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jueves, 2 de septiembre de 2010

Año sacerdotal. Sacerdocio ministerial: lo característico


“El sacerdocio ministerial, en cambio, se funda en el carácter impreso por el sacramento del Orden, que configura a Cristo sacerdote, y le permite, con la sagrada potestad, actuar en la persona de Cristo Cabeza - in persona Christi Capitis -, para ofrecer el Sacrificio y para perdonar los pecados. A los bautizados que han recibido en un segundo momento el don del sacerdocio ministerial, les es conferida sacramentalmente una nueva y específica misión: impersonar en el seno del pueblo de Dios la triple función –profética, cultual y real– del mismo Cristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia. Por tanto, en el ejercicio de sus específicas funciones actúan in persona Christi Capitis e igualmente, en consecuencia, in nomine Ecclesiae” (Instrucción, El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, n. 6).

Hay que ser realista, y tener una sólida teología y espiritualidad, para comprender y vivir esta identidad sacerdotal, después de tanto revuelo como se creó y vivió en la Iglesia, y ahora, ante la secularización reinante en la sociedad, vivir lo que uno es, con plenitud y sin fisuras.

“En los últimos decenios la Iglesia ha conocido problemas de «identidad sacerdotal», derivados, en algunas ocasiones, de una visión teológica que no distingue claramente entre los dos modos de participación en el sacerdocio de Cristo. En algunos ambientes se ha llegado a romper aquel profundo equilibrio eclesiológico, tan propio del Magisterio auténtico y perenne.
Hoy se dan todas las condiciones para superar el peligro tanto de la «clericalización» de los laicos como de la «secularización» de los ministros sagrados. El generoso empeño de los laicos en los ámbitos del culto, de la transmisión de la fe y de la pastoral, en un momento además de escasez de presbíteros, ha inducido en ocasiones a algunos ministros sagrados y a algunos laicos a ir más allá de lo que consiente la Iglesia, e incluso de lo que supera su ontológica capacidad sacramental. De aquí se deriva también una minusvaloración teórica y práctica de la específica misión laical, que consiste en santificar desde dentro las estructuras de la sociedad. De otra parte, en esta crisis de identidad, se produce también la «secularización» de algunos ministros sagrados, por un oscurecimiento de su específico papel, absolutamente insustituible, en la comunión eclesial" (Instrucción, El presbítero..., n. 7).

Es preciso tener clara la identidad sacerdotal frente a los distintos riesgos que se presentan.

La confusión entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial ha generado desorden y auténticos problemas espirituales y morales en muchos sacerdotes. Aquí no se trata de “quién es más” en la Iglesia, sino de estar cada uno en el lugar en que Dios lo ha situado, ser un miembro vivo de la Iglesia allí donde Cristo ha querido llamarnos. Sólo siendo, actuando y viviendo conforme a lo que uno es, se contribuye a la edificación de la Iglesia y al bien de las almas.
¿Qué somos?
¿Cuál es nuestro sitio en la Iglesia?

¿Qué encargo nos ha hecho Cristo y cómo realizarlo?

¿Para qué vivo?
¿Para el bien de la Iglesia y de sus hijos, o para mi propio interés?

¿Busco mi interés o el interés de Jesucristo?


Ilumina la conciencia recordar lo que somos por pura gracia, no por mérito nuestro:

8. “El sacerdote, alter Christus, es en la Iglesia el ministro de las acciones salvíficas esenciales. Por su poder de ofrecer el Sacrificio del Cuerpo y la Sangre del Redentor, por su potestad de anunciar con autoridad el Evangelio, de vencer el mal del pecado mediante el perdón sacramental, él –in persona Christi Capitis– es fuente de vida y de vitalidad en la Iglesia y en su parroquia. El sacerdote no es la fuente de esta vida espiritual, sino el hombre que la distribuye a todo el pueblo de Dios. Es el siervo que, con la unción del espíritu, accede al santuario sacramental: Cristo Crucificado (Cf. Jn 19, 31-37) y Resucitado (cf. Jn 20,20-23), del cual emana la salvación...
9. En cuanto partícipe de la acción directiva de Cristo Cabeza y Pastor sobre su Cuerpo, el sacerdote está específicamente capacitado para ser, en el plano pastoral, el «hombre de la comunión», de la guía y del servicio a todos. Él está llamado a promover y a mantener la unidad de los miembros con la cabeza, y de todos entre sí. Por vocación, él une y sirve a la doble dimensión que la misma función pastoral de Cristo posee (Cf. Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 22,27). La vida de la Iglesia requiere, para su desarrollo, energías que sólo este ministerio de la comunión, de la guía y del servicio puede ofrecer. Exige sacerdotes que, totalmente asimilados al Maestro, depositarios de una vocación originaria a la plena identificación con Cristo, vivan, “con” Él y “en” Él, todo el conjunto de las virtudes manifestadas en Cristo Pastor, y que, entre otras cosas, recibe luz y sentido de la asimilación a la donación nupcial del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, a una humanidad redimida y renovada. Exige que haya sacerdotes que quieran ser fuente de unidad y de donación fraterna a todos –especialmente a los más necesitados–, hombres que reconozcan su identidad sacerdotal en el Buen Pastor, y que esa imagen sea vivida internamente y manifestada externamente de modo que todos puedan reconocerla, en cualquier lugar y tiempo.
El sacerdote hace presente a Cristo Cabeza de la Iglesia mediante el ministerio de la Palabra, participación en su función profética. In persona et in nomine Christi, el sacerdote es ministro de la palabra evangelizadora, que invita a todos a la conversión y a la santidad; es ministro de la palabra cultual, que ensalza la grandeza de Dios y da gracias por su misericordia; es ministro de la palabra sacramental, que es fuente eficaz de gracia. Según esta múltiple modalidad el sacerdote, con la fuerza del Paráclito, prolonga la enseñanza del divino Maestro en el interior de su Iglesia”.

Aquí hay puntos de sobra para la reflexión de los sacerdotes, para la oración y también para la formación de todos. Cristo se sirve del ministerio de los sacerdotes para que se pronuncie su palabra eficaz, transformadora, santificadora.

Podríamos orar por los sacerdotes y repetir en silencio muchas veces la fórmula de entrega del Evangeliario al diácono y suplicar que los ministros de la Iglesia ajustemos nuestra vida a ella:

"Recibe el Evangelio de Cristo,
del cual has sido constituido mensajero;
convierte en fe viva lo que lees,
y lo que has hecho fe viva enséñalo,
y cumple aquéllo que has enseñado".

viernes, 11 de junio de 2010

Año sacerdotal. Madurez afectiva, ¡como el Corazón de Jesús!


El camino sacerdotal es siempre una mayor unión con Cristo, para que su amor pastoral transforme el propio corazón y devenga en un corazón pastoral semejante al suyo.

En la Eucaristía aprendemos a ser sacerdotes, en la entrega de la propia vida, de mi libertad, de mi ser.

"La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yo no poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla. Precisamente así experimentamos la libertad. La libertad de nosotros mismos, la amplitud del ser. Precisamente así, siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo, nuestra vida llega a ser importante y bella. Sólo quien da su vida la encuentra" (Benedicto XVI, Homilía en las ordenaciones sacerdotales, 7-mayo-2006).

Y, un segundo punto: El sacerdote pone su corazón en el Señor como el Señor ha puesto todo su amor en el sacerdote. Busca crear comunidad eclesial vinculando las personas no a su afectividad (a veces egoísta o inmadura), sino vinculándolos al Amor de Cristo. Esto pide del presbítero un corazón muy grande, muy amable, pero, al mismo tiempo, un corazón maduro, equilibrado, muy lleno de Jesucristo.

"El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor ha abierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres. Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad" (Benedicto XVI, ibid.).

Esta misma idea la expone en otra homilía, en este caso de ordenación de obispos. ¡Qué revelador el sacerdote que crea un grupo cerrado en torno a él, porque revela su inmadurez afectiva! ¡Grupo cerrado, los únicos "comprometidos", a todas horas con él impidiendo su libertad hacia los demás, organizando la vida parroquial! El siervo debe dar cuentas sobre la gestión del bien que se le ha encomendado. No atamos a los hombres a nosotros; no buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Conducimos a los hombres hacia Jesucristo y así hacia el Dios vivo" (Benedicto XVI, Homilía en la ordenación episcopal, 12-septiembre-2009).

Al término del Año sacerdotal... ¡Señor, concédenoslo! ¡Santifica a tus sacerdotes! ¡Danos muchas y santas vocaciones sacerdotales!

jueves, 3 de junio de 2010

Año sacerdotal. El camino humilde del sacerdote


El camino sacerdotal no es otro sino el de Cristo: beber apurando el cáliz, compartir con Cristo la tarea redentora, no buscando medrar humanamente, sino vivir como Cristo, ser como Cristo.

Benedicto XVI, con la claridad expositiva y la hondura espiritual que le caracterizan, en diversas homilías ha abordado temas sacerdotales que no deben pasar inadvertidos, sino convertirse en un punto de interiorización para todos.

"Esta palabra "sube" (anabainei) evoca la imagen de alguien que trepa al recinto para llegar, saltando, a donde legítimamente no podría llegar. "Subir": se puede ver aquí la imagen del arribismo, del intento de llegar "muy alto", de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir. Es la imagen del hombre que, a través del sacerdocio, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo. Pero el único camino para subir legítimamente hacia el ministerio de pastor es la cruz. Esta es la verdadera subida, esta es la verdadera puerta. No desear llegar a ser alguien, sino, por el contrario, ser para los demás, para Cristo, y así, mediante él y con él, ser para los hombres que él busca, que él quiere conducir por el camino de la vida. Se entra en el sacerdocio a través del sacramento; y esto significa precisamente: a través de la entrega a Cristo, para que él disponga de mí; para que yo lo sirva y siga su llamada, aunque no coincida con mis deseos de autorrealización y estima. Entrar por la puerta, que es Cristo, quiere decir conocerlo y amarlo cada vez más, para que nuestra voluntad se una a la suya y nuestro actuar llegue a ser uno con su actuar" (Benedicto XVI, Homilía en las ordenaciones sacerdotales, 7-mayo-2006).

El sacerdote no busca subir, escalar, el “arribismo”: sino vivir como Cristo Buen Pastor dando la vida. No es un salteador que tenga que escalar una tapia, sino que se agacha empequeñeciéndose para entrar por la puerta estrecha que es Cristo.

"Tú has querido, Señor,
que tus sacerdotes sean ministros del altar y del pueblo;
te rogamos que... su ministerio te sea siempre grato
y dé frutos permanentes en tu Iglesia"
(Cf. O Ofrendas, Rito Ordenación de Presbíteros).

domingo, 9 de mayo de 2010

Carta por tu ordenación sacerdotal

+++ Carísimo:

Ha sonado la hora de Dios para ti. El Sacramento del Orden te va a configurar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. El Espíritu ungirá tu alma. Tu Esposa será la Iglesia; tu amor, el del Corazón de Cristo; tu interés, edificar la Iglesia.

Ha llegado el momento que Dios había preparado para ti. Juntos hemos vivido este tiempo, preparando desde las cosas más materiales (qué fastidiosas, ¿verdad?) hasta las más espirituales. Juntos, como siempre que se puede o que nos dejan; juntos, con los lazos de la amistad, del afecto realmente fraterno, de la afinidad espiritual.

Ahora, como un hermano mayor, me dirijo a ti.

El sacerdocio es realmente grandísimo, un don incomensurable. Hay un amor de predilección previo, el de Cristo, y una pobre y débil respuesta nuestra, que le dice “Sí” y se deja llevar. En este ser conducido uno ve su propia indignidad e incapacidad, se asombra de las maravillas que la Gracia obra en los demás, acompaña en la vida de santidad, descubre la grandeza de muchísimas almas santas, entregadas, que contrastan con lo poco que uno es. El amor de Cristo te rodeará siempre incluso cuando no se percibe o se atraviese por algún desierto amenazador o la sombra de la Cruz se proyecte sobre nuestra existencia sacerdotal.

Conserva lo que eres; no lo pierdas. Guarda tu corazón. Ama a Cristo como ahora mismo lo amas y que nada enfríe tu afecto por el Señor. Ama a la Iglesia, mírala con los mismos ojos sencillos que ahora tienes aun cuando tendrás que descubrir mucha debilidad, flaqueza y pecado, y te duela y te escandalice. Ámala.

jueves, 6 de mayo de 2010

Año sacerdotal. Ser lo que se es por Gracia


La doctrina del Magisterio sobre el sacerdocio siempre ha sido clarísima, con solidez teológica, con principios espirituales y normas disciplinares que ayudaban a vivir y preservar esa realidad. Pero... a veces hemos sido los sacerdotes los que nos hemos dedicado a cuestionar nuestra propia identidad, mientras que el pueblo cristiano la tenía clara, y esperaba de un sacerdote, simplemente, que fuese, siempre y en todo, sacerdote.

“El presbítero debería saber actuar siempre en cuanto sacerdote. Él, como decía San Juan Bosco, es sacerdote tanto en el altar y en el confesionario como en la escuela o por la calle: en cualquier sitio. Alguna vez los mismos sacerdotes son inducidos, por circunstancias actuales, a pensar que su ministerio se encuentra en la periferia de la vida, cuando en realidad se encuentra en el corazón mismo de ella, puesto que tiene la capacidad de iluminar, reconciliar y renovar todas las cosas” (Instrucción, El presbítero, pastor y guía de la comnidad parroquial, n. 11).

¡Cuántas decepciones no habremos provocado! ¡Cuántos escándalos en personas sencillas!

Con las palabras de Benedicto XVI podríamos pisar tierra y darnos cuenta de qué es lo que esperan nuestros fieles de nosotros, a los que hemos de servir y amar como Cristo Pastor los sirve y ama.

“Los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa: que sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en construcción o en política. De él se espera que sea experto en la vida espiritual... Ante las tentaciones del relativismo o del permisivismo, no es necesario que el sacerdote conozca todas las corrientes actuales de pensamiento, que van cambiando; lo que los fieles esperan de él es que sea testigo de la sabiduría eterna, contenida en la palabra revelada” (Discurso al clero, Varsovia (Polonia), 25-mayo-2006).

Nuestra identidad sacerdotal debe ser renovada y cuidada día a día:
  • La oración silenciosa y la adoración eucarística, aunque Jesús calle, frente al activismo que nos vacía.
  • La caridad pastoral que nos mueve a echar las redes mar adentro con los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
  • La Eucaristía diaria celebrada con amor al Señor, vivida, y en ofrecimiento de la propia vida.
  • La ascesis y el combate para ser coherentes, auténticos, sinceros: la unidad interior de vida.
  • El cuidado y vigilancia de la propia afectividad, que no se ata a vínculos humanos o ideologías o ministerios concretos; que ama a Cristo y vuelca la afectividad en Cristo, sabiendo que Cristo colma de amor, amistad y compañía el corazón de sus sacerdotes.
  • El estudio, la actualización de la teología, la formación: todo contribuye a que vivamos lo que somos.
"Oh Dios,
que enseñaste a los ministros de tu Iglesia a servir a los hermanos y no ser servidos;
te rogamos les concedas disponibilidad para la acción

y que en el humilde ejercicio de su ministerio perseveren siempre en la plegaria"

(O Colecta ad libitum, Rito Ordenación de Presbíteros).

sábado, 1 de mayo de 2010

Preces por los sacerdotes

José Antonio, párroco amigo de Guillena (Sevilla) me envía estas preces por los sacerdotes.Vamos a emplearlas, ya que es necesario sostener con la oración a los sacerdotes, ministros del Evangelio, dispensadores de los Misterios de la salvación.

Oración para pedir la santidad de los sacerdotes

Oh Redentor Nuestro, acepta vivir en los sacerdotes,
transfórmalos en Ti.
Hazlos por tu gracia ministros de tu misericordia, obra a través suyo,
y haz que, imitando fielmente tus virtudes, se revistan en todo de Ti,
y actúen en Tu nombre y con la fuerza de tu Espíritu.
Contempla, Señor Jesucristo,
cuántos son todavía los que duermen en las tinieblas del error,
cuántas son las ovejas que caminan al borde del precipicio.
Dirige tu mirada a tantas y tantos pobres, hambrientos y débiles,
que lloran en medio de su soledad.
Vuelve Tú a nosotros por medio de tus sacerdotes.
Muéstrate en ellos y, obrando a través suyo,
recorre el mundo de nuevo,
enseñando, perdonando, santificando y renovando
los lazos de amor entre tu Corazón divino y nuestros pobres corazones.
Amén.


viernes, 16 de abril de 2010

Oración por los sacerdotes (Preces)

 
Un compañero sacerdote de Toledo me ha enviado estas preces por los pastores de la Iglesia. Siempre es necesario que todo el pueblo cristiano ore por sus sacerdotes y que nosotros mismos oremos por nuestros hermanos presbíteros; que todos oremos por nuestro Obispo y sostengamos con nuestra oración al Papa.

Al ofrecerlas en este blog lo hago con el deseo de que al leerlas ahora, las vayas haciendo oración; y, segundo, que le des difusión entre tus amigos, en tu parroquia, en tu Monasterio, en tu blog de Internet... formando una cadena de oración.


jueves, 4 de marzo de 2010

Año sacerdotal. A vueltas con la identidad


Instrucción "El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial", 5:

La identidad del sacerdote debe meditarse en el contexto de la voluntad divina a favor de la salvación, puesto que es fruto de la acción sacramental del Espíritu Santo, participación de la acción salvífica de Cristo, y puesto que se orienta plenamente al servicio de tal acción en la Iglesia, en su continuo desarrollo a lo largo de la historia. Se trata de una identidad tridimensional: pneumatológica, cristológica y eclesiólogica. No ha de perderse de vista esta arqui-tectura teológica primordial en el misterio del sacerdote, llamado a ser ministro de la salvación, para poder aclarar después, de modo adecuado, el significado de su concreto ministerio pastoral en la parroquia. Él es el siervo de Cristo, para ser, a partir de él, por él y con él, siervo de los hombres. Su ser ontológicamente asimilado a Cristo constituye el fundamento de ser ordenado para servicio de la comunidad. La total pertenencia a Cristo, convenientemente potenciada y hecha visible por el sagrado celibato, hace que el sacerdote esté al servicio de todos. El don admirable del celibato, de hecho, recibe luz y sentido por la asimilación a la donación nupcial del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, a una humanidad redimida y renovada.
El ser y el actuar del sacerdote -su persona consagrada y su ministerio- son realidades teológicamente inseparables, y tienen como finalidad servir al desarrollo de la misión de la Iglesia: la salvación eterna de todos los hombres. En el misterio de la Iglesia -revelada como Cuerpo Místico de Cristo y Pueblo de Dios que camina en la historia, y establecida como sacramento universal de salvación-, se encuentra y se descubre la razón profunda del sacerdocio ministerial, «de manera que la comunidad eclesial tiene absoluta necesidad del sacerdocio ministerial para que Cristo, cabeza y pastor, esté presente en ella».

Ya aquí se revelan puntos concretos de la identidad del presbítero y su ministerio.

La identidad sacerdotal es tridimensional al ser:
  1. Pneumatólógica: Es el Espíritu Santo el que configura con Cristo y realiza por nuestras manos la obra de la santificación hoy.
  2. Cristológica: El sacerdote tiene una total pertenencia a Cristo por una vinculación ontológica que lo marca y lo orienta para toda su vida (es ipse Christus), mediante el Sacramento del Orden.
  3. Eclesiológica: El sacerdote está volcado y vive para la Iglesia, Esposa de Cristo, atendiéndola, cuidándola con delicadeza y paciencia. Su relación con la Iglesia es esponsal, y su signo es el celibato sacerdotal que posee un valor teológico-espiritual (y se desfigura completamente si sólo se señala su aspecto ascético-disciplinar y su carácter de “ley eclesiástica”).
El sacerdote es ministro de la salvación, cooperando en la fe y en la verdad, al servicio de vuestra alegría. Si es ministro de la salvación de Dios (no de un proyecto mundano o meramente histórico o inmanente) debe ser hombre de fe (arraigada, confiada, firme, esperanzada), un verdadero hombre de Dios y, por tanto, un hombre de Iglesia, con sentido de Iglesia, con alma eclesial (“vir ecclesiasticus”, que deseaba Orígenes).

El presbítero “presencializa” a Cristo en la comunidad eclesial a través de su vida y coherencia personal, respondiendo a la gracia recibida en el sacramento del Orden, y del ministerio que se le encomienda por parte del Obispo; y presencializa a Cristo como Esposo, Cabeza y Pastor de la Iglesia (no es un simple dirigente, o un responsable, o animador, o líder...).

¿Cómo hace presente a Cristo? De la respuesta a esta pregunta depende todo, y de renovar el propio ser e identidad, la fuente de la espiritualidad sacerdotal. El presbítero hace presente a Cristo porque actúa –por la fuerza del Espíritu- in persona Christi capitis. Aquí los esquemas sociológicos o democraticistas caen para comprender el ministerio sacerdotal; la perspectiva solamente puede ser sobrenatural: la economía de la salvación, el “designio” de Dios sobre su Iglesia y la salvación de los hombres.

Oremos, entonces:

"Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores, y por tu Espíritu, los dirigiste,
llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo" (Preces II Vísp., Común de Pastores).

jueves, 4 de febrero de 2010

Año sacerdotal. La oración del sacerdote


Sin oración, se diluye la vida del sacerdote.
Con la vida de oración, el ministerio se vuelve verdadero, significativo e incluso fructífero.
El sacerdote que ora se va convirtiendo en hombre de Dios y, por extensión, en hombre para los demás, sus hermanos.

En la oración el sacerdote pedirá por sus fieles y presentará al Padre su intercesión por los hombres.
En la oración el sacerdote podrá conocer la voluntad del Padre y discernir a la luz de la fe.
En la oración el sacerdote se confrontará con la Palabra y luego podrá ofrecer en la predicación enseñanza y alimento.
En la oración el sacerdote será robustecido ante las tentaciones de laicización o conformismo o modernización falsa.
En la oración el sacerdote “descubrirá continuamente las dimensiones del Reino de Dios” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 10).
En la oración el sacerdote perseverará con Cristo en la cruz para servir a los demás incansablemente, con dificultades, renuncias y sacrificios.
En la oración el sacerdote recibirá el amor de Cristo y responderá con amor viviendo cristológica y esponsalmente el celibato por el Reino y realizando “otra paternidad y casi otra maternidad” (Id., n. 8) engendrando sobrenaturalmente hijos para Dios.
En la oración resistirá a las tentaciones distintas que le acechen e implorará el don de la fidelidad: “cada uno debe buscar ayuda en la oración más fervorosa. Debe, mediante la oración encontrar en sí mismo aquella actitud de humildad y de sinceridad respecto a Dios y a la propia conciencia, que es precisamente la fuente de la fuerza para sostener lo que vacila” (Id., n. 9).
En la oración, el sacerdote tratará los asuntos de sus fieles con el Señor, pidiendo por ellos.
En la oración, el sacerdote expiará los pecados de sus penitentes, impetrará la conversión de las almas.
En la oración, el sacerdote encontrará el consejo oportuno que un alma espera de él.
En la oración, el sacerdote intercederá por la santidad de sus hermanos.
En la oración, el sacerdote discernirá qué espera el Señor de su parroquia, de su comunidad.
En la oración, el sacerdote será sostenido por Cristo, ya que es el amigo del Esposo.
En la oración, el sacerdote experimentará el consuelo de Cristo en medio de las tribulaciones del ministerio.
En la oración, el sacerdote ante el Sagrario estará realmente acrecentando la vida espiritual de la Iglesia.

"Oh Dios,
que constituiste a tu Hijo unigénito sumo y eterno sacerdote,
te rogamos que cuantos fueron elegidos por Cristo como ministros de tus misterios,
se mantengan siempre fieles en el cumplimiento de su servicio"
(O Colecta, Misa por los sacerdotes).

jueves, 7 de enero de 2010

Año sacerdotal. Hombres de oración... ¡también!


Es patente a los ojos de todos que se ha pasado una grave crisis, aguda, en todo el cuerpo eclesial: crisis de fe, la práctica de la oración se había abandonado, sobraban sociología y planes pastorales y faltaba oración, espiritualidad y discernimiento. La vida de oración se había resentido: todo era un obrar muy intramundano, y la oración era sospechosa de evasión, intimismo y alienación. El lema era que la oración y la contemplación alejaban del mundo y del hombre, y que la oración verdadera era la acción, la praxis.

Las comunidades cristianas se fueron secularizando, relegando a Cristo a la categoría de mito, o de modelo moral, pero cortando el trato directo con Él en la plegaria. No se enseñaba a orar, no se iniciaba en la meditación, no había espacio para la oración litúrgica. Al sacerdote se le había empujado a la arena de una actividad frenética, temporal, mundana y muy secularizada. Entonces surge un repuntar del Misterio de Dios, de centralidad cristológica, de servicio al hombre en aquello que anhela, de espiritualidad que orienta y abre a Dios. Estamos en ese momento de gracia, de recuperación eclesial, de frenar la secularización interna de la Iglesia y reparar sus efectos devastadores.

El sacerdote es hombre de oración. Los hombres, nuestros hermanos en la fe, “esperan que seamos hombres de oración” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 7), y si el sacerdote sacrifica su oración por un falso y absorbente “celo apostólico” estará vaciando de su sustancia el ministerio con el que tiene que colmar a los hombres. El sacerdote es el primero que por su vida de oración se convierte a Dios en una conversión continua ininterrumpida. “Convertirse quiere decir orar en todo tiempo y no desfallecer” (n. 10) por lo cual la oración crea una tensión espiritual que impide la tibieza, el conformismo o la mundanización y sitúa al sacerdote en la dinámica del seguimiento de Cristo.

“La oración es, en cierta manera, la primera y última condición de la conversión, del progreso espiritual y de la santidad” (Id., n. 10). La misma crisis de identidad del sacerdote (o la crisis en que quisieron algunos provocar en los sacerdotes) no se hubiese producido si en lugar de discusiones en muchos ambientes se hubiese rezado más y mejor: “se ha discutido demasiado sobre el sacerdocio... se ha orado demasiado poco”. Y es que el sacerdocio se realiza en la oración, en ella crece, por la oración se desarrolla, se expande y se hace fecundo. La oración es el estilo propio del sacerdote. “No ha habido bastante valor para realizar el mismo sacerdocio a través de la oración, para hacer eficaz su auténtico dinamismo evangélico, para confirmar la identidad sacerdotal. Es la oración la que señala el etilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura” (Id., n. 10).

La oración es un beneficio espiritual para el sacerdote y por extensión es beneficio para los hombres a los que el sacerdote sirve. “La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a Él. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana” (Id., n. 10).

La oración es la vía de comunicación amistosa entre Cristo y su sacerdote; la luz de su ministerio, el canal fecundo para su predicación, la exquisita reparación por sus penitentes, la palanca que mueve los corazones a la conversión... y la Compañía más preciosa del sacerdote.

"Tú, que cuando los santos pastores te suplicaban, como Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua" (Preces II Vísp., Común Pastores).

jueves, 3 de diciembre de 2009

Año sacerdotal. Psicología nueva


El Orden y su sello sacramental, el carácter, han dado lugar a una personalidad del sacerdote, una configuración interior nueva que pone en juego todos los dinamismos psíquicos, morales y espirituales. Ya no es un aspecto o una faceta, ya es todo el hombre el que queda marcado y transformado; por eso, en todo lo que él es, ama, sufre, goza, siente, se ocupa y preocupa, en su modo de relacionarse con los demás, con Dios y consigo mismo, en su forma de estar y comportarse, adquiere un nuevo estilo, un nuevo ser, que puede denominarse “personalidad sacerdotal” que lo determina todo. No queda reservado para un acto cultual o docente, es su vida misma, y nada ajeno a esta personalidad sacerdotal puede aceptarse ni mezclarse ni legitimarse. En todo y para todos, siempre sacerdote.

"Este signo [el carácter], marcado en lo más profundo de nuestro ser humano, tiene su dinámica “personal”. La personalidad sacerdotal debe ser para los demás un claro y límpido signo a la vez que una indicación. Es ésta la primera condición de nues-tro servicio pastoral. Los hombres, de entre los cuales hemos sido elegidos y para los cuales somos constituidos, quieren sobre todo ver en nosotros al signo e indicación, y tienen derecho a ello” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 7). La misma experiencia diaria de vida pastoral ratifica las afirmaciones del Papa. El sacerdote es signo y debe serlo de forma transparente y elocuente, significativa, que remita a Cristo.
La postmodernidad, que reniega de toda trascendencia, pretende volverlo todo “normal”, intramundano, con razonamientos que justifiquen dichas posturas. En la Iglesia se ha infiltrado en la forma de secularización interna y al mismo sacerdote se le quiere transformar en un laico, un agente social, un promotor sólo de causas temporales, que viva, se comporte, se vista, como un laico perdiendo así la eficacia de su ser signo so pretexto de igualdad, de cercanía pastoral, de desacralización. El sacerdote entonces es un laico en todo perdiendo su identidad que se disuelve por completo en una pretendida modernización que a todas luces, viendo los resultados, es un engaño que nada bueno ha traído, un experimento fracasado. El Papa en esta Carta marca un nuevo rumbo: “los hombres... quieren sobre todo ver en nosotros tal signo e indicación, y tienen derecho a ello. Podrá parecernos tal vez que no lo quieran, o que deseen que seamos en todo “como ellos”; a veces parece incluso que nos lo exigen. Es aquí necesario un profundo sentido de fe y el don del discernimiento. De hecho, es muy fácil dejarse guiar por las apariencias y ser víctima de una ilusión en lo fundamental. Los que piden la laicización de la vida sacerdotal y aplauden sus diversas manifestaciones, nos abandonarán sin duda cuando sucumbamos a la tentación. Entonces dejaremos de ser necesarios y populares” (n. 7). Los hechos y la vida cotidiana de cualquier sacerdote saben cuánta verdad hay en estas palabras.

Si escrutásemos con tranquilidad y en diálogo profundo qué esperan encontrar los fieles en sus sacerdotes nos encontraríamos algo muy diferente de lo que los proyectos de modernización lanzan como consigna. Los fieles esperan encontrar al sacerdote “que es consciente del sentido pleno de su sacerdocio: el sacerdote que cree profundamente, que manifiesta con valentía su fe, que reza con fervor, que enseña con íntima convicción, que sirve, que pone en práctica en su vida el programa de las Bienaventuranzas, que sabe amar desinteresadamente, que está cerca de todos y especialmente de los más necesitados” (Id., n. 7).

Sabiendo con claridad lo que el sacerdote es, se acercará a los hombres y estará a su lado en sus gozos y esperanzas, tristezas y angustias, siempre y en todo como sacerdote. No es que huya del mundo ni ponga barreras, al revés, estará más cercano cuanto más sacerdote sea. En este marco se encuadra la necesidad, el bien espiritual que reporta y la obligación de que el sacerdote se vista como tal y sea reconocible. En nota a pie de página (nº 26), el papa cita unas primeras palabras de su pontificado, al mes de su elección: “no nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio, si tratamos de “diluir” nuestro carisma sacerdotal a través de un interés exagerado hacia el amplio campo de los problemas temporales, si deseamos “laicizar” nuestra manera de vivir y actuar, si cancelmos hasta los signos externos de nuestra vocación sacerdotal. Debemos mantener el significado de nuestra vocación singular, y tal “singularidad” se debe manifestar también en nuestra manera de vestir. ¡No nos avergoncemos de ello! Sí estamos en el mundo. ¡Pero no somos del mundo!”.

Sólo de esta forma, sólo siendo así, un sacerdote podrá ejercer su ministerio, “vivir sacerdotalmente” para los demás. “Nuestra actividad pastoral exige que estemos cerca de los hombres y de sus problemas, tanto personales y familiares como sociales, pero exige también que estemos cerca de estos problemas “como sacerdotes”. Sólo entonces, en el ámbito de todos esos problemas, somos nosotros mismos. Si, por lo tanto, servimos verdaderamente a estos problemas humanos, a veces muy difíciles, entonces conservaremos nuestra identidad y somos de veras fieles a nuestra vocación” (Id., n. 7).

Hemos de orar para vivir así el sacerdocio en la Iglesia:
"Tú que hiciste a tus sacerdotes ministros de Cristo y dispensadores de tus misterios,
concédeles un corazón leal, ciencia y caridad" (Preces Vísp. Miérc. IV).

jueves, 5 de noviembre de 2009

Año sacerdotal. ¡Totalmente de Cristo!

La identidad sacerdotal hay que afirmarla y considerarla no sólo desde el punto de vista teológico o sacramental, sino asimismo desde su vivencia espiritual. Son puntos especialmente enriquecedores. El sacerdote, con una clara vocación, identidad y conciencia, debe ser, sentirse, saberse y manifestar su ser sacerdotal; y ser sacerdote y mostrarse como sacerdote en todo momento, en cualquier circunstancia. Los hombres esperan que el sacerdote sea sacerdote de verdad, completamente sacerdote, sin ocultarse ni disfrazarse de los ropajes modernos y populistas. ¡Siempre y en todo sacerdote de Cristo!, ¡sacerdote que ama su ministerio, que está apasionado por Cristo, que ama entrañablemente a la Iglesia, que es solícito del bien de los hombres, que acompaña al hombre y lo remite a Cristo, punto de convergencia de las miradas y los corazones! Y entonces, “como sacerdote”, servirá a los hombres y será fiel a Cristo, a la Iglesia y a sí mismo.

El sacerdote
sólo tiene un objetivo en su vida: la gloria de Dios, el bien de las almas y la edificación de la Iglesia. Ningún otro objetivo ni interés; este empeño da unidad a su entrega. “Aunque la solicitud por la salvación de los demás sea y deba ser también tarea de cada miembro de la gran comunidad del Pueblo de Dios... sin embargo se espera de vosotros, Sacerdotes, una solicitud y un empeño mayor diverso que el del seglar” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 5).

Los campos donde se ejercita el ministerio sacerdotal son tan distintos como variados los lugares y situaciones en que vive el hombre (y ningún ministerio es más importante o digno que otro: parroquia, colegios, enseñanza, predicación, estudio, hospitales...). La condición sine qua non es
vivirlo con el corazón pastoral de Jesucristo: “No obstante, en medio de estas diferencias, sois siempre y en todo lugar portadores de vuestra específica vocación: sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno Sacerdote y del carisma del Buen pastor. No lo olvidéis jamás; no renunciéis nunca a esto; debéis actuar conforme a ello en todo tiempo, lugar y modo” (Id., n. 6).

Los pastores santos son canon.
Vivieron entre los hombres sólo como sacerdotes y al servicio de ellos. Las nuevas situaciones requirieron nuevas respuestas que se originaron desde el Evangelio, fue una respuesta original al Evangelio, fruto de la santidad y el celo pastoral. “No existe otra regla fuera de ésta para “estar al día” en nuestro tiempo y en la actualidad del mundo. Indudablemente, no pueden considerarse un adecuado “estar al día” los diversos ensayos y proyectos de “laicización” de la vida sacerdotal” (Id., n. 6).

Una gracia que hay que pedir: ser siempre, en todo, en cada momento, sacerdotes, plenamente sacerdotes, sólo sacerdotes. Sacerdotes que vibren con pasión por el Evangelio en su ministerio concreto, sacerdotes con gran amor a Cristo que le hagan presente allí donde se encuentren, sacerdotes con alma eclesial. Siempre en el mundo, pero sin ser del mundo ni mundanizarse.


Oremos:

"Señor Dios nuestro,

que para regir a tu pueblo has querido servirte del ministerio de los sacerdotes,

concédeles perseverar al servicio de tu voluntad,

para que, en su ministerio y en su vida, busquen solamente tu gloria"
(O Colecta, Misa por los sacerdotes).

jueves, 1 de octubre de 2009

Año sacerdotal. El carácter que imprime


El “carácter” es un sello, una gracia, un don, que imprime el Sacramento del Orden en el alma del ministro ordenado. Este carácter sacramental por unos fue negado y otros lo reinterpretaron de tal forma que era equiparable (y similar) al carácter bautismal. Si se niega el “carácter”, el sacerdocio se reduce a una función; si se equipara al “carácter bautismal”, no existe diferencia entre sacerdote y laico produciéndose una “laicización” del sacerdote (y, por ende, una clericalización del laico); carece de sentido la entrega para siempre y se plantea un “sacerdocio ad tempus”, y tampoco hay cabida para el celibato que se mira como un lastre cuando el sacerdote “sólo” es un delegado de y para la comunidad y podría serlo igualmente estando casado.

El “carácter sacramental” da la clave de comprensión sacramental del sacerdocio. “El sacerdocio del que participamos por medio del Sacramento del Orden, que ha sido “impreso” para siempre en nuestras almas mediante un signo especial de Dios, es decir, el “carácter”, está relacionado explícitamente con el sacerdocio común de los fieles, esto es, de todos los bautizados y, al mismo tiempo se diferencia de éste, “esencialmente y no sólo en grado”” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 3), citando a continuación el texto íntegro de LG 10.

¿Qué consecuencias se derivan del carácter?
¿Cómo se relacionan el sacerdocio ministerial y el bautismal?

Es verdad que ambos, ministerial y bautismal, están relacionados si bien hay diferencia no sólo de grado sino también de esencia. Ambos brotan del único sacerdocio de Cristo. Entre ellos no puede existir oposición ni rivalidad. El sacramento del Orden confiere una gracia peculiar y específica de manera que el sacerdocio ministerial está en función y al servicio del sacerdocio bautismal, “ayuda a los fieles a ser conscientes de su sacerdocio común y a actualizarlo: les recuerda que son Pueblo de Dios y los capacita para “ofrecer sacrificios espirituales”, mediante los cuales Cristo mismo hace de nosotros don eterno del Padre” (Id., n. 4).

Este sacerdocio ministerial es llamado “jerárquico” en razón de su misión de servicio a la comunidad eclesial: “es sacerdocio “Jerárquico” y al mismo tiempo “ministerial”. Constituye un ministerium particular, es decir, es “servicio” respecto a la comunidad de los creyentes. Sin embargo no tiene su origen en esta comunidad como si fuera ella la que “llama” o “delega”. Este es en efecto, don para la comunidad y procede de Cristo mismo, de la plenitud de su sacerdocio” (Id., n. 4) y es jerárquico pues está relacionado con la potestad de formar y dirigir el pueblo sacerdotal y unirlo a Cristo mediante la Oblación eucarística ofrecida “in persona Christi”.

A esta realidad corresponde una vivencia y actitud espirituales. La espiritualidad sacerdotal orienta la forma de vivir estas realidades en correspondencia con la gracia recibida en el Orden.

“El sacerdocio requiere una peculiar integridad de vida y de servicio, y precisamente esta integridad conviene profundamente a nuestra identidad sacerdotal. En ella se expresa al mismo tiempo, la grandeza de nuestra dignidad y la “disponibilidad” adecuada a la misma: se trata de humilde prontitud para aceptar los dones del Espíritu Santo y para dar generosamente a los demás los frutos del amor y de la paz, para darles la certeza de la fe, de la que derivan la comprensión profunda del sentido de la existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos y en los ambientes humanos” (Id., n. 4).

El carácter es la gracia conferida, el tesoro y fuego vivo en el alma sacerdotal: Cristo para siempre lo ha sellado con el Espíritu Santo y lo ha capacitado para ser Cristo mismo, para que Cristo tome posesión por completo de sus sacerdotes.

Oremos pues: "Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia, y haz que, después de predicar a los otros, sean hallados fieles, ellos también, en tu servicio" (Preces Vísp., Lunes IV).

jueves, 3 de septiembre de 2009

Año sacerdotal. Identidad del ministerio


Este año sacerdotal es ocasión privilegiada para orar por los sacerdotes y comprender y valorar el significado del ministerio ordenado en la Iglesia, y para que los sacerdotes renovemos la gracia sacramental que se nos confirió por la imposición de las manos, con un renovado anhelo de santidad, con un acrecentamiento del celo apostólico, una mayor entrega a Jesucristo, un amor esponsal a la Iglesia.

Los años postonciliares fueron años difíciles, de crisis y de ruptura con todo, en el ámbito civil-político, cultural y de pensamiento, como igualmente en el ámbito eclesial donde la aplicación del Concilio Vaticano II se hizo con muchas dificultades, tanteos y experimentos, que llevaron a rupturas y lecturas críticas de todo lo vivido y realizado por la Iglesia, con una creatividad desbordante y desafiante, donde se amparaba todo en un supuesto “espíritu del Vaticano II”. En el fondo, no sólo era una crisis sociológica, era y sobre todo, una crisis de fe. El azote del secularismo en el mundo moderno y de la secularización interna de la Iglesia tuvieron efectos devastadores. Aquí, en este panorama, comienza el pontificado de Juan Pablo II, vigoroso y fuerte, como respuesta a esta crisis, aliento de esperanza y nuevo ardor y amor en la vida de la Iglesia. La carta Novo Incipiente será el programa sacerdotal de Juan Pablo II, su primera y firme respuesta ante la crisis sacerdotal, su línea de orientación para decir qué es el sacerdote, a qué ha sido llamado, cuál su estilo de vida, de qué modo debe realizar su ministerio y santificarse en él. Así, con esta carta, comienza una nueva etapa, un resurgir de la vida sacerdotal ante la crisis sufrida.

El sacerdocio está referido a Jesucristo y a su misión. El centro de la vida sacerdotal es una unión plena por gracia con Jesucristo donde se es partícipe de su misión. El sacerdote no nace por delegación de la comunidad o elección de las bases ni su sacerdocio es una pura filantropía o una organización sociológica de la comunidad cristiana. Todas estas afirmaciones son reducciones casi al absurdo del sacerdocio. La identidad del sacerdote está referida a Jesucristo, una configuración con Él, un envío y una misión en la Iglesia, sirviendo al hombre.

Jesucristo “como es sabido tiene una triple dimensión: es misión y función de Profeta, de Sacerdote y de Rey... conviene hablar más bien de una triple dimensión del servicio y de la misión de Cristo que de tres funciones distintas. De hecho, están íntimamente relacionadas entre sí, se despliegan recíprocamente, se condicionan también recíprocamente y recíprocamente se iluminan. Por consiguiente es de esta triple unidad de donde fluye nuestra participación en la misión y en la función de Cristo. Como cristianos, miembros del Pueblo de Dios y, sucesivamente, como sacerdotes, partícipes del orden jerárquico, nuestro origen está en el conjunto de la misión y de la función de Nuestro Maestro que es Profeta, Sacerdote y rey, para dar un testimonio particular y ante el mundo” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 3).

Ésta es la identidad, la fuente y el origen del ministerio.

Oremos pues: "Que los sacerdotes, Señor, crezcan en la caridad y que los fieles vivan en la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Preces Vísp., Jueves I).