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sábado, 14 de septiembre de 2019

Misterios de amor sobreabundante


Una vez más: la reparación sólo se entiende profundizando en la maldad y el desamor que conlleva todo pecado. ¡El pecado es desamor! ¡El pecado es amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios![1] 

Al ver este misterio de iniquidad en la humanidad necesitada de redención y entre los mismos miembros de la Iglesia, el corazón se nos conmueve; conocemos, además, la propia fragilidad y nuestras infidelidades al Señor: ¡qué mal hemos respondido a tanto Amor de Dios en nuestras vidas! 



Viendo este misterio de pecado, el alma católica desea colaborar con Cristo por medio de la reparación, trabajar hoy con Cristo en la redención del mundo para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, para que todos conozcan, esperen y amen a Dios, para que el amor sea más fuerte que el pecado, para que la vida de Cristo triunfe sobre la muerte. 

¡El Amor no es amado!, gritaba S. Francisco de Asís. Su grito resuena en el alma suscitando el deseo de amarle más y mejor, por nosotros pero también por los que no lo aman, o lo aman poco, o lo aman con tibieza y frialdad.

El pecado como desamor sólo puede ser redimido por el amor, que fue el camino por el cual nos redimió Cristo (“me amó y se entregó por mí”, Gal 2,20), y el único camino que posibilita el ser corredentores con Él.


martes, 20 de agosto de 2019

Jesucristo, respuesta al espíritu humano



Jesucristo lo es todo. ¡Y él lo hace todo nuevo! Él es Gracia y Paz, Médico y Medicina, Presencia y Compañía, Afecto y Amistad, Verdad y Libertad.



Jesucristo es el abrazo paterno de Dios a esta humanidad que se aleja de Dios por el pecado, con la soberbia de sus logros, de su poder económico, de su técnica y consiguiente relativismo (o nihilismo, si vamos más al fondo); a esta humanidad concreta y necesitada de redención y vida, le brinda la paz, la gracia y la misericordia, ofreciéndole el don de la reconciliación. 


“Nosotros podemos encontrar a Dios, porque él ha venido a nuestro encuentro. Lo ha hecho... porque es rico en misericordia, dives in misericordia, y quiere salir a nuestro encuentro sin importarle de qué parte venimos o a dónde lleva nuestro camino. Dios viene a nuestro encuentro, tanto si lo hemos buscado como si lo hemos ignorado, e incluso si lo hemos evitado. Él sale el primero a nuestro encuentro, con los brazos abiertos, como un padre amoroso y misericordioso” (JUAN PABLO II, Homilía, 29-noviembre-1998, nº 3).


En Jesucristo, Dios nos mira con misericordia. Muchas veces nos sentimos inquietadoramente observados. Ojos que curiosean lo que hacemos, ojos que investigan nuestras reacciones, miradas de desprecio, de orgullo o prepotencia; nos pueden mirar juzgándonos lo que somos o hacemos pues son miradas despectivas, acusadoras, que nos sientan mal y nos dejan un sabor amargo. Miradas indiferentes que nos miran sin vernos porque no les importamos, carecemos de valor o de significado. Incluso recibimos miradas de odio o de envidia, que si pudieran nos eliminaban. Pocas, muy pocas miradas, percibimos que sean de afecto sencillo, de comprensión.

lunes, 29 de julio de 2019

Contenido de la reparación de Cristo



El más pleno y perfecto acto reparador fue el de Cristo en su sacrificio pascual, pues “muriendo destruyó nuestra muerte y, resucitando, restauró nuestra vida”[1]. La iniciativa de la reconciliación viene de Dios que estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo[2]



“Cuando nosotros estábamos perdidos y éramos incapaces de volver a ti, nos amaste hasta el extremo. Tu Hijo, que es el único justo, se entregó a sí mismo en nuestras manos para ser clavado en la cruz”[3].


            En el acto redentor de Cristo se conjugan de modo perfecto la justicia y el amor, revelando así las entrañas de misericordia del Corazón de nuestro Dios. La encíclica Dives in misericordia, del papa Juan Pablo II, ofrece reflexiones muy sabrosas que iluminan el modo y contenido de la reparación realizada por Jesucristo.


domingo, 30 de junio de 2019

Jesús en sí y para mí (Catequesis cristológica - y III)

"Cristo es un Tabernáculo en movimiento; 
es el Hombre que lleva dentro de sí la grandeza del Cielo; 
es el Hijo de Dios hecho Hombre; 
es el milagro que pasa por los senderos de nuestra tierra. 
Cristo es en verdad el Único, el Bueno, el Santo. 



¡Si también nosotros lo pudiésemos encontrar, 
si  fuésemos tan privilegiados como Pedro, Santiago y Juan!

                Pues bien, hijos, tendremos esta fortuna. No será sensible como en la Transfiguración luminosa, que ofuscó la mente y la vista de los apóstoles; pero su realidad se nos concederá hoy también a nosotros. 

Es preciso saber transfigurar, con la mirada de la fe, los signos con que el Señor se nos presenta; no para alimentar nuestra fantasía, perfilándonos un mito, un fantasma, la imaginación. No, sino para contemplar la realidad, el misterio, lo que existe realmente
 

sábado, 15 de junio de 2019

Jesús en sí y para mí (Catequesis cristológica - II)



                "Éste es el sentido del Evangelio de hoy. Es preciso que los ojos de nuestra alma queden deslumbrados, avasallados por tanta luz y nuestra alma prorrumpa en la exclamación de Pedro: ¡Qué hermoso es estar ante Ti, Señor y conocerte! 


  
              Cristo se presenta a nosotros bajo un doble aspecto: uno, el ordinario, el del Evangelio; es decir, el que  sus contemporáneos vieron, que es el de un hombre verdadero. 

Pero aún mirando este aspecto humano, hay algo en Él, singular, único, característico, dulce, misterioso, hasta el punto que –como refiere el Evangelio- quienes vieron a Cristo tuvieron que confesar: no hay nadie como Él, nadie se ha expresado como Él. 

Es decir, aun hablando naturalmente –es el testimonio prestado por quienes estudiaron Cristo tratando negar lo que Él es, el Hijo de Dios hecho Hombre- todos tienen que admitir: es único, no hay nadie en la historia de nuestra Humanidad, que pueda asemejarse a Él en candor, pureza, sabiduría, caridad, magnanimidad, heroísmo; en poder de llegar a los corazones, en dominio sobre las cosas.
                 

lunes, 3 de junio de 2019

La obra redentora de Cristo



“Completar en nuestra propia carne lo que le falta a la pasión de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24), es asociarse íntimamente al Corazón del Señor que se entregó “como víctima de suave olor” (Ef 5,2), como sacrificio de propiciación por nuestros pecados[1], por los pecados del género humano y así, el misterio de la piedad[2] y del amor triunfó sobre el misterio de la iniquidad, el misterio, el abismo del mal. 

Con su muerte, Cristo derrotó a la muerte. Y fue con su obediencia como nos devolvió los bienes que por nuestra desobediencia habíamos perdido[3].



El pecado y la muerte han sido heridos de muerte, no pueden ya tener un dominio pleno sobre el hombre, porque la gracia de Cristo y su Amor insondable triunfan sobre toda resistencia, sobre toda inclinación pecaminosa del propio corazón, sobre todo pecado. Cristo, por el misterio pascual de su pasión y cruz, de su descenso a los infiernos, su gloriosa resurrección y su ascensión al cielo, ha abierto el camino de acceso al Padre. 

Su amor y obediencia al Padre, hasta tomar la forma kenótica de siervo, han hecho posible la obra maravillosa de la redención y si “de forma admirable nos creaste, de forma más admirablemente aún nos redimiste”[4]. El misterio pascual de Cristo señala el camino del Amor y de la gracia como restauración de la dignidad humana, adquisición de la dignidad de ser hijos de Dios, la apertura de las puertas de la misericordia cerradas por el pecado de Adán.

            La obra redentora de Cristo es una perfecta inmolación, un sacrificio cuyo contenido es obediencia y amor, al tomar en su carne la recapitulación de todos los pecados de la humanidad y destruirlos por su muerte oblativa en la cruz. En efecto, Él “se hizo pecado” (2Co 5,21) tomando sobre sí el pecado de los demás[5], mas no pecador, porque fue el Cordero, sin defecto ni mancha prefigurado en el Éxodo[6], ofrecido como inmolación, por cuya sangre somos rescatados[7]. “En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad y llena este espacio con el bien”[8].

jueves, 23 de mayo de 2019

Jesús en sí y para mí (Catequesis cristológica - I)

Realmente, en cualquier catequesis, no hace falta ser un gran genio creativo, sino un transmisor. Por eso, ante palabras grandes, bien escritas y hondas, no es necesario más que ofrecerlas.

Es el caso de una homilía amplia, certera, profunda, de Pablo VI sobre Jesucristo, considerado claramente en su doble naturaleza, divina y humana, pero también en lo que ello significa para nosotros, para cada uno concretamente.


"Y vosotros, ¿qué decís de Jesús? ¿Cuál es su persona y su naturaleza? Inmediatamente recurrimos al catecismo y recordamos que “Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre”. Pero ¿sabemos bien lo que eso significa?

               Además, si Jesús es Dios hecho hombre, lo cual es la maravilla de las maravillas, ¿qué puede ser Él para mí? 
¿Qué relación hay entre Él y yo? 
¿Tengo que ocuparme realmente de Él? 
¿Me encuentro con Él en el camino de la vida? 
¿Está en relación con mi destino? No es suficiente. 

Si preguntase precisamente a los hombres de nuestro tiempo: ¿Qué os parece que es Jesús? ¿Cómo lo consideráis? Decidme: ¿quién es el Señor?
¿Quién es este Jesús que seguimos predicando después de tantos siglos, convencidos de que anunciarlo a las almas es aún más necesario que nuestra vida? 
¿Quién es Jesús?

domingo, 12 de mayo de 2019

Jesús, salvador (El nombre de Jesús - y XIV)

El nombre de Jesús es constante dulzura y misericordia para el alma creyente. La liturgia, muchas veces influida por la devoción popular, introdujo el "dulce nombre Jesús" como memoria o como una Misa votiva. Sus textos nos llevan a la contemplación, llena de amor, del nombre de Jesús, de su Persona misma.




Consideremos, entonces, las peticiones que en la oración litúrgica le pedimos a Dios Padre en la Misa votiva del Santísimo Nombre de Jesús, ya que el contacto real con Jesús y su salvación se da en la oración y en los sacramentos:

Al venerar el santísimo nombre de Jesús, te rogamos, Señor,
que, después de gustar su dulzura en este mundo, recibamos en el cielo los gozos eternos (Oración colecta).

Padre todopoderoso, acepta complacido las ofrendas que te presentamos en nombre de Cristo,
pues sabemos, por su promesa,
que cuanto pidamos en su nombre nos será concedido (Oración sobre las ofrendas).

martes, 30 de abril de 2019

Beneficios de la oración de Jesús (El nombre de Jesús - XIII)



            Son muchos los teólogos y escritores espirituales que han mostrado las ventajas personales de orar con el nombre de “Jesús”; ciñámonos a uno, Diadoco de Foticé. Él señala, en primer lugar, el recuerdo de Dios, el hacer constante memoria de Dios, por tanto, ayuda a vivir en la presencia de Dios y recordar su inmenso amor por cada uno de nosotros.

            “Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros sentidos en un sentimiento profundo, como quemando nuestros pensamientos y penetrando nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad, preparándonos para tener pensamientos espirituales y no más carnales. Esto es lo que sucede continuamente a aquellos que se aproximan bastante a la perfección, a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús”[1].

            Además, un segundo beneficio de la oración de Jesús es que expulsa los demonios interiores y las tentaciones que acosan al alma:

“Si el intelecto se encuentra en una memoria muy ferviente, sosteniendo el santo Nombre del Señor Jesús y lo usa como arma contra el engaño, entonces el impostor se aparta de su engaño y se lanza a un combate cuerpo a cuerpo contra el alma. Por eso el intelecto, reconociendo el engaño del maligno, progresa en la experiencia del discernimiento”[2].

martes, 12 de febrero de 2019

"La oración de Jesús" (El nombre de Jesús - XII)


La “oración de Jesús” o la “oración del corazón”: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,47).           

La “oración a Jesús”, conocida también como “oración del corazón” es una breve fórmula piadosa: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí”, algunas veces con el añadido: “pecador”, repetida en el marco de un método.


Son muchos los Padres del desierto que parecen recomendar invocaciones semejantes a lo que sería finalmente la “oración a Jesús”. En el Ciclo copto de apotegmas de Macario (¿s. VII-VIII?) se puede leer: «Bienaventurado aquel que persevera, sin cesar y con contrición del corazón, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo». Y se recomienda “poner atención en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo cuando tus labios están en ebullición para atraerlo, pero no trates de conducirlo a tu espíritu buscando parecidos. Piensa tan sólo en tu invocación: Nuestro Señor Jesús, el Cristo, ten piedad de mí”.

Conviene, también, traer a colación el testimonio de un tal Filemón. Al recomendar un camino espiritual a un hermano, le dice: “Ve, practica la sobriedad en tu corazón, y en tu pensamiento repite sobriamente, con temor y temblor: ‘Señor Jesucristo, ten piedad de mí’”. En otra ocasión amplía la fórmula: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”.

Desde esos antiguos tiempos hasta el nuestro irá haciendo fortuna el ejercicio espiritual del nombre de Jesús, particularmente entre los cristianos orientales, bizantinos y rusos en especial. La difusión extraordinaria que tuvo el Relato del peregrino ruso hizo muy conocida la “oración de Jesús” en el Occidente; este peregrino narra su búsqueda interior para poder llegar a orar siempre, sin cesar, pero no sabe cómo. Se encuentra con un staretz (anciano, padre espiritual), que le aconseja:

martes, 29 de enero de 2019

Invocando a Jesús (El nombre de Jesús - XI)

Si en la oración personal fue habitual la repetición del Nombre de Jesús en los labios y los corazones de los creyentes, y fue el método que introducía a una vida interior de constante contacto con el Señor, la misma liturgia, especialmente en sus himnos para el Oficio divino, no se olvidó de invocarlo.





Jesús es nuestra delicia y nuestro bien. La Liturgia de las Horas, en sus himnos, nos muestra auténticas plegarias, tiernas, devotas, llenas de unción espiritual, para invocar a Jesús. Empapados de su espíritu, podremos invocar al Señor con un amor real y cercano.


Especialmente influidos por la devoción de la época, la misma liturgia, en sus himnos litúrgicos medievales, elaborará preciosas composiciones en alabanza de “Jesús”:

                       Jesús, dulce recuerdo
y alegría del alma,
presencia que deleita
más que todos los goces.

No hay música más bella,
ni son más armonioso,
ni más sublime idea
que el Nombre de Dios Hijo.

Acoges al contrito,
oyes al que te invoca
vas hacia el que te busca:
¿qué será el que te alcanza?

Ni la pluma lo dice,
ni la lengua lo expresa:
tan sólo quien te ama
puede saborearlo.

Jesús, sé nuestro gozo
que has de ser nuestro Premio:
en Ti está nuestra gloria
por siglos sempiternos. Amén.

viernes, 11 de enero de 2019

Orar invocando a Jesús (El nombre de Jesús - X)


Orar con el nombre de Jesús: “Nadie puede decir ‘Jesús es el Señor’ si no es en el Espíritu Santo” (1Co 12,3).

La aspiración a una oración incesante se nutre de orientaciones como las de San Pablo que exhorta a vivir “perseverantes en la oración” (Rm 12,12) y a orar “sin cesar” (1Ts 5,17). Orar con el nombre de Jesús es de una profunda tradición bíblica.


            Esta oración es un método, un camino, una forma más de oración que ahora contempla, no sólo en Oriente donde nació, sino también en Occidente, una amplísima difusión. La repetición de jaculatorias, oraciones cortas, para alabar al Señor, obtener ayuda o para implorar perdón, se descubre en la temprana tradición cristiana.

Ya en tiempos de Casiano (c.360-435) se va enlazando esta práctica con el propósito de alcanzar la oración continua. Otro testigo, de los numerosos que se pueden aducir, es San Juan Clímaco (c.344- 407), quien recomienda la repetición frecuente y sucesiva de unas mismas breves palabras: 

“Para orar no necesitas decir palabras ampulosas. Simples y espontáneos balbuceos de los niños es lo que ordinariamente ha ganado el corazón del Padre celestial... Procura no hablar demasiado en tu oración; no se distraiga tu alma buscando palabras... La locuacidad en la oración a menudo disipa la mente y la embauca llenándola de imágenes. Al contrario, la brevedad favorece la concentración. Si te ocurre en la oración que una palabra despierta en ti la dulzura o remordimiento permanece en ella”[1].

jueves, 20 de diciembre de 2018

Cristo, luz, pan y vida (El nombre de Jesús - IX)

¿Cómo se define Cristo a sí mismo?
¿Qué nombres, qué títulos se da?
¿Cómo se denomina a sí mismo?


Es la cristología de los nombres por la que penetramos en el Misterio de su Persona según le oímos decir "Yo soy..."

1) “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12).

            Invocar el nombre de Jesús es hallar luz, vivir en la luz, caminar en la luz y que la luz verdadera –Jesús- disipe las tinieblas en la desolación, en la noche de los sentidos; también invocar el nombre de Jesús es ser iluminado para discernir y decidir; para conocer el camino de la vida (Sal 15). ¡Por eso es en la Iglesia donde hallamos a Jesús, porque la Iglesia refleja la luz que es Cristo; porque en la Iglesia es predicado Cristo y en Ella le recibimos, y obtenemos la luz, la sabiduría, el camino que conduce al Padre! Así la fe es luz: “Sólo la fe nos alumbra”.

            Lo sigue explicando San Bernardo:

            “¿De dónde crees que llega la luz tan intensa y veloz de la fe a todo el mundo, sino de la predicación del nombre de Jesús? ¿No nos llamó Dios a su maravilloso resplandor por la luz de este nombre? Iluminados por su luz, que nos hace ver la luz, exclamará Pablo con razón: Antes sí, erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor (Ef 5,8)... Y mostraba a todos la luz sobre el candelero, anunciando a Jesús por donde pasaba, y a éste crucificado. ¡Cómo brilló esta luz, hiriendo los ojos de cuantos la miraban, cuando salió de la boca del Padre con el fulgor del relámpago y robusteció las piernas y los tobillos de un paralítico, hasta quedar iluminados muchos espiritualmente ciegos! ¿No despidió fuego cuando dijo: en el nombre de Jesús, el Nazareno, levántate y anda (Hch 3,6)?”[1].

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Invocar el nombre del Señor (El nombre de Jesús - VIII)


“Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán” (Hch 2,21).


            Hay también un aspecto místico en el nombre de “Jesús”. Es dulce su nombre e invita a saborearlo en la contemplación, en la adoración, pero también en la meditación y en la lectura. ¡Jesús! Es deleitarse en su nombre que se convierte en lo más hermoso que poseemos; Él sí es sal que da sabor y sabiduría; Él sí es calor en la frialdad del egoísmo mundano; Él sí es amable ante tanta indiferencia. Todo se halla en Él. 


¡Qué experiencia tan gozosa y llena de sentido, de verdad, descubrir y gozar el nombre de Jesús! San Agustín buscó a Dios incansablemente, pasando por todas las etapas de un espíritu humano escéptico que al final se convierte en espíritu que piensa amando y buscando. Leía filosofía, literatura, pero una vez que descubrió a Jesús como su Salvador personal, nada le iba a llenar como Él. Leemos en sus Confesiones: 

“Mas entonces –tú lo sabes bien, luz de mi corazón- como aún no conocía yo el consejo del Apóstol, lo que solamente me deleitaba en aquella exhortación era que me encendía en deseos no de esta o aquella determinada secta de filósofos, sino a que amase y buscase, consiguiese y abrazase fuertemente la sabiduría, tal cual ella era en sí misma. Sólo una cosa me enfriaba aquel ardor y deseo y era el de no encontrar allí el nombre de Jesucristo. Porque este nombre, por tu misericordia, Señor, este nombre de tu Hijo y Salvador mío, aún siendo yo niño de pecho, lo había bebido y mamado con la leche de mi madre y lo conservaba grabado profundamente en mi corazón; y todo cuanto estuviese escrito sin este nombre, por muy erudito, elegante y verídico que fuese, no me robaba enteramente el afecto” (Confesiones, III,4,8).

Idéntica experiencia vivió el alma dulce y amable de San Bernardo, como lo describe él mismo, ya que sólo Jesús podía llenar y deleitar su corazón: “Todo lo supera incomparablemente mi Jesús con su figura y su belleza”[1], por eso, deleitándose en Jesús, asiéndose fuertemente a este Nombre bendito, confía y se abandona: “Yo acepto seguro al Hijo como mediador ante Dios, pues lo reconozco válido también para mí. Nunca dudaré de él lo más mínimo: es hermano mío y carne mía. Confío que no podrá despreciarme, siendo hueso de mis huesos y carne de mi carne”[2]. Profundizar saboreando inteligentemente -con la mente y el corazón- el nombre de Jesús, permite la verdadera libertad y liberación, se toca la salvación: “Me fío totalmente de quien quiso, supo y pudo salvarme”.[3]

sábado, 20 de octubre de 2018

Tu nombre es perfume derramado (El nombre de Jesús - VII)


“Tu nombre es perfume derramado” (Cant 1,3).

            Así profetiza el Cantar de los cantares: el nombre de Jesús es perfume derramado, perfume embriagador que llena la casa, que es la Iglesia; llena el mundo con el buen olor de la salvación. Esta imagen la tomará san Pablo para explicar la salvación, es decir, al mismo Jesús y su obra redentora: “Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y que, por medio nuestro, difunde en todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque somos el incienso que Cristo ofrece a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para éstos, olor de muerte que mata; para los otros, olor que da vida” (2Co 2,14-16). Cristo es el perfume de la salvación, olor bendito que lleva a la vida. Por ello, si su nombre es perfume derramado, la predicación será derramar este perfume, esta salvación, a las almas: que conozcan, crean y amen a Jesús, el Salvador.

            El nombre de Jesús es perfume derramado por cuanto que se da al hombre en la Encarnación, se derrama en la cruz, se expande su aroma de vida por la santa Resurrección. Cristo dándose y amando es perfume nuevo para el hombre nuevo, el hombre recreado por la gracia, redimidos y justificado de sus pecados. Es la explicación que ofrece Orígenes al comentar ese versículo bíblico del Cantar:

            “Cuando tu nombre se hizo perfume derramado, te amaron, no aquellas almas añosas y revestidas del hombre viejo, ni las llenas de arrugas y de manchas, sino las doncellas, esto es, las almas que están  creciendo en edad y belleza, que cambian constantemente y de día en día se van renovando y se revisten del hombre nuevo que fue creado según Dios. Pues bien, por causa de estas almas doncellas y en pleno conocimiento y progreso de la vida, se anonadó aquel que tenía la condición de Dios, a fin de que su nombre se convirtiera en perfume derramado, de modo que el Verbo no siguiera habitando únicamente en una luz inaccesible ni permaneciera en su condición divina, sino que se hiciera carne, para que estas almas doncellas y en pleno crecimiento y progreso no sólo pudieran amarlo, sino también atraerlo hacia sí. Efectivamente, cada alma atrae y toma para sí al Verbo de Dios según el grado de su capacidad y de su fe”[1].

viernes, 28 de septiembre de 2018

"Al nombre de Jesús..." (El nombre de Jesús - VI)


“Al nombre de Jesús toda rodilla se doble...” (Flp 2,10).

            En la Carta a los Filipenses hay un himno cristológico que revela con suma claridad el contenido del nombre de Jesús, su propio ser y su misión. “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. 


            Jesús no es un mero hombre que en un determinado momento fuese “adoptado” por Dios como hijo suyo. Es Dios de Dios; es la Palabra creadora, “y la Palabra era Dios” hasta que, en la humildad de su Encarnación, “la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Tomó la condición de esclavo porque se hizo siervo, Siervo de Dios, Cordero de Dios que va a cargar sobre sí el pecado del mundo para destruirlo en la cruz. Pasó por uno de tantos: su humanidad era plena, tenía inteligencia, voluntad, y alma humanas; hombre igual que nosotros excepto en el pecado (porque el pecado no es humano sino lo que deshumaniza). Pasó por uno de tantos: tenía sed, se cansaba, sufría, amaba, gozaba, reía, lloraba, trabajaba... hasta el punto de que muchos desconfiaran de Él: “¿De dónde le viene a este esa sabiduría? ¿No es el hijo del carpintero?” (Mt 13,54-55). 

             El concilio Vaticano II lo formula preciosamente: 

“El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22).

lunes, 10 de septiembre de 2018

Su nombre salva (El nombre de Jesús - V)


“Bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (Hch 4,12)

            El Nombre de Jesús es “Salvador-Salvación”: “ningún otro puede salvar” (Hch 4,12). Nada ni nadie puede salvarnos, sólo Él. Las ideologías políticas o económicas han fracasado tarde o temprano, creando nuevas esclavitudes al establecer nuevas estructuras, pero no podían tocar, cambiar, transformar el corazón de la humanidad. Sólo Jesús salva. Y esto tiene consecuencias en muchos órdenes distintos: no serán programas políticos, o económicos, pero tampoco organizaciones y estructuras pastorales las que salven ni a nada ni a nadie. 


            Juan Pablo II lo decía clarísimamente en un párrafo ya antológico: 

“No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros! No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar” (NMI 29).

            La Iglesia, en sus acciones litúrgicas, en su predicación y enseñanza, en su servicio de caridad y promoción del hombre, en el cultivo y creación de la cultura, en todo lo que Ella es y hace, sólo tiene un fin: comunicar la salvación, mostrar y anunciar a Jesús Salvador. No es Ella misma la protagonista, es su Señor, es Jesús mismo, al que Ella hace visible y presente; es la Iglesia el instrumento, el signo, la mediación por la que Cristo sigue salvando. Los inicios de la vida de la Iglesia lo ponen claramente de relieve; basta leer el libro de los Hechos de los Apóstoles: Pedro cura a un paralítico de nacimiento invocando el nombre de Jesús: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda” (Hch 3,6). Lo único, pues, que tiene y posee la Iglesia, es a Jesús mismo, y en su Nombre, echa las redes “mar adentro” (Lc 5,4). 

viernes, 17 de agosto de 2018

Ha llegado la salvación (El nombre de Jesús - IV)


“Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,10).


            Ésta fue la explicación que Jesús mismo da al asistir al banquete que Zaqueo organiza anunciando su conversión, porque Jesús mismo antes lo llamó y le dirigió aquellas palabras “porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Hoy tenía que entrar Jesús en la casa, en la vida, de Zaqueo para cambiar el corazón de aquel hombre al que sólo lo movía el dinero. Y precisamente, en medio del banquete, cuando Zaqueo se da cuenta hasta qué punto estaba atado y comienza a decir cómo va a restituir a quienes se ha aprovechado por su oficio de publicano, Jesús exclama: “hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Así Jesús mismo ha llegado a esa casa porque Él es la salvación. Donde Él entra todo se transforma, se hace posible la conversión y por tanto, una vida auténtica, bella, verdadera, llena de bien.

            Sí, en la casa de Zaqueo ha entrado Jesús, ha entrado la salvación, ha entrado Jesús Salvador. Su Nombre lo ejerce: ofrece salvación, ¡y qué feliz es Zaqueo! El hombre que es salvado por Jesús es un hombre nuevo, pleno, lleno. Por eso, explica san Agustín: 

““Hoy ha llegado la salvación”. Ciertamente, si el Salvador no hubiese entrado no hubiese llegado la salvación a aquella casa. ¿De qué te extrañas, enfermo? Llama también tú a Jesús, no te creas sano” (Serm. 174,6).

viernes, 20 de julio de 2018

¡Cristo, Cristo! (Plegaria)

Señor! en este momento decisivo y solemne, 
nos atrevernos a expresarte una súplica candorosa, 
pero no falta de sentido: 
haz, Señor, que comprendamos.



Nosotros comprendemos, cuando recordamos que Tú, Señor Jesús, 
eres el mediador entre Dios y los hombres; 
no eres diafragma, sino cauce; 
no eres obstáculo, sino camino; 
no eres un sabio entre tantos, 
sino el único Maestro; 
no eres un profeta cualquiera, 
sino el intérprete único y necesario del misterio religioso, 
el solo que une a Dios con el hombre y al hombre con Dios. 

Nadie puede conocer al Padre, has dicho Tú, 
sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo, 
que eres Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, 
quisiere revelarlo (Cf. Mt 11, 27; Jn 1,18). 

miércoles, 18 de julio de 2018

Por nombre, Jesús (El nombre de Jesús - III)


“Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción” (Lc 2,21).

            Sus padres cumplen las prescripciones de la ley. Al circuncidar al niño le ponen por nombre “Jesús”, siguiendo así tanto el mandato recibido en sueños a José, como el anuncio del ángel a María (“le pondrás por nombre Jesús. Será grande...”).


            El nombre de Jesús Salvador va a ser, para siempre, dulzura para quien lo invoca, para quien clama a Jesús pidiendo salvación, clemencia, curación. En Jesús-Salvador “ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre” (Tit 3,4), es decir, en Jesús palpamos tangiblemente cómo Dios tiende su mano al hombre; experimentamos que Dios es verdadero “filántropo”, esto es, amigo del hombre, no su enemigo. 

         Al pronunciar el nombre de “Jesús”, estamos proclamando que Dios no es nunca adversario del hombre, ni quien le resta libertad, sino su verdadero amigo porque es pura Bondad y Gracia. Nadie ama más la humanidad, ni potencia y eleva lo humano, al hombre, como Dios mismo. “Cristo revela el hombre al hombre”[1]: en Jesús vemos lo que es la verdadera humanidad nueva, el hombre libre y auténtico, sin las cadenas del pecado, con el Corazón limpio, puro, misericordioso, manso, humilde. ¡Qué dulce, pues, que se llame “Jesús”!

            Exclama San Bernardo al predicar lleno de humilde adoración: