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viernes, 30 de agosto de 2019

El camino de la espiritualidad (y II)



            Hoy es necesario un catolicismo que se distinga ante todo por el arte de la oración, como respuesta al amor del Corazón de Cristo, aprendiendo a orar, enseñando y educando en la oración, conscientes y sabedores de que la oración no es  privilegio para unos pocos, los sacerdotes y consagrados, sino para todo católico que quiera vivir en serio su vocación a la santidad y al apostolado. 



La oración debe ser el fundamento de todo. 
La oración es la experiencia personal de Dios. 
La oración es el secreto de un catolicismo vivo y apostólico. 
La oración es la condición primera de toda pastoral auténtica. 
La oración es vivir en el amor del Corazón de Cristo.

            Si tal es la importancia de la oración sería una equivocación pensar “que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida... No sólo serían cristianos mediocres, sino “cristianos con riesgo”” (NMI, 34). 

          La secularización se erradicará con católicos de una profunda vida interior, de oración, sólida formación doctrinal y decidido compromiso apostólico.

            Cada parroquia y comunidad cristiana deben convertirse hoy en escuelas de oración, creando un ambiente espiritual marcado por la oración que induzca a un compromiso personal de oración diaria.

lunes, 5 de agosto de 2019

El camino de la espiritualidad (I)



            El catolicismo posee una fuerte impronta de vida espiritual e interior, con grandes maestros del espíritu que han enseñado los caminos interiores hacia Dios. La trascendencia y la espiritualidad no son ni mucho menos patrimonio exclusivo de las religiones orientales, a las que ahora se miran con sumo respeto despreciando el tesoro espiritual de la Tradición católica, tal vez por ignorancia y desconocimiento.


  
          La Iglesia, por medio de sus pastores, de sus grandes obispos y de sus místicos, vivió una intensa vida espiritual y educó a sus hijos en la oración como elevación del alma a Dios y humilde petición de su gracia, adoración de Jesucristo y meditación, escucha de la Palabra y silencio contemplativo, oración silenciosa, llena de unción, ternura y amor por el Señor.

            De pronto y sin previo aviso, se ha arrinconado la vida de piedad, el silencio y la oración, la visita al Sagrario y la adoración al Santísimo, la devoción y el recogimiento incluso en la santa Misa, etc., toda esta vida espiritual se volvió sospechosa, e incluso alienante, y poco a poco se fue suprimiendo. 

¿Cuáles han sido las causas de este abandono? 

¿Qué razones se adujeron? 

Ante esta crisis de oración, ¿qué hemos de hacer?


viernes, 27 de enero de 2017

El culto espiritual (participar en la liturgia)


            Lo nuestro es un culto a Dios en espíritu y verdad que se desarrolla no sólo en el templo, sino allí donde vivimos, luchamos y trabajamos. Es el culto litúrgico de nuestra vida diaria. “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10, 31); también dirá el Apóstol: “Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor... Servid a Cristo Señor” (Col 3, 23s.) y así cualquier cosa que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Col 3,17).


            La participación interior en la liturgia nos cualifica después para vivir en el Señor, para hacerlo todo en el nombre del Señor. Nada hay ajeno a Cristo, que es la medida de todas las cosas; por tanto, si se participa en la liturgia, se va adquiriendo la forma de Cristo para vivir luego de un modo distinto y santo, como Cristo, en la liturgia de la vida. 

          Esos son los sacrificios espirituales que ofrecemos a Dios en el altar del corazón: “Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (1P 2,5).

            El bautizado vive su existencia santamente, como un sacrificio litúrgico (cf. Flp 2,12), una liturgia viva, ofreciendo sacrificios espirituales y glorificando a Dios:

martes, 16 de agosto de 2016

La relación del hombre con Dios

¿Puede el hombre relacionarse con Dios?

¿Eso es tan importante? 

¿No será más bien secundario? ¿No será antes prioritario la acción social, el compromiso, la ética, las obras... y luego, más adelante si acaso, relacionarse con Dios?

¿Será una alienación? ¿Tal vez un refugio? ¿Por qué debe el hombre relacionarse y tratar con Dios?


Estas son preguntas que provienen de una mentalidad totalmente secularizadora, que pone el acento y la primacía sólo en el hombre, como si éste lo pudiera lograr todo y Dios no fuera necesario ni tuviera nada que decir; es la mentalidad pelagiana, combatida por San Agustín, que confía ciegamente en la naturaleza buena del hombre y ve la gracia como un añadido posterior: el hombre se basta solo.

Pero si se conoce bien la naturaleza del hombre, se ve que nada colma su corazón, creado para lo infinito, capax Dei (capaz de Dios); nada colma el corazón creado del hombre, excepto Dios mismo. Está creado por Dios y para Dios, necesita a Dios y sólo por gracia y por fe, el hombre descubre a Dios, lo reconoce, lo abraza por amor y vive en comunión con Él. Ahí comienza a realizarse la plenitud humana. Lo otro se quedaba pequeño e insuficiente.

El hombre necesita la relación con Dios para ser él mismo. La vida interior, la oración, en el mejor sentido de la palabra, "humaniza". Ahora nos queda por ver, con las palabras de Pablo VI, el alcance y la forma de esta relación viva y vital del hombre con Dios.


                "Sobre el tema más elevado, más apropiado, más fecundo, más gozoso de nuestra confesión de creyentes y religiosos, no os hablamos ahora más que con muy pocas palabras, con una indicación apenas, como para recordar que existe este tema y tiene una razón de ser fundamental; pero no más, porque habría demasiado que decir, y porque hoy no se quiere oír hablar de Él.


jueves, 12 de febrero de 2015

Elementos del culto: el recogimiento (y II)

Continuamos con las palabras de Romano Guardini sobre el recogimiento. 

Visto qué es en sí el recogimiento y la urgencia para el crecimiento del hombre en su interioridad, dadas las prisas y el nerviosismo en los que vive, pasa el autor a su consideración en la liturgia, con sencillas fórmulas, cargadas de realismo.


Silencio y recogimiento son condiciones de la verdadera participación en la liturgia; una pastoral que merezca tal nombre los cuidará y potenciará para que todos entren en el ámbito de la liturgia con la atención interior puesta en el Señor y en su acción salvadora a través de los misterios de la liturgia.

martes, 10 de febrero de 2015

Recuperar lo sencillo de la vida cristiana

Tal vez lo más básico y sencillo se olvida con más facilidad; y aquello que se omite, va desvirtuando los contornos. La identidad como católicos parece en algunos momentos desdibujada, con perfiles borrosos, difuminados, porque en ocasiones los elementos fundamentales, sencillos, los tenemos algo olvidados.


La identidad católica debe ser reafirmada, sin mezclas extrañas, sin síntesis con otras formas de vida, para dar un testimonio claro y elocuente de lo que somos y de lo que vivimos. Difuminada o disimulada la identidad católica, podríamos ser una sal que ya no sazona nada o una luz que se oculta y no ilumina. Esta identidad hemos de fortalecerla, sencillamente, sin imponer a nadie, en el plano personal (cada uno), en el familiar y en el comunitario.

sábado, 24 de enero de 2015

Elementos del culto: el recogimiento (I)

Entre los "ingredientes" de la liturgia, los elementos que conforman el culto cristiano, hay uno que ayuda realmente a la participación en la Santa Misa y en la liturgia en general: es el recogimiento.

La dispersión, la distracción y el movimiento, entorpecen al alma siempre y crean un ambiente confuso en torno a la liturgia; por el contrario, el recogimiento es la condición necesaria para participar realmente en la liturgia con aquella participación plena e interior que deseamos, a tenor de la Constitución Sacrosanctum Concilium.

Guardini expuso una consideración amplia sobre el recogimiento que nos puede iluminar y acompañar para una renovada participación en la liturgia y para marcar un punto de inflexión en la pastoral litúrgica, alejándose del secularismo y del activismo reinantes hoy.

    “En la vida espiritual, cuando se habla del silencio la mayoría de las veces se lo asocia inmediatamente con el recogimiento. En verdad, el silencio supera al bullicio y al palabrerío, en tanto que el recogimiento es la victoria sobre la disipación y la intranquilidad. El silencio constituye en el hombre la serenidad que lo habilita a hablar, el recogimiento representa la unidad viviente de una existencia, a la que s ele habla de las cosas del mundo que lo rodean y que es atraída por la diversidad de acontecimientos, unidad llena de fuerzas, que incita a la acción y a la creación. El recogimiento es tan importante como el silencio. Cuando los consideramos atentamente, nos damos cuenta de que uno no puede existir sin el otro.

viernes, 16 de mayo de 2014

Directores espirituales

La dirección espiritual es un arte, prácticamente un carisma, una gracia, para acompañar a otra persona, iluminar sus situaciones, ayudarla en sus discernimientos y permitirle que crezca respetuosamente hasta la medida de Cristo en su plenitud. La enseña a orar, a vivir la oración, reconoce los signos en los que su oración ha quedado, tal vez estacanda, y Dios quiere que suba un poco más, de otra manera.

La dirección espiritual se puede confundir con un cierto "control", en muchas ocasiones necesario, para ver si vivimos ciertas normas de vida, de piedad, realizamos los objetivos trazados en un plan personal de vida, o verificar si desarrollamos determinados compromisos libremente asumidos. Esta sería una tarea más bien formativa, externa, pero que no llega al fuero interno, al alma misma. Este nivel, propiamente hablando, no es dirección espiritual.

La dirección espiritual tiene mucho que ver con el Espíritu Santo y su don de consejo, con una relación donde tanto la persona que dirige como la persona que se dirige se muestran dóciles al Espíritu Santo. Y hay momentos en la vida, etapas de discernimiento, de crecimiento o de búsqueda, que un director espiritual es imprescindible para lograr vislumbrar lo que Dios pide.

El director espiritual, a ser posible, debe ser santo y letrado, es decir, santo y con mucha y sólida teología, y si no se encuentra alguien con las dos condiciones, al menos, que posea una sólida teología porque no aconsejará movido por ñoñerías, sentimentalismos ni errores "de buena voluntad". Ante todo, letras debe poseer el director espiritual, es decir, teología, conocimiento hondo de la teología, de la espiritualidad, de los Padres de la Iglesia, del Magisterio.

martes, 3 de septiembre de 2013

De teología espiritual a una teología que sea espiritual

Parecería que la "teología espiritual" es la única que estudia y abarca la espiritualidad cristiana, sus vertientes, procesos, caminos, métodos, validez y antropología, y quienes se dedican a la "teología espiritual" serían teólogos con una gran espiritualidad interior y sensibilidad hacia el mundo interior y la acción del Espíritu Santo.


Por el contrario, vulgarmente, la teología tal cual no requeriría tal espiritualidad, sino datos, fuentes, revelación, patrística y por supuesto, un amplísimo cuerpo de notas a pie de página, citadas metodológicamente. Sería la frialdad, la apariencia de ciencia en lo exterior, y el teólogo una persona que sólo debe científicamente seguir el método teológico sin saltarse ninguno de los pasos y no crear una ideología o formular una herejía (herejía: una verdad absolutizada desgajada del conjunto).

¿Esto es así?

Más bien habría que considerar que para elaborar un pensamiento serio, racional, con base y fundamento, todo teólogo, fuera cual fuera su área o campo de investigación, ha de ser espiritual, hombre de Dios, en trato con Dios y apertura mística al Señor.

El teólogo es un creyente y un místico que vive a la escucha del Logos y recorre el Camino para llegar a la Verdad y a la Vida. La espiritualidad no es un mero añadido a una parte de la teología, sino que la espiritualidad es la base para que la teología sea ciencia "sobre Dios", "ciencia de Dios", que pronuncie palabras verdaderas sobre Dios.


sábado, 19 de mayo de 2012

Orar con las oraciones

El Misal, aparte de ser el libro de altar para la celebración del sacrificio eucarístico, puede ser considerado como muy bien como el gran libro de la plegaria de la Iglesia, donde la Iglesia contempla la acción de Dios, lo alaba y adora y también le suplica. Los misterios de la fe son narrados mediante la oración litúrgica, expresados mediante las plegarias del Misal.

Los mismos textos, año tras año, son proclamados, con concisión y belleza en su fórmula, para la celebración de la Iglesia. Un oído atento -que participa de veras en la liturgia interior y activamente- las escucha, las hace suyas, va alcanzando familiaridad con el lenguaje de la Iglesia. De esta manera, interiorizándolas al ser recitadas en la liturgia dignamente, pausadamente, podemos ir siendo educados en las verdades de la fe y también alimentando el corazón y la mente para orar y contemplar.

La espiritualidad personal, sin duda alguna, se enriquece sobradamente, cuando las oraciones del Misal pasan a ser un patrimonio del corazón, rezadas, meditadas, saboreadas contemplativamente. Desechemos por tanto la idea de que lo que hay en el Misal es para el uso del sacerdote, que las recita y que a veces ni prestamos la atención debida, sino que hemos de pasar a considerarlas un venero de agua que fecunda día a día, año tras año litúrgico, la vida de todos.

Los textos eucológicos -es decir, las oraciones litúrgicas- acompañan la vida del creyente.

"Cualquier de ellos orado antes, en y después de la celebración hará que la experiencia de la gracia fructifique plenamente en la persona y vaya dejando un pose profundo nacido de la auténtica experiencia divina en la Iglesia" (BUGEDA, A., "Liturgia y experiencia de Dios", en: Phase 304 (2011), 358).

lunes, 21 de noviembre de 2011

La oración, elevación del alma a Dios (textos isidorianos)


15. Tan grande debe ser el amor a Dios del que ora, que no debe desconfiar del resultado de la plegaria, porque en vano hacemos oración sino tenemos confianza en ella. Así, pues, pida cada uno con fe, sin titubear lo más mínimo, pues el que duda se asemeja al oleaje del mar, que el viento provoca y dispersa a la vez (cf. Santo 1,6).

16. La desconfianza en conseguir las peticiones se origina cuando el ánimo siente que todavía conserva el afecto al pecado. En efecto, no puede alberga segura confianza en su súplica quien todavía es indolente en el servicio de Dios y se deleita con el recuerdo del pecado.


17. No merece recibir lo que pide en la oración quien se aparta de los preceptos de Dios, ni puede conseguir el favor que pide a Aquel cuya ley no obedece. Si realizamos los que Dios manda, sin duda conseguimos nuestras peticiones, porque, como está escrito, “es abominable la oración de aquel que se aparta de la ley” (Prov 28,9).


18. En el servicio de Dios se encarecen necesariamente estas dos cosas: que las obras se apoyen en la oración, y la oración en las obras. Por lo cual dice también Jeremías. “Alcemos nuestros corazones a Dios junto con nuestras manos” (Lam 3,41). Así, alza corazón y manos el que eleva la oración acompañada de las obras, pues todo el que ora y no trabaja alza el corazón, pero no las manos. En cambio, el que trabaja y no ora alza las manos, pero no el corazón. Mas, puesto que es indispensable trabajar y orar a un tiempo, con razón se han dicho ambas cosas a la vez: “Alcemos nuestros corazones y nuestras manos a Dios”, no sea que el corazón nos reprenda por la negligencia en cumplir los mandamientos en el caso de que pretendamos alcanzar nuestra salud o solo con la oración o solo con las obras.


19. Después de realizar la buena obra, derrámense lágrimas en la oración, para que la humilde plegaria alcance el mérito de la acción.



viernes, 21 de octubre de 2011

La oración (textos isidorianos)

1. Éste es el remedio para el que es asediado por el incentivo de los vicios: aplicarse a la oración cuantas veces le asalta algún vicio, ya que la oración frecuente neutraliza el ataque de éstos.

2. Conviene aplicar nuestro ánimo a la oración y la súplica con tal perseverancia, que lleguemos a superar con firmísima voluntad las molestas sugestiones de los deseos carnales que se insinúan a través de los sentidos, e insistir todo el tiempo hasta que las venzamos con nuestra tenacidad, ya que una súplica negligente ni siquiera logra conseguir de los hombres lo que desea.


3. Cuando uno ora, invoca la asistencia del Espíritu Santo. Mas tan pronto como él llega, al punto se desvanecen las tentaciones de los demonios que asaltan al alma humana al no poder soportar la presencia de Aquel.


4. Orar es propio del corazón, no de los labios, pues Dios no atiende a las palabras del que suplica, sino mira al corazón del que ora. Pero si el corazón ora en secreto y la voz se calla, aunque (la plegaria) se oculte a los hombres, no puede ocultarse a Dios, que está presente en la conciencia. Efectivamente, es preferible orar interiormente en silencio, sin sonido de palabras, que con solas las palabras, sin aplicación de la mente.


5. Nunca se ha de orar sin lágrimas, pues el recuerdo de los pecados engendra aflicción; mientras oramos recordamos las culpas, y entonces nos reconocemos más culpables. Así, pues, cuando comparecemos ante Dios, debemos gemir y llorar al acordarnos cuán graves son los crímenes que cometimos y cuán terribles los suplicios del infierno que tememos.


jueves, 8 de septiembre de 2011

El canto litúrgico, escuela de empatía (un solo corazón)


        Un ulterior paso será vivir y cantar de un modo nuevo, el modo fraterno que nace de la Comunión en Cristo. Cada uno está llamado a cantar un cántico nuevo al Señor y cada cual puede ser una letanía, un himno, una acción de gracias... pero en la asamblea común de la Iglesia todos cantan en común algo que, tal vez no corresponde a lo que uno siente y vive y experimenta. De esta forma el canto nuevo de la Iglesia educa en la empatía, en ponerme en la piel del otro, el cantar el canto nuevo del hermano que tal vez no es el mismo estilo de canto, melodía y texto que se interpreta en mi existencia. Pero, al cantarlo, el corazón se educa en la empatía de sentir como mío lo que es del hermano. En la Liturgia de las Horas ocurre este fenómeno de empatía con los salmos, que según su orden y distribución, no siempre van a coincidir con los sentimientos particulares de quien canta el salmo:

“Quien recita los salmos en la Liturgia de las Horas no lo hace tanto en nombre Ppopio como en nombre de todo el Cuerpo de Cristo, e incluso en nombre de la persona de] mismo Cristo. Teniendo esto presente se desvanecen las dificultades que surgen cuando alguien, al recitar el salmo advierte tal vez que los sentimientos de su corazón difieren de los expresados en el mismo, así, por ejemplo, si el que está triste y afligido se encuentra con un salmo de júbilo o, por el contrario, sí sintiéndose alegre se encuentra con un salmo de lamentación. Esto se evita fácilmente cuando se trata simplemente de la oración privada en la que se da la posibilidad de elegir el salmo más adaptado al propio estado de ánimo. Pero en el Oficio divino se recorre toda la cadena de los salmos, no a título privado, sino en nombre de la Iglesia, incluso cuando alguien hubiere de recitar las Horas individualmente. Pero quien recitare los salmos en nombre de la Iglesia, siempre puede encontrar un motivo de alegría y tristeza, porque también aquí tiene su aplicación aquel dicho del Apóstol: "Alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran" (Rom 12, 1) y así la fragilidad humana, indispuesta por el amor propio, se sana por la caridad, que hace que concuerden el corazón y la voz del que recita el salmo” (IGLH 108).

miércoles, 17 de agosto de 2011

Género de cantos (litúrgicos, espirituales, existenciales)

Son distintos los géneros de cantos litúrgicos. El Señor en cada uno va haciendo un canto nuevo distinto y original.

    Narrativo: son cantos con tono suave donde se explica, a modo de relato, la normalidad de la vida, hecha meditación, la historia de salvación que Dios ha trazado con cada uno.

    Penitencial: es el canto que implora el perdón por la fragilidad, los pecados, o la resistencia a la Gracia. Uno queda al descubierto ante la luz de Dios, se ve a sí mismo como Dios nos conoce, y puede que haya una nota dominante en la vida de una radical infidelidad a Dios que nos humillado, postrándonos en la miseria y apartando del Señor, y ha hecho que todo sea una súplica de perdón al Dios de la misericordia y el consuelo. Cuando el pecado muerde la carne, entonces pocas son las lágrimas de dolor, no por una transgresión mirada o considerada formalmente, sino por el amor que ha resultado ser ingrato a Dios; lágrimas penitenciales al confrontar la propia vida con un Amor que es misericordioso como nadie y que sabe acoger y curar, mientras que el hombre tiende tantas veces a dejarse arrastrar por las inclinaciones torcidas del corazón. Son lágrimas de arrepentimiento que nacen del amor.

    Lamentación: canto de tono grave, compás lento, porque la cruz y su sombra te-rible se ha proyectado en la vida haciendo al cristiano participar del misterio de la cruz del Señor, se ha sido crucificado con Cristo y con gritos de dolor se canta al Padre la súplica llorando, pero abandonándose al Padre. Y Cristo lo canta en nosotros. Es canto grave de quien sufre, quien está impedido o enfermo grave, quien no sabe ya a quién acudir porque a nadie tiene, de aquél que experimenta la decepción ante la frialdad de los demás, de quien experimenta el fracaso, de quien injustamente ha sido postergado, humillado, sacrificado públicamente, escarnecido: ¡situaciones de la vida de los hombres, del drama de la historia, entretejida por el pecado y a la vez por tantísima Gracia derramada!

  

domingo, 30 de enero de 2011

Continuamos el ejercicio de vocabulario (II)

El vocabulario de la liturgia y su forma de orar en las distintas plegarias de las celebraciones litúrgicas, fueron el bagaje espiritual de los mártires, de los Padres de la Iglesia y de los confesores.

Cuando oraban a Dios, espontáneamente afloraban en sus labios y brotaban en sus corazones las expresiones que tantas veces habían oído en la iglesia (o que ellos mismos habían pronunciado al presidir la celebración de los sagrados misterios).

Después de haber visto y analizado en cierto modo dos ejemplos de san Eulogio de Córdoba, comparándolos con las formas hispano-mozárabes, veamos algún caso más, ciertamente ilustrativo.

El martirio de san Fructuoso de Tarragona (Actas de los mártires) nos ofrece un detalle singular. Cuando ya se ha descalzado y va a entrar en la hoguera, Félix, un cristiano, se le acerca y le pide que se acuerde de él. La respuesta de san Fructuoso es un ejemplo de cómo la liturgia se grabó en su mente y corazón: "Yo tengo que acordarme de la Iglesia católica, extendida de Oriente a Occidente". ¿Qué es esto? Esto es simplemente citar espontáneamente el primer díptico que se recita en la Misa hispano-mozárabe, el díptico por la Iglesia. En él se pronuncia:

"Tengamos presente en nuestras oraciones a la Iglesia santa y católica: el Señor la haga crecer en la fe, la esperanza y la caridad".

En latín se ve el paralelismo clarísimo:

San Fructuoso responde: 
"In mente me habere necesse est ecclesiam catholicam, ab oriente usque ad occidentem diffusam".

El Díptico reza:
"Ecclésiam sanctam Cathólicam in oratiónibus in mente habeámus, ut eam Dóminus fide et spe et caritáte propitius ampliare dignetur".

San Fructuoso ha dilatado su corazón hasta ser un alma eclesial, que en el momento supremo del martirio, expresa su ofrecimiento eucarístico-sacrificial por la Iglesia como una liturgia viva. "In mente habeamus", "tengamos presente en nuestra oración". ¡Qué ejemplo de asimilar los textos y la espiritualidad de la liturgia!

O la misma oración de san Policarpo de Esmirna, discípulo directo de san Juan evangelista, en los albores del cristianismo. Oírle a él rezar antes de ser sacrificado, es oír una plegaria eucarística, una anáfora. Oró y lo hizo con un lenguaje litúrgico:
“Ligadas las manos a la espalda como si fuera una víctima insigne seleccionada de entre el numeroso rebaño para el sacrificio, como ofrenda agradable a Dios, mirando al cielo, dijo:
    “Señor, Dios todopoderoso, Padre de nuestro amado y bendito Jesucristo, Hijo tuyo, por quien te hemos conocido; Dios de los ángeles, de los arcángeles, de toda criatura y de todos los justos que viven en tu presencia: te bendigo, porque en este día y en esta hora me has concedido ser contado entre el número de tus mártires, participar del cáliz de Cristo y, por el Espíritu Santo, ser destinado a la resurrección de la vida eterna en la incorruptibilidad del alma y del cuerpo. ¡Ojalá que sea yo también contado entre el número de tus santos como un sacrificio enjundioso y agradable, tal como lo dispusiste de antemano, me lo diste a conocer y ahora lo cumples, oh Dios veraz e ignorante de la mentira!
    Por eso te alabo, te bendigo y te glorifico en todas las cosas por medio de tu Hijo amado Jesucristo, eterno y celestial Pontífice. Por él a ti, en unión con él mismo y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y en el futuro, por los siglos de los siglos. Amén”.
    Una vez que acabó su oración y hubo pronunciado su “Amén”, los verdugos encendieron el fuego” (Carta a la Iglesia de Esmirna, cap. 13,2-15,2).
Vistos estos ejemplos, ¿qué podemos deducir, adónde pueden conducirnos?

-El lenguaje de la liturgia había sido interiorizado plenamente por los santos, los mártires, los confesores y los Padres de la Iglesia. Lo habían oído -en su lengua, claro- muchísimas veces en la liturgia y por aquella participación real y fructuosa en la liturgia, esos textos los habían hecho suyos. Al oírlos en la Iglesia, los escuchaban con los oídos del corazón, los saboreaban, marcaban su espiritualidad y su propia eclesialidad. La liturgia había generado en ellos un modo personal de orar, un estilo a la vez que unos contenidos (lex orandi) que asumían ya como propio.

sábado, 29 de enero de 2011

Vamos a hacer un ejercicio de vocabulario (I)

Leyendo un texto de san Eulogio de Córdoba (s. IX) me ha llamado la atención un hecho: parecía una plegaria de la liturgia mozárabe. No, no lo era. Era simplemente una oración con la que cerraba su Memorial de los Santos. Pero es una forma muy común en los Padres de la Iglesia y los mártires (ya otro día haremos otros ejercicio) que cuando rezan en voz alta o escriben, les sale un estilo que es totalmente litúrgico: ¡hasta tal punto han ido haciendo suyas las palabras, las formas, el estilo literario de la plegaria litúrgica!

Vamos al caso concreto. Concluye san Eulogio su tratado sobre el martirio de tantos santos poniendo en labios de Santa Flora y María una plegaria, dirigiéndose a Dios así:

Señor Dios omnipotente, que para quienes esperan en ti eres consuelo verdadero, para quienes te temen remedio inagotable y para quienes te aman gozo perpetuo: enciende con el fuego de tu amor nuestro corazón y con la llama de tu caridad abrasa el interior de nuestro pecho a fin de que podamos consumar el martirio emprendido; para que cobre fuerza en nosotras [refiriéndose a las mártires Flora y María] la hoguera de tu cariño y así se aparten de nostras las tentaciones de los pecados y huya lejos el perturbador hormigueo de los vicios; para que, iluminadas por el don de tu gracia, podamos despreciar todas las delicias del mundo y quererte, temerte, ansiarte y amarte continuamente con mente pura y votos sencillos.

Danos, Señor, tu auxilio en la tribulación porque vana es la salvación de los hombres.

Danos fortaleza para luchar en este combate y vuélvete a mirar desde Sión para liberarnos, a fin de que podamos seguir tus pasos y apurar con boca placentera el cáliz d ela pasión. Pues Tú, Señor, cuando en el pasado tus israelitas gemían bajo el cruel yugo de los egipcios, no sólo los liberaste con tu poderosa diestra, sino que también hundiste en medio del mar y trituraste por completo para gloria y honor de tu nombre a Faraón y su ejército.

Da a nuestra debilidad tu invencible apoyo para resistir alenemigo en este choque.

Concédenos el inexpugnable auxilio de tu diestra entre las formaciones de los demonios y de los hombres que se levantan contra nosotras.

Opón en defensa nuestra el escudo de tu divinidad y proporciónanos tu socorro para combatir por ti varonilmente hasta la muerte, a fin de que podamos pagar con el derramamiento de nuestra sangre la deuda contraída con tu pasión; para que, al igual que Tú mismo te dignaste morir por nosotros, nos hagas también perecer por ti con un digno fin en el martirio; para que escapemos de los tormentos del suplicio eterno por medio de la espada del mundo y, tras dejar el fardo de nuestra carne, merezcamos llegar a ti felices.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Salmo y participación litúrgica (un poco de todo)

Desde que leí esta afirmación de san Juan Crisóstomo no la he podido olvidar por lo gráfica e impactante que es refiriéndose al estribillo del salmo responsorial:

"Yo os exhorto a no salir de aquí con las manos vacías, sino a recoger las respuestas como perlas, para que las guardéis siempre, las meditéis y las cantéis a vuestros hijos" (Com. Sal 41).

Esta frase nos daría para varios puntos de catequesis y formación:

1. Los salmos deben ser alimento constante para la oración personal, repetirlos, cantarlos, asimilarlos, memorizarlos, porque esa es la Tradición de la Iglesia.

2. El salmo responsorial, al que alude el Crisóstomo, se cantaba desde el ambón (no se sustituía por un canto cualquiera) y el pueblo participaba cantando la antífona como estribillo. Este salmo era objeto muchísimas veces del comentario homilético del Obispo (y esto era práctica común en todos los ritos y familias litúrgicas y en la praxis de los Padres de Oriente y Occidente).

3. El pueblo participaba en la sagrada liturgia cantando, oyendo al salmista, respondiendo con el canto. No asistía en silencio a un rito incomprensible en lengua extraña, sino que tomaba parte cantando, rezando, respondiendo. Y esto mismo le otorgaba un carácter sagrado a la celebración: cantaban a Dios, cantaban delante de Dios, cantaban las palabras de Dios (los salmos y antífonas).
Lo sagrado no es asistir en silencio a algo incomprensible.

4. Participar activa, consciente, plenamente es hacer propio, asimilar e interiorizar las oraciones litúrgicas, las lecturas, el salmo. Es lo que ofrecía el Crisóstomo a su pueblo: tomar la antífona del salmo responsorial como "bastón de viaje" que lo acompañara siempre después del Oficio. La participación litúrgica es orar con los textos que el sacerdote pronuncia, interiorizar las lecturas bíblicas en las que Dios sigue hablando a su pueblo, dejarse empapar por el estilo y el contenido de los textos que se proclaman, se rezan o se cantan en la divina Liturgia.

¡Y cuántas cosas más se podrían añadir...!

Empecemos -¡atención los coros parroquiales!- a cantar el salmo responsorial. Y todos a vivir una sincera espiritualidad litúrgica.

viernes, 9 de julio de 2010

Silentium facite!


Necesitamos silencio, silencio interior y silencio exterior ante tanto alboroto, ruidos, voces, músicas... y a la vez que lo necesitamos y somos conscientes de su valor, somos incapaces de entrar en él.

Al principio cuando hacemos silencio experimentamos bienestar, equilibrio, paz, pero al poco tiempo la angustia nos invade, los pensamientos nos asaltan y nos dejamos conducir por ellos.

El silencio requiere disciplina cotidiana, saber estar, frenar sin angustia cuanto nos molesta de nuestra memoria y de nuestra imaginación y, en ese silencio, percibir la Presencia que sostiene la propia vida y mirar la propia verdad, la realidad de cada uno, que siempre hemos enmascarado.
El silencio es condición para escuchar la Presencia del Misterio en la propia vida, el silencio es exigencia de salud espiritual para orar y para escuchar la Palabra de Quien siempre habla. El silencio es la premisa primera para poder entrar en uno mismo y conocerse como Dios nos conoce. Pero exige disciplina, ascesis, momentos diarios breves al principio y luego más prolongados, para vencer la dispersión y el ruido.

La misma liturgia es educadora de este silencio; la misma liturgia ofrece el silencio en diversos momentos convirtiéndose así en pedagoga del silencio ante el Misterio. En algunas liturgias orientales aún el diácono llama a los fieles al silencio antes de las lecturas: “¡silencio, sabiduría!” y antes en nuestro rito hispano-mozárabe el diácono clamaba “Silentium facite!”, un silencio que era epiclético, para permitir el paso del Espíritu Santo al proclamarse las lecturas, silencio ante Dios que pasa.
(Monición diaconal que se realizaba al paso a la lectura del Apóstol o en otras tradiciones, antes del Evangelio mismo: ¡lástima que con la reforma del Misal se eliminió esta fórmula diaconal!).

Atendamos pues lo que Juan Pablo II escribía sobre el silencio en su relación con la liturgia:

“Ahora bien, este misterio continuamente se vela, se cubre de silencio, para evitar que, en lugar de Dios, construyamos un ídolo. Sólo en una purificación progresiva del conocimiento de comunión, el hombre y Dios se encontrarán y reconocerán en el abrazo eterno su connaturalidad de amor, nunca destruida.

Nace así lo que se suele llamar el apofatismo del Oriente cristiano: cuanto más crece el hombre en el conocimiento de Dios, tanto más lo percibe como misterio inaccesible, inaferrable en su esencia. Eso no se ha de confundir con un misticismo oscuro, donde el hombre se pierde en enigmáticas realidades impersonales. Más aún, los cristianos de Oriente se dirigen a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, personas vivas, tiernamente presentes, a las que expresan una doxología litúrgica solemne y humilde, majestuosa y sencilla. Sin embargo, perciben que a esta presencia nos acercamos sobre todo dejándonos educar en un silencio adorante, porque en el culmen del conocimiento y de la experiencia de Dios está su absoluta trascendencia. A ello se llega, más que a través de una meditación sistemática, mediante la asimilación orante de la Escritura y de la Liturgia.


En esta humilde aceptación del límite creatural frente a la infinita trascendencia de un Dios que no cesa de revelarse como el Dios-Amor, Padre de nuestro Señor Jesucristo, en el gozo del Espíritu Santo, veo expresada la actitud de la oración y el método teológico que el Oriente prefiere y sigue ofreciendo a todos los creyentes en Cristo.


Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada: la teología, para poder valorizar plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue a cubrirlo con un velo (cfr. Ex 34, 33) y para que nuestras asambleas sepan hacer espacio a la presencia de Dios, evitando celebrarse a sí mismas; la predicación, para que no se engañe pensando que basta multiplicar las palabras para atraer hacia la experiencia de Dios; el compromiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón. De ese silencio tiene necesidad el hombre de hoy, que a menudo no sabe callar por miedo de encontrarse a sí mismo, de descubrirse, de sentir el vacío que se convierte en demanda de significado; el hombre que se aturde en el ruido. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa palabra” (Carta apostólica Orientale lumen, 16).

jueves, 17 de junio de 2010

La gracia obrando


Partamos de un texto de san Agustín, autor al que hay que leer y mucho (además de Las Confesiones, claro):

"Cristo toma forma, por la fe, en el hombre interior del creyente, el cual es llamado a la libertad de la gracia, es manso y humilde de corazón, y no se jacta del mérito de sus obras, que es nulo, sino que reconoce que la gracia es el principio de sus pobres méritos; a éste puede Cristo llamar su humilde hermano, lo que equivale a identificarlo consigo mismo, ya que dice: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Cristo toma forma en aquel que recibe la forma de Cristo, y recibe la forma de Cristo el que vive unido a él con un amor espiritual. El resultado de este amor es la imitación perfecta de Cristo, en la medida en que esto es posible" (Com. Ep. Gal, n. 37).

* La vida del cristiano es un constante proceso de crecimiento interior tomando la forma de Cristo. Quedarse estancado es renunciar a esta forma de Cristo; pensar que uno ya tiene alcanzado todo en la vida espiritual, o que ya ha hecho bastantes cosas buenas en su vida, es aumentar la desemejanza en lugar de la semejanza con Cristo.

* La gracia de Dios inspira, sostiene y acompaña nuestras obras... Lo que hagamos solos, confiados sólo en nosotros, en nuestro ascetismo orgulloso, son "pobres méritos". Sólo la gracia que viene en auxilio del hombre y le mueve interiormente hace que lo que hagamos sea "mérito" ante Dios (léase todo el tratado de la Justificación de Trento, maravilloso).

* La gracia es lo más opuesto a la soberbia del hombre; la soberbia cree necesitar a Cristo en todo caso al final, casi como un adorno superficial, para demostrar lo mucho que valía; la humildad es tan consciente de su naturaleza que reconoce que "Sin Mï, no podéis hacer nada", y configura su vida como una "humilde petición de Gracia" (que eso es la oración para San Agustín), como un ser constantemente "mendigos de la Gracia".

jueves, 27 de mayo de 2010

La liturgia es de la Iglesia (no al capricho de cualquiera)

La recta celebración de la liturgia es un deseo y una necesidad: en la liturgia el Misterio de Cristo se nos ofrece bajo los signos sacramentales, y la Iglesia Esposa lo recibe con amor, adoración, con plegaria, con canto.

La liturgia es una celebración de glorificación de Dios y santificación de los hombres tal como dice el Concilio Vaticano II: "en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por El tributa culto al Padre Eterno" (SC 7). Pero los modos celebrativos que muchas veces vemos –o padecemos- convierten la liturgia en una fiesta profana, en una sesión de catequesis con continuas intervenciones, moniciones y pequeñas homilías, o en una reunión trivial, de tono horizontalista como un banquete humano. Nada de esto responde a la naturaleza y esencia de la liturgia. Son abusos que hay que erradicar y denotan la carencia de una seria formación teológica, litúrgica y también pastoral (la pastoral rectamente entendida, y no con el tono de secularización y buenismo con que hoy se emplea).

La liturgia, por ser de la Iglesia, es establecida por ésta en sus principios, en sus normas, en sus rúbricas. Nadie puede usurpar el papel de la Iglesia para improvisar o para cambiar cosas a su antojo. Nadie puede omitir ritos, ni componer plegarias litúrgicas, ni introducir elementos extraños porque parezcan más simpáticos y atractivos. "Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia", dice el Concilio Vaticano II (SC 22).

¡La liturgia es algo más grande, más santo!

Con palabras de Pablo VI, verdadero maestro y testigo de la fe:

“Quisiéramos exhortar a las personas de buena voluntad, sacerdotes y fieles, a no tolerar este indócil particularismo, que ofende, además de la ley canónica, el corazón del culto católico, que es la comunión; la comunión con Dios y la comunión con los hermanos, de la que es mediador el sacerdocio ministerial autorizado por el obispo. Semejante particularismo tiende a formar su Iglesia, o tal vez su secta, es decir, apartarse de la celebración de la caridad total, a prescindir de la estructura institucional, como se dice hoy, de la Iglesia auténtica, real y humana, para hacerse la ilusión de poseer un cristianismo libre y puramente carismático, pero en realidad amorfo, evanescente y expuesto al soplo de todo viento de la pasión, de la moda o del interés temporal o político. Esta tendencia a separarse gradual y obstinadamente de la autoridad y de la comunión de la Iglesia puede llevar desgraciadamente muy lejos. No, como han dicho algunos, a las catacumbas, sino fuera de la Iglesia” (Alocución, 3-septiembre-1969).