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miércoles, 20 de mayo de 2020

Lo bueno que es rezar en el Sagrario



El misterio de la Eucaristía es el sacramento que oculta y desvela a un tiempo: oculta a Cristo Resucitado al que no vemos con los ojos de la carne, y desvela el poder del Eterno viviente que permanece entre nosotros. 



¿Cómo es posible? ¡Locura de amor! Cristo es todo amor, rebosa amor, sus llagas abiertas son ventanas por las que podemos entrever sus entrañas de amor, su Corazón latiendo de amor por ti y por mí, por su Esposa la Iglesia y por la humanidad toda. ¡Sus llagas! ¡Qué buen refugio donde hallar descanso y sosiego!

La Eucaristía es misterio de amor, el sacramento del amor, el amor mismo entregándose realmente, actualizando su Pasión, rebosando vida eterna para nuestro peregrinar terreno.

Todo amor. Todo rebosa de amor en la Eucaristía. Todo es expresión de ese mayor amor de Cristo, al que el pueblo cristiano, certeramente, canta como “el Amor de los amores”. No hay mayor amor que Cristo-Eucaristía; no hay semejante entrega que Cristo Sacerdote, Víctima y altar en cada Misa. Sólo el amor puede adivinar el Misterio cuando en el altar se realiza la Eucaristía.

¿Cómo celebrarla? ¿Cómo escuchar la Palabra viva de Dios proclamada? ¿Cómo ofrecer y ofrecernos? ¿Cómo participar de la gran plegaria eucarística? ¿Cómo comulgar y dar gracias? ¿Cómo cantar y orar? Sólo con amor es posible. Mucho amor. Nada más que amor. Un amor nuestro que corresponde al mayor amor de Cristo que se nos da.   

¡Y qué amor de Jesús! ¡Qué supereminente, sobreabundante, excelente, rebosante, es la caridad de Jesús dándose eucarísticamente! ¡Qué Corazón de amor es el de Jesús! Sí, es hoguera ardiente, abismo de todas las virtudes, delicia de los santos, fuente de vida y de santidad.

viernes, 8 de mayo de 2020

Acudir al Sagrario


El corazón debe descubrir al Señor en el Sagrario. Hay una mirada de fe que siente interiormente a Cristo en el Sagrario. Pocos lugares más apropiados y acogedores para sentir y gozar su Presencia y entregarnos a Él, para orar y meditar, que el Sagrario. Un objetivo importante lo trazó Juan Pablo II en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine: 


“La presencia de Jesús en el sagrario ha de constituir un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de él, capaces de permanecer largo rato escuchando su voz y casi sintiendo los latidos de su corazón: “¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!”” (n. 18).

No pases delante de una iglesia abierta sin pararte unos minutos ante el Señor en el Sagrario. Él te espera, manso y humilde de corazón, para compartir tus cargas y tus cansancios.

Espiritualmente, hace mucho bien al alma detenerse unos instantes ante el sagrario y hacer una visita, es un “breve encuentro con Cristo, motivado por la fe en su presencia y caracterizado por la oración silenciosa” (Directorio Liturgia y piedad popular, n. 165). 

Al encontrarse con Cristo en el Sagrario para una breve visita o hacer un rato amplio de oración, se puede gozar de la comunión espiritual con el mismo Cristo Resucitado. El Magisterio de la Iglesia enseña que “al detenerse junto a Cristo Señor, disfruten en íntima familiaridad, y ante Él abren su corazón rogando por ellos y por sus seres queridos y rezan por la paz y la salvación del mundo” (Instrucción Eucharisticum Mysterium, n. 50).

Sería una tremenda ingratitud olvidar al Señor en el Sagrario, no hacer la genuflexión al pasar delante de él y saludarlo, no visitarlo, ni estar con él, y centrar nuestra atención en las imágenes. No consintamos ese desprecio al Señor; no dejemos ni convirtamos nuestro sagrario en un sagrario abandonado. Él se hace Compañero nuestro en el Sagrario: disfrutemos de su Compañía real y sacramental.

miércoles, 22 de abril de 2020

Jesús en el Sagrario



¿Quién se contenta con ver la foto de alguien a quien quiere en vez de estar con él, salir juntos, comer, dar un paseo? Cuando se quiere a alguien, lo que se quiere es estar con él, convivir, compartir... y una foto es sólo un recordatorio y una suplencia. Nada puede sustituir la presencia de la persona querida. Por eso no nos detenemos sin más en las imágenes del Señor, por bellas que sean, por artísticamene bien labradas que estén..., sino que las imágenes de Cristo nos conducen a algo más: ¡¡a estar con Él de verdad!!


 
Tenemos la gran ventaja de su presencia real. Está muy cerca porque el Sacramento de la Eucaristía es su presencia real y en cada Sagrario está Él: basta acercarse, rezar de rodillas, mirar la puerta del Sagrario y la vela roja encendida cerca de él para estar en su presencia, disfrutar de su amor, gozar de su compañía, hablarle, interceder, conversar con Cristo. 

Ahí está: en cada Sagrario, ¡Jesús vivo!

Deberíamos abrir los ojos del corazón con sencillez, dilatar y ensanchar nuestra alma, encender nuestros afectos y devoción y asombrarnos de tan gran maravilla; será ocasión de ver la Belleza del Misterio de la Eucaristía, para contemplar y gozar de la potencia y Vida de Cristo Resucitado. Entonces, y sólo entonces, quedaremos fascinados por Cristo. 

domingo, 27 de mayo de 2018

¿Dónde está Jesús? (El Sagrario - y II)


            El Sagrario, que también se denomina tabernáculo o reserva eucarística, guarda tras su puerta las especies eucarísticas, el pan que consagrado en la Santa Misa se ha convertido en el Cuerpo real de Cristo, verdadera y sustancialmente. 
             Una vela normalmente roja arde siempre encendida cerca de él, como una ofrenda (nuestra vida debe consumirse siempre ante el Señor) y como una señal para que siempre se sepa dónde está el Santísimo. A veces el Sagrario se cubre también con un velo o cortina (el conopeo) que sirve igualmente para señalar dónde está el Señor. 

              Cuando se pasa delante del Sagrario, y sólo para el Señor sacramentado (no ante cualquier altar, retablo o imagen), se hace la genuflexión, es decir, se hace un signo que consiste en poner la rodilla derecha en tierra, pausadamente, para saludar al Señor en homenaje de amor y reverencia. Al entrar en una iglesia, y tras santiguarse con el agua bendita como memoria del bautismo, lo primero es buscar dónde está el Sagrario, hacer la genuflexión y luego orar de rodillas ante él.

Un buen católico sabe estas cosas, las practica y las ama. Un buen católico, que ama a Jesús, convierte el Sagrario en el centro de su vida cristiana, de su oración, de su amor. No se le ocurre a un buen católico omitir la genuflexión ante el Sagrario o pasar delante de una iglesia abierta y no pararse cinco minutos a hacer la visita a Jesús Sacramentado en el Sagrario. Son cosas fundamentales. Elementales. Son inherentes a cualquier católico porque forman parte de la tradición católica que tantos frutos ha dado en santidad, en testimonio, en martirio.

sábado, 12 de mayo de 2018

¿Dónde está Jesús? (El sagrario - I)


            Invocamos a Jesús, le tenemos devoción a Jesús. Perfecto. Es necesario. ¿Pero quién se contenta con ver la foto de alguien a quien quiere en vez de estar con él, salir juntos, comer, dar un paseo? Cuando se quiere a alguien, lo que se quiere es estar con él, convivir, compartir... y una foto es sólo un recordatorio y una suplencia. Nada puede sustituir la presencia de la persona querida.


            Con Jesús, claro está, ocurre lo mismo. Tenemos la gran ventaja de su presencia real. Está muy cerca porque el Sacramento de la Eucaristía es su presencia real y en cada Sagrario está Él: basta acercarse, rezar de rodillas, mirar la puerta del Sagrario y la vela roja encendida cerca de él para estar en su presencia, disfrutar de su amor, gozar de su compañía, hablarle, interceder, conversar con Cristo. Ahí está: en cada Sagrario, ¡Jesús vivo!

            Deberíamos abrir los ojos del corazón con sencillez, dilatar y ensanchar nuestra alma, encender nuestros afectos y devoción y asombrarnos de tan gran maravilla; será ocasión de ver la Belleza del Misterio de la Eucaristía, para contemplar y gozar de la potencia y Vida de Cristo Resucitado. Entonces, y sólo entonces, quedaremos fascinados por Cristo. ¿Cómo es posible, Señor, que te hayas quedado con nosotros? ¿Cómo es que te has dignado cambiar la sustancia del pan en tu cuerpo? ¿Cómo puede ser, Señor, que tu delicia sea estar con los hijos de los hombres; cómo que Tú nos des pan vivo, alimento de inmortalidad? Señor de infinita misericordia, Resucitado, ¿tanto amor nos tienes que te entregas a nosotros en el Sacramento de la Eucaristía?

            Es menester que brote en nosotros, en cada alma, asombro, admiración, amor, gratitud, ante el portento del amor que es la Eucaristía. Sólo así habrá en nuestra alma verdadero amor por la Eucaristía y la consideraremos como lo que es, un gran regalo, el más grande y verdadero regalo del Resucitado.

domingo, 14 de abril de 2013

Irse al sagrario a rezar


http://www.bac-editorial.com/catalogo/foto_14734_PO0188_-_Foto.JPG

Comienzo aconsejando un libro que me ha gustado especialmente y que he leido en estos días: Presente y futuro del Concilio Vaticano II, del cardenal Marc Ouellet, en la BAC popular Madrid 2013, 250 pp. Es un libro-entrevista con intuiciones muy buenas y una explicación de claves teológicas del Concilio Vaticano II muy asequibles para todos, a la vez que hondas, claras, certeras. Puede aportar mucho a quien lo tome serenamente entre sus manos.

En dicho libro, el cardenal Ouellet habla de la Presencia del Señor en la Eucaristía como una expresión máxima de amor y humildad en donde Cristo se "reduce" para hacerse cercano. Sigue en la Eucaristía el Misterio de Kénosis, humillación, anonadamiento, que comenzó haciéndose pequeño en su Encarnación.

La cercanía de Cristo en el Sagrario de cada parroquia, de cada iglesia, permite al fiel cristiano arrodillarse y orar tranquilamente. Mucho depende del tiempo y calidad de nuestra adoración eucarística. Mucho en nuestra existencia dependerá del tiempo real que saquemos para estar con el Señor en el Sagrario (o en la exposición del Santísimo en la custodia) y dejarnos amar por Él mientras le vamos abriendo los entresijos de nuestra alma, nuestros miedos y desconfianzas, nuestras luchas y las debilidades que nos superan.

Es así: la adoración eucarística es vital para nuestro ser cristiano; el tiempo de Sagrario es una inversión en calidad de vida, en forma cristiana para nuestra alma.

Aquí, en este blog, sabemos la importancia que le hemos de dar siempre. Hoy, en tiempo pascual, y con las palabras del cardenal Ouellet, volvemos a recordar lo evidente: necesitamos el Sagrario, necesitamos tiempo de adoración eucarística, de estar ante el Santísimo.

miércoles, 23 de enero de 2013

Sueños de una primavera eucarística

El término "primavera eucarística" lo ha acuñado Benedicto XVI.

¿Podríamos soñar con él?

Sería algo hermoso: la vida de nuestras parroquias, y por tanto la vida de cada uno de nosotros, girando en torno a la Eucaristía, con una piedad sólida, cimentada en la Santa Misa diaria, la oración ante el Sagrario y la adoración al Santísimo expuesto.

Es verdad que existe hoy un resurgir en la vida eucarística de muchas parroquias (¿podríamos añadir de muchos colegios católicos, de muchas iglesias conventuales, de muchos fieles?), y el Papa lo ve con esperanza describiendo los tres puntos fundamentales que a todos nos atañen:

"Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una «primavera eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento. Pienso, por ejemplo, en nuestra adoración eucarística en Hyde Park, en Londres. Pido para que esta «primavera eucarística» se extienda cada vez más en todas las parroquias... El venerable Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, constataba que «en muchos lugares (…) la adoración del Santísimo Sacramento tiene diariamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad. La participación fervorosa de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia del Señor, que cada año llena de gozo a quienes participan en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico» (n. 10).
...Renovemos también nosotros la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Como nos enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, «Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de modo verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas del pan y del vino» (n. 282).
Queridos amigos, la fidelidad al encuentro con Cristo Eucarístico en la santa misa dominical es esencial para el camino de fe, pero también tratemos de ir con frecuencia a visitar al Señor presente en el Sagrario. Mirando en adoración la Hostia consagrada encontramos el don del amor de Dios, encontramos la pasión y la cruz de Jesús, al igual que su resurrección. Precisamente a través de nuestro mirar en adoración, el Señor nos atrae hacia sí, dentro de su misterio, para transformarnos como transforma el pan y el vino. Los santos siempre han encontrado fuerza, consolación y alegría en el encuentro eucarístico. Con las palabras del himno eucarístico Adoro te devote repitamos delante del Señor, presente en el Santísimo Sacramento: «Haz que crea cada vez más en ti, que en ti espere, que te ame»" (Benedicto XVI, Audiencia general, 17-noviembre-2010).

sábado, 10 de noviembre de 2012

Para orar ante el Sagrario tranquilamente

1. Para orar ante el Sagrario hay que calmarse un poco: pasar de la calle y del ruido, a la soledad, al silencio y a la Presencia.

2. Entrar en la capilla del Sagrario, hacer una genuflexión pausada mirando al Sagrario, que nos haga conscientes de la Presencia. Ir al banco y arrodillarse.

3. Una vez de rodillas, antes de rezar ni de decir nada, mirar al Sagrario y percibir a Cristo: una lamparilla encendida, la puerta del Sagrario normalmente iluminada con un haz de luz potente. Mirar. La respiración debe estar ya calmada; seguimos de rodillas, sin cambiar de postura a cada instante...

4. Mirando al Sagrario, hacer primero un acto de presencia de Dios: "Señor, tú estás aquí... Tú me amas, me escuchas. Te adoro, Dios mío".

5. Luego, ya antes de iniciar la oración, invocar al Espíritu Santo que dirija la plegaria, ore en nosotros, ponga en nuestra boca lo que hayamos de pedir.

6. Entonces, tal vez, sentarse, despacio y sin movimientos bruscos, sino con recogimiento. Empezar a orar:

-unas veces, leer suavamente el Evangelio dos o tres veces, ver qué dice en sí mismo, imaginarlo, sentir la voz de Cristo y luego reflexionar para saber qué me dice a mí concretamente, ahora,

-otras veces, en lugar del Evangelio, las oraciones del Misal para la Misa de cada día, o un prefacio o la plegaria eucarística, imbuyéndonos de la oración de la Iglesia y haciéndola nuestra,

-otras, rezar despacio un salmo, dejando que cale en el alma, o emplear jaculatorias al ritmo sosegado de la respiración: "señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero", "¿A quién vamos a ir? tú tienes palabras de vida eterna", "Jesús, confío en ti", "Dios mío y mi todo"...

-otras, simplemente, hablar con Él, suavemente, en conversación amistosa, sobre lo que sentimos, vivimos, sufrimos y pedir gracia y luz.

Son los pasos normales. Pero, sobre todo, cuidar mucho la preparación y el inicio de la oración. A veces entramos en ella como elefantes en cacharrería, sin recogimiento ni haber pacificado el interior, nos ponemos nerviosos y tenemos que huir.

Además, cuando se está ante Él, se hace luz en el interior, y todo lo que hay en la conciencia sale a flote con claridad incomodando. Encararnos entonces lo mejor posible con la verdad de nuestra vida, dejando que el Señor hable o nos dé sentimientos o luces en el corazón.

martes, 24 de enero de 2012

En el Sagrario se descansa de todo: silencio y paz

“...Y ese el “descansad un poco” del Sagrario, almas que por buscarle compañía de amor os afanáis.

Bien está que os paséis los días andando caminos, saltando montes, atravesando ríos, visitando pueblos y llamando de puerta en puerta en busca de almas para vuestros Sagrarios; bien está que quitéis a vuestras noches de sueño horas y horas para alargar vuestros días de labor; bien está, pero descansad un poco ante vuestro Sagrario antes de empezar vuestro día y después de darle remate.


¡Al Sagrario! Cerrados los ojos y los oídos y la memoria y la imaginación y el pensamiento para todo lo de fuera, ¡a estar con Dios solo!

¡Ya lo sentiréis llegar...!, y si permanecéis quietecitas allí, ya lo oiréis hablar, y si no quiere hablar ya veréis después cuando volváis al trabajo cómo os hizo u os dejó algo.

Por lo menos esos ratos de descanso ante el Sagrario, os servirán para que apreciéis clara y distintamente la parte de Dios y la parte vuestra en vuestro trabajo pendiente, en el afecto dominante, en la idea que halagáis, en el celo, en la virtud, que al parecer os adorna...


¿Comprendéis por qué el Maestro invitaba tantas veces al reposo a sus cooperadores?


¡Es tan fácil que la agitación del trabajo cotidiano y aun del ministerio apostólico nos quite la vista de lo que pone Dios y ponemos nosotros en ellos y nos induzca a confusiones y a equivocaciones lamentables!


¡Descansad un poco! Y veréis cómo el reposo precipita al fondo de vuestra conciencia las miserias y torpezas de la parte del hombre y hace flotar las maravillas de misericordia y gracia de la parte de Dios... Y ¿os parece poco ir sabiendo en cada obra que hacéis, en cada beneficio o persecución que recibimos la parte de Dios para agradecerla y secundarla y la parte nuestra para corregirla, si es defectuosa, reforzarla, si es débil, anularla, si es perjudicial, o guardarla perseverante, si es buena?


Vuelvo a deciros, ¡a descansar un poco todos los días en el Sagrario!, ¡a estar a solas con Dios!


Trabajad con vuestros pies, con vuestras manos, con vuestra boca, con vuestra cabeza, con todo vuestro corazón... pero, ¡por Dios!, que no olvidéis el trabajar de rodillas..., esto es, ¡descansad un poco!”

 
Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 510-513.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Un programa de vida

Algo que hay que repetir una y otra vez, aunque nunca constituya una novedad: necesitamos un programa de vida, pero este programa no puede ser otro que un programa eucarístico de vida. ¡Nada más importante, nada más necesario, nada más central y prioritario!


Lo eucarístico en nuestra vida debe ser siempre el centro de todo, aquello -¡¡Cristo mismo!!- que da unidad a lo que somos y vivimos, aprendiendo con Él a ofrecernos, alimentándonos con Él, conversando con Él.

Tendremos muchas cosas que hacer, muchas ocupaciones, muchas tareas... y muchos horarios que se descompensan y arrastran de nosotros; pero sólo descubriendo la Eucaristía encajarán las demás piezas de nuestra vida y habrá tiempo para todo, todo encajará bien. Pero, lo primero, la Eucaristía.


lunes, 2 de agosto de 2010

El Evangelio en el Sagrario


“El Jesús del Evangelio es el mismo Jesús vivo del Sagrario.

Aquí como allí dice y hace lo mismo. ¡Ah! ¡Si esta fe viva en Jesús vivo Sacramentado invadiera y llenara nuestra alma!

¡Con qué ganas se exclamaría, se gritaría, ante estas efusiones de la Misericordia divina sobre la miseria humana!: ¡Bendita la oración, que lleva como de la mano y dobla las rodillas y abre las bocas, y arranca los gemidos y las lágrimas de los miserables y coge como el Corazón al Padre del cielo y al Hermano divino del Sagrario y les invita y obliga y empuja a hacer milagros de perdones de almas, de curaciones de cuerpos, de resurrecciones de cuerpos y de almas, de lágrimas trocadas en perlas de diadema y de tierras de abrojos trocadas en cielos de delicias!

Firme en mi propósito e hacer de esta nobilísima ocupación del alma la ocupación diaria, frecuente y, aun diría, perenne, ante la Casa de Jesús vivo en la tierra, de todos los hombres, desde los niños y rudos, hasta los consumados en saber y en santidad, quisiera presentar página por página esta variadísima y pintoresca serie de modos de orar del Evangelio, para trasladarlos a los Sagrarios cristianos; pero ¡cuántos libros se necesitarían! He de contentarme con presentar, a modo de índice, fórmulas y maneras de orar del Evangelio, dejando a la acción del Espíritu Santo y a la cooperación de la buena voluntad de cada uno el saboreo de ellas y la adaptación de las mismas al estado de Jesús en el Sagrario y a la situación de cada alma”.

Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 900-901.

sábado, 19 de junio de 2010

Silencio interior en el Sagrario


“Será el Evangelio el mago prodigioso que nos haga oír ruidos de palabras en donde el resto de las gentes no oye nada. ¡Oh palabra divina del Jesús de mi Sagrario, toca a mi oído, entra en mi alma, y quédate allí resonando con eco inextinguible!

Callad, lengua mía, sentidos míos y potencias mías; callad, pasiones de mi alma y nervios de mi cuerpo; callad, recuerdos del pasado y ambiciones tumultuosas de lo porvenir; callad, que voy a mi Sagrario a escuchar la voz dulce, que no habla más que a las almas en silencio...

¿Os enteráis? En el Sagrario hay tiempo de hablar y tiempo de callar. Hablad cuanto queráis; pero después callad cuanto podáis; en silencio exterior e interior esperad; ya recibiréis la respuesta... ya oiréis...”


Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, n. 493.

sábado, 12 de junio de 2010

Amistad personal con Cristo –oración- para ser testigos


“Ésta es la cadena: apóstoles, en cuanto testigos. Testigos en cuanto amigos. Amigos en cuanto íntimos...

Romped o quitad uno de los eslabones, y frustraréis la obra maestra de Jesús, y la acción de su apóstol. Con qué razón y satisfacción podía exclamar después el evangelista Juan a los fieles: “Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos y palparon nuestras manos tocante al Verbo de la vida... esto es lo que os anunciamos”.

¡Con qué precisión se revela en esta carta apostólica al apóstol, al testigo, al amigo, al íntimo de Jesús! ¡Dar testimonio de Aquel a quien vio, oyó, contempló, palpó! Es decir, dar testimonio de Jesús de todos los modos conocido, sabido y saboreado. ¿No os parece, hermanos, que el secreto de no pocos fracasos y hasta esterilidades, está no en la falta de misión, sino en el vacío de amistad íntima con el Jesús que nos envía?

“Si no tienen espíritu –decía santa Teresa de los letrados sin trato con Jesús-, que no salgan de sus celdas, que harán más daño que provecho”.

lunes, 7 de junio de 2010

El sacerdote y el Sagrario: su mejor Amigo y Compañía


“¡Con qué gusto habla un sacerdote del Sagrario!, del Sagrario en que vive el Jesús que lo ha hecho su consagrante, su repartidor, su guardián, su vecino, su confidente, su... inseparable.


¡El sacerdote y el Sagrario! ¡Dios mío! ¡Lo que da que decir y que pensar y que amar y que agradecer y que derretirse la unión de esas dos palabras!

¡Por qué pensar que con valer tanto y tanto el Sagrario, la divina largueza lo ha unido tan estrechamente al sacerdocio, que sin uno no puede existir el otro!...

¡Sin sacerdocio no hay Sagrario!

¡Qué alegría, hermanos, inunda mi alma de sacerdote al ver mi vida tan entrelazada, por así decirlo, con la existencia del Sagrario!

¿Qué le importa a un sacerdote no ceñir a sus sienes coronas de conquistador, de héroe, de sabio o de otras grandezas de aquí en la tierra, si puede saborear ante el cielo y ante la tierra el gusto inacabable de esa palabra; soy el hombre del Sagrario?

Por eso, para la lengua y para la pluma de un sacerdote no hay tema de conversación ni más delicioso, ni más propio, ni más interesante, que el hablar del Sagrario. Tanto más, cuanto que ese Sagrario de sus amores y que se ha instituido para ser conocido, amado y frecuentado, padece desconocimientos y abandonos inconcebibles, no sólo por parte de los que viven lejos de él, sino de los que viven o debieran vivir cerca, muy cerquita...


sábado, 29 de mayo de 2010

Percibir a Jesucristo en el Sagrario

“Pero, ¿en dónde me encontraré con Él?

¡Soberana realidad de los Sagrarios cristianos, ven a dar a mi alma la respuesta y la seguridad de su dicha!

Dile que sí que el Jesús de la virtud aquella vive todavía y vive muy cerca de mí, junto a mi casa, ¡en el Sagrario!


Di a mi alma y di a todas las almas que quieran oír, que en el Sagrario vive el mismo Jesús de Jerusalén y Nazaret, con su mismo Corazón tan lleno, tan rebosante de virtud de sanar y tan abierto para que salga perennemente en favor de todos...


Desde que he meditado así el Sagrario, ¡cómo se ha agrandado ante mis ojos y ante mi corazón!


El Sagrario no está ya limitado por las cuatro tablas que lo forman, ni aun por los muros que lo cobijan. El Sagrario se extiende mucho más.

El Sagrario será el límite de las especies sacramentales, pero no de la virtud que debajo de ellas constantemente brota.


Yo ya miro al Sagrado Corazón de Jesús en el Sagrario como un sol que irradia luz, calor y vida del cielo en torno suyo en una gran extensión, como un manantial de agua medicinal siempre corriente en muchas direcciones, como un delicioso jardín esparciendo siempre los aromas más exquisitos...


¡Ay!, si nuestros sentidos no fueran tan groseros, ¡qué impresiones tan deleitosas recibirían alrededor de los Sagrarios!

¡Cómo me explico ahora aquella atracción que se dice sentían algunos santos hacia el Sagrario, aun ignorado, por cuyas cercanías pasaban!
¿No sería quizás que sus sentidos espiritualizados percibirían ya el ambiente del lugar de los Sagrarios?

¿Te vas enterando ahora de lo que significa esa frase sobre la que quizás habrás pasado muchas veces distraído: tener Sagrario?


¿Ves ahora lo mal que se unen estas dos ideas: tener Sagrario y seguir siendo desgraciado?
¡Pues qué!, la virtud aquélla de sanar que exhala siempre para todos el Corazón de Jesús de aquel Sagrario, ¿no es bastante para acabar con todas tus desgracias?

¡Jesús sacramentado! En esa oscuridad, en que el abandono de los hombres te tiene sumergido, te confieso Luz de la Luz de Dios y única Luz del mundo.
En ese silencio, a que voluntariamente te has reducido ahí, yo te proclamo Palabra substancial de Dios y única Palabra creadora, restauradora, glorificadora y deificadora. En esa inmovilidad, a que te has obligado ahí, yo te reconozco Vida de Dios y única Vida de todo lo que vive”.

Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 409-411.

martes, 25 de mayo de 2010

Cómo debo estar yo con Cristo en el Sagrario

“Llena el alma de ese vivir sintiendo y compadeciendo con Él, procura no ver, ni oír, ni sentir, ni querer las cosas, los acontecimientos y a las personas, sino como Jesús desde su Sagrario las ve, oye, siente y quiere. Y de esta suerte la presencia nuestra ante el Sagrario, que por ser corporal está limitada sólo al tiempo en que estamos delante de Él, por esta compasión le podemos acompañar no a ratos, sino siempre, siempre...

Por esta compañía de compasión, nuestro corazón y nuestra vida se convierten en eco del Corazón y de la Vida que palpitan en nuestro Sagrario...

Alma que crees con fe viva en la presencia real de Jesús en la Eucaristía ¿puedes medir la inmensidad del amor que el Corazón de Jesús recibiría en su Sagrario y de la dulzura y seguridad y paz que te inundarían, si tu corazón no tuviera más ritmo que el ritmo del Corazón de Jesús Sacramentado?

Dos corazones con el mismo ritmo son un solo corazón. Ésa es la obra de la compasión perfecta".


Beato D. Manuel González, El abandono de los Sagrarios acompañados,
en O.C., Vol. I, n. 220.

jueves, 1 de abril de 2010

Jueves Santo: el amor entregado


Estamos en comunión con toda la Iglesia la misma memorable tarde en que Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía.

Estamos, con fe y con gozo, celebrando el día de la Cena del Señor, la Cena pascual, la Pascua del Señor. Esta Pascua, celebrada ardientemente por Jesús con sus discípulos, se actualiza en esta la Eucaristía, Pascua del Señor.

Estamos en el día del memorial de la Pascua del Señor. Jesús va a celebrar su Pascua, su Paso de la muerte a la vida verdadera. La Pascua judía –memorial de la liberación de Egipto- anunciaba la auténtica Pascua que iba a llevar a cabo Cristo.
Jesús anticipa en la Eucaristía la Pascua que va a comenzar con su Cruz, descenso a los infiernos y su santa resurrección.

lunes, 8 de febrero de 2010

Cómo está Jesús en el Sagrario


“Si Jesús está presente en el Sagrario con sus ojos que me miran, yo debo estar ante el Sagrario mirando con mis ojos de carne la Sagrada Hostia, cuando me la dejan ver; y con mis ojos del alma el interior de esa Hostia.

Si Jesús está en el Sagrario con sus oídos para oírme, yo debo estar ante el Sagrario con mi atención para oírlo y con mi mayor interés para hablarle.

Si Jesús está presente en el Sagrario con sus manos rebosantes de dones para los necesitados que se lleguen a pedírselos, yo debo estar ante el Sagrario con mi indigencia expuesta en el plato de mi confianza.

Si Jesús está en el Sagrario con el Corazón palpitante de amor sin fin a su Padre y de amor hasta el fin a nosotros; si ese amor que sube a su Padre es infinitamente latréutico, porque lo alaba como Él se merece, e infinitamente eucarístico, porque le da gracias por los beneficios que nos hace hasta dejarlo satisfecho, e infinitamente expiatorio, porque lo aplaca por los pecados con que le ofendemos, hasta ponerlo en paz. Y es infinitamente impetratorio, porque con clamor válido intercede y ruega por nosotros.

Y si ese amor que desciende desde su Corazón a los hijos de los hombres, es amor de Padre, hartas veces menospreciado. De Hermano, casi siempre desairado. De Amigo, las más de las veces abandonado. De Esposo, muy poco correspondido. Y de Rey, muchas veces desobedecido, vilipendiado y traicionado...

Si todo esto es así, yo debo estar ante el Sagrario con todo mi corazón y con todo el amor de él, para sumergirme en aquel Corazón y palpitar con sus mismas palpitaciones y amar como Él ama, alabando, agradeciendo, expiando, intercediendo al Padre celestial y disponiéndome a darme por Él de todos los modos a mis prójimos hasta el fin, sin esperar nada...

En menos palabras: si Jesús está en el Sagrario para prolongar, extender y perpetuar su Encarnación y su Redención, lo menos que yo debo hacer es presentarle mi alma entera con sus potencias, y mi cuerpo entero con sus sentidos, para que se llenen y empapen de sentimientos, ideas y afectos de Jesús Redentor encarnado y sacramento...

Ésta, ésta es la compañía de compasión, la que pone entre Jesús y yo presentes comunicación y cambio de miradas, de palabras, de necesidades, de afectos... La que me hace mirar, hablar, oír, pedir, recibir, confiar, sentir y amar como Él y con Él...”

Beato D. Manuel González, El abandono de los Sagrarios acompañados, en O.C., Vol. I, nn. 218-219.

viernes, 22 de enero de 2010

Pastoral eucarística con niños y jóvenes (¿las llamamos propuestas?)


Lo que me preguntaron hace días, vamos ahora a intentar responder.

Lo que he visto de trabajo con niños, más bien preadolescentes, tal vez pudiera servir de modelo, ejemplo y estímulo. Veamos.

1. Lo primero es saber que son niños, pero no tontos; que son niños, pero tratarlos puerilmente da siempre mal resultado porque pueden asociar siempre lo que se les enseñó y la misma Eucaristía a una etapa sólo de su vida y cuando crezcan abandonarlo como "cosas de niños". Por ejemplo, ese es el resultado de las "Misas DE niños" (ni siquiera "con niños"), en lugar de poner los cimientos para que se integren desde el principio no en la Misa "de" niños, sino en la Misa parroquial que es lo que siempre ellos y todos vamos a vivir.

2. Segundo: acostumbrar a los niños y jóvenes al Sagrario y a la capilla del Sagrario. Enseñarles que el Señor realmente está en el Sagrario, que una vela o lámpara roja siempre encendida indica su presencia, se le saluda haciendo la genuflexión (rodilla derecha en tierra) y se reza personalmente. Puede ser muy útil llevar a los niños al Sagrario al empezar o acabar la sesión de catequesis y allí rezar juntos pero pausadamente, es decir, no algo rápido y mecánico, casi de trámite, sino verdadera oración. Por ejemplo, el grupo con su catequista van al Sagrario, rezan el Padrenuestro, Avemaría y gloria, se les deja unos minutos de silencio y luego el catequista en voz alta dirige la oración al Señor, despacio, convirtiendo en lenguaje de oración lo que en la catequesis han tratado. Terminar con el Gloria o con unas preces respondiendo "Señor, ten piedad".

3. Tercero. Los Tarsicios son la rama infantil-adolescente de la Adoración Nocturna. El grupo de adoradores tiene su vigilia mensual un sábado por la tarde. En la sesión de formación se les va educando en qué significada cada elemento de la liturgia, cómo se realiza (incluso ensayo de tipo práctico) y cómo vivirlo (dimensión espiritual).

La vigilia se estructura con la exposición del Santísimo, el canto de Vísperas y la oración personal. Los niños se convierten en protagonistas responsables: uno entona las antífonas, otro la lectura breve, otro las preces; los salmos a dos coros... El silencio se va distribuyendo en las Vísperas, a tenor de las normas litúrgicas, y al final un tiempo prudente de adoración eucarística personal. Llegan a vivir la adoración como algo "suyo", y el responsable o catequista debe poseer junto a una gran experiencia de Dios, una solidez doctrinal y litúrgica para hacer de mistagogo-introductor con los Tarsicios.

4. Añadiría otro camino más. Muchas veces se organizan retiros y convivencias de niños o jóvenes. Ahí uno de los momentos fuertes podría ser la adoración eucarística aprovechando la riqueza del Ritual del culto a la Eucaristía fuera de la misa: lecturas bíblicas, cantos, homilía que dé pie a orar personalmente, silencio sagrado (tal vez con suave música de fondo), preces, himnos, plegarias o salmos recitados entre todos o alternativamente y bendición, todo dirigido a Cristo. En estos momentos, con la exposición del Santísimo, muy bien se podría utilizar un tono mistagógico en moniciones y homilía que introduzcan en el sentido de la adoración e inviten a orar. (Terminarlo todo siempre con una Misa ha empobrecido la vida litúrgica y espiritual -una vigilia, un retiro, el envío de catequistas, una bendición de algo... todo es una Misa-. La liturgia es muy rica con variedad de celebraciones, como tesoro del que disfrutar).

5. Alguna que otra parroquia ha introducido una práctica altamente valiosa. El Jueves Santo, tras la Misa in Coena Domini, viene la adoración ante la Reserva eucarística (a partir de medianoche sin solemnidad). A lo largo de la tarde del Jueves Santo hay turnos de adoración, horas santas, dirigidas por el sacerdote: con el grupo de Cáritas, otra hora con el grupo de pastoral de enfermos, con los niños de catequesis, con los jóvenes, con las Cofradías y Hermandades, con las asambleas familiares, con los grupos de catequesis de adultos, otra abierta a toda la parroquia. Los niños y jóvenes descubren el valor de la Reserva eucarística, se saben miembros de la parroquia como todos los demás, oran y se les introduce en la celebración cumbre del Triduo pascual anual.

6. Aunque parezca obvio, la primera pastoral sería que los padres (y los abuelos) entren con sus hijos a hacer la visita al Sagrario con toda naturalidad o se lleguen un rato a la parroquia cuando el Santísimo esté expuesto. Estas cosas quedan bien grabadas y son testimonio de fe.

Estos serían algunos puntos, caminos o sendas. Los comentarios podrán ser iluminadores. Pero así respondo a la petición de Seneka y de Embajador: ¡que por mí no quede!, siempre que se pueda responder.

miércoles, 13 de enero de 2010

Teología, ciencia sabrosa

La verdadera y sana teología siempre va acompañada de un sólido cimiento tanto espiritual como eclesial. La teología que merece este nombre, sin renunciar a su estatuto científico ni a su método propio de fuentes, investigación y reflexión, posee un matiz de ciencia distinto que bien roza lo espiritual.

Tomando en sentido muy amplio unas palabras de san Juan de la Cruz, se podría decir que la teología es ciencia mística o ciencia amorosa: “Esta ciencia sabrosa es la teología mística, que es ciencia secreta de Dios, que llaman los espirituales contemplación; la cual es muy sabrosa, porque es ciencia por amor, el cual es maestro de ella y el que todo lo hace sabroso. Y por cuanto Dios le comunica esta ciencia e inteligencia en el amor con que se comunica al alma, es sabrosa para el entendimiento, por ser ciencia que pertenece a él, y sabrosa para la voluntad; por ser en amor que le pertenece a la voluntad” (CB 27).


El teólogo ha de ser un hombre de Dios y un hombre de Iglesia; lo que escriba, lo que enseña, lo que investiga es algo grande, el Misterio de Dios, y ante el Misterio su alma debe esponjarse y amar al Señor. No entiende una teología fría, una teología academicista, de crítica textual que se arroja a los demás con el disenso y el falso espíritu profético del que algunos se invisten. La teología, cuando es verdadera, es ciencia sabrosa, es ciencia tan llena de amor de Dios, por parte de quien la elabora, que es capaz de comunicar ese amor de Dios.
Toda teología está marcada por el signo del amor de Jesucristo, vivida y realizada en el seno de la Iglesia, con amor por la Iglesia. En expresión clásica de Balthasar en su artículo clásico “Teología y santidad” (Verbum caro I), es teología de rodillas, por tanto, adorante, amante. El teólogo se tendrá que detener más de una vez al leer y empezar a escribir, porque su alma se eleva en amor al Señor con una fugaz y densa plegaria, de modo irresistible, ante la grandeza de lo que sus ojos están viendo, sus oídos oyendo y sus manos tocando: ¡la Palabra de la Vida! (cf. 1Jn 1,1).

Ese mismo criterio, propio del teólogo cuando elabora su teología, nos sirve a nosotros como principio de discernimiento. La verdadera teología, ciencia sabrosa, cuando se escucha (en clase, en una meditación, en una conferencia) llena el corazón de tal manera que uno entra en contacto con el Señor y se une a Él, disfrutando, durante la sesión; o si es un libro de teología, estará escrito con tal unción, con tal garra, transmitiendo tal pasión por Jesucristo en su Iglesia, que se dejará el libro entre las manos y se empezará a orar gustando internamente, movido por aquello mismo que se ha leído, feliz, satisfecho para luego retomar la lectura y avanzar. Escuchando esta teología o leyendo estos libros se produce un encuentro con el Señor que es un acontecimiento de gracia; se palpa una Presencia que llena el corazón, que responde a lo que el hombre busca, que ilumina la razón descubriendo lo verdadero, que provoca asombro y estupor. Más aún, si es verdadera teología y posee sabor espiritual, se podría perfectamente leer ante el Sagrario y orar con la teología.

Es ciencia sabrosa la teología por eso los grandes teólogos siempre han sido grandes orantes, contemplativos incluso en medio del mundo, con pasión por Cristo y amor -¡tremendo, absoluto!- por la Iglesia.