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jueves, 28 de septiembre de 2017

Caminando en fe (vida de oración)

"Caminamos sin verlo, guiados por la fe" (2Co 5,7), porque la vida aquí, la del creyente, es una peregrinación donde sólo una luz guía, la de la fe. Pero no vemos.


La noche envuelve la vida cristiana: atisbamos, pero vemos como en un espejo, en enigma. La fe nos conduce.

 La noche, además, se produce en nuestro interior, cuando Dios nos lleva más adelante en la oración y comienzan las purificaciones, activas y pasivas, para que le busquemos sólo a Él. Ya no sentimos nada agradable en la oración, nada sensible, y sin embargo es oración y Presencia, difícil pero liberadora.

La fe es luz en la oscuridad, guía segura.

martes, 12 de septiembre de 2017

La oración es ejercicio de fe

La vida de oración es un constante ejercicio de fe y de una fe que se va purificando para buscar no ya los consuelos y gustos de Dios, sino buscar sólo al Dios de los consuelos, muchas veces en oscuridad.

La fe necesita ser purificada de muchas adherencias y limitaciones por nuestros pecados, para ser una fe reciamente teologal, que únicamente busque a Dios y lo obedezca. Las distintas purificaciones a las que hay que ser sometidos tienden a una fe que busca a Dios "aunque es de noche", una oración que sólo tiene la luz de la fe, la luz que guía.

La oración es un ejercicio de fe teologal que pone en juego cuanto somos (memoria, inteligencia, voluntad) sin detenerse en las flores del camino (los gustos, las luces, el sabor, el consuelo) sino yendo derechamente a Dios por Dios mismo.

Sin este ejercicio, la oración se puede convertir en un refugio egoísta, sentimental, y la fe quedaría siempre pequeña, infantil, expuesta a muchos peligros, entre ellos, el de no entender el Misterio de Dios y derrumbarse ante la perspectiva de cualquier cruz que se presente o se ponga en nuestros hombros.

Muchas supuestas crisis de fe han sido antes crisis de oración, de una oración rutinaria, insuficiente, que no han entrado en el Misterio y abrazado la Cruz, sino que se han consolado, pidiendo favores, sin atención amorosa a Dios.

La fe crece cuando crece la oración. Y ésta, a su vez, es un ejercicio de fe, necesario, imprescindible.

"...en la fe...

Solamente, en nuestro compuesto humano de bautizado, la gracia nos permite entrar en comunión con Dios por la fe ["la fe es el próximo y proporcionado medio al entendimiento para que el alma pueda llegar a la divina unión de amor", S. Juan de la Cruz, 2S 9]. Por lo demás, ya que la oración es un intercambio de amor, hay una doble actividad, la de Dios y la del hombre. Pero si es evidente que la más importante es la de Dios, la nuestra es la primera. ¿En qué consiste? Con la "ayuda general de Dios", o gracia actual, consiste en hacer un acto de fe. La "fides ex auditu" de san Pablo nos lleva a decir que la catequesis es una condición previa necesaria, y que las tres actividades, sensible, intelectual y sobrenatural, son indispensables, pero que únicamente, según la afirmación de san Juan de la Cruz, "la fe nos da y comunica al mismo Dios" (CB 12,4).

viernes, 1 de septiembre de 2017

La fe (Sentencias de León Bloy)

Una sencilla catequesis, pero a veces lo más sencillo, nos permite recordar las grandes verdades yendo al núcleo, al centro.


"La Fe es el conocimiento de nuestro límite" (León Bloy, Diarios, 18-febrero-1894).


Sin ser un sentimiento (siempre identificando las realidades espirituales con estados emotivos), la fe es un conocimiento sobrenatural, dado por Dios.


Este conocimiento sobrenatural, la fe, nos hace conocer a Dios... y conocernos a nosotros mismos, tal como Dios nos conoce, y tal como es posible humanamente ahora. La fe nos desvela lo que somos y también cómo somos, situándonos en nuestra realidad.

miércoles, 12 de julio de 2017

El Magisterio de la Iglesia

Recordemos en esta catequesis qué es el Magisterio de la Iglesia y su función al servicio de la verdad. Para nosotros, el Magisterio es normativo, porque nos garantiza la continuidad con la fe apostólica y la permanencia inalterable del depósito de la fe.

Ratzinger lo explica entresacando citas del Concilio Vaticano II. Hagamos nuestra tal enseñanza.

"'Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones' (DV 8).



Él dio a su Iglesia, por el don del Espíritu Santo, una participación en su propia infabilidad. El Pueblo de Dios, gracias al 'sentido sobrenatural de la fe' goza de esta prerrogativa, bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia, que, por la autoridad ejercida en el nombre de Cristo, es el único intérprete auténtico de la Palabra de Dios, escrita o transmitida.

Como sucesores de los Apóstoles, los pastores de la Iglesia 'reciben del señor... la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación..." (LG 24). Por eso, se confía a ellos el oficio de guardar, exponer y difundir la Palabra de Dios, de la que son servidores.

La misión del Magisterio es la de afirmar, en coherencia con la naturaleza "escatológica" propia del evento de Jesucristo, el carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo, protegiendo a este último de las desviaciones y extravíos y garantizándole la posibilidad objetiva de profesar sin errores la fe auténtica, en todo momento y en las diversas situaciones.

domingo, 12 de marzo de 2017

Espiritualidad de la adoración (XVIII)

La fe nace de un encuentro personalísimo y único con Cristo. No es fruto de la razón ni de la voluntad; no viene la fe por un esfuerzo de la razón o por un compromiso ético, como si todo dependiera de nosotros. La fe es un don de Dios, preciosísimo, que surge en nosotros cuando Cristo entra en nuestra vida, nos llama mirándonos a los ojos, nos pregunta: '¿qué buscas?' y al manifestar nuestro deseo, nos acoge íntimamente y nos invita a realizar una experiencia única, la de estar con Él: 'venid y veréis'.


La fe es algo más que un conjunto de verdades reveladas, perfectas; a este contenido objetivo de la fe corresponde también algo subjetivo, la vida entera que se fía del Señor y se pone en marcha, siguiendo al Señor. La confianza en Jesucristo determina la fe verdadera. La fe se hace confianza personal en Cristo, a quien se le entrega la vida, y seguimiento tras sus huellas.

miércoles, 31 de agosto de 2016

El corazón que participa en la liturgia (III)

La participación interior en la liturgia es un ejercicio constante de la vida teologal en nosotros. Infundidas gratuitamente en el bautismo, las virtudes teologales nos capacitan para la vida sobrenatural y ejercen en nosotros una dirección clara: sólo Dios.


En la liturgia, la participación sólo puede tener como motores internos la fe, la esperanza y la caridad. Así participar es vivir un profundo espíritu de fe en la liturgia y amar intensamente a Dios acogiendo su amor que se derrama en nosotros.

El espíritu mundano -espíritu que viene del padre de la mentira- fácilmente se puede introducir y desvirtuar esta participación en la liturgia trocándola por sus contrarios: arrogancia, protagonismo, soberbia, orgullo... como también rutina, cumplimiento, distracción...

Si lo teologal es desarrollado, la participación interior de los fieles se ve acrecentada y se vivirá la liturgia como una realidad profundamente espiritual y santa.


            Para participar realmente en la liturgia, el corazón del cristiano debe vivir según las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Ni asistimos a un ceremonial de obligado cumplimiento, una función religiosa para deleite de los sentidos, ni a un recuerdo subjetivo (psicológico) de algo del pasado que nos mueve al compromiso ético. Somos participantes de la actualidad del Misterio de Cristo, siempre presente en la liturgia. Sólo la fe intensa y viva conduce a participar; la fe rebosante de amor a Dios, de caridad sobrenatural.


lunes, 4 de julio de 2016

Conservar íntegro el mensaje

El depósito de la fe ha sido entregado a la Iglesia para que lo custodie, lo preserve, lo anuncie y lo transmita. El lenguaje y la explicación del depósito de la fe puede cambiar mientras no altere su contenido, pero la Iglesia jamás consentirá alterar lo más mínimo la Verdad revelada que el Señor le confió.

Estos principios los hemos de tener claros para evitar confusiones y para preservar de adulteraciones la predicación evangélica.


La Verdad es la que es, la revelación es aquello que Dios manifestó, y este patrimonio es inalterable por su propia naturaleza, no se acomoda a los deseos secularizadores, ni disimula, aparta o cambia, aquellos principios que en determinados momentos parezcan difíciles -lo que le reprocharon en Cafarnaum a Jesús, Jn 6-. La Iglesia transmite aquello que fecunda y da vida a los hombres de todos los tiempos, sin modernizarse para ir al compás variable de los tiempos (¡las modas, ser modernos!), sino que procura elevar esos "tiempos", esas generaciones.

Distinta cuestión, por supuesto, es el lenguaje de la teología, de la catequesis y la predicación, que debe tener facilidad, cercanía, inteligibilidad, para comunicar y enseñar, para que el tesoro de la fe sea claro y comprensible para todos.

La confusión de planos y el virus secularizador han causado estragos y por eso es necesario discernir y tener claras las cosas.

Con las palabras de Pablo VI veremos con claridad cómo una cosa es el contenido de la fe y la revelación, y otra el lenguaje que lo explica; éste sujeto a cambios para ser comprensible; aquel inalterable, porque viene de Dios mismo y no de hombre alguno.

martes, 28 de junio de 2016

Las virtudes teologales (y III)

La última parte del artículo de Von Balthasar completa la catequesis en tres partes sobre las virtudes teologales. Es -recordémoslo- un artículo en la ed. francesa de Communio, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 10-20.

Antes de precipitarnos al leer algunos términos a los que no estamos acostumbrados, es preciso leer todo el texto y verlo en su conjunto, para no ver fantasmas de herejías donde no los hay, ni mucho menos.



"4. Sin duda la cuestión no se resuelve si no se interroga a la fe y a la esperanza de Jesús a lo largo de su existencia terrenal.

Del lado protestante, la respuesta a la cuestión a menudo es afirmativa: Jesús tenía fe y esperanza. Del lado católico, el P. Charles ya había roto una lanza en favor de la esperanza de Jesús, indiscutiblemente con razón. Había subrayado que incluso una presciencia infalible no impide la esperanza: la incertidumbre en cuanto al futuro, dice Charles, no es un momento esencial de la esperanza, y más bien debe considerarse como la huella dejada por el pecado sobre nuestras esperanzas. "La fuente única de donde brota la vida espiritual en el mundo entero, la podemos descubrir con seguridad en la esperanza inmutable e infalible de Cristo triunfante". 

martes, 14 de junio de 2016

Las virtudes teologales (II)

La relación entre las tres virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) está siendo estudiada en algunas catequesis siguiendo un artículo de Balthasar (Las tres virtudes son una, Communio ed. francesa, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 10-20).

Es una catequesis para ver los resortes más internos del alma, movidos por Dios, para llegar y gozar de Dios mismo. Se resalta así el primado de Dios y la gratuidad de su actuación en interior. Claro, no nos salvamos por el humanitarismo, la solidaridad y los "valores", sino por la Gracia de Dios que convierte la existencia cristiana en una realidad nueva.


Fe, esperanza y caridad son los movimientos del hombre hacia Dios porque primero Dios mismo nos los ha comunicado para atraernos a Él.

Si sacamos las consecuencias reales de estas catequesis, veremos cuán lejos está la secularización y la pretendida moral autónoma de conducir al hombre a su verdadero fin.

Sigamos con el artículo.

miércoles, 1 de junio de 2016

Las virtudes teologales

Las virtudes teologales son dinamismos, hábitos sobrenaturales, que vienen de Dios gratuitamente para conducirnos a Él. Son la fe, la esperanza y la caridad. Se nos infunden en el alma mediante el sacramento del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y sostienen nuestra vida tendiendo hacia Dios.



1812 Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

1813 Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).

 Como en un salón de catequesis de adultos, aula de formación, cuando se distribuyen fotocopias de un texto, se leen en voz alta, se explican y se dialoga a partir de ellas confrontando con la propia experiencia, así vamos a hacer en dos o tres catequesis.

jueves, 10 de marzo de 2016

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica... (IV)

La tercera y última parte del Credo está dirigida a la profesión de fe en el Espíritu Santo, Persona divina.

Su acción es real y eficaz -no es mera 'fuerza del universo', 'energía cósmica' o simple sentimiento-: vive y actúa y diviniza porque Él mismo es Dios.


Esta acción del Espíritu Santo tiene lugar, como ámbito privilegiadísimo, la santa Iglesia Católica: en ella el Espíritu Santo nos aglutina en una Comunión relacionándonos a unos con otros, formando la Comunión de los santos.

Por el Espíritu Santo se nos da el perdón de los pecados -la blasfemia sería pensar que Él no puede ni perdonarnos ni obrar la redención, cerrándonos a Él-; Él nos resucitará porque es Espíritu de vida y nuestra carne está llamada a la resurrección cuando el Espíritu Santo sople y nos resucite; por Él, con su impulso, se nos da la vida eterna.

Decimos en el Credo:

lunes, 7 de marzo de 2016

Padeció, fue crucificado, resucitó, subió al cielo... (IV)

En los misterios de Cristo se cifra nuestra salvación y redención.

Todo lo que Cristo vivió e hizo y padeció fue, no por Él, sino por nuestra salvación.

Todo lo vivido por Jesucristo en su Triduo pascual son acontecimientos salvadores.


Al llegar a este punto, recitando el Símbolo (el Credo), profesamos la fe en Cristo Salvador y Redentor por medio de su pasión y su cruz, por medio de su santísima resurrección y glorificación al cielo. Recordemos, como canta el pregón pascual, que "de nada nos habría valido nacer si no hubiéramos sido redimidos".

Profesamos:


Creo en Jesucristo...
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos,
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

martes, 23 de febrero de 2016

Creo en Jesucristo, el Señor (II)

Maravilloso intercambio: Dios se ha hecho hombre para que el hombre fuera hecho Dios; el Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda ser hijo de Dios.

Cristo es el centro y la clave de todo, Él, el Unigénito de Dios, no creado, sino de la misma sustancia y naturaleza del Padre. De Él recibimos el nombre "cristianos" porque participamos de su vida y misión.


Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de santa María virgen.


Dejémonos evangelizar por esta catequesis sobre Jesucristo.

domingo, 14 de febrero de 2016

Creo en Dios Padre (I)

La Cuaresma tiene su origen en el catecumenado, en aquella preparación más intensiva de los catecúmenos para recibir los sacramentos de la Iniciación cristiana en la Vigilia pascual.

La primera y más antigua dimensión de la Cuaresma es su dimensión bautismal, catecumenal, a la que se le sumará mucho más adelante la dimensión penitencial, en expiación por los pecados de los fieles, cuando ya el catecumenado y el bautismo en Pascua hayan prácticamente desaparecido.


Durante la Cuaresma, en un rito litúrgico, se les entregaba el Credo a los catecúmenos para que lo devolvieran recitándolo poco antes del Bautismo de Pascua. Al entregarles el Credo, era normalmente el obispo quien les dirigía una serie de catequesis explicándoles el contenido del Credo, frase por frase.

Los catecúmenos eran acompañados por los fieles que así, año tras año, eran también instruidos y se preparaban para vivir la noche santísima de la Pascua.

jueves, 8 de octubre de 2015

Señor, danos la fe (Plegaria)

Señor yo creo, yo quiero creer en ti.

                Oh Señor, haz que mi fe sea plena, sin reservas y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y las cosas humanas,


                Oh Señor, haz que mi fe sea libre; que tenga el concurso personal de mi adhesión, que acepte las renuncias y los deberes que ella comporta y que exprese el ápice decisivo de mi personalidad: creo en Ti, oh Señor;

                Oh Señor, haz que mi fe sea cierta; cierta por una exterior congruencia de pruebas y por un interior testimonio del Espíritu Santo, cierta por su luz meridiana, por su posesión tranquilizadora, por su serena asimilación.

                Oh Señor, haz que mi fe sea fuerte, que no tema las contrariedades y los problemas de los que está llena la experiencia de nuestra vida, ávida de luz, que no tema la oposición de quien la discute, la impugna, la rechaza, la niega; sino que se fortifique con la experiencia íntima de tu verdad, resista infatigablemente a la crítica, se fortalezca con su afirmación continua, que supere las dificultades dialécticas y espirituales, en medio de las que se desenvuelve nuestra existencia temporal;

                Oh Señor, haz que mi fe sea gozosa y comunique paz y alegría a mi espíritu, lo prepare para la oración con Dios y la conversación con los hombres, de suerte que halle en el diálogo sagrado y profano la interior alegría de su dichosa profesión;


viernes, 17 de octubre de 2014

La liturgia educando: "con espíritu de fe" (III)



La liturgia sólo con espíritu de fe sobrenatural puede ser entendida y vivida; sólo con un gran espíritu de fe puede ser celebrada, y, sin este espíritu de fe, la liturgia parecerá algo externo a uno mismo, un ceremonial complicado y ajeno, o un simple medio instructivo –con la excusa religiosa- para reforzar el propio “yo” de la comunidad o grupo, de forma divertida y entretenida, reinventando la liturgia a cada paso.



Ese espíritu de fe conduce a vivir con la mayor hondura posible el Misterio de Dios en la liturgia y así, espiritualmente, unirse a Cristo por la ofrenda de su Cuerpo y de su Sangre. La fe descubre y adora la presencia y la acción de Jesucristo en la liturgia, y si crece esa mirada de fe, pronto cualquier falsificación de la liturgia o su secularización, deja el corazón insatisfecho. O sea, aunque parezca lo contrario, pero una liturgia tan secularizada, participativa, inventada, caprichosa, en principio tal vez parezca entretenida y atrayente para algunos, pero acaban tan vacíos que se cansan de ese estilo secularizado: necesitan algo más, ¡buscan algo más!

            La sacralidad de la liturgia, máxime de la santísima Eucaristía, nos viene dada por el mismo Señor. La Iglesia reconoce esta sacralidad, la cuida en sus acciones litúrgicas, la preserva de cualquier secularización o modo profano de entender o celebrar la liturgia.

            Ya Juan Pablo II, casi al inicio de su pontificado, escribió sobre esta santidad y sacralidad; son reflexiones y enseñanzas que no pueden pasar desapercibidas:

martes, 27 de mayo de 2014

Certezas de la fe

Hay momentos de crecimiento en la fe que todos vamos pasando, de manera más brusca o más suave, para que la fe busque más y mejor solamente a Jesucristo, y en Él se afiance la vida entera, dejando de ser "costumbre" a ser una adhesión vital, una respuesta completa de la vida entera.


¿Es cierto lo que creo? ¿Sólo he asimilado algo que me han dicho o es una verdad palpitante, fascinante? ¿En qué me baso para creer? ¿Cómo puedo saber que creo de verdad?

Son preguntas que se hace quien vive la fe pero busca creer mejor, más firme, más libre, más entregadamente. Un joven, sincero y audaz, a mi juicio de gran valía, me escribió:



martes, 8 de abril de 2014

Creo en la Iglesia, en el perdón de los pecados... (VI)

Los últimos artículos del Símbolo de la fe, en cierto modo, aplican y concretan la redención a lo que somos y vivimos.

La vida trinitaria, el don de Dios que es la redención y el envío del Espíritu Santo, se comunica en la Iglesia, se da a los miembros de la Iglesia, en la que estamos insertados.


Es en la Iglesia, asimismo, donde se nos ofrece el perdón de los pecados porque realmente Dios los perdona aunque sean innumerables mientras haya arrepentimiento, conversión y cambio de vida.

Es en la Iglesia donde se anuncia la resurrección de la carne y la vida eterna y se nos da como anticipo en el Cuerpo y Sangre del Señor y con el Espíritu Santo que ya nos hace pregustar esa vida eterna, vivificándonos aquí y ahora.

No confiesa recta y verdaderamente a Dios quien se aparta de su instrumento y mediación, la Iglesia, o quien llevado de doctrinas extrañas, no cree en la resurrección de la carne o en la vida eterna, confinando nuestra vida a los estrechos límites de este espacio y de este tiempo; o quien creyendo en la inmortalidad, se la sustrae al cuerpo, a la carne, llamada a la resurrección como la carne bendita del Hijo, pero en la resurrección de los muertos, en el último día.

miércoles, 2 de abril de 2014

Creo en el Espíritu Santo... (V)

El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Trinidad, junto al Padre y al Hijo, y dándose a nosotros nos introduce en la vida de Dios, en la Comunión de Amor.







Por el Espíritu Santo se nos comunica la vida y la redención; por el Espíritu Santo, somos santificados, divinizados; por el Espíritu Santo avanzamos en la comprensión del Misterio y de la Revelación; por el Espíritu Santo somos agraciados con distintos dones y carismas para el bien común; por el Espíritu Santo somos robustecidos para nuestro testimonio cristiano en el mundo; por el Espíritu Santo vamos configurándonos a Cristo y Cristo toma forma en nosotros.

El Espíritu Santo lleva nuestra vida cristiana a su plenitud, si somos dóciles a su acción y a sus mociones.

Creemos en el Espíritu Santo, profesamos nuestra fe en Él, lo pedimos insistentemente para que el Padre por su Hijo lo derrame desde el cielo.


viernes, 28 de marzo de 2014

Resucitó, subió al cielo, vendrá... (IV)

Artículo central, gozoso y fuente de esperanza, es la confesión en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, en su glorificación y en la espera de su retorno glorioso como Juez y Señor.


Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. Si Él no está vivo, todo cae. No confesamos nuestra fe en una ideología, en una causa ética o revolucionaria, ni siquiera en un código moral lleno de "buenismo" (ser "buenas personas"), sino en una Persona, viva, glorificada, que es Jesucristo, el Hijo de Dios, que ha pisoteado la muerte y el pecado, y ha sido glorificado, convertido en Señor y Fuente del Espíritu Santo.

Con razón la santa Vigilia pascual -tan desconocida incluso entre practicantes- tiene ese carácter único y solemne que llena de alegría todo el año: porque el Señor resucitó.

Tampoco nuestra fe se agota en ese misterio; la fe va junto a la esperanza: el Señor glorioso viene en los sacramentos, en la liturgia y en la Palabra como una venida intermedia y esperamos su última y definitiva venida en gloria, como Juez, como centro y discernidor de la historia y de la trayectoria de cada hombre.