miércoles, 17 de octubre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, VIII)

Acostumbrados ya de sobra al lenguaje agustiniano, a nadie le extrañará que el tratado sobre la paciencia haga una disgresión para acudir a un tema teológico clave en su pensamiento: la gracia.

Sin la gracia nada somos ni nada podemos.


Por eso, la paciencia es un don de la gracia que orienta, dirige, sostiene la voluntad humana, siempre inclinada al pecado cuando se deja guiar por sus meras fuerzas y su concupiscencia.

Dios corona su obra al coronar nuestros méritos. Son suyos, de la gracia obrando en nosotros. Y, por gracia, recibimos una paciencia santa, orientada al bien y la perseverancia, a alcanzar los dones supremos, los bienes temporales y eternos.

Son párrafos realmente deliciosos, dignos de una lectura que sea capaz de asimilar estos conceptos y vivir de una forma nueva.
 

martes, 16 de octubre de 2018

Sentencias y pensamientos (III)

17. “La Verdad os hará libres”. Libres nos quiere el Señor desde la Verdad de nuestra miseria y de su riqueza, de su misericordia y bondad. Libres, de todo miedo, toda angustia, todo temor. Libres, volando en santidad. Esa libertad de espíritu en el Señor, esa paz, sin el espíritu encogido, da felicidad, “lágrimas” pero de amor, paz, santidad. 



 
18. Cuando estés cansado, muy cansado, y sea hora del Oficio divino, pon tu pobre corazón cansado en lo que cantes, aunque no te salga la voz. Dios mira el amor del corazón al cantar la Liturgia, no la voz, ni siquiera mira nuestras distracciones involuntarias. La Liturgia de las Horas, bien vivida, es tu mejor descanso. ¡Ama la Liturgia de las Horas, el canto, las inclinaciones, los silencios!


19. ¡Qué grande la Iglesia! ¡Qué Misterio tan hermoso! Que siempre contribuyamos a su belleza con nuestra vida, nuestra santidad, nuestra liturgia, nuestra oración y nuestra reparación. 

 
20. El Señor nos ha llamado para Él, y su gracia nos va transformando en el mismo Cristo, Cristo en nosotros. ¡Creados para ser santos! 

 
21. Hay posibilidad de cambiar, de crecer. Tenemos muchos recursos humanos y espirituales que la gracia de Dios ponen en situación de respuesta. 


lunes, 15 de octubre de 2018

Enseñanzas centrales de santa Teresa



Cuando en 1970 fue proclamada Doctora de la Iglesia, se reconoció así la validez perenne de su enseñanza y su magisterio. El carisma teresiano está vivo, es enriquecedor, es factible para todos, no sólo para sus hijos carmelitas descalzos. Es un legado vivo, interpelante, digno de encomio, merecedor de ser divulgado, explicado, enseñado.



            ¿Qué nos enseña santa Teresa de Jesús?

            Los tiempos son recios, dificultosos. La secularización lo ha devastado todo y ha infectado a la Iglesia misma hasta tal punto que ni nos damos cuenta ya del ambiente secularista que se respira. Hay una crisis de civilización, una cultura cristiana hecha añicos. Hoy, ser católicos, es una decisión comprometida y contracorriente si se quiere vivir de verdad la belleza de la fe. Pues “en estos tiempos recios son menester amigos fuertes de Dios” (V 15,5), que no se separen de Dios sino permanezcan asidos a Él; que cuiden su fe sin contaminarla; que tengan clara conciencia de su identidad cristiana. ¡Amigos fuertes de Dios!

            ¿Qué nos enseña santa Teresa de Jesús?

            Ofrece un magisterio pedagógico sobre la oración. Sabe que es imposible vivir cristianamente sin oración, sabe que en la oración está el todo de nuestra vida y que la oración va transformándonos en Cristo. Por eso ella insistirá en la vida de oración, mostrará sus caminos, forjará orantes, tanto religiosos como sacerdotes y seglares. La oración es para todos, para todo bautizado, y sin ella nada podemos ni hacer ni vivir ni progresar. Es tratar de amistad con Cristo (cf. V 8,5), conversar con Él, mirarle.

domingo, 14 de octubre de 2018

La fuerza del laicado

Que el laicado católico debe crecer en consistencia, lo tenemos claro todos.

Las líneas siempre serán la de la formación y la oración (sólida espiritualidad litúrgica, plegaria personal) para un renovado compromiso apostólico en la Iglesia y en el mundo.

Estas, y no otras, pueden ser las claves de trabajo con el laicado y el camino imprescindible para generar esas minorías creativas (término acuñado por Benedicto XVI) para la regeneración del mundo y la vitalidad de la Iglesia misma.

¿Cómo hacerlo? Y, ¿cuál es la misión que la Iglesia asigna al laicado?

Benedicto XVI, en un Mensaje al Foro Internacional de la Acción Católica, celebrado a finales de agosto de 2012, marcaba, en primer lugar, la corresponsabilidad del laico. Habrá, pues, que despertar la conciencia alertegada (o incluso "consumista" de sacramentos) para pasar a algo más: ser corresponsable de la vida y misión de la Iglesia:

"La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad especialmente respecto al papel de los laicos en la Iglesia, que no se han de considerar como «colaboradores» del clero, sino como personas realmente «corresponsables» del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su contribución específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en comunión cordial con los obispos.

Al respecto, la constitución dogmática Lumen gentium define el estilo de las relaciones entre laicos y pastores con el adjetivo «familiar»: «De este trato familiar entre los laicos y los pastores se pueden esperar muchos bienes para la Iglesia; actuando así, en los laicos se desarrolla el sentido de la propia responsabilidad, se favorece el entusiasmo, y las fuerzas de los laicos se unen más fácilmente a la tarea de los pastores. Estos, ayudados por laicos competentes, pueden juzgar con mayor precisión y capacidad tanto las realidades espirituales como las temporales, de manera que toda la Iglesia, fortalecida por todos sus miembros, realice con mayor eficacia su misión para la vida del mundo» (n. 37)".

miércoles, 10 de octubre de 2018

La vida eucarística - XI


¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría!
¡Tú creaste el pan y el vino que reconfortan al hombre!
Tu Hijo se nos dio en sagrado Banquete,
y desde entonces
cada vez que comemos del Pan y bebemos del Cáliz
anunciamos su muerte hasta que vuelva.
El cáliz que bendecimos
es la comunión con la Sangre de Cristo.
El pan que partimos
es comunión con el Cuerpo de Cristo.



¡Qué exquisita bondad, Señor!
Nos diste Pan del cielo,
de mil sabores enriquecido,
que contiene en sí todo deleite.

Oramos agradecidos,
enteramente reconociendo
y sintiendo internamente
el gran Don de la Eucaristía
con la plegaria litúrgica más antigua
que nos ha legado el tesoro de la Tradición:

lunes, 8 de octubre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, VII)

Como una virtud auxiliar, una ayuda, la paciencia viene dada por la caridad sobrenatural y es una ayuda para vivir esa caridad sobrenatural.

Así señala san Agustín que su origen está en Dios, como fruto de la gracia, y nosotros siempre somos mendigos de la gracia que no podemos presumir ni de méritos ni de obras, que no podemos justificarnos por nuestros méritos y obras, sino por la gracia que genera en nosotros el mérito.


Será la gracia la que nos dé la paciencia cuando infunda una mayor caridad sobrenatural y se extinga así el amor concupiscente, el amor o el deseo al pecado que nos arrastra.

Éstos son puntos claves, no sólo del Tratado sobre la paciencia, sino de todo el armazón teológico de san Agustín.


"CAPÍTULO XVII. La caridad ES LA FORTALEZA DE LOS JUSTOS

14. Los que así hablan no entienden que el inicuo es también más duro para tolerar cualquier aspereza cuanto mayor es, en él, el amor del mundo, y que el justo es tanto más fuerte para tolerar cualquier aspereza cuanto mayor es, en él, el amor de Dios. Ahora bien, el amor del mundo tiene su origen en el albedrío de la voluntad, su crecimiento en el deleite del placer y su confirmación en el lazo de la costumbre. En cambio, “la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones”, no de nuestra cosecha, sino “por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). 

sábado, 6 de octubre de 2018

Aprender a amar (1)

La serie de catequesis que abrimos con ese título "aprender a amar", no son terapia psicológica ni nada que se asemeje. Más bien podrían ser "clases prácticas" siguiendo el Corazón de Jesús, es decir, aprender a amar como Él ama.

Es el mismo método, con distinto lenguaje, que empleó santa Teresa de Jesús en Camino de Perfección, aclarando qué es amor y no extrañándose de lo confundidos que podríamos estar llamando amor a otras realidades que, en el fondo, no serían sino egoísmo disfrazado de mil maneras distintas.





            Cuando el amor se confunde con un mero sentimiento, entonces no se sabe lo que es el amor, sino la pasión.

            Cuando el amor se confunde e identifica con la satisfacción personal, física o afectiva, sin tener en cuenta al otro, ni buscar el bien ni la felicidad del otro, eso es egoísmo, no amor.

            Cuando el amor se confunde y sueña con una persona “ideal”, pero sin aceptarla y quererla tal cual es, estamos en un amor romántico, fugaz, pasajero.

            O, simplemente, cuando uno vive pensando sólo en uno mismo, en su propio equilibrio, en su propia felicidad, en su propio bienestar, en ir a su aire, sin comprometerse con nada ni nadie, viviendo según los propios instintos y pasiones, incapaz de sacrificarse, incapaz de acoger con el corazón, incapaz de sufrir con nadie o por nadie, o alegrarse con las alegrías de otro, incapaz de molestarse por nadie o tener detalles, incapaz de expresar lo que hay en el corazón... ¡ése es un egoísta! Sólo piensa en sí mismo... y deberá acudir a la escuela del Evangelio, esa escuela que hallamos en el Corazón de Jesús y en el Sagrario.

martes, 2 de octubre de 2018

Lo normal y cotidiano, traspasado por la santidad (Palabras sobre la santidad - LX)

Las grandes palabras no sirven, ni los discursos grandilocuentes, que brotan de un alma exaltada en un momento dado, pero que luego, como globos pinchados, se deshinchan en un instante. Eso, poco valor tiene, y menor duración aún.

La realidad de lo cotidiano, de lo anodino, de lo gris, de las mismas obligaciones cada día desde que suena la alarma del despertador, las mismas rutinas domésticas, el cotidiano ejercicio profesional, las mismas caras, las mismas personas, parecidas situaciones, etc., ahí es donde los grandes discursos se quedan vacíos y se impone la verdad; la rutina de lo cotidiano, es decir, de lo normal y no de lo extraordinario, es el ámbito consecuente de la fe y, por tanto, de la vida de santidad.

Para lo extraordinario, ocasional y hasta deslumbrante, todos estamos dispuestos llegado el momento. ¿Quién no es generoso una vez en una emergencia? Lo difícil es lo cotidiano, siendo -siguiendo el ejemplo- generoso cada momento de cada día aunque nadie lo vea.

Es simple la afirmación aunque cargada de consecuencias: la santidad se vive en lo normal; y, en ese sentido, los santos son normales, no tipos excéntricos, raros, intratables.

Las vidas de santos, las hagiografías, escritas en otros momentos y con otros criterios, incluían muchas leyendas y anécdotas piadosas para exaltar al santo y demostrar su capacidad y virtud sobrenatural, pero han prestado, por contra, un flaco servicio al hacer pensar que la santidad se identifica con esos elementos extraordinarios, y no con tanta vida oculta y anodina, pero fiel, de cada santo.
"Nuestra mentalidad hagiográfica, [está] habituada no poco a poner la santidad en las manifestaciones carismáticas del hombre maravilloso y milagrero, las cuales, a veces, acompañan a la santidad... 

El santo no es tal, por ser extraordinario, y, por tanto, inalcanzable, sino por ser perfecto y típico en la observancia de la norma que debería ser común a todos sus fieles seguidores. Esta concepción teórica, que podemos llamar moderna, de la hagiografía, presenta, desde luego, un peligro: el simplificar demasiado el camino que lleva a la perfección; camino que, por ser evangélico, debe ser como Cristo lo define: “¡Qué estrecha es la puerta y áspero el camino que conduce a la vida!” 

El deseo de privar a la vida religiosa de todo ascetismo artificioso y arbitraria exterioridad para hacerla, como hoy se dice, más humana y conforme con los tiempos, se infiltra acá y allá en la mentalidad moderna de algunos cristianos y hasta religiosos, y puede conducir, insensiblemente, a ese naturalismo que ya no comprende la locura y el escándalo de la cruz (cf. 1Co 1,23), y cree razonable adaptarse con la comodidad del mundo" (Pablo VI, Hom. en la beatificación de Beato Ignacio de Santhia, capuchino, 17-abril-1966).


domingo, 30 de septiembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, VI)

Al estudiar la paciencia, llega san Agustín a definiciones que calibran bien cómo es esta virtud y a qué objetos se refiere para que así la vivamos.

La paciencia de los justos demuestra y señala para nosotros, cristianos, qué es esta virtud, y es necesaria para vivir justa y santamente, como advertimos en sus vidas. Nadie será santo sin la paciencia, nadie será justo sin ser paciente.

Pero siendo un don de Dios, viene por su acción gratuita y generosa en nosotros, ya que por nosotros mismos, guiados sólo por nuestra voluntad, la concupiscencia rápidamente nos arrastrará hacia la impaciencia. Nuestra voluntad está debilitada por el pecado original y sus consecuencias, dramáticas, en nuestro ser personal. 

Pidamos el don de la paciencia deseándolo de veras.


"CAPÍTULO XIV. La paciencia de LOS JUSTOS
 
11. Oigan, pues, los santos los preceptos de paciencia que da la Escritura santa: “Hijo, al entrar al servicio de Dios, mantente en justicia y temor, y prepara tu alma para la tentación. Humilla tu corazón y aguanta, para que, al final, florezca tu vida. Acepta todo lo que te sobrevenga, aguanta en el dolor y sé paciente con humildad. Porque reprueba a fuego el oro y la plata, pero los hombres se hacen aceptables en el camino de la humillación” (Eclo 2,1-5). Y en otro lugar se dice: “Hijo, no decaigas en la disciplina del Señor ni desmayes cuando seas reprendido por Él. Pues al que Dios ama, le castiga; y azota a todo hijo que le es aceptable” (Prov 3,11-12). Aquí se dice “hijo aceptable” como arriba se dijo “hombres aceptables”. Pues es muy justo que los que fuimos expulsados de la felicidad primera del paraíso, por una apetencia contumaz de las delicias, seamos aceptados de nuevo por la paciencia humilde de los trabajos. Hemos sido fugitivos por hacer el mal, pero seremos acogidos por padecer el mal. Porque allí delinquimos contra la justicia, y aquí sufrimos por la justicia.

viernes, 28 de septiembre de 2018

"Al nombre de Jesús..." (El nombre de Jesús - VI)


“Al nombre de Jesús toda rodilla se doble...” (Flp 2,10).

            En la Carta a los Filipenses hay un himno cristológico que revela con suma claridad el contenido del nombre de Jesús, su propio ser y su misión. “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. 


            Jesús no es un mero hombre que en un determinado momento fuese “adoptado” por Dios como hijo suyo. Es Dios de Dios; es la Palabra creadora, “y la Palabra era Dios” hasta que, en la humildad de su Encarnación, “la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Tomó la condición de esclavo porque se hizo siervo, Siervo de Dios, Cordero de Dios que va a cargar sobre sí el pecado del mundo para destruirlo en la cruz. Pasó por uno de tantos: su humanidad era plena, tenía inteligencia, voluntad, y alma humanas; hombre igual que nosotros excepto en el pecado (porque el pecado no es humano sino lo que deshumaniza). Pasó por uno de tantos: tenía sed, se cansaba, sufría, amaba, gozaba, reía, lloraba, trabajaba... hasta el punto de que muchos desconfiaran de Él: “¿De dónde le viene a este esa sabiduría? ¿No es el hijo del carpintero?” (Mt 13,54-55). 

             El concilio Vaticano II lo formula preciosamente: 

“El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22).

martes, 25 de septiembre de 2018

El estilo moral del cristianismo (y III)



            Si éste es el camino de la luz, el camino del bien y de la verdad, que marca lo positivo en la vida cristiana, por contraste, hemos de saber cuál es el camino de las tinieblas, el camino del mal, que desemboca en el abismo.


           Nada de este camino del mal nos es lícito:

            “Por el contrario, el camino de la muerte es éste: ante todo, es malo y lleno de maldición: asesinatos, adulterios, pasiones, fornicaciones, robos, idolatría, magia, hechicería, saqueos, falsos testimonios, hipocresías, doblez de corazón, engaño, soberbia, maldad, presunción, avaricia, lenguaje obsceno, envidia, temeridad, ostentación, fanfarronería, falta de temor; perseguidores de los buenos, aborrecedores de la verdad, amantes de la mentira, desconocedores del salario de la justicia, no concordes con el bien ni con el juicio justo, no vigilantes para el bien, sino para el mal; alejados de la mansedumbre y la paciencia, amantes de la vaciedad, perseguidores de la recompensa, despiadados con el pobre, indolentes ante el abatido, desconocedores del que los ha creado, asesinos de niños, destructores de la obra de Dios, que vuelven la espalda al necesitado, que abaten al oprimido, defensores de los ricos, jueces injustos de los pobres, pecadores en todo. ¡Ojalá, hijos, permanezcáis alejados de todo esto!” (Didajé, V,1-2).


            Igual claridad y determinación en la Doctrina de los Doce Apóstoles:

domingo, 23 de septiembre de 2018

El estilo moral del cristianismo (II)



¿Cuál es el camino del bien? Recojamos algunas enseñanzas sobre este camino:

            “La enseñanza de estas palabras es la siguiente: Bendecid a los que os maldicen, rogad por vuestros enemigos y ayunad por los que os persiguen. Pues ¿qué generosidad tenéis si amáis a los que os aman? ¿Acaso no hacen esto también los paganos? Vosotros amad a los que os odian y no tendréis enemigo. Apártate de las pasiones carnales y corporales. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra y serás perfecto…



          No matarás, no adulterarás, no corromperás a los jóvenes, no fornicarás, no robarás, no practicarás la magia ni la hechicería, no matarás al niño mediante aborto, ni le darás muerte una vez que ha nacido, no desearás los bienes del prójimo. No perjurarás, no darás falso testimonio, no calumniarás, no guardarás rencor…

           No serás causa de cisma sino que pondrás paz entre los que contienden. Juzgarás justamente, no tendrás acepción de personas al corregir las faltas. No vacilarás si será o no. No seas de los que extienden las manos para tomar y, sin embargo, las encogen para dar. Si está a tu alcance, darás como rescate de tus pecados…” (Didajé, I,2-4; II,2-3; IV,3-6).

            Idénticas, o muy semejantes palabras, en otro documento de la época inmediatamente apostólica:

viernes, 21 de septiembre de 2018

El estilo moral del cristianismo (I)



Una catequesis "radical" porque va a las raíces, es plantear el estilo moral del cristianismo.

            Que hay un estilo moral del cristianismo, es indudable; lo cual no significa que el cristianismo sea un moralismo al uso, donde todo son normas, preceptos y “valores”, por usar la terminología habitual del lenguaje secularizado.


            Desde el principio del cristianismo, la catequesis y la predicación de la Iglesia educaban en un estilo propio de vivir, el estilo cristiano, que marcaba profundas diferencias con el mundo pagano circundante, ya sea romano, griego o bárbaro. Era una existencia nueva, que brotaba del Bautismo y la Confirmación, y se refiere a una vida nueva en Cristo Jesús.

            La catequesis cristiana, siguiendo un lenguaje bíblico, presentaba la vida como la opción de dos caminos, el del bien y el del mal, el de la luz y el de las tinieblas. Uno de estos caminos conducente a la salvación, y el otro desembocando en la perdición. El camino cristiano, el del bien, el de la luz, impregna todo lo que somos y hacemos, y tiene que ver con todo lo humano a la luz de Cristo.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

La vida eucarística - X



            La Palabra se hizo carne; el Verbo eterno de Dios tomó nuestra carne, nuestra naturaleza, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado. El Verbo en el seno de María –mujer eucarística- se hizo hombre. Al igual hoy, la Eucaristía, prolongación también de la Encarnación, contempla el admirable prodigio de que el Verbo, en su estado glorioso, en su cuerpo resucitado, toma carne en el Sacramento, transforma el pan en su cuerpo. La Encarnación y la Eucaristía ofrecen paralelismos sumamente sugerentes. 





“La Eucaristía –dice Juan Pablo II-, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación” (EE 55).


           Tanto en la Encarnación como en la Eucaristía hay un acercamiento libre y voluntario, un abajamiento del Verbo en su humildad para estar lo más cercano que pueda al hombre, para salirle al encuentro en su Cuerpo, con palabra, rostro y corazón humano. Así, cercano, hecho carne, hecho sacramento, hecho cuerpo sacramental, ofrece su vida y toda gracia al alma de los fieles. En la Encarnación se une a la humanidad humana, en la Eucaristía se sigue uniendo, por la comunión eucarística, a cada uno de los comulgantes.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, V)

Prosiguiendo con la lectura del Tratado sobre la paciencia, del gran san Agustín, llegamos a un lugar común en toda la predicación cristiana: la paciencia de Job.

Inocente, es abatido por sufrimientos, calamidades y enfermedades, y ha de resistir no sólo a todo ello, sino a las insinuaciones de su mujer y a los discursos capciosos de aquellos amigos.

La paciencia de Job, un santo, un justo del Antiguo Testamento, se propone como modelo virtuoso para nosotros. Leamos a san Agustín:


"CAPÍTULO XI. Paciencia del SANTO JOB

El santo Job toleró a este demonio cuando fue atormentado con ambas tentaciones, pero en ambas salió victorioso con el vigor constante de la paciencia y con las armas de la piedad. Primero perdió cuanto tenía, pero con el cuerpo ileso, para que cayese el ánimo, antes de atormentarle en la carne, al quitarle las cosas que más suelen estimar los hombres, y dijese contra Dios algo, al perder aquellas cosas por las que se pensaba que Job servía a Dios. Fue afligido también con la pérdida instantánea de todos sus hijos, de modo que los que recibió uno a uno, los perdiera de una vez, como si su mayor número no se le hubiera otorgado para mostrar la plena felicidad, sino para acumular calamidad. 

domingo, 16 de septiembre de 2018

El santo es un cristiano "completado" (Palabras sobre la santidad - LIX)

Adónde llega el Evangelio y qué potencia tiene, qué virtualidades encierra, y cómo desemboca todo en una existencia concreta... eso es lo que pone de relieve un santo, porque un santo es un exponente consumado de lo que es el Evangelio hecho vida, carne, camino.

Un santo es un cristiano "completado" en el sentido de que Cristo ha completado su obra, la ha ido labrando, forjando, a veces con duros golpes, otras con suaves toques, más allá con fuego que refina... y el santo ha sido completado por la acción de Cristo mediante la gracia.

El santo es el modelo más acabado del cristiano, quien presenta con toda su límpida transparencia, su luz, su belleza, las consecuencias últimas del Bautismo, el designio redentor de Dios, la vida nueva y sobrenatural. Por eso el santo se revela como plenitud, el ejemplo máximo del humanismo cristiano, siempre elevado por gracia, y así se convierte en una referencia para nuestro vivir cristiano, en un testimonio y a la par que en un estímulo constante para vivir así.
Si esto es un santo, y por tanto, ésta es la santidad, a nadie extrañará que todos, absolutamente todos y sin exclusión, estemos llamados a la santidad por el Bautismo, ya que la santidad será la perfección y acabamiento de la gracia bautismal totalmente desarrollada y sin cortapisas.
Es un hermoso nombre y un noble título: ¡santidad!, que se suma a la dignidad del cristiano: miembro de la Iglesia, hijo de Dios, hermano y coheredero con Cristo, templo del Espíritu Santo.
"[El Concilio] ha reservado a los fieles laicos –es decir, a los que no pertenecen al clero o a una familia religiosa- mensajes maravillosos, primeramente el de la dignidad del seglar, en cuanto a ser humano, y más aún en cuanto cristiano, ciudadano del reino de Dios, hijo adoptivo de Dios, hermano de Cristo y viviente, en virtud del Espíritu Santo, como miembro de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Dignidad; pero no es todo. El Concilio, es decir, la voz de la Iglesia, voz antigua y nueva, añade otro mensaje maravilloso, también éste para los seglares: el de la santidad.

¿Santidad para los seglares? ¿Es posible? Quizá la santidad esté reservada algunos, para los fieles más devotos, más celosos, más buenos. No, la santidad –atended- se propone a todos, grandes y pequeños, hombre y mujeres; se propone como posible; más aún, como obligada; la santidad decimos con alegría y estupor, la santidad para todos" (Pablo VI, Audiencia general, 16-marzo-1966).                     

Entonces Pablo VI se remonta a su origen mismo: el bautismo. La dignidad cristiana, y la misma santidad, nacen de la fuente bautismal y de la crismación.

viernes, 14 de septiembre de 2018

¿Cómo se comulga en la mano?

La educación litúrgica requiere que, a veces, se recuerden cosas que se dan por sabidas.

La comunión en la mano está permitida para todo aquel que lo desee, a tenor de nuestra Conferencia episcopal, que lo solicitó a la Santa Sede.


¿Cómo se comulga en la mano? ¡Hemos de conocer las disposiciones de la Iglesia para quien desee comulgar así!, porque en muchísimas ocasiones se hace mal, de forma completamente irrespetuosa.

Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma: al aire, agarrando la Forma de cualquier manera,  o con una sola mano... Actitudes que desdicen de la adoración debida.


Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma:

“Sobre todo en esta forma de recibir la sagrada Comunión, se han de tener bien presentes algunas cosas que la misma experiencia aconseja. Cuando la Sagrada Especie se deposita en las manos del comulgante, tanto el ministro como el fiel pongan sumo cuidado y atención a las partículas que pueden desprenderse de las manos de los fieles, debe ir acompañada, necesariamente, de la oportuna instrucción o catequesis sobre la doctrina católica acerca de la presencia real y permanente de Jesucristo bajo las especies eucarísticas y del respeto debido al Sacramento”[1].

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Asociados al sufrimiento... ofreciendo (León Bloy)

"Compartir con Cristo" era el ansia del apóstol Pablo: compartía sus sufrimientos para rebosar del consuelo de Cristo; compartía con el Señor los dolores de su pasión en favor de su Cuerpo que es la Iglesia. Sufría con Cristo para ser con Él glorificado.

Así la dinámica de la vida cristiana transcurre en ese compartir constante con el Señor sus gozos y alegrías, así como su pasión, sus dolores y su sufrimiento.



Así el sufrimiento con Cristo, lleno de amor y por amor redentor, rebosa hacia los demás como una Copa de salvación. Lo mío deja de ser mío, lo entrego, y se vuelve fecundo para los demás. Por eso, el misterio del sufrimiento (ya sea físico en la enfermedad, o moral, o espiritual por la oscuridad) se convierte en una fuente de gracia para los demás.

León Bloy -lo hemos visto ya en muchas catequesis del blog- es un apasionado del misterio de la Comunión de los santos y nos ofrece luces que nos orientan y nos sitúan para vivir sobrenaturalmente, para vivir en lo invisible del Misterio.

Él escribía:

lunes, 10 de septiembre de 2018

Su nombre salva (El nombre de Jesús - V)


“Bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (Hch 4,12)

            El Nombre de Jesús es “Salvador-Salvación”: “ningún otro puede salvar” (Hch 4,12). Nada ni nadie puede salvarnos, sólo Él. Las ideologías políticas o económicas han fracasado tarde o temprano, creando nuevas esclavitudes al establecer nuevas estructuras, pero no podían tocar, cambiar, transformar el corazón de la humanidad. Sólo Jesús salva. Y esto tiene consecuencias en muchos órdenes distintos: no serán programas políticos, o económicos, pero tampoco organizaciones y estructuras pastorales las que salven ni a nada ni a nadie. 


            Juan Pablo II lo decía clarísimamente en un párrafo ya antológico: 

“No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros! No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar” (NMI 29).

            La Iglesia, en sus acciones litúrgicas, en su predicación y enseñanza, en su servicio de caridad y promoción del hombre, en el cultivo y creación de la cultura, en todo lo que Ella es y hace, sólo tiene un fin: comunicar la salvación, mostrar y anunciar a Jesús Salvador. No es Ella misma la protagonista, es su Señor, es Jesús mismo, al que Ella hace visible y presente; es la Iglesia el instrumento, el signo, la mediación por la que Cristo sigue salvando. Los inicios de la vida de la Iglesia lo ponen claramente de relieve; basta leer el libro de los Hechos de los Apóstoles: Pedro cura a un paralítico de nacimiento invocando el nombre de Jesús: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda” (Hch 3,6). Lo único, pues, que tiene y posee la Iglesia, es a Jesús mismo, y en su Nombre, echa las redes “mar adentro” (Lc 5,4). 

domingo, 9 de septiembre de 2018

Jesús salva de la incomunicación (effetá)

El evangelio del "Effetá", plasmado en rito litúrgico durante el catecumenado, revela dimensiones hermosas de la naturaleza humana.

Hablamos y hablamos sin parar, pero nuestras palabras... ¡cuántas veces no son vacías, charlas insulsas, ruido constante! Pero, ¡qué difícil verbalizar y expresar lo interior!


Nuestros oídos oyen todo y están aturdidos de tanto ruido, pero se vuelven sordos, duros, ante la Verdad, o ante la manifestación del interior de otra persona, a la que preferimos no escuchar con empatía. Es decir, sobre información y ruido... pero falta comunicación cordial y sincera.

Más aún en relación con Dios. Difícilmente el hombre contemporáneo habla con Dios, incapaz de articular palabras en un diálogo e igualmente incapaz de hacer silencio para escucharle.

Pero es Cristo Jesús, Palabra eterna pronunciada en el Silencio, quien rompe esa incomunicación radical entre los hombres mismos y entre los hombres y Dios.

viernes, 7 de septiembre de 2018

¡Sólo la santidad! (León Bloy)

La vida cristiana es radical seguimiento de Cristo. Las medias tintas las aborrece el Señor; a los tibios los vomita, dice el Apocalipsis.3

Y así, ser cristiano, es vivir casi expuesto al peligro de la incomprensión de los demás, porque se trata de vivir fielmente según Cristo, a costa de que nos llamen "exagerados".


¿Quién puede vivir así?

Únicamente el que ha descubierto que está llamado a la santidad y tiene el deseo de la santidad inscrito en su corazón, lo cultiva y se deja guiar por él.

¿Santidad? Sí, claro. "La alta medida de la vida cristiana ordinaria" (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 30). Esa alta medida es exigente, radical, y pone en evidencia las mediocridades que nos rodean.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

La felicidad y la alegría cristianas

La vida cristiana posee como nota propia la alegría. Ésta es un componente irrenunciable y característico del cristianismo.

Vale la pena profundizar, con palabras de Pablo VI, en la alegría cristiana, en la felicidad del Evangelio.




“La alegría, la paz del alma, la paz que el mundo no puede dar (cf. Jn 14,27), la paz que no depende exclusivamente del goce de las condiciones necesarias al bienestar de la vida temporal, sino que viene de la fuente primera de la alegría, Dios, beatitud infinita, y que “nadie nos puede quitar” (Jn 16,22). 

¿Por qué no anunciarla una vez al mundo, que aparece atenazado por un deseo inextinguible de alegría y por una desesperada convicción de no poder alcanzarla? 

¿No es pesimista nuestro mundo? 

¿O no se engaña a sí mismo creyendo podérsela procurar con el sucedáneo del placer? 

¿Por qué no dar a nuestros hermanos los hombres el testimonio de que nosotros los cristianos, los hijos de la Iglesia, somos felices si somos humildes y fieles?

            Sí, somos felices, incluso bajo el peso de la cruz, incluso si nuestra cruz, pesada por la imitación y el amor que queremos ofrecer a la cruz de Cristo, es tal vez más dolorosa que la de quien busca sacudírsela de sus espaldas y no quiere reconocer su valor íntimo y su significado providencial.

            Por esta razón, hijos queridísimos, hemos celebrado la fiesta de Pentecostés dirigiendo a vosotros, a la Iglesia y también al mundo, nuestra exhortación que lleva el título de sus palabras iniciales, Gaudete in Domino, en un intento de recordar a todos nosotros que, si somos verdaderamente cristianos y católicos, debemos vivir inmersos en una alegría siempre nueva y siempre verdadera, la alegría que nos viene de la gracia del Espíritu Santo y que debe ser el resultado de ese doble esfuerzo de renovación y de reconciliación, que constituye el capítulo primero del programa del Año Santo.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, IV)

Hemos de ser pacientes si queremos alcanzar bienes mayores que aún no poseemos. La impaciencia en nada nos ayuda.

La paciencia beneficia a quien aguarda y sabe resistir, logrando los bienes necesarios para el cuerpo, para el alma, para el espíritu, aunque sean muchas las dificultades exteriores, o las circunstancias que se presentan inesperadamente y hemos de afrontar valientemente, aun cuando seas costosas.

La paciencia, sin lugar a dudas, es una virtud necesaria, ardua, viril.


"CAPÍTULO VIII. Práctica de LA PACIENCIA EN EL CUERPO Y EN EL ALMA

Así pues, cuando nos torturan algunos males pero no nos destruyen las malas obras, no solo poseemos nuestra alma por la paciencia, sino que cuando por la paciencia se aflige y se sacrifica el cuerpo temporalmente, se lo recupera con una salud y una seguridad eterna, y por el dolor y la muerte se conquista una salud inviolable y una inmortalidad feliz. Por eso, Jesús, al exhortar a sus mártires a la paciencia, les prometió también la integridad futura del mismo cuerpo que no ha de perder, no digo ya un miembro, sino ni siquiera un pelo: “En verdad os digo”, dice, “que no perecerá un cabello de vuestra cabeza” (Lc 21,18). Y como dice el Apóstol: “nadie tuvo jamás odio a su carne” (Ef 5,29). Vele, pues el hombre fiel más por la paciencia que por la impaciencia, por la salud de su carne y compare los dolores del presente, por grandes que sean, con la inestimable ganancia de la incorrupción futura.

jueves, 30 de agosto de 2018

La vida eucarística - IX



            La mayor participación posible en el sacrificio del altar se produce cuando la persona se une en comunión con el Señor, es decir, el fiel cristiano recibe a su Señor en comunión eucarística, debidamente dispuesto, sin pecado. La Iglesia siempre ha privilegiado este momento altamente espiritual de participación, mediante los ritos y oraciones, que expresaban así la fe en la presencia real eucarística.



            La catequesis primitiva de la Iglesia explicaba despacio cómo acercarse a comulgar.


            “Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor”[1]

 

domingo, 26 de agosto de 2018

Decisiones en torno a Jesús

La crisis final que provoca el discurso del Pan de Vida (Jn 6), conduce a tomar decisiones claras, una toma de postura radical frente a la Persona del Señor: o con Él o contra Él, pero no las medias tintas, ni la mediocridad, ni el disfraz que oculta otras aspiraciones.


Cristo provoca, su Palabra no deja indiferente. Además, ante su Palabra y su Persona, hay que decidirse. El seguimiento del Señor requiere hombres fuertes, arrojados y decididos, porque el camino es estrecho y la cruz hay que tomarla sobre sí. 

Por una parte encontramos aquellos discípulos escandalizados, incapaces de querer comprender lo que Jesús ha anunciado, que lo reinterpretan a su modo y, encima, lo contarán a los demás peor, desfigurado, como una caricatura. Critican a Jesús: ya nada les parece bien de lo que dicen, acaban cobrando odio a su Persona. Jesús es bueno y manso, pero también es claro y decidido y no elude poner a cada cual ante la Verdad. Tiene paciencia, infinita incluso, pero sabe lo que hay en el corazón de cada hombre y sabe que muchos están con Él pero no creen. Éstos lo abandonarán. Mejor, así no incordiarán ni vivirán en una mentira entorpeciendo cuanto haga el Señor.

Por otra parte, encontramos al grupo de sus apóstoles, confusos, y que no acaban de entenderle, pero que han descubierto en Cristo algo que corresponde a su corazón, al deseo más sincero y hermoso de su corazón. Nadie jamás les habló así, nadie captó mejor su propia persona y la respuesta a sus búsquedas. Pedro se convierte en portavoz: "¿A quién vamos a acudir...?" Le seguirán, no se apartarán de Él. Han optado por el seguimiento de Cristo sin que Cristo les haya forzado a nada, sino poniéndolos ante su propia libertad para que decidan: "¿También vosotros queréis marcharos...?"

Y finalmente, Judas, el que lo iba a entregar. Camuflado, callado, incapaz de desmarcarse del grupo apostólico pero cada vez más lejos de Cristo en su corazón.

¡Hay que tomar decisiones, posturas claras!

sábado, 25 de agosto de 2018

Iglesia, belleza, artistas (y VII)

Benedicto XVI continuaba su discurso... Había planteado la necesidad que tiene el hombre sobre la belleza verdadera, y cómo ésta suscita la esperanza.

Citó a filósofos y a literatos después del testimonio del arte mismo: la Capilla sixtina, el impresionante Juicio Final de Miguel Ángel.

Es la sed de belleza, la nostalgia por la belleza, connatural al hombre, y que se no puede conformar con algo menos, o con un sucedáneo.


Después de esa genial y razonable argumentación -¡qué necesaria es la razón y recto uso de la razón!-, el Papa avanzaba, daba un paso más, hacia la teología misma.

Cita a von Balthasar, genial teólogo, con el que Ratzinger siempre tuvo especial sintonía; ambos fueron grandes teólogos compenetrados por una visión muy honda de la teología, y a los que les unía, por ejemplo, la pasión por la belleza. Ésta fue formulada teológicamente con la "via pulchritudinis" o "camino de la belleza".

Son párrafos de Benedicto XVI, e ideas, grandiosas, elevadas, sublimes. Vale la pena leerlas varias veces y disfrutar con ellas, porque amplían tremendamente el horizonte teológico, espiritual y artístico.


"A este propósito se habla de una via pulchritudinis, un camino de la belleza que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico, estético, y un itinerario de fe, de búsqueda teológica. El teólogo Hans Urs von Balthasar abre su gran obra titulada "Gloria. Una estética teológica" con estas sugestivas expresiones: "Nuestra palabra inicial se llama belleza. La belleza es la última palabra a la que puede llegar el intelecto reflexivo, ya que es la aureola de resplandor imborrable que rodea a la estrella de la verdad y del bien, y su indisociable unión" (Gloria. Una estética teológica, Ediciones Encuentro, Madrid 1985, p. 22) . 

jueves, 23 de agosto de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, III)

Si los malvados, y nosotros mismos cuando dejamos a la voluntad que se guíe por sus apetitos, aguantamos lo que sea con tal de obtener tercamente lo que queríamos, cuánto más el alma, guiada por la gracia, ha de perseverar, aguantar, resistir, para alcanzar el bien.


Incluso, cuando por la paciencia aguardamos bienes temporales, legítimos, deberíamos recordar cuánta mayor paciencia necesitamos para alcanzar los bienes eternos y perseverar.

Pero sabremos si tenemos paciencia, cristiana, si conocemos su raíz y sus motivaciones.

Estas son las pautas que muestra san Agustín en el tratado sobre la paciencia:


"CAPÍTULO VI. LA CAUSA DISTINGUE LA VERDADERA PACIENCIA DE LA FALSA

            5. Así pues, cuando veas que alguien tolera algo pacientemente, no te apresures a alabar su paciencia mientras no aparezca el motivo de su padecer. Cuando éste es bueno, aquélla es verdadera; cuando éste no se mancha con la codicia, entonces aquélla se aparta de la falsedad; cuando aquél se hunde en el crimen, entonces se yerra en darle a ésta el nombre de paciencia. Pues, así como todos los que saben participan de la ciencia, no todos los que padecen participan de la paciencia, sino que los que viven rectamente su pasión, ésos son alabados como verdaderos pacientes, y son coronados con el galardón de la paciencia.


viernes, 17 de agosto de 2018

Ha llegado la salvación (El nombre de Jesús - IV)


“Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,10).


            Ésta fue la explicación que Jesús mismo da al asistir al banquete que Zaqueo organiza anunciando su conversión, porque Jesús mismo antes lo llamó y le dirigió aquellas palabras “porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Hoy tenía que entrar Jesús en la casa, en la vida, de Zaqueo para cambiar el corazón de aquel hombre al que sólo lo movía el dinero. Y precisamente, en medio del banquete, cuando Zaqueo se da cuenta hasta qué punto estaba atado y comienza a decir cómo va a restituir a quienes se ha aprovechado por su oficio de publicano, Jesús exclama: “hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Así Jesús mismo ha llegado a esa casa porque Él es la salvación. Donde Él entra todo se transforma, se hace posible la conversión y por tanto, una vida auténtica, bella, verdadera, llena de bien.

            Sí, en la casa de Zaqueo ha entrado Jesús, ha entrado la salvación, ha entrado Jesús Salvador. Su Nombre lo ejerce: ofrece salvación, ¡y qué feliz es Zaqueo! El hombre que es salvado por Jesús es un hombre nuevo, pleno, lleno. Por eso, explica san Agustín: 

““Hoy ha llegado la salvación”. Ciertamente, si el Salvador no hubiese entrado no hubiese llegado la salvación a aquella casa. ¿De qué te extrañas, enfermo? Llama también tú a Jesús, no te creas sano” (Serm. 174,6).

miércoles, 15 de agosto de 2018

La Asunción de Nuestra Señora



Entre todos los descendientes de David, escogiste una humilde doncella, hija de la tierra, y la introdujiste en el cielo, tú que del cielo vienes[1].




El centro de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María no es otro que su participación plena en el Misterio Pascual de su Hijo Jesucristo. Ella, la "Hija de su Hijo", alcanza la meta de la glorificación prevista y preparada por Jesucristo en su Misterio Pascual (Pasión, Muerte, Resurrección), es decir, la Asunción es la glorificación del ser de María, cuerpo y alma que entra en los cielos, la primera de nuestra raza, nuestra hermana y madre, donde la Iglesia, significada y recapitulada en María espera llegar:


Porque te has complacido, Señor, en la humildad de tu sierva, la Virgen María, has querido elevarla a la dignidad de Madre de tu Hijo y la has coronado de gloria y esplendor; por su intercesión, te pedimos que a cuantos has salvado por el misterio de la redención nos concedas también el premio de tu gloria” (OC Misa vigiliar).
“Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con él de su misma gloria en el cielo” (OC Misa del día).


martes, 14 de agosto de 2018

Camino de santificación, el matrimonio (Palabras sobre la santidad - LVIII)

Quienes se unen en el Señor, y reciben la gracia del sacramento del Matrimonio, pueden vivir en santidad, están llamados a la santidad, y la vivirán con un modo concreto: la esponsalidad. El matrimonio se convierte también en camino de santidad y no en obstáculo. Reciben una misión como matrimonio y, si son fieles a la gracia, se santifican en ella:

"Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un incansable y generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como símbolo y participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a Sí mismo por ella" (LG 41).

 Están llamados a la santidad y se santifican en el estado matrimonial, como enseña la Constitución Gaudium et Spes:

"Los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios" (GS 48).

La gracia matrimonial actúa eficazmente y es comunicada por Cristo mediante la Iglesia. La Iglesia acompaña a todos sus hijos en el camino de la santidad:

"La Iglesia reconoce y ahora, asiste y santifica a todos los grupos de personas, a todas las almas, a todas las particulares condiciones y todas las buenas almas, a todas las particulares condiciones y todas las buenas actividades humanas" (Pablo VI, Alocución general, 16-octubre-1963).

El Matrimonio, celebrado en el Señor, es un sacramento, por tanto, algo más que una ceremonia pública y social donde los novios sellen un contrato. Es una comunicación de la gracia del Espíritu Santo para vivir esponsalmente reflejando la esponsalidad de Cristo con su Iglesia. Al ser comunicación de gracia, no es de extrañar que la Iglesia ore, en la solemne plegaria de bendición nupcial, diciendo:

"Envía sobre ellos la gracia del Espíritu Santo,
para que tu amor, derramado en sus corazones,
los haga permanecer fieles en la alianza conyugal" (Ritual del Matrimonio, n. 82).


domingo, 12 de agosto de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, II)

La paciencia va vinculada al bien objetivo, y así es verdadera paciencia la que espera, resiste, aguanta, sufre, por el bien.

Los malvados, dirá san Agustín, pueden parecer que tienen paciencia hasta lograr el objeto de su maldad y sus deseos, pero eso es más que paciencia, contumacia, terquedad. La paciencia cristiana es bien distinta. ¿Cómo la discerniremos? Por sus motivos interiores, por su motivación.


Así, san Agustín comienza mostrando la supuesta paciencia del mal y de los malvados, para desenmascararla y orientar la naturaleza y el fin de la paciencia cristiana.


"CAPÍTULO III. La PACIENCIA DE LOS MALVADOS

            3. Veamos, pues, cristianos, qué duros trabajos y dolores soportan los hombres por las cosas que aman, viciosamente, y cómo se juzgan más felices con ellas cuanto más infelizmente las codician. ¡Qué de cosas peligrosísimas y muy molestas afrontan, con suma paciencia, por unas falsas riquezas, unos vanos honores o unas pueriles satisfacciones! Los vemos hambrientos de dinero, de gloria y de lascivia, y, para conseguir esas cosas, tan deseadas y una vez adquiridas no carecer de ellas, soportar, no por una necesidad inevitable sino por una voluntad culpable, el sol, la lluvia, los hielos, el mar y las tempestades más procelosas, las asperezas e incertidumbres de la guerra, golpes y heridas crueles, llagas horrendas. E, incluso, estas locuras les parecen, en cierto modo, muy lógicas.