“Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí
mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9,23).
“Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de
Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal
6,14).
“Con la
mirada puesta en Jesús crucificado, todo cristiano está llamado a tomar su cruz
cada día y a seguirlo (cf. Mc 8,34), sin gloriarse más que en la cruz del Señor
Jesús (cf. Gal 6,14), y sin saber nada más que a Jesucristo crucificado (cf.
1Co 2,2). La cruz de Cristo, por consiguiente, puede considerarse el libro de
la vida, maestra de verdad y de santidad (JUAN PABLO II, Mensaje con motivo de la
reconstrucción de la cruz en la cima del monte Amiata, 26-julio-1996).
Como
Cristo, el cristiano; y tal cual fue el camino de Nuestro Señor, así es el
camino del discípulo. ¡La cruz! El misterio de la cruz como misterio de
salvación, en la cual Cristo se entrega, pero también como misterio que sella,
que marca, la propia vida.
"El que quiera
venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz, y me siga”.
No tenemos otro camino, sino aquel que nos ha trazado el Señor, el camino de la
cruz.
La
cruz nos puede venir externamente, la enfermedad, las circunstancias, los
problemas, o la cruz más interior de la oscuridad de la fe, la lucha, del
combate contra la tentación; pero, quiérase o no, la cruz sella nuestra vida,
porque en ella murió el Redentor por nosotros.
Teniendo esta realidad en nuestra
vida, podemos considerar el misterio que supone esa cruz, porque, en primer
lugar, la cruz de Cristo es la fuente de nuestra santidad, y donde se muestra
la santidad de Dios. Por tanto, si queremos desarrollar nuestra vocación a la
santidad, fruto del bautismo, que se desarrolla, en cualquier circunstancia,
modo y estado de vida, en el sacerdocio o en el matrimonio, el camino va a ser
la cruz para la santidad.














