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lunes, 26 de agosto de 2019

La penitencia sacramental es reparación

Los sacramentos nos aplican los méritos redentores de Cristo; son los sacramentos los cauces por los que Cristo sigue redimiendo y santificando, derramando su gracia redentora.

Los sacramentos son fruto de la reparación de Cristo, de la obra inmensa de la redención.




Muy especialmente podemos fijarnos en el sacramento de la Penitencia. Ahí, de manera tremendamente personal, el penitente es asociado a la reparación de Cristo: es perdonado y, a su vez, debe reparar con Cristo. Ese es uno de los valores de la satisfacción sacramental, de la penitencia que el sacerdote impone al penitente.



La penitencia que se nos impone en el sacramento de la Reconciliación es, en primer lugar, modo de expiar nuestros pecados por medio de nuestras prácticas penitenciales diciéndole al Señor que, si bien antes me he separado de él por el pecado, ahora le muestro mi amor mediante obras concretas; y eso ya es reparación por los propios pecados; en segundo lugar, la penitencia ejerce una función medicinal y debe ser apropiada al penitente para curar las heridas del pecado, extirpar sus raíces y fortalecer el entendimiento y la voluntad en un mayor amor a Dios, debilitado y roto por el pecado. Atendamos a la doctrina de la Iglesia, en primer lugar del Catecismo:

jueves, 11 de febrero de 2016

Una pastoral humilde y compasiva (sentarse a confesar)

Sentarse el sacerdote en el confesionario cada día, pacientemente, es verdadera pastoral, aun cuando la palabra 'pastoral', fruto de la secularización, se identifica con acciones de corte populista o de activismo, con la suma de reuniones y actividades.

Sin embargo, es verdadera pastoral, y muy necesaria, la virtud sacerdotal de quien se sienta pacientemente, cada jornada, en el confesionario. Los fieles, tal vez al principio se sorprenderán, pero luego lo agradecerán como un medio precioso para su santificación y crecimiento. 

La pastoral auténtica es ejercer las virtudes del Corazón del Buen Pastor y éste estuvo siempre receptivo y acogedor a los pecadores que a Él se acercaban. Su corazón aguardaba el retorno del hijo pródigo de la parábola para reintroducirlo en la casa (y la casa es la Iglesia).

Las acciones pastorales de la Iglesia buscan el encuentro y la conversión de la persona con Jesucristo; por eso el confesionario es tan necesario y, aunque sea un martirio, el sacerdote sabe que estar allí cada día es extender la mano como Cristo a quien se está ahogando en el mar de la confusión.

Cuando tanto se habla de 'pastoral' y de 'planes pastorales', y todo se identifica con activismo y acciones populistas, reuniones y programaciones, hemos de recordar algo tan sencillo: pastoral es sentarse cada día en el confesionario con el mismo Corazón y sentimientos de Cristo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

El confesionario: personal y pastoral

Cristo entregó muchas horas de su tiempo a encuentros reposados, serenos, uno a uno, de manera que su interlocutor fuera entrando en el corazón, descubriendo su verdad, acrecentando su deseo de salvación. Eran encuentros profundamente personales y únicos con el Señor que cambiaba la vida. ¿O no se transformó la samaritana? ¿O Andrés y Juan no reconocieron en Cristo a Aquel que su corazón deseaba incluso aunque no lo sabían muy bien?

La pastoral -palabra talismán- debe incluir de nuevo, como siempre lo tuvo, el reposo y la serenidad del encuentro personal, del diálogo amable, de la confidencia tranquila. Las prisas y la multiplicidad de reuniones dificultan la paz para un encuentro personal. Pero hoy, lo verdaderamente pastoral pasa por una disponibilidad real para escuchar y acoger, para dejar que aflorece el corazón del otro y sus luchas, e iluminar su vida y acompañarla.

No nos referimos aquí al amiguismo que cree dependencias espirituales; sino al contacto humano en la vida parroquial, en toda vida eclesial, que acompañe realmente, que discierne y ayude acogiendo al otro. Esto será, si se permite la expresión, una pastoral muy personalizada, una pastoral amable y cercana, uno a uno.

El modelo era la acción de Cristo y su "pastoral personalizada", dedicando el tiempo necesario a cada persona para mostrarle la Verdad e introducirla en la Comunión con Dios:

"Por estos motivos, además de la proclamación que podríamos llamar colectiva del Evangelio, conserva toda su validez e importancia esa otra transmisión de persona a persona. El Señor la ha practicado frecuentemente —como lo prueban, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemos, Zaqueo, la Samaritana, Simón el fariseo— y lo mismo han hecho los Apóstoles. En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe? La urgencia de comunicar la Buena Nueva a las masas de hombres no debería hacer olvidar esa forma de anunciar mediante la cual se llega a la conciencia personal del hombre y se deja en ella el influjo de una palabra verdaderamente extraordinaria que recibe de otro hombre. Nunca alabaremos suficientemente a los sacerdotes que, a través del sacramento de la penitencia o a través del diálogo pastoral, se muestran dispuestos a guiar a las personas por el camino del Evangelio, a alentarlas en sus esfuerzos, a levantarlas si han caído, a asistirlas siempre con discreción y disponibilidad" (Pablo VI, Exh. Evangelii Nuntiandi, n. 46).

viernes, 16 de mayo de 2014

Directores espirituales

La dirección espiritual es un arte, prácticamente un carisma, una gracia, para acompañar a otra persona, iluminar sus situaciones, ayudarla en sus discernimientos y permitirle que crezca respetuosamente hasta la medida de Cristo en su plenitud. La enseña a orar, a vivir la oración, reconoce los signos en los que su oración ha quedado, tal vez estacanda, y Dios quiere que suba un poco más, de otra manera.

La dirección espiritual se puede confundir con un cierto "control", en muchas ocasiones necesario, para ver si vivimos ciertas normas de vida, de piedad, realizamos los objetivos trazados en un plan personal de vida, o verificar si desarrollamos determinados compromisos libremente asumidos. Esta sería una tarea más bien formativa, externa, pero que no llega al fuero interno, al alma misma. Este nivel, propiamente hablando, no es dirección espiritual.

La dirección espiritual tiene mucho que ver con el Espíritu Santo y su don de consejo, con una relación donde tanto la persona que dirige como la persona que se dirige se muestran dóciles al Espíritu Santo. Y hay momentos en la vida, etapas de discernimiento, de crecimiento o de búsqueda, que un director espiritual es imprescindible para lograr vislumbrar lo que Dios pide.

El director espiritual, a ser posible, debe ser santo y letrado, es decir, santo y con mucha y sólida teología, y si no se encuentra alguien con las dos condiciones, al menos, que posea una sólida teología porque no aconsejará movido por ñoñerías, sentimentalismos ni errores "de buena voluntad". Ante todo, letras debe poseer el director espiritual, es decir, teología, conocimiento hondo de la teología, de la espiritualidad, de los Padres de la Iglesia, del Magisterio.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Valores de todo tipo del Sacramento de la Penitencia

De todo tipo: en sí mismo para el penitente y también para el sacerdote que celebra el Sacramento; valores terapéuticos y sanadores, espirituales y morales... 


Un discurso muy positivo en el tono, muy pedagógico también, ofreció el papa Benedicto en la anual semana de estudio de este Sacramento en Roma.

Señalemos por partes los distintos valores (por llamarlos de alguna forma).

a) Es un ejercicio de santificación para el sacerdote. ¿Cómo lo explicaría? Un sacerdote se santifica no por el número de reuniones y organigramas pastorales, o planes pastorales y revisiones consiguientes, sino por el ejercicio del propio ministerio, las acciones santas del ministerio, movido por la caridad pastoral. Sentarse cotidianamente en el confesionario es un ejercicio de santificación y un medio para la santidad del sacerdote.

"Deseo detenerme con vosotros sobre un aspecto que quizás no se ha considerado suficientemente, pero que es de gran relevancia espiritual y pastoral: el valor pedagógico de la Confesión sacramental. Si es verdad que siempre es necesario salvaguardar la objetividad de los efectos del Sacramento y su correcta celebración según las normas del Rito de la Penitencia, no está fuera de lugar la reflexión sobre cuanto pueda esto educar la fe, sea del ministro, sea del penitente. La fiel y generosa disponibilidad de los sacerdotes en la escucha de las confesiones, sobre el ejemplo de los grandes Santos de la historia, desde San Juan María Vianney hasta san Juan Bosco, desde san Josemaría Escrivá a san Pío de Pietralcina, desde san Giuseppe Cafasso a san Leopoldo Mandić, nos indica a todos nosotros como el confesionario puede ser un “lugar”real de santificación" (Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Curso del Fuero interno, 25-marzo-2011).

jueves, 1 de agosto de 2013

Preparación interior del sacerdote... ¡para confesar!

Un sacerdote tiene una misión apostólica recibida del Señor y de la Iglesia, la de perdonar los pecados, actualizando la Redención, comunicándola, mediante un sacramento, el de la Penitencia. El sacerdote, por un don del Señor, entra en el misterio de una colaboración personal con Dios para comunicar el perdón de los pecados. Es una tarea delicada, especialísima.


La mediación sacerdotal, prolongando el envío que Cristo hizo de sus apóstoles al mundo, es el último avance de la gracia de Dios hasta nosotros; por sus sacerdotes, cuya persona es asumida por Cristo en el momento de la ordenación de una manera completamente especial, es Cristo, es decir, Dios mismo, quien perdona, convierte, absuelve, como es Él mismo quien consagra, bautiza, intercede en ellos. El escándalo alcanza aquí su culmen, ya que son hombres, también pecadores, quienes son instrumentos de la victoria de Dios sobre el pecado.

Aunque la gracia se transmite independientemente de la santidad del ministro, sin duda será más eficaz y fructuosa por la vida santa del sacerdote. En un ministerio tan delicado como el sacramento de la Penitencia, la santidad personal del sacerdote y su conveniente preparación, ayudarán sin duda a que el penitente se abra a la acción de Dios, reoriente sus pasos, avance decididamente a la santidad. Pensemos en la afirmación del decreto conciliar Presbyterorum ordinis: 

domingo, 17 de febrero de 2013

Renovar el sacramento de la Penitencia

Nadie se asuste: no propongo una revisión del rito del sacramento de la Penitencia; en todo caso, diría que se aplicase bien el rito, en su forma A (confesión y absolución individual) y en su forma B (celebración comunitaria con confesión y absolución individual).


Más bien me refiero a eso que suele denominarse "pastoral" del sacramento de la Penitencia: eso es lo que hay que renovar. Se suele ya, después de una época de silencio, predicar más sobre este sacramento, mostrarlo mejor en la catequesis, y confesar a todos, niños y jóvenes, antes de la Primera Comunión y de la Confirmación, y en algunos momentos más. Son pequeños brotes de esperanza para la vivencia de este sacramento. Pero, ¿sería suficiente?

domingo, 28 de octubre de 2012

Confesar los pecados

Me encontré un texto de san León Magno, para mí desconocido, pero que me parece claro en un punto. Se refiere al hecho de confesar los pecados.

Me explico.


En los años 70 se pensaba que el Sacramento de la Penitencia debía ser, también en los signos exteriores, algo comunitario. Se creó la fórmula C -confesión y absolución comunitaria- que se reserva para casos gravísimos y con permiso explícito del Ordinario del lugar (excepto en una catástrofe). Pero muchos, precipitadamente, querían presentar estas celebraciones con la absolución comunitaria como lo más acorde con lo que fue la Tradición de la Iglesia en el Sacramento. Pensaban que todo era comunitario: la absolución y hasta la propia acusación de los pecados, si bien esta acusación la presentaban como genérica ("soy pecador") sin concretar más.

Craso error.

En el Orden de los Penitentes se ingresaba en la antigüedad para expiar los pecados, durante un tiempo prolongado (un año, tres años...) con salmos diarios, ayunos prescritos de pan y agua, expulsión de la asamblea después de la homilía, hasta que pasado ese tiempo en una solemne liturgia el Jueves Santo por la mañana, uno a uno recibían la absolución y la imposición de manos del Obispo en la catedral para que pudieran participar, ya reconciliados en la Vigilia pascual.

lunes, 12 de marzo de 2012

La labor del confesionario

El sacramento de la Penitencia es un medio de gracia, reconciliación con Dios y con la Iglesia, perdón de los pecados, ayuda en el discernimiento y aliento en el crecimiento de la vida cristiana.

No sólo para la santa Cuaresma, sino para todo el año, este sacramento merece ser predicado, expuesto en la catequesis y ofrecido por los sacerdotes cada día. Esta tarea pastoral en una parroquia, que es un martirio silencioso para el sacerdote confesor, renueva las almas y es un signo de vitalidad para una parroquia.

Nada más bueno ni agradable que saber que se puede ir a la parroquia y encontrar sacerdotes disponibles en sus confesionarios, esperando como el Padre de las misericordias, para acoger a quien necesita de la gracia del perdón divino. Esta labor del confesionario, cotidiana, es una siembra amorosa del Evangelio en las almas, pero a largo plazo y sin duda entra en la categoría "pastoral" más que otras acciones que expresan el "activismo" en el que vivimos.

Una pastoral sobre el sacramento de la Penitencia se hace necesaria, tanto para explicar bien el sacramento, de forma amable, en homilías, predicaciones, retiros y catequesis, como la posibilidad real de ver al sacerdote en el confesionario aguardando cada día. Esta sí es una lección sobre el valor de este sacramento más que muchas palabras pronunciadas y más de una vez será determinante para que alguien se decida a celebrar el sacramento.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Convertir el corazón, preparar el camino

Aunque la penitencia no es el tono fundamental del Adviento, sí es cierto que en todo tiempo se ha de convertir el corazón al Señor. Así, en Adviento, la voz profética del Precursor, grita a quien quiera oírle: "preparad el camino al Señor", ya que él vino para convertir el corazón.


Ahora, en Adviento, el corazón ha de convertirse para preparar el camino al Señor; ahora es tiempo de que los corazones se preparen y Cristo encuentro un pueblo bien dispuesto. Nuestros pecados retardan la salvación de Cristo; apresuremos su venida, adelantémosla, ofreciendo el corazón sin valles ni montes, sino una calzada digna de ser transitada.

El ritual de la Penitencia viene en nuestra ayuda abriéndonos los tesoros de la liturgia para nuestro aprovechamiento y transformación interior. Siempre está la posibilidad de celebrar el Sacramento de la Reconciliación en la forma B, reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución individual (la forma C, la absolución comunitaria, está restringida a tenor de la normativa de nuestra Conferencia episcopal). Pero además de la forma B del sacramento, el ritual de la Penitencia ofrece unas "celebraciones penitenciales", a modo de celebraciones de la Palabra, que pueden muy bien enriquecer la vida litúrgica de una parroquia, de un Monasterio o de una comunidad religiosa, como una ayuda y acicate para el reconocimiento del propio pecado, la escucha de la Palabra y la conversión personal, que desembocarán en la celebración del sacramento de la Penitencia cuando cada uno estime conveniente (se sobrentiende que antes de Navidad).

"Las celebraciones penitenciales son reuniones del pueblo de Dios para oír la palabra de Dios, por la cual se invita a la conversión y a la renovación de la vida, y se proclama, además, nuestra liberación del pecado por la muerte y resurrección de Cristo. Su estructura es la que se acostumbra a observar en las celebraciones de la palabra de Dios, y que se propone en el Rito para reconciliar a muchos penitentes" (RP 36).

Son, sencillamente, celebraciones de la Palabra, una catequesis interior que la misma liturgia ofrece para que cada uno llegue "al verdadero conocimiento del pecado y a la verdadera contrición del corazón, es decir, a lograr la conversión" (RP 36) sin que se confundan con celebraciones del sacramento de la Penitencia (cf. n. 37). ¿Para qué son útiles? Responde el ritual:

jueves, 15 de diciembre de 2011

Una iglesia vacía y un confesionario

Como a veces los criterios entre los mismos fieles están confusos, se valora a los sacerdotes según la actividad desbordante de un hombre simpático, que parezca que no tiene tiempo para nada con una agenda llena de reuniones (a las que llega tarde, si es que llega), que haga la liturgia distraída, original, pensando que así va a acudir más gente... Pero con esos criterios confundidos, lo esencial no se valora, sino que incluso se pone en sospecha o se mira con desprecio. Por ejemplo, hay fieles que si ven al sacerdote tranquilamente orando en el Sagrario pensarán que está perdiendo el tiempo en lugar de estar charlando en el despacho con los/las catequistas de turno. O si está recogido escribiendo una catequesis o estudiando y preparando un retiro o la homilía, si no lo ven con los brazos cruzados en el despacho echando la tarde o la mañana, "es que no hace nada".

Caso más grave aún la mirada sospechosa de algunos si el sacerdote pasa tiempo en el confesionario. Quienes van a sentarse un rato en la sacristía (en lugar de rezar) para comentar o chismorrear con el sacerdote verán una pérdida de tiempo el confesionario... Porque allí parece que no hace nada, tiempo perdido, apostolado estéril.

Es evidente que quienes así piensan nunca han estado en el confesionario, sentados una hora, quizás dos, con paciencia infinita, por si viene alguien, comunicando sólo Gracia y Misericordia de Cristo, porque entonces comprenderían que esto sí es verdadera "pastoral". Pero como estamos tan secularizados, no queremos verlo.

¡Cuántas conversiones, cuánto reorientar la propia vida, cuánta luz se entrega y se ofrece en el confesionario! El cristianismo mismo es asimilado e interiorizado desde el confesionario, con un trabajo delicadísimo como es forjar almas, labrarlas, animarlas, acompañarlas...

El cardenal Meisner, arzobispo de Colonia, dijo en el Congreso sacerdotal que se tuvo en junio de 2010 en Roma:

"un confesionario en el que está presente un sacerdote, en una iglesia vacía, es el símbolo más impresionante de la paciencia de Dios que espera".

Los fieles tienen que ver esto: la iglesia vacía porque tal vez falta una hora para la Misa, pero el sacerdote está allí, en el confesionario, rezando y leyendo con paz. Es todo un signo. Y quien haga esto, entonces estará siendo un sacerdote fiel, un sacerdote con todas las letras, haciendo la auténtica "pastoral", pero todos los días, no solamente uno porque le quedaba un rato libre. 

Entonces, tal vez, los fieles aprendan a valorar el sacerdocio en su justa medida eclesial, y no con los criterios de la pastoral secularizada de los curas "muy enrollaos".

domingo, 9 de octubre de 2011

Palabras a los sacerdotes sobre la confesión

Supongo que a todos nos ha pasado más de una vez: leer en el tablón de anuncios el horario de Misas en la parroquia y, abajo, "confesiones media hora antes de la Misa". ¿Sí? Luego va uno a confesar y allí no hay nadie un día tras otro. Entonces hay que ir al despacho parroquial y pedir si puedes confesar, a veces, con un montón de personas delante que están charlando y haciendo compañía al sacerdote.

Al comenzar un nuevo curso, un gran propósito de todo "programa pastoral" sería la normalidad de que el sacerdote esa media hora diaria antes de cada Misa se vaya al confesionario, se siente allí y espere, como el padre de la parábola, a ver venir de lejos al hijo pródigo y recibirlo. ¡Si es que es muy simple! Porque a veces se puede dedicar tiempo a cosas menos importantes o incluso superfluas y cosas realmente importantes, que implican celo y espíritu sacerdotales, esas se dejan.

Así me encuentro con unas palabras de Juan Pablo II claras, contundentes, que no agradarán a algunos:

"A vosotros sacerdotes, como ministros de la reconciliación, os exhorto a cobrar un renovado aprecio por la celebración de este sacramento, en el que Jesús se vale de vosotros para llegar a lo más íntimo del corazón. No dejéis de estudiar y orar a fin de estar a la altura del ministerio de la pacificación del hombre con Dios, facultad tan inaudita, que hizo exclamar con estupor: “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Mc 2, 7). Por esto, os pido que estéis siempre disponibles. No escatiméis el tiempo de vuestra dedicación a administrar este sacramento y a guiar a los fieles por el camino de la perfección. Pensad que Dios está siempre a la espera del hijo que vuelve a casa para ser perdonado y reconciliado por medio de vosotros. Y que vuestra misma experiencia de acercaros personalmente a este sacramento sea el mejor estímulo para vuestra dedicación pastoral, y un motivo ulterior para vivir continuamente vuestro “gozo pascual”" (Discurso a los sacerdotes y religiosos, Montevideo (Uruguay), 31-marzo-1987).

sábado, 13 de agosto de 2011

La Penitencia, sacramento social (De Lubac)

El sacramento de la penitencia, en su forma ritual incluso, aparece mucho más social y tendente a la comunión, aunque las formas litúrgicas hayan variado con el paso de los siglos y se recubra hoy de un manto aparentemente personalísimo e individualista incluso. 

La eficacia de la penitencia encuentra una explicación análoga a la del bautismo, pues no en vano la penitencia es a modo de un segundo bautismo. En la penitencia se da el perdón sacramental y la reintegración social de quien se ha separado por el pecado. Todo el aparato de la penitencia pública y la reconciliación y absolución sacramental en la mañana del Jueves Santo por el obispo mostraba a las claras que el perdón de Dios era dado a la Iglesia, y que el penitente que por su pecado se había apartado de la comunicación de las cosas santas y de la comunión eclesial, era reintegrado al seno de la Comunión para poder participar de la Pascua. Durante la Cuaresma se oraba por los penitentes pero debían salir de la asamblea litúrgica antes de la presentación de los dones eucarísticos (vivían fuera de la Comunión eclesial, ex-comulgados) y se reintegraban a la Iglesia en la mañana del Jueves Santo, con todos los fieles orando y cantando: el Obispo los recibía en la Puerta del Perdón de la Catedral y los llevaba a la nave de la basílica donde se postraban; tras la absolución, el Obispo los iba levantando uno a uno. ¡Era una fiesta eclesial! El pecado aparta de la vida de la Iglesia, la Penitencia introduce de nuevo en la vida de la Iglesia.

sábado, 26 de febrero de 2011

Píldoras para confesarse

Me mandó este correo un amigo... y me parece sugerente.

Hemos de reconocer que el sacramento de la Penitencia ha sido bastante postergado en la vida espiritual de los católicos y en la misma práctica pastoral (los sacerdotes difícilmente se sientan cada día en la sede penitencial porque los penitentes no van... y los penitentes no van porque no ven a los sacerdotes allí).

Por cierto, "pastoral", "ser muy pastoral"... es también sentarse diariamente en el confesionario media hora o una hora...

Pero pensemos ahora cada cual:

-Si doliese el alma como nos duele el cuerpo, habría largas colas en los confesonarios.

-Si fuera tan fácil salir de prisión como confesar los pecados, las cárceles se vaciarían.

-Si fuera tan fácil dormir en paz como decir  los pecados, sobrarían los barbitúricos.

-Si la gente sintiese vergüenza de confesarse a un hombre, sobrarían las televisiones.

-Si los confesores  fuesen  ángeles, no nos entenderían y se extrañarían de nosotros.

sábado, 10 de julio de 2010

Dedicar tiempo a confesar

Entiendo la queja de algunas personas que buscando confesar, encuentran casi siempre los confesionarios vacíos, y que para poder celebrar el sacramento han de ir a la saristía a pedirlo expresamente.

Junto a este fenómeno hay otro que debemos tener en cuenta: las malas caras de otras personas si cuando van al despacho parroquial el sacerdote está en el confesionario, y protestan, ¡vaya si protestan! Sin embargo, muchas de las tareas de administración y archivo en un despacho las puede realizar un laico competente, pero el sacramento de la Penitencia es exclusivo de un sacerdote.

Y siempre es seguro que más bien puede hacer un sacerdote confesando que estando sentado en el despacho departiendo con quienes van al despacho, muchas veces a saludar y echar un ratito sentados.

Un sacerdote que dedique un tiempo fijo, amplio, cada día al confesionario está evangelizando: porque en cada Sacramento entrega la Gracia y la Misericordia, y ayuda personalmente en la Reconciliación a que el penitente interiorice el Evangelio, confronte su vida con Cristo y avance en el camino de la santidad.

Da igual si van o no van muchos a confesar: el sacerdote aguarda en el confesionario cada día. Aunque algunos más secularizados no califiquen esto de "pastoral" ("la pastoral es estar con la gente"), es un ejercicio indispensable del ministerio pastoral.

Benedicto XVI proponiendo a San José Cafasso en una de sus catequesis semanales subrayaba:

"San José Cafasso intentó llevar a cabo este modelo en la formación de los jóvenes sacerdotes, para que, a su vez, se convirtiesen en formadores de otros sacerdotes, religiosos y laicos, según una especial y eficaz cadena. Desde su cátedra de teología moral educaba a ser buenos confesores y directores espirituales, preocupados por el verdadero bien espiritual de la persona, animados por un gran equilibrio en hacer sentir la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, un agudo y vivo sentido del pecado. Tres eran las virtudes principales del Cafasso profesor, como recuerda san Juan Bosco: calma, delicadeza y prudencia. Para él la verificación de la enseñanza transmitida estaba constituida por el ministerio de la confesión, a la cual él mismo dedicaba muchas horas de la jornada; a él se dirigían obispos, sacerdotes, religiosos, laicos eminentes y gente sencilla: a todos sabía ofrecer el tiempo necesario. De muchos, también, que llegaron a ser santos y fundadores de institutos religiosos, fue sabio consejero espiritual. Su enseñanza nunca era abstracta, basada solo en los libros que se utilizaban en ese tiempo, sino que nacía de la experiencia viva de la misericordia de Dios y del profundo conocimiento del alma humana adquirida en el largo tiempo transcurrido en el confesionario y en la dirección espiritual: la suya era una verdadera escuela de vida sacerdotal".

viernes, 27 de noviembre de 2009

La confesión, lo personal y la confusión de la absolución comunitaria


En la Iglesia, todo es personal a la vez que comunitario; se excluye tanto el individualismo que privatiza la salvación y la devoción, como el comunitarismo que diluye lo personal convirtiendo al cristiano en un número dentro de la masa eclesial. Así pues, la persona vive en la Comunión de los Santos como el ámbito de desarrollo y potenciación de su ser personal, tendente a su plenitud en la comunión.

Recordemos algunos datos: Dios llama a cada uno por su nombre y le asigna su propia misión; Él “modeló cada corazón y comprende todas sus acciones” (Sal 32); Cristo llama uno a uno por el propio nombre a los apóstoles y los agrega a la Iglesia; conoce a cada oveja; los encuentros con Cristo son personales y transformadores: Andrés y Juan, Pedro, Nicodemo, la Samaritana, María Magdalena; las curaciones son personales (¡signos de sanación espiritual del pecado!), uno a uno, con gestos y signos concretos para ser luego reintegrado a la comunidad como el leproso, los ciegos, el paralítico; San Pablo realza lo personal cuando exclama lleno de estupor: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2.20) y reconoce que “a cada uno” se le asigna una gracia y una misión para edificación del Cuerpo de Cristo (“en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”, 1Co 12,7).


Todo es tan personal, que cada uno recibe el Bautismo uno a uno en el seno de la Iglesia, que cada uno debe profesar la fe común-eclesial personalmente y en singular (“Sí creo”, “Credo”), que cada uno personalmente ha de discernir previamente si puede o no participar de la comunión para no comer y beber su propia condenación (cf. 1Co 10).


Una expresión sublime de lo personal en la Comunión de los Santos es el sacramento de la Penitencia. Personalmente, con la mediación de la Iglesia (desde que Dios se revela en la Encarnación de Cristo, el método divino es la mediación), el cristiano celebra un sacramento en el que sólo ante un sacerdote reconoce y confiesa sus pecados concretos, sin escudarse en el anonimato de la masa, sino asumiendo conscientemente el propio pecado y presentándose ante Cristo que, por medio del ministro, va a sanar, recomendar, aconsejar, imponer una medicina espiritual o penitencia, y absolver.


Parecería más cómodo, y así algunos lo defienden, una absolución comunitaria... ¿pero dónde queda el encuentro personal con Cristo en el Sacramento? ¿Todo queda en una masa anónima, con pecados anónimos y genéricos, que se absuelven sin curar al pecador en lo concreto? Sería, en el fondo, una despersonalización de la salvación, la anulación del encuentro con Cristo (encuentro íntimo, único, irrepetible, en el hoy de ese pecador).

Algunos aducen que esa era la práctica de la Iglesia primitiva, así, tal cual, y que la celebración actual, la confesión con absolución individual, es imposición del concilio de Trento. En realidad, la penitencia en los primeros siglos es mucho más compleja que decir simplistamente que se impartía una absolución comunitaria. El pecador iba al obispo o al presbítero privadamente, reconocía su pecado (adulterio, homicidio, apostasía... ¡los grandes pecados!) y se le admitía en el Orden de los Penitentes. Por tanto, primer paso, verbalizar sus pecados. En el Orden de los Penitentes realizaría prácticas penitenciales durante cierto tiempo establecido por el Obispo (días de ayuno a pan y agua, cierto número de salmos diariamente, vestido penitencial), sería despedido de la Eucaristía dominical tras la homilía junto a los catecúmenos y entonces, en la oración de los fieles (de los bautizados) el diácono lo encomendaba en la plegaria común. Pasado el tiempo prudente, la mañana del Jueves Santo eran introducidos por las puertas de la iglesia hasta el presbiterio entre el canto de los fieles, y recibían la absolución del Obispo para poder celebrar la Pascua. No era camino fácil, ni indiscriminada la absolución, ni tampoco reiterable (una sola vez en la vida). La práctica penitencial con el transcurso de los siglos facilita su celebración, disminuye su rigor, se hace mucho más accesible. Se desvela el aspecto maternal de la Iglesia facilitando la gracia del Sacramento para vivir en santidad.


No, la absolución comunitaria que algunos presentan como más misericordiosa y “pastoral”, ni tiene raigambre en la Tradición de la Iglesia, ni tiene en cuenta lo personal, ni contribuye al crecimiento interior del penitente en el seguimiento de Cristo.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Neoconversos de hoy. La gracia sigue actuando


Que el Espíritu Santo actúa, es indudable, pero a veces parece que no lo viésemos ni sintiésemos. Su actuación es garantía de la presencia del Señor y de la eterna juventud de la Iglesia, que siempre se renueva, que siempre florece, que periódicamente nuevos tallos vienen a reverdecer. Pero a veces se nos olvida.

Los neoconversos han supuesto un impulso en la vida de la Iglesia; personas que no eran católicas han descubierto a Jesucristo y se han bautizado en la edad adulta; otros, provenientes del protestantismo o del anglicanismo, llegaron a la conclusión razonada y razonable que la Católica era la Iglesia fiel y original, el Tronco del que se desgajaron ramas y volvieron a su seno hallando en la Iglesia Católica su hogar, su Madre, su ámbito vital y salvífico; otros casos se producen por un acontecimiento de gracia siendo bautizados o incluso católicos con cierta vida cristiana, pero llega un momento de conversión tan fuerte que redescubre la vida católica, ¡con tanta alegría!, que viven entusiasmados (en su etimología griega: metidos en Dios).

Hay libros que recogen las grandes conversiones en la historia cristiana hasta nuestros días, y son revulsivos para la propia conciencia. Pero también hay conversiones pequeñas, silenciosas, anónimas, a fecha de hoy. En el confesionario de mi parroquia los he encontrado: son hermanos nuestros que viven apasionadamente la fe católica después de años de frialdad o indiferencia. Soy testigo de estos neoconversos, testigo feliz y siempre emocionado.

En todos los casos de neoconversos hay un dato común: un momento de gracia de Dios en la vida, ya sea una enfermedad o una circunstancia difícil donde recibió un testimonio de fe, ya sea un Cursillo de cristiandad, unos Ejercicios o algún tipo de Curso, convivencia o retiro. Este momento de gracia marca un antes y un después.

Otro punto común es lamentar sinceramente el tiempo perdido en su vida. Ven todo ahora con una nueva luz, van amando paso a paso a Jesucristo y se quieren entregar a Él, pero sienten –incluso lloran- el tiempo perdido porque conocían a Jesucristo muy poquito, lo vivían todo tal vez por rutina, por tradición, pero jamás con una fe personalizada, asumida e integrada en todo lo que eran y vivían. Sienten y de qué forma tan viva, las veces que han confesado rutinariamente en lugar de gozar de la Misericordia divina, las veces que han asistido pasivamente a la Misa, los momentos desperdiciados al escuchar las lecturas bíblicas y no dejarse interpelar por la Palabra, las predicaciones a las que no quisieron prestar atención, el déficit de formación que arrastran. Ahora quieren recuperar el tiempo perdido. Sienten que la experiencia de San Pablo en el camino de Damasco es tan real que ellos lo están viviendo ahora.

Asimismo, estos neoconversos descubren con mucha fuerza la vida interior. ¡Qué lección de entusiasmo ante tantos católicos apagados y “justitos” en todo! Hablan de su oración, del ofrecimiento de obras, de la lectura espiritual, de la visita al Sagrario, de la Misa diaria, del examen de conciencia, disfrutando de esos momentos y conscientes de que esa vida de oración y liturgia les da la vida, no pueden pasar sin ellos. Lo cuentan con sencillez, buscando entregarse del todo a Jesucristo. Se preocupan de la oración, de la vida litúrgica, del testimonio de vida, de amar más a Cristo cada día y también, cómo no, de formarse leyendo o en catequesis de adultos. ¡Qué diferencia con aquellos, tantos, que pudiendo tener todo esto, desaprovechan las ocasiones y se contentan con lo mínimo o con lo superficial!

Algunos en el confesionario incluso expresan que ahora que conocen a Jesucristo, sólo se ofrecen a Él y le preguntan cuál es su voluntad; quieren conocer qué misión les va a asignar el Señor, qué tarea, qué apostolado, porque piensan que si Jesucristo los ha llamado y convertido, será para algo.

Soy testigo de estos neoconversos. Vale la pena pasar tiempo en el confesionario esperando y disponible cuando de pronto llega alguien con una experiencia tan fuerte y que va dando los primeros pasos con entusiasmo y amor. Pero, por encima de los casos particulares, extraemos tres lecciones. La primera lección es que el Espíritu Santo actúa, y por tanto, jamás hemos de perder la esperanza. La segunda lección es que nos toca evangelizar muy en serio, mostrar a Cristo, llevar a los hombres al Corazón de Cristo y al seno de la Iglesia, porque tal vez nosotros, o la catequesis que llevamos adelante, el retiro que predicamos o el cursillo que impartimos, va a ser el instrumento que Dios emplee para tocar el corazón de alguien: por ello siempre habremos de emplearnos a fondo, dar sólidos conocimientos doctrinales, orar por quienes participen. La tercera lección sería aprender de quienes se convierten el entusiasmo y el amor cuando a veces venimos de vuelta del catolicismo y pretendemos ajustar el cristianismo a nuestra medida, con cierta dosis de apatía.

domingo, 4 de octubre de 2009

La belleza y santidad del matrimonio indisoluble

Siempre igual: cuando se proclama el Evangelio de este domingo (“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre... Si uno se divorcia y se une a otra mujer comete adulterio...”) no falta quien se llega a la sacristía a decirte que “eres muy duro”, ¡y sólo he glosado el Evangelio para hablar de la indisolubilidad, del sentido del amor abierto a la entrega y al sacrificio y no sólo al amor romántico-sentimental que es inconsistente y fugaz!

El matrimonio es una realidad santa, querida por Dios, elevada a sacramento, santificada por su gracia. A los oídos católicos incluso les resulta duro este Evangelio, y no lo llegan a comprender basados en la superficie de un Jesús que es amor, un liberal que admite que si desaparece el amor, el divorcio es una salida razonable. ¡Los mismos católicos los piensan así!

Pero pierden de vista la realidad natural y sobrenatural del matrimonio. No se cimienta en los sentimientos, sino en la fidelidad de Dios y en la mutua entrega, que incluye el sacrificio, así como el amor de Jesucristo le llevó incluso a la cruz por fidelidad. Nadie dice que el matrimonio sea fácil ni camino de rosas, pero sí se dice –hay que decir- que la fidelidad y entrega sacrificial del matrimonio fundando una Iglesia doméstica se puede sostener con la gracia de Dios, con la vida de oración, con el recurso frecuente al sacramento de la Penitencia y la participación en la Eucaristía. Estos son los pilares para constituir el matrimonio en su verdad y belleza: una vocación, un camino de santidad.

Recordemos la doctrina de la Gaudium et spes sobre el matrimonio: “Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.

Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia... Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación” (GS 48).

La liturgia matrimonial recuerda claramente esta indisolubidad y el sentido santificador del matrimonio. En la fórmula de consentimiento es evidente: “te recibo a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida” (RM 66). También en el prefacio de la Misa ritual:

“Que con el yugo suave delamor
y el vínculo indisoluble de la unidad,
hiciste más fuerte la alianza nupcial,
para que aumenten los hijos de tu adopción
por la honesta fecundidad de los esposos.

Tu providencia, Señor, y tu amor
lo dispuso así de modo tan admirable,
que el nacer llena la tierra
y el renacer aumenta tu Iglesia” (RM 365),

y por supuesto la solemne y epiclética bendición nupcial, después del Padrenuestro:

“Oh Dios, que con tu poder creaste todo de la nada,
y, desde el comienzo de la creación,
hiciste al hombre a tu imagen
y le diste la ayuda inseparable de la mujer,
de modo que ya no fuesen dos, sino una sola carne,
enseñándonos que nunca será lícito separar
lo que quisiste fuera una sola cosa.
Oh Dios, que consagraste la alianza matrimonial
con un gran Misterio
y has querido prefigurar en el Matrimonio
la unión de Cristo con la Iglesia.
Oh Dios que unes la mujer al varón
y otorgas a esta unión,
establecida desde el principio,
la única bendición
que no fue abolida
ni por la pena del pecado original,
ni por el castigo del diluvio...” (RM 82).

lunes, 28 de septiembre de 2009

Actos del penitente: Cumplir la penitencia


Última parte: cumplir la penitencia.

El sacerdote impone una penitencia que es aceptada por el penitente. ¿Un castigo como si fuera una multa de tráfico? Más bien una reparación y una medicina.

La penitencia busca unirnos más a Dios, en cierto modo, si se puede hablar así, “demostrarle” nuestro amor cuando con nuestro pecado le hemos mostrado antes nuestro rechazo. Es asimismo una acción de gracias, glorificando a Dios que salva por medio de sus sacramentos y cuya misericordia sigue llegando a nosotros.

Otro aspecto de la penitencia es su aspecto medicinal: se trata de curar las heridas que el pecado ha dejado y reparar sus efectos. Si el egoísmo es el pecado, la penitencia puede ser una limosna a Cáritas o un gesto de servicio; si el pecado es falta de amor al Señor, la penitencia puede ser un rato de oración en el Sagrario; si el pecado es difamar, hay que restituir la fama de quien ha sido difamado; si se ha robado, hay que restituir lo robado; si ha habido una discusión, la penitencia es pedir humildemente perdón, etc., etc.

“La satisfacción es el acto final, que corona el signo sacramental de la Penitencia. En algunos Países lo que el penitente perdonado y absuelto acepta cumplir, después de haber recibido la absolución, se llama precisamente penitencia. ¿Cuál es el significado de esta satisfacción que se hace, o de esta penitencia que se cumple? No es ciertamente el precio que se paga por el pecado absuelto y por el perdón recibido; porque ningún precio humano puede equivaler a lo que se ha obtenido, fruto de la preciosísima Sangre de Cristo. Las obras de satisfacción —que, aun conservando un carácter de sencillez y humildad, deberían ser más expresivas de lo que significan— «quieren decir cosas importantes: son el signo del compromiso personal que el cristiano ha asumido ante Dios, en el Sacramento, de comenzar una existencia nueva (y por ello no deberían reducirse solamente a algunas fórmulas a recitar, sino que deben consistir en acciones de culto, caridad, misericordia y reparación); incluyen la idea de que el pecador perdonado es capaz de unir su propia mortificación física y espiritual, buscada o al menos aceptada, a la Pasión de Jesús que le ha obtenido el perdón; recuerdan que también después de la absolución queda en el cristiano una zona de sombra, debida a las heridas del pecado, a la imperfección del amor en el arrepentimiento, a la debilitación de las facultades espirituales en las que obra un foco infeccioso de pecado, que siempre es necesario combatir con la mortificación y la penitencia. Tal es el significado de la humilde, pero sincera, satisfacción” (Juan Pablo II, Reconciliatio et Poenitentia, 31, III).

La penitencia hay que “cumplirla”, realizarla, íntegra y cuanto antes. E ir adquiriendo las sanas costumbres cristianas y las disposiciones espirituales para vivir siempre en gracia de Dios, en la amistad con Cristo.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Actos del penitente: Decir los pecados al confesor


Decir los pecados al confesor.
Es el signo claro: ante Cristo, significado en el sacerdote que actúa in persona Christi y que hace presente a la Iglesia reconciliadora, el pecador muestra su vida, reconoce sus pecados y glorifica a Dios que es Misericordia.

“Se comprende, pues, que desde los primeros tiempos cristianos, siguiendo a los Apóstoles y a Cristo, la Iglesia ha incluido en el signo sacramental de la Penitencia la acusación de los pecados. Esta aparece tan importante que, desde hace siglos, el nombre usual del Sacramento ha sido y es todavía el de confesión. Acusar los pecados propios es exigido ante todo por la necesidad de que el pecador sea conocido por aquel que en el Sacramento ejerce el papel de juez —el cual debe valorar tanto la gravedad de los pecados, como el arrepentimiento del penitente— y a la vez hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo para ayudarlo y curarlo. Pero la confesión individual tiene también el valor de signo; signo del encuentro del pecador con la mediación eclesial en la persona del ministro; signo del propio reconocerse ante Dios y ante la Iglesia como pecador, del comprenderse a sí mismo bajo la mirada de Dios. La acusación de los pecados, pues, no se puede reducir a cualquier intento de autoliberación psicológica, aunque corresponde a la necesidad legítima y natural de abrirse a alguno, la cual es connatural al corazón humano; es un gesto litúrgico, solemne en su dramaticidad, humilde y sobrio en la grandeza de su significado. Es el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona. Se comprende entonces por qué la acusación de los pecados debe ser ordinariamente individual y no colectiva, ya que el pecado es un hecho profundamente personal. Pero, al mismo tiempo, esta acusación arranca en cierto modo el pecado del secreto del corazón y, por tanto, del ámbito de la pura individualidad, poniendo de relieve también su carácter social, porque mediante el ministro de la Penitencia es la Comunidad eclesial, dañada por el pecado, la que acoge de nuevo al pecador arrepentido y perdonado” (Juan Pablo II, Reconciliatio et Poenitentia, 31,III).

La acusación ha de ser clara, concreta, concisa. Se confiesa qué se ha hecho, de qué forma, cuántas veces, qué daño ha podido causar. No sirven generalizaciones, por ejemplo, “he pecado contra la caridad”, porque pecar contra la caridad puede ir desde falta de puntualidad haciendo esperar a alguien hasta el asesinato; o “soy soberbio”, sino en qué he sido soberbio, etc. Asimismo hay que evitar acusaciones que entren en multitud de detalles, circunstancias, etc. Ser directo y claro, sincero, sin justificarse ni excusarse del pecado culpando a los demás, sin dar rodeos ni narrar la vida entera.

Es una manifestación de la propia conciencia ante Jesucristo, Médico y Juez, Salvador y Hermano. Ante todo debe primar, no la vergüenza (el sacerdote no juzga ni se escandaliza de nada), sino la confianza en Jesucristo.

Entonces la redención vuelve a ponerse en acto; la Sangre de Cristo lava los pecados; su Palabra es eficaz y por las palabras de la absolución y la imposición de manos del sacerdote, vienen el perdón, la Misericordia y la Gracia. Inclinamos la cabeza, escuchamos en silencio (sin recitar nada en voz baja) la fórmula de la absolución y contestamos claramente: “Amén”.

“Otro momento esencial del Sacramento de la Penitencia compete ahora al confesor juez y médico, imagen de Dios Padre que acoge y perdona a aquél que vuelve: es la absolución. Las palabras que la expresan y los gestos que la acompañan en el antiguo y en el nuevo Rito de la Penitencia revisten una sencillez significativa en su grandeza. La fórmula sacramental: «Yo te absuelvo ...», y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al mismo penitente como «misericordia más fuerte que la culpa y la ofensa», según la definí en la Encíclica Dives in misericordia. Dios es siempre el principal ofendido por el pecado —«tibi soli peccavi»— , y sólo Dios puede perdonar. Por esto la absolución que el Sacerdote, ministro del perdón —aunque él mismo sea pecador— concede al penitente, es el signo eficaz de la intervención del Padre en cada absolución y de la «resurrección» tras la «muerte espiritual», que se renueva cada vez que se celebra el Sacramento de la Penitencia. Solamente la fe puede asegurar que en aquel momento todo pecado es perdonado y borrado por la misteriosa intervención del Salvador” (Juan Pablo II, Reconciliatio et Poenitentia, 31,III).