvífico; otros casos se producen por un acontecimiento de gracia siendo bautizados o incluso católicos con cierta vida cristiana, pero llega un momento de conversión tan fuerte que redescubre la vida católica, ¡con tanta alegría!, que viven entusiasmados (en su etimología griega: metidos en Dios).

Hay libros que recogen las grandes conversiones en la historia cristiana hasta nuestros días, y son revulsivos para la propia conciencia. Pero también hay conversiones pequeñas, silenciosas, anónimas, a fecha de hoy. En el confesionario de mi parroquia los he encontrado: son hermanos nuestros que viven apasionadamente la fe católica después de años de frialdad o indiferencia. Soy testigo de estos neoconversos, testigo feliz y siempre emocionado.

En todos los casos de neoconversos hay un dato común: un momento de gracia de Dios en la vida, ya sea una enfermedad o una circunstancia difícil donde recibió un testimonio de fe, ya sea un Cursillo de cristiandad, unos Ejercicios o algún tipo de Curso, convivencia o retiro. Este momento de gracia marca un antes y un después.

Otro punto común es lamentar sinceramente el tiempo perdido en su vida. Ven todo ahora con una nueva luz, van amando paso a paso a Jesucristo y se quieren entregar a Él, pero sienten –incluso lloran- el tiempo perdido porque conocían a Jesucristo muy poquito, lo vivían todo tal vez por rutina, por tradición, pero jamás con una fe personalizada, asumida e integrada en todo lo que eran y vivían. Sienten y de qué forma tan viva, las veces que han confesado rutinariamente en lugar de gozar de la Misericordia divina, las veces que han asistido pasivamente a la Misa, los momentos desperdiciados al escuchar las lecturas bíblicas y no dejarse interpelar por la Palabra, las predicaciones a las que no quisieron prestar atención, el déficit de formación que arrastran. Ahora quieren recuperar el tiempo perdido. Sienten que la experiencia de San Pablo en el camino de Damasco es tan real que ellos lo están viviendo ahora.

Asimismo, estos neoconversos descubren con mucha fuerza la vida interior. ¡Qué lección de entusiasmo ante tantos católicos apagados y “justitos” en todo! Hablan de su oración, del ofrecimiento de obras, de la lectura espiritual, de la visita al Sagrario, de la Misa diaria, del examen de conciencia, disfrutando de esos momentos y conscientes de que esa vida de oración y liturgia les da la vida, no pueden pasar sin ellos. Lo cuentan con sencillez, buscando entregarse del todo a Jesucristo. Se preocupan de la oración, de la vida litúrgica, del testimonio de vida, de amar más a Cristo cada día y también, cómo no, de formarse leyendo o en catequesis de adultos. ¡Qué diferencia con aquellos, tantos, que pudiendo tener todo esto, desaprovechan las ocasiones y se contentan con lo mínimo o con lo superficial!

Algunos en el confesionario incluso expresan que ahora que conocen a Jesucristo, sólo se ofrecen a Él y le preguntan cuál es su voluntad; quieren conocer qué misión les va a asignar el Señor, qué tarea, qué apostolado, porque piensan que si Jesucristo los ha llamado y convertido, será para algo.

Soy testigo de estos neoconversos. Vale la pena pasar tiempo en el confesionario esperando y disponible cuando de pronto llega alguien con una experiencia tan fuerte y que va dando los primeros pasos con entusiasmo y amor. Pero, por encima de los casos particulares, extraemos tres lecciones. La primera lección es que el Espíritu Santo actúa, y por tanto, jamás hemos de perder la esperanza. La segunda lección es que nos toca evangelizar muy en serio, mostrar a Cristo, llevar a los hombres al Corazón de Cristo y al seno de la Iglesia, porque tal vez nosotros, o la catequesis que llevamos adelante, el retiro que predicamos o el cursillo que impartimos, va a ser el instrumento que Dios emplee para tocar el corazón de alguien: por ello siempre habremos de emplearnos a fondo, dar sólidos conocimientos doctrinales, orar por quienes participen. La tercera lección sería aprender de quienes se convierten el entusiasmo y el amor cuando a veces venimos de vuelta del catolicismo y pretendemos ajustar el cristianismo a nuestra medida, con cierta dosis de apatía.

martes, 10 de noviembre de 2009

¿Estructuras o corazón?


En multitud de ocasiones, la responsabilidad personal se ha disipado proyectándola en lo común. Se habla de las estructuras injustas que son estructuras de pecado intentando siempre salvar la bondad absoluta del hombre y refugiándose en la maldad intrínseca de las estructuras. Todo un lenguaje teológico estaba referido a las estructuras animando a combatir el pecado social -el único que parecía existir- cambiando las estructuras, atacándolas, proyectando una especie de revolución del sistema.

Pero, ¿acaso las estructuras más perfectas, más justas y equitativas, no se pueden volver absolutamente tiránicas si no hay hombres buenos, corazones justos y santos? ¿Tal vez serán las leyes, o las conductas sociales, o los sistemas políticos, los que van a hacer triunfar la verdad, la bondad, la belleza, la justicia? El camino no es otro que el hombre, el hombre mismo. Es el hombre quien debe ser transformado, regenerado, porque sólo así el mundo puede cambiar. La sociedad jamás cambia a golpe de revoluciones: tarde o temprano demuestra su inestabilidad y sus puntos débiles. La sociedad sólo se transforma cuando hay hombres que han sido transformados. El mundo evoluciona a mejor en el momento mismo en que haya hombres que, tocados por la gracia, hayan cambiado el corazón de piedra por un corazón de carne; en el momento en que haya hombres que dejando "las estructuras injustas de su corazón" adopten el corazón nuevo de Cristo.

La predicación de Jesucristo estaba dirigida a la conversión personal porque cuando ésta se logra, el mundo se transforma, el Reino de Dios se va implantando. ¡El Reino de Dios está dentro de vosotros! La espiritualidad del Corazón de Jesús es, así pues, realmente transformadora tanto del hombre como de la sociedad, porque "Sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo" (Benedicto XVI, Ángelus, 19-febrero-2006). Éste camino es más lento que promulgar leyes y alentar revoluciones, cierto, pero a la larga es más eficaz, pacífico y verdadero.