lunes, 31 de diciembre de 2012

Cristo nacido, Rey del mundo

Cantad al Señor... El Señor reina sobre las naciones. ¿Quién nos ha nacido? El que lleva a hombros el Principado y es llamado Príncipe de la Paz.

La liturgia canta los salmos reales en la Navidad, en la Misa, en el salmo responsorial y en el oficio de lecturas. Le canta a su Señor porque "el Señor reina, la tierra goza", porque "llega a regir la tierra, regirá el orbe con justicia" y "los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios".

Y constantemente, el salmo 2: "Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy... Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión".

Cristo, nacido, es Rey de todo y de todos, el Señor.
"Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". La Iglesia comienza la liturgia del Noche Santa con estas palabras del Salmo segundo. Ella sabe que estas palabras pertenecían originariamente al rito de la coronación de los reyes de Israel. El rey, que de por sí es un ser humano como los demás hombres, se convierte en "hijo de Dios" mediante la llamada y la toma de posesión de su cargo: es una especie de adopción por parte de Dios, un acto de decisión, por el que confiere a ese hombre una nueva existencia, lo atrae en su propio ser. La lectura tomada del profeta Isaías, que acabamos de escuchar, presenta de manera todavía más clara el mismo proceso en una situación de turbación y amenaza para Israel: "Un hijo se nos ha dado: lleva sobre sus hombros el principado" (9,5). La toma de posesión de la función de rey es como un nuevo nacimiento. Precisamente como recién nacido por decisión personal de Dios, como niño procedente de Dios, el rey constituye una esperanza. El futuro recae sobre sus hombros. Él es el portador de la promesa de paz. En la noche de Belén, esta palabra profética se ha hecho realidad de un modo que habría sido todavía inimaginable en tiempos de Isaías. Sí, ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder. En Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este niño ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad. Para este niño valen los títulos de dignidad que el cántico de coronación de Isaías le atribuye: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz (9,5). Sí, este rey no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo. Él lleva en sí mismo la sabiduría y el consejo de Dios. Precisamente en la debilidad como niño Él es el Dios fuerte, y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios.

domingo, 30 de diciembre de 2012

¡Jesucristo, Jesucristo! (y II)

Jesucristo es único, realmente único, y para quien ha tenido la dicha de ser encontrado por Él, resulta la Presencia más importante y decisiva, el factor que integra y restaura toda su humanidad, todo lo humano.

Su encarnación -y nacimiento- es el Acontecimiento decisivo que tiene que ver, y cuánto, con nuestra vida hasta en sus elementos más sencillos y cotidianos.


Todo, con Él es elevado a la mayor altura posible. Todo es recapitulado en Él (cf. Ef 1,15), su Cabeza, porque todo tiende a Él y encuentra su plenitud en Él, y fuera de Él, todo estaría incompleto.

El deseo del Padre es "recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra" (Ef 1,15) porque Cristo es la Meta y el Centro.

"Vino, por tanto, el Hijo, enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en El todas las cosas (cf. Ef 1,4-5 y 10)" (LG 3).

"El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. El es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos. Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: "Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra" (Eph 1,10)" (GS 45).

sábado, 29 de diciembre de 2012

Cristo, Primogénito

Cristo es el Primogénito. "María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales..."

¿En qué sentido podemos afirmar con propiedad que Él es el primogénito? ¿Hay alguno más tras él?

Benedicto XVI bellamente señala la primogenitura del Salvador:

"María dio a la luz a su hijo primogénito" (Lc 2,7). San Lucas describe con esta frase, sin énfasis alguno, el gran acontecimiento que habían vislumbrado con antelación las palabras proféticas en la historia de Israel. Designa al niño como "primogénito". En el lenguaje que se había ido formando en la Sagrada Escritura de la Antigua Alianza, "primogénito" no significa el primero de otros hijos. "Primogénito" es un título de honor, independientemente de que después sigan o no otros hermanos y hermanas.
Así, en el Libro del Éxodo (Ex 4,22), Dios llama a Israel "mi hijo primogénito", expresando de este modo su elección, su dignidad única, el amor particular de Dios Padre. La Iglesia naciente sabía que esta palabra había recibido una nueva profundidad en Jesús; que en Él se resumen las promesas hechas a Israel.
Así, la Carta a los Hebreos llama a Jesús simplemente "el primogénito", para identificarlo como el Hijo que Dios envía al mundo después de los preparativos en el Antiguo Testamento (cf. Hb 1,5-7). El primogénito pertenece de modo particular a Dios, y por eso -como en muchas religiones- debía ser entregado de manera especial a Dios y ser rescatado mediante un sacrificio sustitutivo, como relata san Lucas en el episodio de la presentación de Jesús en templo. El primogénito pertenece a Dios de modo particular; está destinado al sacrificio, por decirlo así. El destino del primogénito se cumple de modo único en el sacrificio de Jesús en la cruz. Él ofrece en sí mismo la humanidad a Dios, y une al hombre y a Dios de tal modo que Dios sea todo en todos.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Conocer a Jesús un poco más


La siguiente catequesis es muy navideña, lo cual no querrá decir nunca sentimental, sino al hilo de lo que estamos celebrando.
Pablo VI, partiendo de la historia del Belén y de los nacimientos, ofrece una reflexión sencilla y práctica: hemos de conocer a Jesús, hemos de conocerlo mejor, cada día más, un poco mejor.


Jesucristo no se agota en lo poco o en lo mucho que ya sepamos de Él; es tan inefable, tan insondable, su Persona, que siempre habremos de volver, con estudio, con piedad y con fe, a penetrar un poco en su Misterio.

Sí, la Navidad es tiempo de estudio, del estudio nunca acabado de nuestro buen Señor Jesús.


               "El primer biógrafo de San Francisco de Asís, fray Tomás de Celano, en Abruzzo, narra en el capítulo XXX de la primera vida del santo, escrita por él (1228), por orden del Papa Gregorio IX, el origen del Belén, es decir, de la representación escénica del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, según el Evangelio de San Lucas, con la adición convencional del buey y del borriquillo, Isaías (1,3) nos ha dado ocasión y San Ambrosio, con otros, lo recuerda en su expositio Evang. (Luc 2,42; PL 15, 568). Escribe fray Tomás que el supremo propósito de San Francisco era el de observar en todo y siempre el Santo Evangelio. “Especialmente –escribe- la humildad de la Encarnación y la caridad de la Pasión estaban siempre en su memoria, de modo que raramente quería pensar en otra cosa. Se recuerda a este propósito y se celebra con reverencia cuanto él hizo, tres años antes de morir, cerca del pueblo que se llama Greccio, por el día del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo (en 1226). Vivía por aquellos lugares un cierto Juan, de buena fama y de vida mejor, al que el beato Francisco amaba particularmente porque siendo aquél noble y muy estimado, menospreciaba la nobleza de la sangre y ambicionaba tan sólo la nobleza del espíritu. El beato Francisco, como a menudo venía haciendo, casi quince días antes de Navidad lo llamó y le dijo: Si te agrada que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor ve tú delante y prepara lo que te voy a decir. Quiero celebrar la memoria de aquel Niño que nació en Belén y, cierto modo, ver con los ojos del cuerpo las incomodidades en que se encontraba por la falta de cuanto necesita un recién nacido; cómo fue colocado en un pesebre y cómo yacía sobre el heno, junto al buey y al borriquillo. Oído esto, aquel hombre bueno y piadoso se fue corriendo y preparó en el lugar indicado todo lo que el Santo había dicho” (Vita prima, c. 30, Analecta Franciscana X, p. 63).


                Éste es el origen de nuestro Belén.

jueves, 27 de diciembre de 2012

El canto litúrgico en la Navidad

Si normalmente nuestro canto litúrgico en general es muy pobre (lleno de buena voluntad, sí, pero pobre), cuando llega el tiempo de Navidad, la liturgia en muchísimas ocasiones baja aún más en calidad, al introducir sin criterio alguno, villancicos populares como cantos de entrada, ofrendas o comunión ("Los peces en el río", "El camino que lleva a Belén", "Hacia Belén va una burra...", etc., etc.), ignorando los cantos principales tales como el "Gloria" o el Salmo responsorial. Se convierte la liturgia en un concurso de villancicos y disfraces de pastorcitos que no cuadra con la naturaleza de la liturgia, y se califica de "antiguo" a quien no pueda admitir semejantes inventos en la liturgia.

Hay que distinguir cuidadosamente aquello que es "popular", "folclórico", apto para una reunión familiar o de amigos, del ámbito sagrado de la liturgia. No todo lo que se canta en casa, o con amigos, y que es simpático y alegre, cuadra por su letra, música y ritmo, en la celebración de la liturgia. Introducirlos sin más, es rebajar más aún el nivel de la música y canto en nuestras celebraciones. No basta cantar cualquier cosa en la liturgia para justificar que al menos todos cantan, sino que se trata de cantar realmente LA liturgia, elevando el nivel de todos también. No es cantar por cantar, para que "todo quede bonito".

El Directorio "Canto y música en la celebración" es la pauta tanto para formarnos como para elevar el nivel del canto litúrgico en parroquias y monasterios. En él encontramos las directrices oportunas y claras, muy claras:

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El ciclo litúrgico de Navidad-Manifestación del Señor

El tiempo de Navidad es relativamente breve: desde el 25 de diciembre con sus I Vísperas del día 24, hasta la fiesta del Bautismo del Señor inclusive. Su articulación está llena de fiestas y solemnidades porque es el gran ciclo de la Manifestación del Señor, de la Aparición del Señor, de la plena Revelación de Dios a los hombres en su Hijo que por nosotros y por nuestra salvación se ha hecho hombre.
 




 

Se distribuye este tiempo de la siguiente manera:
"Después de la celebración anual del misterio pascual, la Iglesia tiene como más venerable el hacer memoria de la Natividad del Señor y de sus primeras manifestaciones: esto es lo que hace en el tiempo de Navidad.

El tiempo de Navidad va desde las primeras Vísperas de la Natividad del Señor hasta el domingo después de Epifanía, o después del día 6 de enero, inclusive.

La misa de la Vigilia de Navidad es la que se celebra en la tarde del día 24 de diciembre, ya sea antes o después de las primeras Vísperas.

El día de Navidad se pueden celebrar tres misas, según la antigua tradición romana, es decir, en la noche, a la aurora y en el día.



martes, 25 de diciembre de 2012

Meditación de Navidad

"Y la Palabra se hizo carne,
y habitó entre nosotros
y hemos contemplado su gloria"

La Navidad es el ciclo de la Manifestación del Señor, de su plena Revelación, de un mostrarse desvelado el Misterio, haciéndose accesible, cercano y amoroso.

Comienza la redención.

Comienza el coloquio o diálogo entre Dios y el hombre.

Comienza la máxima presencia de Dios en la historia de los hombres haciéndose hombre.

La gratitud y la sorpresa se convierten en adoración del Misterio, en escucha de la Palabra encarnada, en amistad con Cristo.

Dios ha entrado en la historia. No es una fábula ni un mito: es un acontecimiento histórico, datable, con testigos y con signos. Una historia verdadera que ha cambiado la historia: el Logos se ha hecho carne.

Es un mensaje siempre nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras más audaces esperanzas. Especialmente porque no es sólo un anuncio: es un acontecimiento, un suceso, que testigos fiables han visto, oído y tocado en la persona de Jesús de Nazaret. Al estar con Él, observando lo que hace y escuchando sus palabras, han reconocido en Jesús al Mesías; y, viéndolo resucitado después de haber sido crucificado, han tenido la certeza de que Él, verdadero hombre, era al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de verdad (cf. Jn1,14) (Benedicto XVI, Mensaje de Navidad, 25-diciembre-2010).

lunes, 24 de diciembre de 2012

La Calenda, el anuncio de Navidad

El Martirologio romano es el libro de la Iglesia en el cual figuran las celebraciones y los santos que se conmemoran, con distinto rango, cada día del año.

El día anterior se anuncia lo que se celebra al día siguiente. No tendría sentido anunciarlo en el mismo día en que ya se ha inaugurado el Oficio divino y se ha cantado el Oficio de lecturas o las Laudes. Su proclamación -y algunos no lo entienden- se refiere al día siguiente como un aviso: "Los elogios de los santos de cualquier día han de leerse siempre el día precedente" (MR 35).


El momento ritual en que se lee es al final de las Laudes, como se lee en el Ordinario del Martirologio: "En el coro, como de costumbre, la lectura se hace en las Laudes, después de la oración conclusiva de la Hora" (n. 1). Pero, "si se considera oportuno por alguna razón, nada impide que la lectura del Martirologio tenga lugar, de modo similar, en cualquier Hora menor. En la Hora menor, la lectura se hace siempre después de la oración conclusiva" (nn. 5-6). Igualmente se puede hacer la lectura del Martirologio fuera de la celebración de la Liturgia de las Horas, en cuyo caso, "reunida la asamblea, bien en el coro, bien en capítulo o bien a la mesa, el lector comienza inmediatamente por la mención del día en curso" (n. 13).

Sabiendo esto, aterricemos en la Calenda de Navidad.

"En la vigilia de la Natividad del Señor, después de anunciar el día 25 de Diciembre, se canta el anuncio de la Solemne Navidad de modo especial" (n. 9). El propio Martirologio ofrece la musicalización del texto de la Calenda realzando así la solemnidad y el gozo de la Iglesia ante la Natividad del Señor.

En los monasterios y en los Cabildos catedrales ha resonado hoy, en la mañana del 24 de diciembre, el canto de la Calenda, el anuncio de que mañana, ya, mañana mismo, viene el Salvador esperado miles y miles de años.

Así anuncia gozosa la Iglesia tal solemnidad:


domingo, 23 de diciembre de 2012

¡Jesucristo, Jesucristo, Jesucristo!

Es fascinante acercarse al misterio de Jesucristo, con fe sencilla y corazón ardiente, así como con un razón inteligente que busca entender (fides quaerens intellectum).

Su Misterio, su Persona misma, atrayente, se constituye en el centro de todo y por tanto la predicación sobre Él, se vuelve el anuncio fundamental que impacta profundamente y cambia nuestra existencia.


¡Él, Jesucristo, lo es todo! ¡Todo fue creado por Él y para Él! Y, además, todo se mantiene en Él. ¿Habrá predicación más importante y bella? ¿Nos atreveremos a sustituir su Persona por los valores, por la ética, o por la ideología, o por el buenismo moral? ¿Habrá algo mejor que Jesucristo?

Volvamos a Él, mirémoslo a Él. Sí, a Jesucristo, el mejor y el único. Al fin y al cabo, somos suyos: ¡amémosle!, pero también.... ¡conozcámosle!

¿Y quién es Él?

viernes, 21 de diciembre de 2012

Cosas varias y deshilvanadas

Se han pasado los días, y a las ferias mayores apenas se le ha dedicado nada de atención en este blog. La formación ha brillado por su ausencia.

La Iglesia canta sus antífonas de la O, iluminando el canto del Magníficat en Vísperas con tonos de deseos de Cristo, y nada hemos dicho aquí.


Oh Sabiduría,
Oh Adonai,
Oh Raíz de Jesé,
Oh Llave,
Oh Sol que naces de lo alto,
Oh Rey de los pueblos,
Oh Emmanuel...

¡¡Ven!!

Es que estamos necesitados de Cristo para que sane, redima, ilumine, santifique, eleve, todo lo humano.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Un mutuo acostumbrarse

No es que yo sea originalísimo en mi pensamiento, es que me marcó y me agradó muchísimo. El pensamiento es de san Ireneo: Dios y el hombre tenían que acostumbrarse el uno al otro, y Dios aprendió las costumbres y modos humanos, y el hombre, al ver al Verbo encarnado, aprendió los modos divinos.


La distancia entre Dios y el hombre era infinita. Primero por ser Dios el Creador y el hombre su criatura, finita, limitada aunque hecha a su imagen y semejanza; segundo, porque el pecado del hombre estableció un abismo infranqueable.

Pero la pedagogía divina -¡qué concepto más apasionante para estudiarlo a fondo!- buscó que Dios y el hombre se fueran acercando y no alejando, se fueran acostumbrando uno a otro y pudiese nacer una amistad que es la vida verdadera del hombre. La historia entera de la salvación es un mutuo acostumbrarse y acercarse por medio de los hechos salvíficos y de los profetas.

Mas el máximo acercamiento y, por tanto, la mejor forma de conocerse y acostumbrarse uno al otro, fue la Encarnación del Verbo.

Toda la existencia humana, de hecho, está animada por este profundo sentimiento, por el deseo de que lo más verdadero, lo más bello y lo más grande que hemos entrevisto e intuido con la mente y el corazón, pueda salir a nuestro encuentro y se haga concreto ante nuestros ojos y nos vuelva a levantar.
“He aquí que viene el Señor omnipotente: se llamará Enmanuel, Dios-con-nosotros” (Antífona de entrada, Santa Misa del 21 de diciembre). Con frecuencia, en estos días, repetimos estas palabras. En el tiempo de la liturgia, que vuelve a actualizar el Misterio, ya está a las puertas Aquel que viene a salvarnos del pecado y de la muerte, Aquel que, después de la desobediencia de Adán y Eva, nos vuelve a abrazar y abre para nosotros el acceso a la vida verdadera. Lo explica san Ireneo, en su tratado “Contra las herejías”, cuando afirma: “El Hijo mismo de Dios descendió 'en una carne semejante a la del pecado' (Rm 8,3) para condenar el pecado y, después de haberlo condenado, excluirlo completamente del género humano. Llamó al hombre a la semejanza consigo mismo, lo hizo imitador de Dios, lo encaminó en el camino indicado por el Padre para que pudiese ver a Dios, y le diese en don al mismo Padre” (III, 20, 2-3). 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Llamados a convertirnos

Durante los domingos II y III de Adviento, Juan el Bautista abre caminos a Cristo, el Mesías prometido, esperado, aguardado, pero lejos de ser una predicación dulzona y sensible, o una predicación revolucionaria llamando al "compromiso" y al cambio de estructuras sociales, es una predicación dura y exigente llamando a la conversión personal que, además, se concreta en gestos pequeños y cotidianos y no en discursos.
 


La preparación de la Venida del Señor no nos deja cómodamente instalados, sino más bien desinstalados, saliendo al desierto de donde ha de venir el Salvador; rompe las ataduras que nos retienen para estar libres y dispuestos a seguir al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La conversión es un ingrediente del Adviento.

En nuestras iglesias resuena la voz del Bautista llamando a la conversión. El camino del Señor debe estar bien preparado para que Él pueda transitar y no tropezar con nuestros pecados. Es momento oportuno para abajar los montes de nuestro orgullo y levantar los valles de nuestros desánimos y cobardías, como reza una petición de las Laudes en este tiempo.

La figura de Juan el Bautista enlaza el Antiguo con el Nuevo Testamento, lo anunciado con la inminencia de su cumplimiento. El grita a quien quiera escuchar, que ya está aquí el Deseado de las naciones, el Príncipe de la Paz cuyo reinado será eterno.

sábado, 15 de diciembre de 2012

La fe ante el "problema" de Dios

El racionalismo vigente desde hace unos decenios ha elevado a la ciencia como el criterio último de todas las cosas; basta decir que algo es "científico" para que sea sagrado, intocable. Pero hay cosas que no son terreno de la ciencia porque no son objetos experimentables, capaces del método prueba-error, además de que toda ciencia es sostenida siempre por una determinada y previa filosofía del conocimiento.


Esa mentalidad "científica" (que no lo es tanto, claro) más el nihilismo reinante, donde todo se niega, nada existe sólo uno mismo y su poder, han elevado la pregunta sobre Dios y la han constituido en un problema contemporáneo. ¿Dios tiene sitio? ¿Tiene cabida en nuestro mundo hoy? ¿No es algo irracional, precientífico? La fe, ¿puede hablar de Dios hoy? ¿O sólo existe lo que vemos y dominamos?

El ateísmo "científico" nacido en el siglo pasado cobra una extensión descomunal en la cultura post-moderna; el nihilismo sumado a la dictadura del relativismo (no hay verdades, todo son opiniones igualmente válidas y respetables) y la fe debe situarse ante estas realidades de pensamiento para dar una respuesta y ofrecer razones de nuestra esperanza.

Por eso debemos formarnos y reflexionar sobre la cuestión de Dios y, más que nada, para ofrecer palabras verdaderas y buenas que ayuden a buscar y encontrar a Dios. También para saber qué terreno pisamos y mirar la cultura en la que vivimos y no andar despistados, entretenidos en pequeñeces "pastorales".

jueves, 13 de diciembre de 2012

El Ángelus en Adviento sabe distinto...

El Ángelus, rezado al mediodía de cada jornada, es una venerable oración que hace memoria del mayor Acontecimiento: que el Misterio ha entrado en la historia, que el Amor de Dios ha irrumpido en el tiempo y que gracias a María se renueva el mundo y la creación
 
El Ángelus es memoria agradecida de la Encarnación: Cristo se encarnó por amor a mí.

Si durante todo el año litúrgico (exceptuando la Pascua), rezamos el Ángelus al mediodía con cariño ante el Misterio central de la historia, la locura divina de la Encarnación, ahora, en Adviento, adquiere tintes nuevos, colores esperanzados.

En la oración del Ángelus convergen la memoria (del acontecimiento) y la esperanza (de la escatología); se unen la Iglesia que espera y la Madre que recibe y ofrece. Así deviene en una súplica ardiente: ¡Ven, Señor Jesús!, Ven, tú que te encarnaste en el seno virginal de María. Ella sostiene y alienta nuestra esperanza.

En el Adviento, retomemos con más fuerza todos la memoria de la Encarnación, rezando el Ángelus.

Recordemos su forma de rezarlo y pongámoslo ya en práctica cada día.

El ángel del Señor anunció a María.
R/ Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve, María...

miércoles, 12 de diciembre de 2012

La profecía de hoy, Miércoles II de Adviento

Plácidamente, pero también esperanzadamente, con tensión espiritual, escuchamos las profecías de Isaías cada día de este primera parte de Adviento (hasta las ferias mayores, a partir del 17 de diciembre), y cómo se cumplen todas en Nuestro Señor Jesucristo, eligiendo el evangelio según la lectura de Isaías, en armónica relación -y no cada lectura en paralelo o lectura semi-continua-.

El peso fuerte -ya lo señalamos- recae en la lectura semicontinua de Isaías, y luego el Evangelio se une a la primera lectura como su cumplimiento. Sabiendo esto, oíamos hoy: "Él da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido... los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse" (Is 40, 30-31).

¿Quién no experimenta cansancio, desolación, vacío? ¿Y dónde descansar el corazón, sentir la paz más íntima y honda? El profeta anuncia que Dios será el descanso, la fuerza, el alivio para el cansado.

Entonces el evangelio muestra la plenitud y el cumplimiento de la profecía: "Venid a mí... encontraréis vuestro descanso". El título de la lectura de Isaías (frase en rojo que resume el sentido de la lectura y el motivo de su elección) es: "El Señor todopoderoso da fuerza al cansado", y el título del evangelio, en relación con la lectura, es: "Venid a mí todos los que estáis cansados". Lo que el profeta señalaba se realiza en Jesucristo. ¡Ya sabemos dónde encontrar descanso verdadero, renovada vitalidad! ¿A qué da alegría oír estas palabras, saborear esta Palabra?

Y ya que estamos, tomemos otra lectura y así captaremos más claramente cómo se organiza el leccionario ferial.

El miércoles de la I semana de Adviento se proclamaba el evangelio de la multiplicación de los panes y peces según Mateo. 

 ¿Por qué? 

¿Para hablar de la solidaridad, de la distribución de la riqueza o de la Campaña de Navidad (donde todos nos sentimos tan solidarios por llevar unos kilos de alimentos no perecederos)? 

¿Tal vez de la Eucaristía?

martes, 11 de diciembre de 2012

Pensamientos de San Agustín (XVI)

Un criterio agustiniano para la verdad de los sacramentos celebrados y recibidos, es decir, para percibir su fruto en nosotros: 

Si quieres saber si recibiste el Espíritu Santo, pregunta a tu corazón, no sea que tengas el sacramento y te falte la virtud del sacramento (San Agustín, In I Io., 6,10).

Pero para recibir abundamente el Espíritu Santo, hemos de estar disponibles y receptivos, sin oponer obstáculo alguno.
Seguros estamos que todo hombre recibe el Espíritu Santo, y recibirá tanto más cuanto mayor sea el vaso de la Fe que lleve a la fuente (San Agustín, In Io., 32,7).
Las alegrías se multipliquen cuando se comparten, creciendo el gozo entre muchos; al revés, el dolor disminuye cuando no se encierra, sino que se comparte.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Perspectivas del Adviento

Tomando en nuestras manos el Calendario romano y las normas del año litúrgico, veremos una perspectiva global del tiempo de Adviento.

Cada año, una y otra vez, es conveniente recordar las pautas litúrgicas y espirituales de este tiempo para vivirlo intensamente. 
 
Una catequesis debe volver una y otra vez, recordando, actualizando, profundizando, para no dar cosas por sabidas, sino volver sobre ellas, avanzando en su vivencia y conocimiento.

El Adviento presenta una doble dimensión que hemos de tener en cuenta para vivirlo:

"El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre" (Calendario romano, n. 39):
 
  • Hasta el 16 de diciembre inclusive, la mirada es escatológica: el final de los tiempos y es la espera piadosa y alegre de la parusía, del retorno del Señor pero en gloria y majestad. Las lecturas, las oraciones y los cantos deben mirar más a esta dimensión final. El prefacio (el I y el III, que son los que se cantan estos días) recuerda la venida gloriosa del Señor y los tiempos últimos.

domingo, 9 de diciembre de 2012

El mayor desafío es la crisis de fe

Conocidos son los síntomas, y creo que ahondar en los síntomas es dar vueltas a lo mismo, a lo que todos vemos y vivimos, rodeados de un ambiente secularizado. Al menos, en Europa, en esta civilización occidental. Algunos, ilusionadísimos con lo que viven, sólo cifran la crisis de fe en causas eclesiales: la "institutición" anticuada y toda esa monserga, ese soniquete repetido hasta la saciedad. Proponen una vuelta al personaje "Jesús de Nazaret" con una referencia a los valores de la solidaridad, la fraternidad, la igualdad y la libertad (o sea, la más pura Ilustración y modernidad), olvidando la salvación ofrecida por Jesucristo, Hijo de Dios, por su cruz y su resurrección.

Otros, también un poco ajenos a la realidad, sólo culpan al mundo, a la sociedad, sin una mirada real; la crisis de fe se ve influenciada por la secularización, es evidente y palpable, pero también a la tibieza y medianía de los hijos de la Iglesia muchas veces. Algunos de ellos, además, dan un paso más, demasiado arriesgado porque se precipitan en el abismo, donde la crisis de fe se debe, sin más, al Concilio Vaticano II al que denostan, denigran, etc. ¿Un Concilio Ecuménico sancionado y promulgado por un Papa junto al Colegio episcopal va a ser el responsable de la crisis de fe? En todo caso, lo serán las falsas interpretaciones y aplicaciones de la doctrina conciliar.

Más que los síntomas, habrá que atajar las causas de la crisis de fe. 

Para evangelizar, y antes incluso, para vivir eclesialmente y ser fiel a Dios, hemos de superar y dar respuesta al desafío que supone la crisis de fe.

viernes, 7 de diciembre de 2012

En el Adviento, la presencia señera de la Virgen

Santa María acompaña nuestros pasos; Ella, presente en el Adviento de forma destacadísima alienta nuestra esperanza teologal y se presenta como señal segura por parte del Señor de que Dios cumple siempre sus promesas.  
También su espera maternal es modelo y figura de nuestra propia espera del Señor que vendrá.

Si vemos los textos litúrgicos descubriremos los matices con que es presentada la Virgen y enriquecerá la vivencia espiritual del Adviento.

Diariamente las antífonas de la Hora Intermedia se ve el plan de Dios realizado mediante María:



"Los profetas anunciaron que el Salvador nacería de la Virgen María" (ant. Tercia).

"El ángel Gabriel dijo a María: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres" (ant. Sexta).
"Dijo María: ¿Qué saludo es éste que me turba? ¿Voy a dar a luz al Rey sin romper los sellos de mi virginidad?" (ant. Nona).

jueves, 6 de diciembre de 2012

La Iglesia debe ser fiel a sí misma (fe)

La fe va emparentada con la fidelidad, y vienen de la misma raíz: en latín fides-fidelitas. La Iglesia es el ámbito de la fe, vive de la fe, anuncia la fe, confirma la fe... y por tanto, la vida misma de la Iglesia es de una radical fidelidad a Cristo, a la misión que el Señor le encomendó y al hombre al que debe servir.


Pero la Iglesia dejaría de ser fiel si en lugar de esa triple fidelidad, si en vez de vivir de la fe, tomara acríticamente lo que le viene del mundo como una sugerencia fatal: adaptarse al mundo, admitir lo que el mundo ofrece y modernizarse en el sentido de asumir los planteamientos e ideologías imperantes en cada época.

Sólo la fe, por tanto y hablando siempre de la fe sobrenatural, la fe que se adhiere a lo revelado y dispuesto por el Señor puede ser la guía eficaz y perenne de la Iglesia. La fidelidad de la Iglesia se muestra en la custodia y transmisión de lo recibido, de lo revelado, y entonces sí será fiel a sí misma. El mundo nunca se puede constituir como la medida y el criterio ni de la verdad ni de la vida y misión de la Iglesia.

No cambiemos la fe por un pensamiento cultural moderno. No cambiemos la fe por la ideología. No cambiemos la fe por los principios seculares que buscan "modernizar" la Iglesia vaciándola de sí misma para llenarse de elementos extraños a ella.

Sólo si permanece fiel a sí misma podrá la Iglesia salir al encuentro del mundo moderno (o postmoderno), no para confudirse con él y mundanizarse, sino para sanearlo, purificarlo, elevarlo.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

La piedad popular en Adviento

El Adviento es un tiempo especialmente gozoso, con esa alegría incontenida de quien está esperando a Alguien sumamente amado, sumamante deseado.  





Muchas tradiciones populares han nacido al hilo de Adviento preparando la inmediata Navidad, tradiciones que habría que situar a partir de las ferias mayores (17-24 de diciembre) reservando las III primeras semanas de adviento a la Venida última y Gloria de Cristo.

Pensemos que:


"El Adviento es tiempo de espera, de conversión, de esperanza:

-espera-memoria de la primera y humilde venida del Salvador en nuestra carne mortal;
-espera-súplica de la última y gloriosa venida de Cristo, Señor de la historia y Juez universal;
-conversión, a la cual invita con frecuencia la Liturgia de este tiempo mediante la voz de los profetas y, sobre todo, de Juan Bautista: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,2);
-esperanza gozosa de que la salvación ya realizada por Cristo (cf. Rm 8,24-25) y las realidades de la gracia ya presentes en el mundo lleguen a su madurez y plenitud, por lo que la promesa se convertirá en posesión, la fe en visión y “nosotros seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es” (1Jn 3,2)" (Directorio Liturgia y piedad popular, n. 96).

martes, 4 de diciembre de 2012

El leccionario de Adviento

Un tiempo litúrgico ofrece una espiritualidad, y marca sus constantes vitales y teológicas mediante dos formas:

1) fundamental, las lecturas bíblicas escogidas

2) el cuerpo de oraciones y prefacios.

En el tiempo de Adviento el leccionario es muy rico y variado, con una selección de lecturas que enriquece la comprensión del Misterio de Cristo y nos dispone a acoger al Señor.

La Ordenación del Leccionario de la Misa describe los criterios de selección de las lecturas:

a) Para los domingos:
"Las lecturas del Evangelio tienen una característica propia: se refieren a la venida del Señor al final de los tiempos (I domingo), a Juan Bautista (segundo y tercer domingos), a los acontecimientos que prepararon de cerca el nacimiento del Señor (IV domingo).

Las lecturas del Antiguo Testamento son profecías sobre el Mesías y el tiempo mesiánico, tomadas principalmente del libro de Isaías.

Las lecturas del Apóstol contienen exhortaciones y amonestaciones conformes a las diversas características de este tiempo" (OLM, 93).

lunes, 3 de diciembre de 2012

El peso fuerte lo tiene la 1ª lectura (Leccionario Adviento)

Casi todos los años he hecho la misma homilía este día.

¿Acaso porque me repito mucho? ¡Tal vez! Pero creo que a veces el leccionario que tenemos por delante lo leemos, lo rezamos, lo interpretamos, lo predicamos como si fuera la suma de un texto tras otro, sin conexión, o sin un principio hermenéutico (de la liturgia).


Si lo hacemos así, el leccionario ferial de Adviento se nos va a caer de las manos, porque cada día el evangelio es distinto, no hay continuidad, y tomado en sí mismo, no veremos de ninguna manera su conexión con el tiempo de Adviento... porque a veces el evangelio se ha escogido expresamente por un versículo que no es el central ni el más relevante.

Para predicar hay que centrarse en la primera lectura, la de Isaías. Es lectura semicontinua de todo el profeta, que habla de los tiempos mesiánicos, del Reino, de la consolación. Y para ver cómo cada perícopa de Isaías se cumple se busca un evangelio ad hoc.

Dos ejemplos únicamente:

sábado, 1 de diciembre de 2012

Vino, viene y vendrá con gloria

Esta tarde, con las I Vísperas, abrimos el precioso y sereno tiempo de Adviento, con una liturgia bellísima, que nos permitirá, si sabemos vivirla, salir al encuentro del Señor, cuando Él vuelva con las lámparas encendidas.

No es tiempo de propósitos ascéticos ni de compromisos; diría más bien que es tiempo de personas que saben amar, y porque aman a Cristo, desean que venga, aumentando su esperanza y su deseo.

Ya el rito hispano-mozárabe vive en Adviento, pues este tiempo dura VI semanas, como parece ser fue su origen primitivo. Roma lo redujo a IV domingos. Pero los textos hispanos para la liturgia, más poéticos o más desarrollados en su forma, nos pueden ayudar a vivir este tiempo que empezamos.

Leamos y recemos unaa oratio admonitionis, la exhortación sacerdotal antes de los dípticos, que el sacerdote dirige al pueblo en nuestro Rito hispano-mozárabe. Las ofrendas han sido llevadas procesionalmente al altar (entre cirios e incienso), se han colocado en el altar, se han cubierto con un velo y se han incensado. Vuelve el sacerdote al chorus (sede, fuera del presbiterio) y comienza un rito peculiar, que son los Dípticos, una intercesión de los fieles con oraciones del sacerdote que culmina con el beso de paz, antes de pasar a la Plegaria eucarística.

En este caso, y es la excepción, la Oratio, el discurso del sacerdote, en lugar de dirigirse a los fieles, se dirige al mismo Jesucristo y resume todos los contenidos teológicos y espirituales del Adviento:


jueves, 29 de noviembre de 2012

La fe: importancia, necesidad y eficacia

                "Tendremos que hablar con frecuencia de la fe, tendremos que exponer alguna noción de la fe y todos tenemos que conocer sus diversos significados, darnos cuenta de los problemas referentes a la fe, también las dificultades que de tantas partes se oponen a ella, luego experimentar, si el Señor nos ayuda, el gozo, la fuerza, la luz que nos vienen de la fe, y estudiar, finalmente, de qué modo podemos y debemos profesar nuestra fe.



                Hemos elegido este tema para honrar el centenario de esta memoria apostólica porque creemos que nos ofrece el camino más seguro y más directo para comunicar espiritualmente con esos grandes apóstoles; ellos mimos nos legaron una acuciante recomendación a este respecto, dice por ejemplo, san Pedro en su primera carta a los cristianos que ellos están “custodiados por la fe para la salvación” (1,5) y que deben ser “fuertes en la fe” (5,9); san Pablo, después de haber desarrollado amplia y repetidamente su doctrina sobre la fe, especialmente en las célebres epístolas a los gálatas y a los romanos, ansía garantizar la integridad (cf. Gal 1,8) y la conservación de la fe, especialmente en las cartas personales, llamadas pastorales, y repite sus recomendaciones para que se evite todo error (cf. Tit 1,10-16) y que sea guardado el “depositum” (1Tim 6,20) por medio del Espíritu Santo (2Tm 1, 12 y 14). Este término de “depósito”, que muchas veces repite san Pablo, se refiere, ciertamente, a las verdades de fe enseñadas por el apóstol, las cuales forman un cuerpo doctrinal que los pastores de la Iglesia deben conservar, defender y transmitir (cf. De Ambroggi, nel commento alle Tp. Past. Marietti, 1953, pág. 175). Nacen del “depósito” de san Pablo algunas enseñanzas muy importantes; indica que ya existía en tiempos apostólicos un conjunto de verdades reveladas bien determinado e inequívoco, una síntesis, una especie de catecismo para enseñarse y aprenderlo según formulación determinado por el magisterio apostólico, y que luego se debía transmitir con rigurosa fidelidad; se presupone de esta suerte la tradición, es decir, la enseñanza oral y autorizada de la Iglesia primitiva (cf. 2Tm 2,2; 1Co 11,2 y 33; 15,1-3, etc.); nace otra cosa, la transmisión del “depósito”, siempre con atención vigilante de que no se altere la enseñanza original, sino con el afán de meditarlo, explorarlo, convertirlo de implícito en explícito, de bíblico en teológico, de antiguo en actual (cf. S. Th., II-II, 1, 7).

                De suerte que, hijos carísimos, adhiriéndose a la fe que la Iglesia nos propone nos ponemos en comunicación directa con los apóstoles, a quienes queremos festejar, y mediante ellos, con Cristo, nuestro primer y único Maestro, seguimos su escuela, anulamos la distancia de los siglos que de ellos nos separan y hacemos del momento presente una historia viviente, la historia siempre igual a sí misma de la Iglesia mediante la actuación, idéntica y original al mismo tiempo, de la misma fe en una inmutable y siempre irradiante verdad revelada. Sólo la Iglesia puede escribir, leer, vivir su historia así, dejando que la fuga de los siglos mida su duración y que la estabilidad en lo eterno defina su perenne identidad.

martes, 27 de noviembre de 2012

Magisterio: sobre la evangelización (II)

A situaciones y problemas nuevas, a hombres de cada época, hay que responder con métodos y formas nuevas, salvaguardando la identidad del Mensaje; pero hay que lanzarse con sana y santa creatividad a evangelizar.

No se puede seguir haciendo cómodamente, anquilosadamente, "lo mismo de siempre" pensando que ya está todo hecho y que eso es lo que hay. Nuevas situaciones -nueva cultura en el fondo, con sus luces y sus sombras, como toda la postmodernidad- piden nuevas respuestas evangelizadoras.


Santa creatividad, santa audacia, que para eso la Iglesia está llevada por el Espíritu Santo. Si no fuera así, se caería en el inmovilismo, hablando un lenguaje extraño e incomprensible a los hombres de hoy. 

Juan Pablo II lanzó el reto:

domingo, 25 de noviembre de 2012

La fe: principio de renovación y fidelidad

La catequesis de hoy, en el marco del Año de la Fe, ofrece más bien un tema relacionado y con la fe, o una consecuencia de la fe, según se prefiera. Es la catequesis de Pablo VI sobre la renovación y la fidelidad en la Iglesia.


La pronuncia en 1967, con las primeras convulsiones fuertes del postconcilio, marcando pautas y ofreciendo puntos de reflexión que sólo lentamente pueden ser asimilados. Para nosotros, hoy, son igualmente principios que deben servirnos en nuestra vida eclesial para contrarrestar las claves de la secularización interna de la Iglesia que tan fuerte, como una tormenta, golpean la nave eclesial.

La fe es un principio de renovación y fidelidad, y la vida de la Iglesia -semper reformanda, siempre reformándose- se renueva por hombres profundamente creyentes, imbuidos de la vida sobrenatural. Los principios de renovación de la Iglesia no son la adaptación al mundo, ni el plagio de las estructuras sociales y democráticas de la sociedad trasvasadas al seno de la Iglesia. Muchos intentos de renovación no han sido realizados ni con fe ni por hombres creyentes, sino por ideólogos felices y encantados con la secularización que el mundo vivía y que quisieron introducir en la Iglesia para que ésta no fuese tan disonante ni distinta de la sociedad. Sin fe, hicieron una renovación para que la sal no salase tanto y la luz no iluminase deslumbrando los ojos secularizados.

La renovación de la Iglesia es necesaria, y mucho y bien se ha ido renovando; pero el criterio es la fe y no la concepción secular; el criterio es la fe y no la asimilación acrítica del mundo; el criterio es la fe y no las ideologías de diverso cuño. Tanto es así, que toda verdadera renovación se sostiene por la fidelidad a Cristo, a la Iglesia misma y a la Tradición, siempre renovada, siempre más profunda, cual corriente de vida.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Caridad intelectual también

El servicio a la Verdad, el apostolado de la inteligencia, el estudio que busca explorar, contemplar y profundizar es también un ejercicio de la caridad, en este caso, de lo que podría llamarse "caridad intelectual", que también es importante.


La Universidad es el ámbito de la razón que busca entender y adecuarse a la Verdad. Un pensamiento que es totalizante y no parcial o fragmentario: busca el todo, busca la Verdad. Y al buscarla, los jóvenes universitarios, los docentes, los investigadores, prestan un gran servicio y realizan una noble vocación. 

La fe impulsa a la razón a un ejercicio constante, lógico, serio; forja personas buscadoras de la Verdad y el estudio, tantas veces árido, es medio igualmente de santificación y de apostolado y de construcción. No, no es simplemente fotocopiar unos apuntes (¡de compañeros!) para salir del paso, estudiarlos y presentarse a una convocatoria. Es algo más: es la implicación personal en el área del conocimiento buscando sus conexiones con todo lo creado, con todas las áreas y parcelas del saber.

La Verdad debe ser ofrecida hoy por el pensamiento, el mundo de la cultura y de la Universidad. Esto también es un servicio, un ejercicio de la caridad, tanto más apremiante, cuanto que la Verdad se va aparcando por el relativismo, y el saber se va fragmentando tanto que nunca se ve la unidad de las cosas.

Queridos amigos de las universidades de Roma: el Verbo Encarnado os pide a vosotros, que recorréis el camino fascinante y comprometedor de la búsqueda y de la elaboración cultural, que compartáis con Él la paciencia para "construir".  Construir la existencia propia, construir la sociedad, no es una obra que puedan realizar mentes y corazones distraídos y superficiales. Se requiere una profunda acción educativa y un continuo discernimiento que deben involucrar a toda la comunidad académica, favoreciendo esa síntesis entre formación intelectual, disciplina moral y compromiso religioso que el beato John Henry Newman había propuesto en su "Idea de Universidad". En nuestros tiempos se siente la necesidad de una nueva clase de intelectuales capaces de interpretar las dinámicas sociales y culturales que no ofrezcan soluciones abstractas, sino concretas y realistas. La Universidad está llamada a desempeñar este papel insustituible y la Iglesia la sostiene con convicción de manera concreta.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Amor al prójimo (Exht. a un hijo espiritual - IV)

"Acerquémonos, pues a Él, y unámonos en nuestro apego a Él, para así amarnos a nosotros mismos y a nuestros prójimmos. Al que quiere a su prójimo, nos dice, se le llama "hijo de Dios", pero a quien, por el contrario, lo odia, le dan el nombre de "hijo del diablo". El que favorece a su hermano tiene su corazón sereno; pero al que lo odia lo cerca una grandísima tempestad. A un hombre bueno, aunque sufra injusticia, no le importa; pero el impío hasta los actos del prójimo los juzga como una ofensa.

Quien está lleno de caridad, pasea con el rostro muy tranquilo, pero un hombre lleno de odio anda enfurecido. Pero tú, hijo mío, aspira a la bondad en tu vida y ten siempre a tu prójimo como uno de los miembros de tu cuerpo. A todos los hombres considéralos tus hermanos.

Recuerda que sólo uno y el verdadero es el artífice que nos creó. No provoques escándalo a nadie en la vida y lo que para ti no es útil, pero sí lo es para él, hazlo. Lo que no quieras que te ocurra a ti, no desees tampoco que le pase a él. Si lo ves comportándose bien, felicítalo y considera siempre tuyo su regocijo; y si está padeciendo algomalo, compadécelo y tenpor tuya su tristeza: arroja toda maldad de tu alma y las llamas del odio no abrasarán tu corazón.

Contra el débil o el que está sometido a ti no te lances con ira, sino tenlo a él, entre todos, como uno de los miembros de tu propio cuerpo. No fijas querer a tu hermano ni lo beses mientras por detrás le tiendes una emboscada. Pues el hombre que es falso pronuncia con su boca palabras de paz, pero en secreto está planeando zancadillear a su prójimo. Por tanto, obrando así se provoca la ira de Dios. Pues la pureza, que es grata a los ojos de Dios, aborrece todo lo que se hace fingidamente"

(S. Basilio Magno, Exh. a un hijo espiritual, n. 4)

martes, 20 de noviembre de 2012

El profeta, el profetismo

¿Quién es profeta?

Una moda de cierto tiempo para acá califica de profeta y de profetismo la actitud contestataria hacia la Iglesia, el disenso aireado y publicitado por cierta prensa. Un profeta sería el que ataca a la Iglesia en nombre de un evangelismo puro y duro y un supuesto "espíritu conciliar", amoldado y configurado a sus deseos.

¡Pues va a ser que no, que eso no es profeta sino falso profeta!

Tampoco el profeta es el adivino del futuro...

Es otra realidad más honda, real y razonable y recordemos que todos por el bautismo y la confirmación hemos recibido ese espíritu profético, la participación en el ser sacerdote, profeta y rey de Cristo.

"El don del Espíritu da un impulso nuevo a esta personalidad [cristiana] que otorga a su vida una capacidad comunicativa fecunda, comunicativa de la novedad que Cristo ha traído al mundo. De modo que tanto el individuo como la comunidad se sienten en condiciones de pronunciarse ante el mundo.

En el lenguaje religioso la palabra profecía expresa de la manera más adecuada lo que encierra esta capacidad de manifestación.

En los Hechos de los Apóstoles se recoge el discurso de Pedro tras el acontecimiento de Pentecostés: "Es lo que dijo el profeta Joel: Sucederá en los últimos días, dice Dios; derramará mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas" (Hch 2,16-17).

Profeta es quien anuncia el sentido del mundo y el valor de la vida; y de aquí brota el significado ordinario de la profecía como anticipo de la trayectoria futura de las cosas: la vida humana está hecha de condiciones objetivas que, si no se reconocen, ello comporta determinadas consecuencias. La fuerza de la profecía es la fuerza de un conocimiento de lo real que no proviene del hombre sino que viene de lo alto, tal como se describe vigorosamente en el Antiguo Testamento cuando se narra la vocación profética de Jeremías:

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo"




Así de contundente se mostraba S. Jerónimo: “ignorar las Escrituras, es ignorar a Cristo”, mostrando cómo a Cristo se le encuentra en las Escrituras santas, en la Palabra de Dios, en primer lugar, proclamada en asamblea litúrgica, pero en segundo lugar, en la lectura y oración personal. El cristiano acude diariamente a las Escrituras, las lee, las medita, las guarda en su corazón y las pone por obra.

    La Palabra es Cristo Jesús; es la Palabra, el Verbo, el que se hizo carne y acampó en medio de nosotros (cf. Jn 1,14), encarnándose por obra del Espíritu, en el corazón y en el seno virginal de Santa María (cf. Lc 1,26-39). Del mismo modo hoy, a cada cristiano, le acontece lo mismo: la Palabra, por obra del Espíritu se encarna en su corazón engendrando a Cristo en el alma del cristiano para que “lo dé a luz al mundo”, para que con su vida testifique la Palabra, la ponga por obra. ¡Por eso es tan necesaria al cristiano la Palabra! No desoigamos la voz del Señor: “Escrutad las Escrituras” (Jn 5,39), esto es, investigadlas, leedlas, penetrad en ella, haced una lectura con el corazón. El cristiano descubre el valor de la Palabra, comienza a amarla, es la perla escondida y, para encontrarla, se dedica a excavar y remover la tierra, la tierra que estorba y oculta, como son el pecado, las distracciones, la falta de tiempo, quedarse en la letra y no en el Espíritu de las Escrituras. ¡Ellas dan la vida!

    El salmo 32 (33) canta la gloria y la potencia de esta Palabra que es creadora puesto que creó el universo, el orden, la belleza y la armonía y hoy sigue siendo creadora ante el creyente que humilde y silencioso oye la Palabra, y deja que en su interior, cree un orden nuevo, un corazón nuevo, renueve su mente, cambie sus sentimientos, sea una criatura nueva. 

¿Qué dice el salmo? “La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos...”. ¿No recuerda al prólogo de san Juan que dice que “por medio de la Palabra se hizo todo” (Jn 1,3)? ¡La Palabra es Jesucristo! Y al leer esta Palabra se oye la voz del mismo Cristo que habla a cada cristiano al corazón, le regala una Palabra de vida y salvación, porque esta Palabra es viva, eficaz, vuela desde el corazón de Dios a tu corazón, como canta otro salmo (147): “Él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz; manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza”

Reza -o canta- estos dos salmos, y descubre la fuerza, la santidad de las Escrituras. Ellas van a ser tu alimento en toda ocasión, en todo suceso, en todo tiempo, rechazando los ataques y embestidas del Maligno: 
“para rechazar al demonio recurre siempre Jesucristo a la Sagrada Escritura. Esta misma táctica nos llevará a nosotros a la victoria. De modo que si el enemigo te tienta, pongo un ejemplo, contra la fe, acuérdate del testimonio del Padre Eterno que llama a Jesucristo su Hijo muy amado... si te provoca a desconfianza, repítele las palabras de Jesucristo nadie es bueno sino sólo Dios... si trata de desalentarte con el recuerdo de tus culpas, de tus pecados, contéstale con la palabra del Salvador no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores; si te inspira pensamientos de orgullo o de ambición el que se ensalzare será humillado; si te incita a la venganza Bienaventurados los mansos... Ármate en cualquier circunstancia de la palabra del Verbo, que es un escudo contra el que vendrán a estrellarse y dar en el vacío todas las flechas del enemigo” (Dom Columba Marmión).

    

viernes, 16 de noviembre de 2012

Salmo 36: No sufras por los malvados

El salmo 36 es un salmo sapiencial ¿Esto qué significa? Un salmo que ofrece una reflexión, una consideración, sobre la vida, o sobre cómo comportarse, reflexiones. Un salmo que es precioso, que normalmente cuando se lee, se ora, se canta, toca el alma porque coincide dramáticamente con la experiencia vital de cada uno de nosotros en uno u otro momento de la existencia.

 Sólo unos versículos de este largo salmo nos pueden ayudar a saber interpretarlo.

    “La boca del justo expone la sabiduría”. ¿Quién es el Justo? Jesucristo. Jesucristo es el único justo, dice S. Pablo, todos los demás somos impíos y pecadores, y Él es el único Justo, el único Juez, “sólo Tú eres santo, sólo Tú altísimo, Jesucristo”. “La boca del justo”, Cristo, “expone la sabiduría”. Él es la Palabra que desde el principio estaba junto a Dios, se encarnó, que habló y nos sigue hablando, y lo que hace es exponer, desglosar, dar a conocer el Misterio de Dios. “La boca del justo”, Cristo, “expone la sabiduría”, es Palabra que dirá S. Juan de la Cruz “Palabra que ha de ser oída en silencio porque en silencio ha sido pronunciada”. Oír la Palabra de Cristo en el silencio, recibirle a Él.

    Y todo el salmo se cumple en Cristo. Cristo confía en el Señor, confía en su Padre, “no se haga mi voluntad sino la tuya”, Padre, “hágase tu voluntad”“Confía en el Señor y haz el bien”: Cristo sanando, Cristo predicando, Cristo confortando, Cristo haciendo descansar a sus discípulos y llevándolos de excursión. Hace el bien. “Habita tu tierra y practica la lealtad”. Habitó en nuestra tierra al hacerse hombre, y practicó la lealtad, se mantuvo fiel a Dios y fiel a los hombres  a los que amó hasta el extremo de dar su vida.

    “Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón”. Fue el Padre su delicia: “Yo te alabo y te bendigo, Padre santo”. Es la plegaria constante del Corazón de Cristo descansando en el Padre. Y el Padre le dio lo que pedía su corazón: la vida, la resurrección. No lo abandonó a Cristo en la muerte, sino que lo resucitó.

    Por eso “encomienda tu camino al Señor”; en el camino de la pasión, Cristo encomienda su camino en el monte de los Olivos; poniendo su vida en las manos del Padre, encomendó el camino de la Pasión. “Confía en el Señor y él actuará”. Y dice la carta a los Hebreos que actuó al tercer día lo resucitó de entre los muertos a aquel “que a gritos y con lágrimas” pidió no ser abandonado a la muerte.

   

jueves, 15 de noviembre de 2012

Los dogmas son inalterables para la integridad de la fe

La fe se ha formulado con precisión mediante los dogmas: éstos no son fórmulas caprichosas, arbitrarias o al vaivén de las modas y los tiempos, sino definiciones precisas de la Verdad. A ellos ha llegado la Iglesia mediante la acción del Espíritu Santo que desvela la verdad completa, nos lleva a una comprensión mayor de lo que ya estaba contenido en lo revelado. Así pues, no son la suma de nuevas verdades que se añaden, sino la precisión de lo que ya estaba dicho, que se comprende mejor y que se fija como una verdad absoluta y no relativa.


Mediante los dogmas, la fe ha recibido una formulación precisa, exacta, que pone límites entre la verdad y el error. Nada que ver entonces con el dogmatismo que es un fanatismo irracional, ni con la arrogancia de quien arroja la verdad a la cara de los demás -facientes veritatem in caritate!-, sino con la Verdad misma, absoluta, eterna, revelada en Cristo y por Cristo.

El lenguaje del dogma nos preserva del error, de la confusión, de confundir la Verdad con opiniones o ideologías cambiantes. Son la Verdad, por tanto eterna e inmutable, formulada con las mejores palabras humanas, formuladas por la Iglesia a la luz del Espíritu Santo; en palabras de la Constitución Dei Verbum:

"Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios" (DV 9).

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La conciencia, ¿instancia subjetiva?

Un artículo que he encontrado expone con meridiana claridad un problema muy actual, muy vivo: la conciencia. A ésta la estamos entendiendo cada vez más como una instancia subjetiva, es decir, una instancia moral que cada sujeto le da un contenido diferente y que, encima, se debe respetar al máximo. Con demasiada facilidad decimos: "allá cada cual con su conciencia".


Pero no es así. La conciencia es la interiorización de la Verdad y del Bien que orienta al sujeto; no es la persona la que crea sus propios contenidos a capricho; no es la libertad el criterio de la conciencia (libertad para el capricho, libertad del relativismo), sino la Verdad la que nos hace libres, y la conciencia, reconociendo la Verdad, nos lleva a vivir una libertad auténtica.

O sea, "allá cada cual con su conciencia", no. Mejor, mostremos la Verdad y eduquemos a que la conciencia reconozca la Verdad y ella sea su norma.

El pensamiento "liberal" (y aquí algunos amigos y lectores aplaudirán con las orejas) o el pensamiento relativista ha destruido el concepto de la Verdad por el de la opinión, el consenso, la tolerancia. Afirman que no hay Verdad, sino "tu verdad" y "mi verdad", y cada cual debe fabricarse esa "verdad" y actuar... mientras no alteren el consenso alcanzado por todos: que la democracia es ideal, que el aborto no es tan malo, que el amor son sentimientos y que si desaparecen se rompe todo, etc., etc., etc.

Vamos al artículo.

Entiendo que el artículo es denso, difícil, pero es tan lúcido que merece la pena un esfuerzo de comprensión, aunque haya que leerlo varias veces.

"Su esencia [la del liberalismo], en efecto, estaría en el vitalismo, sea éste visto como pulsión "naturalista" o sea considerado como "autenticidad", espontaneidad e inmediatez.

El sujeto humano es reducido así a un haz de pulsiones momentáneas y contingentes. No es el ente que domina, valora, acoge, rechaza lo que en él surge impulsivamente. Es, al contrario, el fenómeno de actividades complejas de una vis incontrolada e incontrolable.

lunes, 12 de noviembre de 2012

El factor "humano" de la Iglesia

Desde que el Verbo se encarnó y su humanidad fue instrumento de salvación, la Iglesia consta de una dimensión humana innegable, tal vez, sorprendente.


Cristo cuenta y quiere esa humanidad de la Iglesia junto a su dimensión sobrenatural; Cristo cuenta y quiere esa humanidad de los miembros de su Iglesia y a través de esa humanidad, también débil, también pecadora, brilla su Gloria y se comunica su Gracia.

Me gusta esta reflexión de Don Giussani y la ofrezco aquí; los comentarios y las experiencias personales pueden iluminar el texto y aplicarlo.

"Recuerdo que hace algunos años me encargaron dar una lección a un grupo de sacerdotes, que eran profesores de religión en institutos de enseñanza media, acerca del método de la vida cristiana, y, de manera un tanto provocativa, comencé la lección diciendo: "Cristo no es la verdad". Se produjo una rebelión inmediata y clamorosa en toda la asamblea. Enseguida me expliqué mejor diciendo, con más precisión, que la verdad es el Verbo y que Cristo representa el método con el que la verdad se ha comunicado a los hombres; y por eso, es la verdad encarnada tal como Él dice de sí mismo -"soy la verdad y la vida"-, poniendo delante la expresión: "Yo soy el camino" (Jn 14,6). Él es, por consiguiente, la verdad en cuanto camino, vía, método, hombre y accesible a los hombres, Dios que les acompaña. Podía haber elegido otro método para comunicarse a los hombres: la opinión de la conciencia como afirma el racionalismo; o una experiencia interior dictada por el espíritu, como subrayan los protestantes. Pero ha elegido éste, ha sorprendido a la mente y la imaginación de la humanidad encarnándose, indicándose a sí mismo como camino, como método. Cristo es el método que Dios ha elegido para salvar al hombre.

La Iglesia es la prolongación de Cristo en la historia, en el tiempo y el espacio. Y, al ser dicha prolongación, en ella consiste el modo en que Cristo continúa estando particularmente presente en lahistoria, y, por consiguiente, ella es el método que tiene el Espíritu de Cristo para mover al mundo hacia la verdad, la justicia y la felicidad.