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jueves, 21 de julio de 2011

Dios se hace Compañía

 "Yo soy el que soy", "Yo soy el que estoy".

Un aspecto de ese Nombre Santo (Ex 3) sería el aspecto existencial que se marca al señalar que su Nombre indica una Presencia, una Compañía que es salvadora. “Yo soy el que estoy”, no es ausente, sino presente; no es lejano, sino cercano; no indiferente, sino implicado en el peregrinar del hombre. A Moisés se le indica esta Compañía de Dios, “soy el que estoy contigo”, y vas a librar al pueblo porque yo estaré siempre contigo. “Este “estar contigo”, visto desde abajo, desde el hombre, es una garantía de éxito y una fortaleza inexpugnable. “Yo estoy contigo” es la frase más escueta que se pueda imaginar; un verbo nada más, casi sin cópula; es un sujeto y un predicado escueto. Aquí nos encontramos con estoy, en vez de soy. El Dios omnipotente y sabio no hace valer un soy, sino un estoy contigo. Ahí se encuentra todo. No se puede decir más con menos. ¿Qué puede temer el hombre que siente la presencia de Dios con él? Puede salir con ánimo a cumplir la misión más arriesgada. La misma frase significa de parte de Dios: Soy yo quien va a librar al pueblo, pero lo voy a librar estando contigo, sin necesidad de desbancarte ni desplazarte a ti de la historia. Yo voy a bajar y liberar estando contigo. Esta es la doble dimensión fecunda de una frase que va a repetirse reiteradamente” (Shökel).

Esta Presencia y Compañía de Dios marcarán la vida de Israel y llegarán a su plena expresión al encarnarse el Verbo y ser el “Dios con nosotros”, ser “Dios salva”. “Por eso Cristo es el verdadero Moisés, la culminación de la revelación del nombre. No trae una nueva palabra como nombre; hace algo más: él mismo es el rostro de Dios, la invocabilidad de Dios en cuanto tú, en cuanto persona, en cuanto corazón. El nombre propio de Jesús lleva hasta el final el enigmático nombre de la zarza; ahora es evidente que Dios no lo había dicho todo aún, sino que había interrumpido provisionalmente su locución. Pues el nombre de Jesús contiene la palabra Yahvé en su composición hebrea y añade a ella algo más: Dios salva. Yo soy el que soy, se convierte ahora, por propia iniciativa, en Yo soy el que os salva. Su ser es salvar” (Ratzinger, El Dios de los cristianos, pp. 23-24).

Mientras llena la plenitud con Cristo, Dios se revela en la zarza como cercano, los guiará como columna de fuego por el éxodo, se hará presente en el Sinaí sellando una Alianza imagen de la Alianza nueva y eterna, desciende con su shekiná en la tienda del encuentro y su Gloria llenará el Templo. ¡Dios está con su pueblo! “¡El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob!” (Sal 45).

lunes, 31 de agosto de 2009

Venid y veréis: la alegría del primer encuentro con Cristo


Un pasaje paradigmático, que se repite en tantas existencias, es el encuentro primero con el Señor. Juan y Andrés seguían a Cristo de lejos. Primera pregunta: ¿Qué buscáis? ¡Casi nada! ¿Qué busca el corazón? ¡El corazón busca la Verdad, busca aquello para lo que ha sido creado, busca la respuesta a la exigencia más honda de su corazón, la sed! "Venid y veréis". Realizaron la experiencia de estar con Cristo, dejar que Él hablara y que sus corazones empezaran a vislumbrar con estupor que Aquél con quien estaban pronunciaba palabras que correspondía a la verdad de su vida y a la sed de su corazón. Se sintieron amados como nunca antes. Y aquel encuentro les cambió la vida.

"La belleza de este tiempo está en el hecho de que nos invita a vivir nuestra vida ordinaria como un itinerario de santidad, es decir, de fe y de amistad con Jesús, continuamente descubierto y redescubierto como Maestro y Señor, camino, verdad y vida del hombre. Es lo que nos sugiere, en la liturgia de hoy, el evangelio de san Juan, presentándonos el primer encuentro entre Jesús y algunos de los que se convertirían en sus apóstoles. Eran discípulos de Juan Bautista, y fue precisamente él quien los dirigió a Jesús, cuando, después del bautismo en el Jordán, lo señaló como "el Cordero de Dios" (Jn 1, 36). Entonces, dos de sus discípulos siguieron al Mesías, el cual les preguntó: "¿Qué buscáis?". Los dos le preguntaron: "Maestro, ¿dónde vives?". Y Jesús les respondió: "Venid y lo veréis", es decir, los invitó a seguirlo y a estar un poco con él. Quedaron tan impresionados durante las pocas horas transcurridas con Jesús, que inmediatamente uno de ellos, Andrés, habló de él a su hermano Simón, diciéndole: "Hemos encontrado al Mesías". He aquí dos palabras singularmente significativas: "buscar" y "encontrar".

Podemos considerar estos dos verbos de la página evangélica de hoy y sacar una indicación fundamental para el nuevo año, que queremos que sea un tiempo para renovar nuestro camino espiritual con Jesús, con la alegría de buscarlo y encontrarlo incesantemente. En efecto, la alegría más auténtica está en la relación con él, encontrado, seguido, conocido y amado, gracias a una continua tensión de la mente y del corazón. Ser discípulo de Cristo: esto basta al cristiano. La amistad con el Maestro proporciona al alma paz profunda y serenidad incluso en los momentos oscuros y en las pruebas más arduas. Cuando la fe afronta noches oscuras, en las que no se "siente" y no se "ve" la presencia de Dios, la amistad de Jesús garantiza que, en realidad, nada puede separarnos de su amor (cf. Rm 8, 39).

Buscar y encontrar a Cristo, manantial inagotable de verdad y de vida: la palabra de Dios nos invita a reanudar, al inicio de un nuevo año, este camino de fe que nunca concluye. "Maestro, ¿dónde vives?", preguntamos también nosotros a Jesús, y él nos responde: "Venid y lo veréis".
Para el creyente es siempre una búsqueda incesante y un nuevo descubrimiento, porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, pero nosotros, el mundo, la historia, no somos nunca los mismos, y él viene a nuestro encuentro para donarnos su comunión y la plenitud de la vida" (Benedicto XVI, Ángelus, 15-enero-2006).

La gracia de ese encuentro inicial se sigue repitiendo hoy.




sábado, 29 de agosto de 2009

De cómo el Evangelio se cumple: casas, hermanos, tierras...


Las palabras del Evangelio se cumplen siempre –¡Dios es Fiel!- y de un modo u otro, más tarde o más temprano, vemos cómo se realizan. Y nos sorprende Dios, siempre nos sorprende.

Cristo, a aquellos a los que invitaba a seguir, les anunciaba: “Os aseguro que todo aquel que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras por mí y por la Buena Noticia, recibirá en el tiempo presente cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, aunque junto con persecuciones, y en el mundo futuro la vida eterna” (Mc 10,29-30). Esta promesa sigue vigente, es palpable.

He estado unos días en mi antigua parroquia, donde fui tremendamente feliz, en la que se hizo, gracias al equipo sacerdotal, una tarea grande en lo material y en lo espiritual –pero lógicamente requiere tiempo para que se consolide: catequesis de adultos, retiros parroquiales, retiros de padres, vigilias de oración, canto de Vísperas dominicales, etc...-, y tampoco faltaron las “persecuciones” de quienes creen que ya lo conocen todo, lo saben todo, con el “siempre se ha hecho así” (anteponen sus costumbres al mandamiento de Dios) y vivían en una versión moderna del “clericalismo” pero en su versión seglar.

Cuando he estado allí, el Señor ha puesto por delante casas, hermanos, familia; un hogar y una familia que recibe, la mesa puesta, la experiencia común de vida cristiana compartida, los momentos de comunión con unos y otros y entre todos, y los pequeños momentos en que visité el Sagrario de la parroquia, donde tantas horas estuve, y la Santa Misa en la parroquia donde se recibe el afecto sincero y cortés a un tiempo, con la conciencia de pertenecer únicamente a Jesucristo y a su Iglesia, no a éste o aquél sacerdote, pero con gratitud a quien ejerció el ministerio con ellos y para ellos La fe genera un sentido de pertenencia a la Iglesia y suscita la familiaridad, es decir, el ser y vivir como familia con unos lazos, los de la fe, que cuántas y cuántas veces son superiores a los lazos de la carne y de la sangre. ¡Qué a gusto se está así, entre ellos! Podían compartir la fe y el afecto personas de distinta formación, edad, espiritualidad, vocación y apostolado, porque nacía una Compañía de la Presencia de Cristo. ¡Y esto es hermoso, vale la pena disfrutarlo! Es una amistad que surge del reconocimiento de Cristo, y no de grupos cerrados, de afectividades inmaduras en torno a un líder, o de dependencias extrañas; era libertad de espíritu, era amistad diáfana, era Cristo en el centro de todo.

¡Qué buenos días he pasado! ¡Qué hermosa es la Iglesia que potencia lo humano, acrecienta la amistad, refuerza los vínculos con el Señor y entre nosotros!

Gracias por los días que he pasado con vosotros. Sed siempre fieles a Cristo, amad a la Iglesia, acrecentad vuestra vocación a la santidad... ¡ah!, y sed fermentos en el mundo.


domingo, 26 de julio de 2009

Santiago Apóstol o la pedagogía que usa Cristo (II)


Junto a su hermano Juan y a Pedro, Santiago era miembro del grupo más íntimo de Jesús. Esa cercanía le permitió entrar más en el Corazón insondable del Salvador, que lo iba cautivando. Los tres años de ministerio público de Jesús fueron la mejor escuela para educar a Santiago. Cristo desarrolló con él su pedagogía divina. Santiago ve resucitar a la hija de Jairo (Mc 5,37) como un privilegiado en el reducido recinto (¡su Maestro era capaz de devolver la vida! –qué orgulloso se sentiría-), Santiago, que con los demás se había escandalizado del anuncio de la Pasión, asiste lleno de estupor a la Transfiguración, la divinidad sin velos de Jesús, el anticipo de la resurrección. Descubre que en Jesús hay algo más que un ser excepcional: es la Presencia de Dios mismo. Cristo tenía que vencer, con amorosa pedagogía, las resistencias interiores de Santiago y reeducarlas en otra dirección. El ímpetu del fuego, el carácter fuerte que demuestra ante la aldea samaritana será encauzado por Cristo para tener el ímpetu del apóstol, conociendo de qué espíritu es: ¡llegará hasta Hispania, hasta el Finisterre, para anunciar al Resucitado! Entra en escena la madre, impulsiva, sin reparos humanos, sin mirar cuánta gente hay delante. ¡Ya vemos de dónde le viene el carácter a los hijos de tal madre! Pide el puesto a la derecha y a la izquierda en el Reino de Cristo. Probablemente, Santiago y Juan no se atrevieron a pedir por las claras los puestos de importancia, pero empujaron a la madre a realizarlo (o ésta se lanzó sola). Cristo se dirige no a la madre, sino a los hermanos. Palabras misteriosas. “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” La ambición de Santiago va a ser transformada. Cristo los estimula a su imitación, compartiendo con Él el cáliz de la pasión. “Podemos”. Lo bebió. Tras predicar en España y volver a Jerusalén, sufrirá –el primer apóstol- la Pasión. Cristo es modelo de educador. “El Pedagogo es educador práctico, no teórico; el fin que se propone es el mejoramiento del alma, no la instrucción; es guía de una vida virtuosa, no de una vida erudita” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo 1,1,4). Su Presencia, su Compañía, son determinantes, y nadie que trate con Cristo permanece indiferente. Con Él todo es nuevo, y así brota una nueva personalidad. El ejemplo, Santiago: finalmente su única ambición fue extender el Reino, y su impulso fue predicar... ¡hasta beber el cáliz, dando la vida por Cristo!


sábado, 25 de julio de 2009

Santiago Apóstol o la pedagogía que usa Cristo (I)


La Compañía y la Presencia de Cristo son transformadoras de la vida. Quien se une al Señor y le sigue, va siendo transformado poco a poco, casi sin que se dé cuenta. Es lo humano –la personalidad, la mentalidad, los afectos, la sensibilidad...- que queda educado por Cristo. La totalidad de la persona es afectada por la Presencia de Cristo. Ya no se es lo mismo: ¡surge algo nuevo!, una personalidad cristiana.

Santiago Apostól. Conocemos dos rasgos de él: era generoso, pero impulsivo y de carácter fuerte. Generoso, porque no dudó en seguir a Cristo a su invitación; impulsivo, porque Jesús -¡qué le gustaba poner apodos!, ¡qué fino humor!- lo llamaba cariñosamente “Hijo del Trueno” (con su hermano Juan) ya que en un arrebato quería que bajase fuego del cielo y devorase a la aldea samaritana que no quiso recibir a Jesús (Lc 9,54-55). Éste era el material humano... ¡y cómo lo transformó Cristo!

Santiago trabajaba con su hermano Juan en el “negocio” familiar de su padre Zebedeo junto a los jornaleros: pescar, volver a la orilla, clasificar el pescado, repasar las redes. Pasa Jesús, y a una palabra, lo dejan todo para lanzarse a lo desconocido: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Cristo dejó impactado a Santiago. No dudó (Mt 4,21-22). En Cristo su mirada, su voz, su Presencia, denotaban algo singular y único excepcional. Se produjo la gracia del encuentro que Santiago guardará como un tesoro. ¡Éste sí que es Único!, ¡Éste sí que responde a mi corazón, a sus exigencias más profundas de Verdad!

Escuchaba a Cristo predicar, cuando desgranaba los secretos del Reino, cuando los iniciaba con parábolas y a los apóstoles les enseñaba abiertamente en privado; palabras que seducían el corazón, aunque no se captasen de golpe su profundidad. Es la tarea de un maestro: volver sobre un tema una y otra vez, con suavidad, con distintos modos de acercamiento, despertando el interés y la curiosidad. Cristo corregía a sus apóstoles cuando era necesario, rompiendo sus seguridades humanas, enseñándoles a mirar la realidad con otra perspectiva. Asimismo, compartir la vida de Cristo: su oración, sus curaciones, sus encuentros personales... Todo era educador, todo era pedagogía divina.