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martes, 24 de enero de 2012

En el Sagrario se descansa de todo: silencio y paz

“...Y ese el “descansad un poco” del Sagrario, almas que por buscarle compañía de amor os afanáis.

Bien está que os paséis los días andando caminos, saltando montes, atravesando ríos, visitando pueblos y llamando de puerta en puerta en busca de almas para vuestros Sagrarios; bien está que quitéis a vuestras noches de sueño horas y horas para alargar vuestros días de labor; bien está, pero descansad un poco ante vuestro Sagrario antes de empezar vuestro día y después de darle remate.


¡Al Sagrario! Cerrados los ojos y los oídos y la memoria y la imaginación y el pensamiento para todo lo de fuera, ¡a estar con Dios solo!

¡Ya lo sentiréis llegar...!, y si permanecéis quietecitas allí, ya lo oiréis hablar, y si no quiere hablar ya veréis después cuando volváis al trabajo cómo os hizo u os dejó algo.

Por lo menos esos ratos de descanso ante el Sagrario, os servirán para que apreciéis clara y distintamente la parte de Dios y la parte vuestra en vuestro trabajo pendiente, en el afecto dominante, en la idea que halagáis, en el celo, en la virtud, que al parecer os adorna...


¿Comprendéis por qué el Maestro invitaba tantas veces al reposo a sus cooperadores?


¡Es tan fácil que la agitación del trabajo cotidiano y aun del ministerio apostólico nos quite la vista de lo que pone Dios y ponemos nosotros en ellos y nos induzca a confusiones y a equivocaciones lamentables!


¡Descansad un poco! Y veréis cómo el reposo precipita al fondo de vuestra conciencia las miserias y torpezas de la parte del hombre y hace flotar las maravillas de misericordia y gracia de la parte de Dios... Y ¿os parece poco ir sabiendo en cada obra que hacéis, en cada beneficio o persecución que recibimos la parte de Dios para agradecerla y secundarla y la parte nuestra para corregirla, si es defectuosa, reforzarla, si es débil, anularla, si es perjudicial, o guardarla perseverante, si es buena?


Vuelvo a deciros, ¡a descansar un poco todos los días en el Sagrario!, ¡a estar a solas con Dios!


Trabajad con vuestros pies, con vuestras manos, con vuestra boca, con vuestra cabeza, con todo vuestro corazón... pero, ¡por Dios!, que no olvidéis el trabajar de rodillas..., esto es, ¡descansad un poco!”

 
Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 510-513.

domingo, 31 de octubre de 2010

La oración personal


“¡La oración! ¡La llave de oro que abre de par en par el Corazón de Jesús! ¡La luz divina que disipa todas las tinieblas y aclara todos los misterios! ¡El bálsamo que cura las heridas del alma, sana los cuerpos y perfuma la vida! ¡El secreto de la paz y de la dicha en medio de las penas acerbas, y receta de la más excelsa santidad!

¡Orar! ¿Hay algo más sabroso, consolador, reparador y eficaz que la acción expresada por este verbo? ¿Se dan cuenta los cristianos y aun los piadosos, de... la actividad que supone? ¿Cuándo se enterarán de que los verbos predicar, dar, enseñar, sacrificarse, ir, atraer, perseverar, redimir, no tienen más virtud activa que la que les preste su acción de orar?”


Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,
en O.C., vol. I, n. 891.

lunes, 30 de agosto de 2010

“Los salmos, modelo y prueba de cómo quiere ser tratado Jesús”


"Los salmos son, a la vez que la más bella fórmula de la “alabanza” a Dios, una “enseñanza” preciosa. David cantando a su Dios, enseña a su pueblo, a agradecerle, a desagraviarlo y a pedirle.

Nada más efusivo, íntimo y personal como la alabanza de los salmos. No es la alabanza del metro, ni del compás, ni del cálculo frío, ni del silogismo rígido. Es, según san Juan Crisóstomo, la satisfacción de una necesidad de nuestra naturaleza. Es la explosión de un corazón que arde y que no puede contenerse. Que alaba a su Dios cantando, ¡ya lo dijo san Agustín: “El que canta ama!” Y canta recreándose en las maravillas y bellezas de Él, de su poder, de su sabiduría, de su bondad, de su misericordia. Y en su exaltación le da forma humana y se deleita en la contemplación de sus ojos, de sus miradas compasivas y conquistadoras, de sus oídos siempre propicios y abiertos, de su boca de miel y de luz, de las trenzas de sus cabellos, de sus manos y de las maravillas de sus obras, y de las huellas de sus pies, de su paso por la creación de los mundos. Y vuelve sus ojos a sí mismo y sigue cantando la gratitud, la confianza, la contrición, el celo, la adoración, el temor, la alegría, los triunfos y las derrotas. Y tanto lo que canta de Dios como lo que canta de sí, ¡con qué variedad de formas, grados, matices, y con qué intensidad y espontaneidad de afectos!

Los gritos, anhelos y afectos de los corazones de los hombres, desde los más grandes y sublimados hasta los más oprimidos y miserables, tienen en los salmos de David su fórmula y su expresión.

¡Qué gran modelo, repito, de trato íntimo, afectuoso y personal con Dios, son los salmos!

Y sube de punto el valor de esta afirmación y de aquel modelo, si se tiene en cuenta el carácter cristológico de los salmos".

Beato D. Manuel González, Así ama Él, en O.C., Vol. I, n. 304.

martes, 17 de agosto de 2010

Modo de hacer la oración personal

"1º ¿Cuál es el mejor modo de orar?

Respondo con estas hermosísimas palabras de san Pablo de la Cruz: “No os digo que hagáis la oración a mi modo, sino al de Dios... Dejad a vuestra alma libertad para tomar su vuelo hacia el soberano Bien, según Dios la conduce”.

2º ¿Son necesarios los libros y los métodos para hacer oración?


Necesarios en absoluto, no; convenientes para algunas almas y en determinadas situaciones, sí. Muchos y muy buenos y fructuosos libros y métodos han compuesto los santos y los autores de ascética, singularmente desde el siglo XVI, en que los excesos y desvaríos del iluminismo, del quietismo y del jansenismo pusieron en peligro de extravío a las almas. Pero no se olvide jamás que no pasan de ser auxiliares, temas, guías y rectificadores externos de oración; hablan y obran por de fuera, y que el gran Agente interior, el siempre eficaz y con el que hay que contar siempre es el Espíritu Santo, que es el que habla y obra en el interior.

3º De entre todos los libros de oración mental, ¿cuál es el mejor?

Sin duda, el santo Evangelio, leído, a ser posible, delante de un Sagrario o mirando hacia él, a la luz de la lámpara de la fe viva, que meta en el alma la más firme persuasión del “ahí está” de la real presencia...
No tengamos jamás prisa por hacer oración mental o vocal sin penetrar lo más íntimamente que podamos en la real presencia de Jesús en el Sagrario, si allí oramos, o de Dios en otro cualquier lugar en que oremos. Mientras no estemos llenos de esta persuasión: Jesús me mira, me oye, me quiere, espera con interés mi conversación, no tendremos buena oración.

4º ¿Será bueno valerse de algún comentario del Evangelio?

Indudablemente, y los hay excelentes; pero no se olvide que, como intérpretes y comentaristas del Evangelio, son insustituibles la confianza ciega en el amor misericordioso del Corazón de Jesús Sacramentado, que sabe, puede y quiere curarme, y el conocimiento de nuestra miseria e indigencia, como la de uno de tantos ciegos, cojos, baldados, incurables, hambrientos, endemoniados del Evangelio...”

Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,

en O.C., Vol. I, nn. 1137-1138.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Oración de intercesión


“Ese pedir unos por otros al Padre de todos, ¡qué abundante y espléndidamente está comprobado en el Evangelio! Ésa es precisamente la eficacia asombrosa de la intercesión.

Uno de los puntos de vista más interesantes para penetrar y contemplar las intimidades del Corazón de Jesús y recrearse ante un mundo de maravillas y encantos es lo fácil que se muestra en el Evangelio a la intercesión.

El Evangelio enseña que no eran siempre los necesitados de milagros los que pedían y obtenían, sino que unas veces no eran pedidos, aparentemente al menos, y otras veces, quizás las más, aquellos milagros y aquellas grandes curaciones eran solicitados y alcanzados por un mediador, pariente, amigo o simplemente un compadecido del doliente.
Asimismo consta que no eran siempre santos, ni aun leales de Jesús, los que se acercaban a abogar por otros.

Tratando de descubrir el porqué de ese proceder de Jesús, ¡qué misterios de misericordia, qué milagros de condescendencia, qué delicadezas tan divinamente humanas y tan humanamente divinas se encuentran!
Yo invito a las almas sedientas de secretos y de intimidades del Corazón de Jesús en su vida de Sagrario a que repasen y saboreen esos milagros de la intercesión y les aseguro una cosecha óptima de sorpresas y aspectos y saboreos de su amor insospechados, sobre todo si en esas intercesiones tan eficaces reparan en la desproporción tan enorme ante el ruego, la advertencia o el simple aviso del intercesor y la respuesta de poder, de amor, de docilidad, de todo un Dios-Hombre.

No se lee que jamás rechazara la intercesión de amigos, en cambio llegaba hasta obedecerlos con la fidelidad de un criado que va detrás de su señor a lo que mande.

¡Cuántas veces expone el evangelista la respuesta de Jesús a alguna petición que se le hacía en favor de otro, con estas palabras: Jesús se ponía a seguirlo!

Y cuando la intercesión era desordenada, en vez de rechazarla, la rectificaba y rectificada la concedía. ¡Que lo diga la mujer del Zebedeo!

Entremos, almas de Sagrario, en esas intimidades de Jesús y en esos secretos para obtener de su Corazón cuantos favores queramos y necesitemos.

Continuemos desentrañando el secreto de la eficacia de la oración que se hace a Jesús por intercesión y por medio de otro”.
Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 908-909.

lunes, 2 de agosto de 2010

El Evangelio en el Sagrario


“El Jesús del Evangelio es el mismo Jesús vivo del Sagrario.

Aquí como allí dice y hace lo mismo. ¡Ah! ¡Si esta fe viva en Jesús vivo Sacramentado invadiera y llenara nuestra alma!

¡Con qué ganas se exclamaría, se gritaría, ante estas efusiones de la Misericordia divina sobre la miseria humana!: ¡Bendita la oración, que lleva como de la mano y dobla las rodillas y abre las bocas, y arranca los gemidos y las lágrimas de los miserables y coge como el Corazón al Padre del cielo y al Hermano divino del Sagrario y les invita y obliga y empuja a hacer milagros de perdones de almas, de curaciones de cuerpos, de resurrecciones de cuerpos y de almas, de lágrimas trocadas en perlas de diadema y de tierras de abrojos trocadas en cielos de delicias!

Firme en mi propósito e hacer de esta nobilísima ocupación del alma la ocupación diaria, frecuente y, aun diría, perenne, ante la Casa de Jesús vivo en la tierra, de todos los hombres, desde los niños y rudos, hasta los consumados en saber y en santidad, quisiera presentar página por página esta variadísima y pintoresca serie de modos de orar del Evangelio, para trasladarlos a los Sagrarios cristianos; pero ¡cuántos libros se necesitarían! He de contentarme con presentar, a modo de índice, fórmulas y maneras de orar del Evangelio, dejando a la acción del Espíritu Santo y a la cooperación de la buena voluntad de cada uno el saboreo de ellas y la adaptación de las mismas al estado de Jesús en el Sagrario y a la situación de cada alma”.

Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 900-901.

sábado, 24 de julio de 2010

El Evangelio en nuestra oración


“Bien meditado, el Evangelio es todo él una oración. El Evangelio es Jesús hablando con su Padre en nombre de los hombres o con éstos en nombre de su Padre, o son los hombres hablando con el Padre por medio de Jesús y el Padre hablando con los hombres por medio de su Hijo. Siempre en diálogo afectuoso expresado por medio de palabras, de obras, de miradas, de gestos, de lágrimas, de alabanzas, de acciones de gracias, de bendiciones...

Y bajo este aspecto, ¡qué gran maestro de oración, y de oración en todas sus formas y en todos sus grados, es el Evangelio! Leyendo despacio el Evangelio, necesariamente se aprende a orar de todos los modos en que se puede orar.

Por sus páginas se ven desfilar, ante la Misericordia infinita del Corazón de Jesús, representaciones de todas las miserias humanas desde las más materiales y groseras hasta las más espirituales; desde el leproso, condenado al aislamiento y al asco de los hombres, hasta Dimas, pidiendo el cielo en el cadalso; desde los niños hebreos cantando el ¡Hosanna! del triunfo de Jesús, hasta el aullido de los endemoniados pidiendo libertad.


¡Cuántas miserias de rodillas y con los brazos suplicantes ante el amor misericordioso del dulce Nazareno que pasaba, nos presentan las páginas el Evangelio! Y ¡cuántas veces se enternece nuestro corazón ante el Sí grande, majestuoso, omnipotente, con que responde y se pone a mirar al afligido y confiado suplicante!

¡Ah! ¡Cómo ante las caricias de esa Misericordia tan propicia y tan para nosotros, se vienen ganas de pasarnos la vida orando y casi, casi de tener más miserias que contar y que exponer para tener más ocasión de vernos envueltos en aquellas miradas de bondad y atraídos por aquellas preguntas de curiosidad tan de padre y bañados y ungidos en la virtud de aquellas manos, de aquellos ojos y hasta de aquella orla de su vestido!

Si san Agustín, en un santo atrevimiento de amor, pudo exclamar: “¡Oh feliz culpa que mereció tener tan grande Redentor!”, la gratitud del corazón humano puede prorrumpir en este grito: “¡Feliz miseria, que hace probar y gustar a los desgraciados hijos de Eva las dulzuras de las misericordias del Padre que está en los cielos y del Hijo que vive en los Sagrarios de la tierra!”.

Beato D. Manuel González, Oremos en el sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 898-899.

lunes, 19 de julio de 2010

¿Cómo se ora?

“Con esta noción sencilla, pero fundamental de la oración, puedo responder: Se ora como se pide y se pide según se siente la miseria propia y según se cree y se confía en la misericordia de Dios.

A más conocimiento de aquélla y a mayor fe y confianza más viva en ésta, más eficaz oración.

Por eso toda oración envuelve o exige algo de nuestro entendimiento como meditación, reflexión o contemplación de las necesidades propias, voluntarias o involuntarias, de sus causas, efectos remedios posibles y comparación con las ajenas y para eso ayudan los libros ascéticos, la conversación de los buenos, la contemplación de la naturaleza, etc., y algo, lo principal, del Espíritu Santo, Agente Supremo del mundo sobrenatural, infundiendo, excitando, fomentando, avivando nuestra fe y nuestra confianza y nuestro descanso en la Misericordia de Dios, para que más claramente veamos y más fuertemente sintamos y saboreemos a Dios, Padre rico que ha hecho de la oración llave de sus tesoros en favor de nosotros, hijos pobrísimos.


Meditando, pues, solamente o con sólo el ejercicio de nuestro entendimiento, no oramos; sino conversando afectuosamente con Padre Dios sobre nuestras necesidades, dejándonos llevar de la moción o impulso del Espíritu Santo.


Y como con este divino Introductor contamos siempre, ¿quién podrá decir con verdad que no puede echar un rato de conversación afectuosa con Dios como de hijo pobre con su Padre rico y bueno?


A los que dicen: yo no sé orar, yo no puedo orar... decidles: ¿Pero tan rico, tan perfecto, tan señor, tan cabal, tan independiente, tan sin faltas ni peligros eres tú que no necesitas de Dios?


Y aunque así fueras, ¿no necesitas siquiera darle gracias por tanto como te di y pedírselas para que no lo pierdas? ¿O es que no crees que Dios, tu Padre, quiere y puede y ha prometido pro ese medio remediarte?

¿Quién no necesita pedir a Dios?


¿Todos? Pues todos necesitamos orar”.
Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 895-897.

martes, 13 de julio de 2010

Comprender qué es la oración


“San Agustín definía bellamente la oración como “la omnipotencia del hombre y la debilidad de Dios”. Por eso afirmaba que orar es pedir. San Juan Damasceno entendía la oración como “la petición de las cosas convenientes”. A la pregunta “¿Qué es orar?” responde el catecismo de Ripalda diciendo que es “levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes”. Y con frase graciosamente honda, santa Teresa la define así: “Tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. Santa Teresita del Niño Jesús se expresa así: “¡Qué grande es el poder de la oración! Se la diría una reina que en todo momento tiene acceso libre al rey, y que puede conseguir todo lo que pide. Para que sea escuchada no es necesario leer en un libro determinada fórmula compuesta para las circunstancias... Para mí la oración es un impulso de l corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio de la tribulación, como en medio de la alegría. En fin, es algo sobrenatural que me dilata el alma y me une con Jesús”.
Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, n. 894.

miércoles, 7 de julio de 2010

Lo "fácil" de la oración

Ayer recordábamos las tres normas para predicar o dar catequesis: rezar, estudiar y amar. ¡Qué buena síntesis!

Tal vez alguien -de los "superocupados", de los que son "muy pastorales ellos"- pensará que lo de "orar" no es para tanto, ni es tan importante: lo importante son las reuniones, el estar en el bar para estar con la gente, organizar una "chocolatada" y un teatrito... y verán pérdida de tiempo tanto el estudiar como el orar. Una lástima, claro, porque luego se nota y repercute en todo.

Centrémonos hoy en un punto: la oración. ¿Tan difícil es? ¿Nos cuesta tanto conversar con Cristo en el Sagrario? ¿Tanta "pastoral" hay que luego no hay tiempo de estar "con el Señor de toda pastoral", con el Buen Pastor?

Pues para todos vendrá bien -empecemos por los sacerdotes "tan pastoralistas"- la sencillez de la oración. 



"¿No es cosa difícil? ¿No está vedado a los rudos, a los ocupados, a los activos? ¿No es de sólo los escogidos o de los moradores de los claustros? ¿No ha menester estudios o preparativos prolijos? ¿Cómo se ora?...


martes, 22 de junio de 2010

Grandeza del Evangelio


“Una fotografía de Jesucristo, por muy bien hecha que hubiera resultado, sería siempre un retrato de Él por fuera y en una sola actitud; el Evangelio es el retrato de Jesucristo por dentro y por fuera en variadísimas actitudes.

¿Os habéis dado bien cuenta del valor de un libro que nos retrata al vivo al ser más querido de nuestro corazón, en sus lágrimas de pobre y de perseguido y sus triunfos de Rey y de Dios, que nos conserva la descripción de sus hechos, de sus milagros y de sus virtudes, nos guarda sus sentencias, sus parábolas y sus promesas, y que, para prevenir toda duda y matar toda incredulidad, se nos presenta con todas las garantías humanas y divinas de autenticidad?

No es un santo más o menos regalado por Dios de celestiales revelaciones, no es un milagro atestiguado por mayor o menor número de testigos, es la misma Tercera Persona de la Trinidad augusta la que se ha cuidado de velar por la exactitud y verdad de ese retrato del Hijo de Dios hecho hombre.

Amigos, demos una y muchas veces gracias al Espíritu Santo por el riquísimo regalo del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.


sábado, 19 de junio de 2010

Silencio interior en el Sagrario


“Será el Evangelio el mago prodigioso que nos haga oír ruidos de palabras en donde el resto de las gentes no oye nada. ¡Oh palabra divina del Jesús de mi Sagrario, toca a mi oído, entra en mi alma, y quédate allí resonando con eco inextinguible!

Callad, lengua mía, sentidos míos y potencias mías; callad, pasiones de mi alma y nervios de mi cuerpo; callad, recuerdos del pasado y ambiciones tumultuosas de lo porvenir; callad, que voy a mi Sagrario a escuchar la voz dulce, que no habla más que a las almas en silencio...

¿Os enteráis? En el Sagrario hay tiempo de hablar y tiempo de callar. Hablad cuanto queráis; pero después callad cuanto podáis; en silencio exterior e interior esperad; ya recibiréis la respuesta... ya oiréis...”


Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, n. 493.

martes, 15 de junio de 2010

El Evangelio leído en el Sagrario: fotografía del Corazón de Jesús


“Hora es ya de descubriros al gran revelador del Sagrario, el gran confidente que está en el secreto suyo, el amigo íntimo que nos puede hacer entrar en ese alcázar de las misteriosas maravillas del Sagrario.

Tenéis prisa por saber su nombre, ¿verdad?

¡El Evangelio!

Es ése el dedo poderoso que va a levantar ante vuestra vista asombrada el velo de aquellos arcanos, y ése es el mensajero que Dios bueno os envía para que vuestros ojos y vuestros oídos de carne puedan ver y oír, si milagro ni revelaciones especiales, lo que en el Sagrario se dice y se hace.

¡El Evangelio!

¿Pero os habéis fijado en lo que es y lo que vale el Evangelio?

Algunas veces nos hemos lamentado de que no se hubiera conocido el arte de la fotografía en los tiempos de la vida mortal de nuestro Señor Jesucristo para haber tenido el consuelo, grande por cierto, de conservar su retrato. ¡Qué alegría poder recrearse en una fotografía de la que pudiéramos decir: ése era Él!

Ese retrato, sin embargo, no nos había de dar más alegría que la que nos proporciona el Evangelio".


Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, n. 393.

lunes, 7 de junio de 2010

El sacerdote y el Sagrario: su mejor Amigo y Compañía


“¡Con qué gusto habla un sacerdote del Sagrario!, del Sagrario en que vive el Jesús que lo ha hecho su consagrante, su repartidor, su guardián, su vecino, su confidente, su... inseparable.


¡El sacerdote y el Sagrario! ¡Dios mío! ¡Lo que da que decir y que pensar y que amar y que agradecer y que derretirse la unión de esas dos palabras!

¡Por qué pensar que con valer tanto y tanto el Sagrario, la divina largueza lo ha unido tan estrechamente al sacerdocio, que sin uno no puede existir el otro!...

¡Sin sacerdocio no hay Sagrario!

¡Qué alegría, hermanos, inunda mi alma de sacerdote al ver mi vida tan entrelazada, por así decirlo, con la existencia del Sagrario!

¿Qué le importa a un sacerdote no ceñir a sus sienes coronas de conquistador, de héroe, de sabio o de otras grandezas de aquí en la tierra, si puede saborear ante el cielo y ante la tierra el gusto inacabable de esa palabra; soy el hombre del Sagrario?

Por eso, para la lengua y para la pluma de un sacerdote no hay tema de conversación ni más delicioso, ni más propio, ni más interesante, que el hablar del Sagrario. Tanto más, cuanto que ese Sagrario de sus amores y que se ha instituido para ser conocido, amado y frecuentado, padece desconocimientos y abandonos inconcebibles, no sólo por parte de los que viven lejos de él, sino de los que viven o debieran vivir cerca, muy cerquita...


sábado, 29 de mayo de 2010

Percibir a Jesucristo en el Sagrario

“Pero, ¿en dónde me encontraré con Él?

¡Soberana realidad de los Sagrarios cristianos, ven a dar a mi alma la respuesta y la seguridad de su dicha!

Dile que sí que el Jesús de la virtud aquella vive todavía y vive muy cerca de mí, junto a mi casa, ¡en el Sagrario!


Di a mi alma y di a todas las almas que quieran oír, que en el Sagrario vive el mismo Jesús de Jerusalén y Nazaret, con su mismo Corazón tan lleno, tan rebosante de virtud de sanar y tan abierto para que salga perennemente en favor de todos...


Desde que he meditado así el Sagrario, ¡cómo se ha agrandado ante mis ojos y ante mi corazón!


El Sagrario no está ya limitado por las cuatro tablas que lo forman, ni aun por los muros que lo cobijan. El Sagrario se extiende mucho más.

El Sagrario será el límite de las especies sacramentales, pero no de la virtud que debajo de ellas constantemente brota.


Yo ya miro al Sagrado Corazón de Jesús en el Sagrario como un sol que irradia luz, calor y vida del cielo en torno suyo en una gran extensión, como un manantial de agua medicinal siempre corriente en muchas direcciones, como un delicioso jardín esparciendo siempre los aromas más exquisitos...


¡Ay!, si nuestros sentidos no fueran tan groseros, ¡qué impresiones tan deleitosas recibirían alrededor de los Sagrarios!

¡Cómo me explico ahora aquella atracción que se dice sentían algunos santos hacia el Sagrario, aun ignorado, por cuyas cercanías pasaban!
¿No sería quizás que sus sentidos espiritualizados percibirían ya el ambiente del lugar de los Sagrarios?

¿Te vas enterando ahora de lo que significa esa frase sobre la que quizás habrás pasado muchas veces distraído: tener Sagrario?


¿Ves ahora lo mal que se unen estas dos ideas: tener Sagrario y seguir siendo desgraciado?
¡Pues qué!, la virtud aquélla de sanar que exhala siempre para todos el Corazón de Jesús de aquel Sagrario, ¿no es bastante para acabar con todas tus desgracias?

¡Jesús sacramentado! En esa oscuridad, en que el abandono de los hombres te tiene sumergido, te confieso Luz de la Luz de Dios y única Luz del mundo.
En ese silencio, a que voluntariamente te has reducido ahí, yo te proclamo Palabra substancial de Dios y única Palabra creadora, restauradora, glorificadora y deificadora. En esa inmovilidad, a que te has obligado ahí, yo te reconozco Vida de Dios y única Vida de todo lo que vive”.

Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 409-411.

miércoles, 3 de febrero de 2010

“Jesús Hombre hablando con Dios y de Dios”


"En la mayor parte de los salmos, si no en todos, se habla en nombre y representación de Jesús, o se cuenta por anticipado su vida y su obra por medio de la gracia y de la gloria.

Pío X, de santa memoria, ha proclamado con emoción: “Es imposible no sentirse inflamado de amor ante el pensamiento de que bajo la letra de los salmos se deja adivinar la imagen de Cristo hábilmente delineada”.

En los salmos, si el sonido de la letra cuenta la historia del pueblo de Israel, la intención del Espíritu Santo, su inspirador, cuenta la prehistoria de la Iglesia, de su Cabeza y de sus miembros. En los salmos, quien canta, quien ora y quien habla, o de quien se habla, es Cristo por boca de David.

Leyendo los salmos podemos afirmar, sin medio de duda: así canta Jesús, así siente, así ora, así habla a su Padre en las distintas circunstancias de su vida en la tierra, viviendo con los hombres. ¡Cuántas veces nos presentan los evangelistas a Jesús repitiendo salmos o aludiendo a lo que en los “salmos estaba escrito de Él!”. ¿Será faltar a las leyes de la lógica deducir de esa afirmación esta otra: así debo yo cantar, sentir y hablar ante el Jesús de mi Misa, de mi Comunión y de mi Sagrario?

¡Ah! ¿tiene algún parecido mi oración formularia, casi siempre rutinaria y distraída, monótona, fría, sin los altos y bajos de la emoción y de la espontaneidad, con el lenguaje movido, apasionado, graciosamente salpicado de resoluciones, entregas, agradecimientos, preguntas y respuestas, mojado con lágrimas de contrición, ungido con suspiros de esperanzas, con gritos de triunfo y con sollozos de súplica de los salmos?

Éste es el trato íntimo, afectuoso y personal que el Corazón de Jesús quiere y tiene derecho a esperar de sus amigos.

Aquél es el trato, si no de los malos amigos, de los despegados.

¡Qué triste adjetivo para ponerlo a continuación de éste, infinitamente bello y sustantivo: ¡Amigo! ¡Amigo despegado de Jesús!”

Beato D. Manuel González, Así ama Él, en O.C., Vol. I, nn. 305-306.