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lunes, 18 de febrero de 2019

Vivir de la Gracia, primado de la Gracia



  Ésta es la configuración espiritual del cristiano con su Señor; rostro, fisonomía, talante y acción espiritual.
     
 “Sine me, nihil potestis facere”

 ¿Y con Él? 



“Señor, si nada puedo sin ti, todo lo puedo en ti” (S. AGUSTÍN, Enar. in Ps 30).

La Comunión con Cristo:


            * destruye el miedo a conocerse (ver las zonas necesitadas aún de redención), al crecimiento, a la muerte que lleva a la resurrección (muerte diaria)

            * supera el miedo al fracaso (éste no existe, todo es del Señor) y los falsos respetos humanos (“¿qué dirán?”)

            * “En el nombre del Señor” se lanzan las redes: apostolado, predicación, testimonio, corrección fraterna.

            * todo trabajo, por grande que sea, se siente uno capaz porque se hace por el Señor (aunque cueste esfuerzo, tiempo, sacrificios...)

            * las tribulaciones y persecuciones por el Evangelio se sufren y se llevan adelante con Cristo y por Él.

martes, 5 de febrero de 2019

Gracia y Comunión con Cristo

“Sine me, nihil potestis facere”, "sin mí, no podéis hacer nada".

La COMUNIÓN no es algo abstracto; vivir con Cristo Jesús:

La vida sacramental: es donación y entrega del Señor. Regalos de su amor: Él se da a Sí mismo. Del rito vacío a la autocomunicación del Señor. Son los ejes de la vida cristiana: Eucaristía dominical (y diaria), rezo de la Liturgia de las Horas y Confesión frecuente. El espíritu litúrgico (sensibilidad litúrgica) alimenta y expresa el AMOR a Cristo.



La escucha de la Palabra: Cristo, por las suaves palabras de la Escritura, entra en el alma cristiana. Dialoga con el cristiano, le muestra su amor, lo inserta en la historia de la salvación... Por la Palabra, se establece el coloquio de amor/salvación entre Cristo y el cristiano. Pone la Palabra (que es Él mismo) como un espejo y el cristiano se ve reflejado/contrastado con él (como afirma en diversos lugares S. Agustín).

La oración: Es trato de amistad (Sta. Teresa, V 8,5), entrega, adoración, alabanza y acción de gracias; intercesión y coloquio amoroso con Quien nos ama. Se está ante una Presencia (reconocible por la fe). Nuevo Emaús (Lc 24). Nuevo diálogo de Jesús con Pedro (Jn 21). La oración no es alternativa u opción: es exigencia de connaturalidad en la vida cristiana. Un ritmo DIARIO, perseverante. Es gracia: para seglares, matrimonios, jóvenes, religiosos... A orar se aprende orando: ante el Señor (en el sagrario), estar con él.

“Sine me nihil potestis facere”
 
      La Comunión con Jesucristo crea discípulos y amigos; da un talante y una fisonomía original. El cristiano queda determinado por esta Comunión. Así, el hombre es instrumento en las manos del Señor, pone todo su ser y sus facultades sabiendo que todo es obra del Señor: “siervos inútiles somos...” (Lc 17,10).

 “Sin mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5):

viernes, 18 de enero de 2019

Sin Mí no podéis hacer nada... ¡La Gracia!

      Actitud clave: la comunión con Jesucristo. La vida cristiana es vida de comunión, de unión íntima y amorosa con el Señor. Es relación de corazón a corazón, con un Tú personal. Jesucristo es Rostro, Palabra y Presencia cercanas, más que la de cualquier persona, más que nosotros mismos. Jesucristo es la Presencia más cercana, la Compañía más cierta, la más saludable y la más deseable. Por su Encarnación, está con nosotros; por su Resurrección, vive junto a nosotros.



      La vida cristiana es algo dinámico y “personal”; el cristianismo no es un modo dado a priori de vivir, impuesto desde fuera, un nuevo reglamento o yugo. El cristianismo, marcado por la Persona misma del Salvador, es "Camino" como Él es Camino (cf. Jn 14,6); es dinámico en un sentido concreto: se realiza en el seguimiento del Señor, yendo tras sus huellas.
 
El cristianismo tiene “entrañas”, porque es la misma vida -que es fuego- de Jesucristo. El cristianismo, dirán algunos teólogos, es la Persona misma de Cristo. Por tanto:

-no es una filosofía “elevada”
-no son doctrinas que hacen progresar a la humanidad (Ilustración)
-no es una búsqueda mística que aliena de la sociedad y la cultura (la New Age del post-modernismo)
-no es un seguimiento “ético” de actitudes y valores, un pragmatismo, “compromisos”
-no es un culto ritual, vacío, casi supersticiosas, unas prácticas cultuales para "contentar" y acallar a Dios mientras la vida va por otro lado. Ese es el esquema de muchas religiones paganas y precristianas.
 

miércoles, 17 de octubre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, VIII)

Acostumbrados ya de sobra al lenguaje agustiniano, a nadie le extrañará que el tratado sobre la paciencia haga una disgresión para acudir a un tema teológico clave en su pensamiento: la gracia.

Sin la gracia nada somos ni nada podemos.


Por eso, la paciencia es un don de la gracia que orienta, dirige, sostiene la voluntad humana, siempre inclinada al pecado cuando se deja guiar por sus meras fuerzas y su concupiscencia.

Dios corona su obra al coronar nuestros méritos. Son suyos, de la gracia obrando en nosotros. Y, por gracia, recibimos una paciencia santa, orientada al bien y la perseverancia, a alcanzar los dones supremos, los bienes temporales y eternos.

Son párrafos realmente deliciosos, dignos de una lectura que sea capaz de asimilar estos conceptos y vivir de una forma nueva.
 

sábado, 24 de junio de 2017

El primado de la gracia (Palabras sobre la santidad - XL)

Tal vez, llevados por un ingenuo optimismo y confianza en la bondad de la naturaleza humana, olvidando o relegando al silencio el pecado original y la concupiscencia, que han dejado herido al hombre, debilitado, se ha querido presentar el cristianismo y su expresión máxima, la santidad, como el esfuerzo interior de la persona que se compromete con Cristo, que le sigue, que toma conciencia de unos valores y que lucha.

Al final, olvidando la trama del tejido humano, tan compleja, parecería que la santidad se adquiere y se vive por un mero esfuerzo, un compromiso consciente, y uno se hace santo a sí mismo: la santidad sería un producto humano de hombres comprometidos, fuertes, esforzados. Luego Dios vendría, simplemente, a reconocer esa santidad que uno ha logrado sin necesitar para nada al Señor.

¿Pero esa visión es cristiana?

¿Es eso correcto, es así, es acaso cierto?


jueves, 8 de diciembre de 2016

Gracia tras gracia

Así se puede definir la acción de Dios, constante y salvífica: gracia tras gracia.

De Cristo hemos recibido gracia tras gracia. Un proceso se ha desencadenado en nosotros: la gracia nos he venido por medio de Jesucristo.


El tesoro de su gracia se ha derramado. Como un cascada, salto tras salto, llega hasta nosotros. Claro, no podíamos salvarnos a nosotros mismos, por la virtud de nuestra naturaleza humana, confiando sólo en nuestro poder y capacidad.

La gracia ha venido en ayuda de nuestra debilidad. 

Esta gracia se desencandenó abundantemente en Santa María, desde el mismo instante de su Concepción. Se iniciaba la salvación de la humanidad, de la nueva humanidad que va a nacer. "Llena de gracia": nada se interpuso en ella a Dios.

domingo, 20 de noviembre de 2016

La conciencia y la gracia se relacionan

Un texto paulino refleja bien la situación del hombre; el pecado original ha dejado herida a la persona por  la concupiscencia, una inclinación extraña que supone una ruptura, una distorsión, del hombre.

Decía san Pablo:

La ley es espiritual, de acuerdo, pero yo soy un hombre de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado. Lo que realizo no lo entiendo, pues lo que yo quiero, eso no lo ejecuto, y, en cambio, lo que detesto, eso lo hago. Ahora, si lo que hago es contra mi voluntad, estoy de acuerdo con la ley en que ella es excelente, pero entonces ya no soy yo el que realiza eso, es el pecado que habita en mí.

Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.

Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. En una palabra: yo de por mí, por un lado, con mi razón, estoy sujeto a la ley de Dios; por otro, con mis bajos instintos, a la ley del pecado.

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.


La conciencia reconoce el bien y quiere hacerlo, pero sólo por gracia podrá vencer ese desorden interior, llamado concupiscencia y obrar el bien apartándose del mal. Sólo por gracia podremos vencer ese desorden de quien ve el bien, quiere hacerlo y al final o no lo hace u obra el mal; ese desorden que ve el mal, no lo quiere, lo rechaza y al final cae en él.

Es la gracia la que ilumina plenamente a la conciencia para que reconozca el bien y es la gracia la que mueve al hombre y le inspira el bien. Sin la gracia, estaríamos impotentes para obrar el bien.

"La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor" (CAT 2000).

Además, la gracia nos conduce al encuentro con la Verdad, con Cristo, librando a la conciencia de la ceguera que a veces le impide reconocer a Cristo, aceptar la Verdad.


lunes, 12 de septiembre de 2016

Somos cristianos

Ser cristiano marca profundamente todo lo que vivimos, hacemos o dejamos de hacer, amamos o desestimamos... 

Ser cristiano sella nuestros gestos, pensamientos, acciones. Ser cristiano es un modo de ser y luego de vivir. 

¿Una etiqueta? ¿Un nombre vacío que rememora tradiciones populares? No. Ser cristiano es una reordenación de toda nuestra vida y un sello en nuestro corazón, que fluye por todos los poros de la piel.


Ahora bien, ser cristiano e hijo de la Iglesia, debe ser propuesto con toda la amplitud que merece y desplegarse ante nuestros ojos las virtualidades ya contenidas en nuestro bautismo y confirmación. Caigan las concepciones secularizadas del cristianismo, que nos quieren inculcar desde fuera, y vayamos a redescubrir nuestro ser.

¿Qué hallaremos entonces? La vida nueva de Cristo en nosotros, una vida vocacionada, con un destino y una misión; una altísima dignidad como es la llamada a la santidad; una perfección de lo humano a tan altas cotas como nada ni nadie podrían ofrecernos, llámense ideologías, filosofías o humanismos seculares. Lo humano halla su verdad definitiva y su culmen en Cristo

Por eso, ¿qué somos? Cristianos por la gracia de Dios. Pero, ¿qué características tiene?, ¿cuál es el diseño de un cristiano?, ¿cuáles son las consecuencias de este nuestro carácter cristiano?

Sólo sabiendo lo que somos por naturaleza y gracia sacramental, podremos desarrollarlo.

domingo, 10 de julio de 2016

Elección por gracia (San Agustín)

San Agustín acude a la doctrina paulina, subrayada especialmente en la carta a los romanos y a los gálatas, pero que se halla presente en todo el corpus paulino.

Todo lo que tenemos es porque lo hemos recibido y esto en virtud de una elección de amor y misericordia por parte de Dios mismo, pero que no corresponde ni a una obligación divina ni mucho menos a lo que nosotros podemos reclamar por nuestros "méritos".


La gracia desencadena una vida nueva y divinizada en nosotros, justificándonos, librándonos, salvándonos, pero nada se debe al hombre por su constitución natural, sino que todo proviene de un designio libre y amoroso de Dios. Así la gracia siempre conserva su carácter gratuito, tal como nosotros conservamos nuestra propia constitución humana caída, herida, indigente.

Todo viene de Dios pero porque es Él quien lo quiere. Al coronar nuestros méritos, realmente corona su propia obra en nosotros.


"38. Hemos de ver, pues, la intención del Apóstol. Para encarecer la gracia, no quiere que se gloríe sino en el Señor, aquel de quien se dijo: “amé a Jacob”. Dios ama al uno y odia al otro, si bien ambos tienen un solo padre, una misma madre, han sido engendrados a la vez, y no han hecho nada bueno ni malo. Entienda Jacob que no pudo ser separado sino por la gracia de aquella masa de iniquidad original, en la que su hermano mereció ser condenado por justicia, si bien la causa de ambos era común. “Aunque aún no habían nacido ni hecho nada, ni bueno ni malo, para que permaneciese el propósito divino según la elección, no mirando a las obras, sino a quien llama, se le dijo: “El mayor servirá al menor””.

viernes, 1 de julio de 2016

No merecemos la gracia (san Agustín)

¿La gracia viene a nosotros porque nos lo merecemos? ¿Acaso porque Dios ha hallado algo bueno en nosotros y nos recompensa con su gracia?

¡Algunos se lo creen! Y lo viven así: piensan que se merecen la gracia por sus buenas obras, y no se dan cuenta de que sin la gracia, que ya estaba ahí, ni siquiera habrían podido realizar esas buenas obras.

Se llama gracia porque es un regalo, un don, gratuito e inmerecido por nuestra parte, que corresponde siempre a una dignación de la misericordia de Dios.

En todo, y siempre, no es el hombre quien lleva la iniciativa y tiene la primacía: en el cristianismo, Jesucristo es lo primero y su obra es la obra de la gracia en nosotros. Un buena dosis de humildad nos hace falta para reconocer lo mucho que debemos a la gracia y lo poco que somos nosotros, heridos por el pecado original y con la concupiscencia inclinándonos al mal.

No, no merecemos la gracia ni la compramos con nada. Se nos da gratis y por amor de Dios.

"29. Por eso todos los que buscan excusas para sus iniquidades y torpezas son castigados justísimamente; porque los que son liberados lo son tan sólo por la gracia. Si la excusa fuese justa, ya no se libertaría la gracia, sino la justicia. Pero como la gracia es la que libra, no halla nada justo en aquel a quien libra: ni voluntad, ni obras, ni siquiera excusas, ya que, si hay una disculpa justa, quien la utiliza se libra con razón y no por gracia. 

Sabemos que se libran por la gracia de Cristo también algunos de esos que dicen: “¿Por qué se queja todavía? ¿Quién puede resistir a su voluntad?” Si esa excusa fuese justa, no se libertarían por gracia gratuita, sino por la justicia de esa disculpa. Pero, si se libran por la gracia, sin duda la disculpa no es justa. Gracia verdadera es aquella que libra al hombre cuando no se le retribuye por merecimiento. Dicen, pues: “¿Por qué se queja todavía? ¿Quién puede resistir a su voluntad?” Pero no se realiza en ellos otra cosa que la que se lee en el libro de Salomón: “La necedad del hombre estropea sus caminos y acusa a Dios en su corazón”.

sábado, 25 de junio de 2016

Los méritos y la gracia (san Agustín)

Realmente maestro, san Agustín ofreció a la Iglesia y para siempre las reflexiones necesarias sobre la justificación, el mérito y la gracia en un momento en que el pelagianismo se extendía con fuerza, proclamando que el hombre se salva por sus propios méritos, confiando en la bondad original de su naturaleza.

La respuesta contundente de san Agustín orientó definitivamente la enseñanza de la Iglesia -codificada posteriormente en el concilio de Trento sobre la justificación- y puede hoy, igualmente, ser útil, claro, orientador, cuando tanta confusión hay en los principios (un antropocentrismo gigantesco) y en sus aplicaciones (las formas secularizadas de vivir la fe, el aburrido moralismo).

Son enseñanzas que hoy hemos de acoger y permitir que nos transformen racionalmente y modifiquen nuestra forma de percibir y luego vivir el cristianismo.

"19. ¿Cuál es, pues, el mérito del hombre antes de la gracia? ¿Por qué méritos recibirá la gracia, si todo mérito bueno lo produce en nosotros la gracia, y cuando Dios corona nuestros méritos no corona sino sus dones? 

Como en el momento inicial de nuestra fe hemos conseguido misericordia, no porque éramos fieles, sino para que lo fuésemos, del mismo modo al fin, es decir, en la vida eterna, nos coronará, como está escrito, “en piedad y misericordia”. No cantamos, pues, en vano: “y su misericordia me prevendrá”; y también: “Su misericordia me seguirá”. La misma vida eterna la alcanzaremos al fin, pero sin fin, y, por lo tanto, supone méritos precedentes. 

Mas, puesto que esos méritos que la consiguen no los hemos alcanzado por nuestra suficiencia, sino que se han producido en nosotros por la gracia, esa misma vida eterna se llama gracia, porque se da gratuitamente, y no porque no se dé a los méritos, sino porque se dieron antes los méritos por los que se da la vida eterna. Y hallamos que es el apóstol Pablo, magnífico defensor de la gracia, el que llama gracia a la vida eterna, diciendo: “el estipendio del pecado es la muerte; y es gracia de Dios la vida eterna en nuestro Señor Jesucristo”.

jueves, 16 de junio de 2016

Oración y gracia (san Agustín)

Una de las más preciosas definiciones de san Agustín sobre qué es el hombre es llamarlo "mendigo de la gracia", y la oración misma expresa hasta qué punto somos mendigos de la gracia, porque esa es nuestra principal y primera súplica.

Sabedores de que sin la gracia no podemos nada, nos acercamos a Dios en la oración pidiendo gracia, su gracia, la que nos justifica, salva y santifica.

Toda oración verdadera es una humilde petición de gracia.

"15. Podemos decir que ha precedido la fe, y en ella está el mérito de la gracia. Pero ¿qué mérito tenía el hombre antes de la fe para recibir la fe? ¿Qué tiene que no haya recibido? Y si lo recibió, ¿por qué se gloría como si no lo hubiese recibido? El hombre no tendría sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios, si, según el anuncio profético, no hubiese recibido el espíritu “de la sabiduría y de entendimiento, de consejo y de fortaleza, de ciencia, piedad y temor de Dios”; como no tendría valor, caridad y continencia si no hubiese recibido el Espíritu, del que dice el Apóstol: “No hemos recibido el espíritu de temor, sino el de valor, caridad y continencia”. Del mismo modo, no tendría el hombre la fe si no hubiese recibido el Espíritu de fe, del que dice el mismo Apóstol: “Teniendo el mismo Espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por lo cual he hablado; también nosotros hemos creído, por lo cual hablamos”. Que la fe no se recibe por méritos propios, sino por la misericordia de aquel que “se apiada de quien quiere”, lo manifiesta claramente el Apóstol cuando dice de sí mismo: “He conseguido la misericordia de ser fiel”.

jueves, 2 de junio de 2016

Necesitados y gimientes (san Agustín)

El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad.

¿Acaso somos débiles? 
¿No puede el hombre salvarse por sí mismo, gracias a ser buena persona, gracias a sus compromisos solidarios, a sus propósitos santos, a sus reuniones y apostolados? 
¿No es el hombre el que se hace bueno a sí mismo? 
¿Para qué orar? 
¿Para qué ayudar el Espíritu nuestra debilidad?

De nuevo, la doctrina de la gracia orientando el cristianismo: y es que el cristianismo es pura gracia.


"10. Por lo tanto, no se alabe el hombre ni pregone el mismo mérito de su oración, pues aunque al que ora se dé una ayuda para vencer las apetencias de bienes temporales, para amar los bienes eternos y a Dios, fuente de todos los bienes, la que ora es la fe que se dio al que aún no oraba, pues si no se le hubiese dado no hubiese podido orar. “¿Cómo invocarán a aquel en quien no creyeron? ¿O cómo creerán a aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán, si nadie les predica? Luego la fe viene por la escucha y la escucha por la palabra de Cristo”. Por lo tanto, el ministro de Cristo, predicador de esa fe, “según la gracia que se le ha dado”, es el que planta y el que riega. Pero “ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento”, el cual “reparta a cada cual una medida de fe”. Por eso se dice en otro lugar: “paz a los hermanos y caridad con fe”. Y para que nadie se la atribuya a sí mismo, añadió a continuación: “Que viene de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor”. No tienen la fe todos los que oyen la palabra, sino aquellos a quienes Dios reparte una medida de fe, como no germina todo lo que se planta y se riega, sino lo que Dios hace crecer. ¿Por qué cree éste y no aquél, aunque ambos oyen lo mismo, y cuando se realiza un milagro en su presencia ambos ven lo mismo? Esa es “la profundidad de las riquezas, de la sabiduría y ciencia de Dios”, cuyos “juicios son inescrutables”, en quien no hay iniquidad cuando “se apiada de quien quiere y endurece a quien quiere”. El que estas cosas sean ocultas no significa sean injustas.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La obra de la gracia (San Agustín)

Lo mejor siempre es acercarnos a fuentes originales, de aguas cristalinas: beber de la Tradición, conocer a los Padres, dejarnos educar por ellos, simplemente porque los Padres de la Iglesia son maestros perennes e imperecederos del cristianismo.


En este caso, será san Agustín con su carta 194, que leeremos tranquilamente, explicando la doctrina de la gracia, tan importante en todo su pensamiento teológico.

¿Tan importante es? Sí, porque hay una teoría que sigue pululando y no da descanso: se llama pelagianismo. El pelagianismo confiaba ante todo en las fuerzas del hombre y en la bondad originaria de la naturaleza humana, de forma que la gracia ni era necesaria ni se debía al amor de Dios, sino que era meramente auxiliar, externa, y en cierto modo un fruto de nuestro compromiso, de nuestro esfuerzo.

Confía el pelagianismo tanto en el hombre y en su capacidad, que hace innecesario al Redentor y superflua la acción de la gracia. El hombre se salva solo porque es bueno y puede salvarse mediante obras buenas, o en nuestro lenguaje actual, mediante sus compromisos, su solidaridad, etc.

Acudir a la doctrina agustiniana nos ayudará a evitar esa teoría que exalta al hombre ignorando su condición real (el pecado original y su fruto, la concupiscencia) y minusvalorando a Cristo, su redención y su gracia.

martes, 14 de julio de 2015

La obra de nuestra santificación (Palabras sobre la santidad - XV)

¿Cómo se hace uno santo? 
¿Cómo se alcanza la santidad? 
¿Cómo es posible ser santo? 
¿Cómo se construye la santidad en cada cual?


Desterremos que la santidad sea una obra humana, esforzada, meritoria, natural, labrada de compromisos, porque entonces estaríamos haciendo estéril la gracia de Dios y la cruz del Salvador; desterremos, asimismo, la idea de que el hombre con sus solas fuerzas naturales ya es bueno y obra el bien y que la gracia es un complemento, algo que se superpone a lo ya hecho por nosotros. Sin la gracia, nada somos. "Sin mí, no podéis hacer nada" (Jn 15,5).

Somos santos -seremos santos- por gracia. Seremos santificados por la actuación de Dios en nuestras vidas, a lo que corresponderá nuestra colaboración quitando los obstáculos a la gracia mediante la oración y la ascesis. Es el principio agustiniano: "el que te creó sin ti, no te salvará sin ti".

jueves, 4 de julio de 2013

La fuerza de los sacramentos

¿Cuáles son las implicaciones de todo sacramento?

¿Cuál es su fuerza?

¿A dónde nos lleva cada sacramento?

"Así ocurre con el sacramento. No hay necesidad alguna de saber reflexionar, de encontrar expresiones adecuadas, de sentir emociones en consonancia con el acontecimiento que tiene lugar al celebrarse. Lo decía muy bien el catecismo, con su aguda capacidad de síntesis, cuando dejaba claro, por ejemplo, que para acercarse a comulgar es necesario "saber y pensar a quien se va a recibir", esto es, ser conscientes del significado que tiene su Presencia Grande. Por eso, uno puede llevar a cabo ese gesto partiendo de un estado de ánimo lleno de resentimento, exasperado, con el corazón frío y la mente bloqueada. Pero lo que cuenta es el libre "ir a" llevándonos como petición a nosotros mismos, lo que cuenta es la presencia de uno ante Cristo, consciente, tornándose petición...

El contenido operativo de esos gestos misteriosos que son los sacramentos, po rmedio de los cuales se nos comunica en profundidad un nuevo ser en el seno de la Iglesia, no podemos percibirlo experimentalmente nosotros. Del sacramento sólo vemos el gesto que realizamos. Por consiguiente, si tuviéramos que confiar en la manifestación de nuestros sentimientos para poder vivir a través de ellos la relación con Cristo, estaríamos a merced de nuestra fluctuación emotiva. Mientras que el signo sacramental está sólidamente anclado en su fisonomía objetiva, y a ella conduce la Iglesia la atención del hombre. Así, a la Presencia Grande que se comunica con el hombre, éste le responde con su libre presencia que pide una vida nueva. Es la forma de oración más adecuada a la disposición de nuestra naturaleza humana, la más sencilla dada su objetividad.

viernes, 20 de enero de 2012

La humildad del reconocimiento

Situados en la verdad  (no en la máscara idolátrica), con un conocimiento ajustado de sí mismo, dejar a Dios ser Dios. Dios no modela el mármol de nuestro orgullo o de nuestros engaños o de nuestra hipocresía, sino el barro sencillo de nuestro espíritu. Somos creados, y recreados en el hoy de la existencia, cuando ponemos nuestro barro en las manos creadoras y providentes de Dios. No querer reconocer los propios límites y la propia y finita naturaleza humana, es poner trabas a la acción de Dios. Reconocer nuestra masa ("somos barro") es dejar que Dios actúe.

    ¿Puede Dios cambiar el corazón del fariseo? ¿No será más fácil entrar en el corazón del publicano que reconociéndose impotente pone su barro en manos del Señor? "El publicano manteniéndose a distancia, no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: 'Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador'. Os digo que éste bajó a su casa reconciliado con Dios, y el otro no. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado" (Lc 18, 13-14).

    La gracia se lleva como tesoro en vasija de barro. Es el único recipiente apto para la gracia. Dios actúa en el barro, en el barro de las propias miserias, en el polvo de nuestra debilidad, en la arcilla de la propia fragilidad.

    La gracia viene en ayuda de nuestra fragilidad ("sin tu ayuda no puede sostenerse lo que se cimenta en la debilidad humana", reza una oración colecta) . El humilde deja actuar a Dios, no le opone resistencias, porque sabe que necesita de Dios. Es el enfermo que le descubre sus llagas al Médico, Cristo, para que las cure con el bálsamo del Espíritu: "También hoy como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza" (Prefacio común VIII). 

La gracia viene en ayuda de nuestra debilidad. La santidad no se consigue con los meros esfuerzos ascéticos -santidad moral, pelagiana- de cumplir unos deberes morales, sociales, de compromiso, de opción por los pobres, de prácticas "religiosas". La gracia viene al corazón débil que reconociendo la impotencia y limitación humanas -propia del ser creado- grita y clama al Señor. En sus brazos se refugia, y en Él confía su propia transformación y santidad. Ahí sí viene la gracia, gracia dada gratuitamente por Dios para llevar al hombre a la santidad y comunión con Él. ¡¡Y la gracia es verdaderamente transformante de todas las dimensiones del espíritu humano!!

martes, 26 de octubre de 2010

La gracia (seguimos con textos isidorianos)

8. Los dones de las gracias, a uno se le otorgan de una clase, y a otro de otra. Ni se permite que uno los posea de tal suerte, que no necesite a otro.

9. Sin duda, puede suceder que aquellos a quienes otros aventajan por la excelencia de sus virtudes, a causa de una gracia preveniente de Dios repentina, aventajen a los otros en el fruto de la santidad, y, aunque han sido los últimos en la conversión, se sitúan de pronto los primeros en la cumbre de la virtud.

10. Cuando uno recibe algún don, no debe ambicionar más de lo que ha merecido, no sea que, por intentar apoderarse del cargo del otro miembro, pierda el que mereció, ya que perturba toda la armonía del cuerpo quien, no contento con su cargo, substrae el ajeno.


11. Los malos reciben los dones para su condenación, puesto que no los emplean para la gloria de Dios, sino para halagar su propia vanidad. Hacen mal uso de los bienes quienes emplean para usos torpes lo que Dios les ha concedido, como son el talento y los demás dones de Dios.


12. Disfrutamos de muchos dones de Dios que reconocemos haber recibido de él. Porque el ser inteligentes, el sentirnos poderosos, lo debemos no al favor de otro cualquiera, antes bien al de Dios. Hagamos, por tanto, excelente uso de los beneficios divinos, de modo que Dios no se arrepienta de haberlos otorgado y sea útil a nosotros haberlos recibido.


13. Decimos que Dios substrae al hombre un don que este nunca poseyó, en el sentido de que no mereció obtenerlo. Como también decimos que Dios endurece al hombre, no porque cause su insensibilidad, sino porque no suprime la que el propio hombre se procuró. Ni de modo distinto afirmamos que Dios ciega a algunos, no porque él mismo cause en ellos su propia ceguera, sino porque, a causa de sus vanos merecimientos, no aparta de ellos su obcecación.


14. A muchos se les conceden los dones de Dios, pero no la perseverancia en el don. De donde resulta que algunos tienen los comienzos de una buena conversión, pero acaban con un final desdichado. Los elegidos, en cambio, reciben tanto el don de la conversión como la perseverancia en él. Este es el motivo por que algunos comienzan bien y terminan felizmente.


(San Isidoro, Sentencias, II, c. 5, 8-14).

sábado, 9 de octubre de 2010

La gracia (textos isidorianos)



Con claro sabor agustiniano, san Isidoro presenta su exposición sobre la Gracia de Dios. Bebamos de la espiritualidad hispana, de nuestra tradición hispano-visigótica.

"1. Algunas veces Dios nos retira sus dones cuando pecamos a fin de que nuestro espíritu se alce con la esperanza del favor divino. Pues no puede desechar a uno que se ha arrepentido; a quien, mientras peca, le incita con sus beneficios a que retorne a él.

2. La nobleza del hombre no depende del poder humano. Pues, si no fuese Dios quien realiza en nosotros el esplendor de la buena obra, ¿por qué se afirma por boca del profeta: “Su obra es esplendor y magnificencia”? (Sal 110,3). Por él, en efecto, en virtud de su gracia preveniente, se nos concede a nosotros toda suerte de bienes, ya que no hemos practicado obra buena alguna por la que merezcamos recibir el brillo de la fe.


3. El progreso del hombre es un don de Dios. Y nadie puede mejorarse por sí mismo, sino con la ayuda de Dios. Pues tampoco posee el hombre bien alguno propio, ni está en su poder enderezar sus pasos, según atestigua el profeta: “Bien sé, Señor, que no está en la mano del hombre trazarse su camino; que no es dueño el hombre de caminar ni de dirigir sus pasos” (Jer 10,23).


4. Deben saber los defensores del libro albedrío que no podrán aventajarse en el bien con su propio valer de no ser sostenidos con la ayuda de la gracia divina. De ahí que el Señor diga por el profeta: “Tu ruina, Israel, procede de ti; solo en mí hallarás la ayuda” (Os 13,9). Como si dijera: si pereces, es por tu culpa; si te salvas, es por mi ayuda.



5. La gracia celeste no halla mérito en el hombre para venir a él, pero lo causa después que ha llegado; y así, al comunicarse a un alma indigna, produce en ella el mérito que ha de remunerar [Dios], quien antes solo había encontrado materia de castigo. Porque ¿qué méritos tuvo aquel ladrón que de las fauces del diablo subió a la cruz, y de la cruz entró en el paraíso? Él, ciertamente, era un reo y llegó manchado con la sangre del hermano; mas, por efecto de la gracia divina, se arrepintió en la cruz. Hemos de saber, pues, que en las obras hechas con rectitud, por un lado, influye nuestra justicia y, por otro, la gracia de Dios, supuesto que la merezcamos, ya que esta corresponde a Dios, que la otorga, y al hombre, que la recibe. Como decimos también pan nuestro al que, no obstante, esperamos recibir de Dios.


6. No a todos se reparte la gracia espiritual, sino sólo a los escogidos se concede. Porque la fe no es patrimonio de todos, y, aunque la reciban muchísimos, sin embargo, no consiguen éstos el fruto de la fe.


7. En la distribución de los dones, cada uno recibe gracias diversas de Dios; sin embargo, no se le conceden todas a uno solo, a fin de que sirva de estímulo de humildad lo que uno admira en el otro. En efecto, con la visión de Ezequiel (cf. 1,5-9), donde las alas de los seres vivientes baten unas a las otras, se indican las virtudes de los santos, que mutuamente rivalizan en el afecto y que a la vez se instruyen con ejemplos recíprocos".

(San Isidoro, Sentencias II, c. 5, 1-7)

jueves, 17 de junio de 2010

La gracia obrando


Partamos de un texto de san Agustín, autor al que hay que leer y mucho (además de Las Confesiones, claro):

"Cristo toma forma, por la fe, en el hombre interior del creyente, el cual es llamado a la libertad de la gracia, es manso y humilde de corazón, y no se jacta del mérito de sus obras, que es nulo, sino que reconoce que la gracia es el principio de sus pobres méritos; a éste puede Cristo llamar su humilde hermano, lo que equivale a identificarlo consigo mismo, ya que dice: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Cristo toma forma en aquel que recibe la forma de Cristo, y recibe la forma de Cristo el que vive unido a él con un amor espiritual. El resultado de este amor es la imitación perfecta de Cristo, en la medida en que esto es posible" (Com. Ep. Gal, n. 37).

* La vida del cristiano es un constante proceso de crecimiento interior tomando la forma de Cristo. Quedarse estancado es renunciar a esta forma de Cristo; pensar que uno ya tiene alcanzado todo en la vida espiritual, o que ya ha hecho bastantes cosas buenas en su vida, es aumentar la desemejanza en lugar de la semejanza con Cristo.

* La gracia de Dios inspira, sostiene y acompaña nuestras obras... Lo que hagamos solos, confiados sólo en nosotros, en nuestro ascetismo orgulloso, son "pobres méritos". Sólo la gracia que viene en auxilio del hombre y le mueve interiormente hace que lo que hagamos sea "mérito" ante Dios (léase todo el tratado de la Justificación de Trento, maravilloso).

* La gracia es lo más opuesto a la soberbia del hombre; la soberbia cree necesitar a Cristo en todo caso al final, casi como un adorno superficial, para demostrar lo mucho que valía; la humildad es tan consciente de su naturaleza que reconoce que "Sin Mï, no podéis hacer nada", y configura su vida como una "humilde petición de Gracia" (que eso es la oración para San Agustín), como un ser constantemente "mendigos de la Gracia".