El vocabulario de la liturgia y su forma de orar en las distintas plegarias de las celebraciones litúrgicas, fueron el bagaje espiritual de los mártires, de los Padres de la Iglesia y de los confesores.
Cuando oraban a Dios, espontáneamente afloraban en sus labios y brotaban en sus corazones las expresiones que tantas veces habían oído en la iglesia (o que ellos mismos habían pronunciado al presidir la celebración de los sagrados misterios).
Después de haber visto y analizado en cierto modo dos ejemplos de san Eulogio de Córdoba, comparándolos con las formas hispano-mozárabes, veamos algún caso más, ciertamente ilustrativo.
El martirio de san Fructuoso de Tarragona (Actas de los mártires) nos ofrece un detalle singular. Cuando ya se ha descalzado y va a entrar en la hoguera, Félix, un cristiano, se le acerca y le pide que se acuerde de él. La respuesta de san Fructuoso es un ejemplo de cómo la liturgia se grabó en su mente y corazón: "Yo tengo que acordarme de la Iglesia católica, extendida de Oriente a Occidente". ¿Qué es esto? Esto es simplemente citar espontáneamente el primer díptico que se recita en la Misa hispano-mozárabe, el díptico por la Iglesia. En él se pronuncia:
"Tengamos presente en nuestras oraciones a la Iglesia santa y católica: el Señor la haga crecer en la fe, la esperanza y la caridad".
En latín se ve el paralelismo clarísimo:
San Fructuoso responde:
"In mente me habere necesse est ecclesiam catholicam, ab oriente usque ad occidentem diffusam".
El Díptico reza:
"Ecclésiam sanctam Cathólicam in oratiónibus in mente habeámus, ut eam Dóminus fide et spe et caritáte propitius ampliare dignetur".
San Fructuoso ha dilatado su corazón hasta ser un alma eclesial, que en el momento supremo del martirio, expresa su ofrecimiento eucarístico-sacrificial por la Iglesia como una liturgia viva. "In mente habeamus", "tengamos presente en nuestra oración". ¡Qué ejemplo de asimilar los textos y la espiritualidad de la liturgia!
O la misma oración de san Policarpo de Esmirna, discípulo directo de san Juan evangelista, en los albores del cristianismo. Oírle a él rezar antes de ser sacrificado, es oír una plegaria eucarística, una anáfora. Oró y lo hizo con un lenguaje litúrgico:
“Ligadas las manos a la espalda como si fuera una víctima insigne seleccionada de entre el numeroso rebaño para el sacrificio, como ofrenda agradable a Dios, mirando al cielo, dijo:
“Señor, Dios todopoderoso, Padre de nuestro amado y bendito Jesucristo, Hijo tuyo, por quien te hemos conocido; Dios de los ángeles, de los arcángeles, de toda criatura y de todos los justos que viven en tu presencia: te bendigo, porque en este día y en esta hora me has concedido ser contado entre el número de tus mártires, participar del cáliz de Cristo y, por el Espíritu Santo, ser destinado a la resurrección de la vida eterna en la incorruptibilidad del alma y del cuerpo. ¡Ojalá que sea yo también contado entre el número de tus santos como un sacrificio enjundioso y agradable, tal como lo dispusiste de antemano, me lo diste a conocer y ahora lo cumples, oh Dios veraz e ignorante de la mentira!
Por eso te alabo, te bendigo y te glorifico en todas las cosas por medio de tu Hijo amado Jesucristo, eterno y celestial Pontífice. Por él a ti, en unión con él mismo y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y en el futuro, por los siglos de los siglos. Amén”.
Una vez que acabó su oración y hubo pronunciado su “Amén”, los verdugos encendieron el fuego” (Carta a la Iglesia de Esmirna, cap. 13,2-15,2).
Vistos estos ejemplos, ¿qué podemos deducir, adónde pueden conducirnos?
-El lenguaje de la liturgia había sido interiorizado plenamente por los santos, los mártires, los confesores y los Padres de la Iglesia. Lo habían oído -en su lengua, claro- muchísimas veces en la liturgia y por aquella participación real y fructuosa en la liturgia, esos textos los habían hecho suyos. Al oírlos en la Iglesia, los escuchaban con los oídos del corazón, los saboreaban, marcaban su espiritualidad y su propia eclesialidad. La liturgia había generado en ellos un modo personal de orar, un estilo a la vez que unos contenidos (lex orandi) que asumían ya como propio.