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sábado, 1 de junio de 2019

Lugares celebrativos, expresión de la liturgia misma



            Todo debe atenerse a los principios que HOY –no los principios históricos o costumbristas de siglos atrás- ordena la Iglesia, que es administradora y dispensadora de los Misterios de la liturgia.

            “El ornato de la iglesia ha de contribuir a su noble sencillez más que al esplendor fastuoso. En la selección de los elementos ornamentales se ha de procurar la verdad de las cosas, buscando que contribuya a la formación de los fieles y a la dignidad de todo el lugar sagrado” (IGMR 292).

            Esto responde a lo emanado en el Concilio Vaticano II:

Para que en la sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias abundantes, la santa madre Iglesia desea proveer con solicitud a una reforma general de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados.
En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria (SC 21).


            Esta noble sencillez, ¿no debe hacer que revisemos muchas costumbres, que no por antiguas, son, hoy por hoy, legítimas según la enseñanza de la Iglesia? ¿No existe más bien una tendencia a sobrecargarlo todo –de velas, paños, flores, y un largo etc.- en vez de buscar una noble sencillez que nos lleve a Dios y a introducirnos en el Misterio que se celebra? ¿Una costumbre –con buena intención porque es lo que siempre hemos visto, de convertir nuestros presbiterios, a veces, en escenarios donde “sacar a relucir toda la plata”? La noble sencillez debe ser el primer criterio.


domingo, 17 de septiembre de 2017

El altar y el corazón

Cuando en la iglesia vemos el honor que merece el altar, debemos elevar los pensamientos.

El altar es revestido de manteles, con flores y cirios; se venera con una inclinación profunda cada vez que se pasa delante de él; el sacerdote lo besa.


Es una Mesa santa, el ara del sacrificio, el signo de Cristo, roca de la Iglesia, piedra angular.

Es el símbolo de la Mesa celestial, allá donde Cristo invita a todos los que quieran acudir, con el traje de bodas, a las nupcias del Cordero y la Iglesia.

Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.

martes, 19 de julio de 2011

Altares deshonrosos (rectificado)

He suprimido las fotos y la catequesis de este artículo.

Reflejaba una situación vista en muchas parroquias y en muchos sitios. Pero ha causado molestias, y eso sí que no era mi intención. Ni señalaba una parroquia concreta ni un sacerdote... sino una realidad generalizada.

Lo suprimo, pido excusas a quienes se hayan molestado, y dejo el artículo insertado de la revista "Liturgia y espiritualidad".


"Pues va a ser que no. El autor de este breve escrito ha mirado y remirado en todos los documentos nuevos y antiguos, de sínodos y concilios, declaraciones de los Papas y demás prelados insignes, liturgias occidentales y orientales, actuales y pretéritas, y nada de nada. En ningún lugar se dice que el altar deba o pueda tener apariencia de puzle, o de cómo se quiera decir aquello que está compuesto por varios elementos, a la manera
de piezas, con la diferencia que las de un rompecabezas están pensadas para que encajen, y lo que vemos a menudo sobre el altar no pega ni con cola. 


sábado, 5 de marzo de 2011

Protocolos y estética civil

El 28 de febrero es el día de Andalucía. Todo políticamente correcto.

En el Acto civil de ese día se entregan Medallas de Oro, títulos de Hijos adoptivos o de Hijos predilectos, se enaltece la grandeza de Andalucía... en fin, lo propio de esos fastos.

Tuve que asistir. A un miembro de la parroquia, activo colaborador, lo nombraban Hijo adoptivo, y un servidor, con su chaqueta y alzacuellos lo acompañó también. ¡Felicidades desde aquí!

Estando allí, vi, oí, miré y pensé.

Salvando lo que haya de salvar, y sin juzgar lo interior, el análisis de los discursos daba qué pensar.


1) El lenguaje cristiano ha desaparecido por completo. Ha triunfado el lenguaje laicista que los mismos cristianos emplean a veces en sus comentarios, catequesis, discursos: es el lenguaje con conceptos hinchados: "libertad", "democracia", "valores", "talante". ¿Hace falta analizarlas? La libertad vacía de contenido (la Verdad),  la simple libertad del capricho de cada cual constituido como instancia moral última y definitiva. Súmese la "democracia" elevada a ser el único modo de organizar la política, pero, pásmense, "democracia" es ya un sistema moral que lo va determinando todo, hasta lo moral o lo inmoral, por el relativismo que decide la "mayoría" o más bien la "minoría" que se impone por todos los medios. "Valores" no son virtudes: son opciones de la mayoría que muy bien pueden cambiar según las circunstancias o las modas, mientras que las virtudes son hábitos arraigados en los hombres de bien.

Triste el lenguaje laicista: cuando se hablaba en los diferentes discursos del recuerdo a familiares que ojalá estuvieran presentes en el acto institucional, se hacía "memoria" y se decía algo tan genérico como "allá donde estén". Nada, ni hablar un momento, de vida eterna.

2) El lenguaje laicista ha proscrito la palabra "Dios" como maldita. Sólo una persona de 8 ó 9 intervenciones, nombraron a Dios. A Dios no se le deja lugar en esta sociedad y en esta cultura. ¡Sólo una persona nombró a Dios! Las alusiones a la fe se difuminaron en dos intervenciones que hablaron, exaltando justamente a uno de los homenajeados, de los "valores espirituales, valores religiosos".  En el contexto de esas palabras, era una alusión muy pobre a una trascendencia etérea, irreal, pero eso sí, vinculada a las expresiones de la religiosidad popular, Hermandades y Cofradías, que el mundo laicista (y algunos laicistas-secularizados dentro de la Iglesia) relegan al campo del folclore y la cultura (vamos, del turismo y de las tradiciones arraigadas).

3) Una constante fue el desprecio a la razón para exaltar la emotividad, el impulso, el falso vitalismo. Se coincidía, como un lugar común en los discursos (por cierto, farragosos, largos, de 20 minutos cada uno: ¡como para quejarse de las homilías parroquiales de 10 minutos pensadas durante una semana!) que nadie "iba a hablar con la cabeza, con la inteligencia", sino "desde aquí dentro", "desde el corazón".

miércoles, 19 de enero de 2011

La sacristía (lugares litúrgicos)

    Un lugar amplio, hermoso, que disponga para empezar la celebración litúrgica con suficiente recogimiento y que sirva igualmente para conservar todas las cosas y elementos necesarios para el culto: esto es la sacristía.

El Caeremoniale episcoporum señala como paradigma:

“En la iglesia catedral no debe faltar el “secretarium”, es decir una sala digna, en lo posible cercana a la entrada de la iglesia, en la cual el Obispo, los concelebrantes y los ministros puedan ponerse los vestidos litúrgicos, y de la cual se inicie la procesión de entrada. La sacristía será de ordinario diferente del “secretarium”; en ella se guarda el ajuar sagrado, y en ella los días ordinarios el celebrante y los ministros se pueden preparar para la celebración “ (n. 53).
Tanto en la sacristía como en el secretarium debe observarse el silencio y la modestia (cf. Id., n. 37):

“Pongan todos esmero en guardar silencio, respetando así tanto la común disposición de ánimo como la santidad de la casa de Dios” (Id., n. 170).
En las nuevas construcciones hay que pensar en la sacristía como un lugar amplio y no como si fuera un pequeño vestidor; y pastoralmente, cuidar mucho la sacristía: hay que lograr que unos minutos antes de la celebración litúrgica no se convierta en lugar de conversaciones y asuntos varios, sino de silencio, ya que es lugar casi-sagrado, para permitir que el sacerdote y los ministros se dispongan a los Misterios con humildad y devoción. El silencio y el orden son cualidades de una buena sacristía.

    La sacristía debe arreglarse en función de los fines propios de una sacristía. La cajonera debe ser elegante, cuidada, guardando en ella con orden (y con su inventario) ornamentos más nobles, capas pluviales, dalmáticas y los manteles del altar.  Sobre la cajonera un crucifijo hermoso y, por ejemplo, seis candelabros que inviten al recogimiento al revestirse el sacerdote para ofrecer el sacrificio eucarístico.

domingo, 16 de enero de 2011

La Reserva eucarística (lugares litúrgicos)


El tabernáculo -sagrario- debe estar situado dentro de las iglesias en un lugar de los más dignos con el mayor honor. La nobleza, la disposición y la seguridad del tabernáculo eucarístico deben favorecer la adoración del Señor realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar (Catecismo de la Iglesia, nº 1183).
  
    El lugar de la reserva eucarística no es, de por sí, un lugar celebrativo, sino un lugar de oración personal. Al hacer esta afirmación no queremos decir que la reserva eucarística esté desligada de la celebración litúrgica, pero sí, en cambio, subrayar que el creyente que se recoge ante el Santísimo no se sitúa en la dinámica de la celebración sacramental, sino de la oración personal. Pensemos cómo a lo largo del Barroco proliferaron hermosísimas capillas sacramentales o capillas del Sagrario en parroquias y templos, para ensalzar su Presencia Real, permitir la adoración personal y favorecer el culto al Santísimo.
“Conviene, pues, que el sagrario se coloque a juicio del Obispo diocesano... o también en alguna capilla idónea para la adoración privada y para la plegaria de los fieles, que se halle estructuralmente unida con la iglesia y a la vista de los fieles” (IGMR, n. 315b).
    1. Al ser para la oración personal, lo primero es que se debe procurar que sea aparte del lugar de la celebración, para facilitar la intimidad, el silencio y recogimiento. Su sitio no es el presbiterio.

    2. Lugar sereno: por la luz, por la comodidad, por los bancos.

    3. Una vela encendida, signo de la presencia del Señor.

    4. El centro es el sagrario: incluso un foco con luz directa al sagrario, no las imágenes que pueda haber en ninguna capilla sacramental.


    La ubicación del Sagrario debe permitir una cierta intimidad para la oración personal creando un espacio de recogimiento así como favorecer mucho su ubicación la cercanía física con el presbiterio para las celebraciones litúrgicas y que sea fácil reservar después de distribuir la comunión en la celebración eucarística. Pensemos que éstos son los criterios litúrgicos establecidos:

    “Es conveniente que se destine para la reserva de la sagrada Eucaristía una capilla o lugar fuera del cuerpo central de la iglesia, adecuado para la adoración y la oración privada de los fieles. Este lugar ha de ser verdaderamente destacado y noble, de fácil acceso desde el atrio o pórtico y desde la nave de la iglesia. El ambiente debe ofrecer un clima de recogimiento y de atención a la presencia eucarística” (Sdo. Nacional de Liturgia, Directorio Ambientación y arte del lugar de la celebración, n. 17).
   Sería muy ilustrativo leer la historia y evolución de la reserva eucarística en cualquier buen manual de liturgia.

martes, 11 de enero de 2011

La pila bautismal, ¡bendita maternidad eclesial!

La pila bautismal es preciosa: ella es el seno de nuestra Madre queridísima, la Iglesia, que allí nos engendró a la vida sobrenatural, otorgándonos la filiación divina, ser miembros del Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu, llamados a compartir con Cristo su sacerdocio, su realeza y su profetismo, llamados a la santidad.

Preciosa fuente, sus aguas reciben por el Espíritu la gracia de hacernos renacernos como nuevas criaturas, sepultando el pecado y convirtiéndonos en hombres nuevos, a imagen de Cristo, nuevo Adán.

Bendita pila bautismal, donde el Amor de Dios se sigue entregando para comunicar una nueva vida, adoptándonos, gratuitamente, como hijos.

Seno de la Iglesia, que siempre es Madre y Madre fecunda por sus sacramentos, acompañando nuestro crecimiento como hijos pequeños hasta que lleguemos a la madurez de la fe, a la medida de Cristo en su plenitud.

Una fuente bautismal, en una parroquia o catedral, es un signo venerable que nos recuerda de dónde brota todo y lo que somos.

La Iglesia -por sus Padres- entonó algunos cantos e himnos a la fuente bautismal. Hagámoslo nuestro:

Es éste el lugar elegido por Cristo:
un día la sangre ensalzó a dos testigos
y el agua hoy nos limpia con santo bautismo.

Aquí la fontana es perdón compasivo
de Dios que se vierte en el agua vertido
y el viejo pecado fenece extinguido.

viernes, 26 de noviembre de 2010

El Baptisterio (lugares litúrgicos)

    La pila bautismal debe ser fija, sobre todo en el bautisterio, construida de materia apropiada y con arte, apta incluso para el caso del bautismo por inmersión. Con el fin de que resulte un signo más pleno, puede construirse de forma que el agua brote como un verdadero manantial (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar de la celebración, 1987, nº 20).


    Se prevee que la fuente bautismal esté en una capilla aparte, cerca de la entrada de la iglesia. Si no es posible, en el presbiterio, pero no como algo normal y habitual sino excepcional. Es preferible que tenga ocho lados, recuperando la antigua tradición, sea situando la fuente bautismal en una capilla octogonal, o enmarcando pila en un templete octogonal, o adoptando la forma octogonal la misma pila. ¿Por qué el número 8? Tiene evidentes raíces bíblicas. El Señor Resucitó en el Octavo Día, inaugurando un tiempo nuevo; si el tiempo cronológico tiene 7 días, el Señor abre el tiempo de la vida nueva con un día más, el Octavo, que supera el tiempo terreno.
 
La fuente bautismal debe tener cierta amplitud para poder realizar el Bautismo por inmersión (bañando al niño) y no solamente por infusión (derramando un poco de agua en la cabeza). Pensemos que hasta el siglo XIII la forma normal fue siempre la inmersión, y así lo reconoce incluso Santo Tomás de Aquino afirmando que esto es más conveniente para significar los efectos del bautismo y que se permite en cierto modo, aunque es insignificante, el bautizar derramando sólo un poco de agua en la cabeza: " la ablución con agua se puede hacer no sólo con la inmersión, sino también con la aspersión o la infusión. Por eso, aunque sea más seguro el bautismo de inmersión, que es el más común, puede, sin embargo, hacerse también el bautismo de aspersión o el de infusión" (III, 66,7): ¡esa es la tradición litúrgica, también romana!     
 

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La sede para la Penitencia (lugares litúrgicos)


La renovación de la vida bautismal exige la penitencia. Por tanto, el templo debe estar preparado para que se pueda expresar el arrepentimiento y la recepción del perdón, lo cual exige asimismo un lugar apropiado (Catecismo de la Iglesia, nº 1185).

    El sacramento de la penitencia es un sacramento eclesial, puesto que el pecador ofende a Dios y a la Iglesia con su pecado, y de ambos se separa, y por ambos, vuelve a la comunión. Es el sacramento de la paz de Dios donde se vuelve a la pax Ecclesiae. Es, asimismo, claro ejemplo, de cómo la Iglesia es santa en sí misma y pecadora en sus miembros.

    Este sacramento es un sacramento comunitario, aunque sólo lo celebre un penitente y un presbítero. Es un sacramento comunitario y eclesial, pero un tanto especial por su celebración. Reformada ésta por el Concilio y el Ritual, ahora consta -¡debe constar!- de saludo, lectura bíblica, confesión, penitencia, oración del penitente, imposición de manos y absolución, oración de acción de gracias y despedida.

    Este sacramento no es un encuentro psicológico ni una dirección espiritual: es una celebración litúrgica, donde existe una sede presidencial y un ministro que preside el sacramento revestido de las vestiduras litúrgicas, porque es signo e instrumento eficaz de Cristo.

  

domingo, 24 de octubre de 2010

El ambón (lugares litúrgicos)

El ambón: La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado para su anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente la atención de los fieles" (Catecismo de la Iglesia, nº 1184).
    En la iglesia ha de haber, de conformidad con su estructura y en proporción y armonía con el altar un lugar elevado y fijo (no un simple atril), dotado de la adecuada disposición y nobleza, que corresponda a la dignidad de la palabra de Dios... El ambón debe tener amplitud suficiente, ha de estar bien iluminado... Después de la celebración, puede permanecer el leccionario abierto sobre el ambón como un recordatorio de la palabra proclamada (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar de la celebración, 1987, nº 15).

    La identidad de nuestras iglesias cristianas tiene, además del altar y de la sede, un tercer elemento, cuya importancia significativa puede parangonarse con los otros dos ya explicados (altar y sede): el ambón o lugar de la Palabra.

    El uso postconciliar que ha aumentado el número de lecturas bíblicas y el mayor uso de las Escrituras ha influido en la mentalidad bíblica de las asambleas litúrgicas. Pero esta adquisición de lo que representa la Palabra en la liturgia debe manifestarse también, no sólo en la forma de proclamar las lecturas, sino incluso en la materialidad del lugar desde donde éstas se leen en asamblea litúrgica.
  

    Las características del ambón son:

    1. El ambón es un lugar, no un mueble (portátil). No son tolerables un facistol, o un pequeño atril que se mueve y se cambia de lugar. Establece más bien la actual liturgia que sea un lugar, amplio para estar incluso dos lectores, cuyo caso típico sería la lectura de la Pasión (cronista y sinagoga):

            Ha de haber un lugar elevado, fijo... que corresponda a la dignidad de la palabra de Dios. En esa misma línea, la normativa sobre "Conciertos en las iglesias" pide que el ambón no se retire cuando excepcionalmente el Ordinario permita un concierto en un templo.

        De la misma manera que a través de la visión constante de la mesa del Señor se ha de ir captando cómo todo el anuncio evangélico tiende al festín pascual, profecía de la fiesta eterna, así la presencia destacada y permanente de un lugar elevado ante la asamblea debe ir recordando al pueblo que cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es el mismo Señor el que está hablando a su pueblo (SC 7). Con ello irá calando en la comunidad que la liturgia cristiana tiene dos partes imprescindibles: la palabra y el sacramento; a estas dos partes corresponden el lugar de la palabra y la mesa del Señor.


martes, 12 de octubre de 2010

Algo más sobre la sede

La sede es uno de los lugares litúrgicos necesarios para la Eucaristía y otros oficios litúrgicos, así como el ambón o el altar son otro de los lugares. Desde la sede se preside, se ora, se dirige la oración y se enseña en la homilía. En la sede se significa el oficio de Cristo, Cabeza, Pastor y Maestro, y se supera la mera utilidad de sentarse durante unos cantos en tres sillas iguales al simbolismo de la cátedra. Bastaría ver las antiguas basílicas (como San Vital o San Clemente) para descubrir el lugar de la sede (en el ábside) de manera preeminente (el que preside está más elevado que el banco de piedra corrido para los sacerdotes).

La sede como lugar litúrgico ha de habilitarse allí donde se celebre la Santa Misa y no únicamente en la parroquia, sino también en cualquier oratorio, capilla o iglesia de contemplativas. Es un contrasentido y ahora una grave infracción comenzar la Misa ya directamente desde el altar. Éste se reserva para el sacrificio y por tanto al altar se acerca el sacerdote para depositar la oblata y pronunciar la plegaria eucarística: los demás oficios (ritos iniciales, también la homilía, etc. y al final la bendición) los dirige desde el sitio de la presidencia. "El lugar de presidencia o sede del sacerdote celebrante significa la función de presidir la asamblea litúrgica y de dirigir la oración del pueblo santo" (Bend 982).

El Misal prescribe las características de la sede:
"La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de presidente de la asamblea y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar más adecuado es vuelto hacia el pueblo, al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio u otra circunstancia lo impidan, por ejemplo, si por la gran distancia se torna difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del altar. Evítese, además, toda apariencia de trono. Conviene que la sede se bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano, antes de ser destinada al uso litúrgico.

Asimismo dispónganse en el presbiterio sillas para los sacerdotes concelebrantes y también para los presbíteros revestidos con vestidura coral, que estén presentes en la celebración, aunque no concelebren.

Póngase la silla del diácono cerca de la sede del celebrante. Para los demás ministros, colóquense las sillas de tal manera que claramente se distingan de las sillas del clero y que les permitan cumplir con facilidad el ministerio que se les ha confiado" (IGMR 310).

lunes, 11 de octubre de 2010

La sede (lugares litúrgicos)

    La sede (cátedra) del obispo o del sacerdote debe significar su oficio de presidente de la asamblea y director de la oración. (Catecismo de la Iglesia, nº 1184).

    La sede presidencial es el signo de Cristo Cabeza, que preside su Iglesia en la acción litúrgica. Es más que la mera funcionalidad de sentarse el presidente. Una sede vacía espera elocuentemente la venida del Señor que se sentará en gloria para juzgar a vivos y muertos. Una sede vacía debe evocar el pensamiento de la primera comunidad: ¡Ven, Señor Jesús!

        La sede no va en función de la dignidad sino del ministerio que se ejerce. Es única: distinta la del que preside de la de los demás, aunque sean concelebrantes u otros obispos. La sede es única. Por tanto es un contrasigno que haya tres sedes iguales juntas por muy hermosas que sean.

    Es el signo de Cristo que preside, el signo de Cristo Cabeza de su Iglesia.

    a) Única: Una sede digna para el que preside. No tantas sedes iguales cuantos ministros haya

    b) Elevada: Al que preside se le debe ver. Y él debe ver bien a la asamblea, especialmente para la homilía que puede, oportunamente, hacer sentado. Si hay otras sillas, fuera de la tarima o alfombra.

    c) No quedar separada de la asamblea: Ni por demasiado alta, ni por escondida, detrás del altar y al mismo nivel de plano. Si se sitúa en el fondo del ábside, debe tener la suficiente elevación para que el altar no oculte al presidente. Una justa medida y buena visibilidad.

    d) Digna: entraría el adorno festivo: cojines según el color del tiempo litúrgico, o paños vistosos (cathedrae velatae, la llamaba S. Agustín), pero sobre todo, por su factura y realización, en consonancia artística con los demás elementos celebrativos.


lunes, 27 de septiembre de 2010

El altar (lugares litúrgicos)

El altar de la Nueva Alianza es la cruz del Señor, de la que manan los sacramentos del Misterio Pascual. Sobre el altar, que es el centro de la Iglesia, se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales. El altar es también la mesa del Señor, a la que el Pueblo de Dios es invitado. En algunas liturgias orientales, el altar es también símbolo del sepulcro (Cristo murió y resucitó verdaderamente) (Catecismo de la Iglesia, nº 1182)
    La mesa no debe ser alargada, sino más bien cuadrada o ligeramente rectangular, digna y elegante, de acuerdo con la forma tradicional... Conviene que la base del altar descanse sobre una grada, que ha de ser de tal extensión que rodee por igual todos los lados del altar y permite circular cómodamente sobre ella (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar de la celebración, 1987, nº 12).

    El altar es la mesa, la mesa del Señor en la casa de Dios. Ver el altar exclusivamente como "ara del sacrificio" es propio de todas las religiones; verlo también como "Mesa del Señor" es propio del cristianismo (el mantel es propio de la mesa donde se come, no del ara de sacrificios...). “El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es, además, la mesa del Señor, para cuya participación es convocado en la Misa el pueblo de Dios; es también el centro de la acción de gracias que se realiza en la Eucaristía” (IGMR, n. 296). Así en el altar se verifica cómo el Sacramento de la Eucaristía es a la vez Sacrificio, Banquete pascual y Presencia real del Señor.

    En cuanto a las características del altar destaquemos:

    a) El altar debe ser y aparecer como una mesa santa.

    b) El altar debe estar separado de la pared y poder circundarlo, especialmente en la incensación.

    c) El altar debe ser el centro de atención de toda la asamblea. Su lugar más querido, está en el centro del presbiterio; más importante que cualquier imagen o cuadro...

    d) El altar debe ser único y dedicado sólo a Dios. Un solo altar (o, como mucho, uno para celebrar los días feriales).

    e) Sobre el altar no debe haber imágenes ni reliquias. Sí las reliquias al pie del altar, bajo el altar.

    f) El altar, consagrado, o al menos bendecido.

    g) El altar debe ser de piedra natural o de otra materia noble, porque significa a Cristo, piedra angular de la Iglesia.