Decir que la Iglesia es un misterio, equivale a decir que es un sacramento, el gran sacramento que contiene y vivifica a todos los demás, el sacramento de Jesucristo, al igual que Jesucristo, por su humanidad, es el sacramento de Dios. Toda realidad sacramental presenta una doble característica: es signo de otra cosa distinta y debe ser atravesado totalmente sin detenernos en el signo mismo. Y, al mismo tiempo, el signo tiene una relación esencial con lo significado y no puede ser cambiado a capricho o tener un carácter provisional: sólo a través de él se alcanza la realidad que es significada. Una cosa es lo que vemos, la realidad ante nuestros ojos, y otra es aquello que la realidad significa y contiene, que va mucho más allá. ¡Eso es un sacramento!

Este doble carácter se realiza en Cristo: “quien me ve a mí, ha visto al Padre” (Jn 14), y por tanto Cristo es el sacramento de Dios por el cual hay que pasar para llegar al Padre y no puede ser suprimido. Se ve a Cristo, su carne, su cuerpo, pero quien le ve a Él, ve un sacramento que va más allá, ve al Padre, ve la divinidad de Jesucristo. El único acceso verdadero, pleno y definitivo a Dios es Jesucristo, que al ser su Sacramento, se constituye en "camino, verdad y vida", y ya "nadie va al Padre sino por mi" (Jn 14,6). No es un camino al lado de otros caminos... sino el Camino, el único. Desde que Dios se quiso revelar y mostrarse por su Hijo, el único camino verdadero y pleno a Dios es Jesucristo.
La Iglesia también es un sacramento, “cuyo fin es el mostrarnos a Cristo, llevarnos a él y comunicarnos su gracia, lo que equivale a decir que la única razón de su existencia es la de ponernos en comunicación con él” (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, p. 164). Es más, y en tiempos de desafección eclesial suena más rotunda la afirmación del autor. “Si el mundo perdiera a la Iglesia, perdería la Redención” (ibíd.).
La Iglesia no es un conglomerado humano, una fuerza asociativa... sino un verdadero sacramento; quien mire a la Iglesia debe poder descubrir en ella al mismo Cristo, al que ella, como Cuerpo suyo, visibiliza y hace presente en el mundo. Si se pierde esta mirada sobre la Iglesia, se caerá pronto en la secularización de ver la Iglesia con criterios mundanos, ya sean políticos, ideológicos, transformadores-revolucionarios, culturales, caritativo-sociales, etc...