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lunes, 6 de julio de 2015

La Misa del domingo

Cada domingo, el pueblo cristiano que está disperso en el mundo, santificándolo y transformándolo, se reúne, convocado por el Señor resucitado, para la celebración de la Misa. Ese es el corazón de la vida cristiana, el impulso santificador y evangelizador para toda una semana de trabajos y afanes.

En el domingo, reunidos todos, Cristo presente en medio de su Iglesia, retomamos la conciencia de nuestra pertenencia al Señor y de ser miembros de un Cuerpo. Pertenece a nuestra más íntima y radical identidad católica: en el domingo se visibiliza el misterio de la Iglesia en torno a su Señor, viviendo de su Señor. Ante el mundo y ante la sociedad, se manifiesta que hay un pueblo nuevo, una humanidad nueva, que se reúne, adora a Cristo, recibe su Palabra y su Cuerpo y que la Iglesia está viva, siempre viva, porque se nutre de la fuente viva del altar del Señor. Ante el mundo secularizado, aparece una multitud que acuden a sus iglesias para encontrarse con sus hermanos y celebrar la santa Misa.

El domingo pertenece a nuestra esencia cristiana. No es opcional, no depende de las ganas o no que tengamos, ni siquiera del tiempo libre que dispongamos. El domingo robustece la fe y la pertenencia a Cristo.

jueves, 11 de abril de 2013

Simplemente, el domingo cristiano

El primer día de la semana, cuando todo empieza, fue el día de la resurrección del Señor, señalando así que todo empieza de nuevo y todo es renovado con su Resurrección.


El octavo día, después de la semana, es el domingo, el día que nos abre a la eternidad de Dios, más allá de los límites del tiempo. Cristo resucitado ha abierto el tiempo cronológico (medido por el reloj y el calendario) al tiempo salvífico y eterno (Alfa y Omega, Señor del tiempo y de la historia, para siempre).

El domingo es el día del Señor, es decir, le pertenece a Él, y nosotros, que le pertenecemos, consagramos y santificamos el domingo viviendo la santísima Resurrección del Señor participando de la Santa Misa, como luz y centro de todo, fuente y culmen.

Así fue desde el mismo día de la Resurrección del Señor. Él se aparece -narra Jn 20- en el domingo a los Apóstoles, y de nuevo a los ocho días, otro domingo, para que Tomás, ya allí presente, ya allí con la Iglesia y no por libre, pueda gozar de la experiencia del Señor.

El domingo es el día del Señor y nuestro día más querido: cada domingo es el día del Resucitado, cada domingo es nuestra fiesta, "la fiesta primordial de los cristianos". Es lo que resaltaba luminosamente la Constitución Sacrosanctum Concilium, del Vaticano II:

viernes, 10 de septiembre de 2010

La luz (matinal) del Señor


Que esta luz nos traiga
serenidad y a ella nos devuelva puros;
nada digamos falseado,
nada pensemos tenebroso.

Así discurra todo el día;
que no pequen la lengua mentirosa,
ni las manos, ni los lascivos ojos;
que no mancille falta alguna nuestro cuerpo.

Un vigilante Juez existe allá en la altura
que atentamente todo el día
nos mira y nuestros hechos considera
desde la luz primera hasta el ocaso.

Este es el testigo, éste es el árbitro,
éste escudriña cuanto concibe el alma humana,
cualquiera que ello sea;
nadie a este Juez engaña.

Prudencio, Himno de la mañana, vv. 97-112.

domingo, 7 de febrero de 2010

Oración a Dios, Uno y Trino


Al Padre que, asentado en el celeste solio, rige y gobierna a querubines y serafines, su sagrado trono.

Él es a quien llamamos Dios de los ejércitos,
que no tuvo principio ni ha de tener fin,
creador de las cosas y el mundo todo.


Fuente de la vida (el Hijo) que bajas de la cumbre pura, inspirador de la fe, sembrador de la castidad, domador de la muerte, causa de nuestra salvación.


Todo lo que somos y de fuerza tenemos, de Ti procede.

Reina también aquel Espíritu sempiterno que del Padre y del Hijo, Cristo, procede juntamente.


Penetra luminoso en los corazones puros, que, a Él consagrados como templos resplandecen de alegría, cuando de Dios quedaron impregnados en su ser profundo.


Prudencio, Himno para después de la comida, vv. 4-18.

domingo, 24 de enero de 2010

El misterio de Jesucristo, Dios y hombre


La belleza de los textos litúrgicos favorecen la elevación del alma a Dios al mismo tiempo que profesan la fe ortodoxa. Orándolos y escuchándolos en la celebración litúrgica, vamos asimilando año tras año el dogma, la fe profesada, pero en modo orante. ¡Con razón la liturgia es la theologa prima, la teología primera, que no podemos desperdiciar por falta de atención o distracción, sino orar, escuchar, conocer, contemplar.

¿Quién es Jesucristo? ¿Cómo se articula su divinidad y su humanidad? ¿Por qué había de ser hombre el Redentor y al mismo tiempo ser Dios mismo quien redimiera?

"Es justo, Dios todopoderoso,
es nuestro deber darte gracias
por Jesucristo,
tu Hijo, nuestro Señor,

que se hizo hombre
para anular el pecado del hombre,

permaneciendo inmutable en la divinidad del Padre.


El, el último Adán, con su Espíritu llenó de vida

a los que el primer Adán había abandonado a la muerte
por la condena del pecado.

Por su obediencia
reconcilió con el Padre y Dios eterno
a los que la transgresión del padre terreno había arrebatado
a un destino de bienaventuranza.

Con el remedio singular de su Encarnación

y con la sangre derramada de su Pasión y Muerte,
restauró en nosotros la condición en que fuimos creados,

de la que nos habían expulsado la debilidad y la corrupción.


Hizo todo esto
humillándose en su humanidad
sin perder ni un solo momento la potencia que le pertenece a Él como al Padre.
Se hizo hombre, por lo tanto,
para salvar a los hombres
sin apartarse jamás de la naturaleza del Padre.
Permanecía en la naturaleza divina
mientras, por su gracia,
reconciliaba a los hombres.

Se hizo como nosotros
sin dejar de ser igual al Padre en gloria y en poder.
Y de ese modo socorrió a los hombres

asumiendo la humanidad
sin renunciar a la divinidad que naturalmente posee".

(Illatio Dom. VI de quotidiano, Rito Hispano-Mozárabe).

sábado, 21 de noviembre de 2009

Cristo, Luz de la Vigilia pascual, luz de cada domingo


Allí fluyen los bálsamos destilados de gráciles renuevos y esparcen la canela rara y la flor del nardo su fragancia, que el río se lleva, tras lamerlos, desde s fuente oculta hasta la desembocadura.

Las almas venturosas, en estos verdes prados, entonan dulce canto en armonioso coro, al par que suena la suave melodía de los himnos y van pisando lirios con sus pies resplandecientes.

Marchito queda el infierno con sus blandas penas, y, libre del fuego, salta de gozo el pueblo de las sombras en la soledad de su prisión, ni hierven ya las corrientes de los ríos en el perenne azufre.

En festivas asambleas pasamos nosotros esa noche con piadoso gozo, y aunamos a porfía nuestros votos de prosperidad en la vigilia nocturna, y en el altar bien preparado celebramos el sacrificio (Eucaristía).

Suspendidas en flexibles cuerdas cuelgan las lámparas, que brillan fijas en los artesonados, y la llama, alimentada por el aceite que en ellas suavemente flota, proyecta su luz a través del transparente vidrio.

¡Oh cosa digna de que tu grey te ofrezca, Padre, desde el comienzo de la noche llena de rocío, la luz, la más preciosa de tus dádivas; la luz, por cuya gracia vemos todos tus otros dones!

Tú eres la luz verdadera para nuestros ojos, luz también para nuestros sentidos; Tú espejo interior del alma, espejo Tú por fuera; recibe esta luz que en humilde servicio yo te ofrezco, ungida con el perfume del óleo de la paz,

por medio, Padre altísimo, de tu Hijo Jesucristo, en quien resplandece tu gloria visible, que es Señor nuestro, tu Hijo único, que espira el Espíritu del seno de su Padre,

por quien tu esplendor, tu honor, tu alabanza, tu sabiduría, tu majestad, tu bondad y tu piedad extiende tu reino en Trinidad divina, tejiendo la eternidad en incesantes siglos.


Prudencio, Himno para cuando se enciende la lámpara, vv.117-124. 133-144. 149-163.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Cristo luz guió a Israel en su Pascua


Así es, Padre, como resplandecen nuestras casas con tus dádivas, es decir, con las nobles llamas, y emuladora reproduce esta luz el día ausente; huye ante ella vencida la noche con su manto desgarrado.

Pero ¿quién no verá en Dios la alta y viva fuente de la inquieta llama? Moisés, sin duda, vio a Dios ardiendo en llama esplendorosa en medio de la espinosa zarza.

Feliz quien mereció ver al Príncipe del celeste reino en la sagrada zarza, recibiendo el mandato de desatar el calzado de sus pies para no profanar aquel lugar santo con sus sandalias.

Un pueblo de ínclita sangre, amparado en los méritos de sus mayores y débil, acostumbrado a vivir bajo señores bárbaros, sigue, libre ya, este fuego a través de los vastos desiertos.

Por donde caminaban y habían levantado los rápidos campamentos en medio de la oscura noche azul, un rayo de luz más brillante que el sol guiaba al pueblo vigilante con precursora lumbre.

¿Qué lengua, pues, podrá tejer tus alabanzas, ¡oh Cristo!, que obligas a Egipto, domado con diversas plagas, a ceder ante tu caudillo, por fuerza de tu mano, vengadora de la justicia;

que prohíbes a la mar sin caminos saltar en furiosos oleajes para que en su suelo, ya de corrientes descubierto, se abriese, bajo tu imperio, un tránsito seguro y al punto la ola hambrienta devorase a los impíos;

para quien las estériles rocas del desierto hacen brotar cascadas rumorosas y la peña golpeada suelta en abundancia manantiales nuevos, que dan bebida a los pueblos sedientos bajo el abrasado cielo?

Prudencio, Himno para cuando se enciende la lámpara, vv. 25-44. 81-92

domingo, 8 de noviembre de 2009

Luz matutina: ¡Cristo resucitó!

Cuanto después en negras nubes
oscureció la noche de este mundo,
Tú, Rey del astro matutino,
alúmbralo con tu sereno rostro.

Tú, Santo, que tornas la pez negra
en la blancura de la leche
y haces cristal del ébano,
nuestros pecados negros purifica.

Toda una noche azul sombría
hasta apuntar la luz de la mañana,
sudó Jacob en desigual combate,
osado púgil contra un ángel;

mas a los claros primeros de la aurora,
con las rodillas vacilantes, cojo
y el débil fémur ya vencido,
perdió el vigor para la culpa nueva.

Temblábale la ingle herida,
parte más vil del cuerpo, y que,
al estar del corazón lejana,
fomenta la lujuria fiera.

Estas imágenes nos muestran
que el hombre, entre tinieblas soterrado,
si resistir a Dios pretende acaso,
las fuerzas pierde de su propia rebeldía.

Más dichoso habrá de ser aquel, en cambio,
cuyo cuerpo, privado de templanza,
al despuntar el nuevo día,
se encuentre herido y consumido por la lucha.

Por fin se aleje la ceguera que por largo
tiempo y con avieso engaño
nos arrastara al precipicio
cuando corríamos deslizados con funestos pasos.

Prudencio, Himno de la mañana, vv. 65-96.

domingo, 18 de octubre de 2009

Cristo lo ilumina todo


Nosotros, en cambio, que ignoramos por entero
la corta ganancia, la usura y los discursos,
ni somos fuertes en el arte de la guerra,
a ti, Cristo, tan sólo conocemos.

Entre lágrimas e himnos aprendemos
a suplicarte a ti, dobladas las rodillas;
con nuestra alma así, sencilla y pura,
a ti, con nuestra voz; a ti, con cántico piadoso.

Con estos intereses granjeamos
nuestras ganancias; éste es tan sólo
el arte de nuestra vida, estos oficios
comenzamos al par que el sol naciente resplandece.

Penetra nuestros sentimientos todos,
contempla toda nuestra vida;
hay muchas sórdidas falacias
que ha de purificar tu luz serena.

Ordena que sigamos siendo tales
cuales, quitadas nuestras manchas,
mandaste otrora que brilláramos
en el torrente del Jordán bañados.

Cuanto después en negras nubes
oscureció la noche de este mundo,
Tú, Rey del astro matutino,
alúmbralo con tu sereno rostro.

Prudencio, Himno de la mañana, vv. 45-68.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Himno a Cristo luz al amanecer

¡Noche, tinieblas, nubes,
turbulencia y confusión del mundo;

la luz penetra, el cielo alborea:
Cristo llega; retiraos!


Herido por el dardo del sol,
el velo
oscuro de la tierra se desgarra,
y con el rostro del astro reluciente
retorna ya el color a toda cosa.

Así, también nuestra ceguera
y corazón,
de fraude cómplice,
rotas las nubes,
al cabo descubierto,
ante el reino de Dios recobrarán colores.


A nadie entonces será dado

ocultar cuanto de oscuro piensa;

mas los secretos del alma, desvelados,

se aclararán con la mañana nueva.

Ahora, ahora es la vida seria;

ahora nadie intenta diversiones;
ahora, en faz severa, todos
encubren sus propias insipiencias.


Es hora esta a todos útil,

en la que cada cual cuanto desea desempeñe:

el militar, el hombre civil, el marinero,

el obrero, el labrador, el comerciante.


A aquél arrastra la gloria forense;

a éste, la funesta trompeta de la guerra;

el mercader y el labriego, por su parte,
con ansia anhelan el lucro insaciable.


Nosotros, en cambio, que ignoramos por entero

la corta ganancia, la usura y los discursos,
ni somos fuertes en el arte de la guerra,

a ti, Cristo, tan sólo conocemos.


Prudencio, Himno de la mañana, vv. 1-16; 33-48.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Alabanza al atardecer


¡Criador de la luz resplandeciente, Guía bueno que divides el tiempo en alternancias firmes!, el sol se ha sumergido, avanzando las tinieblas horrorosas; torna, Cristo, la luz a tus fieles.

Aunque hayas tachonado de estrellas innúmeras tu alcázar y el cielo hayas pintado con lámpara lunar, nos enseñas, con todo, a buscar la luz avivando la semilla que brota al golpear un pedernal,

para que el hombre no ignore que su esperanza de la luz está fundada en el cuerpo firme de Cristo, que quiso llamarse piedra inconmovible, de la que nacen nuestras diminutas llamas,


que alimentamos en los candiles, empapados con el rocío del aceite graso o con las teas secas; y también, castrada ya la miel a las colmenas, fibras de junco aderezamos impregnándolas con la cera de floridos panales.


Vivaz florece la llama, ya sea que la cóncava lamparilla de barro cocido suministre su líquido al pabilo embebido, ya preste el pinto su alimento resinoso o ya beba la estopa ardiente la redondeada vela de cera;


desde el vértice líquido, el néctar férvido destila, gota a gota, sus olorosas lágrimas, porque la fuerza del fuego hace llorar una abrasada lluvia desde la punta húmeda.


Así es, Padre, como resplandecen nuestras casas con tus dádivas, es decir, con las nobles llamas, y emuladora reproduce esta luz el día ausente; huye ante ella vencida la noche con su manto desgarrado.


Pero ¿quién no verá en Dios la alta y viva fuente de la inquieta llama?



Prudencio, Himno para cuando se enciende la lámpara, vv. 1-30.

domingo, 30 de agosto de 2009

Himno matutino a Cristo

La tradición hispana es muy rica en sus expresiones litúrgicas, literarias, espirituales. Caló muy hondo la fe y ésta se manifestó en su liturgia, en sus peculiares tradiciones. Prudencio es un poeta del s. V-VI, cuya vida transcurre en la provincia romana de Tarraco, entre Zaragoza y Calahorra. Sus himnos son plegarias para distintos momentos del día o de la cotidianeidad de la vida, así como los himnos en honor de diversos santos. Prudencio nos acompañará en este blog para orar con textos de nuestra primitiva tradición hispana.

Hoy, alabemos a Cristo, por su luz nueva, por la gloria de su Resurrección.

Por esto, en ese tiempo de reposo
en el que alegre canta el gallo,
creemos todos con firmeza
que Cristo resucitó de entre los muertos.

Entonces fue abatida la fuerza de la muerte,
entonces fue la ley del tártaro vencida,
entonces la creciente pujanza
del día forzó la retirada de la noche.

Ya desde ahora sosieguen las maldades,
se aduerma ya la culpa oscura;
que el pecado mortal, al cabo padeciendo
su propio sueño, ya sucumba.

Que el espíritu alerta, por su parte,
a pie firme vigile, trabajando
lo que de tiempo resta
mientras la noche tiene puesta su barrera.

Llamemos a Jesús con nuestras voces,
con lágrimas, con ruegos, con ayunos;
la intensa súplica no deja
que el corazón puro adormezca.

Tiempo asaz, arroscado en el lecho nuestro cuerpo,
estrechó, cargó, rindió
hondo letargo nuestro pensamiento,
que erraba en vanos sueños.

Hay, sí, frivolidades y falsías
que, por amor a la mundana gloria,
hicimos como en sueños;
vigilemos; aquí está la verdad.

El oro, el placer, el gozo, la riqueza,
los honores, la prosperidad, males
de tal jaez nos hinchan de soberbia;
arriba la mañana, y nada es todo ello.

¡Tú, Cristo, disipa nuestro sueño,
destruye Tú los lazos de la noche,
perdona Tú el pecado antiguo
y trae a nuestro pecho la luz nueva!

(Prudencio, Himno A la hora en que canta el gallo, vv. 61-100).

sábado, 15 de agosto de 2009

Domingo: Dies Domini y Dies Ecclesiae


Un principio de profundización e interiorización de la liturgia para nuestras parroquias, Monasterios, comunidades cristianas y cada Iglesia doméstica que es la familia: el domingo, la fiesta primordial de los cristianos. El domingo es la señal de identidad del cristiano, porque el cristiano “no puede vivir sin el domingo”, no puede pasar la Iglesia sin reunirse en asamblea del Señor el domingo, gloriándose en la resurrección de su Esposo y Señor. ¡Cristo ha resucitado!, y por una tradición que se remonta al mismo día de la Resurrección de Cristo, siempre en domingo la Iglesia se ha convertido en verdadera asamblea eucarística, en Pueblo de Dios que de la dispersión en el mundo y en los afanes de santificar las realidades cristianas, pasa a ser un Pueblo unido en la confesión del nombre de Jesucristo.

El domingo es la liberación de todo, el anticipo del tiempo escatológico que ya se ha inaugurado, el descanso como memorial de la libertad otorgada por el Espíritu y preludio del descanso de la vida eterna, sin luchas ni concupiscencia... Es el domingo, día de la Pascua, día de la creación renovada, día de fiesta... ¡Todo invita a celebrar solemnemente el domingo! Juan Pablo II escribió una bella carta, la “Dies Domini”, explicando lo hermoso y específico del domingo cristiano. Su lectura es reconfortadora y va a marcar pautas para resituar el domingo, cada vez más perdido en la vida social y cultural por el “fin de semana”, y creándose casi un “vacío” el domingo, en el que no se sabe bien qué es, para qué sirve y ni qué hacer. Vivir el domingo a fondo es fomentar y preservar la identidad del cristiano en medio del mundo.

La Iglesia de Dios, que durante la semana está como Marta, trabajando y afanada en múltiples cosas y “combates por el Evangelio” (en expresión paulina), el domingo se convierte en María, pasando a sentarse a los pies del Señor para estar con Él. De la intensidad del domingo vivido va a depender la vida espiritual de toda la semana, su tono cristiano. Esto plantea y cuestiona: ¿cómo son las celebraciones litúrgicas dominicales? ¿Cómo se cuida y se mima la Eucaristía del domingo? ¿Se ponen velas y adornos en el altar sólo para el domingo, un mantel más bello? ¿Y la Liturgia de las Horas? ¿Se distingue por la solemnidad progresiva y gradual, o todo se canta y se hace como cualquier feria del Tiempo Ordinario? El domingo también puede ser perfectamente día de la Palabra orada, celebrada y meditada en la lectio divina: ¿Se practica algún tipo de celebración de la lectio? ¿Se realiza en común? También es día eucarístico: día muy adecuado para la adoración al Santísimo, sosegada, silenciosa y amante: ¿se cuida esa adoración? ¿Hacemos algo especial, distinto, orante los domingos en nuestras parroquias?

El domingo es día de la comunidad; la fraternidad cristiana brota casi espontánea del amor de Cristo resucitado. Por ello, los domingos son santificados por la concordia, la caridad fraterna y la solidaridad con pobres y enfermos. En comunidad hay que buscar el modo de celebrar el domingo con un toque festivo. “¡Ved qué hermoso y dulce convivir los hermanos unidos!” (Sal 132). En las parroquias hay que buscar una creatividad para recuperar el domingo y educarse en su vida interior; también los Monasterios deben reforzar su vivencia dominical, a lo mejor recuperando costumbres que había en la comunidad para los domingos y que se han perdido o buscar formas nuevas de vivir la comunidad el domingo.

En el domingo nos jugamos la identidad cristiana. ¡Vamos a recuperarlo! Aquí se cabe el lema: ¡la imaginación al poder!