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domingo, 3 de noviembre de 2019

Liturgia, belleza, arte (y IV)



4. Liturgia, belleza, arte sacro


            La Iglesia siempre, por amor al Señor, se esmeró en el culto divino, buscando que estuviese lleno de belleza y, por tanto, cuidó el arte sacro al servicio de la liturgia. Hoy el hombre, en cierto sentido, se salvará por la belleza –en frase de Dostoievski citada por el Magisterio-.

            Ya las mismas iglesias permiten el tránsito de la ciudad secular, del mundo y sus actividades, hasta el ámbito del encuentro con Dios. La arquitectura del templo dirige la mirada al ábside, al santuario, al lugar santo del altar, ya sea por arcos, naves, una gran cruz o el inmenso retablo. Los cuadros, las imágenes, etc., nos adentran en el mundo de lo invisible, en la Comunión de los santos y en la presencia de Dios. Disponen el espíritu para la acción divina en la liturgia. Es una belleza que fascina. Y esto se extiende, como antes afirmábamos, a todos los elementos del culto litúrgico: los vasos sagrados, las vestiduras litúrgicas, la disposición del presbiterio, la música litúrgica, etc.

            Pero, ¿el cuidado de la belleza, potenciar el arte sacro, no está pasado de moda? ¿Es algo hoy innecesario? 

martes, 22 de octubre de 2019

Liturgia, belleza y arte (III)



3. El antropocentrismo desolador


            Pero todo lo anterior se resiente y se viene abajo con el antropocentrismo que con tanta fuerza arremetió contra todo en las iglesias a partir de los años 70.


            Este antropocentrismo sitúa al hombre el centro de todo, expulsando a Dios, lo sagrado, lo ritual, el Misterio en definitiva. Dice valorar al hombre por el hombre, pero es que el hombre sin Dios está fracasado sin otra opción posible: es el absurdo, es la nada. Es lo contrario del más sano humanismo cristiano, ya que éste valora al hombre en cuanto ve su referencia en Cristo, el Hombre nuevo, y su vocación y destino eternos y sobrenaturales. El antropocentrismo está agotado y encerrado en sí mismo.

            La aparición del antropocentrismo en la liturgia fue desoladora. Sustituyó a Dios para ponerse el hombre, y la liturgia dejó de ser la glorificación de Dios y la santificación del hombre, para convertirse en algo autorreferencial, una comunidad que se celebraba a sí misma en todo caso. 

          La liturgia se manipuló a gusto de cada uno como mera “fiesta de la comunidad”. Se perdió la sacralidad del lugar y de la acción litúrgica, se banalizó como si fuera una sala de reuniones más, desterrando la atmósfera sagrada de la liturgia (el silencio, el canto litúrgico, el incienso, etc). La belleza de los textos litúrgicos –que necesitan una iniciación, ciertamente- se trocó en textos improvisados, de dudosísima calidad y ortodoxia pero contemporáneos. La participación litúrgica promovida por la Iglesia, una participación activa, consciente, piadosa, interior, fructuosa, se cambió por una continua intervención de todos, de manera que participar era intervenir ejerciendo algún servicio en la liturgia para que se sintieran protagonistas: que fueran muchos los que subieran y bajaran al altar, que muchos hicieran algo.

viernes, 11 de octubre de 2019

Liturgia, belleza, y arte (II)



2. ¿Una liturgia bella?


            Si avanzamos un poco más en la reflexión, habremos de ir a lo nuclear de la liturgia. ¿Qué es la liturgia? ¿Meras ceremonias? ¿Unos ritos obligatorios que apenas dicen nada? ¿Un código ininteligible, y hasta aburrido, de acciones que desarrollan unos pocos mientras todos los demás asisten como espectadores?

            ¿Qué es la liturgia? ¡Es acción de Dios!, el gran protagonista de la liturgia es Dios mismo, que se revela en su Palabra y en sus sacramentos, que actúa, que salva, que santifica, que redime. La liturgia es el lugar especialísimo de la epifanía de Dios, de su manifestación, donde se da. Así se comprende, en primer lugar, que es su Belleza inefable la que entra de lleno en el misterio de la liturgia y que la liturgia sea el lugar primero de la Belleza divina, palpable, accesible a todos.

  
          Por la liturgia “se ejerce la obra de nuestra Redención” (SC 2), actuando la fuerza y belleza del Misterio pascual de Cristo. Cristo es el centro de la acción litúrgica y todo es posible porque el Espíritu Santo, el divino Artista, santifica, consagra: “El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia” (Catecismo, 1091).

            Es una acción divina en primer término. La Iglesia celebra la liturgia y la recibe como un tesoro, algo que le es dado, siendo administradora, sierva, y no dueña para manipular la liturgia a su gusto. El mismo Concilio Vaticano II define la liturgia como una “obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados” (SC 7), de forma que la liturgia es la glorificación de Dios ante todo, donde se glorifica a Dios y de Dios se recibe la santificación.

jueves, 3 de octubre de 2019

Liturgia, belleza y arte (I)



            Es indudable que a lo largo de los siglos, desde su mismo origen, la liturgia ha sido el gran “lugar de la belleza”, donde se han dado cita las diversas artes, tan variadas, para el culto divino.

            Pero esta relación tan natural entre la liturgia y la belleza, parece haberse diluido un tanto por causas distintas; recuperarla puede ser una tarea feliz y apasionante, en la medida en que comprendemos cuán necesaria es la belleza y en la medida en que penetremos en la naturaleza auténtica de la liturgia.



1. La belleza expresa el Misterio de Dios

            Un atributo divino de gran alcance es la belleza, la hermosura. Coincide con el ser de Dios, nada en él existe de fealdad, porque ésta es lo defectuoso, lo que roza la mentira, la falsedad, en última instancia, la fealdad es atributo del pecado que siempre lo deforma todo.

            Dios es la suma e infinita belleza, porque es Verdad y es Amor. Un salmo, el 44, que la Iglesia le canta a Cristo mismo, afirma: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia”; otro salmo, el 110, cantará de Dios: “esplendor y belleza son su obra”. El mismo libro del Génesis, en el relato de la creación que leemos en la santa Vigilia pascual, cuando afirma “vio Dios todo lo que había hecho y era bueno”, podría igualmente traducirse por “vio Dios todo lo que había hecho y era hermoso”, porque la misma palabra griega “kalós” significa, curiosamente, “bueno” y “bello”.

            Todo lo que es bello proviene de Dios, expresa el Misterio de Dios, hiere con el fulgor de Dios, rompe la vaciedad del mundo elevándonos a la trascendencia, remitiéndonos a Dios.


sábado, 25 de agosto de 2018

Iglesia, belleza, artistas (y VII)

Benedicto XVI continuaba su discurso... Había planteado la necesidad que tiene el hombre sobre la belleza verdadera, y cómo ésta suscita la esperanza.

Citó a filósofos y a literatos después del testimonio del arte mismo: la Capilla sixtina, el impresionante Juicio Final de Miguel Ángel.

Es la sed de belleza, la nostalgia por la belleza, connatural al hombre, y que se no puede conformar con algo menos, o con un sucedáneo.


Después de esa genial y razonable argumentación -¡qué necesaria es la razón y recto uso de la razón!-, el Papa avanzaba, daba un paso más, hacia la teología misma.

Cita a von Balthasar, genial teólogo, con el que Ratzinger siempre tuvo especial sintonía; ambos fueron grandes teólogos compenetrados por una visión muy honda de la teología, y a los que les unía, por ejemplo, la pasión por la belleza. Ésta fue formulada teológicamente con la "via pulchritudinis" o "camino de la belleza".

Son párrafos de Benedicto XVI, e ideas, grandiosas, elevadas, sublimes. Vale la pena leerlas varias veces y disfrutar con ellas, porque amplían tremendamente el horizonte teológico, espiritual y artístico.


"A este propósito se habla de una via pulchritudinis, un camino de la belleza que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico, estético, y un itinerario de fe, de búsqueda teológica. El teólogo Hans Urs von Balthasar abre su gran obra titulada "Gloria. Una estética teológica" con estas sugestivas expresiones: "Nuestra palabra inicial se llama belleza. La belleza es la última palabra a la que puede llegar el intelecto reflexivo, ya que es la aureola de resplandor imborrable que rodea a la estrella de la verdad y del bien, y su indisociable unión" (Gloria. Una estética teológica, Ediciones Encuentro, Madrid 1985, p. 22) . 

jueves, 2 de agosto de 2018

Iglesia, belleza, artistas (VI)

Avanza el discurso de Benedicto XVI con una sugestiva interpretación: tomando pie del Juicio Final de Miguel Ángel, explica el sentido de la historia humana y su gran recapitulación.

Mientras tanto, el hombre vive herido y sediento por la belleza. Sin belleza no puede vivir, y la belleza de la que goza aquí, con el arte en sus variadas facetas y expresiones, es sólo un pálido reflejo que trasciende a sí mismo para elevar a Dios.


¡La belleza es necesaria!

¡La belleza nos humaniza!

¡La belleza nos eleva!

¡La belleza -artística- nos habla de la Belleza -que es Dios-!

¿Qué nos ofrece la teología, la misma Iglesia hoy? La "via pulchritudinis", o sea, el camino de la belleza.

"Queridos amigos, dejemos que estos frescos nos hablen hoy, atrayéndonos hacia la meta última de la historia humana. El Juicio universal, que podéis ver majestuoso a mis espaldas, recuerda que la historia de la humanidad es movimiento y ascensión, es tensión inexhausta hacia la plenitud, hacia la felicidad última, hacia un horizonte que siempre supera el presente mientras lo cruza. Pero con su dramatismo, este fresco también nos pone a la vista el peligro de la caída definitiva del hombre, una amenaza que se cierne sobre la humanidad cuando se deja seducir por las fuerzas del mal. El fresco lanza un fuerte grito profético contra el mal, contra toda forma de injusticia. Sin embargo, para los creyentes Cristo resucitado es el camino, la verdad y la vida; para quien lo sigue fielmente es la puerta que introduce en el "cara a cara", en la visión de Dios de la que brota ya sin limitaciones la felicidad plena y definitiva. Miguel Ángel ofrece así a nuestra vista el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de la historia, y nos invita a recorrer con alegría, valentía y esperanza el itinerario de la vida. Así pues, la dramática belleza de la pintura de Miguel Ángel, con sus colores y sus formas, se hace anuncio de esperanza, invitación apremiante a elevar la mirada hacia el horizonte último. 

sábado, 14 de julio de 2018

Iglesia, belleza, artistas (V)

Rememorando el encuentro de Pablo VI con los artistas en la capilla Sixtina, y el precioso discurso pronunciado por aquel gran Papa, Benedicto XVI en 2009 volvió a convocar a los artistas en el mismo lugar y pronunció otro discurso, hondo, teológico, sobre la belleza, el arte, y la Iglesia misma.

Al releerlo, lo primero es la admiración ante unas palabras tan bellas, de tan largo alcance. Parecería un tema menor acostumbrados al activismo y a la salvaje creatividad pastoral, algo que no es urgente. Y sin embargo, hablar de la belleza es ir a la esencia de la vida humana y del Misterio mismo de Dios.


Sigamos los planteamientos de Benedicto XVI y entremos en la consideración de la Belleza misma.


"Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres artistas;
señoras y señores:

Con gran alegría os acojo en este lugar solemne y rico de arte y de recuerdos. A todos y cada uno dirijo mi cordial saludo, y os agradezco que hayáis aceptado mi invitación. Con este encuentro deseo expresar y renovar la amistad de la Iglesia con el mundo del arte, una amistad consolidada en el tiempo, puesto que el cristianismo, desde sus orígenes, ha comprendido bien el valor de las artes y ha utilizado sabiamente sus multiformes lenguajes para comunicar su mensaje inmutable de salvación. Es preciso promover y sostener continuamente esta amistad, para que sea auténtica y fecunda, adecuada a los tiempos y tenga en cuenta las situaciones y los cambios sociales y culturales. Este es el motivo de nuestra cita. 

jueves, 28 de junio de 2018

Iglesia, belleza, artistas (IV)

Pablo VI continúa el discurso recordando los principios que, sobre el arte sacro, formuló el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium.

La Iglesia quiere empeñarse en el cultivo y fomento del arte sacro para la gloria de Dios y para el culto divino. Esos mismos principios son orientadores para los artistas.


El arte verdadero posee la cualidad de la belleza, es decir, inspiración y santidad que acercan al Misterio. Es necesaria la técnica, la buena técnica artística, pero también un principio superior: la espiritualidad.

Así concluye este discurso programático de una relación necesaria entre la Iglesia y los artistas, ambos cultivadores de la Belleza auténtica.




"Nosotros, por nuestra parte, nosotros el Papa, nosotros Iglesia, hemos firmado ya un gran capítulo de la nueva alianza con el artista. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia, primer documento promulgado por el Concilio Ecuménico Vaticano, tiene una página -espero que la conozcáis- que es, justamente, el pacto de reconciliación y de renacimiento del arte religiosa, en el seno de la Iglesia católica. Repito, nuestro pacto está firmado. Espera de vosotros su refrendo.

Por ahora, por tanto, nos limitamos a algunas indicaciones muy elementales, pero que no os desagradarán.

La primera es ésta: que nos felicitamos de esta Misa del artista y damos las gracias a Monseñor Francia. A él y a todos aquellos que han colaborado y han aceptado su formulación. Hemos visto nacer esta iniciativa, hemos visto su acogida, en primer lugar, por parte de nuestro venerado predecesor el Papa Pío XII, que comenzó a abrirle camino y derecho de ciudadanía en la vida eclesiástica, en la oración de la Iglesia; y por eso nos congratulamos de todo lo avanzado en este terreno, que no es el único, pero que es bueno y se debe seguir. Lo bendecimos y alentamos. Quisiéramos que os llevarais, para todos vuestros colegas y discípulos, nuestra Bendición para este experimento de vida religiosa-artística que una vez más ha hecho percibir que entre el sacerdote y el artista hay una profunda simpatía y una maravillosa capacidad de entendimiento.

martes, 29 de mayo de 2018

Iglesia, belleza, artistas (III)

Las relaciones entre la Iglesia y el arte, o entre la Iglesia y los artistas, no siempre han sido fáciles, ni cercanas, ni afectuosas. Y sin embargo, ambos se reclaman, se necesitan, se apoyan.

Ambas partes han cometido sus errores como para distanciarse pero sin enemistarse.


Llegamos aquí al núcleo y corazón de este discurso, elegantemente escrito -dicho sea de paso- y de vigencia hoy, con actualidad constante.

Cuando se refiere a la parte de error cometida por la Iglesia, no podremos menos que asentir al ver cómo hemos preferido obras vulgares, baratas, renunciando al arte verdadero. Se podría decir que en muchas facetas, hemos preferido lo populista, lleno de feísmo, antes que el arte. Ha faltado sensibilidad. Ha faltado cuidado.


"Por tanto, hemos sido siempre amigos. Pero, como sucede entre parientes, como pasa entre amigos, la relación se ha deteriorado un poco. No hemos roto, pero hemos contrariado nuestra amistad. ¿Me permitís una palabra sincera? Vosotros nos habéis abandonado un poco, os habéis alejado, para ir a beber a otras fuentes, si bien con el legítimo deseo de expresar otras cosas; pero ciertamente no las nuestras.

Tendríamos otras observaciones que hacer, pero no queremos en esta mañana incomodaros y resultar descorteses. Sabéis que llevamos una cierta herida en el corazón, cuando os vemos volcados en ciertas expresiones artísticas que nos ofenden a nosotros, tutores de la entera humanidad, de la definición completa del hombre, de su salud integral, de su estabilidad. Vosotros separáis el arte de la vida, y entonces... 

miércoles, 9 de mayo de 2018

Iglesia, belleza, artistas (II)

Continúa el discurso de Pablo VI a los artistas, reconociendo cómo la Iglesia los necesita, necesita el arte y la belleza, y para ello hay razones poderosas.

¿Cuáles?

¿Por qué?




"¿Hemos de decir la gran palabra que por otra parte ya conocéis? Tenemos necesidad de vosotros.

Nuestro ministerio tiene necesidad de vuestra colaboración. Porque, como sabéis, nuestro ministerio consiste en predicar y hacer accesible y comprensible, es más, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. ¡Y en esta operación, que trasvasa el mundo invisible en fórmulas accesibles, inteligibles, vosotros sois maestros! 

Es vuestro trabajo, vuestra misión; y vuestro arte consiste precisamente en arrebatar del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabra, de colores, de formas y accesibilidad. Y no sólo una accesibilidad como la del maestro de lógica o matemática, que hace, sí, comprensibles los tesoros del mundo inaccesible a las facultades cognoscitivas de los sentidos y a nuestra inmediata percepción de las cosas. 

Vosotros tenéis también la prerrogativa de, en el acto mismo en que hacéis accesible y comprensible el mundo del espíritu, conservar su inefabilidad, el sentido de su trascendencia, su halo de misterio, esta necesidad de alcanzarlo en la facilidad y en el esfuerzo al mismo tiempo.

miércoles, 18 de abril de 2018

Iglesia, belleza, artistas

Sin necesidad de muchas glosas ni explicaciones, vamos a ir leyendo en varias catequesis dos discursos magistrales, sublimes, que con el tiempo se han convertido en lugar obligado y referente para entender la relación entre la Iglesia y la belleza, entre la Iglesia y los artistas.


Estos dos discursos son los pronunciados por Pablo VI en 1964 y el de Benedicto XVI en 2009. Ofrecen una relación teológica y pastoral entre la Iglesia y la belleza misma, que es una cualidad de Dios mismo (¡Dios es Hermosura siempre antigua y siempre nueva!) y por tanto la relación delicada de la Iglesia con el arte en todas sus expresiones, desechando el feísmo, el mal gusto, la copia, la baja calidad.

Entre todos, en los comentarios, iremos viendo los discursos y sacando las consecuencias. 

Disfrutemos leyéndolos.



"¡Queridos Señores e Hijos aún más queridos!

Nos apremia, antes de este breve coloquio, alejar de vuestro ánimo la posible aprensión o turbación fácilmente comprensible en quien se encuentra, en una ocasión como ésta, en la Capilla Sixtina. Quizá no exista un lugar que haga pensar y temblar más que éste, que infunda más embarazo y al mismo tiempo que excite más los sentimientos del alma. Pues bien, precisamente vosotros, artistas, debéis ser los primeros en apartar del alma el instintivo titubeo que nace al penetrar en este cenáculo de historia, arte, religión, destinos humanos, recuerdos, presagios. ¿Por qué? Pues porque éste es, precisamente y ante todo, un cenáculo para artistas, un cenáculo de artistas. Y por tanto deberéis en este momento dejar que la magnitud de las emociones, los recuerdos, la exultación -que un templo como éste puede provocar en el alma- invada libremente vuestros espíritus.

sábado, 18 de febrero de 2017

La belleza auténtica (Palabras sobre la santidad - XXXV)

Cuando vienen modas o ideologías, que subrayan con fuerza un esteticismo que busca sólo la belleza formal, exterior, identificada además con una estética concreta y única, la barroca, hablar de belleza podría parecer que carece de sentido. Pero es que la belleza nunca se identifica con el esteticismo.


El esteticismo se detiene únicamente en las formas, y no accede a la Verdad de las cosas, de los elementos y de la realidad. Aunque lo sublime y quiera trascender, el esteticismo se agota en sí mismo, atándose a unas formas, un contenido formal de alguna época histórica, y fuera de él, de ese estilo único y concreto, todo lo halla vulgar, vacío, irreligioso. Pero el esteticismo no es la belleza.

La belleza es cualidad de Dios; aquello que fascina, atrae la vista, causa impacto reflejando la Verdad, mostrándola de manera sugerente. Dios es la Belleza misma y de su Belleza participan todas las demás cosas, todos los demás seres... y participan de modo especialísimo los santos. En efecto, éstos han sido iluminados y transfigurados que su propia existencia se convierte en bella con una belleza participada.
 

jueves, 22 de octubre de 2015

La belleza de la santidad (Palabras sobre la santidad - XX)

La belleza que se puede contemplar en el orden de lo creado, refleja la Belleza del Sumo Artista, Dios; más aún, le refleja a Él mismo, que es la Belleza absoluta y plena.


Una existencia humana, plena, como la de los santos, es una existencia belleza en sí misma, que atrae y seduce, que provoca admiración y el deseo de ser transfigurados por esa misma belleza.

Los santos son una obra de la Belleza de Dios que han sido transformados en su Hermosura. Descubrieron a Cristo, amaron a Cristo, y comenzaron una vida plena de belleza. Lo humano en los santos, fue vivificado por Dios, transparentando la Belleza divina.

viernes, 25 de abril de 2014

Arte y belleza

Sugerente discurso del papa Benedicto XVI; también un interrogante ante lo que se vive hoy, donde la Belleza es proscrita, se sustituye por un arte de consumo y en la Iglesia misma, más que la Belleza, se ve una disgregación: esteticismo en las formas, desconfianza del arte... o mal gusto, simplemente.


"Nuestro encuentro de hoy, en el que tengo la alegría y la curiosidad de admirar vuestras obras, quiere ser una nueva etapa de ese recorrido de amistad y de diálogo que emprendimos el 21 de noviembre de 2009, en la Capilla Sixtina, un acontecimiento que llevo aún impreso en el alma. 

La Iglesia y los artistas vuelven a encontrarse, a hablarse, a apoyar la necesidad de un coloquio que quiere y debe llegar a ser cada vez más intenso y articulado, también para ofrecer a la cultura, es más, a las culturas de nuestro tiempo, un ejemplo elocuente de diálogo fecundo y eficaz, orientado a hacer este mundo nuestro más humano y más bello. Vosotros hoy me presentáis el fruto de vuestra creatividad, de vuestra reflexión, de vuestro talento, expresiones de los diversos ámbitos artísticos que representáis aquí: pintura, escultura, arquitectura, orfebrería, fotografía, cine, música, literatura y poesía. Antes de admirarlas junto a vosotros, permitidme que me detenga solo un momento en el sugerente título de esta Exposición: "El esplendor de la verdad, la belleza de la caridad”. 

martes, 24 de septiembre de 2013

La vía del mal gusto

Cuando tanto hablamos de belleza y de la "via pulchritudinis", debemos darnos cuenta de que la realidad que hoy se impone es el feísmo, las cosas utilitarias, o "la vía del mal gusto". Es una estética reinante fea, que va unida al rechazo a la Verdad y al Bien. Lo que es Bello en sí mismo sí va unido a la Verdad y al Bien.

Sociedad y cultura actuales han privilegiado ese "mal gusto"; la Iglesia, hija de su tiempo, con hombres que son hijos de su tiempo, ha asumido demasiado ese camino de fealdad en su música, en sus cantos, en sus "obras artísticas" (si pueden llamarse así) y en sus edificios. Aun cuando a veces esa banalidad en las formas y en los contenidos se justifiquen por la palabra talismán "pastoral", la pastoral auténtica sabe privilegiar los caminos de la belleza como vía de acceso y de comunicación del Misterio.

La Iglesia siempre se ha mostrado amiga del arte verdadero, pero no se identifica con estilo artístico ninguno, no reconoce ninguno como propio y exclusivo. Se adapta a la cultura de cada época, de regiones distintas, a condición de que sea belleza verdadera. Sería una contradicción construir hoy y celebrar hoy con el paradigma del "barroco" como único estilo bello y eclesial o la reproducción de lo bizantino como único arte y expresión evangelizadora; y tampoco sería verdadero y bello asumir acríticamente la música actual y la arquitectura actual, secularizando la belleza y el sentido del Misterio de Dios dándose.

Recordemos qué dice el Concilio Vaticano II.

Primero la "dignidad del arte sagrado" (obsérvese la palabra "dignidad" ):

"Entre las actividades más nobles del ingenio humano se cuentan, con razón, las bellas artes, principalmente el arte religioso y su cumbre, que es el arte sacro.

martes, 7 de agosto de 2012

Cristo, el más bello de los hombres (la Belleza de Dios)

Cuando cantamos el precioso salmo 44, entramos en la hondura de la verdadera belleza. Entonamos y salmodiamos diciendo:

"Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente".



La mayor belleza -el supremo pulchrum- es Cristo encarnado, crucificado y resucitado. Él es la Hermosura sin igual, la Belleza misma de Dios manifestada y que con su fulgor, despierta en nosotros el ansia y el deseo de la verdadera belleza.

Al cantar este salmo miramos a Cristo y fijamos los ojos en Él en una contemplación de amor. Descubrimos su Belleza que nos hiere y seduce, y dejamos que caigan las estéticas vacías y falsas, el esteticismo y el feísmo reinante (fruto de una cultura agonizante). La Gloria de Dios se manifiesta y desvela en la Belleza del Señor Jesucristo.

Hermoso es Cristo, Cristo es la Belleza misma que supera y trasciende toda belleza. Y así, con san Juan de Ávila, próximo doctor de la Iglesia (a quien iremos conociendo mejor), confesamos:


martes, 13 de diciembre de 2011

Via pulchritudinis, el camino de la belleza

No oculto que es éste un tema apasionante y muy querido. El camino de la belleza es camino de acceso al Misterio de Dios. No solamente la Verdad, ni solamente el Bien, sino el pulchrum, la belleza, siempre unida a la Verdad y al Bien engendrando unidad y no división.


El camino de la belleza incluye y afecta a la fe cristiana, a su experiencia, a la búsqueda de Dios, a la espiritualidad, a la oración y a la liturgia misma. Es un método, una forma. Y su máximo representante es el teólogo suizo Von Balthasar, amigo de Ratzinger, al cual ya como Papa, citará:

Se habla, en este contexto, de una via pulchritudinis, un camino de la belleza que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico, estético, y un itinerario de fe, de búsqueda teológica. El teólogo Hans Urs von Balthasar abre su gran obra titulada "Gloria", una estética teológica con estas sugestivas expresiones: "Nuestra palabra inicial se llama belleza. La belleza es la última palabra que el intelecto pensante puede atreverse a pronunciar, porque ella no hace otra cosa que coronar, cual aureola de esplendor inalcanzable, el doble astro de lo verdadero y del bien y su indisoluble relación". Después observa: "esa es la belleza desinteresada sin la cual el viejo mundo era incapaz de entenderse, pero que se ha apartado de puntillas del moderno mundo de los intereses, para abandonarlo a su oscuridad, a su tristeza. Esa es la belleza que ya no es amada y custodiada ni siquiera por la religión". Y concluye: "Quien, en su nombre, crispa los labios en una sonrisa, juzgándola como el juguete exótico de un burgués, de éste se puede estar seguro que --secreta o abiertamente-- no es capaz de rezar y, pronto, ni siquiera de amar".

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La Belleza sin más

La Belleza orienta al hombre a Dios, y toda verdadera Belleza suscita en el hombre la contemplación o fruición que diría San Agustín, deseando abrazar al Autor de toda Belleza.


La Belleza abre una ventana al hombre para que mire al infinito. Si aplicáramos este criterio como criterio de discernimiento a todo, tendríamos elementos de juicio más que suficientes para distinguir la Belleza tanto del feísmo reinante como del esteticismo encerrado en sí mismo; criterios para juzgar si una película es bella o no, si una música posee belleza o es mero ruido, si un lienzo es bello o son simples trazos, e incluso si una liturgia es Belleza o es esteticismo puro y duro.

La belleza, desde la que se manifiesta en el cosmos y en la naturaleza hasta la que se expresa a través de las creaciones artísticas, a causa de su característica de abrir y ampliar los horizontes de la conciencia humana, de llevarla más allá de sí misma, de asomarla al abismo de lo infinito, puede convertirse en un camino hacia lo trascendente, hacia el misterio último, hacia Dios.

El arte, en todas sus expresiones, en el momento en el que se confronta con las grandes interrogantes de la existencia, con los temas fundamentales de los cuales deriva el sentido de vivir, puede asumir una validez religiosa y transformarse en un recorrido de profunda reflexión interior y de espiritualidad.

Esta afinidad, esta sintonía entre camino de fe e itinerario artístico, se confirma en un incalculable número de obras de arte que tienen como protagonistas los personajes, las historias, los símbolos de aquel inmenso depósito de "figuras" --en sentido amplio-- que es la Biblia, la Sagrada Escritura. Las grandes narraciones bíblicas, los temas, las imágenes, las parábolas han inspirado innumerables obras maestras en cada sector de las artes, así como también, han hablado al corazón de cada generación de creyentes mediante obras de artesanía y de arte local, no menos elocuentes y conmovedoras (Benedicto XVI, Discurso a los artistas, 21-noviembre-2009).

viernes, 11 de noviembre de 2011

Reflexiones sobre la belleza (saquen las conclusiones)

Si hay una crisis de belleza, es porque hay una crisis de Verdad. Negando u ocultando ésta, para sustituirla por el relativismo (no hay Verdad, todo da igual, cada  uno su opinión) o por el subjetivismo (lo importante y la Verdad es lo que cada uno sienta), la belleza poco tiene que transmitir o comunicar o elevar. Sin la Verdad, no hay Belleza.

En general, esta crisis de belleza muestra a las claras esta crisis de la Verdad. Lo que se produce no es arte verdadero -ya lo reseñamos- sino bienes de consumo que entretienen, o que alienan haciendo no pensar ni elevarse ni siquiera mostando lo más noble del hombre, sino lo más bajo, lo más instintivo, lo más pasional.

Más aún, con esta crisis de la belleza (repitamos, porque es crisis de Verdad) se ha introducido de nuevo el "esteticismo" como reacción opuesta; lo único que importa es que sea todo "bonito" sin atender a más exigencias, ni a su contenido, ni a su verdad. Es el esteticismo que mira que las formas sean perfectas, cuidadas, simétricas, reproduciendo las formas estéticas de épocas pasadas y aferrándose sólo y exclusivamente a estas formas. Es la perversión: convertir la estética en esteticismo (si lo aplicamos a la liturgia, el esteticismo se fija sólo en los candelabros, en muchos bordados, en encajes y puntillas, buscando una gran "puesta en escena", aunque ni se participe, ni se cante, ni el sacerdote recite con unción los textos eucológicos, sino que los fieles permanezcan en silencio contemplando el espectáculo). Ante esto -crisis de la belleza, feísmo y esteticismo- decía Benedicto XVI:

sábado, 5 de noviembre de 2011

Cualquier tiempo pasado no fue mejor

Causa sorpresa ver cómo a veces se idealiza el pasado y se denigra el presente, de manera especial, en lo referente a la liturgia. Con una mirada sesgada y parcial, tal vez en determinados momentos llena de ideología, se afirma cómo antes de la reforma litúrgica en las iglesias el culto era piadoso, cuidado, lleno de unción, reverencia, decoro, solemnidad, espiritualidad altísima. Se idealiza el pasado, tal vez porque no se ha vivido, y se quiere negar la validez de la reforma litúrgica, sus intuiciones y su necesidad, diciendo que la liturgia con dicha reforma se ha desacralizado, se ha vuelto irreverente, le falta decoro, se pierde la solemnidad, etc., etc., etc.


Son discursos muy manidos que de vez en cuando afloran con mucho auge. Les falta el equilibrio racional, la prudencia en el discernimiento, para ver que antes no todo era bueno ni ahora todo es malo y que se puede comprobar que en todas las épocas hay luces y sombras al mismo tiempo, por lo que nada se puede absolutizar. Sí, nada se puede absolutizar: ni la liturgia vivida antes ni tampoco se puede absolutizar la reforma litúrgica, su aplicación o el modo de vivir la liturgia hoy.

La falta de finura con el Señor, la poca sensibilidad en el trato con lo divino, el mal gusto o la dejadez se han dado, con mayor o menor extensión, en muchas personas de distintas épocas. Y si hoy desgraciadamente se da, y habrá que corregirlo, esto no es un fenómeno nuevo achacable a la liturgia misma sino al pecado de dejadez y desidia de los hombres. Pero nada nuevo bajo el sol: también se daba antes de la reforma litúrgica, en esa época que hoy algunos trazan con rasgos de "edad de oro" soñada, con ciertas dosis de nostalgia.