Una de las categorías máximas del lenguaje cristiano es la de "encuentro", porque remite a una relación personal, a una Presencia que se da y que es acogida.
El cristianismo jamás fue un razonamiento (una "gnosis"), ni tampoco fue una causa (revolucionaria, social). El cristianismo es el encuentro con el Señor, simplemente, porque Él está vivo hoy y para siempre, y sale a nuestros caminos.
La Pascua de Jesucristo es la posibilidad del encuentro no sólo con sus contemporáneos, en el siglo I, sino la posibilidad real de ese mismo encuentro hoy, porque Él se hace contemporáneo de todas las generaciones al ser Señor del tiempo, glorificado.
La misma alegría y la misma transformación de los discípulos, de los apóstoles, de las mujeres, de todos los que le vieron y oyeron y convivieron con Él es posible para nosotros. La vida cristiana es fruto para siempre de ese encuentro: ¡ah!, y cómo se nota a quien se ha encontrado de verdad con Él, porque vive de otro modo, descubre la realidad de forma nueva, su mirada es limpia... todo es cambiado en la persona que ha sido amada por Cristo.
Este es uno de los prodigios de la Pascua: que el encuentro con Cristo es real hoy para nosotros.
"«Surrexit Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual).
Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las
palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en
encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros
discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn
20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los
días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha
resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».
Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un
encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace
sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo
superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura
completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama
a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado
un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza»,
significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con
Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo
que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad.
















