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martes, 10 de abril de 2018

Encontrarse con el Resucitado

Una de las categorías máximas del lenguaje cristiano es la de "encuentro", porque remite a una relación personal, a una Presencia que se da y que es acogida.

El cristianismo jamás fue un razonamiento (una "gnosis"), ni tampoco fue una causa (revolucionaria, social). El cristianismo es el encuentro con el Señor, simplemente, porque Él está vivo hoy y para siempre, y sale a nuestros caminos.

La Pascua de Jesucristo es la posibilidad del encuentro no sólo con sus contemporáneos, en el siglo I, sino la posibilidad real de ese mismo encuentro hoy, porque Él se hace contemporáneo de todas las generaciones al ser Señor del tiempo, glorificado.

La misma alegría y la misma transformación de los discípulos, de los apóstoles, de las mujeres, de todos los que le vieron y oyeron y convivieron con Él es posible para nosotros. La vida cristiana es fruto para siempre de ese encuentro: ¡ah!, y cómo se nota a quien se ha encontrado de verdad con Él, porque vive de otro modo, descubre la realidad de forma nueva, su mirada es limpia... todo es cambiado en la persona que ha sido amada por Cristo.

Este es uno de los prodigios de la Pascua: que el encuentro con Cristo es real hoy para nosotros.


"«Surrexit Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual). 

Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad. 

miércoles, 10 de enero de 2018

La esencia del cristianismo



            ¡Qué cierto es que a veces las ramas no dejan ver todo el bosque! Es muy fácil perder una visión de conjunto que sitúe ante las cosas y detenernos en aspectos parciales o incluso periféricos. ¿Qué es el cristianismo? ¿Qué es ser católico? ¡Cuántas respuestas distintas, opuestas entre sí, incluso extravagantes, tendríamos que oír si formulásemos esa pregunta! Sin embargo, ahí es donde se juega el todo. Porque... tal vez, puede sólo que tal vez, estemos despistados.



Si os parece, hay un concepto que expresa muy bien lo que andamos buscando e intentamos hoy definir: la esencia del cristianismo. Retornemos a la esencia del cristianismo: ¡DIOS ES AMOR!, y, como dice San Juan, “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”. Dios nos ha amado primero y nosotros sólo podemos acoger y corresponder a ese amor “inaudito”. Esto es lo que corresponde al deseo más profundo del corazón humano, capaz de infinito, capaz de Dios (capax Dei): ser amado gratuita y totalmente.

            Un párrafo magistral de la encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI apunta a esta realidad: 


““Hemos creído en el amor de Dios”: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1).


El cristianismo no es una ética para un comportamiento social virtuoso, ni una ideología al servicio de ningún poder político, ni una filosofía que muestre y señale unos razonamientos, ni el conjunto de unas costumbres configuradoras de una cultura, pero vacías hoy de contenido vital o impacto social, tradiciones y costumbres a las que a veces no les vemos el sentido original-cristiano por las que nacieron: el cristianismo es el encuentro con la persona de Jesucristo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Fascinados por Cristo

Fascinarse por Cristo, o mejor, ser fascinados por Él, es la clave para entender el movimiento que se desata: seguir al Señor.

Ya nada se entiende sin Él, ya nada tiene luz ni sabor ni color ni dulzura sino está Él.


Los apóstoles lo experimentaron, y al igual que ellos, todos los santos se sintieron fascinados por Jesucristo, por su Palabra, o por su Presencia, o por su mirada. Todo cambió en ese momento.

Cristo fue para ellos lo más decisivo, lo más importante que pudo ocurrir en sus vidas.

Esa fascinación los sacó de sí mismos, de su encerramiento y hasta de su egoísmo; los sacó de la rutina mortal, del sinsentido, y se pusieron a caminar tras Aquel que los amó de verdad como nadie nunca los había amado.

Por eso esta es la clave: ser fascinados por Cristo, y se repite constantemente, a cada paso de la historia de la Iglesia.

domingo, 22 de marzo de 2015

El encuentro (Palabras sobre la santidad - XII)

Se equivocaría quien pensase que la santidad se origina por el compromiso u opción personal del bautizado, basado en sus propias fuerzas, méritos y recursos humanos. Esa era la herejía pelagiana combatida por san Agustín que aflora con nuevo lenguaje en todas las épocas de la Iglesia.


La santidad es un don, un misterio, una gracia, que nos viene dada: depende de la gratuidad de Dios que se da y que espera, eso sí, una respuesta por parte del hombre, una correspondencia. Esto se puede expresar muy adecuadamente con la categoría "encuentro".

"Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Benedicto XVI, Deus charitas est, n. 1)

domingo, 18 de enero de 2015

La mediación para el encuentro

La gracia del encuentro con Cristo es actual, eternamente perenne porque el encuentro con Cristo es posible ya que Él es una Presencia, está vivo, resucitado. Con ello podemos comprobar, y cuántos testigos hay a lo largo de la historia de la Iglesia, que Jesucristo no es sin más un personaje del pasado al que no tenemos acceso, relegado ya a la memoria de los libros de historia, ni es un ideal, una idea ética o moral elevadísima; que no es un gran filósofo entre otros filósofos, ni un personaje religioso en paridad con otros personajes religiosos.


El encuentro con Cristo es posible, real y concreto en el hoy de nuestras vidas, lo que no puede ocurrir con nadie más: todos pasaron. Este encuentro con Cristo determina la vida, como un Acontecimiento singular de Gracia, transformándola. ¡Es lo mejor que nos ha podido pasar! Por eso poseen tanta fuerza las palabras de Benedicto XVI que siempre están en el blog como una referencia:

"Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Benedicto XVI, Deus charitas est, n. 1).

El encuentro con Cristo es una Gracia y un Don: Cristo pasa por la vida. Nadie llega a Él por un análisis racional de sistemas filosóficos y religiosos, con unas deducciones; ni verificando las propuestas religiosas de todas las religiones. Uno llega a Él porque Cristo pasa para que el encuentro sea posible.

domingo, 18 de agosto de 2013

¿Qué pensamos que es evangelizar?

La Iglesia vive para evangelizar. Evangelizar es la dicha y la tarea constante de la Iglesia.

Ella es fiel a su Señor cuando evangeliza, es decir, proclama el Evangelio llevando a los hombres a Cristo, permitiendo que todos conozcan, amen y sigan a Jesucristo.


Puede ocurrir que la evangelización se confunda con otras acciones, o desvirtuemos en parte la evangelización con otros elementos que, siendo buenos, tal vez sean periféricos o secundarios.

La transformación de estructuras sociales no es evangelizar; ni la filantropía es evangelizar. Sabemos bien por experiencia que evangelizar no es un momento -un acto, un encuentro, unas primeras comuniones, una obra de teatro- que convocan a muchas personas durante un rato y luego desaparecen. Evangelizar es un proceso más lento y más constante porque ha de llegar al corazón de la persona y no contentarse con algo superficial, engañándonos a nosotros mismos.

Y es que evangelizar es anunciar a Cristo y acompañar a las personas concretas para que lleguen a un encuentro personal con el Señor y ahí vayan siendo transformadas por el amor de Jesucristo y la escucha de su Palabra.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Lo primero y lo secundario (pongamos orden en la pastoral)

A veces las fuerzas se debilitan en las cosas secundarias del cristianismo, entendiendo secundarias no como relativas, sino como aquellas realidades que han de ir en segundo lugar; y lo primero, lo que es realmente prioritario en el cristianismo, a veces lo damos por conocido, o por suficiente. Dicho con el refranero: construimos la casa por el tejado.

¿Qué es lo primero?

Siempre, realmente siempre, llevar a la persona de la mano para que se encuentre cara a cara con Jesucristo (en la oración, en la liturgia, en la predicación, en un retiro, en un cursillo de cristiandad... ¡en todo lo que se haga!), porque el encuentro con Cristo es donde nos lo jugamos todo. Ahí sale uno feliz, pleno, transformado. El Evangelio es un relato maravilloso de encuentros con Cristo, y la narración de cómo salieron transformados de aquel encuentro.

¿Qué es lo secundario?

Lo que viene después es que la persona se "rehace", se construye de nuevo, alcanzando una personalidad cristiana. Ésta incluye una mentalidad cristiana que le permite discernir según el Espíritu todas las realidades. Y esta personalidad cristiana incluye la moral, la ley nueva que ilumina la conciencia y la forma y la lleva a actuar según Cristo. Pero esto es fruto de quedar transformado cuando uno se sitúa ante Cristo y se sabe amado, perdonado y redimido por Él.

Estos puntos son fundamentales para orientar no sólo la pastoral, la formación y la evangelización, sino también para el propio lenguaje cristiano y para la formulación de la teología y pensamiento cristianos. Primero es conducir al hombre hasta que se encuentre personalmente con Jesucristo y quede impactado; y fruto del estupor de este encuentro, ayudarle en el proceso de conversión y seguimiento.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Inmediato seguimiento

Sorprendente encuentro: la respuesta de san Mateo no puedo ser más rápida ni inmediata. A una simple orden del Señor, "sígueme", se levanta sin titubear, lo deja todo y va tras Jesucristo.

Su vida cambió desde entonces, libre de sí mismo y del peso de sus riquezas. Aquel que era recaudador de impuesto, un liquidador de impuestos para el sistema y que percibía una parte abundante para sus bolsillos por su trabajo, ahora es libre.

¿Qué fue lo que pasó? 

Primero habrá que mirar el corazón de Mateo el publicano. Su corazón, como el de todo hombre, estaba creado para algo más, y sentía la insatisfacción más honda aunque tuviera de todo y estuviera colmado y satisfecho. Pero el corazón buscaba algo a lo que unirse y que respondiese a su estructura más íntima. Entonces vio a Cristo, o fue visto por Cristo, y el corazón reconoció con una certeza irrebatible, que Cristo lo era todo y la respuesta a ese corazón insatisfecho.

Segundo: era Cristo que pasaba. El Señor va pasando, caminando, y mientras llama, predica, enseña. Su paso se convierte en un momento de gracia definitivo y único, fascinante para quien lo reconoce. Hay que aprovechar bien los momentos en que Cristo pasa por la vida con la fuerza de su Presencia.

Tercero: la Persona misma de Cristo. Algo había en Él, tal vez su mirada profunda, o la gravedad de sus palabras y manera de hablar, tal vez un poco todo esto, lo que hacía que su Presencia fuera única y determinante, irresistible. Mateo se sintió impactado por esa Presencia, acogido como nunca antes lo había sido, amado como nadie, comprendido y perdonado. Era lo que Mateo necesitaba.

martes, 15 de febrero de 2011

Cristo y el cristiano

Vayamos hoy al fundamento y centro de todo: Cristo y el cristiano, no vaya a ser que entre tantos temas, entre tanta actividad, la catequesis (y eso es lo que quiere ser siempre este blog) se pierda de vista la esencia misma del cristianismo, el núcleo grandioso de la Redención.

Y todo se cifra en una palabra, en el Misterio de una Persona: ¡Jesucristo! El cristianismo es la vida de Jesucristo que se comunica; pero no es ideología, moral, ética o voluntarismo; no es una caridad social anónima (la de una ONG), ni el culto religioso para agradar a la divinidad. El cristianismo es Jesucristo.
«Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.» (Deus Caritas est, nº: 1).

La vida cristiana es una continua y progresiva comunión con la Persona del Señor, fruto de un encuentro, y este encuentro es tan decisivo que cambia la vida, la conforma con una nueva orientación. ¡Sólo Jesucristo! Si esto es así, la primacía la tendrá el contacto con Cristo en la liturgia y en la oración privada, y será una necesidad conocerle a Él.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Meditación al hilo del día

Me ha llamado poderosamente la atención la cláusula final del prefacio de la Misa de hoy cuando lo cantaba bien tempranito en la Misa de mis monjas:

"Por eso, nosotros, llenos de alegría,
salimos al encuentro del Salvador,
mientras te alabamos con los ángeles y los santos,
cantando sin cesar: Santo..."

¡Salimos al encuentro del Salvador!

El Señor hoy, a los cuarenta días de su Natividad, entra en el Templo para cumplir lo prescrito por la ley. Él viene a nosotros y en un mismo movimiento, nosotros salimos para encontrarnos con Él. Es la fiesta de la Luz, del Encuentro, del Abrazo. "Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel", por eso salgamos al encuentro del Señor con las lámparas encendidas (que decía una antífona de Adviento) y seremos iluminados por Él.

Su luz nos hará ver la luz, Él que es la Luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; Él, que es la Luz del mundo y así quien le sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida.

Me atrevería a afirmar que la teología de la Fiesta de hoy y su plácida meditación en los distintos temas los podemos hallar en las preces del Oficio divino, tanto de Laudes como de Vísperas.

1) El tema de la luz y del encuentro:
  • Consuelo de Israel, a cuyo encuentro salió el justo Simeón en el templo, haz que también nosotros salgamos a tu encuentro en la persona de nuestros hermanos.
  • Cristo Salvador, que eres luz para alumbrar a las naciones, ilumina a los que no te conocen, para que crean en ti, Dios verdadero.
  • Redentor nuestro, que eres gloria de tu pueblo Israel, haz que tu Iglesia brille entre las naciones.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Descalzos ante el Misterio (Ex 3)

Moisés sube la montaña movido por un espectáculo que le sorprende y le atrae irresistiblemente: en la montaña ve fuego sobre unas zarzas, pero éstas no se consumen. Es llamado por su nombre, señal de que aquella Voz tiene dominio sobre él, que Dios es quien tiene la soberanía sobre todas las cosas y puede nombrar, que es cierta forma de poseer. Recibe un mandato: descalzarse, y se le da la razón: “el sitio que pisas es sagrado”. Está ante Dios, es sagrado el sitio y es teofánico el espectáculo. Ir calzado sería pisar con poder y dominio, con señorío sobre el lugar y sobre la situación misma, y el hombre no puede dominar ni pisar el Misterio, sino ser atrapado por él, seducido por él. Nada que ver, pues, con “las botas jactanciosas del guerrero” (Is 9, 5) que van avasallando, sometiendo, imponiéndose.  

“Quitarse las sandalias es un acto de respeto. Quizás sea el recuerdo de una desnudez que, antiguamente, era el símbolo de un abandono al dios ante el que alguien se presentaba” . Asimismo, “a la orden de descalzarse Moisés obedece; por su cuenta se tapa la cara. Son medidas de seguridad ritual. De los pies –sandalias- a la cabeza –cara- todo el hombre spera en silencio. Oculta su rostro, pero atiende. El encuentro con Dios es un riesgo y un acontecimiento salvador que llama a una vida nueva” (AA.VV., Comentario al Antiguo Testamento, Vol. I, Madrid 1999 (3ª ed.), p. 124).

Por eso, el primer sentido que se puede deducir es que quitarse las sandalias es tocar tierra, humillarse y situarse con humildad ante el Misterio, o lo que es lo mismo, adorar el Misterio, que es el acceso verdadero y el reconocimiento de la grandeza (y amor) de Dios y de la pequeñez del hombre que se postra ante Él, que se descalza ante Él, que le rinde homenaje de adoración.

    El segundo sentido, asociado al primero de la adoración, es la purificación. En las sandalias se arrastra el polvo de lo mundano, del suelo del pecado, y nada impuro puede haber ante Dios. Es Orígenes quien desarrolla este simbolismo, en cierto modo, de pureza exterior y a la vez interior: 

sábado, 2 de octubre de 2010

Donde Dios busca al hombre

El Horeb es montaña desértica y rocosa: ni árboles ni flores ni el verdor que recree y aliente. Todo es abrupto, ronco, áspero, difícil. Y ahí es donde Dios se va a revelar. Nada que ver con el vergel, el jardín del Edén, en el que pasear cómodamente con Dios; Adán fue expulsado y se le señaló que la tierra que él iba a trabajar costosamente, con el sudor de su frente, le produciría “abrojos y espinas” (Gn 3,18): aquí son las espinas de las zarzas, aquí la tierra que no es cultivable, que es lugar de destierro del paraíso. En el lugar de la vida maldita, en el lugar desértico donde el hombre yace postrado por el pecado, Dios va a salir a su encuentro, se va a manifestar. Es Dios el que busca al hombre antes incluso de que el propio hombre busque conscientemente a Dios: “Mucho más allá de nuestra capacidad de buscar y desear a Dios, ya antes hemos sido buscados y deseados, más aún, encontrados y redimidos por él” (BENEDICTO XVI, Discurso en la abadía de Heiligenkreuz (Austria, 9-septiembre-2007). 

Es la radical novedad del anuncio cristiano: Dios viene al encuentro del hombre; en la zarza ardiente ha salido ya a buscar al hombre para salvarlo y liberarlo; pero vendrá Él mismo al desierto de la existencia humana para abrazar al hombre herido que necesitaba de Él. 

“La economía del Antiguo Testamento está esencialmente ordenada a preparar y anunciar la venida de Cristo, Redentor del universo, y de su Reino mesiánico. Los libros de la Antigua Alianza son así testigos permanentes de una atenta pedagogía divina. En Cristo esta pedagogía alcanza su meta: El no se limita a hablar «en nombre de Dios» como los profetas, sino que es Dios mismo quien habla en su Verbo eterno hecho carne. Encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del hombre. El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo... El Verbo Encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad: este cumplimiento es obra de Dios y va más allá de toda expectativa humana. Es misterio de gracia. En Cristo la religión ya no es un «buscar a Dios a tientas» (cf. Hch 17, 27), sino una respuesta de fe a Dios que se revela” (JUAN PABLO II, Tertio millennio adveniente, 6).

miércoles, 13 de enero de 2010

Teología, ciencia sabrosa

La verdadera y sana teología siempre va acompañada de un sólido cimiento tanto espiritual como eclesial. La teología que merece este nombre, sin renunciar a su estatuto científico ni a su método propio de fuentes, investigación y reflexión, posee un matiz de ciencia distinto que bien roza lo espiritual.

Tomando en sentido muy amplio unas palabras de san Juan de la Cruz, se podría decir que la teología es ciencia mística o ciencia amorosa: “Esta ciencia sabrosa es la teología mística, que es ciencia secreta de Dios, que llaman los espirituales contemplación; la cual es muy sabrosa, porque es ciencia por amor, el cual es maestro de ella y el que todo lo hace sabroso. Y por cuanto Dios le comunica esta ciencia e inteligencia en el amor con que se comunica al alma, es sabrosa para el entendimiento, por ser ciencia que pertenece a él, y sabrosa para la voluntad; por ser en amor que le pertenece a la voluntad” (CB 27).


El teólogo ha de ser un hombre de Dios y un hombre de Iglesia; lo que escriba, lo que enseña, lo que investiga es algo grande, el Misterio de Dios, y ante el Misterio su alma debe esponjarse y amar al Señor. No entiende una teología fría, una teología academicista, de crítica textual que se arroja a los demás con el disenso y el falso espíritu profético del que algunos se invisten. La teología, cuando es verdadera, es ciencia sabrosa, es ciencia tan llena de amor de Dios, por parte de quien la elabora, que es capaz de comunicar ese amor de Dios.
Toda teología está marcada por el signo del amor de Jesucristo, vivida y realizada en el seno de la Iglesia, con amor por la Iglesia. En expresión clásica de Balthasar en su artículo clásico “Teología y santidad” (Verbum caro I), es teología de rodillas, por tanto, adorante, amante. El teólogo se tendrá que detener más de una vez al leer y empezar a escribir, porque su alma se eleva en amor al Señor con una fugaz y densa plegaria, de modo irresistible, ante la grandeza de lo que sus ojos están viendo, sus oídos oyendo y sus manos tocando: ¡la Palabra de la Vida! (cf. 1Jn 1,1).

Ese mismo criterio, propio del teólogo cuando elabora su teología, nos sirve a nosotros como principio de discernimiento. La verdadera teología, ciencia sabrosa, cuando se escucha (en clase, en una meditación, en una conferencia) llena el corazón de tal manera que uno entra en contacto con el Señor y se une a Él, disfrutando, durante la sesión; o si es un libro de teología, estará escrito con tal unción, con tal garra, transmitiendo tal pasión por Jesucristo en su Iglesia, que se dejará el libro entre las manos y se empezará a orar gustando internamente, movido por aquello mismo que se ha leído, feliz, satisfecho para luego retomar la lectura y avanzar. Escuchando esta teología o leyendo estos libros se produce un encuentro con el Señor que es un acontecimiento de gracia; se palpa una Presencia que llena el corazón, que responde a lo que el hombre busca, que ilumina la razón descubriendo lo verdadero, que provoca asombro y estupor. Más aún, si es verdadera teología y posee sabor espiritual, se podría perfectamente leer ante el Sagrario y orar con la teología.

Es ciencia sabrosa la teología por eso los grandes teólogos siempre han sido grandes orantes, contemplativos incluso en medio del mundo, con pasión por Cristo y amor -¡tremendo, absoluto!- por la Iglesia.

viernes, 27 de noviembre de 2009

La confesión, lo personal y la confusión de la absolución comunitaria


En la Iglesia, todo es personal a la vez que comunitario; se excluye tanto el individualismo que privatiza la salvación y la devoción, como el comunitarismo que diluye lo personal convirtiendo al cristiano en un número dentro de la masa eclesial. Así pues, la persona vive en la Comunión de los Santos como el ámbito de desarrollo y potenciación de su ser personal, tendente a su plenitud en la comunión.

Recordemos algunos datos: Dios llama a cada uno por su nombre y le asigna su propia misión; Él “modeló cada corazón y comprende todas sus acciones” (Sal 32); Cristo llama uno a uno por el propio nombre a los apóstoles y los agrega a la Iglesia; conoce a cada oveja; los encuentros con Cristo son personales y transformadores: Andrés y Juan, Pedro, Nicodemo, la Samaritana, María Magdalena; las curaciones son personales (¡signos de sanación espiritual del pecado!), uno a uno, con gestos y signos concretos para ser luego reintegrado a la comunidad como el leproso, los ciegos, el paralítico; San Pablo realza lo personal cuando exclama lleno de estupor: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2.20) y reconoce que “a cada uno” se le asigna una gracia y una misión para edificación del Cuerpo de Cristo (“en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”, 1Co 12,7).


Todo es tan personal, que cada uno recibe el Bautismo uno a uno en el seno de la Iglesia, que cada uno debe profesar la fe común-eclesial personalmente y en singular (“Sí creo”, “Credo”), que cada uno personalmente ha de discernir previamente si puede o no participar de la comunión para no comer y beber su propia condenación (cf. 1Co 10).


Una expresión sublime de lo personal en la Comunión de los Santos es el sacramento de la Penitencia. Personalmente, con la mediación de la Iglesia (desde que Dios se revela en la Encarnación de Cristo, el método divino es la mediación), el cristiano celebra un sacramento en el que sólo ante un sacerdote reconoce y confiesa sus pecados concretos, sin escudarse en el anonimato de la masa, sino asumiendo conscientemente el propio pecado y presentándose ante Cristo que, por medio del ministro, va a sanar, recomendar, aconsejar, imponer una medicina espiritual o penitencia, y absolver.


Parecería más cómodo, y así algunos lo defienden, una absolución comunitaria... ¿pero dónde queda el encuentro personal con Cristo en el Sacramento? ¿Todo queda en una masa anónima, con pecados anónimos y genéricos, que se absuelven sin curar al pecador en lo concreto? Sería, en el fondo, una despersonalización de la salvación, la anulación del encuentro con Cristo (encuentro íntimo, único, irrepetible, en el hoy de ese pecador).

Algunos aducen que esa era la práctica de la Iglesia primitiva, así, tal cual, y que la celebración actual, la confesión con absolución individual, es imposición del concilio de Trento. En realidad, la penitencia en los primeros siglos es mucho más compleja que decir simplistamente que se impartía una absolución comunitaria. El pecador iba al obispo o al presbítero privadamente, reconocía su pecado (adulterio, homicidio, apostasía... ¡los grandes pecados!) y se le admitía en el Orden de los Penitentes. Por tanto, primer paso, verbalizar sus pecados. En el Orden de los Penitentes realizaría prácticas penitenciales durante cierto tiempo establecido por el Obispo (días de ayuno a pan y agua, cierto número de salmos diariamente, vestido penitencial), sería despedido de la Eucaristía dominical tras la homilía junto a los catecúmenos y entonces, en la oración de los fieles (de los bautizados) el diácono lo encomendaba en la plegaria común. Pasado el tiempo prudente, la mañana del Jueves Santo eran introducidos por las puertas de la iglesia hasta el presbiterio entre el canto de los fieles, y recibían la absolución del Obispo para poder celebrar la Pascua. No era camino fácil, ni indiscriminada la absolución, ni tampoco reiterable (una sola vez en la vida). La práctica penitencial con el transcurso de los siglos facilita su celebración, disminuye su rigor, se hace mucho más accesible. Se desvela el aspecto maternal de la Iglesia facilitando la gracia del Sacramento para vivir en santidad.


No, la absolución comunitaria que algunos presentan como más misericordiosa y “pastoral”, ni tiene raigambre en la Tradición de la Iglesia, ni tiene en cuenta lo personal, ni contribuye al crecimiento interior del penitente en el seguimiento de Cristo.

domingo, 11 de octubre de 2009

Carta previa a tu ordenación diaconal


Ha llegado el día esperado, deseado, lentamente forjado, amasado de ilusiones y deseos apostólicos. Mañana se te impondrán las manos, el Obispo recitará la plegaria de ordenación, serás revestido con la estola y la dalmática, te entregará el Obispo el Evangeliario con unas palabras hermosísimas, tremendas, que te marcarán para siempre, que tantas veces repetirás en tu alma:

"Recibe el Evangelio del que has sido constituido mensajero;
convierte en fe viva lo que lees,
y lo que has hecho fe viva enséñalo,
y cumple aquello que has enseñado".

Ya no te perteneces a ti mismo, ya por completo eres de Jesucristo. ¿De quién mejor? El carácter sacramental es ese sello misterioso del amor de predilección que Cristo siente por ti. Eres suyo, compartes su vida con Él y ahora te envía sin alejarse Él de ti, sino caminando contigo, viviendo a tu lado, siendo la Presencia que sostiene tu vida, que da consistencia a cuanto eres, que responde a las expectativas de tu corazón, que te da la medida de todas las cosas, la clave de interpretación de la realidad.

Sé bien hasta qué punto te has ido preparando estos años. Soy testigo de la finura de tu alma, del tiempo que empleas en las oración, de tu pasión por Jesucristo. ¡No pierdas nunca ese bagaje, acreciéntalo siempre!

El ministerio, que siempre conlleva cruz y tribulación, requiere de la oración para subsistir; la pasión por Cristo, el único motor posible para santificar santificándote.

El Señor cambió el rumbo de tu vida: tus proyectos, tus carreras universitarias y tu trabajo. ¡Te amó tanto!, y en Él descubriste una mirada que jamás verás en nadie, y viste que Él correspondía a lo que tu corazón deseaba, a lo que tu corazón, mi corazón, el corazón de todo hombre busca, porque ha sido creado para Él. Jamás pierdas de vista ese encuentro, porque ese Acontecimiento de Gracia -actualizado mañana en tu ordenación- es la perla preciosa, el tesoro escondido, el bálsamo para los momentos difíciles y duros del ministerio.

Como a un hermano pequeño me he dirigido a ti con mucha alegría por tu ordenación; con mi oración al Señor por ti y, desde luego, cuentas -¡por tantas razones!- con mi admiración y gratitud. Somos hermanos ahora por el ministerio, compartiremos la experiencia común y verás qué bello es el servicio que Dios nos ha encomendado, el gozo de ver crecer a otros, el avance en el seguimiento de Cristo de los hermanos... ¡de cuántas maravillas vas a ser testigo!

Mañana comienzas... ¡para siempre!
Mañana empiezas a tomar parte en los duros trabajos del Evangelio.
Mañana... ¡Cristo y tú sois uno hasta la eternidad!

Contigo viviré unido ese momento como hasta ahora he sido testigo de tu alma.
"El Señor estará contigo adondequiera que vayas" (Jos 1,9).

¿Fascinante, verdad?

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lunes, 21 de septiembre de 2009

De liquidador de impuestos a hombre libre: ¡San Mateo apóstol!


Un relato fresco, ágil, sin disgresiones, con la fuerza de la misma Persona de Cristo, siempre seductor, con una autoridad distinta y nueva: el relato de la llamada a Leví, para convertirlo en el apóstol Mateo.

Pasó Jesús junto al mostrador del cobro de impuestos. Mira a Mateo y basta una sola palabra: “Sígueme” para que Mateo obedezca al instante, sin demora, sin titubeos, sin cálculos para medir el compromiso y poner un límite. Nada: sólo disponibilidad, sólo obediencia inmediata, sólo alegría por el encuentro, el encuentro definitivo, único, que marca a fuego la vida de Mateo. Mateo no hace componendas humanas para intentar compaginar su oficio de cobrador de impuestos y el seguimiento a Cristo; no hace cálculos para unir el servicio a Dios y al dinero; Mateo se entrega y lo hace por completo, arriesgándose generosamente: ¡el Señor resultará el mejor pagador! Tampoco tiene Cristo que empezar a convencer y razonar con Mateo para lograr su adhesión: ¡cuánto tiempo perdido a veces, intentando convencer y cuántas resistencias en tantos católicos para vivir su fe más entregada, más radical o más comprometida! En ocasiones, si a alguien se le llama a algún servicio, o apostolado, o misión, parece que hay que convencerle ofreciendo mil argumentos razonables y rebatiendo las respuestas de comodidad para no comprometerse... cuando lo que hay es pereza y falta de amor a Cristo. A Mateo no necesitó Cristo convencerlo, no hubo necesidad de nada, tan sólo de la Presencia de Cristo: ¡Sígueme!

Viendo este encuentro no podemos menos que admirarnos. ¿Qué tendría la Persona de Cristo que fascinaba de esa forma? ¿Su mirada, su voz, su forma de dirigirse a alguien amándole? ¡Era la Presencia que revelaba el amor de Dios! ¡Era la certeza misma que se imponía, que correspondía a la sed del corazón de Mateo, al deseo de felicidad y plenitud de todo hombre! Mateo se sintió amado y acogido por Cristo, Mateo sintió cómo Cristo leía en su corazón y lo recibía. Cristo era lo que Mateo en el fondo buscaba y necesitaba, Cristo era la respuesta a todo. ¡A nadie había visto, ni escuchado, ni conocido como aquél hombre, Jesucristo, que pasó junto a la mesa de los impuestos! Aquel encuentro determinó para siempre la vida de Mateo llenándola de sentido, de gozo, y cuántas veces no volvería Mateo con su memoria a aquel momento de gracia que fue el Acontecimiento definitivo de su existencia.

Cristo pronuncia la palabra exigente y tierna a la vez, “Sígueme”, y al mismo tiempo, invisiblemente, toca el corazón de Mateo para suscitar la respuesta. “Es que el Señor que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible” (Beda el Venerable, Homilía 21).

Para poder seguir a Cristo, Mateo ha de renunciar a una posición económica muy solvente. El dinero no puede ser jamás un ídolo que aprisione el corazón, ni un obstáculo para la libertad, ni un impedimento para la fe. Todo ha de subordinarse a Cristo. No estaba Mateo cobrando unos módicos aranceles por unos impresos oficiales, sellados y anotados, ni un liquidador de impuestos ajustándose a unas tasas. Era publicano. Un publicano era un colaborador del estado, en este caso, el Imperio romano, cobrador de impuestos de quien había subyugado a Israel, por lo que estaba muy mal visto entre sus compatriotas. “Reyes y gobernadores explotaban a sus súbditos y en las guerras e invasiones el saqueo era norma común. Y aún peor que los mismos impuestos, resultaba lamentable el modo de obtenerlos. El estado, en lugar de recaudarlos con administradores propios, arrendaba el cobro a ricos personajes que pagaban al estado una cantidad fija y luego se encargaban de sacar a la población todo lo que podían, reclamando cantidades mucho mayores de las realmente establecidas” (MARTÍN DESCALZO, Vida y misterio..., Vol. I, p. 50). Ésta era la función de Mateo-Leví: “practicaba el más sucio de los oficios, el de publicano, que no suponía sólo sacar dinero a sus compatriotas –y con no poca usura- sino que incluía, sobre todo, el haberse vendido a los paganos y ayudar a llenar las arcas romanas con el sudor del pueblo elegido. Es fácil imaginar la repulsión con que los demás apóstoles –fanáticos patriotas- recibieron a este traidor a sus ideas más sagradas” (Id., p. 266).

Nada le fue obstáculo a Mateo para seguir a Cristo, nada antepuso al amor de Jesucristo. ¡En Cristo lo halló todo, en Cristo lo poseía todo, en Cristo su vida descubrió la mayor riqueza y nada le importaba ya!

Así nosotros pedimos hoy con humildad en la oración colecta que “podamos seguirte siempre”, nada nos retenga, nadie nos lo impida, ningún obstáculo se interponga, “y permanecer unidos a ti con fidelidad”, sin cansarnos, ni desilusionarnos, sin poner expectativas humanas que nos defrauden.

lunes, 31 de agosto de 2009

Venid y veréis: la alegría del primer encuentro con Cristo


Un pasaje paradigmático, que se repite en tantas existencias, es el encuentro primero con el Señor. Juan y Andrés seguían a Cristo de lejos. Primera pregunta: ¿Qué buscáis? ¡Casi nada! ¿Qué busca el corazón? ¡El corazón busca la Verdad, busca aquello para lo que ha sido creado, busca la respuesta a la exigencia más honda de su corazón, la sed! "Venid y veréis". Realizaron la experiencia de estar con Cristo, dejar que Él hablara y que sus corazones empezaran a vislumbrar con estupor que Aquél con quien estaban pronunciaba palabras que correspondía a la verdad de su vida y a la sed de su corazón. Se sintieron amados como nunca antes. Y aquel encuentro les cambió la vida.

"La belleza de este tiempo está en el hecho de que nos invita a vivir nuestra vida ordinaria como un itinerario de santidad, es decir, de fe y de amistad con Jesús, continuamente descubierto y redescubierto como Maestro y Señor, camino, verdad y vida del hombre. Es lo que nos sugiere, en la liturgia de hoy, el evangelio de san Juan, presentándonos el primer encuentro entre Jesús y algunos de los que se convertirían en sus apóstoles. Eran discípulos de Juan Bautista, y fue precisamente él quien los dirigió a Jesús, cuando, después del bautismo en el Jordán, lo señaló como "el Cordero de Dios" (Jn 1, 36). Entonces, dos de sus discípulos siguieron al Mesías, el cual les preguntó: "¿Qué buscáis?". Los dos le preguntaron: "Maestro, ¿dónde vives?". Y Jesús les respondió: "Venid y lo veréis", es decir, los invitó a seguirlo y a estar un poco con él. Quedaron tan impresionados durante las pocas horas transcurridas con Jesús, que inmediatamente uno de ellos, Andrés, habló de él a su hermano Simón, diciéndole: "Hemos encontrado al Mesías". He aquí dos palabras singularmente significativas: "buscar" y "encontrar".

Podemos considerar estos dos verbos de la página evangélica de hoy y sacar una indicación fundamental para el nuevo año, que queremos que sea un tiempo para renovar nuestro camino espiritual con Jesús, con la alegría de buscarlo y encontrarlo incesantemente. En efecto, la alegría más auténtica está en la relación con él, encontrado, seguido, conocido y amado, gracias a una continua tensión de la mente y del corazón. Ser discípulo de Cristo: esto basta al cristiano. La amistad con el Maestro proporciona al alma paz profunda y serenidad incluso en los momentos oscuros y en las pruebas más arduas. Cuando la fe afronta noches oscuras, en las que no se "siente" y no se "ve" la presencia de Dios, la amistad de Jesús garantiza que, en realidad, nada puede separarnos de su amor (cf. Rm 8, 39).

Buscar y encontrar a Cristo, manantial inagotable de verdad y de vida: la palabra de Dios nos invita a reanudar, al inicio de un nuevo año, este camino de fe que nunca concluye. "Maestro, ¿dónde vives?", preguntamos también nosotros a Jesús, y él nos responde: "Venid y lo veréis".
Para el creyente es siempre una búsqueda incesante y un nuevo descubrimiento, porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, pero nosotros, el mundo, la historia, no somos nunca los mismos, y él viene a nuestro encuentro para donarnos su comunión y la plenitud de la vida" (Benedicto XVI, Ángelus, 15-enero-2006).

La gracia de ese encuentro inicial se sigue repitiendo hoy.




miércoles, 29 de julio de 2009

Marta: la Amistad de Jesús (Pedagogía de Cristo - III)


Cristo valoró la amistad, ¡es algo tan humano, tan necesario, tan limpio, tan gozoso! Gozaba de la amistad, descansaba en la experiencia del afecto mutuo de sus amigos. Santificaba así la amistad. La hacía un camino humano gratuito. Él suscitaba la amistad, despertaba el afecto.

Dedicaba tiempo a sus amigos y compartía con ellos, pero –Él siempre es Pedagogo- no centraba la amistad en ningún interés, ni con miras humanas, sino en un afecto tan puro y libre que conducía hacia el Padre, y su conversación –embelesadora, fascinante, seductora- dirigía el corazón hacia un conocimiento nuevo, a una sabiduría escondida a los sabios de este mundo. Pero no era sólo su palabra, su discurso, era todo Él, su Presencia, su Mirada, su Corazón lo que se imponía como una evidencia. En casa de Marta, María y Lázaro pasaba algunos días cuando le era posible, descansando de la actividad misional, pero siendo Maestro en todo momento. María, la hermana de Marta, se queda a los pies del Señor escuchando; Marta, sin duda seguiría la conversación, ¡seguro!, ¡no perdería puntada!, pero ajetreada con preparar la comida y seguir las leyes de la hospitalidad con el amigo. La amistad requiere tiempo mutuo, nunca prisas; la amistad necesita espacio sosegado para la confidencia y la intimidad. La amistad se construye día a día, momento a momento, en fidelidad, en escucha y diálogo, y ese tiempo es el que dedica Cristo a los suyos, mostrando la Belleza de un Amor que es verdadero, de una Amistad fiel. Las veces que paraba en casa de estos tres hermanos, fueron ocasiones de amistad. Y, como siempre, de iniciarlos en los secretos del Reino.

Esos encuentros no fueron baldíos. Cuando Lázaro ha muerto, Jesús llora por la muerte de su amigo (y la gente comentaba “cómo lo quería”, porque no hay porqué sospechar de la amistad como si estrechase el corazón); de hecho “quería mucho”, “amaba mucho” a Marta, María y Lázaro (Jn 11,5). Marta reconoce con una certeza absoluta que Aquél que es Amigo, que es Maestro, Huésped en su casa tantísimas veces, es el Dueño de la Vida y la Salud: “si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano” (Jn 11,21). Pero la amistad con Cristo le había servido para descubrir, y ahora confesar, que Cristo, es la resurrección y la vida. ¡Cree, cree en Cristo! ¡Qué feliz es Marta!, ha descubierto en Jesús, progresivamente, al Señor.

Esa experiencia también puede ser nuestra. Basta con albergar a Cristo en el hogar de nuestra existencia, en el recinto del corazón, y emprender una relación de amistad, de trato asiduo, constante, fiel, con Jesucristo. Él nos conducirá, con mucho amor, al reconocimiento de su Misterio. Y, estando con Él, aprenderemos a servirle y atenderle, con delicadeza, al igual que Marta sirvió al Señor.

domingo, 26 de julio de 2009

Santiago Apóstol o la pedagogía que usa Cristo (II)


Junto a su hermano Juan y a Pedro, Santiago era miembro del grupo más íntimo de Jesús. Esa cercanía le permitió entrar más en el Corazón insondable del Salvador, que lo iba cautivando. Los tres años de ministerio público de Jesús fueron la mejor escuela para educar a Santiago. Cristo desarrolló con él su pedagogía divina. Santiago ve resucitar a la hija de Jairo (Mc 5,37) como un privilegiado en el reducido recinto (¡su Maestro era capaz de devolver la vida! –qué orgulloso se sentiría-), Santiago, que con los demás se había escandalizado del anuncio de la Pasión, asiste lleno de estupor a la Transfiguración, la divinidad sin velos de Jesús, el anticipo de la resurrección. Descubre que en Jesús hay algo más que un ser excepcional: es la Presencia de Dios mismo. Cristo tenía que vencer, con amorosa pedagogía, las resistencias interiores de Santiago y reeducarlas en otra dirección. El ímpetu del fuego, el carácter fuerte que demuestra ante la aldea samaritana será encauzado por Cristo para tener el ímpetu del apóstol, conociendo de qué espíritu es: ¡llegará hasta Hispania, hasta el Finisterre, para anunciar al Resucitado! Entra en escena la madre, impulsiva, sin reparos humanos, sin mirar cuánta gente hay delante. ¡Ya vemos de dónde le viene el carácter a los hijos de tal madre! Pide el puesto a la derecha y a la izquierda en el Reino de Cristo. Probablemente, Santiago y Juan no se atrevieron a pedir por las claras los puestos de importancia, pero empujaron a la madre a realizarlo (o ésta se lanzó sola). Cristo se dirige no a la madre, sino a los hermanos. Palabras misteriosas. “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” La ambición de Santiago va a ser transformada. Cristo los estimula a su imitación, compartiendo con Él el cáliz de la pasión. “Podemos”. Lo bebió. Tras predicar en España y volver a Jerusalén, sufrirá –el primer apóstol- la Pasión. Cristo es modelo de educador. “El Pedagogo es educador práctico, no teórico; el fin que se propone es el mejoramiento del alma, no la instrucción; es guía de una vida virtuosa, no de una vida erudita” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo 1,1,4). Su Presencia, su Compañía, son determinantes, y nadie que trate con Cristo permanece indiferente. Con Él todo es nuevo, y así brota una nueva personalidad. El ejemplo, Santiago: finalmente su única ambición fue extender el Reino, y su impulso fue predicar... ¡hasta beber el cáliz, dando la vida por Cristo!


sábado, 25 de julio de 2009

Santiago Apóstol o la pedagogía que usa Cristo (I)


La Compañía y la Presencia de Cristo son transformadoras de la vida. Quien se une al Señor y le sigue, va siendo transformado poco a poco, casi sin que se dé cuenta. Es lo humano –la personalidad, la mentalidad, los afectos, la sensibilidad...- que queda educado por Cristo. La totalidad de la persona es afectada por la Presencia de Cristo. Ya no se es lo mismo: ¡surge algo nuevo!, una personalidad cristiana.

Santiago Apostól. Conocemos dos rasgos de él: era generoso, pero impulsivo y de carácter fuerte. Generoso, porque no dudó en seguir a Cristo a su invitación; impulsivo, porque Jesús -¡qué le gustaba poner apodos!, ¡qué fino humor!- lo llamaba cariñosamente “Hijo del Trueno” (con su hermano Juan) ya que en un arrebato quería que bajase fuego del cielo y devorase a la aldea samaritana que no quiso recibir a Jesús (Lc 9,54-55). Éste era el material humano... ¡y cómo lo transformó Cristo!

Santiago trabajaba con su hermano Juan en el “negocio” familiar de su padre Zebedeo junto a los jornaleros: pescar, volver a la orilla, clasificar el pescado, repasar las redes. Pasa Jesús, y a una palabra, lo dejan todo para lanzarse a lo desconocido: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Cristo dejó impactado a Santiago. No dudó (Mt 4,21-22). En Cristo su mirada, su voz, su Presencia, denotaban algo singular y único excepcional. Se produjo la gracia del encuentro que Santiago guardará como un tesoro. ¡Éste sí que es Único!, ¡Éste sí que responde a mi corazón, a sus exigencias más profundas de Verdad!

Escuchaba a Cristo predicar, cuando desgranaba los secretos del Reino, cuando los iniciaba con parábolas y a los apóstoles les enseñaba abiertamente en privado; palabras que seducían el corazón, aunque no se captasen de golpe su profundidad. Es la tarea de un maestro: volver sobre un tema una y otra vez, con suavidad, con distintos modos de acercamiento, despertando el interés y la curiosidad. Cristo corregía a sus apóstoles cuando era necesario, rompiendo sus seguridades humanas, enseñándoles a mirar la realidad con otra perspectiva. Asimismo, compartir la vida de Cristo: su oración, sus curaciones, sus encuentros personales... Todo era educador, todo era pedagogía divina.