miércoles, 15 de agosto de 2018

La Asunción de Nuestra Señora



Entre todos los descendientes de David, escogiste una humilde doncella, hija de la tierra, y la introdujiste en el cielo, tú que del cielo vienes[1].




El centro de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María no es otro que su participación plena en el Misterio Pascual de su Hijo Jesucristo. Ella, la "Hija de su Hijo", alcanza la meta de la glorificación prevista y preparada por Jesucristo en su Misterio Pascual (Pasión, Muerte, Resurrección), es decir, la Asunción es la glorificación del ser de María, cuerpo y alma que entra en los cielos, la primera de nuestra raza, nuestra hermana y madre, donde la Iglesia, significada y recapitulada en María espera llegar:


Porque te has complacido, Señor, en la humildad de tu sierva, la Virgen María, has querido elevarla a la dignidad de Madre de tu Hijo y la has coronado de gloria y esplendor; por su intercesión, te pedimos que a cuantos has salvado por el misterio de la redención nos concedas también el premio de tu gloria” (OC Misa vigiliar).
“Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con él de su misma gloria en el cielo” (OC Misa del día).


martes, 14 de agosto de 2018

Camino de santificación, el matrimonio (Palabras sobre la santidad - LVIII)

Quienes se unen en el Señor, y reciben la gracia del sacramento del Matrimonio, pueden vivir en santidad, están llamados a la santidad, y la vivirán con un modo concreto: la esponsalidad. El matrimonio se convierte también en camino de santidad y no en obstáculo. Reciben una misión como matrimonio y, si son fieles a la gracia, se santifican en ella:

"Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un incansable y generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como símbolo y participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a Sí mismo por ella" (LG 41).

 Están llamados a la santidad y se santifican en el estado matrimonial, como enseña la Constitución Gaudium et Spes:

"Los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios" (GS 48).

La gracia matrimonial actúa eficazmente y es comunicada por Cristo mediante la Iglesia. La Iglesia acompaña a todos sus hijos en el camino de la santidad:

"La Iglesia reconoce y ahora, asiste y santifica a todos los grupos de personas, a todas las almas, a todas las particulares condiciones y todas las buenas almas, a todas las particulares condiciones y todas las buenas actividades humanas" (Pablo VI, Alocución general, 16-octubre-1963).

El Matrimonio, celebrado en el Señor, es un sacramento, por tanto, algo más que una ceremonia pública y social donde los novios sellen un contrato. Es una comunicación de la gracia del Espíritu Santo para vivir esponsalmente reflejando la esponsalidad de Cristo con su Iglesia. Al ser comunicación de gracia, no es de extrañar que la Iglesia ore, en la solemne plegaria de bendición nupcial, diciendo:

"Envía sobre ellos la gracia del Espíritu Santo,
para que tu amor, derramado en sus corazones,
los haga permanecer fieles en la alianza conyugal" (Ritual del Matrimonio, n. 82).


domingo, 12 de agosto de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, II)

La paciencia va vinculada al bien objetivo, y así es verdadera paciencia la que espera, resiste, aguanta, sufre, por el bien.

Los malvados, dirá san Agustín, pueden parecer que tienen paciencia hasta lograr el objeto de su maldad y sus deseos, pero eso es más que paciencia, contumacia, terquedad. La paciencia cristiana es bien distinta. ¿Cómo la discerniremos? Por sus motivos interiores, por su motivación.


Así, san Agustín comienza mostrando la supuesta paciencia del mal y de los malvados, para desenmascararla y orientar la naturaleza y el fin de la paciencia cristiana.


"CAPÍTULO III. La PACIENCIA DE LOS MALVADOS

            3. Veamos, pues, cristianos, qué duros trabajos y dolores soportan los hombres por las cosas que aman, viciosamente, y cómo se juzgan más felices con ellas cuanto más infelizmente las codician. ¡Qué de cosas peligrosísimas y muy molestas afrontan, con suma paciencia, por unas falsas riquezas, unos vanos honores o unas pueriles satisfacciones! Los vemos hambrientos de dinero, de gloria y de lascivia, y, para conseguir esas cosas, tan deseadas y una vez adquiridas no carecer de ellas, soportar, no por una necesidad inevitable sino por una voluntad culpable, el sol, la lluvia, los hielos, el mar y las tempestades más procelosas, las asperezas e incertidumbres de la guerra, golpes y heridas crueles, llagas horrendas. E, incluso, estas locuras les parecen, en cierto modo, muy lógicas.

viernes, 10 de agosto de 2018

Sentencias y pensamientos (II)

7. La santidad se convierte en sencillez incluso de los deseos; ya no se desea ser el mejor ni el más perfecto en el servicio de Dios (que es soberbia con máscara de celo) sino se desea tan sólo aquello que Dios desea para mí. Se da la talla poniendo en juego todos y cada uno de los talentos que Dios ha puesto en el alma, pero sin la obsesión de ser “el mejor”, que lleva a quitar a Dios como un estorbo.




8. Busca continuamente el rostro del Dios vivo. Que nunca seas un parásito en la Casa de Dios, en feliz expresión de Pablo VI.
  

9. Toda tu vida, sellada por el momento de la profesión solemne, es un largo camino para abrazarte al Crucificado y ser semejante a Él, mediante los votos de pobreza, obediencia y castidad, uniéndote por amor al Amor, y esto es lo que te va haciendo semejante a Cristo Esposo.

 
10. Sólo aceptando las propias limitaciones se puede uno trabajar internamente. Sé dócil al Señor que te irá mostrando el camino de tu propio crecimiento y santidad.


11. Ser santos es dejarse amar por Dios y que su Gracia nos trabaje por dentro.

domingo, 5 de agosto de 2018

La vida eucarística - VIII



            ¿Qué celebramos? ¿Qué ocurre en la celebración de los misterios santos? Se obra la salvación de Dios, y los mismos ritos de la liturgia están llenos de un contenido espiritual y salvador, que interpelan y nos sitúan frente al Misterio con la reverencia y adoración necesarias.



            Un gran toque de atención –destacado por la Tradición de la Iglesia- es la llamada del sacerdote al inicio del Prefacio: “Levantemos el corazón”.


            “Después exclama el sacerdote: “Levantemos el corazón”. Pues verdaderamente, en este momento trascendental, conviene elevar los corazones hacia Dios y no dirigirlos hacia la tierra y los negocios terrenos. Es, por tanto, lo mismo que si el sacerdote mandara que todos dejasen en ese momento a un lado las preocupaciones de esta vida y los cuidados de este mundo, y que elevasen el corazón al cielo hacia el Dios misericordioso. Luego respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, con lo que asentís a la indicación por la confesión que pronunciáis. Que ninguno que esté allí, cuando dice: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, tenga en su interior su mente llena de las preocupaciones de esta vida. Pues debemos hacer memoria de Dios en todo tiempo. Pero si, por la debilidad humana, se hiciere imposible, al menos en aquel momento hay que esforzarse lo más que se pueda”[1].


viernes, 3 de agosto de 2018

Y la Comunión de los santos siempre viva (León Bloy)

Podemos aportar mucho a los demás miembros de la Iglesia, llegando a límites insospechados y alcanzando a hermanos nuestros que tal vez jamás conoceremos, cuando somos capaces de ofrecer y enriquecer ese tesoro de gracias de la Comunión de los santos.


Nos toca aportar como, a nuestra vez, somos receptores humildes y agradecidos de mil gracias distintas que nos vienen por el sacrificio de alguien, o por la plegaria escondida de otro, o por las obras santas de aquél de más allá.

Es educativo que nos paremos a pensar el volumen de gracia que adquiere la Comunión de los santos:

jueves, 2 de agosto de 2018

Iglesia, belleza, artistas (VI)

Avanza el discurso de Benedicto XVI con una sugestiva interpretación: tomando pie del Juicio Final de Miguel Ángel, explica el sentido de la historia humana y su gran recapitulación.

Mientras tanto, el hombre vive herido y sediento por la belleza. Sin belleza no puede vivir, y la belleza de la que goza aquí, con el arte en sus variadas facetas y expresiones, es sólo un pálido reflejo que trasciende a sí mismo para elevar a Dios.


¡La belleza es necesaria!

¡La belleza nos humaniza!

¡La belleza nos eleva!

¡La belleza -artística- nos habla de la Belleza -que es Dios-!

¿Qué nos ofrece la teología, la misma Iglesia hoy? La "via pulchritudinis", o sea, el camino de la belleza.

"Queridos amigos, dejemos que estos frescos nos hablen hoy, atrayéndonos hacia la meta última de la historia humana. El Juicio universal, que podéis ver majestuoso a mis espaldas, recuerda que la historia de la humanidad es movimiento y ascensión, es tensión inexhausta hacia la plenitud, hacia la felicidad última, hacia un horizonte que siempre supera el presente mientras lo cruza. Pero con su dramatismo, este fresco también nos pone a la vista el peligro de la caída definitiva del hombre, una amenaza que se cierne sobre la humanidad cuando se deja seducir por las fuerzas del mal. El fresco lanza un fuerte grito profético contra el mal, contra toda forma de injusticia. Sin embargo, para los creyentes Cristo resucitado es el camino, la verdad y la vida; para quien lo sigue fielmente es la puerta que introduce en el "cara a cara", en la visión de Dios de la que brota ya sin limitaciones la felicidad plena y definitiva. Miguel Ángel ofrece así a nuestra vista el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de la historia, y nos invita a recorrer con alegría, valentía y esperanza el itinerario de la vida. Así pues, la dramática belleza de la pintura de Miguel Ángel, con sus colores y sus formas, se hace anuncio de esperanza, invitación apremiante a elevar la mirada hacia el horizonte último. 

martes, 31 de julio de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, I)

Cuando uno quiere beber agua, busca fuentes cristalinas, no contaminadas, ni siquiera que pueda haber una mínima duda sobre su salubridad. Los Padres de la Iglesia son fuentes de agua viva, no hay duda alguna cuando vemos sus fuentes y nos acercamos a beber.


La formación católica se enriquece cuando acudimos a los Padres de la Iglesia y nos sumergimos en la Tradición, mejor que acudir a quienes tal vez se ponen de moda, pero no hay en ellos garantía alguna, sólo la publicidad editorial.

A medida en que leemos los Padres de la Iglesia, descubrimos que no son monumentos del pasado ni tampoco una lectura críptica difícil: muchos tratados, homilías, escritos, etc, muestran su actualidad a la vez que ofrecen criterios claros, fecundos, para la vida católica. Por eso un interés grande debe movernos a leerlos, conocerlos.

domingo, 29 de julio de 2018

Eucaristía, encuentro con Cristo, don mayor

Interrumpiendo la lectura semi-continua del evangelio de san Marcos, más breve, se completan los domingos del Tiempo Ordinario insertando el discurso del Pan de vida del evangelio de san Juan (cap. 6).

De este modo, cada tres años, al seguirse el ciclo B de lecturas, todos los fieles tenemos ocasión de escuchar en el domingo la doctrina eucarística del Evangelio.





Al considerar el misterio eucarístico, podremos profundizar en él, vivirlo mejor, celebrar con mayor unción y devoción, ser consciente de su grandeza, extender su acción hacia toda nuestra vida de manera que sea un culto en espíritu y verdad: forma una vida eucarística.


Se superan entonces la rutina, la tibieza, el apagamiento o la distancia que a veces podamos tomar de la Eucaristía; caen las excusas fáciles para ausentarse; se llega a comprender incluso que ante tal grandeza, el desarrollo de la Misa requiere su tiempo y jamás la prisa o la precipitación podrán tener cabida.

El discurso del pan de vida es el desarrollo y explicación que hace el Señor de un gran signo: la multiplicación de los panes y de los peces. La Eucaristía es el mayor don del Señor, su mayor donación hasta el extremo.

martes, 24 de julio de 2018

Condición sine qua non para muchas cosas (Palabras sobre la santidad - LVII)

Aburridos y cansados de palabras y más palabras, de discursos y más discursos programáticos, de demagogia que se ve a leguas y sin embargo es aplaudida por conciencias adormecidas y mentes embrutecidas... lleguemos al centro y núcleo: la santidad es lo único que vale, y, por tanto, es la condición sine qua non para obras grandes, hermosas, perdurables, llenas de verdad.

Las cosas ni se hacen ni se cambian de verdad, en su ser, por la fuerza de los discursos, ni por la capacidad humana confiada en solamente en sí misma y en su presunta bondad; tampoco se cambian por la razón ilustrada y el activismo desbordante; mucho menos por el populismo lleno de gestos grandilocuentes para que sean bien vistos, ni tampoco por las soflamas de los siempre omnipresentes profetas -así se llaman ellos a sí mismos, cuando en realidad son pseudo-profetas-.

Las cosas, es decir, la vida, el mundo, la cultura, la misma Iglesia, etc., sólo se cambian y se transforman si hay santidad, y si no, es esfuerzo inútil que pronto se derrumba.

Por ejemplo, la reforma de la Iglesia. Sabemos que ella misma se define como "Ecclesia semper reformanda", Iglesia siempre en proceso de reforma porque sus hijos la entorpecemos, la afeamos. Pero, ¿quién reforma la Iglesia? ¿Acaso el ideólogo? ¿El inconformista? ¿El que ha asumido los planteamientos y mentalidad del relativismo, de la democracia, de una Iglesia popular? 

¿Quién la reforma? ¿Quien quiere hacerla más humana y menos divina, plagiando descaradamente el funcionamiento de las sociedades liberales? ¿Aquél que quiera hacerla a su medida, sentado en una mesa, en unas interminables reuniones? ¿El que busca arrasar con todo, y comenzar de cero, de nuevo, a partir de sí mismo, sin solución de continuidad con la Iglesia de siempre, la que arranca del mismo Cristo y los Apóstoles, la que se engarza en la Tradición?

Pues más bien, y de manera ineludible, será la santidad la que reforme la Iglesia, porque lo hará de un modo fiel a Cristo y al Espíritu Santo, con conciencia eclesial. Así lo hicieron los santos reformadores a lo largo de la historia y así sigue siendo real también hoy. Sólo la santidad es capaz de reformar la Iglesia; lo demás, no sirve.

domingo, 22 de julio de 2018

Criterios de paz verdadera

Jesucristo es nuestra Paz. Así lo proclama la carta a los Efesios tal como escuchamos este domingo en la liturgia dominical.

¿La paz del consenso?
¿La paz irénica a costa de la verdad?
¿La paz del voluntarismo?
¿La paz de los fuertes sobre los débiles?
¿La paz de la conciencia amortiguada, amordazada, anestesiada?


Otra, otra Paz, muy distinta y verdadera. La tranquilidad en el orden -diría san Agustín en La Ciudad de Dios- de manera que reina un orden nuevo y verdadero, porque la paz va asociada a la Verdad.

Benedicto XVI comentaba esta lectura y señalaba algunas consecuencias existenciales que se derivan del hecho de que Cristo sea nuestra paz. Así podremos discernir la verdadera de la falsa paz en nuestra conciencia.

viernes, 20 de julio de 2018

¡Cristo, Cristo! (Plegaria)

Señor! en este momento decisivo y solemne, 
nos atrevernos a expresarte una súplica candorosa, 
pero no falta de sentido: 
haz, Señor, que comprendamos.



Nosotros comprendemos, cuando recordamos que Tú, Señor Jesús, 
eres el mediador entre Dios y los hombres; 
no eres diafragma, sino cauce; 
no eres obstáculo, sino camino; 
no eres un sabio entre tantos, 
sino el único Maestro; 
no eres un profeta cualquiera, 
sino el intérprete único y necesario del misterio religioso, 
el solo que une a Dios con el hombre y al hombre con Dios. 

Nadie puede conocer al Padre, has dicho Tú, 
sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo, 
que eres Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, 
quisiere revelarlo (Cf. Mt 11, 27; Jn 1,18). 

miércoles, 18 de julio de 2018

Por nombre, Jesús (El nombre de Jesús - III)


“Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción” (Lc 2,21).

            Sus padres cumplen las prescripciones de la ley. Al circuncidar al niño le ponen por nombre “Jesús”, siguiendo así tanto el mandato recibido en sueños a José, como el anuncio del ángel a María (“le pondrás por nombre Jesús. Será grande...”).


            El nombre de Jesús Salvador va a ser, para siempre, dulzura para quien lo invoca, para quien clama a Jesús pidiendo salvación, clemencia, curación. En Jesús-Salvador “ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre” (Tit 3,4), es decir, en Jesús palpamos tangiblemente cómo Dios tiende su mano al hombre; experimentamos que Dios es verdadero “filántropo”, esto es, amigo del hombre, no su enemigo. 

         Al pronunciar el nombre de “Jesús”, estamos proclamando que Dios no es nunca adversario del hombre, ni quien le resta libertad, sino su verdadero amigo porque es pura Bondad y Gracia. Nadie ama más la humanidad, ni potencia y eleva lo humano, al hombre, como Dios mismo. “Cristo revela el hombre al hombre”[1]: en Jesús vemos lo que es la verdadera humanidad nueva, el hombre libre y auténtico, sin las cadenas del pecado, con el Corazón limpio, puro, misericordioso, manso, humilde. ¡Qué dulce, pues, que se llame “Jesús”!

            Exclama San Bernardo al predicar lleno de humilde adoración: 

sábado, 14 de julio de 2018

Iglesia, belleza, artistas (V)

Rememorando el encuentro de Pablo VI con los artistas en la capilla Sixtina, y el precioso discurso pronunciado por aquel gran Papa, Benedicto XVI en 2009 volvió a convocar a los artistas en el mismo lugar y pronunció otro discurso, hondo, teológico, sobre la belleza, el arte, y la Iglesia misma.

Al releerlo, lo primero es la admiración ante unas palabras tan bellas, de tan largo alcance. Parecería un tema menor acostumbrados al activismo y a la salvaje creatividad pastoral, algo que no es urgente. Y sin embargo, hablar de la belleza es ir a la esencia de la vida humana y del Misterio mismo de Dios.


Sigamos los planteamientos de Benedicto XVI y entremos en la consideración de la Belleza misma.


"Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres artistas;
señoras y señores:

Con gran alegría os acojo en este lugar solemne y rico de arte y de recuerdos. A todos y cada uno dirijo mi cordial saludo, y os agradezco que hayáis aceptado mi invitación. Con este encuentro deseo expresar y renovar la amistad de la Iglesia con el mundo del arte, una amistad consolidada en el tiempo, puesto que el cristianismo, desde sus orígenes, ha comprendido bien el valor de las artes y ha utilizado sabiamente sus multiformes lenguajes para comunicar su mensaje inmutable de salvación. Es preciso promover y sostener continuamente esta amistad, para que sea auténtica y fecunda, adecuada a los tiempos y tenga en cuenta las situaciones y los cambios sociales y culturales. Este es el motivo de nuestra cita. 

jueves, 12 de julio de 2018

Necesidad de los santos en esta época (Palabras sobre la santidad - LVI)

Dios, en su Providencia, da a la Iglesia siempre lo que necesita para su vida, su misión y su tarea evangelizadora. Cuando la Iglesia se enfrentaba a nuevas circunstancias, o nuevas pobrezas, o nuevos retos, Dios ha suscitado santos, los ha llevado con su mano y los ha forjado, para dar respuesta a esos desafíos y abrir nuevos caminos que otros pudieran transitar.


Cada época tiene sus santos característicos como respuestas a esos momentos concretos y son pruebas evidentes de cómo Dios es siempre providente para con su Iglesia. Ninguna época o etapa histórica ha quedado desierta, sin santidad visible -como lumbreras y norma para los demás-, ninguna ha quedado vacía, sin santos.

Para nuestra época, igualmente, Dios llama a la santidad a quienes van a iluminar la Iglesia y responder a los nuevos retos que se presentan y que, tiempo atrás, ni se hubieran imaginado. 

¿Son los santos la respuesta acertada? Para esta época de postmodernidad, de dictadura del relativismo, ¿son los santos la respuesta? Para esta nueva evangelización, ¿son los santos la respuesta? ¿No serían más bien la respuesta nuevos planes, nuevas programaciones, nuevas reuniones? Realmente, lo único necesario son los santos.

Tenemos necesidad de santos hoy. Tenemos necesidad de nuevos fenómenos de santidad, concretos y reales, que serán la verdadera palabra iluminadora y confortadora hoy. Ellos son la solución.

martes, 10 de julio de 2018

La vida eucarística - VII



            La Eucaristía comprende y abarca muchas realidades espirituales, de gran belleza que piden, por parte de cada uno de los celebrantes, ser interiorizadas.

            La catequesis sobre la Eucaristía de la Iglesia Antigua partía de los mismos ritos de la celebración, de aquello que se hacía, para ofrecer una comprensión profunda del Misterio que se realizaba. Detengámonos en dos momentos elocuentes de la Eucaristía: el lavatorio de manos por parte del sacerdote que preside y el signo de la paz de la asamblea.




            El lavatorio de las manos es un rito antiguo que nunca se ha suprimido de la liturgia de la Eucaristía, por el contenido espiritual que posee. Dice S. Cirilo de Jerusalén en sus catequesis:


            “Habéis visto cómo el diácono alcanzaba el agua, para lavarse las manos, al sacerdote y a los presbíteros que estaban alrededor del altar. Pero en modo alguno lo hacía para limpiar la suciedad corporal.  Digo que no era ése el motivo, pues al comienzo tampoco vinimos a la Iglesia porque llevásemos manchas en el cuerpo. Sin embargo, esta ablución de las manos es símbolo de que debéis estar limpios de todos los pecados y prevaricaciones. Y al ser las manos símbolo de la acción, al lavarlas, significamos la pureza de las obras y el hecho de que estén libres de toda reprensión. ¿No has oído el bienaventurado David aclarándonos este misterio y diciendo: “Mis manos lavo en la inocencia y ando en torno a tu altar, Señor” (Sal 25,6)? Por consiguiente, lavarse las manos es un signo de la inmunidad del pecado”[1].

domingo, 8 de julio de 2018

El mayor milagro es Jesús mismo

Más entretenidos a veces en las cosas que en las personas, tal vez en ocasiones nuestro acercamiento al Señor es algo torpe, y nos fijamos y valoramos más lo que Él hace, que lo que Él mismo es.

El mayor don, el mayor regalo, el mayor milagro, es la Presencia misma de Cristo en nuestro vida. Con Él, lo tenemos todo; sin Él, no somos nada.


Tal vez sea más llamativo, y más apetecible, fijarse y esperar sus obras, sus milagros y prodigios, pero el mayor prodigio que nos ha podido ocurrir nunca es, sin duda, que Él ha entrado en nuestra vida, que Él ha salido a nuestro camino y nos ha invitado a estar con Él ("venid y veréis") y, desde entonces, ya nada es igual, ni gris, ni absurdo.

Jesucristo es el mayor milagro de nuestro vida.


"Voy a referirme brevemente a la página evangélica de este domingo, un texto que dio vida a la famosa frase "Nadie es profeta en su patria", es decir, que ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc. 6,4). De hecho, después de que Jesús, cercano a los treinta años, había dejado Nazaret y ya desde hacía un tiempo estaba predicando y obrando y curando por otros lugares, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos "permanecieron sorprendidos" por su sabiduría y, a sabiendas de él como el "hijo de María", el "carpintero", que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de Él. (cf. Mc. 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace que sea difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. Jesús mismo aplica como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que en su propia casa habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús de Nazaret no podía realizar en Nazaret "ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos" (Mc. 6,5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino los signos del amor de Dios, que tiene lugar allí donde encuentra la fe del hombre. Orígenes escribe: "Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia los otros, como el imán al hierro, así tal fe ejercita una atracción sobre el poder divino" (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).

viernes, 6 de julio de 2018

Sentencias y pensamientos (I)



1. El Maligno pone tentaciones según la fragilidad de cada persona. Constantemente nos acecha y nos estudia para ver nuestros puntos débiles y atacar por ahí. Puedes deducir entonces cuál es tu punto débil, tu corazón.





2. Jesucristo es el mayor bien que tenemos. ¡En Jesucristo, Dios nos lo ha dado todo! ¡Jesucristo lo es todo para nosotros y colma con creces nuestra capacidad de amar! ¡Jesucristo es lo más maravilloso que ha ocurrido en nuestra vida!



3. Dios respeta tu ritmo de crecimiento, y Él va marcando tu vida y modelándote y llevándote por donde él quiere. Te  hace crecer, ilumina lo oscuro de tu alma, fortalece lo débil y sana lo que está enfermo. Te da, además, una justa comprensión de ti mismo y de tu realidad. Lo que tú ves como estéril, Él puede que lo vea como fecundo y hermoso; lo que tú estimes adquirido y logrado Él puede que lo vea como fecundo y hermoso; lo que tú estimas adquirido y logrado puede que Él lo vea incompleto.


4. En la íntima y filial y amorosa unión con Dios, uno queda transfigurado, “hermoseado” en su Belleza, y ya todo lo que se hace, se piensa, se siente, se ama, se lucha... todo queda marcado con el sello de Dios para que todo nazca de Él, tienda a Él y halle su consistencia en Él.


miércoles, 4 de julio de 2018

Lo que sirve la Comunión de los Santos (León Bloy)

Indudablemente, por nuestra inserción en el Cuerpo eclesial, santificados por la gracia de Cristo que nos regenera, unos y otros estamos unidos incluso -en el plan de Dios- con los cristianos que vendrán en generaciones sucesivas.

Los vínculos son grandes y fuertes; un torrente de caridad, y hasta de generosidad al ofrecer, recorre el Organismo sobrenatural que es la Iglesia. 


Cada gesto insertado en la comunión de los santos alcanza su grandeza a través del tiempo, con valor de infinito. 

“Cada uno de los actos que realizamos en la caridad tiene repercusiones ilimitadas. En el último día nos será dado el comprender las resonancias incalculables que han podido tener en la historia espiritual del mundo, las palabras, o las acciones, o las instituciones de un santo”[1].

Para León Bloy, la Comunión de los santos es una realidad muy marcada en su alma, sobre la que reflexiona y en la que vive.
 

martes, 3 de julio de 2018

Notas sobre la teología (y III)

Entre los ministerios o funciones para la vida de la Iglesia, hay que contar con la teología. Ésta es necesaria. Ésta es una riqueza. Ésta es un don.

La teología es un bien para la Iglesia, por lo que hay que valorarla, y el desempeño de esa teología requiere personas con dedicación casi exclusiva, el teólogo.


La fe revelada es pensable, es razonable, y por tanto, hay que intentar comprenderla hasta donde se pueda, dar razón de ella, y estar en contacto con la Verdad -con Cristo mismo- por medio de una vida de escucha y adoración, de mucha lectura y de estudio de las fuentes, de los Padres, de la Tradición, de la Liturgia misma.

No, no hay que mirar con sospecha ni con recelo ni la teología en sí ni el noble oficio del teólogo.

La teología es necesaria y es un bien; con palabras de Louis Bouyer:

"La teología, como todo conocimiento humano por lo demás o todo producto del arte humano en una civilización normal, no se dirige a los especialistas. Está hecha por especialistas, naturalmente, pero con una perspectiva de cooperación que es esencial a toda sociedad civilizada, donde las tareas de cada uno, aunque diferentes, se articulan unas con otras y concurren al bien común de todos.

domingo, 1 de julio de 2018

Pedir la curación para nuestra fe

El gran milagro siempre será el don de la fe. Habrá carencias, deficiencias y hasta enfermedades, pero siempre la gran curación será la fe: pasar de la incredulidad, o de la mera y rutinaria tibieza, a una fe viva, contagiante, entusiasmada.

El pasaje del Evangelio -la curación de la hija de Jairo y la hemorroísa- evidencian lo necesitado que estamos siempre de ser robustecidos en la fe, confirmados en ella.



"Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo, el evangelista Marcos nos presenta la historia de dos curaciones milagrosas que Jesús realiza en favor de dos mujeres: la hija de uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y una mujer que sufría de hemorragia (cf. Mc. 5,21-43). Son dos episodios en los que hay dos niveles de lectura; aquel puramente físico: Jesús se acerca hasta el sufrimiento humano y cura el cuerpo; y aquel espiritual: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, para dar la salvación y pide fe en Él.

En el primer episodio, ante la noticia de que la hija de Jairo ha muerto, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: "No temas; solamente ten fe" (v. 36), lo lleva con él donde estaba la niña y exclama: "Muchacha, a ti te digo, levántate" (v. 41). Y esta se levantó y se puso a caminar. San Jerónimo decía estas palabras, haciendo hincapié en el poder salvífico de Jesús: "Niña, levántate hacia mí: no por tu mérito, sino por mi gracia. Álzate por mi: el hecho de ser curada no depende de tu virtud" (Omelie sul Vangelo di Marco, 3).

sábado, 30 de junio de 2018

El rostro de un católico santo



Tiempos de confusión. Tiempos de mezclarlo todo, de sincretismo. 

Tiempos de disimular para no destacar ni que a uno lo señalen con el dedo.

Tiempos de “lo políticamente correcto” para ser socialmente aceptado. 



Tiempos de relativismo (“todo vale”, “da igual”, no hay verdades ni existe la verdad, sólo opiniones). 

Tiempos de secularización, donde la fe se queda sólo en sentimiento y se reduce al ámbito de lo privado o íntimo, sin que pueda hacer resonar su voz en las graves cuestiones sociales y políticas, educativas y familiares, tiempos en que nos quieren hacer callar a los católicos. 

Tiempos difíciles, en que tener unos principios firmes y una clara identidad católica es tachado inmediatamente de “fundamentalismo”, “oscurantismo”, de “no ir con los tiempos” exhortándonos a ser “modernos”, “a ser de hoy”, acomodarnos a todo, ir adaptando el Evangelio, la doctrina y la moral según la mentalidad de cada momento, buscando lo cómodo, lo más popular y simpático, lo que queda bien y no cuestiona.

            Tiempos tan complicados y con ausencia de ideas claras y distintas, que compaginamos fácilmente el ser cofrades y no ir a misa y estar en contra de la Iglesia; el ser católicos y defender sin ningún problema de conciencia el divorcio e incluso el aborto y la eutanasia; el ser católicos y romper un matrimonio y una familia; el ser católicos y no cumplir con los principios de la justicia social y de la doctrina social de la Iglesia en los contratos laborales o en el pago de los salarios o en la creación de puestos de trabajo.

jueves, 28 de junio de 2018

Iglesia, belleza, artistas (IV)

Pablo VI continúa el discurso recordando los principios que, sobre el arte sacro, formuló el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium.

La Iglesia quiere empeñarse en el cultivo y fomento del arte sacro para la gloria de Dios y para el culto divino. Esos mismos principios son orientadores para los artistas.


El arte verdadero posee la cualidad de la belleza, es decir, inspiración y santidad que acercan al Misterio. Es necesaria la técnica, la buena técnica artística, pero también un principio superior: la espiritualidad.

Así concluye este discurso programático de una relación necesaria entre la Iglesia y los artistas, ambos cultivadores de la Belleza auténtica.




"Nosotros, por nuestra parte, nosotros el Papa, nosotros Iglesia, hemos firmado ya un gran capítulo de la nueva alianza con el artista. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia, primer documento promulgado por el Concilio Ecuménico Vaticano, tiene una página -espero que la conozcáis- que es, justamente, el pacto de reconciliación y de renacimiento del arte religiosa, en el seno de la Iglesia católica. Repito, nuestro pacto está firmado. Espera de vosotros su refrendo.

Por ahora, por tanto, nos limitamos a algunas indicaciones muy elementales, pero que no os desagradarán.

La primera es ésta: que nos felicitamos de esta Misa del artista y damos las gracias a Monseñor Francia. A él y a todos aquellos que han colaborado y han aceptado su formulación. Hemos visto nacer esta iniciativa, hemos visto su acogida, en primer lugar, por parte de nuestro venerado predecesor el Papa Pío XII, que comenzó a abrirle camino y derecho de ciudadanía en la vida eclesiástica, en la oración de la Iglesia; y por eso nos congratulamos de todo lo avanzado en este terreno, que no es el único, pero que es bueno y se debe seguir. Lo bendecimos y alentamos. Quisiéramos que os llevarais, para todos vuestros colegas y discípulos, nuestra Bendición para este experimento de vida religiosa-artística que una vez más ha hecho percibir que entre el sacerdote y el artista hay una profunda simpatía y una maravillosa capacidad de entendimiento.

martes, 26 de junio de 2018

Sacerdotes íntegramente del Señor


J. GUITTON, Un testimonio para nuestro tiempo: sacerdotes consagrados a Cristo, en L´Osser Rom, ed. española, 1-marzo-1970, p. 1



 "Hace unos días estuve charlando con un obispo ortodoxo ruso del Patriarcado de Moscú y la conversación sobre el celibato de los sacerdotes. El obispo ruso me dijo: "Nosotros ordenamos a veces a personas casadas, pero no permitimos que un sacerdote se case. Autorizamos a los eclesiásticos a trabajar en una fábrica para ganarse la vida, pero deseamos que dejen ese trabajo en cuanto les sea posible. Y queremos que en la fábrica se presenten como sacerdotes. Para nosotros, los ortodoxos, el sacerdocio es una misión sagrada. Por eso, estamos convencidos de que ustedes, los occidentales, los latinos, no hacen bien dejando que el problema del celibato eclesiástico se discuta ante el tribunal de la opinión pública. Nuestra tradición oriental autoriza la ordenación de algunas personas casadas, como también lo han hecho ustedes y lo siguen haciendo en ciertas regiones. Pero tengan cuidado: si separan el sacerdocio del celibato, se producirá una rápida decadencia en occidente. El Occidente no es lo bastante místico como para soportar sin decadencia el matrimonio de los sacerdotes. La Iglesia de Roma -y esto es una gloria para ella- ha conservado durante todo un milenio esta ascesis eclesiástica. Antes de ponerla en discusión debe pensarlo muchísimo".


Un amigo protestante me escribe en el mismo tono: "Este carisma de vuestra Iglesia, el celibato consagrado, es esencial para el ecumenismo. Nosotros, los reformados, tenemos necesidad de él".

lunes, 25 de junio de 2018

Notas sobre la teología (II)

La teología, con su carácter esponsal -pues conduce a Cristo Esposo-, se revela también esponsal respecto al propio teólogo: le reclama por completo, le pide tiempo y paciencia, maduración y sensatez, amor y mucho tiempo tanto de estudio como de contemplación silenciosa.



A veces se califica de "teólogo" a cualquiera, pero habría que clarificar planos distintos:

1) Quien ha cursado estudios de teología con el correspondiente grado académico

2) Quien además ejerce la docencia de alguna/s asignatura/s de teología en un Centro Superior

3) y quien, aparte de lo anterior, es capaz de escribir, publicar, ofreciendo una síntesis teológica, un pensamiento propio y unas aportaciones nuevas, luminosas.

Por eso, teólogos de verdad, en cuanto tales, hay muy pocos, aunque muchos se postulen como "teólogos" para defender más bien su propia ideología. 

sábado, 23 de junio de 2018

La vida eucarística - VI



            La enseñanza de la Tradición ha puesto de relieve en su predicación y enseñanza cómo la Eucaristía había sido ya anunciada de forma velada, oculta, en el Antiguo Testamento, en palabras, en signos y en hechos de la historia de la salvación. Dios había preparado a su pueblo y le había prometido el gran Don de la Eucaristía.

            A la luz de lo realizado por Cristo en la tarde la Última Cena, Cena Pascual, del acontecimiento de la Pascua –muerte y resurrección- y de las comidas pascuales con sus discípulos, la Iglesia ha releído el Antiguo Testamento con una nueva luz. En la Eucaristía está el cumplimiento de lo ya anunciado y profetizado.


     
       Esto es lo que enseñaba la catequesis antigua. El primer dato lo halla en Melquisedec, rey de Salem, que ofrece a Abraham pan y vino. La alusión era clara, el Nuevo Testamento lo desarrollará. Pero también la Tradición encuentra un signo y prefiguración en los panes de la proposición que están en el Santuario del Señor:


“Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero, puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo le va bien al alma”[1].


            El salmo 22 que la Iglesia canta muchísimas veces en su liturgia, “El Señor es mi pastor”, tiene clara resonancias tanto bautismales como eucarísticas, a tenor del uso litúrgico de la Tradición y de la exposición catequética:


jueves, 21 de junio de 2018

Cristo es Salvador y Señor (El nombre de Jesús - II)


“Hoy os nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).


            En la noche de Navidad, los ángeles anuncian a los pastores no el nombre del Niño, sino Quién es ese Niño: ¡es Salvador! Porque hay salvación, existe la esperanza; porque hay salvación, podemos vivir y refugiarnos en la Misericordia frente a nuestra miseria. Siglos y siglos aguardando la salvación prometida y he aquí que aparece en la persona de Jesús, “un niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” pero que es, según lo anunciado, “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe   de la Paz” (Is 9,7).


            “¿Qué les dice el ángel? No temáis. ¿Era grande ese temor? Cuando el ángel estuvo junto a ellos la gloria del Señor les envolvió en su resplandor y quedaron sobrecogidos de gran temor. Por eso él, confortándoles, agregó que no temieran y les libró del miedo al comunicarles el nombre del infante, diciéndoles: He aquí que os traigo una buena nueva, que será de gran alegría para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, que es el Mesías, el Señor (Lc 2,10-11). ¿Qué dices, oh ángel? ¿Tan grande eficacia tiene el nombre de Jesús? Sí, ciertamente, responde el ángel, pues el nombre de Jesús significa Salvador. Y éste es Cristo el Señor, Dios y hombre, y a la vez poderoso y compasivo. Por eso recomendé a los pastores que tuvieran confianza; y diciendo a José que en el día octavo le impusiera este nombre, hice que resultara fácil para todos el acercarse a aquel que, con su propio nombre, dispuso que se manifestara ya su condición de Salvador”[1].

            ¿Tan necesario era este Salvador que provoca alegría, admiración y entusiasmo? ¿Lo puede seguir provocando cuando pensamos que estamos salvados por nosotros mismos, que, al fin y al cabo, “tan malos no somos” y ni siquiera tenemos conciencia de pecado, del propio pecado, de la propia maldad? ¡Y sin embargo nace por amor para salvar cargando con la Cruz, siendo crucificado y resucitar al tercer día!
 

martes, 19 de junio de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, y IX)

El término final de la paciencia cristiana es aguardar la Parusía del Señor.

Somos un pueblo peregrino que espera el retorno de su Señor en gloria, como Juez de vivos y muertos, término final de la historia, plenitud.


Vivimos, perseveramos en el bien, amamos pacientemente con la caridad sobrenatural -"la caridad es paciente"-, sobrellevamos debilidades y persecuciones, dolores y contrariedades, imitando la paciencia de Dios y la de Jesucristo en su pasión. Somos confortados con los ejemplos de los santos del Antiguo Testamento y, añadamos también, con la paciencia de todos los santos de la historia de la Iglesia que afirman la paciencia en nosotros cuando leemos y conocemos sus vidas.

Y, con paciencia, aquella paciencia con la que salvaremos nuestras almas, san Cipriano señala el objeto último y feliz de nuestra paciencia: la venida gloriosa de Cristo. Así completa san Cipriano este tratado "sobre el bien de la paciencia".

domingo, 17 de junio de 2018

Amar a Jesús, amar la Eucaristía



            En el altar del cielo –Ara Coeli-, la adoración del Cordero místico que narra el libro del Apocalipsis y que tantas representaciones pictóricas y escultóricas han plasmado; en el altar de la tierra, el altar de la Iglesia, el anticipo y preludio de lo que se celebra en el Altar del Cielo: la entrega del Cordero ofrecido en la Eucaristía como alimento y adoración del pueblo cristiano peregrino. 



           El único Altar del Cielo –ara coeli- se hace visible en el altar; un mismo Cordero, una misma oblación y sacrificio: Jesús que se entrega en el altar; Jesús que cotidianamente es ofrecido en la Misa diaria; Jesús que permanece en el Sagrario: presencia verdadera, real y sustancial, que por amor se convierte en alimento de las almas, compañero de camino, confidente de nuestra intimidad y centro y Señor de nuestras vidas.

            “Haced esto en conmemoración mía”: fue el testamentum Domini, su entrega y donación en la Última Cena. Instituyó la Eucaristía transformando el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, no meros símbolos, ni apariencia, ni banquete de amigos expresión de compromiso, ni recuerdo psicológico, sino su presencia real y sustancial. Él mismo se ofrece, se da en comunión y se reserva con amor en el Sagrario. “Oh sagrado banquete –exclama santo Tomás de Aquino en una antífona- en el cual se recibe a Cristo, se renueva la memoria de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”.

            Desde esa institución de la Eucaristía, la Iglesia ha ofrecido cada domingo el sacrificio del altar, y ha convocado a sus hijos para participar en la Misa del domingo, sin la cual no podemos vivir, como afirmaron los mártires africanos de Abitinia en el siglo III ante el tribunal al ser arrestados por celebrar la Misa dominical. Como ellos, y al igual que tantos mártires de ayer y de hoy, y de tantos católicos hoy que en distintos países son perseguidos y encarcelados sólo por ser católicos, nosotros, sin la Eucaristía, no podemos vivir. 

jueves, 14 de junio de 2018

Trazos distintos de la santidad (Palabras sobre la santidad - LV)

El santo es el modelo más acabado del discípulo auténtico de Jesucristo, su exponente más fiel. En el santo se despliega la fuerza transformadora y recreadora del Evangelio que da lugar a un hombre nuevo, que vive de Cristo y en Cristo.

El santo es una muestra de cómo el Evangelio se llega a encarnar tocando todas las fibras de la existencia, elevando lo humano, purificándolo de adherencias y pecados. La existencia cotidiana queda afectada con una huella eficaz y duradera.


Por eso acercarnos al hermoso y multiforme fenómeno de la santidad es comprobar todas las virtualidades del Evangelio, su fuerza, su belleza, su eficacia, su verdad; acercarnos a un santo concreto consigue enseñarnos cómo se vive la vida cristiana sin reducciones, en su máximo esplendor y entrega, en su belleza serena.

La santidad es la concreción máxima y absoluta del Evangelio en una vida concreta, con sus luchas, con sus trabajos, sus esperanzas y también sus debilidades, flaquezas y pecados.

Los santos lo cambian todo desde dentro porque ellos, primero, han cambiado; nada valen las revisiones, los continuos proyectos de reforma o pensar que cambiando leyes, el hombre y el mundo van a ser justos y buenos. Si el corazón no cambia, nada hay que hacer:

"Reformas, sí; pero comenzando por la interior... De nada servirían las reformas exteriores sin esa continua renovación interior, sin ese afán por modelar nuestra mentalidad sobre la de Cristo, de acuerdo con la interpretación que la Iglesia nos ofrece" (Pablo VI, Disc. a los párrocos y predicadores cuaresmales de Roma, 21-febrero-1966).

La santidad es la mejor reforma de las instituciones, del mundo y de la misma Iglesia. Lo otro, lo exterior, degenera en demagogia, populismo y mucha carga ideológica.

martes, 12 de junio de 2018

Sólida vida del laicado católico

Cuando pensemos en el laicado católico, hemos de subir el nivel y la exigencia. Cuanto más bajos los pongamos, menos se crece; cuanto más suscitemos la aspiración a una vida radical de seguimiento de Cristo en el mundo, más se eleva el laicado -y todos, claro-.


Entre estos aspectos, y no es el menor ni el menos importante, está la solidez de una vida espiritual ordenada, metódica, amasada con la oración personal, la adoración eucarística y la vida litúrgica y espiritual.

Junto a la vida espiritual... podríamos añadir una formación cristiana segura, recia, clara. Así podrán dar razón de la esperanza cristiana como también podrán ser transmisores de la fe como buenos educadores, evangelizadores o catequistas.

Un amplio discurso ofrece perspectivas de tal manera que sólo queda cuestionarse y reorientar aquello en lo que se flaquee.



"DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UNA REUNIÓN DE LOS MOVIMIENTOS
QUE SE OCUPAN DE LA ESPIRITUALIDAD DE LOS SEGLARES[1]


Viernes 18 de abril de 1980


...Vuestra reunión reviste importancia particular para la Iglesia, pues la "renovación espiritual" de que vosotros sois signo fecundo entre tantas otras experiencias eclesiales, es el fundamento y la fuerza viva de la comunión de la Iglesia y de su obra de evangelización.

domingo, 10 de junio de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, VIII)

Si en la última catequesis leímos cómo san Cipriano relacionaba los bienes de la paciencia con la caridad, ahora, para recalcar más aún su argumentación, expondrá los males que acarrea la impaciencia.

El impaciente no tiene medida del tiempo, ni de la duración, sino del instante. Sin visión sobrenatural alguna, fuerza todo para que ocurra aquí y ahora sin aguardar ni esperar. Es incapaz de pensar y de amar.


La paciencia es una virtud necesaria para edificar el bien, la impaciencia es una fuerza destructora que arrasa incluso el poco y pequeño bien que acaba de sembrar.

"19. Y para que resplandezcan mejor, hermanos amadísimos, los beneficios de la paciencia, consideremos por contraposición los males que acarrea la impaciencia.

Así como la paciencia es un don de Cristo, así la impaciencia, por el contrario, es un don del diablo; y al modo como aquél en quien habita Cristo es paciente, lo mismo siempre es impaciente aquél cuya mente está poseída por la maldad del demonio.

En resumen, tomemos las cosas por sus principios. El diablo no pudo sufrir con paciencia que el hombre fuese creado a imagen de Dios; por eso se perdió a sí mismo primero, y luego perdió a los demás. Adán, impaciente por gustar el mortal bocado, contra la prohibición de Dios, se precipitó en la muerte y no guardó la gracia recibida del Cielo con la ayuda de la paciencia. Caín, por no poder soportar la aceptación de los sacrificios y ofrendas, mató a su hermano. Esaú bajó de su mayorazgo a segundón y perdió su primacía por su impaciencia en comer un plato de lentejas.

¿Por qué el pueblo judío, infiel e ingrato con los favores de Dios, se apartó del Señor, sino por la impaciencia? No pudiendo llevar con paciencia la tardanza de Moisés, que estaba hablando con Dios, osó pedir dioses sacrílegos, llamando guías de su peregrinación a una cabeza de toro y a un simulacro de arcilla, y nunca desistió de mostrar su impaciencia, puesto que no aguantaba nunca las amonestaciones y gobierno de Dios, llegando a matar a sus profetas y justos y hasta llevar a la cruz y al martirio al Señor.

La impaciencia también es la madre de los herejes; ella, a semejanza de los judíos, los hace rebelarse contra la paz y caridad de Cristo y los lanza a funestos y rabiosos odios. Y para no ser prolijo: todo lo que la paciencia edifica con su conformidad en orden a la gloria, lo destruye la impaciencia por la ruina.


20. Por tanto, hermanos amadísimos, una vez vistas con atención las ventajas de la paciencia y las consecuencias de la impaciencia, debemos mantener en todo su vigor la paciencia, por la que estamos en Cristo y podemos llegar con Cristo a Dios.

Por ser tan rica y variada, la paciencia no se ciñe a estrechos límites ni se encierra en breves términos. Esta virtud se difunde por todas partes, y su exuberancia y profusión nacen de un solo manantial; pero al rebosar las venas del agua se difunde por multitud de canales de méritos y ninguna de nuestras acciones puede ser meritoria si no recibe de ella su estabilidad y perfección. 

La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta, doblega la rebeldía de las pasiones, reprime el tono del orgullo, apaga el fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege la santa virginidad de las doncellas, la trabajosa castidad de las viudas, la indivisible unión de los casados.

La paciencia mantiene en la humildad a los que prosperan, hace fuertes en la adversidad y mansos frente a las injusticias y afrentas. Enseña a perdonar enseguida a quienes nos ofenden, y a rogar con ahínco e insistencia cuando hemos ofendido. Nos hace vencer las tentaciones, tolerar las persecuciones, consumar el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, la que levanta en alto nuestra esperanza, la que encamina nuestras acciones por la senda de Cristo, para seguir los pasos de sus sufrimientos. La paciencia nos lleva a perseverar como hijos de Dios imitando la paciencia del Padre".