4. Liturgia, belleza, arte sacro
La Iglesia siempre, por amor
al Señor, se esmeró en el culto divino, buscando que estuviese lleno de belleza
y, por tanto, cuidó el arte sacro al servicio de la liturgia. Hoy el hombre, en
cierto sentido, se salvará por la belleza –en frase de Dostoievski citada por
el Magisterio-.
Ya
las mismas iglesias permiten el tránsito de la ciudad secular, del mundo y sus
actividades, hasta el ámbito del encuentro con Dios. La arquitectura del templo
dirige la mirada al ábside, al santuario, al lugar santo del altar, ya sea por
arcos, naves, una gran cruz o el inmenso retablo. Los cuadros, las imágenes,
etc., nos adentran en el mundo de lo invisible, en la Comunión de los santos y
en la presencia de Dios. Disponen el espíritu para la acción divina en la
liturgia. Es una belleza que fascina. Y esto se extiende, como antes
afirmábamos, a todos los elementos del culto litúrgico: los vasos sagrados, las
vestiduras litúrgicas, la disposición del presbiterio, la música litúrgica,
etc.
Pero,
¿el cuidado de la belleza, potenciar el arte sacro, no está pasado de moda? ¿Es
algo hoy innecesario?













