miércoles, 23 de mayo de 2018

¡Jesús! (El nombre de Jesús - I)


            Toda la historia de la humanidad, todas las esperanzas del pueblo de Israel sostenidas por las palabras de los profetas, todos los deseos, inquietudes, preguntas y búsquedas del corazón humano, encuentran una respuesta definitiva en un nombre bendito: “Jesús”. Jesús, el Señor, el Verbo encarnado, Hijo de Dios nacido de María Virgen por obra del Espíritu Santo. 


            Su nombre es fascinante: encierra Misterios grandes, y pronunciar su nombre, el nombre de Jesús, requiere amor y profunda humildad; respeto grande que se llama “temor de Dios”.

“Y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo” (Mt 1,21).

            ¿Qué significa la palabra “Jesús”? Lo encontramos en el sueño en que el ángel revela a san José el misterio de la Encarnación y su papel como custodio del Redentor. Ya san Jerónimo, gran biblista, comenta: “Jesús en hebreo significa salvador. El evangelista ha querido explicitar la etimología de su nombre al decir: “le pondrás por nombre”: Salvador, porque “es él quien salvará a su pueblo” (Com. in Mat, I,1,21). En efecto, explicando en su obra sobre la etimología de los nombres hebreos, afirmará el mismo san Jerónimo: “Jesús (1,1), salvador o que va a salvar”[1], y son palabras sinónimas “Jesús” y “Josué” –el que hizo al pueblo de Israel cruzar el Jordán y entrar en la tierra prometida-: ambos son salvadores del pueblo, y Josué mismo es anuncio, tipo y figura del mismo Jesús Redentor. Por eso ambos nombres, en hebreo, significan “salvador”[2].

            En el Antiguo Testamento aparecen en distintas ocasiones personajes con el nombre de “Jesús” o su equivalente “Josué”, que reciben una misión de Dios para salvar a su pueblo en circunstancias concretas, por eso su nombre siempre significa “salvador”, como en Ex 17,9[3], en Nm 13,16[4], también en Eclo 51,30 o especialmente en Mt 1,21 aplicándose a Cristo. Hay que recordar que, para la mentalidad bíblica, el nombre no es algo accidental, simplemente para identificar a una persona, sino que revela una misión, un encargo de Dios: por ejemplo, Cristo mismo cambiará a Simón su nombre por el de “Pedro”, “Piedra” sobre la que va a edificar su Iglesia (Mt 16,18), y podrían enumerarse muchos más ejemplos.

martes, 22 de mayo de 2018

El rito de la paz en la Misa (y III)

Para una digna realización del rito de la paz en la Misa, que refleje la verdad de lo que se hace -la paz de Cristo- y se evite lo que lo desfigura (meros saludos y abrazos sin más, intentando saludar a todos), la Congregación para el Culto divino, con carta de 8 de junio de 2014, ha recordado lo que ya estaba marcado.



Recoge citas del Misal romano y, explicando el sentido de este rito, recuerda cómo hay que realizarlo y cuáles son las maneras defectuosas que se han introducido.




6. El tema tratado es importante. Si los fieles no comprenden y no demuestran vivir, en sus gestos rituales, el significado correcto del rito de la paz, se debilita el concepto cristiano de la paz y se ve afectada negativamente su misma fructuosa participación en la Eucaristía. Por tanto, junto a las precedentes reflexiones, que pueden constituir el núcleo de una oportuna catequesis al respecto, para la cual se ofrecerán algunas líneas orientativas, se somete a la prudente consideración de las Conferencias de los Obispos algunas sugerencias prácticas:

a) Se aclara definitivamente que el rito de la paz alcanza ya su profundo significado con la oración y el ofrecimiento de la paz en el contexto de la Eucaristía. El darse la paz correctamente entre los participantes en la Misa enriquece su significado y confiere expresividad al rito mismo. Por tanto, es totalmente legítimo afirmar que no es necesario invitar “mecánicamente” a darse la paz. Si se prevé que tal intercambio no se llevará adecuadamente por circunstancias concretas, o se retiene pedagógicamente conveniente no realizarlo en determinadas ocasiones, se puede omitir, e incluso, debe ser omitido. Se recuerda que la rúbrica del Misal dice: “Deinde, pro opportunitate, diaconus, vel sacerdos, subiungit: Offerte vobis pacem” [8].

b) En base a las presentes reflexiones, puede ser aconsejable que, con ocasión de la publicación de la tercera edición típica del Misal Romano en el propio País, o cuando se hagan nuevas ediciones del mismo, las Conferencias consideren si es oportuno cambiar el modo de darse la paz establecido en su momento. Por ejemplo, en aquellos lugares en los que optó por gestos familiares y profanos de saludo, tras la experiencia de estos años, se podrían sustituir por otros gestos más apropiados.


domingo, 20 de mayo de 2018

El sufrimiento en cristiano (León Bloy)

Es una piedra de toque y un crisol para purificarnos y vernos; el sufrimiento en la vida cristiana está presente con dimensiones redentoras.

No resulta fácil vivirlo, sobre todo, buscando las razones para ese sufrimiento que muchas veces permanecen ocultas en el Misterio de Dios, pero que se nos da por mil causas distintas y buenas, bebiendo el cáliz del Señor.


Son esos tiempos de sufrimiento la mayor cercanía a Cristo, incluso cuando se muestra Ausente, o lo percibimos Ausente.

Es una paradoja en la vida cristiana, ya que el siervo y amigo no es menos que su Señor y ha de ser bautizado en el mismo bautismo de cruz con el que Cristo fue bautizado-crucificado.

"¡Señor Jesús, rogáis por los que os crucifician, y crucificáis a los que os aman!" (Bloy, Diarios, 14-junio-1895).

sábado, 19 de mayo de 2018

Plegaria: Jesucristo, Médico y medicina...

¡Jesucristo!

¡Jesucristo fue el amor de los santos!

¡Jesucristo fue la delicia de los santos!

Ellos ahondaron en su Persona, porque Jesucristo lo era todo para ellos. Fueron amados por Cristo y ellos respondieron a su amor con la totalidad de su ser.


Imitaron su vida, sus virtudes, los sentimientos de su Corazón, llegaron a pensar como Cristo, sentir como Cristo, trabajar como Cristo.

Naturalmente, oraron a Cristo y profundizaron en su Persona con la meditación, con la reflexión teológica, sin abarcar el Misterio de su Persona, que es inefable, siempre mayor.

Cristo es el Pastor y el alimento del rebaño a un tiempo; es el Médico y la medicina para las llagas del alma. Y sigue actuando y cuidando a los suyos con amor tierno y fiel.


            "¡Bendita sea tu misericordia, Señor, que tan a tu cargo están los enfermos, que para remedio de ellos “enviaste del cielo un gran Médico, porque –como dice san Agustín- había en el mundo un gran enfermo”!

            Este Señor, por ser Dios, es dueño de las ovejas, pues las crió con el Padre y con el Espíritu Santo. Y se llamó siervo del Padre en cuanto hombre, porque le sirvió y obedeció en la obra de la Redención de los hombres, según está escrito: Él libertará mi cautividad (Is 45,13). Y en otra parte: La voluntad del Señor en la mano de Él será prosperada (cf. Is 53,10). Este Señor fue del que está escrito que halló el camino de la doctrina y la dio a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado…


jueves, 17 de mayo de 2018

La vida eucarística - V



            La Eucaristía nos permite disfrutar del mismo Señor, ¡dulzura inefable!, ¡delicadeza del Señor Resucitado!

            La Gran Iglesia, desde su origen y a lo largo de los siglos, ha mirado como precioso tesoro el prodigio eucarístico, el Amor entregado del Señor dándose en el Sacramento. Toda palabra de admiración se queda pequeña para engrandecer y agradecer esta Presencia eucarística.

            ¿Qué vemos al mirar el altar?
            ¿A quién dirigimos el corazón al orar ante el Sagrario?
            ¿Qué recibimos al comulgar?



            “En una ocasión, en Caná de Galilea, cambió el agua en vino, que es afín a  la sangre. ¿Y ahora creeremos que no es digno de fe al cambiar el vino en sangre?... Por ello, tomémoslo, con convicción plena, como el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues en la figura [en la apariencia, con la forma] del pan se te da el cuerpo, y en la figura [en la apariencia, con la forma] de vino se te da la sangre, para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas partícipe de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así nos convertimos en portadores de Cristo, distribuyendo en nuestros miembros su cuerpo y su sangre. Así, según el bienaventurado Pedro, nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina””[1]


Esta era la catequesis de S. Cirilo de Jerusalén. Y ésta es la fe inamovible y cierta de todo fiel católico.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Mentes tuorum visita - Veni Creator




Mentes tuorum visita
imple superna gratia
quae tu creasti pectora.

Visita las almas de tus fieles.
Llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo has creado.



            ¡Ven!

Ven y visita las almas de los tuyos; tuyos son porque Tú los marcaste y sellaste con un sello indeleble en el Bautismo y la santa Crismación. Ven, visita las almas de los tuyos, renueva en los tuyos la gracia de Pentecostés. En sus corazones, que son templo tuyo, ven, Espíritu Santo, y cólmalos de tu gracia superior y celestial. ¡Tuyos son!, santifícalos, únelos a Cristo, con toda gracia espiritual.

Llenos de esta gracia, podremos discernir, reconocer, dejarnos seducir, por lo “verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable…” (Flp 4,8) y su gracia nos iluminará interiormente para reconocer la verdadera Belleza e inspirarnos a nosotros mismos:

lunes, 14 de mayo de 2018

El rito de la paz en la Misa (II)

La Carta de la Congregación, con fecha 8 de junio de 2014, tras recordar lo significativo de este rito en el contexto eucarístico, continúa citando la exhortación Sacramentum caritatis de Benedicto XVI:


3. En la Exhortación Apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis el Papa Benedicto XVI había confiado a esta Congregación la tarea de considerar la problemática referente al signo de la paz [6], con el fin de salvaguardar el valor sagrado de la celebración eucarística y el sentido del misterio en el momento de la Comunión sacramental: «La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana. [...] Por ello se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos» [7].



sábado, 12 de mayo de 2018

¿Dónde está Jesús? (El sagrario - I)


            Invocamos a Jesús, le tenemos devoción a Jesús. Perfecto. Es necesario. ¿Pero quién se contenta con ver la foto de alguien a quien quiere en vez de estar con él, salir juntos, comer, dar un paseo? Cuando se quiere a alguien, lo que se quiere es estar con él, convivir, compartir... y una foto es sólo un recordatorio y una suplencia. Nada puede sustituir la presencia de la persona querida.


            Con Jesús, claro está, ocurre lo mismo. Tenemos la gran ventaja de su presencia real. Está muy cerca porque el Sacramento de la Eucaristía es su presencia real y en cada Sagrario está Él: basta acercarse, rezar de rodillas, mirar la puerta del Sagrario y la vela roja encendida cerca de él para estar en su presencia, disfrutar de su amor, gozar de su compañía, hablarle, interceder, conversar con Cristo. Ahí está: en cada Sagrario, ¡Jesús vivo!

            Deberíamos abrir los ojos del corazón con sencillez, dilatar y ensanchar nuestra alma, encender nuestros afectos y devoción y asombrarnos de tan gran maravilla; será ocasión de ver la Belleza del Misterio de la Eucaristía, para contemplar y gozar de la potencia y Vida de Cristo Resucitado. Entonces, y sólo entonces, quedaremos fascinados por Cristo. ¿Cómo es posible, Señor, que te hayas quedado con nosotros? ¿Cómo es que te has dignado cambiar la sustancia del pan en tu cuerpo? ¿Cómo puede ser, Señor, que tu delicia sea estar con los hijos de los hombres; cómo que Tú nos des pan vivo, alimento de inmortalidad? Señor de infinita misericordia, Resucitado, ¿tanto amor nos tienes que te entregas a nosotros en el Sacramento de la Eucaristía?

            Es menester que brote en nosotros, en cada alma, asombro, admiración, amor, gratitud, ante el portento del amor que es la Eucaristía. Sólo así habrá en nuestra alma verdadero amor por la Eucaristía y la consideraremos como lo que es, un gran regalo, el más grande y verdadero regalo del Resucitado.

jueves, 10 de mayo de 2018

Evangelizador, san Juan de Ávila



            Junto con sus discípulos y amigos, san Juan de Ávila se convierte en un misionero popular, un itinerante por los caminos andaluces, para una población muy ignorante en materia de fe. Su afán es Cristo y quiere renovar la vida cristiana, inyectarle el fuego del Espíritu Santo.


             Recorre Andalucía, Extremadura y la zona sur de la Mancha predicando: Sevilla, Jerez de la Frontera, Zafra, Alcalá de Guadaira, Utrera, Écija, Palma del Río, Córdoba, la sierra de Córdoba, Priego, Úbeda, Baeza, Granada, Fregenal de la Sierra,… Montilla.

            Promueve la vida cristiana predicando mucho, al mejor estilo paulino, sobre Cristo crucificado y el amor como respuesta a Cristo, ya que “todo nos convida” a amarle. Llama a la conversión y a la reforma de las costumbres, entregándose al amor de Dios, tema éste constante en san Juan de Ávila.

            Como una gran misión popular, junto a sus grandes sermones en la iglesia mayor y a veces en la plaza (porque no cabían tantos en la iglesia), le dedica tiempo y atención a la instrucción cristiana más básica, las oraciones y los mandamientos, y ocupa sus horas en el confesionario donde Cristo regenera haciendo que brote la vida de la gracia.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Iglesia, belleza, artistas (II)

Continúa el discurso de Pablo VI a los artistas, reconociendo cómo la Iglesia los necesita, necesita el arte y la belleza, y para ello hay razones poderosas.

¿Cuáles?

¿Por qué?




"¿Hemos de decir la gran palabra que por otra parte ya conocéis? Tenemos necesidad de vosotros.

Nuestro ministerio tiene necesidad de vuestra colaboración. Porque, como sabéis, nuestro ministerio consiste en predicar y hacer accesible y comprensible, es más, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. ¡Y en esta operación, que trasvasa el mundo invisible en fórmulas accesibles, inteligibles, vosotros sois maestros! 

Es vuestro trabajo, vuestra misión; y vuestro arte consiste precisamente en arrebatar del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabra, de colores, de formas y accesibilidad. Y no sólo una accesibilidad como la del maestro de lógica o matemática, que hace, sí, comprensibles los tesoros del mundo inaccesible a las facultades cognoscitivas de los sentidos y a nuestra inmediata percepción de las cosas. 

Vosotros tenéis también la prerrogativa de, en el acto mismo en que hacéis accesible y comprensible el mundo del espíritu, conservar su inefabilidad, el sentido de su trascendencia, su halo de misterio, esta necesidad de alcanzarlo en la facilidad y en el esfuerzo al mismo tiempo.

lunes, 7 de mayo de 2018

Toda parroquia, escuela de santidad, laboratorio de la fe

La parroquia -retengamos este concepto- es la gran comunidad cristiana, integradora, asentada en un territorio. Es la Iglesia entre las casas de sus hijos y de sus hijas, y la pertenencia se da según el domicilio.

En ella convergen personas, hijos de Dios y de la Iglesia, sin selección alguna: de todas las edades, condiciones sociales, diferente compromiso cristiano, vivencias distintas.


La parroquia realiza la unidad de todos en la diversidad, congrega en la unidad, dando un testimonio visible de Jesucristo en el lugar (barrio, ciudad, pueblo, aldea) donde está enclavada.

Se equivocaría terriblemente quien viera en ella el lugar para cumplir unos ritos, acudir con espíritu individualista a vivir unas ciertas ceremonias y sacramentos y por tanto la considerase inútil, estancada o muerta. 

La parroquia, toda parroquia, posee su propio dinamismo, su misión, su papel específico evangelizador y santificador. No está pasada de moda, sino que por su peculiar naturaleza está viva y crece.

sábado, 5 de mayo de 2018

La carne para la resurrección

La santa Pascua del Señor ilumina las realidades últimas, la escatología, en la que el hombre redimido por el sacrificio pascual de Jesucristo, llega a su destino último y feliz.

Resucita Cristo, resucita la carne de Cristo, transida por el Espíritu Santo. 

Es el Espíritu quien irrumpió con fuerza vivificadora en el sepulcro y tomando la carne muerta del Verbo encarnado, la resucita y la llena de gloria.

La carne de Cristo ha sido vivificada, y es que la carne, la corporalidad, la materialidad, forma parte del hombre creado, de la naturaleza humana.

Enseña el Catecismo:

364 El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu (cf. 1 Co 6,19-20; 15,44-45):
«Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día» (GS 14,1).
365 La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la "forma" del cuerpo (cf. Concilio de Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza.

jueves, 3 de mayo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, VI)

Hacer el bien en un momento puntual y concreto puede ser hasta fácil: una ayuda ocasional, un servicio concreto a alguien, una obra de misericordia corporal o espiritual.

Lo que ya es difícil, y requiere virtud, es continuar haciendo el bien, de forma constante, permanente, cuando nada externo nos ayuda, cuando no se ven resultados ni palabras de ánimo, o las circunstancias exteriores son adversas, o continuar haciendo el bien nos supone algún tipo de incomodidad, peligro o persecución.


La perseverancia en el bien sólo la alcanzan quienes son pacientes, aquellos que ya han adquirido la virtud de la paciencia. Entonces hacen siempre el bien a pesar de las resistencias o ataques exteriores o dificultades que se encuentran por el camino.

La consideración sobre el bien que es la paciencia adquiere aquí ese argumento más en favor de su necesidad. San Cipriano lo pondera.


"13. Es saludable el siguiente aviso del Señor, maestro nuestro: “El que se sostuviese hasta el fin, éste se salvará” (Mt 10,22). Y en otro lugar: “Si guardareis mi palabra, seréis verdaderos discípulos míos” (Jn 8,31). Hemos de soportar y perseverar, hermanos amadísimos, para que, con la esperanza de la verdad y libertad, podamos alcanzar la misma verdad y libertad; porque se es cristiano por la fe y la esperanza, pero para que logremos el fruto de ellas nos es precisa la paciencia. Pues no vamos tras la gloria de acá, sino tras la futura, conforme a lo que nos avisa el apóstol Pablo cuando dice. “Hemos sido salvados por la esperanza. La esperanza que se ve, ya no es esperanza; si uno ya lo ve, ¿cómo va a esperar lo que está viendo? Mas, si esperamos lo que no vemos, nos sostenemos por la espera de ello” (Rm 8,24-25).

martes, 1 de mayo de 2018

Lo que corresponde a una Iglesia santa (Palabras sobre la santidad - LIII)

Amorosísima para su Esposo, y fiel a Él, la Iglesia es santa para corresponder a la dignidad de su Señor, Jesucristo. Él la ha hecho santa para desposarla consigo. La ha enriquecido de dones, gracias, virtudes, carismas, ministerios; la ha embellecido y rejuvenecido constantemente con su Espíritu Santo. ¡Ella es santa por la santidad que le confiere Cristo!

Todo en la Iglesia debe estar al servicio de la santidad y todo está en función de la santidad: una santidad que es esponsal, una santidad que le viene dada por la plenitud del Espíritu Santo. Es santa en sí misma por obra del Señor.

Así lo confesamos, alegres, llenos de gozo, en el Credo: "Creo en la Iglesia que es santa..."

"Durante nuestra vida esta revelación es todavía incompleta; tiene lugar “per speculum, in aenigmate”, como por reflejo, bajo un velo arcano (1Co 13,12); el aspecto divino en la santidad es sólo y escasamente patente, aunque no sea del todo escondido para nosotros, y para un ojo limpio se manifiesta ya de tal manera que llena a toda la Iglesia de su espléndido adorno y constituye una de sus “notas” distintivas y características, precisamente la de la santidad de la Iglesia; nota, que frecuentemente no descubre la observación profana y que niega el juicio fenoménico sobre la humanidad de la Iglesia a causa de los defectos y pecados, que, por culpa del elemento humano de que ella está compuesta, la esconden y la deforman. Pero no hasta el punto de que tal nota de santidad pase inadvertida para la honesta observación de los hombres de este mundo" (Pablo VI, Homilía en la beatificación de 24 mártires de Corea, 6-octubre-1968).

A la vez, y como contraste, sabemos y vemos los pecados, los fallos y las debilidades de la Iglesia: es éste su rostro humano, el que formamos cada uno de nosotros, pecadores, y por tanto, nosotros los que ensuciamos su limpia hermosura, los que ajamos su rostro con el surco y arrugas de pecados, ambiciones, apatía, mediocridad, tibieza.

domingo, 29 de abril de 2018

Vid, sarmientos, vida, unión

"Yo soy la vid, vosotros los sarmientos..."

"Permaneced en mí y yo en vosotros"

"Sin mí, no podéis hacer nada".

Esta perícopa (texto) evangélico de Jn 15 lo leeremos varias veces a lo largo de estas semanas pascuales. Ofrecen el sentido de la vida divina que nos ofrece el Señor glorificado si permanecemos unidos a Él. La unión con Cristo es posible y es real, y es el principio determinante de toda fecundidad, de todo afán apostólico, de toda vida cristiana.

Sin vida interior, sin unión constante con Jesús resucitado, es imposible que haya vida en nosotros. Caeremos en el activismo, pero cada vez más secos por dentro. Y el sarmiento que no da fruto, se seca, se corta y se arroja al fuego.

La Pascua renueva el deseo de la vida de Cristo en nosotros y de la comunión personal con Él.

"El Evangelio de hoy, quinto domingo del tiempo pascual, comienza con la imagen de la viña. «Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”» (Jn 15, 1). A menudo, en la Biblia, a Israel se le compara con la viña fecunda cuando es fiel a Dios; pero, si se aleja de él, se vuelve estéril, incapaz de producir el «vino que alegra el corazón del hombre», como canta el Salmo 104 (v. 15). La verdadera viña de Dios, la vid verdadera, es Jesús, quien con su sacrificio de amor nos da la salvación, nos abre el camino para ser parte de esta viña. Y como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente podados por la palabra del Maestro (cf. Jn 15, 2-4), si están profundamente unidos a él, se convierten en sarmientos fecundos que producen una cosecha abundante. San Francisco de Sales escribe: «La rama unida y articulada al tronco da fruto no por su propia virtud, sino en virtud de la cepa: nosotros estamos unidos por la caridad a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; por eso las buenas obras, tomando de él su valor, merecen la vida eterna» (Trattato dell’amore di Dio, XI, 6, Roma 2011, 601).

viernes, 27 de abril de 2018

Llamados a la santidad, laicos incluidos

La santidad es la vocación bautismal, clarísima para todos, que a todos convoca.

¿Necesitamos huir del mundo, escondernos de él?

¿Tal vez encerrarnos en una cueva?


La santidad es nuestra vocación y, por tanto, también los fieles laicos, en el mundo, están llamados a la santidad pero desarrollada y vivida en el mundo, dentro del mundo, como germen de una humanidad nueva y del Reino de Dios.

Nuestra predicación y enseñanza debe proponer la alta medida de la vida cristiana ordinaria (Novo Millennio ineunte, 31) a todos, una y otra vez, y convertir nuestras comunidades y parroquias -hasta nuestros blogs- en escuelas de santidad que acompañen, eduquen, estimulen, orienten.



"Discurso de Juan Pablo II
a la Asamblea plenaria
del Pontificio Consejo para los Laicos[1]
Sábado, 7 –junio-1986


 
Por eso he apreciado mucho la elección del tema de vuestra asamblea plenaria: “Llamados a la santidad para la transformación del mundo”. No disociéis esta llamada y esta misión. La Iglesia necesita santos laicos cristianos. Sí, más que reformadores, necesita santos, porque los santos son los reformadores más auténticos y más fecundos. Cada gran período de renovación de la Iglesia está vinculado a importantes testimonios de santidad. Sin la búsqueda de esta última, el aggiornamento conciliar sería una ilusión.

martes, 24 de abril de 2018

El rito de la paz en la Misa (I)

Es característica esencial y propia del rito romano que la paz se intercambia después del Padrenuestro y -antes de la Fracción del Pan, según lo determinó en el siglo VI san Gregorio Magno: no es ningún modernismo litúrgico...


Desde entonces hasta hoy es uno de los rasgos propios del rito romano -como lo es también, por ejemplo, arrodillarse en la consagración y que las especies se muestren para la adoración después de la consagración-.

El Sínodo sobre la Eucaristía, en el pontificado de Benedicto XVI, sugirió desplazar el rito de la paz romano para anteponerlo al Ofertorio, en vistas, sobre todo, a no perturbar el ritmo de recogimiento antes de la comunión, dados los múltiples abusos de este rito que se ha visto desbordado por efusividad y movimientos.

Benedicto XVI recogió esta sugerencia en la exhortación Sacramentum Caritatis:

"La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo indeleble en el corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad, dirigiéndola a Aquel que « es nuestra paz » (Ef 2,14), y que puede pacificar a los pueblos y personas aun cuando fracasen las iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos" (n. 49).

domingo, 22 de abril de 2018

La vida eucarística - IV



            Se ama lo que se conoce. Siempre. Lo que no conocemos, o no podemos relacionarnos con ello, ¿será posible amarlo? 

Para amar más la Eucaristía, el Gran Sacramento, hemos de conocer lo que ella es, la realidad sacramental que bajo el velo de los signos, de los ritos y de los signos litúrgicos, contienen a Cristo y toda gracia. 


L
a voz de la Tradición empleaba este método: conociendo la liturgia, extraía el contenido sacramental y espiritual. Así, conocían la Eucaristía, para amarla más y vivirla mejor.


            “El pan y el vino de la Eucaristía eran simple pan y vino antes de la invocación de la santa y adorable Trinidad, pero, una vez hecha la invocación se convierten el pan en el cuerpo y el vino en la sangre de Cristo”[1]

viernes, 20 de abril de 2018

Sentido único de la Unción de Jesús

Que Jesús sea el Ungido por excelencia, hasta el punto de formar en castellano un solo nombre: "Jesucristo", es una medida nueva, una expresión completa.

Estaba profetizado que el Mesías del Señor, el que vendrá a salvar a Israel de sus pecados, tendrá de forma permanente el Espíritu Santo: reposará sobre Él. El Mesías será el Ungido. No recibirá el Espíritu mediante el aceite de las consagraciones, que "baja por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento" (Sal 132), sino directamente, espiritualmente.

El Ungido que estaba profetizado es nuestro Señor Jesús, el Salvador.

"En todos los que 'profetizaron se posó el Espíritu' Santo. Sin embargo en ninguno de ellos reposó como en el Salvador. Por lo cual está escrito de Él que 'saldrá un vástago de la raíz de Jesé y subirá de su raíz una flor. Y reposará sobre Él el Espíritu de Dios, Espíritu de sabiduría y entendimiento, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad; y lo llenará el Espíritu del temor del Señor'.

Pero quizás diga alguno: Sobre Cristo, no has mostrado escrito nada superior al resto de los hombres: así como se dijo que 'reposó sobre ellos el Espíritu', así también se dijo del Salvador: 'Reposará sobre Él el Espíritu de Dios'. Pero mira que sobre ningún otro se dice que 'el Espíritu de Dios descansase' con esta fuerza septuplicada, por lo cual sin duda aquella misma sustancia del Espíritu divino, que, al no poder mostrarse con un solo nombre, se expresa con divinos vocablos, profetiza que 'descansará sobre un vástago que procederá de la estirpe de Jesé'" (Orígenes, Hom. in Num., VI, 3, 2).

Solamente sobre el Verbo encarnado va a descansar el Espíritu septiforme, con sus siete dones, de manera absoluta. Ya lo recibió en el seno virginal de Santa María, cuando el Espíritu la cubrió con su sombra. Pero también recibió una nueva y abundante Unción en el Bautismo en el Jordán, donde el Espíritu desciende y robustece la humanidad del Verbo para su tarea redentora (incluida la cruz, no solamente la vida pública).

jueves, 19 de abril de 2018

La justicia del humilde

Otro aspecto de la humildad, la verdadera, la del amor, se une su relación con la virtud de la justicia. El justo es humilde, el humilde es un hombre justo.

¿Acaso no son los justos del Antiguo y del Nuevo Testamento, como san José "varón justo", hombres real y verdaderamente humildes?


Claro que la justicia no es una distribución igualitaria, conmutativa, marcada por el Derecho, sino la justicia es la salvación, el hombre que vive en temor de Dios y obra la salvación.

"Amplitud de la justicia

Ensánchandonos a nosotros mismos, la humildad ensancha también, con nosotros, todo el orden humano. A la moralidad exangüe con los recovecos de sus distingos, ofrece un nuevo respiro, y como   más espacio. Esta amplitud, la humildad la procura no exigiendo menos, sino exigiendo más. Sólo la humildad puede ofrecer toda la medida del hombre, divinizándolo. Así, puede parecer que la humildad, con su exceso de amor y la solicitud de su servicio, desborda la justicia y en cierto modo la niega. A cada uno según su mérito, a cada uno según su rango: de golpe la humildad olvida todos sus cálculos, y se somete libre y gozosamente a éste mismo que incluso es su inferior. Se hace el servidor de todos, incluidos sus servidores. ¿No es desconocer el buen derecho, y de cada uno su justo valor?

miércoles, 18 de abril de 2018

Iglesia, belleza, artistas

Sin necesidad de muchas glosas ni explicaciones, vamos a ir leyendo en varias catequesis dos discursos magistrales, sublimes, que con el tiempo se han convertido en lugar obligado y referente para entender la relación entre la Iglesia y la belleza, entre la Iglesia y los artistas.


Estos dos discursos son los pronunciados por Pablo VI en 1964 y el de Benedicto XVI en 2009. Ofrecen una relación teológica y pastoral entre la Iglesia y la belleza misma, que es una cualidad de Dios mismo (¡Dios es Hermosura siempre antigua y siempre nueva!) y por tanto la relación delicada de la Iglesia con el arte en todas sus expresiones, desechando el feísmo, el mal gusto, la copia, la baja calidad.

Entre todos, en los comentarios, iremos viendo los discursos y sacando las consecuencias. 

Disfrutemos leyéndolos.



"¡Queridos Señores e Hijos aún más queridos!

Nos apremia, antes de este breve coloquio, alejar de vuestro ánimo la posible aprensión o turbación fácilmente comprensible en quien se encuentra, en una ocasión como ésta, en la Capilla Sixtina. Quizá no exista un lugar que haga pensar y temblar más que éste, que infunda más embarazo y al mismo tiempo que excite más los sentimientos del alma. Pues bien, precisamente vosotros, artistas, debéis ser los primeros en apartar del alma el instintivo titubeo que nace al penetrar en este cenáculo de historia, arte, religión, destinos humanos, recuerdos, presagios. ¿Por qué? Pues porque éste es, precisamente y ante todo, un cenáculo para artistas, un cenáculo de artistas. Y por tanto deberéis en este momento dejar que la magnitud de las emociones, los recuerdos, la exultación -que un templo como éste puede provocar en el alma- invada libremente vuestros espíritus.

lunes, 16 de abril de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, V)

Continúa san Cipriano, después de contemplar la paciencia de Dios y la de Jesucristo en su vida entera y en su pasión, con los ejemplos de paciencia del Antiguo Testamento.

Los santos del AT ejercitaron la paciencia movidos por su fe, aguardaban bienes mayores y sufrieron pacientemente penas, dolores, persecuciones, aflicciones. Así, dicho sea de paso, prefiguraban, anunciaban, la paciencia del Salvador cuando llegase.


Si los santos y justos del Antiguo Testamento fueron pacientes, mucho más lo habremos de ser nosotros que ya conocemos a Cristo y que poseemos la acción del mismo Espíritu Santo en nuestras almas. La caridad paciente de Dios se nos ha infundido en nuestros corazones.


"10. Por último, hallamos que patriarcas, profetas y todos los justos que prefiguraban a Cristo, ninguna virtud guardaron como más digna de sus preferencias que la observancia de una paciencia y ecuanimidad a toda prueba.

domingo, 15 de abril de 2018

La alabanza a la Pascua (textos)

Tan amada era la Pascua de resurrección, tan deseada como centro del año, tan ansiada después de la larga, austera y rigurosa Cuaresma, que los Padres de la Iglesia se deshacían en elogios a la santa Pascua, elevando así el amor de los fieles al Señor.

Para ellos, los Padres de la Iglesia, como para los fieles y todo el pueblo cristiano, la noche santa de la Vigilia pascual y las siete semanas de Pascua no eran una fiesta más, incluso un tiempo más o menos anodino, sino la Fiesta de las Fiestas.


Un buen cristiano, un buen católico, vive con la mayor intensidad posible y el júbilo que embriaga el santísimo tiempo de Pascua. Un buen católico sabe que no hay nada comparado con el tiempo litúrgico de la Pascua, y que la misma Cuaresma (que tanto empeño se suele vivir) palidece ante la luz de la Pascua.

Llega la Pascua, la primera luna llena de primera. Resucita el Señor cuando la tierra pasa del invierno a la primera, al ciclo donde todo florece, la vida brota. Es un simbolismo adecuado. El mundo se renueva, en definitiva, porque es el Señor el que viene, resucita, se constituye como el Eterno Viviente y fuente de Vida. Para los judíos, una tradición señala la primavera (el mes de Nisán) como el inicio del año porque fue en primavera (mes de Nisán) cuando Dios lo creó todo.

Y Jesús, el Señor, resucita en el mes de la creación, abriéndolo todo a una nueva creación, a la plenitud del cosmos y lo creado.

jueves, 12 de abril de 2018

La vida eucarística - III



            Al tratar de la Eucaristía, exponer su secreto profundo, las palabras se vuelvan pequeñas e inexpresivas. 

Estamos ante el gran Sacramento: ¿se puede explicar? 

Nos hallamos ante el Misterio de nuestra fe: ¿cómo comprenderlo en su totalidad? 



Es el Amor de los Amores: ¿podremos comprenderlo en su totalidad? 

Es el Amor de los Amores: ¿podremos hacer otra cosa que no sea balbucir tímidas palabras, teniendo enfervorizado el corazón? 

Es la zarza ardiente, Fuego de Amor, en el Cuerpo de Cristo: ¿no habremos de descalzarnos respetuosamente adorando porque este sitio que pisamos es terreno sagrado?

            “La delicia del Señor es estar con los hijos de los hombres” (Prov 8,32). Quiere estar con sus hermanos –que somos nosotros por el bautismo-, permanecer junto a ellos, consolarlos, atraerlos a su Corazón, fuente de vida y santidad, horno ardiente de caridad. Cristo halla su delicia, y se goza su Corazón en abrir sus tesoros de amistad, de inefable amor, de sabiduría escondida que trasciende todo. Ahí está Cristo.

martes, 10 de abril de 2018

Encontrarse con el Resucitado

Una de las categorías máximas del lenguaje cristiano es la de "encuentro", porque remite a una relación personal, a una Presencia que se da y que es acogida.

El cristianismo jamás fue un razonamiento (una "gnosis"), ni tampoco fue una causa (revolucionaria, social). El cristianismo es el encuentro con el Señor, simplemente, porque Él está vivo hoy y para siempre, y sale a nuestros caminos.

La Pascua de Jesucristo es la posibilidad del encuentro no sólo con sus contemporáneos, en el siglo I, sino la posibilidad real de ese mismo encuentro hoy, porque Él se hace contemporáneo de todas las generaciones al ser Señor del tiempo, glorificado.

La misma alegría y la misma transformación de los discípulos, de los apóstoles, de las mujeres, de todos los que le vieron y oyeron y convivieron con Él es posible para nosotros. La vida cristiana es fruto para siempre de ese encuentro: ¡ah!, y cómo se nota a quien se ha encontrado de verdad con Él, porque vive de otro modo, descubre la realidad de forma nueva, su mirada es limpia... todo es cambiado en la persona que ha sido amada por Cristo.

Este es uno de los prodigios de la Pascua: que el encuentro con Cristo es real hoy para nosotros.


"«Surrexit Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual). 

Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad. 

viernes, 30 de marzo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, IV)

No olvida san Cipriano, para exhortar a la paciencia cristiana, detenerse en la pasión de Jesús. En su pasión, Cristo nos dio un ejemplo para que sigamos sus huellas.

¿Podría ser de otro modo? En la pasión, Él se muestra modelo y ejemplo de todas las virtudes, y la paciencia aquí ocupa un lugar destacado.


El cristiano, con su paciencia, imita la paciencia de su Señor en la pasión y en la cruz.

"7. Aun durante la Pasión y la cruz, antes de derramar su sangre y de su cruel muerte, qué oprobios no escuchó con toda paciencia, qué burlas y afrentas no toleró, hasta recibir los salivazos Él, que había dado luz a los ojos de un ciego con su saliva; no mucho antes Él, en cuyo nombre son azotados el diablo y sus demonios por sus servidores, consiente en ser azotado, y en ser coronado de espinas Él, que corona a los mártires con flores que no se marchitan; en ser abofeteado con palmadas Él, que otorga la palma verdadera a los vencedores; en ser despojado de sus vestidos Él, que viste a los demás con la vestidura de la inmortalidad; en ser abrevado con hiel Él, que nos dio un manjar celestial; en beber vinagre Él, que nos brindó el cáliz de salud.

martes, 20 de marzo de 2018

La Pascua que libera (textos)

El Misterio pascual es la acción salvadora de Cristo a través de su cruz, muerte, descenso a los infiernos y santísima resurrección. En el Misterio Pascual se cifra y se contiene nuestra vida.

Una vez al año el Misterio pascual es celebrado de forma solemne, convocando a todo el pueblo cristiano, a las liturgias solemnísimas del Triduo pascual (viernes santo, sábado santo, vigilia pascual y domingo de resurrección). Es la fiesta de las fiestas, tan importante y decisiva para nuestra vida que la prolongamos durante cincuenta días.


En el Misterio pascual, Jesucristo ha realizado una obra perfecta: a través del Sacrificio en la cruz y de su santísima resurrección nos salva, nos libera y nos reconcilia con el Padre abriéndonos las puertas del cielo que Adán cerró con su pecado.

La liturgia actualiza ese Misterio pascual y nos lo da mediante el velo de los ritos y oraciones. No todo termina con la Cuaresma, ni siquiera termina en el Viernes santo, sino que desemboca en la última parte del Misterio pascual, su resurrección, vivida en la noche en vela en honor del Señor que es la vigilia pascual, la fiesta más amada y preciosa.

Necesitamos, para vivir la santísima Pascua, una teología clara y una espiritualidad bien fundamentada, que nos ayude a penetrar en el Misterio pascual del Señor. 

viernes, 16 de marzo de 2018

Espiritualidad de la adoración (XXXI)

La adoración eucarística la realizarán y vivirán hombres y mujeres de recia fe, apostólicos, entregados, que descubren la Presencia de Cristo y la necesidad de estar con Él. A su vez, la misma adoración eucarística, sosegada y amorosa, va robusteciendo y acrecentando nuestra fe, para pasar de la debilidad, o el temor, o la rutina, al ardor y la entrega a la Persona del Señor.




Con la adoración eucarística, las aspiraciones y deseos del hombre, su corazón y todo su ser, se orientan cada vez más perfectamente a Dios, sin desviaciones, ni se permite que el corazón se ate a otros objetos u otros afectos legítimos pero desordenados. La adoración eucarística realiza en nosotros el gran lema: "¡Sólo Dios!"


"Os dije en España que la Eucaristía es la fuente de toda vuestra vitalidad espiritual y apostólica; porque con vuestra actitud de adoración, profundizáis en la fe, la esperanza y la caridad. De esta manera, orientáis toda vuestra vida hacia Dios y, por tanto, hacia el misterio del hombre y de la historia humana concreta" (Juan Pablo II, Disc. a la Adoración Nocturna española, 31-octubre-1983).

La interioridad y la contemplación piden un silencio interior y exterior. Entonces el alma se hace disponible para amar y para saber reconocer el Amor de Cristo, escuchando interiormente sus palabras, sus indicaciones, los suspiros y gemidos del Espíritu Santo en nuestro interior.

La vida cristiana posee como nota constante y definitoria la oración y la contemplación; por eso la adoración eucarística es un modo privilegiado de "estar" con el Señor, amándole y escuchándole.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, III)

Ser pacientes y ser mansos es, en último término, imitar la paciencia de Dios.

¡Seamos imitadores de Dios!

Recibimos los ejemplos de paciencia de Dios para que nos conformemos al estilo divino.



"5. Y para mejor comprender, hermanos amadísimos, que la paciencia es virtud propia de Dios y que el paciente y manso es imitador de Dios Padre, cuando en su Evangelio el Señor daba saludables máximas y avisos espirituales para instruir a sus discípulos, habló así: “habéis oído lo que se publicó: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo declaro: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, el cual hace salir su sol sobre los buenos y malos y llueve sobre los justos e injustos. Pues si amareis a los que os aman, ¿qué recompensa tendríais? ¿Acaso no obran así también los publicanos? Y si saludareis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen esto también los gentiles? Debéis ser, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,43-48).

domingo, 11 de marzo de 2018

La gloria, la cruz y el amor

Los evangelios de Cuaresma en el ciclo B están todos referidos a la Gloria de Jesús que se va a manifestar, se va a desplegar, en su Hora, la de la Cruz, cuando Él se levantado sobre todo y atraiga a todos hacia Sí.


Es una obra de amor y es el amor el contenido de la Cruz. Todo el Triduo pascual -Viernes Santo, Sábado Santo, Domingo de Pascua- es el despliegue ya incontenido e incontenible del amor de Dios y por eso acudimos a las iglesias esos tres días santísimos para vivir ese amor y responder a ese amor.

"Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único... para que el mundo se salve por él".

jueves, 8 de marzo de 2018

Miserere - Misericordia, Dios mío, por tu bondad



            Cada viernes se canta el Miserere. 

           
            ¿Qué le decimos a Dios en el Miserere?
             
             ¿Qué es, en definitiva, el Miserere que cada viernes la Liturgia canta y en muchos lugares se entona delante de alguna imagen del Señor con la cruz o Crucificado?



            Es un salmo, el salmo 50 del libro de los Salmos, y que entra dentro del grupo de los siete salmos penitenciales, aquellos salmos en que reconociéndonos pecadores, con pecados concretos nos acercamos en la oración a Dios implorando su perdón y misericordia. Es el hombre pecador que se acerca a Dios, su Padre compasivo y misericordioso, cual hijo pródigo. En efecto; la verdad es que, juntamente con la parábola del hijo pródigo, es la más grandiosa meditación que se haya escrito sobre el pecado y la misericordia de Dios. Y si hiciéramos un estudio comparativo, hallaríamos versículos muy parecidos en los dos textos. Jesús y sus oyentes tendrían como melodía de fondo el Miserere al exponer a los fariseos arrogantes la parábola del hijo pródigo.

            Este salmo lo escribió el rey David, en el s. IX a.C., confesando su pecado, el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato de Urías, el esposo deshonrado, cuando el profeta Natán le hizo caer en la cuenta de la abominación en la que había incurrido; y siglos después se le añadieron otros versículos, la última parte del salmo, cuando el pueblo de Israel vuelve a su tierra tras el exilio de Babilonia y todo lo encuentra derruido y asolado: “Benigne fac, Domine, in bona voluntate tua Sion, ut aedificentur muri Jerusalem”, “Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén” (Sal 50,20).

            ¿De qué habla el Miserere?

            El salmo 50 repite en sus estrofas iniciales la realidad del pecado, su maldad, su perversidad que está patente a los ojos de Dios y que provoca arrepentimiento y dolor en el alma del pecador. El pecado es un mal esencial, es la muerte del alma que se aleja de Dios, es una infidelidad a Dios de quien uno se aparta para ir por senderos torcidos y tortuosos. Entonces se apela al corazón de Dios: “Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam; et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquitatem meam”, “misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión obra mi culpa”.

martes, 6 de marzo de 2018

La vida eucarística - II





Es mi Cuerpo,
            quebrantado y roto,
            entregado por amor,
            sacrificado hasta el extremo.


Es mi cuerpo,
            comedlo, saciaos de él: ¡tenéis la vida con vosotros!

Esto es mi Cuerpo.

Nos dejaste a Ti mismo, te diste a Ti mismo, Señor Jesucristo.
            Entregaste tu Cuerpo a la Iglesia, hecho Eucaristía,
            oblación,
            sacramento,
            hecho alimento, Presencia entregada.

Dejaste este gran Don a tu Iglesia,
            para que se nutra de Ti,
            y se edifique y crezca cimentada en la Eucaristía.
            Tu Iglesia, desde entonces, celebra y vive la Eucaristía como el gran Sacramento, el gran regalo, el gran Don.


domingo, 4 de marzo de 2018

La Pascua redime (textos de Melitón de Sardes)

La grandeza de la Pascua que anualmente conmemoramos, y a la que nos disponemos en Cuaresma con ayuno (mucho ayuno), oraciones, mortificaciones y limosna, es que nos redime y nos re-crea.

La situación del hombre es una situación dramática; no es bueno el hombre; en su situación ahora vive el desgarro interior producido por el pecado de los orígenes, una humanidad debilitada y desordenada por el pecado original que le ha provocado la concupiscencia. Ésta lo arrastra al mal aunque no lo quiera, y cuando quiere hacer el bien lo deja pasar.

A esta humanidad caída, que por sí sola es incapaz de salvarse ni de restaurarse, ni de hacerse buena, responde la Pascua del Señor Jesucristo, que por su pasión, cruz, y resurrección, redime y recrea, hace una humanidad nueva. Por eso es tan importante para nosotros prepararnos a la Pascua, iniciada en la santísima Vigilia pascual, y captar la obra de Cristo que festejaremos durante cincuenta días.

Es la Tradición de los Padres la que nos permite el acceso a estas riquezas y por eso hemos de empaparnos de la Tradición.

Melitón de Sardes, en el siglo II, un autor del Asia Menor, subraya el contenido salvífico de la Pascua. La herencia del pecado es la muerte y la debilidad de la humanidad, con un destino sombrío y dramático.

Dejó Adán a sus hijos esta herencia:
No la pureza, sino la lujuria;
No la incorruptibilidad, sino la corrupción;
No el honor, sino la deshonra;
No la libertad, sino la esclavitud;
No la realeza, sino la tiranía;
No la vida, sino la muerte;
No la salvación, sino la perdición (Melitón de Sardes, Peri Pascha 49).

Si ésta es la herencia, podemos entender entonces el caos que el pecado ha producido tanto en el cosmos, el mundo y la naturaleza, como en el mismo hombre:

Inaudita y terrible vino a ser efectivamente la perdición de los hombres sobre la tierra. Pues he aquí lo que les ocurrió: eran arrastrados por el despotismo del pecado y empujados al mundo de las pasiones donde quedaban inundados por los placeres insaciables: