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lunes, 17 de octubre de 2016

La antropología cristiana: horizontes de grandeza

Necesitamos conocer bien la naturaleza humana, es decir, la antropología, el estudio sobre el hombre porque así y sólo así desarrollaremos de verdad lo humano en nosotros, sin el embrutecimiento de antropologías que reducen al hombre: lo reducen al sentimiento, al sexo, al afecto, a la inteligencia racionalista, a la pulsión y deseo ambicioso, etc.

Conocer lo que somos por naturaleza para luego desarrollarlo; saber lo que somos para cultivarlo pacientemente. Ésta es la pregunta sobre el hombre.


Pero hay algo más. La antropología cristiana es definitiva y última en razón de la revelación. Sabemos lo que es el hombre cuando vemos y descubrimos que ha sido creado -¿quién se da a sí mismo? ¿quién organiza el cuerpo humano? ¿de dónde le viene la libertad, la inteligencia, el deseo, la apertura de su alma?- y que ha sido redimido por Cristo, mostrando toda la verdad del ser humano. Todo halla su fuente en Cristo, Modelo y Arquetipo del hombre, porque todo hombre ha sido plasmado a imagen de Cristo y halla su plenitud humana, sobrenatural, en Cristo. Dejémoslo así sin más matizaciones.

A la hora de saber, y es urgente, qué es el hombre, su grandeza, sus límites, su vocación de eternidad, etc., sólo podemos hacerlo en Cristo y desde Cristo, a la luz de Cristo, reconociendo enteramente lo que Él nos revela y muestra en su divina Persona. Sea el Concilio Vaticano II el que diga estas sublimes verdades:

"En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.

El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado... Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles" (GS 22).

 Explicando la antropología cristiana, con el lenguaje claro que le caracteriza, Pablo VI dedicó una catequesis que es hoy para nosotros, nuestra formación y catequesis; basta leerla, reflexionarla, sacar consecuencias.


lunes, 12 de septiembre de 2016

Somos cristianos

Ser cristiano marca profundamente todo lo que vivimos, hacemos o dejamos de hacer, amamos o desestimamos... 

Ser cristiano sella nuestros gestos, pensamientos, acciones. Ser cristiano es un modo de ser y luego de vivir. 

¿Una etiqueta? ¿Un nombre vacío que rememora tradiciones populares? No. Ser cristiano es una reordenación de toda nuestra vida y un sello en nuestro corazón, que fluye por todos los poros de la piel.


Ahora bien, ser cristiano e hijo de la Iglesia, debe ser propuesto con toda la amplitud que merece y desplegarse ante nuestros ojos las virtualidades ya contenidas en nuestro bautismo y confirmación. Caigan las concepciones secularizadas del cristianismo, que nos quieren inculcar desde fuera, y vayamos a redescubrir nuestro ser.

¿Qué hallaremos entonces? La vida nueva de Cristo en nosotros, una vida vocacionada, con un destino y una misión; una altísima dignidad como es la llamada a la santidad; una perfección de lo humano a tan altas cotas como nada ni nadie podrían ofrecernos, llámense ideologías, filosofías o humanismos seculares. Lo humano halla su verdad definitiva y su culmen en Cristo

Por eso, ¿qué somos? Cristianos por la gracia de Dios. Pero, ¿qué características tiene?, ¿cuál es el diseño de un cristiano?, ¿cuáles son las consecuencias de este nuestro carácter cristiano?

Sólo sabiendo lo que somos por naturaleza y gracia sacramental, podremos desarrollarlo.

martes, 16 de agosto de 2016

La relación del hombre con Dios

¿Puede el hombre relacionarse con Dios?

¿Eso es tan importante? 

¿No será más bien secundario? ¿No será antes prioritario la acción social, el compromiso, la ética, las obras... y luego, más adelante si acaso, relacionarse con Dios?

¿Será una alienación? ¿Tal vez un refugio? ¿Por qué debe el hombre relacionarse y tratar con Dios?


Estas son preguntas que provienen de una mentalidad totalmente secularizadora, que pone el acento y la primacía sólo en el hombre, como si éste lo pudiera lograr todo y Dios no fuera necesario ni tuviera nada que decir; es la mentalidad pelagiana, combatida por San Agustín, que confía ciegamente en la naturaleza buena del hombre y ve la gracia como un añadido posterior: el hombre se basta solo.

Pero si se conoce bien la naturaleza del hombre, se ve que nada colma su corazón, creado para lo infinito, capax Dei (capaz de Dios); nada colma el corazón creado del hombre, excepto Dios mismo. Está creado por Dios y para Dios, necesita a Dios y sólo por gracia y por fe, el hombre descubre a Dios, lo reconoce, lo abraza por amor y vive en comunión con Él. Ahí comienza a realizarse la plenitud humana. Lo otro se quedaba pequeño e insuficiente.

El hombre necesita la relación con Dios para ser él mismo. La vida interior, la oración, en el mejor sentido de la palabra, "humaniza". Ahora nos queda por ver, con las palabras de Pablo VI, el alcance y la forma de esta relación viva y vital del hombre con Dios.


                "Sobre el tema más elevado, más apropiado, más fecundo, más gozoso de nuestra confesión de creyentes y religiosos, no os hablamos ahora más que con muy pocas palabras, con una indicación apenas, como para recordar que existe este tema y tiene una razón de ser fundamental; pero no más, porque habría demasiado que decir, y porque hoy no se quiere oír hablar de Él.


viernes, 5 de agosto de 2016

El hombre cristiano y la verdadera reforma

Para comprender cualquier renovación o reforma de la Iglesia, hay que acudir antes, previamente, a una profunda y cristiana antropología, aquello que comprende al hombre según su tipo y modelo: Jesucristo.

¿Qué observaremos? La capacidad de conversión y cambio, su dignidad y llamada a la santidad, su crecimiento mediante las virtudes. Éste es el hombre cristiano, movido siempre por la gracia, cooperando siempre con la gracia.


Esta antropología, realista a la par que esperanzada, da la clave de cualquier renovación o reforma, ya sea del mundo y la sociedad civil, ya sea de la misma Iglesia. Nada son las estructuras y las leyes si el hombre que vive en ellas y bajo ellas no ha sido transformado interiormente. El cambio se produce cuando un hombre comienza a parecerse realmente a Cristo; entonces el mundo, la sociedad civil, la misma Iglesia se va renovando.

Son lecciones de un sabio y veraz humanismo cristiano. A él acudimos para comprender tanto las posibilidades del hombre creado y redimido como para acertar en la concepción de cualquier renovación o reforma de la Iglesia, sin caer en la demagogia o en el populismo. Y una vez más serán las palabras de Pablo VI las que nos catequizarán, si abrimos la inteligencia y el corazón para recibir nuevos conceptos, directrices aptas para nuestro espíritu humano.

"Estimulados aún por el reciente Concilio, queremos indagar cuál sea el concepto del hombre modelado por la vida cristiana.

Pues bien, la vida cristiana se puede definir como una continua búsqueda de perfección. Esta definición no es completa, porque es puramente subjetiva y silencia muchos otros aspectos de la vida cristiana. Pero es exacta en el sentido de que el reino de Dios, es decir, la economía de la salvación, la comunión de relaciones, establecidas por el cristianismo entre la pequeñez humana y la grandeza de Dios, su inefable trascendencia, su infinita bondad, exige y comporta una transformación, una purificación, una elevación moral y espiritual del hombre llamado a tan gran suerte; en otras palabras exige la búsqueda, el esfuerzo hacia una condición personal, hacia un estado interior de sentimientos, de pensamientos, de mentalidad y de conducta exterior y una riqueza de gracia y de dones que llamamos perfección.

Afán de novedades
 
                Que el hombre moderno está también continuamente a la búsqueda de algo nuevo y diverso de lo que él es, lo vemos todos: su inquietud, su espíritu crítico, su persuasión de poder modificar la propia existencia, su sed de plenitud, de placer y de felicidad, su tensión hacia un humanismo nuevo que prueba la evidencia, y tal vez el cristianismo mismo ha introducido en la humanidad una parte principal de estos fermentos. Y por ello, bajo ciertos aspectos, el cristiano y el hombre moderno presentan caracteres de singular semejanza.


miércoles, 20 de julio de 2016

El ansia del hombre, llegar a Dios

La antropología cristiana es la reflexión sobre el hombre a la luz de Cristo, o sea, de la revelación plena. Tema éste necesario para saber quiénes somos, qué nos aguarda, cuál es nuestro destino y dignidad, cómo son nuestras capacidades.

En el hombre creado destaca un deseo de Dios; hay en su interior un deseo de llegar a Dios y alcanzarlo, y mientras no lo logre, el corazón estará inquieto, buscando donde apaciguarse, asentarse.


La orientación fundamental del hombre es Dios, por quien suspira. Para ello, ha dejado sus huellas en la creación, en lo creado, y en el mismo hombre también, para que a través de ellas podamos alcanzar un cierto conocimiento de Dios, conocimiento natural, que ojalá, en todos los casos, sea completado por la fe y el conocimiento sobrenatural.

El buen uso de la razón, o incluso meramente usar la razón sin marginarla ni desconfiar de ella, sería una buena herramienta, necesaria, para conocer a Dios. "Pensad bien", es un consejo de Pascal que a todos nos vendrá bien aplicar.

No creamos que esta catequesis es ni complicada ni lejana a la experiencia de lo concreto de nuestras vidas; tal vez sea central, perteneciente a lo primero que hallamos si miramos la naturaleza humana, y por tanto, punto de conexión para poder dialogar con los demás, con quienes aún no creen o vacilan.

                "¿Cómo se llega a conocer a Dios? Esta es la gran pregunta, que atormenta al espíritu moderno. Es cuestión antigua, tan antigua como la historia del hombre; pero hoy es cuestión que se ha hecho atormentada porque el progreso del conocimiento humano ha hecho más exigente la necesidad de dar a tal pregunta una respuesta satisfactoria con relación a los hábitos de nuestra mentalidad, es decir, a nuestra racionalidad crítica y científica y al empeño cognoscitivo de nuestra experiencia sensible. Se produce ahora el hecho de que este progreso nuestro del conocimiento parece encontrar, y encuentra en la práctica, mayores dificultades para llegar a Dios, que las que encontraba en tiempos pasados, cuando se admitía y presuponía normalmente el conocimiento de Dios en todas las formas del pensar; mientras hoy el conocimiento de Dios no se propone como principio indiscutible, sino como conclusión final del mismo pensamiento. Y es difícil llegar a tal conclusión. Se diría que nos hemos hecho más inteligentes, más instruidos, y al mismo tiempo menos religiosos, o sea, menos capaces de llegar a Dios.

El vacío y las modernas consecuencias del ateísmo

                ¿Tendremos que renunciar a tal conquista? El ateísmo contemporáneo responde: sí, debemos renunciar. Esta respuesta, al parecer tan simple, produce un vacío tal en el pensamiento y en la vida del hombre que llega a suscitar grandes y graves problemas, y a turbar la confianza en el mismo pensamiento, o en el sentido positivo de la vida. Quienes creen poder fundar un humanismo sobre el ateísmo vienen a ser en realidad profetas de un nihilismo, que se presenta en primer lugar todo él gratuito, inestable, irracional, y que suple esta carencia con nociones empíricas o insuficientes, con sistemas arbitrarios y violentos, y más tarde con conclusiones pesimistas, revolucionarias y desesperadas. Y el gran ausente, Dios, llega a ser la pesadilla de quien reclama la verdad al pensamiento. Encontramos testimonios de los literatos: “Dios me ha atormentado toda la vida”, dice, por ejemplo, un personaje representativo de un célebre escritor ruso, Dostoievski).

sábado, 14 de mayo de 2016

El cristianismo crea un hombre nuevo

El humanismo cristiano es humanismo de virtudes, es decir, va creando un hombre "virtuoso", donde el bien va siendo cada vez más connatural a él, por el ejercicio repetido de actos de virtud.

Las virtudes naturales y humanas son reforzadas, potenciadas, por el cristianismo. El cristianismo crea hombres auténticos y plenos. ¿Es una ideología humanista, una ética humanista? ¿Tiene al hombre por centro? No, tiene a Jesucristo porque en Él sabemos quién es Dios y vemos qué es el hombre. El cristianismo conforma a cada hombre con el Modelo y Arquetipo, el Hombre Cristo Jesús.


Esto se hará a base de esfuerzo, trabajo interior, ascesis, desarrollando todo lo bueno del hombre, ejercitándolo en el bien y la verdad, en la belleza y el crecimiento de las virtudes para que forman parte de él, de su actuar.

                "A cuantos se plantean la cuestión que ahora vamos a desarrollar, sobre la perfección humana, sobre el ideal hacia el cual el hombre moderno debe orientarse, se le ocurren muchos pensamientos que constituyen una de las características de la mentalidad de los hombres de nuestro tiempo. En general, estos pensamientos parten de una valoración negativa de los tipos humanos, según los cuales nos ha educado la pedagogía de las generaciones precedentes; una crítica audaz, y frecuentemente cruel, ataca a los hombres ejemplares que nos han precedido; la estatura de los héroes de los tiempos pasados se limita y se reduce a niveles frecuentemente inferiores a los normales, especialmente los representantes de las generaciones próximas a la nuestra son rechazados sin más como ineptos para enseñar algo a las generaciones juveniles, antes, por el contrario, son frecuentemente acusados como culpables de las situaciones inaceptables para la juventud actual que las ha heredado todo el bien que los viejos o los que empiezan a serlo, han hecho o han intentado hacer, se olvida de buen grado; todo debe ser pensado de nuevo y emprendido sin tener en cuenta, más aún, en oposición con el dato tradicional, que el curso del tiempo y la madurez civil nos presentan como fruto de inmensas fatigas y digno de honrosa gratitud. 

                    Todo es equivocado, se dice, por lo menos todo debe ser abandonado y hecho de nuevo con respecto a la figura del hombre, que hasta ayer era considerada como ejemplar. Se quiere un humanismo nuevo. Tan nuevo que continuamente están rechazando las fórmulas humanísticas presentadas hasta ayer y hasta hoy por las diversas escuelas del pensamiento o por los diversos movimientos sociales. En la búsqueda de una originalidad siempre nueva se cae fácilmente en un conformismo con algún autor discutible que esté de moda, y precisamente porque está de moda.

La vocación del cristiano

                Pero en la búsqueda de una humanidad típica e ideal existen también pensamientos positivos, especialmente en el ámbito afortunado de nuestra comunidad eclesial. Toda la doctrina sobre la perfección de la vida religiosa, el llamamiento a la santidad que nace de la misma vocación cristiana, la afirmación de los valores, no sólo de la esfera sobrenatural de la gracia, sino también del orden y de la actividad temporal, que el Concilio ha repetido en sus documentos, nos ayudan a creer que el seguidor de Cristo puede y debe tener también hoy su propia grandeza moral, heredada, ciertamente, pero viva y que debe ser recordada, de la cual, si él no tiene siempre la más alta prerrogativa, por desgracia, en su vida práctica, tiene, sin embargo, su secreto, la fórmula justa en el campo doctrinal. El cristiano que es lo de verdad es el hombre verdadero, es el hombre que se realiza plena y libremente a sí mismo; y todo ello, inspirándose en un modelo de infinita perfección y de insuperable humanidad. Cristo, Nuestro Señor, imitable en algunas formas necesarias, las exigidas por la fe y por la gracia, y en muchas otras, sugeridas por su propio carácter de cristiano y por su consciente elección (cf. Sto. Tomás, I-II, 109,1).

viernes, 26 de febrero de 2016

Concepción integral del hombre (o verdadero humanismo)

¿Qué es el hombre?

¡Cuántas veces los salmos plantean esa pregunta con admiración!

¿Qué es el hombre?

Hijo de Dios, amado y redimido por Cristo, está llamado por gracia a la más alta vocación. Sí, le es posible, porque la gracia activa todos los recursos, y son muchos, de su humanidad creada. La penitencia, la mortificación, son herramientas para que el hombre, en cierto modo, saque relucir lo mejor de sí mismo y deje obrar a la gracia que eleve lo humano en él.


Éstos son rasgos de un verdadero humanismo, el humanismo cristiano, que halla su fuente y origen en Cristo, el Hombre verdadero y nuevo.

                "El hombre se está buscando a sí mismo. Quiere tener conciencia de sí mismo; quiere dar a su existencia una expresión propia, que siempre llama nueva, otras veces la llama libre, plena, poderosa, original, personal, auténtica... Alguno ha hablado de superhombre y del hombre de vida heroica; otros lo han definido prevalentemente desde el punto de vista biológico y zoológico (cf. Desmond Morris). La antropología es discutida en todos sus niveles. Es en la actualidad el tema principal de la discusión científica, filosófica, social, política y también religiosa (cf. GS 14). ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el tipo de hombre que podemos llamar ideal? Se repite la antigua pregunta socrática: “Yo te pregunto: ¿Qué es el santo?” (Platón, Erfirtrón).

                Insinuamos tan sólo la pregunta no para tratarla y resolverla en una humilde conversación como ésta, sino solamente para llamar nuestra atención sobre este tema central de la problemática contemporánea, y para poner hoy en evidencia una dificultad que proviene de nuestra profesión cristiana; no hablamos ahora del problema ya conocido del teocentrismo, es decir, de la posición central que Dios ocupa en la concepción de la vida cristiana, frente a la autoidolatría moderna, con el antropocentrismo; no hablamos, pues, de la concepción humanista y profana que coloca al hombre en el centro de todo. Nos referimos más bien a la actitud penitencial, que es condición previa para la participación en el “Reino de los cielos” (Mt 3,2), y que se llama “metanoia, conversión”, es decir, un cambio profundo y operante de pensamientos, de sentimientos, de conducta que obliga a una cierta renuncia de sí mismo, y que va unida tanto al aprendizaje como a la observancia de la norma cristiana; esta actitud aconseja renuncias, a veces muy grandes, como los votos religiosos; infunde en el fiel con un gran disgusto, aunque saludable, el sentido del pecado; exige la vigilancia sobre peligros y tentaciones que acechan continuamente a nuestra vida; señala al camino del hombre la vía estrecha, única que conduce a la salvación (cf. Mt 7,13-14); pide una imitación de Cristo, nada fácil, y nos empuja hasta el amor de su cruz y a alguna participación en su sacrificio. La vida cristiana estima en mucho la abnegación, la mortificación, la penitencia. (Confróntese, por ejemplo, la severidad exigida al hombre contra aquello que en el hombre mismo puede ser fuente de pecado, Mt 5,29-30; 18,8).

sábado, 12 de diciembre de 2015

"Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro" (y II)

Continuamos con el artículo de G. Cottier en Communio, ed. francesa, IX, 4- julio-agosto 1984, pp. 4-9. 

Planteada la espera humana y la esperanza teologal, garantizada por Dios, infundida por Dios, otorgándonos una certeza irrebatible, había que plantearse las esperas humanas, o las esperanzas humanas, iluminadas por la esperanza sobrenatural, y los sustitutos que, a modo de compensaciones, han surgido a la esperanza teologal. Estos han sido los humanismos ateos, las ideologías y utopías.


Si leemos atentamente, y reflexionamos, con este artículo además de orientar correctamente nuestra esperanza en Dios, que da vida eterna, podremos comprender mejor la realidad que se vive en Occidente, de desencanto y frustración, limitándose a los confines experimentables.


"Aquí nos encontramos el desafío de las grandes ideologías contemporáneas y su mesianismo ateo. ¿No es precisamente en el nivel de la esperanza donde se desarrolla hoy el combate de la fe y de la idolatría? 

En la medida en que la esperanza humana hace de su objeto un absoluto, entra en un conflicto inevitable con la esperanza cristiana. Las ideologías ateas modernas responden a una doble inspiración: una confianza casi ilimitada en el poder técnico del hombre y el desvío de la aspiración, que viene de la herencia judeocristiana, en los cielos nuevos y en la tierra nueva, hacia objetivos puramente terrestres y políticos. 

jueves, 22 de octubre de 2015

La belleza de la santidad (Palabras sobre la santidad - XX)

La belleza que se puede contemplar en el orden de lo creado, refleja la Belleza del Sumo Artista, Dios; más aún, le refleja a Él mismo, que es la Belleza absoluta y plena.


Una existencia humana, plena, como la de los santos, es una existencia belleza en sí misma, que atrae y seduce, que provoca admiración y el deseo de ser transfigurados por esa misma belleza.

Los santos son una obra de la Belleza de Dios que han sido transformados en su Hermosura. Descubrieron a Cristo, amaron a Cristo, y comenzaron una vida plena de belleza. Lo humano en los santos, fue vivificado por Dios, transparentando la Belleza divina.

domingo, 18 de octubre de 2015

El humanismo de los santos (Palabras sobre la santidad - XVIII)

Ya sabemos la importancia, el valor y el alcance del verdadero humanismo, el humanismo cristiano. Cristo es el arquetipo del hombre creado, su imagen original, y fuera de Cristo, el humanismo simplemente se vuelve contra el hombre.
 

El humanismo cristiano, por su propia naturaleza, al corresponder a la imagen del hombre creado a imagen y semejanza de Dios, es cristocéntrico (por tanto, teocéntrico). Eleva al hombre, por gracia, al máximo de su naturaleza, desarrollando todas sus potencialidades y es que Cristo "revela plenamente el hombre al hombre" (Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10).

Los santos son un exponente claro de cómo es el verdadero humanismo cristiano y de qué modo el humanismo cristiano plenifica al hombre, sin mutilarlo, ni impedir su pleno desarrollo ni su vocación sobrenatural. Lo que corresponde a la verdad del hombre es este humanismo cristiano. Los santos son ejemplo claro de cómo su naturaleza ha alcanzado el más alto grado de desarrollo humano y sobrenatural.


viernes, 2 de octubre de 2015

La verdadera libertad y amor (Palabras sobre la santidad - XIX)

La libertad, más que la ausencia de condicionamientos exteriores y de una pluralidad de opciones y objetos de consumo, es la condición interior del hombre que se orienta a la verdad y al bien. Entonces es libre con una libertad redimida que no se deja atrapar por la propia concupiscencia ni por el pecado que debilita para arrastrarnos a esclavitudes diversas.


El amor, más que un sentimiento, es una entrega abierta incluso al sacrificio, como respuesta a un amor de donación que se nos dio primero, el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Incluye la afectividad, pero realmente toca a toda la persona, le aporta luz y conocimiento y realiza su propio ser personal.

La libertad y el amor, vividos en su verdad más originaria y radical, se cumplen ampliamente en los santos. Nadie más libre que ellos, nadie amó mejor que ellos, por lo que realizaron al máximo su humanidad en Cristo.

jueves, 23 de enero de 2014

Hablando del cuerpo (en positivo)

Restos de maniqueísmo, de dualismo, siguen persistiendo en la Iglesia. Un desmedido afán espiritualista continúa despreciando o rechazando la corporalidad, mirándola con sospecha. Pareciera que todo lo material, lo corporal, es de por sí pecaminoso, fuente de pecado. Más aún, en nuestro lenguaje, apenas se presta atención a la resurrección de la carne, sino que nos limitamos a hablar del "alma" para la vida eterna, mutilando la escatología; bueno, mutilando la escatología, la antropología, la cristología y la redención.

El cuerpo forma parte de uno mismo, ya que la persona tiene dos co-principios para ser tal persona: el cuerpo y su alma. La visión cristiana sobre el cuerpo es muy rica, serena y equilibrada. Hay que dominarlo para que la concupiscencia de la carne no nos arrastre, pero no porque el cuerpo mismo sea fuente de pecado, sino porque nuestra alma herida por la concupiscencia se desorienta. Recordemos la belleza y la inocencia original de Adán y Eva y cómo, por el pecado, el cuerpo del otro era ya mirado con pasión y deseo, a la vez con vergüenza, y debe ser cubierto, vestido.

Veamos una perspectiva teológica del cuerpo y de la corporalidad, ofrecida por Benedicto XVI con sublime maestría:

"Conjugar la teología del cuerpo con la del amor para encontrar la unidad del camino del hombre: este es el tema que quisiera indicaros para vuestro trabajo.

Poco después de la muerte de Miguel Ángel, Paolo Veronese fue llamado ante la Inquisición, con la acusación de haber pintado figuras inapropiadas alrededor de la Última Cena. El pintor respondió que también en la Capilla Sixtina los cuerpos estaban representados desnudos, con poca reverencia. Fue el mismo inquisidor el que defendió a Miguel Ángel con una respuesta que se hizo famosa: “¿No sabes que en estas figuras no hay nada que no sea espíritu?”. En la actualidad nos cuesta entender estas palabras, porque el cuerpo aparece como materia inerte, pesada, opuesta al conocimiento y a la libertad propias del espíritu. Pero los cuerpos pintados por Miguel Ángel están llenos de luz, vida, esplendor.


viernes, 11 de octubre de 2013

La fe ante dos peligros: ateísmo y antropocentrismo

Los diagnósticos de Pablo VI tenían gran claridad y acierto; ponerlos de relieve y advertir a los fieles de los peligros, era su obra como buen pastor. Ya decía san Agustín en su sermón sobre los pastores, que el buen pastor fortalece a las ovejas débiles, no las engaña sino que les muestra los peligros para animarlas a superarlos.

Las turbulencias y cambios aceleradísimos en el siglo XX, con la ruptura con todo lo anterior y el surgimiento de nuevos modelos y formas culturales, supuso un terremoto en el alma de Europa, en la civilización occidental. 


Contra la fe se alzaron distintos peligros y quedaron frentes abiertos. Muchos fueron tragados por semejantes olas y otros, hoy, pueden seguir siendo tragados. Por eso es necesario, por una parte, reforzar e iluminar la fe, para que se no tambalee, y, por otra parte, conocer y discernir los peligros ciertos para evitarlos y ofrecer respuestas.

Cuando Pablo VI ofrece esta catequesis, señala el ateísmo y el antropocentrismo como graves peligros; tal vez el ateísmo, como tal, virulento en gran parte del siglo XX, se ha transformado en indiferencia y agnosticismo; pero sí sigue vigoroso el antropocentrismo, incluso infiltrado en miembros de la Iglesia que participan favorecen la secularización interna, sustituyendo a Jesucristo por el hombre y el Evangelio por un moralismo ético de solidaridad y valores, de igualdad y ecologismo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Arte y belleza en un artista

El arte y el mismo artista, pueden ser leídos en clave cristiana. La belleza expresada en el arte manifiesta la Belleza del Misterio, y tanto más Bello cuanto más el artista esté imbuido de la fe, de la experiencia del Acontecimiento de Cristo, expresada en sus obras.

Una lectura así nos la ofrece el Papa Pablo VI. Con ocasión del IV centenario de Tiziano escribió una carta que es una lectura creyente del arte y una interpretación de la Belleza. Sirva de ejemplo entre otros muchos discursos o cartas.

"Un sentimiento de profunda gratitud nos impulsa a intervenir enlas celebraciones del cuarto Centenario de la muerte de Tiziano Vecellio, particularmente considerando la extraordinaria felicidad de las imágenes con las que él ha enriquecido el patrimonio iconográfico de la fe cristiana.

Desde los primeros siglos, a través de los grandes ciclos de los mosaicos paleocristianos, la Iglesia ha educado a sus hijos para considerar el arte figurativo como un precioso instrumento para hacer accesible y casi sensible el mundo del espíritu. En el complejo entramado de las formas representativas, Ella no ha dejado de seguir esta atenta disposición que, mientras valora el poder evocativo de la imagen religiosa, le reconoce los carismas con los que el Señor ha colmado el corazón y la mente de los artistas.

Esta disposición no ha venido a menos ni siquiera cuando la cultura figurativa del renacimiento descubrió otros horizontes a las expresiones plásticas, sino que se ejerció incluso con mayor fervor, y no es un mérito secundario de la Iglesia el haber hecho que la nueva iconología cristiana se convirtiese en un hecho popularmente devocional, convocando artistas como Bellino, Cima y Carpaccio para expresar con imágenes inéditas las antiguas emociones religiosas.

sábado, 30 de julio de 2011

Humanismo cristiano integral

El humanismo cristiano es integral, porque no se detiene a considerar al hombre en sí mismo, considerándolo casi un producto acabado y perfecto, olvidando su origen y su destino. Es más, el humanismo cristiano mira al hombre y ve en él al ser creado por el amor de Dios, que encuentra su plenitud humana en Jesucristo (que es el modelo y revelación de todo hombre), que tiene vocación de eternidad en la comunión con Dios.


Muchas pueden ser las corrientes humanísticas que hoy pululan... que hablan del hombre, su dignidad y derechos, pero todo está supeditado al hombre mismo y a su capricho, determinando el hombre mismo cuáles son sus derechos y creándolos (derecho al aborto, por ejemplo). Pero eso no es humanismo, es una caricatura del mismo. Ni ven en el hombre más que el portador de un voto y por tanto ha de ser convencido, engañado y manipulado, o ven un hombre que simplemente es un consumidor en el mercado: habrá que crearle necesidades nuevas para que requiera consumir y que se crea que así es feliz.

Nada de eso corresponde a la estructura de lo humano.

El humanismo cristiano en su valoración del hombre (creado, redimido, agraciado) lo potencia en todo aquello que sea bueno, bello y verdadero y le oriente y acompañe en su camino de comunión con Dios. De lo contrario el hombre está siempre frustrado, nostálgico, perdido. Esa es la grandeza del humanismo cristiano integral: