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martes, 19 de noviembre de 2019

Relaciones fraternas en la Iglesia: ¡santidad!




“Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros” (Rm 12,10).

“Dios es Amor. Él nos amó primero. Nuestro deber ahora es amarnos los unos a los otros como Él nos amó. Por ello nos reconocerán como discípulos suyos. De aquí nace nuestra responsabilidad: ser testigos creíbles... los santos lo fueron. ¡Que ellos nos alcancen serlo nosotros también, para que este mundo que amamos sepa reconocer en Cristo al único Salvador verdadero!” (JUAN PABLO II, Homilía en la beatificación de 5 siervos de Dios, 4-mayo-1997).




                ¿Cómo son o cómo deberían ser las relaciones, el trato, entre los miembros de la Iglesia? La pregunta halla su respuesta, entre otros textos, en el capítulo 18 de San Mateo, que se suele llamar el discurso sobre la comunidad, sobre cómo debe ser la vida interna de la Iglesia. 

¿Cómo deben ser las relaciones entre los miembros de la Iglesia? La caridad fraterna es ejercicio de santidad; la santidad misma se expresa, se desarrolla, se plasma, en las relaciones fraternas, dóciles, sencillas, entre los miembros de la Iglesia, expulsando soberbia, arrogancia, altanería, afán de protagonismo.

Si queremos entrar a fondo en la vivencia del Evangelio, habrá que cuestionarse cómo nos tratamos unos a otros y cuál es el grado de exigencia evangélica. Hay una imagen clarísima en el evangelio, de que la Iglesia, para que sea la Iglesia de Dios, ha de ser muy humana, muy cercana, muy preocupada por las personas. En el evangelio hay toda una preocupación por el prójimo, por el hermano, comenzando, para no ser hipócritas, con los mismos miembros de la Iglesia, las relaciones entre nosotros, y no de cara a la galería, a la foto. Es necesario vivir la relación con el otro, que tiene nombre y apellidos, porque no somos seres anónimos en la Iglesia. 

Las relaciones no pueden estar basadas en una especie de contrato laboral, que es como a veces se funciona en la Iglesia, la diócesis por diócesis, la parroquia por parroquia, donde uno vale en tanto en cuanto ejerce una función, o ejerce en algo, y se busca agradar, complacer y hasta rendir pleitesía a quien nos confió algún encargo. La sinceridad de la entrega se estropea con la máscara de la hipocresía aduladora. Esto no es la Iglesia. 

lunes, 7 de octubre de 2019

Reparando con amor sobrenatural



Hemos de reparar con Cristo, con lo cual “la vida y la muerte se santifican y adquieren un nuevo sentido” (GS 22). 

Es toda la Iglesia, sacramento universal de salvación, presencia de Cristo en la historia de la humanidad, Corazón de Cristo para el mundo, la que está llamada –toda ella, y en ella, cada uno de sus miembros- a recorrer el camino de redención de Cristo (LG 8).



Por eso, a todos los fieles, la Iglesia invita a que “participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella” (LG 11).

A los enfermos, “exhorta a que asociándose voluntariamente a la pasión y muerte de Cristo contribuyan así al bien del pueblo de Dios” (LG 11).

Asimismo, como remedio a la increencia y a la secularización, “la Iglesia ha de hacer presente a Dios y a Cristo con la continua renovación y purificación propias” (GS 21).

Y también, en virtud de la reparación, señala el Vaticano II que para la obra de la evangelización “se han de ofrecer oraciones y obras de penitencia” (AG 36).

martes, 17 de septiembre de 2019

Aprender a amar (6)



Al final no era tan difícil: se aprende a amar mirando el Corazón de Cristo, su amor entregado, maduro, fiel, perseverante: amor que cree sin límites, aguanta sin límites, disculpa sin límites... 

Sólo un gran amor puede vencer todas nuestras impurezas y resistencias; sólo la vivencia real del Amor de Cristo nos puede redimir y enseñarnos a amar, y lo que es el amor, y darnos madurez.


Con Él, pongamos siempre manos a la obra, para que nuestro amor esté libre de egoísmo, de cualquier egocentrismo.



9. Para amar, saber hacerse presente

            Ilumina mucho una estrofa del Cántico espiritual de S. Juan de la Cruz:

            “mira que la dolencia
            de amor no se cura
            sino con la presencia y la figura”.

            El que ama “está presente”, se “hace presente” en la vida del otro. Los pequeños detalles lo permiten. ¿Cómo podríamos expresar ese “estar presente”?

-        Es dar espacio y tiempo al otro para que se exprese. Darle todo el tiempo del mundo sin mostrar prisas inoportunas. Hacerle sentir que ese momento es lo más precioso del mundo; estar pacientemente como si nada ni nadie más existiera.

-          Es escuchar y acoger con amor la interioridad del otro, sus sentimientos o sus problemas.

-     Es no tener prisa nunca con la persona a la que se ama, casi “detener el tiempo”. Las prisas demuestran poco interés, coartan la comunicación, enfrían el amor, y es muy propio del egoísta que a veces busca ocupaciones superfluas, evitando cualquier tema o pregunta que al final lo cuestione.

sábado, 22 de junio de 2019

Pecados contra la caridad

La santidad, a la cual todos estamos desarrollados, es el ejercicio pleno de la caridad teologal: un gran amor a Dios y, en el orden práctico y primero, al ser más inmediato, el amor al prójimo. Ahí es donde se verifica y desarrolla la santidad.

Pero si la caridad está debilitada o enferma, la santidad desaparece. Nuestros pecados contra la caridad desdicen de nuestro ser cristiano, de nuestra vida interior y de nuestra vocación a la santidad.




El primer mandamiento es “amarás al señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Nuestra vida se define y tiene sentido en la misma medida en que vivimos una relación de amor, de comunión con Dios. 

Nuestro pecado está muchas veces, en que nos olvidamos de Dios porque no conocemos su amor, o no lo hemos querido conocer, y tenemos a Dios como alguien extraño, casi como una carga en muchos momentos, con el cual nos relacionamos no en el amor, sino en el temor: “que Dios no me castigue”, “que Dios no me haga...” ¡como si la felicidad de Dios fuera amargar la vida de sus hijos! Dios no es así. Bastaría leer las Escrituras con ojos de fe y dejarse interrogar por el Espíritu Santo. Dios no es así con nosotros: esa es una proyección de la imagen de Dios. Muchas veces nuestro trato con el Señor es con temor, o mejor, basada en el miedo.

                Otras veces, en vez del temor, queremos usar a Dios. Se desarrolla en el hombre una imagen totalmente utilitarista de Dios. Nos acordamos de Dios sólo cuando necesitamos algo, cuando nos van mal las cosas; y entonces recurrimos a Dios por medio de algún santo de manera supersticiosa, poniendo velas o flores, o haciendo cierto tipo de promesas. 

jueves, 31 de enero de 2019

Aprender a amar (5)

Cuando san Juan afirma: "hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en él" (1Jn 4,16), está diciendo que el amor es posible conocerlo, porque Dios mismo se nos ha revelado como Amor amándonos. Y de ahí podemos vislumbrar cómo es el amor que nuestro corazón busca, el amor para el cual nuestro corazón está hecho.

Amar y ser amados es básico en la existencia personal. No cualquier cosa es amor, ni tampoco podemos amar de cualquier forma, a cualquier precio, de cualquier manera, porque o confundimos el amor con la pasión y el instinto, o identificamos el amor con el egoísmo más narcisista.


Si hemos conocido el Amor de Dios, éste se verificará en nosotros madurándonos y enseñándonos a amar como Él ama.

Aprendamos, demos pasos, purifiquemos nuestro amor para que sea semejante al Amor de Caridad de Dios.




7. Para amar, caminar juntos

            El amor hace que se camine en unidad, juntos hacia una misma meta: la santidad. El egoísmo es estar parado y bien quieto en el mismo sitio haciendo que los demás se queden igualmente estancados. No. El amor hace que se camine juntos (en amistad, en fraternidad, en matrimonio) hacia una misma dirección.

            ¿Cómo se va caminando juntos?

-        Sentirse uno seguro de sí mismo sin mirar al otro como a un rival o un oponente, sino como compañeros, mutua ayuda. El bien o el éxito del otro es una alegría sincera para el que ama.

-   Hay plena y absoluta libertad para hablar, una fluida comunicación sin temor a decepcionar, o a ofender, o con el temor de qué pensará de mí. El amor es comunicación sincera, libre y abierta.

-         El amor verdadero, como siempre está pendiente del otro para servirle, para ayudarle, al caminar juntos, quita las posibles piedras y evita tropiezos. Quiere que el otro haga el camino –la vida misma- lo más agradable y cómodamente posible. Se camina juntos -¡se es uno!- allanando los caminos.

lunes, 14 de enero de 2019

Aprender a amar (4)

La tarea de aprender a amar es, en definitiva, la de alcanzar una madurez sólida en lo humano, en lo afectivo y en lo espiritual, todo unido.

Requiere tiempo y requiere ejercicio constante, a la vez que mirarse en el mejor de los espejos: Jesucristo. Ahí nos vemos reflejados tal cuales somos y vemos dónde hemos de depurar más, o trabajarnos por gracia, o extirpar algo, o reconducirlo por mejores cauces.


Lo que no podemos permitirnos es permanecer en estado de inmadurez, como perpetuos adolescentes, que sin estabilidad alguna, se consideran al final el centro del mundo y todos deben girar en torno a ellos; incapaces de amar si ven perder algo de su espacio de "libertad", o si ven que amar conlleva la responsabilidad de la entrega o de la respuesta. ¡Ay, si Dios nos amara así!, entonces no sería Dios, sino un tirano caprichoso.

Pero el amor de Dios es puro; en lenguaje humano, diríamos que es "maduro", y de esa madurez divina y sobrenatural hemos de aprender.

Avancemos.



5. Para amar, descubrir la belleza del corazón del otro

            Lo más maravilloso que existe es el Amor, porque Dios mismo es Amor, es Amistad. Lo más hermoso que existe es la COMUNIÓN, el vivir en plena unidad, el “SER UNO” con las diferencias lógicas y las afinidades. Nada más pleno que la comunión y poder SER UNO.

            ¿Cómo se llega a esa auténtica comunión, a ese “ser uno”?

-          El amor verdadero se fija en la persona misma y no en su envoltorio, en lo exterior. Tiene un “algo” de misterio, inexplicable e inefable. El amor genuino mira con los ojos del corazón y sabe descubrir la belleza interior de la persona que otros, a lo mejor, no ven ni saben barruntar. Y porque ama y ve lo bueno y verdadero del otro, lo valora y lo va sacando a la luz.

-          El amor nace espontáneamente, sin un porqué... tan sólo por pura Providencia.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Aprender a amar (3)

De lo que vemos en el Evangelio, de cómo ama Cristo, y de las enseñanzas de las cartas paulinas, se deduce cómo es un amor verdaderamente humano porque está informado -es decir, lleno, con la forma de- la caridad de Dios.

Amar así no es un impulso natural, ni un instinto ciego, ni mucho menos una pasión, o la afectividad adolescente para la cual el mundo gira en torno a sí, y la grandilocuencia de muchas frases resulta luego vacía de realidad... ¡porque le falta madurez! El amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras, dirá san Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor de los Ejercicios.




3. Para amar, respetar la libertad

            El amor, si es verdadero, busca el crecimiento integral del otro, busca su bien completo y verdadero, en todas las facetas y aspectos.

            Pero todo lo que impide el crecimiento del otro es un atentado contra la libertad. Donde no hay respeto –incluso admiración y legítimo orgullo por el otro-, no puede haber libertad, y estaríamos atropellando al otro. Hay que tener sumo respeto evitando cualquier clase de “dominación” o de “control” de la otra persona. Amar es que el otro sea él mismo, no plasmarlo a imagen y semejanza de uno mismo, o dominar y controlar quitándole espacio vital, casi como si fuera una competición y ver quién es más fuerte y controla y domina (en el matrimonio, siempre es un riesgo que hay que vigilar).

            La dominación que crea dependencias malsanas falsifican el amor. Una persona dominadora va sutilmente creando lazos que se estrechan, minando el ánimo del otro, incluso creándole ciertos complejos de inferioridad. ¿Dónde queda la libertad? ¿Cómo es el amor?

sábado, 10 de noviembre de 2018

Aprender a amar (2)

Siempre partiendo del conocimiento interno de cómo ama Cristo, cómo nos ama Cristo, tal como aparece en el Evangelio, queremos aprender a amar de veras, con libertad, entrega y madurez, con amor de donación. Y para ello, vayamos reconociendo cualidades del verdadero amor y confrontándolas con lo que vivimos y hacemos en relación a los demás y a nosotros mismos.





1. Para amar, aceptar y respetar al otro

            Cada persona es una realidad singular, un misterio, su alma es un abismo insondable, creada por Dios.

           Cuando se ama de verdad, a la persona se la mira con máximo respeto, jamás la abarcaré ni puedo pretenderlo. El amor verdadero une, pero no “fusiona”; cada persona es un “yo” irrepetible.

            ¿Cómo se aprende a amar?

·         Mirando con sumo respeto y admiración al otro: ¡es una persona, no un objeto!
·         No usar jamás a la otra persona.
·         En tentaciones de castidad: mirar al otro con ojos de hermano (o al revés, como si fuera mi hermana).
·         Acoger su intimidad y confianza sin forzarla ni descubrirla.
·         Y también... ir compartiendo el propio misterio personal, abrir el corazón, con pudor, cuidado y prudencia, pero compartiendo, dándose, quitando las corazas al corazón (por tanto, fuera soberbia de la propia imagen; fuera el orgullo de mostrar las propias debilidades y carencias).

sábado, 6 de octubre de 2018

Aprender a amar (1)

La serie de catequesis que abrimos con ese título "aprender a amar", no son terapia psicológica ni nada que se asemeje. Más bien podrían ser "clases prácticas" siguiendo el Corazón de Jesús, es decir, aprender a amar como Él ama.

Es el mismo método, con distinto lenguaje, que empleó santa Teresa de Jesús en Camino de Perfección, aclarando qué es amor y no extrañándose de lo confundidos que podríamos estar llamando amor a otras realidades que, en el fondo, no serían sino egoísmo disfrazado de mil maneras distintas.





            Cuando el amor se confunde con un mero sentimiento, entonces no se sabe lo que es el amor, sino la pasión.

            Cuando el amor se confunde e identifica con la satisfacción personal, física o afectiva, sin tener en cuenta al otro, ni buscar el bien ni la felicidad del otro, eso es egoísmo, no amor.

            Cuando el amor se confunde y sueña con una persona “ideal”, pero sin aceptarla y quererla tal cual es, estamos en un amor romántico, fugaz, pasajero.

            O, simplemente, cuando uno vive pensando sólo en uno mismo, en su propio equilibrio, en su propia felicidad, en su propio bienestar, en ir a su aire, sin comprometerse con nada ni nadie, viviendo según los propios instintos y pasiones, incapaz de sacrificarse, incapaz de acoger con el corazón, incapaz de sufrir con nadie o por nadie, o alegrarse con las alegrías de otro, incapaz de molestarse por nadie o tener detalles, incapaz de expresar lo que hay en el corazón... ¡ése es un egoísta! Sólo piensa en sí mismo... y deberá acudir a la escuela del Evangelio, esa escuela que hallamos en el Corazón de Jesús y en el Sagrario.

martes, 30 de enero de 2018

Los que supieron amar (Palabras sobre la santidad - LI)

Cuando el egoísmo, el amor de sí mismo por encima de todos, es vencido y purificado por el amor de Dios -la cáritas, el ágape-, se produce una transformación absoluta de la persona. Aprende a amar con un amor nuevo, el amor de Dios, libre de impurezas y egoísmos, y comienza a servir a sus hermanos, a ponerse a sus pies en un continuo lavatorio servicial.


El amor, que busca siempre correspondencia en su movimiento íntimo, no es ya un amor acaparador, absorbente, interesado, sino un impulso de salida de sí mismo para donarse al otro, entregándose sin límites. El amor de Dios es su apoyo firme, su alimento, su sostén contínuo. Ha dominado sus pasiones, vencido su egoísmo y el amor de Dios ha empezado a triunfar en todo.

Así surge la experiencia de los santos, como aquellos que, llenos del amor de Dios, y habiendo sido purificados por el amor de Dios, han aprendido amar, saben lo que es amar de verdad. Los santos son los mejores exponentes del insondable amor de Dios, sus testigos vivos. Son los hombres nuevos, los ejemplares más acabados de la humanidad nueva que Cristo ha generado, los modelos del verdadero humanismo cristiano. 

"Algo formidable, hijos carísimos, que hace un problema de todo y con urgencia: ser cristiano es una inefable fortuna, misterioso para nosotros mismos, dignidad incomparable, exigencia implacable, consuelo inextinguible, estilo inconfundible, nobleza peligrosa, humanismo original, humanismo, sí, auténtico, sencillo, feliz; vida verdadera, personal y social. Dar a este título de cristianos su verdadero significado, aceptar la exaltación que lleva consigo: “Reconoce, cristiano, tu dignidad”, exclama San León Magno; buscar su potencialidad interior y traducirla en conciencia, la conciencia cristiana; afrontar el riesgo, la elección que de ello se deriva; componer en su derredor su equilibrio espiritual, su personalidad; profesar externamente la coherencia, el testimonio que esto supone; he ahí el deber común de los fieles, siempre, pero especialmente en la hora presente, y mucho más por parte de los católicos que quieren vivir con sinceridad y sencillez su fe" (Pablo VI, Alocución a los graduados católicos italianos, 3-enero-1965).

viernes, 23 de junio de 2017

Amando como Cristo nos amó (y II)




Para amar, caminar juntos

            El amor hace que se camine en unidad, juntos hacia una misma meta: la santidad. El amor hace que se camine juntos (en amistad, en fraternidad, en matrimonio) hacia una misma dirección. ¿Y cómo se va caminando juntos?

*         Sentirse uno seguro de sí mismo sin mirar al otro como a un rival o un oponente, sino como compañeros, mutua ayuda. El bien o el éxito del otro es una alegría sincera para el que ama. “Tened sentimientos de humildad unos con otros” (1P 5,1), y, “nada por rivalidad ni por vanagloria, sino todo con humildad... no buscando el propio interés” Flp 2,3ss).

*         El amor verdadero, como siempre está pendiente del otro para servirle, para ayudarle, al caminar juntos, quita las posibles piedras y evita tropiezos. Quiere que el otro haga el camino –la vida misma- lo más agradable y cómodamente posible. Se camina juntos -¡se es uno!- allanando los caminos. Al Señor se le preparan los caminos (“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”, Mc 1,3), y al mismo tiempo se le sigue (“Sígueme”, Mc 2,14), sabiendo que Él camina junto a cada uno: “nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 22). Es así como el Señor nos enseña a amar, compartiendo y caminando juntos.

*         El amor verdadero, caminando con el otro, irá respetando y reconociendo los carismas personales, los valores, apreciándolos y estimulando (el amor jamás ve al otro como un rival); “tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados... Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido (1P 4,8.10).
A medida que caminan juntos más se aman, más se ayudan, más se potencia lo bueno de la persona a la que se ama. El que ama hace que el otro “consiga ser mejor persona”. Y compartiendo esa complementariedad, el amor “se hace fuerte como la muerte” (Cant 8,6).

Para amar, saber hacerse presente

            Ilumina mucho una estrofa del Cántico espiritual de S. Juan de la Cruz:

            “mira que la dolencia
            de amor no se cura
            sino con la presencia y la figura”.

            El que ama “está presente”, se “hace presente” en la vida del otro. Los pequeños detalles lo permiten. ¿Cómo podríamos expresar ese “estar presente”?

martes, 20 de junio de 2017

Amando como Cristo nos amó (I)



   
         En la escuela del Corazón de Cristo, aprendemos a amar. ¿Quién va a entender estas catequesis; quién querrá hacerlas suyas? Me remito a San Agustín que decía al predicar sobre el amor cristiano:

“Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo... Dame un corazón que desee y tenga hambre; dame un corazón que se mire como desterrado, y que tenga sed, y que suspire por la fuente de la patria eterna; dame un corazón así, y éste se dará cuenta perfecta de lo que estoy diciendo; mas si hablo con un corazón helado [gélido, frío], este tal no comprenderá mi lenguaje” (In Io. Ev. 26,4).   

Escucha, aplica los sentidos de tu alma y vayamos juntos a la escuela del Corazón de Cristo, pues discípulos suyos somos, oyentes de sus enseñanzas, imitando el modelo que vemos en Él.

Para amar, descubrir la belleza del corazón del otro
           
-          El amor verdadero se fija en la persona misma y no en lo exterior. El amor genuino mira con los ojos del corazón y sabe descubrir la belleza interior de la persona que otros, a lo mejor, no ven ni saben barruntar. Y porque ama y ve lo bueno y verdadero del otro, lo valora y lo va sacando a la luz. El Señor “no se fija en las apariencias, sino que mira el corazón” (1S 16,7). El cristiano, amando y por amor, valorará “todo lo que es justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito” (Flp 4,8).

-          Cada persona, por su imagen y semejanza de Dios, tiene una infinita capacidad de amar, pero acomodada al ser y temperamento personal, porque cada persona es única. La paciencia, también en esto, significa respetar, reconocer y aceptar estas dificultades, hacer un rodaje juntos donde su pulen las aristas, aprendiendo de “la paciencia de Dios que es nuestra salvación” (2P 3,15); así el amor “espera sin límites, disculpa sin límites” (1Co 13,7) y aprende a “sobrellevarse unos a otros por amor” (cf. Col 3,13).

martes, 28 de junio de 2016

Las virtudes teologales (y III)

La última parte del artículo de Von Balthasar completa la catequesis en tres partes sobre las virtudes teologales. Es -recordémoslo- un artículo en la ed. francesa de Communio, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 10-20.

Antes de precipitarnos al leer algunos términos a los que no estamos acostumbrados, es preciso leer todo el texto y verlo en su conjunto, para no ver fantasmas de herejías donde no los hay, ni mucho menos.



"4. Sin duda la cuestión no se resuelve si no se interroga a la fe y a la esperanza de Jesús a lo largo de su existencia terrenal.

Del lado protestante, la respuesta a la cuestión a menudo es afirmativa: Jesús tenía fe y esperanza. Del lado católico, el P. Charles ya había roto una lanza en favor de la esperanza de Jesús, indiscutiblemente con razón. Había subrayado que incluso una presciencia infalible no impide la esperanza: la incertidumbre en cuanto al futuro, dice Charles, no es un momento esencial de la esperanza, y más bien debe considerarse como la huella dejada por el pecado sobre nuestras esperanzas. "La fuente única de donde brota la vida espiritual en el mundo entero, la podemos descubrir con seguridad en la esperanza inmutable e infalible de Cristo triunfante". 

martes, 14 de junio de 2016

Las virtudes teologales (II)

La relación entre las tres virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) está siendo estudiada en algunas catequesis siguiendo un artículo de Balthasar (Las tres virtudes son una, Communio ed. francesa, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 10-20).

Es una catequesis para ver los resortes más internos del alma, movidos por Dios, para llegar y gozar de Dios mismo. Se resalta así el primado de Dios y la gratuidad de su actuación en interior. Claro, no nos salvamos por el humanitarismo, la solidaridad y los "valores", sino por la Gracia de Dios que convierte la existencia cristiana en una realidad nueva.


Fe, esperanza y caridad son los movimientos del hombre hacia Dios porque primero Dios mismo nos los ha comunicado para atraernos a Él.

Si sacamos las consecuencias reales de estas catequesis, veremos cuán lejos está la secularización y la pretendida moral autónoma de conducir al hombre a su verdadero fin.

Sigamos con el artículo.

viernes, 3 de junio de 2016

Querer con el amor de Jesús (y II)



Para amar, no buscar ser amado

            El amor siempre es un continuo darse. Cristo es el ejemplo máximo y la norma de referencia absoluta al amarnos primero: “como yo os he amado” (Jn 13,34). Ver el amor de Cristo –experimentarlo- es aprender a darse como Él se dio: “habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).


            Amar no es buscar ser amado, querido, admirado, aplaudido: eso es egoísmo camuflado. “Si pues amas a Dios, ámale con amor de gratuidad. El verdadero amor no desea otra recompensa más que el mismo Dios a quien ama” (Serm. 165,4), y también dirá S. Agustín: “Si no te tengo a ti, ¿qué tengo? No quiero esperar de ti otra cosa que a ti mismo. Te amo gratuitamente y no deseo más que a ti” (Serm. 331,4). El amor ama, hace el bien –amor de benevolencia, sin buscar recompensa-, desinteresadamente, aunque por su dinamismo interno desee una respuesta libre de amor, ser correspondido.

            El amor es darse. Simplemente, aunque sobrevengan rechazos o falta de correspondencia, aunque incluya sacrificio, o dolor, o padecer con los problemas y la cruz del otro: “Llevad unos las cargas de los otros” (Gal 6,2); “nosotros, los fuertes, debemos llevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestra propia satisfacción como Cristo” (Rm 15,1).

            Se ama cuando con libertad, se comparte el propio ser y se entrega al otro y a los demás.

-          Una personalidad infantil necesita apoyo para todo; más que amar busca sentirse amado, reconocido, pero es incapaz de ningún sacrificio ni de amor pleno. Es muy distinto del “ser niño” (Mt 18,3-4) que aconseja Cristo, porque éste “ser niño” es sencillez y abandono en Dios: “no seáis niños en juicio. Sed niños en malicia, pero hombres maduros en juicio” (1Co 14,20); la infantilidad es inmadurez: los mismos discípulos, inicialmente tienen reacciones de infantilidad pretendiendo ser los más importantes (cf. Lc 9,46-48) o con reacciones de violencia cuando no son acogidos por los samaritanos (Lc 9,51-56).

-          Una personalidad adulta se siente plena cuando ama y se siente amado (sigue incluyendo el sacrificio y la entrega). La madurez humana del Corazón de Cristo permitió que su vida fuese “pasar haciendo el bien” (Hch 10,38).

miércoles, 1 de junio de 2016

Las virtudes teologales

Las virtudes teologales son dinamismos, hábitos sobrenaturales, que vienen de Dios gratuitamente para conducirnos a Él. Son la fe, la esperanza y la caridad. Se nos infunden en el alma mediante el sacramento del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y sostienen nuestra vida tendiendo hacia Dios.



1812 Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

1813 Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).

 Como en un salón de catequesis de adultos, aula de formación, cuando se distribuyen fotocopias de un texto, se leen en voz alta, se explican y se dialoga a partir de ellas confrontando con la propia experiencia, así vamos a hacer en dos o tres catequesis.

martes, 31 de mayo de 2016

Querer con el amor de Jesús (I)



Como discípulos, entramos en la escuela de su Corazón para aprender a amar. “Ved ya aquí un gran misterio, hermanos. El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro. No penséis que nadie aprende algo de otro hombre. Podemos poner alerta mediante el sonido de nuestra voz, pero si no se halla dentro alguien que enseñe, el sonido que emitimos sobra. ¿Queréis una prueba? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia. El magisterio exterior no es más que una cierta ayuda, un poner alerta. Quien tiene su cátedra en el cielo es quien instruye los corazones... Quien instruye, pues, es el maestro interior; quien instruye es Cristo, quien instruye es su Inspiración” (S. Agustín, In ep. Io. 3,13).
           




            Pues entremos en su escuela, seamos discípulos con el alma abierta para recibir sus enseñanzas con atención. ¡Aprender a amar!

Para amar, respetar la libertad

            El amor, si es verdadero, busca el crecimiento integral del otro, busca su bien completo y verdadero, en todas las facetas y aspectos.

            Pero todo lo que impide el crecimiento del otro es un atentado contra la libertad. Donde no hay respeto –incluso admiración y legítimo orgullo por el otro-, no puede haber libertad, y estaríamos atropellando al otro. Hay que tener sumo respeto evitando cualquier clase de “dominación” o de “control” de la otra persona. Amar es que el otro sea él mismo, no plasmarlo a imagen y semejanza de uno mismo, o dominar y controlar quitándole espacio vital, casi como si fuera una competición y ver quién es más fuerte y controla y domina (en el matrimonio, siempre es un riesgo que hay que vigilar): “nada de rivalidades y envidias” (Rm 13,13c).  

lunes, 30 de mayo de 2016

Plegaria: el testimonio de la caridad (S. Juan de Ávila)

La caridad fraterna es uno de los signos distintivos de la vida cristiana; por ella reconocerán que somos discípulos del Señor, si somos capaces de amarnos unos a otros. Era uno de los grandes lugares apologéticos para el cristianismo: ser capaz de amarse así no es un esfuerzo humano, sino el don del Espíritu Santo que engendra una vida nueva.

Sabemos, por el Apologeticum de Tertuliano, que los paganos decían: "mirad cómo se aman". Esto les suscitaba preguntas y búsquedas.


Por el contrario, un antitestimonio (que se diría hoy) es la falta de caridad sobrenatural, sustituida por afectos de grupos, intereses afectivos, o directamente por enfrentamientos y celos.

El amor del Espíritu Santo en nuestros corazones, permitiendo la fraternidad eclesial, será siempre un signo interpelante y una llamada evangelizadora.

Por eso oremos y meditemos ante el Señor, con la plegaria de san Juan de Ávila.



Testimonios y antitestimonios: la caridad

            Ciertamente, dice una gran verdad el que es la suma Verdad, que, si los cristianos guardásemos perfectamente la ley que tenemos, cuyo principal mandameinto es el de la caridad, sería tanta la admiración que causaríamos en el mundo a los que nos viesen iguales a ellos en la naturaleza, y muchos mayores que ellos en la virtud, que, como los débiles a los fuertes, y los bajos a los altos, se nos rendirían y creerían que mora Dios en nosotros; pues verían que podemos lo que las fuerzas de ellos no alcanzan, y darían gloria a Dios que tiene tales siervos.

jueves, 12 de mayo de 2016

Los santos de la caridad social (Palabras sobre la santidad - XXVI)

Un amor tan grande como el de Cristo nunca se queda limitado a la persona que lo recibe, sino que transforma a la persona y al transformarla la convierte en un difusor de ese amor recibido. El amor -el bien- es difusivo de sí, se extiende, se da, se comunica.

Los santos vivieron ese amor grande, amor de Cristo, y en lugar de convertirlo en una vivencia subjetiva y sentimental, ese mismo amor fue motor de obras grandes, de acciones misericordiosas, para que los demás fuesen igualmente amados por Cristo. Obraron el bien, atendieron a las necesidades y sufrimientos del otro. 

Esto es lo que se podría definir como caridad social: el amor al otro que transforma, y cómo, la sociedad. Ni las palabras, los discursos, las ideologías, los programas de partidos políticos, ni las revoluciones, cosas tantas veces aparentes, sino un amor nuevo, el de Cristo vivido y compartido, cambia el mundo con opciones verdaderas, radicales, de bien para el prójimo. Recordemos algunos grandes santos de la caridad social, cuya acción cambió la sociedad de su época:

miércoles, 16 de marzo de 2016

Cáritas y Triduo pascual




Cáritas, es decir, la virtud de la caridad junto con el ejercicio de Cáritas como asociación y parte de la parroquia, reciben una luz y una impronta fundamental, decisiva, determinante, con el Triduo pascual: desde la Misa en la Cena del Señor, el Jueves Santo, pasando por la Acción litúrgica del Viernes Santo para llegar a su máxima solemnidad en importancia y participación: la Vigilia pascual en la noche de Pascua.




            Y esto desde dos perspectivas: teológica y litúrgica.

La teología del Triduo pascual nos señala claramente que es el amor del Padre y el amor del Corazón de Cristo el que le lleva a la cruz y la resurrección por nosotros y nos deja como prenda y memorial la Eucaristía. Todo el Triduo pascual es un ejercicio del amor de Cristo, amándonos, dejándonos amar por Él, aprendiendo a amar así: primero amando a Cristo, luego amando a nuestros hermanos.

“Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”.
“Tomad, bebed, éste es el cáliz de mi sangre...”

La Eucaristía se vuelve signo de amor, delicadeza de caridad, pues el Señor constantemente se da, sin condiciones, con amor y amor esponsal a su Esposa, la Iglesia. La Eucaristía, que actualiza todo el Misterio Pascual, nos educa en la Cáritas.

 La fuente verdadera de la caridad es la Eucaristía. Recibir y vivir el amor de Cristo, hecho sacramento, colma el corazón e imprime un dinamismo de éxtasis, es decir, de salida de uno mismo para ir al encuentro del prójimo y amarlo y servirlo.

 De la Eucaristía nace el amor. El amor de Cristo entregado en el sacrificio de la cruz -actualizado en la Santa Misa- pide la respuesta de amor, y este amor -caridad, en lenguaje cristiano- toma forma en las obras de amor, de misericordia, de entrega, de servicialidad, al prójimo, al hermano. Comienza así la caridad eucarística a transformar el mundo no desde los grandes discursos, ampulosos, sobre las estructuras de pecado y la injusticia del sistema, sino desde mi propia entrega que acreciente un poco más el bien y el amor en el mundo.

Quienes, además por vocación especial, se dedican a la caridad, sólo podrán realizar su difícil vocación o carisma apoyados en una sólida vida eucarística. Trabajar en Cáritas, ser miembro de algún voluntariado católico o vivir como religioso en algún Instituto dedicado a la caridad, exige una solidez eucarística, que da madurez personal y entrega sin límites, y que jamás se puede sustituir por el voluntarismo, o la opción errada de secularizar la caridad, sin referencia a Jesucristo.