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miércoles, 6 de agosto de 2014

De Lubac hablando de Pablo VI

Poco antes de fallecer el papa Pablo VI, al que tanto bien hay que agradecer, De Lubac publicó un artículo en la edición francesa del Osservatore romano (20-junio-1978, pp. 1-2), señalando algunos rasgos de un Pontificado sufriente, mártir, en una época tanto social y cultural como eclesial agitada.


Vale la pena conocer a Pablo VI, injustamente tratado y hoy silenciado, y conocer la situación que vivió la Iglesia, de la mano de este teólogo.

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Una gran esperanza acababa de invadirme


Junio de 1963: apenas saliendo de la niebla espesa donde me retenían las secuelas de una doble intervención quirúrgica, he aquí que una mañana, como en sueños, veo una sombra indistinta inclinarse sobre mi cama del hospital, y escucho estas dos palabras: "Montini... Pablo VI...". En ese instante, la larga pesadilla se disipó. Era la vuelta a la luz, era la vida que volvía en mí.

sábado, 27 de julio de 2013

"Católica", ¿sí,?, ¿en qué sentido?

Vamos a dejarnos catequizar hoy por el sentido "católico" que tiene la Iglesia, por esa nota tan definitoria, tan íntima a su ser y que verifica su autenticidad. Sólo la Iglesia de Cristo, que continúa su Presencia, es Católica, es "la Católica". Éste era el término preferido de los Padres al hablar de la Iglesia.

En ella nos insertamos y de su catolicidad participamos.

"'La Iglesia tenía... un título de honor que todos concordaban en reconocerle...; un título que precisamente por esto era empleado por los Padres. Era un título que las sectas no podían reclamar para sí, de cuya posesión no podían privar a su propietario legítimo... puesto que era la denominación característica de la Iglesia en el Credo... San Pablo nos dice que el hereje "se condena a sí mismo"; y la Iglesia no necesitó contra las sectas de los primeros siglos testimonio más claro que el que las propias sectas daban por sí solas dado el contraste entre ellas y la postura de la Iglesia en aquel tiempo. Las sectas, dicen los Padres, son llamadas con el nombre de sus fundadores, de su lugar de nacimiento o de la doctrina que profesan. Así fue desde el principio: "Yo soy de Pablo, y yo de Apolo, y yo de Cefas"; pero le fue prometido a la Iglesia que no tendría ningún señor en la tierra y que "reuniría en uno solo a los hijos de Dios dispersos por el mundo". Su nombre habitual, que se escuchaba en la plaza del mercado y se pronunciaba en los palacios, el nombre que conocía incluso el recién llegado y que empleaban los edictos del Estado, era el de Iglesia 'Católica''.

Así es como Newman, tratando sobre la Iglesia en el siglo IV y sus relaciones con las sectas y las herejías, indica el rasgo distintivo con el que se encuentra designada desde el siglo II, ya que a medida que la Iglesia tomaba conciencia de su singularidad, experimentada desde sus orígenes, se aprestaba a expresarla con la preocupación constante de poner de manifiesto sus dimensiones esenciales. Este es precisamente el caso de su catolicidad. 

sábado, 1 de junio de 2013

Paradoja y misterio de la Iglesia

¡Delicioso!

Típico lenguaje de De Lubac; perspectivas de Misterio. ¡Como para no amar más y mejor a nuestra Madre, la Iglesia!

"En efecto, ¡qué realidad tan paradójica es la Iglesia, con todos sus aspectos contrastantes! ¡Cuántas imágenes de ella, tan opuestas entre sí, nos ofrece la historia! En casi veinte siglos, ¡cuántos cambios se han producido en su comportamiento!, ¡cuántos desarrollos extraños!, ¡cuántos giros!, ¡cuántas metamorfosis! Pero también hoy día -y sin llegar a hablar de las separaciones derivadas de ciertas rupturas-, a pesar de las nuevas condiciones de un mundo que tiende a la uniformidad, ¡cuántas distancias, a veces qué abismos de mentalidad, en el modo de vivir y pensar la fe entre las comunidades cristianas de los distintos países!... La Iglesia... ¿Con qué rasgos podré componer su rostro? ¿Pueden todos estos elementos dispares -cada uno de los cuales sin embargo le pertenece por entero- componerse en un rostro? Sí, yo lo creo así, la Iglesia es complexio oppositorum; pero, a primera vista, ¿no me resulta quizá necesario reconocer que ese choque entre los opposita me oculta la unidad de la complexio?... Se me dice que es santa y la veo llena de pecadores. Se me dice que tiene como misión arrancar al hombre de sus preocupaciones terrenas, recordarle su vocación a la eternidad, y la veo incesantemente ocupada de las cosas de la tierra... Me aseguran que es universal, tan abierta como lo son la inteligencia y la caridad divinas, y yo constato muchas veces que sus miembros, por una especie de fatalidad, se repliegan tímidamente en grupos cerrados...

viernes, 1 de febrero de 2013

La Tradición en la Iglesia

Cuando uno encuentra a alguien que explica bien un tema, o le da un enfoque luminoso y claro, mejor es no tocarlo, sino leerlo, releerlo, integrarlo. Eso me ha pasado al leer, hace tiempo, esta explicación sobre qué es la Tradición y su valor en la Iglesia. Nos la ofrece don Giussani. Y creo que puede servirnos para educar nuestra visión eclesial.


"El cristiano llega a las verdades divinas que propone la Iglesia por una vía ordinaria, que es la misma vida de la comunidad. La condición es que ésta sea verdaderamente eclesial, es decir, que esté unida al obispo, a quien se supone a su vez unido al obispo de Roma, el Papa. Esta es, pues, la fuente normal de un conocimiento último seguro: no el estudio teológico ni la exégesis bíblica -que son instrumentos en manos de la autoridad que guía-, sino las articulaciones de la vida común de la Iglesia unida al magisterio ordinario del Papa y de los Obispos que están en comunión con él.

Son varios los instrumentos esenciales para reconocer la conciencia de la comunidad que camina. Pueden construir señales de esa vida las encíclicas o los discursos del Papa, los documentos y las cartas de un Obispo a su diócesis, en cuanto esté unido a la pastoral del Pontífice, o los documentos de una comunidad en cuanto estén implícitamente aprobados por el Obispo.

Si el magisterio ordinario es la garantía del modo en que se declina la vida de la comunidad, el mayor instrumento de comunicación de lo verdadero de la Iglesia es su misma continuidad. Esto es lo que se llama tradición. La tradición es la conciencia de la comunidad que vive ahora con la memoria cargada de la riqueza de todas sus vicisitudes históricas.

lunes, 30 de enero de 2012

Eclesiología eucarística (catequesis)

El centro de la vida de la Iglesia es la Eucaristía.

Nada hay más importante para la Iglesia que la Eucaristía, ya que en ella recibe la Iglesia su propio ser, su propia vida y se configura al modo eucarístico. Cesen los esteticismos en torno a la liturgia, acabe ya la consideración lúdico-catequética de la Misa, acudan a su naturaleza teológica. La Iglesia vive de la Eucaristía.


"La primera fase del redescubrimiento interior de la Iglesia se había centrado, como hemos dicho, en torno al concepto de Cuerpo Místico de Cristo, que se desarrolló a partir de San Pablo y que puso en primer término la idea de la presencia de Cristo y del dinamismo propio de una realidad viviente. Ulteriores investigaciones condujeron a conocimientos nuevos. Henri de Lubac, sobre todo, en una obra grandiosa llena de amplia erudición, ha puesto en claro que el término corpus mysticum designa originariamente la Sagrada Eucaristía y que, tanto para Pablo como para los Padres de la Iglesia, la idea de Iglesia como Cuerpo de Cristo estuvo inseparablemente vinculada a la idea de la Eucaristía, en la que el Señor se halla corporalmente presente y nos entrega su cuerpo como alimento. Surgió así una eclesiología eucarística, llamada también, con frecuencia, eclesiología de la communio. Esta eclesiología de la communio ha llegado a ser el auténtico corazón de la doctrina del Vaticano II sobre la Iglesia, el elemento nuevo y, al mismo tiempo, enteramente ligado a los orígenes que este Concilio ha querido ofrecernos.

Ahora bien: ¿qué debe entenderse por eclesiología eucarística? Trataré de señalar muy brevemente algunos puntos fundamentales. El primero es que la Última Cena de Jesús se reconoce como el auténtico acto de fundación de la Iglesia: Jesús ofrece a los suyos esta liturgia de su muerte y de su resurrección y les entrega así la fiesta de la vida. Repite en la Última Cena el Pacto del Sinaí, o mejor aún: lo que allí había sido solamente un presagio en forma de signo, se hace ahora completamente real: la comunión de sangre y de vida entre Dios y el hombre.

Al decir esto, resulta claro que la Última Cena anticipa la cruz y la resurrección y, al mismo tiempo, las presupone necesariamente, porque de otro modo se quedaría en mero gesto vacío. Por esta razón, los Padres de la Iglesia pudieron decir, con una imagen muy hermosa, que la Iglesia ha brotado del costado atravesado del Señor, del que salió sangre y agua.

lunes, 10 de octubre de 2011

Eucaristía y sufrimiento personal (De Lubac)

La Eucaristía nos incorpora a la unidad de la Iglesia y el contenido último de la Eucaristía es la unidad de la Iglesia. En la Eucaristía hallamos el ancla que nos permite permanecer en la Iglesia cuando las tormentas y tempestades zarandean la barca de nuestra vida, haciendo que por nada del mundo nos apartemos de la Iglesia, o nos desviemos, aunque muchas cosas del tejido humano de la Iglesia misma nos esté provocando daño, decepción o incluso persecución.

La obra "Catolicismo", de Henri de Lubac, escrita años antes de sus pruebas y silencio impuesto por determinados superiores de la Compañía (a partir de 1950), sin condena formal de nadie, muestra la categoría espiritual de De Lubac, por la que luego podemos entender la forma sufriente, sosegada y silenciosa al ser considerado sospechoso. Ya aquí habla del necesario sufrimiento para edificar la Iglesia y crear la unidad. Después de explicar que el grano de trigo debe ser enterrado y pudrirse en tierra para ser fecundo, y que luego debe ser triturado en el molino y amasado para formar el pan que será el Cuerpo, dirá:
"Hay que notar el papel esencial que, a este fin, juega el sufrimiento. Es el crisol de la unidad. El que no quiere quedar solitario debe aceptar el ser triturado. ¿No es la Eucaristía, por lo demás, el Memorial de la Pasión? Era natural que los granos de trigo de que está hecho el pan de la Ofrenda fueran relacionados con ese otro grano del que dijo el Salvador que si caía en tierra y moría, llevaría el ciento por uno. La maravillosa fecundidad de ese Grano divino, que queda en el seno de la tierra hasta el tercer día ¿no consiste en una multiplicación que perpetuamente retorna a la unidad?” (Catolicismo, p. 69s).

domingo, 18 de septiembre de 2011

La Eucaristía crea la unidad de la Iglesia (De Lubac)

    En la Edad Media se empiezan a distinguir tres elementos, tres grados de profundidad de la Eucaristía, y los tres necesarios para su integridad:

1. Sacramentum tantum: el signo exterior (junto a los ritos del sacrificio, las especies de pan y vino)

2. Sacramentum-et-res: lo contenido bajo el signo, el mismo cuerpo de Cristo

3. Res et tantum: el fruto definitivo del sacramento, es decir, la unidad de la Iglesia.

    Así como el pan significaba el Cuerpo de Cristo y el vino su Sangre, así también la Iglesia era significada en el pan consagrado y el vino símbolo de la caridad que aglutina el Cuerpo, “la sangre en donde reside la vida de ese gran Cuerpo” (De Lubac, Catolicismo, p. 71). La comunión eucarística es, por eso mismo, comunión eclesial; recordemos que corpus “mysticum” y corpus “verum” son, en cierto modo, intercambiables, y uno se ordena al otro y viceversa por aquel principio de De Lubac formulado en Meditación sobre la Iglesia: “la Iglesia hace la Eucaristía, y la Eucaristía hace la Iglesia”.

    Esta doctrina es corroborada por los ritos litúrgicos y por la misma eucología. Los autores tanto patrísticos como medievales coinciden, y ya es patrimonio eclesial, al decir que “es el “Sacrificio de la Iglesia”, “de toda la Iglesia”, pastores y fieles, presentes y ausentes en el cuerpo. Y todavía su fin es la unidad, pues es ofrecido para la Iglesia, para una Iglesia más vasta y más una; pro totius mundi salute” (Catolicismo, p. 74).  Las ceremonias litúrgicas lo avalan y son acompañadas, muchas de ellas, por los liturgistas medievales, tan dados a lo simbólico-representativo, como Amalario o Durando de Mende. 

martes, 6 de septiembre de 2011

La Eucaristía, sacramento "social" (De Lubac)

El tercer sacramento "social" que señala De Lubac (siguiendo el hilo de anteriores artículos) es el Gran Sacramento, el que los contiene a todos y todos conducen a él: el sacramento de la Eucaristía, donde De Lubac anticipa y resume, con suma claridad, lo que expondrá unos años después en “Corpus mysticum. La Eucaristía y la Iglesia en la edad media”.

La Eucaristía es el gran sacramento de la unidad. Es el Sacramento del Cuerpo de Cristo que se da a aquellos que forman su Cuerpo; es el Cuerpo de Cristo sacramental que se ofrece a su Cuerpo místico. ¡Recibimos lo que somos! Recibimos el Cuerpo de Cristo porque somos el Cuerpo de Cristo. Muy evocadora la cita que trae de Lubac de San Agustín -entre otras citas patrísticas- cuando el gran Doctor predicaba a los neófitos en la Vigilia pascual y su Octava: 
Se os dice: el cuerpo de Cristo. Y vosotros respondéis: Amén. Sed pues miembros del Cuerpo de Cristo, para que sea verdadero vuestro Amén. ¿Y por qué este misterio está hecho con pan? No digamos nada de nuestra propia cosecha. Escuchemos al Apóstol que, hablando del sacramento, dice: "Todos nosotros, con nuestro gran número, somos un solo cuero, un solo pan". Comprended y regocijaos. ¡Unidad, piedad, caridad! Un solo pan: ¿y qué es este pan único? Un solo cuerpo, hecho de muchos. Notad que el pan no se hace con un solo grano, sino con un gran número. Durante los exorcismos, estabais en alguna manera bajo la muela. En el bautismo, habéis quedado empapados de agua. El Espíritu Santo ha venido entonces a vosotros, como el fuego que cuece la masa: Sed pues lo que veis y recibid lo que sois...

En cuanto al cáliz, hermanos míos, acordaos cómo se hace el vino. Muchos granos penden del racimo, pero el licor que mana de todos se confunde en la unidad. Así ha querido el Señor que le pertenezcamos, y ha consagrado sobre su altar el misterio de nuestra paz y de nuestra unidad” (Sermón 272 y 234).

sábado, 13 de agosto de 2011

La Penitencia, sacramento social (De Lubac)

El sacramento de la penitencia, en su forma ritual incluso, aparece mucho más social y tendente a la comunión, aunque las formas litúrgicas hayan variado con el paso de los siglos y se recubra hoy de un manto aparentemente personalísimo e individualista incluso. 

La eficacia de la penitencia encuentra una explicación análoga a la del bautismo, pues no en vano la penitencia es a modo de un segundo bautismo. En la penitencia se da el perdón sacramental y la reintegración social de quien se ha separado por el pecado. Todo el aparato de la penitencia pública y la reconciliación y absolución sacramental en la mañana del Jueves Santo por el obispo mostraba a las claras que el perdón de Dios era dado a la Iglesia, y que el penitente que por su pecado se había apartado de la comunicación de las cosas santas y de la comunión eclesial, era reintegrado al seno de la Comunión para poder participar de la Pascua. Durante la Cuaresma se oraba por los penitentes pero debían salir de la asamblea litúrgica antes de la presentación de los dones eucarísticos (vivían fuera de la Comunión eclesial, ex-comulgados) y se reintegraban a la Iglesia en la mañana del Jueves Santo, con todos los fieles orando y cantando: el Obispo los recibía en la Puerta del Perdón de la Catedral y los llevaba a la nave de la basílica donde se postraban; tras la absolución, el Obispo los iba levantando uno a uno. ¡Era una fiesta eclesial! El pecado aparta de la vida de la Iglesia, la Penitencia introduce de nuevo en la vida de la Iglesia.

martes, 26 de julio de 2011

El Bautismo, sacramento social

Ya vimos lo que significa "social": todos los sacramentos se reciben en la Iglesia, mediante la Iglesia y como unión con la Iglesia superando así la imagen devocionalista y privada de la que a veces hemos revestido a los sacramentos. La reflexión teológica de De Lubac nos ilumina con nuevas perspectivas.

El Bautismo es el primer sacramento, la puerta de la vida eterna, la regeneración, el nacimiento sobrenatural como hijos de Dios, miembros de Cristo, templos del Espíritu... y así agrega al bautizado a un pueblo nuevo, una nación santa, la Iglesia.

El primer sacramento es el bautismo y “el primer efecto del bautismo, por ejemplo, no es otro que esta agregación a la Iglesia visible. Ser bautizado es entrar en la Iglesia. Hecho esencialmente social” (Catolicismo, p. 61). 
 
Las consecuencias del bautismo no son sólo jurídicas (aspecto éste nada desdeñable), sino que son consecuencias de orden espiritual y místico porque la Iglesia no es una sociedad meramente humana, y por eso la recepción del sacramento es la entrada en una sociedad religiosa que incorpora al bautizado al Cuerpo místico, y por ser miembro de este Cuerpo místico, de esta sociedad santa, se es hijo, se recibe la gracia de la filiación divina y la inhabitación del Espíritu como este mismo Espíritu inhabita a la Iglesia. 
 

domingo, 10 de julio de 2011

Los sacramentos y lo católico (De Lubac)

Muchas veces se consideran y valoran los sacramentos con categorías de transmisión de la gracia casi en forma “cosificada” y la preocupación única en torno a la validez, la licitud y los efectos, pero considerados éstos de forma privada e individual, una devoción privada, particular, más junto a otras. El lenguaje teológico y la misma espiritualidad que en otras épocas se inculcaban y vivían era una piedad privada, de corte sumamente intimista, centrada en el alma del sujeto que recibe los sacramentos si cumple las condiciones requeridas, pero habiendo perdido la perspectiva más amplia, y el mejor sentido, más tradicional, de la sacramentalidad y de los sacramentos de la Iglesia. 

Pero vayamos a consideraciones más amplias de los sacramentos, en perspectiva eclesial, de unidad de la Iglesia y uniéndonos a la Iglesia, Cuerpo social.

    La vida de la Iglesia es sacramental, y por tanto, los sacramentos son eclesiales no únicamente en cuanto a la forma –siempre determinada por la Iglesia para su validez- sino también en cuanto a su efecto; los sacramentos son eclesiales, asimismo, en su efecto, pues incorporan a la Iglesia, acrecientan la comunión eclesial y, por ello mismo, los sacramentos son “sociales”. ¿En qué sentido?

viernes, 17 de junio de 2011

El Misterio de la Iglesia, centrada sólo en Cristo

La Iglesia es DE Dios y no una agregación humana, una unión corporativista que se den los hombres a sí mismos. Es de Dios porque su origen está en Jesucristo y está constantemente vivificada por el Espíritu Santo para ser el Cuerpo del Señor Resucitado, para ser la Esposa de Cristo, embellecida por la santidad de sus miembros.

Recientemente, decía el Santo Padre: "el Espíritu Santo anima a la Iglesia. Ella no deriva de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre y de su capacidad organizativa, porque si fuera así se habría extinguido hace tiempo, así como pasan las cosas humanas. La Iglesia, en cambio, es el Cuerpo de Cristo animado por el Espíritu Santo" (Benedicto XVI, Hom. en Pentecostés, 12-junio-2011). La Iglesia, que es de Dios, recibe su santidad de Él: "Desde el primer instante, de hecho, el Espíritu Santo la ha creado como la Iglesia de todos los pueblos; ella abraza el mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino. Desde el inicio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Ella es santa, no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea y la santifica siempre"( ibíd.).


De este origen sobrenatural y divino dependen todas las cosas en la Iglesia. Ella es Misterio, signo de algo mayor, pues nos lleva a Jesucristo.

Pero apunta De Lubac a un peligro, insidioso, amenezante, como es el de anunciar más a la Iglesia que a Cristo; el de predicar más sobre la Iglesia que sobre Cristo, desplazando el Objeto central. Serían entonces comunidades cerradas en sí mismas, discutiendo todo el día sobre sí mismas y la “renovación” de la Iglesia, de sus estructuras y jerarquía, más que salir valientemente a anunciar a Jesucristo y transformar desde dentro las estructuras sociales con la santidad de vida y la palabra profética.  

sábado, 4 de junio de 2011

El Misterio de la Iglesia... que es DE Dios

        La Iglesia es una realidad multiforme y sobre todo viva y dinámica. Ningún aspecto la agota y centrarse en uno solo de ellos olvidando los demás desfiguraría su ser: cultura, arte, civilización, humanismo, evangelización, liturgia, canto, música, espiritualidad... todo se da en ella y ella no se reduce a ninguno de estos aspectos. Si se la considera sólo como medio humano, si se atiende en ella sólo a un fin temporal, la Iglesia queda desvirtuada. Muchos harán causa de su bandera particular apoyándose en la Iglesia y otros se sentirán excluidos entonces; unos quieren convertir a la Iglesia Esposa en instrumento de sus combinaciones humanas frente a otros que en la misma Iglesia sueñan con otra realidad. Y tal vez la Iglesia en sus pastores se equivoque en una determinada opción, pero pronto se despierta y afirma su independencia. Entonces unos la atacarán como vinculada al pasado nada más, y otros como modernista que abandona a sus hijos: ¡decepciones provocadas por una torpe y deficiente concepción de la vida y misión de la Iglesia! Pero es que ella es la Iglesia de Dios.

    “¡Cuán raros son, por desgracia, incluso entre los católicos llamados intransigentes aun en aquellas cuestiones en las que la fe está en juego, los que verdaderamente juzgan y deciden en razón de su fe, es decir, movidos por razones de fe! Con mayor razón, todos los hombres de este mundo, y quizá principalmente los mejores de ellos, si sólo son de este mundo, se sentirán un día u otro escandalizados por la Iglesia. Lo mismo si son conservadores que si son revolucionarios, siempre se mostrarán impacientes por estimar que la Iglesia es reticente y tibia, aunque ella, en el fondo, está empeñada con más ardor. La Iglesia está, en efecto, desprendida tanto de los unos como de los otros. Ella es la Iglesia de Dios. Es testigo entre los hombres de las cosas divinas y habita desde ahora en la eternidad (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, p. 174).
    La comprensión del misterio de la Iglesia se esclarece, y se atisba mejor su fin único y primordial, si se tiene en cuenta que ella es Jesucristo prolongado hoy en la historia y en la vida de los hombres; si se tiene en cuenta que su tesoro y su vida es sólo Jesucristo, que ella vive por Jesucristo y para Jesucristo y que no es un museo con preciosas obras del pasado, ni un organismo social de revolución y progreso que buscase una organización temporal nueva del mundo al vaivén de las ideologías (o de las “teologías de genitivo”: teología de la liberación, de la muerte de Dios –absurdo y contradictorio en sí mismo-, de la muerte de Dios para centrarse sólo en el hombre y para el hombre, el llamado "giro antropocéntrico" de la teología...).


martes, 1 de febrero de 2011

Unidad Cristo-Iglesia... y amor a la Iglesia

La Iglesia es el sacramento de Jesucristo, lo cual quiere decir, que la Iglesia se encuentra en cierta relación de identidad mística con Jesucristo. Todas las metáforas, imágenes y tipos de la Iglesia en la Escritura y en la Tradición reflejan esta identidad mística: Cuerpo de Cristo, Esposo y Esposa, Tabernáculo de su Presencia, Edificio en el que Cristo es el Arquitecto y la piedra angular, Templo de Cristo donde Él enseña, Arca y Columna, Paraíso en que Cristo es el árbol de vida, la Luna que refleja al Sol que es Cristo... Baste recordar un buen número de estas imágenes en el capítulo I de la Constitución Lumen Gentium. Por eso,  apartarse de la Iglesia es apartarse de Cristo; segregarse de la Iglesia es ser arrancado de Cristo quedando sin la comunicación de la Gracia, de la Redención y de la Verdad.
“Si de alguna manera no se es miembro del cuerpo, tampoco se recibe el influjo de la Cabeza. Si no se adhiere a la única Esposa, no se es amado del Esposo. Si se profana el tabernáculo, se queda privado de la Presencia Sagrada. Si se abandona el Templo, no se oye la Palabra. Si se rehúsa entrar en el edificio o refugiarse en el Arca, no se puede encontrar a Aquel que está en su centro y en su cima. Si se desprecia el Paraíso, se queda sin abrevarse y sin nutrirse. Si se cree que puede prescindirse de la luz participada, se queda sumido para siempre en la noche de la ignorancia...” (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, p. 169). Si esto se entendiera así, y se viviera de esta forma, la aversión eclesial de determinadas “comunidades populares”, de ciertos “profetas” que se erigen y se autoconstituyen por encima de la Iglesia (¡¡diciendo que es el Espíritu el que los impulsa a hablar así contra la Iglesia!!), algunas asociaciones de teólogos y teólogos que se autocalifican de “progresistas”, el fenómeno de la “contestación” y del disenso, la crítica feroz y amarga contra la Iglesia, nada de esto tiene una justificación ni lógica ni racional ni espiritual ni cristiana.

    Hay una identidad entre Cristo y su Iglesia por lo que nadie puede jactarse de, situándose fuera de la Iglesia, poder permanecer en la “sociedad de Cristo”. Al contrario, dirá de Lubac, debemos decirnos con San Agustín: “para vivir del Espíritu de Cristo, es preciso vivir en su Cuerpo” (Epist. 185, II, 50), y “en la misma medida en que se ama a la Iglesia de Cristo, se posee también el Espíritu Santo” (In Io., tract. 32, n. 8).

martes, 18 de enero de 2011

Realidad ¡y necesidad! de la Iglesia

Desprenderse de la Iglesia, apartarse de ella o volverse contra ella: tentaciones de siempre y de hoy mismo que le harían perder, a quien cayese en ellas, el acceso a Jesucristo y su Redención. La Iglesia no es una pedagoga que nos acompañe un tiempo hasta haber crecido, sino una Maestra hasta la venida del Señor; la Iglesia no estorba el diálogo del alma con su Señor, sino que asegura esa misma intimidad;

  •  el que se crea profeta o rico de carismas (¡teólogos disidentes autoproclamados profetas, que sólo atacan a la Iglesia desde tribunas digitales y plataformas antieclesiales!) debe someterse a los mandamientos del Señor “tal como los ha declarado su Iglesia, porque de otra suerte, profetizará en vano y sus dones le llevarán a su perdición” (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, p. 164); 
  •  quien, por un falso espiritualismo, pretenda desembarazarse de la Iglesia, o prescindir de ella, caerá en el vacío o adorando ídolos. 
  •  Quien quiera ir más lejos de ella, buscando una perfección soñada como antes de la caída del paraíso, se saldrá de los márgenes de la Iglesia por el orgullo de la propia perfección: ¡utopías engañosas de sectas, movimientos extremistas e ideologizados! 
  •  Otros vivirán un nuevo joaquinismo –como Lessing- soñando una era nueva, la era del Espíritu, un Evangelio eterno... Olvidan que la etapa del Espíritu comenzó en Pentecostés, que todo se nos ha dado ya en la misma Iglesia, y que los tiempos que ahora vivimos, ya son los tiempos últimos hasta que vuelva el Señor: “Nosotros estamos hoy en posesión de la realidad en los signos, y mientras dura el mundo, esta situación no experimentará ningún cambio sustancial. En la misma medida en que quisiéramos desconocerlo, perderíamos la esperanza para caer en los mitos” (De Lubac, Meditación, p. 166).

lunes, 13 de diciembre de 2010

La sacramentalidad (Cristo y la Iglesia)

Decir que la Iglesia es un misterio, equivale a decir que es un sacramento, el gran sacramento que contiene y vivifica a todos los demás, el sacramento de Jesucristo, al igual que Jesucristo, por su humanidad, es el sacramento de Dios. Toda realidad sacramental presenta una doble característica: es signo de otra cosa distinta y debe ser atravesado totalmente sin detenernos en el signo mismo. Y, al mismo tiempo, el signo tiene una relación esencial con lo significado y no puede ser cambiado a capricho o tener un carácter provisional: sólo a través de él se alcanza la realidad que es significada. Una cosa es lo que vemos, la realidad ante nuestros ojos, y otra es aquello que la realidad significa y contiene, que va mucho más allá. ¡Eso es un sacramento!

    Este doble carácter se realiza en Cristo: “quien me ve a mí, ha visto al Padre” (Jn 14), y por tanto Cristo es el sacramento de Dios por el cual hay que pasar para llegar al Padre y no puede ser suprimido.  Se ve a Cristo, su carne, su cuerpo, pero quien le ve a Él, ve un sacramento que va más allá, ve al Padre, ve la divinidad de Jesucristo. El único acceso verdadero, pleno y definitivo a Dios es Jesucristo, que al ser su Sacramento, se constituye en "camino, verdad y vida", y ya "nadie va al Padre sino por mi" (Jn 14,6). No es un camino al lado de otros caminos... sino el Camino, el único. Desde que Dios se quiso revelar y mostrarse por su Hijo, el único camino verdadero y pleno a Dios es Jesucristo.
     La Iglesia también es un sacramento, “cuyo fin es el mostrarnos a Cristo, llevarnos a él y comunicarnos su gracia, lo que equivale a decir que la única razón de su existencia es la de ponernos en comunicación con él” (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, p. 164). Es más, y en tiempos de desafección eclesial suena más rotunda la afirmación del autor. “Si el mundo perdiera a la Iglesia, perdería la Redención” (ibíd.).

     La Iglesia no es un conglomerado humano, una fuerza asociativa... sino un verdadero sacramento; quien mire a la Iglesia debe poder descubrir en ella al mismo Cristo, al que ella, como Cuerpo suyo, visibiliza y hace presente en el mundo. Si se pierde esta mirada sobre la Iglesia, se caerá pronto en la secularización de ver la Iglesia con criterios mundanos, ya sean políticos, ideológicos, transformadores-revolucionarios, culturales, caritativo-sociales, etc...

sábado, 20 de noviembre de 2010

Consecuencias eucarísticas (De Lubac)

Una sana teología evita luego el cometer acciones que atenten contra la santidad de las cosas; una buena teología evita la banalización o una mirada excesivamente humana a las cosas que termina por secularizar (incluso con muy buena intención).

De Lubac, extrayendo las consecuencias de la relación Eucaristía-Iglesia, advertía:

“En las tentativas que se han hecho en nuestros días, de lo que debemos alegrarnos, para conseguir una celebración litúrgica más “comunitaria” y más viviente, nada sería más perjudicial que el dejarse obsesionar por los éxitos de ciertas fiestas profanas, éxitos que han sido obtenidos gracias a los recursos combinados de la técnica y de la exaltación de los intereses de la carne y de la sangre. ¿Cómo realiza Jesucristo la unidad entre nosotros? No por nada que se parezca a un frenesí colectivo, ni mucho menos por una especie de magia oculta. Los fieles que se reúnen para celebrar el memorial del Señor no son una reunión de iniciados, que han venido a compartir un secreto que les colocaría fuera del vulgo. No es tampoco una masa de la que se querría extraer un alma común, exaltando las propiedades, los recursos, los valores e incluso los partidismos; el poder de la ilusión e incluso las fuerzas demoníacas que en esa masa se encuentran latentes” (Meditación sobre la Iglesia, p. 128).

Pensamos según la carne y la sangre cuando se concibe la acción eucarística no como una intervención de Dios sino como una acción humana que a toda costa buscamos hacer falsamente "participativa", forzando la dinámica litúrgica para convertirla en "fiesta", "espectáculo", en el que todos intervengan haciendo algo, o con cantos realmente sentimentales y subjetivistas que busquen sólo la mera "emoción" religiosa, cantando cualquier cosa, o multiplicando las moniciones larguísimas como si la Eucaristía fuese la ocasión y pretexto de una "toma de conciencia" y un "compromiso": ¡¡todo confiado a la carne y la sangre, al poder humano!!

La Eucaristía por sí misma contiene una fuerza que proviene del Espíritu Santo con la cual se construye la Iglesia. Lo otro es simplemente "secularizar" el dinamismo eucarístico, convirtiendo el Sacramento en un acto humano y pedagógico-educativo. O "usando" la Eucaristía para cualquier cosa y con cualquier pretexto... como un adorno más en un programa de actos para lanzar un discurso a los que asisten...

Por tanto, es una doble dirección: de la Iglesia a la Eucaristía, de la Eucaristía a la Iglesia. El misterio eucarístico se prolonga necesariamente en el de la Iglesia y el misterio de la Iglesia es indispensable para la realización del misterio eucarístico. “Porque es en la Eucaristía donde la esencia misteriosa de la Iglesia encuentra una expresión perfecta, y correlativamente, es en la Iglesia, en su unidad católica, donde florecen frutos efectivos la significación oculta de la Eucaristía... Si la Iglesia es de esta suerte la “plenitud” de Cristo, Cristo en su Eucaristía es con toda verdad el corazón de la Iglesia” (p. 132).

La Iglesia la construye el Señor con su Eucaristía. Demasiado santa es para que nosotros la reduzcamos o la mezclemos con ambigüedades y falsas pastorales.

miércoles, 27 de octubre de 2010

"La Eucaristía hace la Iglesia" (De Lubac)

La Eucaristía y la Iglesia se relacionan como el corazón con el cuerpo; una no existe sin la otra. La obra de De Lubac, gran teólogo francés, expone las mutuas relaciones:

“Todo esto nos invita a considerar las relaciones entre la Iglesia y la Eucaristía. Se puede afirmar que hay una causalidad recíproca entre ambas. Puede decirse que el Salvador ha confiado la una a la otra. Es la Iglesia la que hace la Eucaristía, pero es también la Eucaristía la que hace la Iglesia. En el primer caso, es la Iglesia en cuanto la hemos considerado en su sentido activo, en el ejercicio de su poder de santificación; en el segundo, se trata de la Iglesia en su sentido pasivo, de la Iglesia de los santificados. Y en virtud de esta misteriosa interacción, es el Cuerpo único, en fin de cuentas, el que se construye, en las condiciones de la vida presente, hasta el día de su definitiva perfección” (Meditación sobre la Iglesia, p. 112).
 
 
Y “la Eucaristía hace la Iglesia”. Significada la Iglesia en el agua y la sangre del Costado de Cristo, la Iglesia es Cuerpo del Señor que se construye por el Cuerpo eucarístico, asimilando a Cristo y Cristo, a su vez, asimilando a quien lo come. Por la celebración del misterio “la Iglesia se hace a sí misma. La Iglesia santa y santificante construye la Iglesia de los santos. El misterio de comunicación se remata en un misterio de comunión, y éste es precisamente el sentido, antiguo y siempre actual, de comunión, por el que se designa ordinariamente a este sacramento” (p. 127). Si esta perspectiva de la Eucaristía, de la Iglesia y de la comunión sacramental, asumida plenamente por la encíclica “Ecclesia de Eucharistia” de Juan Pablo II, se presentase mejor a la vida de la Iglesia –formación, catequesis, espiritualidad, celebración- y se viviese, muchos elementos distorsionadores, con cariz secularista, desaparecerían privados de raigambre en la Tradición.

  

martes, 19 de octubre de 2010

La Eucaristía y la Iglesia (De Lubac)

Expone De Lubac un párrafo antológico que es el núcleo de su pensamiento eclesiológico y de su planteamiento eucarístico, ofreciendo nuevas luces a la teología contemporánea: 

“Todo esto nos invita a considerar las relaciones entre la Iglesia y la Eucaristía. Se puede afirmar que hay una causalidad recíproca entre ambas. Puede decirse que el Salvador ha confiado la una a la otra. Es la Iglesia la que hace la Eucaristía, pero es también la Eucaristía la que hace la Iglesia. En el primer caso, es la Iglesia en cuanto la hemos considerado en su sentido activo, en el ejercicio de su poder de santificación; en el segundo, se trata de la Iglesia en su sentido pasivo, de la Iglesia de los santificados. Y en virtud de esta misteriosa interacción, es el Cuerpo único, en fin de cuentas, el que se construye, en las condiciones de la vida presente, hasta el día de su definitiva perfección” (Meditación sobre la Iglesia, p. 112).

    En orden a la Eucaristía, Cristo instituye el sacerdocio principalmente. Es cierto todo cristiano por el bautismo participa del único Sacerdocio de Cristo, con la dignidad del sacerdocio real, con un sacerdocio “místico”, que no es de segundo orden, ni de menor categoría, porque es el sacerdocio de toda la Iglesia. Y esto lo afirma Lubac casi 20 años antes de promulgarse la LG del Vaticano II. Pero “este sacerdocio es puramente espiritual” (p. 114), es decir, en oposición al culto “corporal o material” de los sacrificios de la Antigua Alianza. Por este sacerdocio real, el bautizado ofrece en el altar de su corazón ofrendas a Dios, un verdadero culto racional-razonable. Punto éste sin embargo que apenas se muestra hoy quedando el sacerdocio bautismal vacío de contenido en la predicación y en la catequesis. Este sacerdocio es además comunitario porque la Iglesia es la ciudad sacerdotal, todo el pueblo cristiano ejerce su oficio sacerdotal al celebrar su culto espiritual.

“Pero este sacerdocio del pueblo cristiano no dice relación a la vida litúrgica de la Iglesia. No tiene relación directa con la confección de la Eucaristía” (p. 115). Dentro de este pueblo sacerdotal algunos hombres “han sido “separados” por una nueva consagración y por un orden distinto” (p. 116): con la imposición de las manos reciben el mandato del Señor: “Haced esto”. Y seguirá De Lubac: “La Iglesia “jerárquica” es la que hace la Eucaristía” (p. 116).

    El sacramento del orden no es un superbautismo, que eleva a algunos a una categoría nueva de “perfectos”. Todos participan de la misma vida, de la misma gracia y de los mismos sacramentos. Aunque “el que está revestido de la dignidad sacerdotal reciba las correspondientes gracias y sea por eso mismo llamado, por un nuevo título, a la perfección de la vocación cristiana” (p. 116). Y sigue: “No se trata de un grado superior en el “sacerdocio interno” que es común a todos y no se puede aventajar, sino de un “sacerdocio externo” que está reservado a algunos; se trata de un “cargo” que ha sido confiado a algunos con vistas al “sacrificio externo”” (p. 117). Es una manera equilibradísima de presentar el ministerio y el sacerdocio bautismal, evitando los extremos que se ven: ni el clericalismo ensalzando a los ministros ordenados, ni el nuevo clericalismo que “clericaliza” a los laicos, ni el democraticismo donde el ministerio parece que naciera, no de Cristo, sino de la comunidad que delega en alguien (cf. p. 118). El sacerdote “celebra ante todo el culto del Señor, y es, sobre todo y principalmente, el ministro y el representante sacramental de Jesucristo” (p. 118), sin que por eso sea “más cristiano que el simple fiel” (p. 119).

   

domingo, 3 de octubre de 2010

Eucaristía e Iglesia (De Lubac)

La Eucaristía es el corazón de la Iglesia, sin lugar a dudas. El gran teólogo De Lubac en una obra memorable (que todos deberíamos leer muchas veces "Meditación sobre la Iglesia", en Encuentro Ediciones) expone sus mutuas relaciones. Dice él:

“Dos son los hechos que deben ocupar ahora nuestra atención: la relación que establece San Pablo entre la doctrina de la Iglesia y la de la Eucaristía, y esta añadidura, relativamente tardía, del epíteto “místico” a la expresión paulina de “Cuerpo de Cristo”. Hay una estrecha vinculación entre ambos. Su examen nos va a introducir hasta el mismo corazón del misterio de la Iglesia.

En la antigüedad cristiana se hablaba frecuentemente de un “cuerpo espiritual” o de un “gran cuerpo” de Cristo: de un “cuerpo completo”, de un cuerpo “universal” o “común”, de un cuerpo “verdadero y perfecto”, del cual Cristo es la “Cabeza mística” y los cristianos son los “miembros místicos”. También se hablaba de la asamblea de los Bienaventurados como de una “Iglesia mística”, o del “misterio del Cuerpo de Cristo”, o de la “unión mística” de los fieles dentro del Cuerpo de Cristo. Con todo, solamente hacia la mitad de la Edad Media (segunda mitad del siglo XII) fue cuando este Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, comenzó a llamarse también “místico”. En los siglos anteriores, la Eucaristía recibía esta denominación. Pero, a partir de entonces, este mismo epíteto servirá para distinguir a la Iglesia de la Eucaristía, como también de Cristo en su vida terrena o gloriosa.

Ordinariamente no se daba a este epíteto una significación precisa y exacta. ¿No bastaba, en efecto, con observar que “místico” se emplea aquí en oposición a “natural”? El “cuerpo místico” es aquel organismo sobrenatural que hay que concebirlo según la imagen de un cuerpo natural, pero al mismo tiempo, en contraposición a él” (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, cap. IV).