El ejercicio que en algunas catequesis vamos haciendo es, con términos paulinos, "renovar la mentalidad", "renovar la mente", y modificando conceptos, prejuicios, adquirir ideas nuevas, alcanzar nuevas perspectivas con amplitud de miras y magnanimidad de corazón sobre la nueva evangelización.
Nos guía la conferencia que Ratzinger pronunció en el 2000, con motivo del Jubileo de los catequistas, sobre la nueva evangelización, de manera ponderada -como siempre-, certera. Así nos involucramos en un movimiento que debe abarcar e impulsar a la Iglesia entera y a cada miembro de ella. Pero antes que precipitarse en organigramas y técnicas, en dinámicas y reuniones de programación, habrá que imbuirse de una mentalidad evangelizadora, con conciencia clara de qué es lo que buscamos y adónde nos encaminamos todos. Se evitará así la dispersión de fuerzas, la improvisación o las direcciones distintas encontradas al final entre sí.
Ratzinger ya señaló, como estudiamos en las dos catequesis anteriores, primero la estructura de la nueva evangelización y su método, que es peculiar y corresponde a la verdad de la misión y de Cristo.
Un paso más, necesario, es pensar o repensar los contenidos esenciales de la nueva evangelización. ¿Qué hemos de comunicar?
¿Valores, solidaridad, un discurso social?
¿Sentimientos, emociones, buenismo moral?
¿Denuncia profética en clave social, lucha de clases?
¿Terapia de afectos, serenidad, equilibrio emocional?
¿Acaso son éstos los contenidos de la nueva evangelización?
"LOS CONTENIDOS ESENCIALES DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Conversión
Por lo que atañe a los contenidos de la nueva evangelización, ante todo hay que tener presente la inseparabilidad del Antiguo y el Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento se resume en el mensaje de Juan Bautista: ¡Convertíos! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no es posible llegar a Jesús sin responder a la llamada del Precursor. Jesús asumió el mensaje de Juan en la síntesis de su propia predicación: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15).
La palabra griega que se emplea para decir "convertirse" significa repensar, poner en tela de juicio el modo personal y el modo común de vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar ya simplemente según las opiniones corrientes. Por consiguiente, convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados con acciones dudosas, ambiguas, malvadas, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque resulte incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los hombres, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva.









