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lunes, 9 de octubre de 2017

Apostolados santos (Palabras sobre la santidad - XLV)

La fecundidad del apostolado radica en la santidad, si bien esta fecundidad, en muchísimas ocasiones, apenas tenga nada que ver con éxitos numéricos, aplastantes, rápidos o instantáneos. A veces esta fecundidad ni los propios santos apóstoles la ven, sólo se revela a largo plazo y de modo inesperado.


Pero sí es condición del apostolado la santidad.

Este apostolado se identifica con la santidad del apóstol, lleno de Dios, respondiendo a la gracia, sin depender simplemente de estrategias humanas, de planificaciones pastorales, de un estilo democraticista -que decía Juan Pablo II en Tertio millennio adveniente-. Es menos cuestión de estrategias y reuniones, de métodos pastorales o del empleo de audiovisuales y textos, cuanto de la santidad del apóstol que anuncia y da testimonio y acompaña a los demás llevándolos a Cristo.

viernes, 21 de julio de 2017

Espíritu apostólico (teología de la oración)

La oración cristiana, o si preferimos ya a estas alturas, la mística cristiana, produce un impulso o ardor apostólico, un fuego interior, que nada puede apagar.


Lejos de ser una contemplación de sí mismo, y de lo que uno descubre, y de los sentimientos interiores, y del alejamiento de todo, la mística cristiana transforma al orante uniéndolo a Dios y uniéndolo a sus hermanos, con deseos santos de que todos conozcan al Señor, lo amen y lo sigan.

La verdadera mística siempre es actuante, laboriosa, operante; la falsa mística es una capa de piedad que recubre un refinado egoísmo, el de buscar un sosiego que paraliza, una burbuja que incomunica.

Lo que Dios obra a medida que avanzamos en la oración, va transformándonos para ser apóstoles más coherentes, lanzados, valientes; infunde siempre un espíritu apostólico. La meta de la transformación cristiana -la vida espiritual, mística- es dar fruto abundante:
"Cuando yo veo almas muy diligentes en entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, ... porque no se les vaya un poquito el gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio ... te compadezcas de ella ... no tanto por ella, como porque sabes que Tu Señor quiere aquello" (Sta. Teresa, 5M 3).

sábado, 13 de febrero de 2016

La vida santa y apostólica (Palabras sobre la santidad - XXIII)

La vida de santidad, sin encerrarse en sí misma de manera egoísta, o buscando exclusivamente su propia perfección personal y su salvación, se abre a dimensiones eclesiales, fraternas, convirtiéndose en apóstol de tal manera que otros, los hombres, sus hermanos, puedan conocer a Cristo e incorporarse a la Compañía de Cristo, a la Iglesia.


El santo, conociendo el amor de Dios y gustándolo, lo da a gustar a todos. Ser apóstol le nace de sus deseos más nobles y puros, fruto de su experiencia de Jesucristo. Esta norma se cumple en todos los santos, ya sean seglares en el mundo, o sacerdotes, o religiosos con apostolados específicos, ya sea el monje o la monja desde el silencio de la clausura. Todos ellos son apóstoles aunque de manera distinta.

No pueden callar lo que han visto y oído, lo que sus manos han tocado, la Palabra de la vida. Su experiencia de Cristo los pone en movimiento, los lanza al mundo, les infunde una pasión por el Evangelio que ya no les permitirá nunca callar, sino pregonar.

martes, 16 de septiembre de 2014

Católicos en el mundo

Católicos en el mundo: no en la sacristía.

Católicos en el mundo: no encerrados en el despacho charlando, parloteando.

Católicos en el mundo: ajenos a "dimes y diretes", chismorreos parroquiales.

Católicos en el mundo: lugar de santificación, materia prima que modelar cristianamente.

Católicos en el mundo: ámbito de trabajo y santificación en lo público.


Ese es el lugar de los católicos. Les corresponde y es un derecho estar en la vida pública sin relegar la fe al sentimiento (unas devociones religiosas puntuales) y a la esfera privada. La fe nos sitúa como testigos y, por tanto, el lugar del testimonio es público, social, comunitario.

¿Para imponer algo? ¡No! Para ofrecer y buscar el Bien, construyendo la sociedad civil atentos al Bien y a la Verdad, a la defensa de la vida, a la protección de los necesitados, a la creación de leyes justas y equitativas... Ahí es donde debe estar el laico católico, particular o asociadamente. El reto es fascinante a pesar de que la secularización de la post-modernidad niega el derecho a estar y a hablar a los católicos.

"Abriéndose a su acción, María engendra al Hijo, presencia del Dios que viene a habitar la historia y la abre a un inicio nuevo y definitivo, que es posibilidad para cada hombre de renacer de lo alto, de vivir en la voluntad de Dios y por tanto de realizarse plenamente.

sábado, 15 de marzo de 2014

Ser luz de Cristo para el mundo

El cristiano es hijo de la luz, realiza las obras de la luz aborreciendo las obras de las tinieblas, porque se ha dejado iluminar por Cristo que es la Luz del mundo.

¿Cuándo? ¿Cuándo recibió esa luz? ¡En el Bautismo!, llamado por los Padres, especialmente orientales, "iluminación" (fotismós).


Cristo hace pasar de las tinieblas a la luz viendo la Verdad y saliendo de la mentira (siempre escurridiza, nunca de frente sino de espaldas, susurros, cuchicheos, a escondidas). Desde esa iluminación bautismal, el cristiano es hijo de la luz, camina a la luz del Señor. Pensemos -cercana la Pascua- cómo además del Bautismo, todo el rito del lucernario de la Vigilia pascual es una vivencia mistagógica y espiritual. Cristo ilumina la noche, rompe la oscuridad, "disipa las tinieblas del corazón y del espíritu".

Iluminados así, somos luz del mundo. Una luz participada que refleja la Luz verdadera que es Cristo, pero luz -pequeñas luminarias- para los hombres, nuestros hermanos, para nuestro mundo.

lunes, 28 de octubre de 2013

El apostolado entraña dificultades (IX)


La persona humana es muy compleja. El psiquismo humano es muy complicado: se defiende, rechaza, acepta, juzga. "El corazón del hombre, ¿quién lo entenderá?" (Jer 17,9) Entra en conflicto el consciente, el inconsciente, los deseos y pulsiones con los movimientos de la razón y de la voluntad; el ser con todo lo que de no-ser se alberga aún en el hombre; el mal que se hace y no se quiere y el bien que se querría haber hecho.

    A esta persona, a este hombre, es al que hay que servir, evangelizar y amar. Confiados en las personas, la misión fracasa, porque el pecado se introduce en el corazón humano, se rompen fidelidades y afectos y el que confió en el que ahora le rechaza ¿en quién se refugiará? 

Al tratar con personas se constata cuán difícil es anunciarle la salvación de Jesucristo para que escuchando crea, creyendo espere y esperando ame. De la naturaleza humana, tan compleja, nace el rechazo, la crítica, la cerrazón, y el apóstol, hombre él también, tendrá que resituarse, aceptar el principio de realidad, amando y sirviendo a los otros tal como son pero, a la vez, quitando de su corazón todo aquello que obstaculiza la misión a la que ha sido llamado: el sentimiento de impotencia, la ansiedad compulsiva, el miedo al fracaso o al rechazo, la falsa humildad (fruto del egoísmo).

    El apóstol, al evangelizar, se va autoevangelizando. Crece con las dificultades y el corazón se purifica en una más plena y perfecta oboedientia fidei donde se sigue el mandato del Señor y no los propios deseos del corazón. En la fe, ciega y oscura, se evangeliza. Un par de sandalias, sin el caballo de nuestros ídolos; sin bastón, con el único cayado de un corazón creyente anclado en Jesucristo y marchando tras sus huellas (cf. 1Pe 2,21), por los mismos caminos que Él recorrió.

    El apostolado nunca es un juego ni algo sobreañadido que se pueda tomar o dejar a libre arbitrio sino que forma parte connatural del ser discípulo. Por eso las dificultades, de todos los órdenes, irán apareciendo. Muchas de ellas aflorarán como consecuencia de la fragilidad del propio psiquismo humano y de la debilidad del propio corazón; otras serán trampas que el Maligno nos pone para engañarnos y apartarnos así de nuestra vocación y misión; otras, finalmente, vendrán de fuera, de los otros. Mas, como todo sirve para el bien de aquellos a quienes Dios ama, todas estas dificultades del apostolado nos son útiles para un contínuo crecimiento en el ser apostólico. 

jueves, 3 de octubre de 2013

Dificultades del apostolado (IX)


Los propios cristianos que nos rodean pueden ser tentación y dificultad para el apostolado evangelizador. "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67). Los que rodeaban a Jesús, los cercanos e íntimos lo abandonan porque su discurso es difícil y duro. De entre los suyos, sus amigos y confidentes, Judas se convirtió en traidor, aquél que compartía su pan (Sal 40,10).

    Son los mismos hermanos de la comunidad (de la parroquia, del grupo) los que hacen desistir y ponen trabas, en muchas ocasiones, a la difícil tarea de evangelizar, a veces con absurdos tales como usar el pretexto de "siempre se ha hecho así", "éste viene para cambiarlo todo", "la gente se está riendo de ti", "¿Tú quién te has creído que eres?". Es la experiencia de estar cercano sin haber entrado. O también el rechazo justificando que "¡qué exagerado! ¡Dios no pide tanto!", al verse denunciados por la vitalidad y celo de alguien entregado al apostolado. En su mediocridad, ni hacen nada, ni se quieren dejar interpelar por nada, y tampoco permiten que nadie pueda sentirse interpelado y ponerse en camino. 

Para éstos está clara su situación, la de conocer a Jesucristo como mero dato informativo, pero sin una vinculación existencial seria. Los protagonismos, envidias e hipocresías que, encerradas en el seno de la misma comunidad cristiana dificultan e impiden el germen evangelizador del apostolado. Solos. 

El verdadero apóstol tiene que pasar por la experiencia, en algún determinado momento, de la soledad. Ni los que parecen compartir las mismas inquietudes lo apoyan, respaldan, valoran.

    En el seno de la comunidad cristiana surgen divergencias y divisiones que debilitan el afán misionero y el celo apostólico. Cuando por formas o métodos pastorales se altera la rutina adquirida y las costumbres establecidas de antaño, siempre se alzan voces, muchas veces desde la ignorancia, que apagan todo ímpetu y celo y desaniman. "Te pedimos Señor por los que han consagrado su vida al servicio de los hombres, que nunca se dejen vencer por el desánimo ante la incomprensión de los hombres": así reza la Liturgia de las Horas por aquellos que son incomprendidos en su recto y justo quehacer.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Fe, Iglesia y servicio al mundo

La fe orienta e  impulsa a transformar las realidades temporales, ordenándolas según Dios. La Iglesia, cuya vida y gozo es evangelizar, es servidora del hombre -como lo es su mismo Señor- para elevarlo a Dios, ofrecerle la gracia de la redención, acompañar sus pasos, engendrarlo para la vida eterna.


La Iglesia sirve al hombre y lo busca para que no se pierde ni se enrede en tantos lazos ideológicos o en situaciones de pecado. Convoca, llama, santifica. Esa es su misión, siendo signo e instrumento de la comunión con Dios y de la reconciliación de los hombres.

Cada cual, en la Iglesia, en su propia vocación, se convierte en servidor y no enemigo del mundo. Tal actitud y comportamiento no suponen una aprobación tácita del mundo para mundanizarse, ni para aceptar como bueno todo lo que ve, simplemente porque existe en el mundo y está de moda, sino que, desde dentro del mundo, lo purifica, lo eleva. Amar al mundo es la condición, pero no para dejarlo tal cual está sino para salvarlo, como Cristo mismo hizo: no vino para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por él (cf. Jn 3,16).

Esta dinámica es conveniente recordarla no para generar optimismos ilusorios, pero sí para afrontar la relación con el mundo con la esperanza cristiana. Sobran los profetas de calamidades, los que claman contra todo a todas horas y quisieran hacer de la Iglesia un castillo cerrado a la defensiva, mirando el mundo con recelo y sospechas constantes. Sobra el pesimismo que cunde a veces por todas partes y que es anticristiano. Se necesita más bien la mirada sobrenatural de Cristo para ver el mundo y lanzarse a la obra de Cristo en este mundo concreto que ahora nos toca vivir.

Así es como la Iglesia quiere servir al mundo moderno -o postmoderno, según el pensamiento actual- y cada católico debe situarse para no rechazar el mundo de plano pero tampoco identificarse acríticamente con él fundiéndose en un abrazo mortal.

martes, 17 de septiembre de 2013

El fracaso del apóstol (VIII)


Las ilusiones del apóstol, los planes del enviado, los deseos evangelizadores, de la misión, del trabajo por el Reino, chocan con la realidad. Las cosas -los corazones, en el fondo- no salen ni se desarrollan según habíamos pensado, es Dios quien traza sus planes, su proyecto salvador, estando el apóstol al servicio de Dios y de la Iglesia, con la sabia disciplina del corazón de no esperar nunca ni frutos ni resultados (aunque fueran legítimos y santos), sino tener una santa indiferencia, una gran libertad de espíritu que sólo se logra poco a poco, con una "gran dosis de mística", de vida interior, de oración y sacramentos.

    El fracaso se podría interpretar de múltiples formas. 

Si el Señor manda sólo a sembrar, ¿quién puede sentirse fracasado por no cosechar? La cosecha, ¿es del Señor o nuestra? 

Y si es del Señor, ¿por qué alguien se puede sentir fracasado? 

El "negocio" del Evangelio es más del Señor que de los apóstoles, Él está más empeñado que ellos. Hay que dejar a Dios ser Dios, que Él dará crecimiento a la semilla a su tiempo.
 

sábado, 31 de agosto de 2013

El apóstol "fracasado" (VII)

El trabajo por el Evangelio es una tarea ardua, que exige esfuerzo porque con razón es sendero angosto, puerta estrecha. Muchos se niegan a creer, rechazan explícitamente el Evangelio. Hay quienes, desde su libertad, no aceptan a Jesucristo como el Salvador de sus vidas. Otros, por muchas causas, no quieren cambiar, piensan que ya lo saben todo, que ¡tantas novedades!, etc. 


¿Cómo llegar a su corazones? 

¿Cómo comunicarles el Evangelio de salvación, mostrales el camino de la vida? 

El corazón del apóstol sufre, la caridad pastoral queda herida. Es el mismo dolor de impotencia que S. Pablo tuvo que sufrir en el Areópago. La misma impotencia y dolor de Jesús: "os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino porque comisteis pan hasta saciaros" (Jn 6,26).

    Igual que el Señor se quejaba por sus profetas: "Pues bien sé que no me escucharán, porque es un pueblo de dura cerviz; pero se convertirán en sus corazones en el país de su destierro" (Bar 2,30). Y el Señor mismo advertirá a sus profetas: "Pero no me obedecieron ni me hicieron caso, sino que se obstinaron y fueron peores que sus antepasados. Cuando les comuniques todo esto, no te escucharán; cuando los llames, no te responderán" (Jer 7,26-27).

    La tentación de la impotencia incita al apóstol a retirarse, a huir, a no negociar con los talentos, desistir de los trabajos evangélicos, bajo mil pretextos humanamente comprensibles. 

Pero el sembrador al sembrar sabe que su semilla cae no sólo en tierra buena, la que sí da fruto, sino que cae también en el camino, en las piedras y en las zarzas. Sólo una pequeñísima parte de la Palabra sembrada llegará a germinar, por pura gracia y misericordia de Dios. 

sábado, 10 de agosto de 2013

Tentación del apostolado: el optimismo (VI)

La libertad de los hijos de Dios permite que no todos los corazones estén abiertos para recibir la Palabra: hay corazones que se niegan a cambiar y otros que, en actitud aparentemente más abierta, se resisten a cambiar. Es abrirse o cerrarse a la conversión, abrirse o cerrarse a la gracia de Dios, a la conversión que revitaliza el corazón de piedra hasta hacerlo corazón de carne.

    El que realiza el apostolado no puede ser ni iluso ni insensato: no todos están esperando el Evangelio, no todos lo van a aceptar. Muchos edifican su apostolado sobre arena: piensan que cambiando los métodos que se habían utilizado, cambiando el lenguaje y los contenidos, muchos aceptarán el Evangelio y se volverán hacia el Señor. 

Pero la realidad se impone, y el problema no es el método, el lenguaje o el entusiasmo, sino el corazón del que recibe la Palabra.

No es que haya que ser inmovilista: al vino nuevo del Evangelio siempre convienen los odres nuevos de técnicas, modos nuevos de evangelizar (¿acaso un blog no es un modo nuevo, este mismo blog, de evangelizar?). Pero no por cambian las técnicas o los modos el resultado va a ser inmediato, sorprendente y espectacular. Esta tentación la tienen quienes ven todo malo en la Iglesia y en el ejercicio pastoral y quieren crearlo todo ex novo, adaptando todo, para atraer y "llegar" a todos, soñando que simplemente eso, una nueva imagen y un nuevo lenguaje (que acaba siendo un nuevo contenido también), son la clave de la evangelización.

    La tentación de este falso optimismo vitalista induce a venirse abajo, desanimarse y abandonar cuando, habiéndose entregado con generosidad y esfuerzo, palpa unos resultados mínimos a todo lo que él habría deseado, no por él, sino por la Iglesia y el Reino.

  

lunes, 5 de agosto de 2013

Apostalado del creyente

Un Año de la Fe, como el que ahora transcurre, podrá revitalizar la vida cristiana en todos nosotros si nos dejamos guiar por el magisterio, luminoso, de la Iglesia. La fe que se encierra y se esconde, se pierde y se apaga; quedarán brasas que siempre podremos remover para que el fuego sea consistente. La fe que se encierra en lo subjetivo y no fructifica, será como intentar retener agua entre las manos: acaba fluyendo entre los dedos y las manos quedan vacías.


¡La fe se fortalece dándola! Un creyente, es decir, un cristiano que ha sido marcado por el Bautismo y la Confirmación, o es apóstol o no es cristiano, sabiendo que su propio apostolado va a permitir que su fe crezca, se robustezca, se consolide.

Después vendrá el modo de apostolado tan variado como variadas son las vocaciones, los estados de vida cristiano y las circunstancias concretas de cada cual: distintas tareas, distinta intensidad, apostolado asociado o personal, etc., pero siempre el apostolado es una nota inherente a la vida de fe.

Es momento entonces de crecer en la fe, de interiorizarla y encarnarla, de profundizar y hacerla más activa, así como -cada uno, uno a uno- plantearse realmente qué hace, qué apostolado real desempeña, qué pide el Señor que haga y cómo hacerlo.

martes, 23 de julio de 2013

Tentación del protagonismo en el apostolado (V)

Se impone un discerniminto, dado que este tema es más delicado. ¿Qué considerar como protagonismo? Sería aquella forma de actuar y aquel talante que mueve al sujeto a realizar las diversas tareas pastorales y de apostolado con el único fin de aparecer delante de los demás como bueno y justo, o buscando la gratificación fácil del aplauso y del reconocimiento de los demás.

Suele ser una tentación clara y evidente: lucirse, figurar, acaparar. 

Esta tentación induce a buscar tareas y apostolados que lucen y que se realizan a los ojos de todos: difícilmente se sentirá a gusto realizando actividades escondidas y humildes, sean las que sean, sino que se escabullirá o las dejará apartadas. Necesita ser visto y actúa para ser visto; desde fuera, al principio, parecerá una persona con gran fuego interior y celo apostólico, pero en cuanto las tareas apostólicas ya sean discretas u ocultas, desistirá rápido o ni siquiera las empezará. Y es que el motivo de su actuar no era sobrenatural (por puro amor de Cristo), sino por vanagloria.

Esta tentación es distinta a la humildad de realizar el apostolado o las tareas pastorales por puro amor de Jesucristo, aunque se realicen delante de los demás, y distinta de la actitud sana del quiere que el ministerio encomendado salga a flote aunque le exija más trabajo y todo lo tenga que realizar él solo. Porque la humildad le hace a uno ser muy libre, para acometer apostolados o tareas que son muy visibles o para los apostolados humildes que nadie ve... porque sólo va buscando la Gloria del Señor.

miércoles, 10 de julio de 2013

Tentación del miedo (apostolado IV)

¡Cuántas veces el Señor dirá a sus profetas: "No les tengas miedo"! Jesucristo anunciaba que llevarían a los tribunales a sus discípulos pero que el Espíritu hablaría por sus bocas.

    El miedo irracional, tal vez timidez, tal vez pánico frente a algo nuevo, tal vez cobardía, es tentación del Maligno. Frente al apostolado, el miedo pretende paralizarnos (todo miedo paraliza como sistema de defensa) y dejarnos en la cómoda instalación, en los brazos cruzados, en los ajos y cebollas de Egipto en vez de la arriesgada libertad del Mar Rojo y del desierto. El miedo hace olvidar que el Señor despliega su brazo poderoso en favor de los elegidos y les da el Espíritu de fortaleza.

El testimonio cotidiano parece fútil e incapaz de mejorar las personas y condiciones que lo rodean. La tentación del desánimo y del cansancio es más fuerte en el testimonio que en la predicación y en las acciones organizadas de caridad y justicia, pues estas últimas suelen recibir crédito y reconocimiento. El testimonio, en cambio, por su misma naturaleza es demasiado poco espectacular y cotidiano como para suscitar -salvo casos particulares- reconocimiento explícito .

    El miedo nos ciega y no nos deja ver la Providencia del Señor. El miedo nos puede impulsar incluso a negar a Jesús antes de que el gallo cante tres veces.

  

viernes, 14 de junio de 2013

Tentación de incapacidad del apóstol (III)

Ante el apostolado, o ante un encargo que se nos haga, la tentación del demonio es sugerir: "Yo no sirvo". 

¿Cuántas y cuántas veces el corazón dice "yo no sirvo, yo no valgo"? ¿Por qué no? "La humildad es la verdad": en el reconocimiento de los que uno es y de lo que uno vale, conocedor asimismo de su flaqueza, debilidad y miseria, se esconde el tesoro de la gracia, en vaso de barro. Cada cristiano es, pues, un vaso de barro. Y, en su fragilidad, es llamado por el Señor. 

La excusa de la incapacidad proviene del espíritu de soberbia, como si el apostolado debiese sus frutos o logros a los grandes talentos del cristiano; es creer que el "éxito" depende de nuestros tesoros, de nuestros grandes méritos o cualidades. Sin embargo, Dios, en su misericordia, llama a cada uno desde su propia fragilidad: cuenta con cada uno como él es. Nada proviene de nosotros: el apóstol es instrumento y receptáculo de la gracia que comunica a los demás. De ahí proviene su grandeza, del reconocimiento humilde del propio ser y dejar a Dios ser Dios.

    El Maligno nos dirá que somos incapaces, y, de fondo, crecerá el espíritu de soberbia. Tan sólo nos resta confiar en que el Señor actuará por medio nuestro, poniendo nosotros lo mejor de nosotros mismos.

    Una tentación constante es la desconfianza de pensar que Dios puede realmente, verdaderamente, eficazmente, usar nuestra pobre carne (nuestra humanidad) para que brille su Gloria y su Gracia actúe. Contamos, más que con Él con el éxito personal basado en lo que nosotros aportemos... y que la Gracia venga, a posteriori, en todo caso, a coronar lo que uno ha hecho.  Pero es que Dios se sirve de nuestras debilidades para ser Él el protagonista real y absoluto de todo apostolado y que nadie se detenga en nosotros mismos, sino que a través de nosotros le vea a Él. El Señor de la gracia no necesita instrumentos "superdotados", sino seguidores que reconocen humildemente su propia pequeñez, y que confían en el poder de Dios que se revela en ella.

sábado, 8 de junio de 2013

La amistad, método de apostolado

Como la fe modela a la persona en todo lo que ella es y vive, un cristiano es un hombre que rezuma la fe en todo y en todas sus relaciones. No se es cristiano en unos momentos pero no en otros, o se es cristiano en unas relaciones y en otras no. La persona creyente crece en unidad, sin fragmentación.

Por eso la amistad también viene iluminada por la fe en su modo de relación, de compartir, de vivencia, y la amistad es el mejor método de apostolado. A nadie se le conquista para Cristo con meras razones dirigidas al intelecto, sino con la amistad del testigo, con la presencia cálida, afectuosa, amable, que convence siempre más que las disquisiciones racionales. Mi amigo, ¿por qué vive así? ¿Por qué ama así? ¿Por qué experimenta la realidad así? ¿Cuál es el secreto de la esperanza de mi amigo?

Sabiendo esto, tan elemental, llegaremos a que la amistad es el mejor método de apostolado, como el mismo Cristo hizo con sus discípulos. Ningún método es neutro, todos llevan una carga de profundidad, un tamiz, una particular visión; el método cristiano siempre es amable, el método cristiano es la amistad.

"Una de las luces que el Concilio proyecta sobre la Iglesia -ya lo hemos repetido- es la vocación de todo fiel de la Iglesia misma a esa expansión de fe y de vitalidad cristiana, a esa efusión de la plenitud interior que su inserción en el Cuerpo Místico de Cristo lleva consigo, a ese amor del Reino de Dios, a ese testimonio religioso y moral que trasciende la propia individualidad, a esa necesidad de comunicar a otros el tesoro de verdad y de gracia que posee, lo cual, con expresión ya común, llamamos apostolado.

También el laico, sea cual fuere su condición, está llamado a esta conciencia, a esta actividad. Esto vale para el obrero y para el estudiante, para el rico y para el pobre. En cualquier situación social, todos los fieles están obligados a irradiar en torno de sí algún apostolado para el bien de los demás. Habrá que insistir en este principio porque de él, en gran parte, nace esta renovación, este progreso que el Concilio ha querido traer a la Iglesia. La Iglesia llama a los laicos; les dice: venid a reanimar el cristianismo que está amenazado por todas partes y haced ver, vosotros, laicos, que no tenéis ninguna especial investidura jerárquica, ni una especial vocación religiosa, que también vosotros sois capaces de iluminar con la luz de Cristo la sociedad moderna.

El apostolado no es sólo un hecho externo, sociológico; es una exigencia espiritual interna que toma su razón de ser del mismo misterio de la Iglesia, a la que pertenece el cristiano. Mas, ¿cómo se expresa y realiza esta exigencia? En otra ocasión, siguiendo las huellas del Concilio, decíamos que de dos formas fundamentales: una, individual; otra, asociativa (cf. Apostolicam actuositatem, 15 ss).

sábado, 25 de mayo de 2013

La vocación seglar al apostolado

Resulta llamativo que en el "Año de la Fe", el gran Papa Pablo VI dedique varias catequesis, y algunas más que vendrán, sobre el apostolado y sobre el laicado. ¿Pero qué tiene que ver esto con la fe? ¿Un año de la Fe y habla del apostolado?


La fe, si es tal, es dinámica, viva, apostólica, testimoniante. En ese Año de la Fe, convulso culturalmente, con caminos nuevos en la Iglesia, ya parecía que la fe o meramente era un revulsivo ético-revolucionario para la sociedad cambiando las estructuras o era un sentimiento privado. Por eso hablar de Fe es también hablar de apostolado y testimonio, dinamizando la vida eclesial de todos sus miembros.

La fe es confesante, activa, práctica. La fe es camino, movimiento, misión.

Un año dedicado a la Fe ayer (en 1968) como ahora (2012-2013) es también mostrar las consecuencias de una fe integrada, asimilada, interiorizada. De ahí surgirá el apostolado. Por esta razón Pablo VI habla del apostolado y sus palabras siguen vivas y penetrantes cuarenta años después.

sábado, 18 de mayo de 2013

El seglar bautizado es un testigo

La fe -¡Año de la fe!- convierte al bautizado en un apóstol y en un testigo. En apóstol por cuanto es enviado al mundo, a los hombres, por parte del Señor; en testigo, porque de lo que ha visto y oído, de lo que sus manos tocaron, la Palabra de la Vida, da un testimonio real y elocuente en el mundo.

La fe se encarna en los testigos, no en los ideólogos. La fe suscita testigos, y el mundo contemporáneo pide maestros que sean siempre a la vez testigos con su vida de Jesucristo.

El testimonio cristiano se da cuando se vive la fe bautismal sin reducciones, sino alcanzado su virtualidad completa, desarrollándola, y se fortalece la fe misma con el testimonio dado. Apóstol y testigo es todo bautizado, por tanto, también todo seglar en su ambiente, en el orden temporal y mundano.

Esta es otra preciosa catequesis de Pablo VI en el Año de la fe para formarnos y remover la conciencia.

"Un pensamiento actual se nos ofrece a la breve exhortación con la que queremos dar a la audiencia general un contenido doctrinal, familiar y modesto, digno de recuerdo y de reflexión; el pensamiento es sobre la exaltación que el Concilio ha hecho de cada uno de los miembros de la santa Iglesia, de cada fiel, de donde ha resultado la dignidad y la misión que competen al cristiano en cuanto tal y por ello también al simple laico. Esta magnífica doctrina merece ser comprendida y meditada;  nos lleva a las fuentes del misterio de la Iglesia, nos hace reflexionar sobre la naturaleza y la vocación del pueblo de Dios, y debe nutrir en profundidad la conciencia de cada fiel, y puede dar también al laico, al simple cristiano, no revestido de poder eclesiástico, ni perteneciente al estado religioso, un sentido vivo de su plenitud espiritual y de su compromiso apostólico con respecto a la comunidad eclesial (Cf. "Prima Romana Synodus", núms. 208 ss; Lumen Gentium, cap. IV).

Quisiéramos que estas enseñanzas fueran familiares para cada uno de vosotros. Cada fiel y, digámoslo ahora, cada seglar debería darse cuenta de su definición y de su función en el cuadro del designio divino de la salvación (Cf. Rahner, XX siècle, págs. 125 ss). Bástenos ahora en esta charla elemental presentar a vuestra consideración una palabra, que tiene mucha fortuna en el lenguaje espiritual moderno, la palabra "testimonio". Es una bella palabra, muy densa en significado, emparentada con otra, más grave y específica, "apostolado", del que el testimonio parece ser una forma subalterna, pero bastante extensa, que va desde la sencilla profesión cristiana, silenciosa y pasiva, hasta la cima suprema, que se llama martirio y que significa precisamente testimonio. Esto indica ya que el término, hoy tan usado, de testimonio, encierra, más aún, manifiesta muchos aspectos de la mentalidad cristiana; de estos aspectos sólo vamos a referirnos a algunos, para ofrecer en este diálogo nuestro tema para vuestras sucesivas indagaciones mentales.

jueves, 9 de mayo de 2013

La vocación cristiana es vocación al apostolado

En el contexto de aquel año de la Fe, desde junio de 1967 a junio de 1968, Pablo VI ofreció sus catequesis para iluminar no sólo la virtud sobrenatural de la fe, sino sus implicaciones y consecuencias.


Una de estas consecuencias es cómo la fe, la vocación cristiana, es una vocación al apostolado. La fe forja apóstoles y los envía, sin arriconarlos, encerrarlos, paralizarlos sino lanzándolos al mundo. Pero, ¿quién es sujeto apto para el apostolado? ¿Sólo las vocaciones de especial consagración? ¿Cuál es el fundamento verdadero del apostolado? ¡El Bautismo! Luego la fe cristiana es, de por sí, vocación al apostolado y todo bautizado es transformado en apóstol.

Palabras hermosas y catequesis precisa y esperanzada, la que nos ofrece el papa Pablo VI. Pero sean éstas una catequesis no sólo para disfrutarlas o aumentar nuestro caudal de conocimientos, sino para cuestionarnos, examinarnos, revisarnos, discernirnos.

"Tenemos que manifestaros que la visita de tantos hijos queridos despierta en nuestro espíritu la reflexión sobre los nuevos aspectos que el último Concilio ha querido considerar e ilustrar exponiendo su doctrina sobre el pueblo de Dios, del que formamos parte todos los que estamos en la Iglesia (cf. LG 12), y dictando la doctrina del laicado para evidenciar las prerrogativas que se le han de reconocer, y que pueden resumirse en dos capítulos, en los cuales puede encerrarse la llamada "teología del laicado": es decir, el puesto que ocupan en la Iglesia de Dios y la actividad eclesial y apostólica a que, hoy especialmente, están llamados.

martes, 9 de abril de 2013

El apostolado, irradiación de la vida cristiana

El robustecimiento de la fe, su fortaleza, su más clara y renovada identidad, se convierte en estímulo, acicate, impulso, para el apostolado. Éste nace no por una idea o un ideal ético, sino por un desbordarse de la vida cristiana, tan fuerte, que no se puede contener. Es el celo evangelizador: "¡ay de mí si no evangelizare!" (1Co 9,6).


Cuando tratamos de reforzar la fe, debilitada externamente por las olas de la secularización y la dictadura del relativismo, y debilitada interiormente por el moralismo y la ausencia de vida interior, de oración y de vivencia litúrgica, hemos de ser conscientes que precisamente esta crisis de fe es lo que genera un apostolado débil, mediocre, mortecino, reducido a la sacristía. Por el contrario, y ese ha de ser nuestro objetivo, una fe fuerte y fiel, doctrinalmente sólida y con formación madura, amasada con la liturgia y la oración, transforma al creyente en un apóstol.

Será fácil reconocer que el problema no son los métodos -más o menos modernos- ni las técnicas ni es el lema tan cansino de que "la Iglesia debe modernizarse" adaptándose al mundo, sino que antes y primeramente, el problema del apostolado es el propio apóstol: la calidad, la fuerza, la hondura de su fe, su convicción arraigada y fervorosa.

Entonces, ¿qué es el apostolado? ¿Una serie de actividades que rozan el activismo? ¿Un voluntariado? ¿Una acción social transformadora? ¿Una concienciación política? ¿Un manifiesto de denuncia para ser fotografiados?