viernes, 28 de abril de 2017

Fases en la vida de oración (teología de la oración)

Sabemos, y lo hemos experimentado, que la vida de oración atraviesa por fases o etapas en su crecimiento. Es natural.

Desde los primeros grados de purificación-iluminación-unión, o de principiantes-proficientes-perfectos, hasta un análisis más pormenorizado del progreso en la vida interior que desarrolla Santa Teresa en el libro de la Vida (las cuatro formas de coger el agua y regar, cap. 11-21) o las siete moradas del Castillo interior, con muchas estancias arriba y abajo, de manera que cada uno recorre su peculiar camino que sólo es comparable con el de otro a grandes rasgos o etapas.

Normalmente, se comienza la vida de oración por medio de oraciones vocales, y sólo por oraciones vocales, hasta avanzar y descubrir la meditación, en que un libro o una representación nos ayuda a considerar las verdades cristianas, ahondar en ellas, asimilarlas vitalmente, hasta pasar a una oración más interior, de trato de amistad con Cristo, diálogo y adoración...

Desde luego, y para todos, se requiere una "determinada determinación", es decir, emprender el camino de la oración con una firme decisión y jamás detenerse ni salirse del camino.

La teología de la oración, que en definitiva es una teología de la gracia y de la libertad, de la revelación y de la obediencia, se desarrolla en etapas que evolucionan casi sin darnos cuenta, y hemos de estar atentos a los signos que el Espíritu Santo nos va dando en la oración, para no aferrarnos a "ningún método" ni "fórmula", sino dejarnos guiar.

jueves, 27 de abril de 2017

Vida sobrenatural (Palabras sobre la santidad - XXXVII)

El cristiano ha renacido a una vida nueva, distinta, sobrenatural, por el bautismo. Los santos son quienes mejor y más profundamente han vivido esta vida sobrenatural.


Llenos de Dios, asistidos por el Espíritu Santo, los santos adquirieron una visión sobrenatural de la realidad, una capacidad para descubrir la verdad de las cosas, de los hombres y de la realidad tal como Dios las ve. Es más, esta visión sobrenatural propia del cristiana, desarrollada al máximo en los santos, les permite percibir los signos de Dios, el lenguaje de Dios en la vida y en la historia.

La capacidad de los santos de llegar a tener una visión sobrenatural de todas las cosas, los condujo a saber discernir, es decir, saber con certeza aquello que realmente viene de Dios, es una palabra personalísimo para ellos de Dios en sus vidas, y obedecer.

martes, 25 de abril de 2017

Espiritualidad de la adoración (XIX)

De unos años para acá se ha recuperado ampliamente el culto a la Eucaristía fuera de la misa, que durante un tiempo estuvo muy apagado por una falsa teología y una mala pastoral: sólo se veía lo comunitario y festivo, las iglesias sólo se abrían para el culto litúrgico-comunitario y se veía como algo pasado de moda e intimista la adoración eucarística.


Sin embargo, es un signo del Espíritu Santo el reflorecimiento de esta piedad eucarística que responde a la verdad del Sacramento y a la búsqueda espiritual del alma. 

Allí donde se ha ido cuidando la adoración eucarística y se ha propiciado que existan tiempos amplios de silencio y adoración de Cristo, allí la vida cristiana ha florecido, la vida interior se ha consolidado. Para recorrer el camino de la santidad, y suscitar este anhelo de santidad, nada más dulce, nada más eficaz, que la adoración eucarística en las parroquias, comunidades, asociaciones cristianas, movimientos, etc.

domingo, 23 de abril de 2017

Comienza lo nuevo y eterno

Con gozo desbordante, la Iglesia celebra anualmente la Pascua del Señor Jesucristo. No le falta razón. 

Ha llegado la primavera, donde la tierra vuelve a revivir tras el invierno, todo florece, el ciclo cósmico anual anuncia la esperanza. La luna llena, la primera de la primavera, lo llena todo de luz. En ese momento, el Señor resucitó, porque Él es la verdadera luz que lo va a inundar todo, y por Él, la creación, el mundo, la tierra y también los hombres, van a ser renovados y plenificados.


Resucita el Señor, y el cosmos entero se ilumina. Pero es también el hombre concreto el que es renovado; pasa de ser un hombre viejo, guiado por su pecado, a la renovación sacramental por la gracia que lo constituye en un hombre nuevo a imagen de Cristo. Ha nacido, así pues, una nueva humanidad plasmada según el verdadero Hombre Nuevo, el Señor resucitado.

viernes, 21 de abril de 2017

Lo que sí es una parroquia

"Y desearíamos decirles que este encuentro nos hace apreciar, podríamos decir por una cordial  experiencia personal, el significado de la “Iglesia local” que el Concilio ha honrado con relieve particular, tanto a nivel diocesano como a nivel parroquial (cf. LG 23. 28; SC 42, etc.). 


Evoquemos, por tanto, una sola palabra, sobre el aspecto comunitario y original de la parroquia; dice, en efecto, el Concilio: “La parroquia ofrece un luminoso aspecto de apostolado comunitario, fundiendo juntamente todas las diferencias humanas que allí se encuentran e insertándolas en la universalidad de la Iglesia” (AA 10). 

La parroquia inserta al fiel en el Cuerpo mismo de Cristo. 

La parroquia es la primera comunidad eclesial. 

La parroquia es la primera familia espiritual cualificada. 

lunes, 17 de abril de 2017

El culto para la vida (participar) - y IV

El culto para la vida nace de la liturgia como de su fuente. Es en la liturgia donde la Iglesia encuentra su razón de ser y como un movimiento de sístole-diástole, bombea vida, impulsando a todos los miembros del Cuerpo a un servicio santo en el mundo.





La participación interior en la liturgia dispone y orienta para una vida santa; no es un refugio afectivo, cálido, del que guarecerse, sino la casa común donde aprovisionarse para un largo camino que viene después. 


De ahí se sigue que se participa bien, interiormente en la liturgia, el corazón del fiel va poco a poco cambiando, recibiendo una configuración distinta, orientándonos para el ejercicio de nuestra santificación en la vida, en las obras santas. Poco servirá ese concepto secularista de "participar" entendiéndolo como "intervenir" en la liturgia, reduciendo y estrechándolo todo a una liturgia movida, activista, como si eso constituyese el todo.

En la liturgia, recibimos una "educación para la vida", pero no por el verbalismo de muchas palabras moralizantes, sino por la fuerza misma de la liturgia cuando se entrega el corazón a la acción de Dios. La liturgia nos conduce, transformándonos, a una vida santa:

a) modelada según la liturgia
b) unión profunda con Cristo
c) somos presencia de Cristo
d) "pneumatóforos" con una vida teologal
e) hacer la voluntad del Padre.

Un último rasgo será cómo la liturgia nos configura -al participar internamente, conscientemente en ella- para estar en el mundo sin ser del mundo, es decir, nos sitúa de un modo nuevo ante el mundo.



martes, 11 de abril de 2017

La paciencia (Tertuliano - II)

Continuamos con el tratado de Tertuliano sobre la paciencia.

¿Dónde fundamentamos nuestra paciencia?

¿Qué es la paciencia cristiana?


Es una imitación de la paciencia de nuestro buen Dios.

Así nos sintetiza mucho, tal vez en exceso, la paciencia de Dios en el capítulo II, como una referencia fundamental para que podamos vivir la paciencia.

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Capítulo 2: Paciencia de Dios con los hombres
A nosotros la obligación de practicar la paciencia no nos viene de la soberbia humana, asombrada de la resignación canina, sino de la divina ordenación de una enseñanza viva y celestial, que nos muestra al mismo Dios como dechado de esta virtud. Pues desde el principio del mundo Él derrama por igual el rocío de su luz sobre justos y pecadores. Estableció los beneficios de las estaciones, el servicio de los elementos y la rica fecundidad de la naturaleza tanto para los merecedores como para los indignos. Soporta a pueblos ingratísimos, adoradores de muñecos y de las obras de sus manos; y que persiguen su nombre y a su familia. Su paciencia aguanta constantemente la lujuria, la avaricia, la iniquidad insolente, a tal punto que, por esta causa, la mayoría no cree en Él porque jamás lo ven castigando al mundo.

miércoles, 5 de abril de 2017

Mirada de conjunto a la Oración del Señor

Concluidas las siete peticiones del Padrenuestro, la catequesis pronunciada por San Agustín retoma el vuelo y lanza una mirada final al conjunto.


Recapitulemos la enseñanza sobre la Oración dominical, sentados junto a los "competentes" y sus padrinos, y actualicemos la doctrina de la Iglesia.

"n. 12. Las tres primeras peticiones: Santificado sea tu nombre, Venga tu reino y Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, son eternas. Las cuatro siguientes corresponden a la vida presente.

Danos hoy nuestro pan de cada día: ¿acaso, una vez que hayamos llegado a aquella saciedad, hemos de pedir diariamente el pan de cada día? 

lunes, 3 de abril de 2017

El ayuno es lo propio de la Cuaresma (textos)

Si nos preguntaran qué caracteriza la Cuaresma cristiana, probablemente enumeraríamos una serie de elementos devocionales, pero se nos olvidaría el ayuno porque, con la actual disciplina del rito romano en el Código de Derecho, sólo es día de ayuno el miércoles de Ceniza y el Viernes santo, y la abstinencia de carne, además de dichos días, se extiende a todos los viernes de Cuaresma.


Pero lo característico de la Cuaresma cristiana es, fundamentalmente, de manera destacada, el ayuno cristiano, que es purificación, que es deseo, que es penitencia. 

Los días cuaresmales reproducían el desierto, la experiencia misma del desierto, que vivió el pueblo de Israel, que vivieron los santos y profetas del Antiguo Testamento, que vivió san Juan Bautista, que experimentó el mismo Jesucristo cuarenta días con sus noches sin probar alimento. Allí, en el desierto, privado de alimento, en total ayuno, se encontraron con Dios y oyeron sus Palabras, alimentándose solamente de la palabra divina, más preciosa que cualquier alimento.

La realidad del desierto se hacía presente en la vida cristiana por medio de los días cuaresmales escuchando más abundantemente las lecturas de la Sagrada Escritura y ayunando rigurosamente hasta la vigilia pascual.

sábado, 1 de abril de 2017

Líbranos del mal (VII)

La última petición del Padrenuestro suplica la defensa contra el Maligno, contra el demonio.

Su presencia se nota sembrando el odio, generando el mal y la soberbia, la destrucción, la violencia, el rencor, el resentimiento. Lejos de ser una figura metafórica, un género literario que dirían algunos, es un espíritu real y concreto, caído, malvado.


Sus ataques son constantes y la Escritura de fe de ello en muchísimos pasajes. Cristo se enfrenta a él y lo vence en las tentaciones, lo pisotea con el árbol de la cruz. Ahora, dirá el Apocalipsis, se va a hacer la guerra a los que guardan los mandamientos y dan testimonio de Jesús.

Cada día, tres veces al día según la tradición litúrgica, entonamos la Oración dominical y suplicamos ser librados del Maligno.


"n. 11. Después de haber dicho: No nos dejes caer en la tentación, continúa: Y líbranos del mal

Quien quiere ser librado del mal, atestigua que está metido en él.

martes, 28 de marzo de 2017

El culto para la vida (participar) - III

No perdamos el hilo de estas catequesis o artículos: se trata de ver cómo participar de verdad en la liturgia es una participación interior, no mera intervención, y, por tanto, conduce a la vida, a la transformación de la vida en una ofrenda santa a Dios.


Si se participa bien en la liturgia, esto es, consciente, activa, fructuosamente, interiormente, los fieles todos vivirán santamente el culto a Dios de su vida diaria, que se convierte en sacrificio santo al Señor.  La vida queda afectada -es decir, marcada, sellada- cuando la participación en la liturgia posee hondura interior.

Así, hemos visto que la vida:

a) queda modelada por la liturgia
b) unión profunda con Cristo
c) Somos presencia de Cristo
d) "Pneumatóforos" con una vida teologal.

Continuamos viendo los efectos y la transformación que produce en la vida, y en este caso:


            e) Hacer la voluntad del Padre

            La vida cristiana tiene como alimento, igual que Jesucristo, hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34). Es su voluntad nuestro alimento ya que como hijos, movidos por la piedad filial, es vivir la voluntad del Padre. “Nuestra paz, Señor, es cumplir tu voluntad”, rezamos en unas preces de Laudes[1].

domingo, 26 de marzo de 2017

La tentación y las tentaciones (VI)

La sexta petición del Padrenuestro, "no nos dejes caer en la tentación", da pie de sobra a la catequesis eclesial para tratar la realidad del pecado y su intrínseca maldad, así como lo expuesto que estamos a las tentaciones.


Ni somos invencibles, ni somos imbatibles. El pecado original ha dejado sentir su reliquia en nosotros, la brecha abierta de la concupiscencia, y nosotros, sin la gracia, no podremos detenerla.

El Maligno quiere cazarnos, sinuosamente, con trampas de distinto género, adaptándose a nuestras inclinaciones naturales para echar la red, para lanzar sus dardos. Allí donde somos débiles, él viene a atacarnos, de manera repetida y con distintas estrategias. Cuando Cristo nos exhorta a estar vigilantes, sabe bien lo que dice y porqué lo dice: porque las insidias son constantes y un alma despistada, adormecida, puede dejarse envolver en el canto de sirenas de las tentaciones.

jueves, 23 de marzo de 2017

La paciencia (Tertuliano - I)

Para forjar la conciencia es necesario conocer las virtudes, desearlas, y empezar a crear hábitos interiores que permitan que tal o cual virtud arraiguen como forma habitual de comportamiento.


La paciencia es una virtud auxiliar, podríamos decir, de la esperanza. Nos ayuda y sostiene ante la esperanza que Dios nos prometió y nos hace desear.

Comenzamos una larga serie, de 16 partes, leyendo el tratado de Tertuliano sobre "la paciencia", un autor africano (160-220). De camino, nos adentramos en una obra patrística para familiarizarnos cada día más con los Padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos.


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Capítulo 1: Importancia de la paciencia


Confieso a Dios, mi Señor, que temo no poco por mí y quizás sea desvergüenza el que yo me atreva a escribir acerca de la paciencia. De ninguna manera soy capaz, como hombre carente de todo bien. Porque cuando es necesario demostrar e inculcar alguna cosa, entonces se buscan personas competentes que con anterioridad la hayan tratado y con decisión dirigido para poderla recomendar con aquella autoridad que procede de la propia conducta; sin que sus enseñanzas tengan que avergonzarse por falta de los propios ejemplos.

martes, 21 de marzo de 2017

Perdón, Señor, cada día (V)

Cada día hemos de pedir perdón porque cada día caemos, tropezamos, pecamos. ¡Así de débiles somos! La concupiscencia nos ha dejado maltrechos y sentimos inclinaciones de pronto que no sabemos ni podemos dominar si no es por la gracia en nosotros.


Caemos, somos pecadores. Sobre nosotros también cae el pecado de nuestros hermanos que nos dañan, nos maltratan. Si arrepentidos vuelven a nosotros y piden perdón, habremos de perdonarlos siempre, el enorme número perfecto de setenta veces siete.

El perdón de Dios a nuestros propios pecados está condicionado al perdón que, sinceramente, otorguemos a quienes nos han ofendido y lo piden a nosotros.

Así nos lo enseñó el Señor en el Evangelio y así lo consignó en su Oración.


"n. 6. Decimos a continuación: Perdónanos nuestras deudas; digámoslo, porque decimos la verdad. ¿Quién hay que viviendo en la carne no tenga deudas? ¿Quién es el hombre que vive de tal manera que no le sea necesaria esta petición? Podrá hincharse, pero no hacerse.

sábado, 18 de marzo de 2017

La dirección de la Cuaresma (texto)

Leamos lo siguiente como si fuera la primera vez que lo vemos: la Cuaresma es el camino hacia la Pascua. Hay que repetirlo muchas veces hasta que penetre, no sólo en la inteligencia, sino en la sensibilidad y el afecto. La Cuaresma es el camino hacia la Pascua y ningún camino se puede constituir como meta en sí mismo, dejando al caminante encerrado en el camino, sino conduciéndolo a la meta, al hogar, al destino. En este caso, la Cuaresma es un camino que nos conduce a la Pascua.


El piadoso desarrollo de la Cuaresma con sus ejercicios piadosos y devociones ha llevado, en muchos casos y en muchos lugares, a considerarla en sí misma, desvinculándola de la Pascua, y viviendo ésta de manera débil, a veces incluso sin participar en las celebraciones del Triduo pascual, ni en la vigilia pascual, y no sabiendo muy bien cómo vivir ni qué hacer durante los cincuenta días pascuales.

La Cuaresma era un tiempo precioso y especial que miraba y se encaminaba a la Pascua. Nace la Cuaresma para los catecúmenos que después del largo catecumenado de uno o más años, recibían la elección y una preparación intensiva para los sacramentos de la Iniciación cristiana en la santísima vigilia pascual; nació también para los penitentes, aquellos que confesaban sus pecados en privado al Obispo (apostasía, homicidio, adulterio...) y se incorporaban al Ordo de penitentes, con ayunos, salmos y penitencias, hasta ser reconciliados y absueltos de sus pecados en la mañana del Jueves santo (costumbre romana) o en el Oficio litúrgico del Viernes santo (costumbre del rito hispano-mozárabe). Por último, y por extensión lógica, la Cuaresma incluyó a todo el pueblo cristiano que se convertía también en penitente: recibía la ceniza en la cabeza, oraba, se mortificaba, y vivía en ayuno estricto.

jueves, 16 de marzo de 2017

Danos nuestro pan (IV)

En el centro del Padrenuestro está la petición sobre el pan. Pero no hagamos una lectura reductora sobre el pan reduciéndolo a lo material, que también lo incluye, pero que va más allá.


En el "pan" está contenido todo lo necesario para nuestro existir aquí en esta vida: es el pan material, pero es también el pan de la Eucaristía, el pan de la Palabra y hasta el pan de la Gracia.

"n. 5.Y sigue: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Puede aceptarse sin dificultad que hacemos esta oración para que abunde o, al menos, que no nos falte el pan de cada día. Dijo de cada día, es decir, mientras perdura el hoy. Cada día vivimos, cada día nos levantamos, cada día nos saciamos, cada día sentimos hambre. Denos el pan de cada día.

¿Por qué no mencionó también el abrigo? Nuestro sustento consiste en la comida y en la bebida; el abrigo, en el vestido y en el techo. Nada más desee el hombre, porque dice el Apóstol: Nada trajimos a este mundo, ni podemos llevarnos nada de él. Teniendo sustento y abrigo, debemos estar contentos. Desaparezca la avaricia, pues es rica la naturaleza. Por tanto, si se refiere al alimento de cada día, puesto que razonablemente puede entenderse así  lo que decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día, no nos extrañemos de que, nombrando sólo el pan, se incluya todo lo necesario.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La variedad de la Iglesia (Palabras sobre la santidad - XXXVI)

La Iglesia es realmente hermosísima: un Cuerpo que tiene a Cristo por Cabeza y diversidad de miembros, útiles y necesarios; un Templo grandioso de la Presencia de Dios con ladrillos distintos, amasados por el Espíritu Santo; un jardín, con variedad de flores y frutos.


En ella aparecen vocaciones y carismas, ministerios y funciones distintas y todas necesarias y complementarias; en ella brotan estilos espirituales distintos, caminos de vida cristiana, modos de oración, que ofrecen una variedad hermosísima y contribuyen a la belleza real y concreta de la Iglesia.

Predicaba san Agustín:
"Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los linos de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos" (Serm. 304,3).

domingo, 12 de marzo de 2017

Espiritualidad de la adoración (XVIII)

La fe nace de un encuentro personalísimo y único con Cristo. No es fruto de la razón ni de la voluntad; no viene la fe por un esfuerzo de la razón o por un compromiso ético, como si todo dependiera de nosotros. La fe es un don de Dios, preciosísimo, que surge en nosotros cuando Cristo entra en nuestra vida, nos llama mirándonos a los ojos, nos pregunta: '¿qué buscas?' y al manifestar nuestro deseo, nos acoge íntimamente y nos invita a realizar una experiencia única, la de estar con Él: 'venid y veréis'.


La fe es algo más que un conjunto de verdades reveladas, perfectas; a este contenido objetivo de la fe corresponde también algo subjetivo, la vida entera que se fía del Señor y se pone en marcha, siguiendo al Señor. La confianza en Jesucristo determina la fe verdadera. La fe se hace confianza personal en Cristo, a quien se le entrega la vida, y seguimiento tras sus huellas.

sábado, 11 de marzo de 2017

Tu voluntad es el criterio (III)

El Padrenuestro, recitado tres veces al día, nos ponen en la tesitura del verdadero creyente, que se abandona en las manos de Dios, se deja dirigir por Él, obedece a su voluntad con prontitud, sin resistencias.


Rezar así a Dios supondrá vencer las resistencias del amor propio, del criterio inflexible donde queremos someter a Dios para que haga nuestra voluntad en lugar de la disponibilidad filial para ir a la viña a trabajar, a la hora en que se nos llame, para la tarea que se nos encomiende.

La voluntad de Dios es el criterio orientador para todas las cosas y habrá que buscar esa voluntad concreta de Dios mediante la oración y el discernimiento.

Decimos como Cristo Jesús: "Hágase tu voluntad", "aquí estoy", "envíame" como los profetas.

jueves, 9 de marzo de 2017

Revivir y prolongar la Pasión

Los sufrimientos de Cristo son meditados durante la Cuaresma en el rosario y en el ejercicio del viacrucis. Ya en Semana Santa, las procesiones y la religiosidad popular nos harán visibles esa pasión de Cristo, ayudándonos a entrar en ese misterio.

Y será la liturgia la que nos ponga en comunión con la Pasión de Cristo y sus frutos redentores porque la liturgia no es simple ceremonia, ni es un recuerdo psicológico, una memoria, de algo que pasó en un tiempo, sino la actualización de esa misma pasión, su presencia hoy in mysterio para nosotros.


La pasión y los sufrimientos de Cristo se siguen prolongando hoy en sus miembros, cada uno de nosotros, y en su Cuerpo que es la Iglesia, que sigue sufriendo.

Con esta catequesis alcancemos una mirada teológica y espiritual de mayor profundidad a los sufrimientos de Cristo para vivir con fruto la Cuaresma, la Semana Santa y el santísimo Triduo pascual.

                "Si vosotros deseáis, como lo demuestra vuestra presencia en esta audiencia, participar de algún modo en el estado de ánimo de la Iglesia durante la Semana Santa, que precede a la celebración del más grande acontecimiento de la historia y de los acontecimientos humanos, esto es, la Resurrección del Señor Jesús, vosotros encontráis a la Iglesia no de fiesta, sino totalmente absorta en una grave y dolorosa meditación, la de la Pasión de Cristo, de sus inefables sufrimientos, de su Cruz, de su muerte. Meditación penosísima, porque obliga a nuestro pensamiento a ver en Cristo al Primogénito de la humanidad (cf. Rm 8,29; Col 1,15), los misterios más oscuros y más repugnantes y, sin embargo, realísimos, los del dolor, del pecado, de la muerte, no sólo referidos a Jesús y a la tragedia inconcebible del fin de su vida en la economía temporal presente, sino también a considerarlos aplicados a nosotros, a cada uno de nosotros, en una relación tan directa y tan inevitable que refleja y renueva místicamente en nosotros aquel drama sin límites, hasta hacérnoslo comprender, en la medida de lo posible, como el sacrificio por excelencia, el sacrificio del cordero de Dios, el sacrificio del incomparable, oceánico, amor de Cristo a nosotros, y al mismo tiempo como la fuente dichosa de nuestra fortuna, esto es, de nuestra redención.

Meditar la Pasión de Cristo

                Hijos queridos, entendednos (cf. 2Co 7,2). La Iglesia, en esta liturgia misteriosa, está llena de una pena inmensa. Recuerda, repite en sus ritos, revive en sus sentimientos la pasión de Cristo. Ella misma toma conciencia de ella, sufre y llora. No turbéis su luto, no distraigáis su pensamiento, no os burléis de su remordimiento, no creáis que su angustia es locura. También acompañáis con vuestro silencio el grito de su dolor; compadecedla; honradla con la participación en su altísima y espiritual aflicción.

  

martes, 7 de marzo de 2017

Santificado... Venga... (II)

Después de la invocación, el bendito nombre y la posibilidad de llamar a Dios "Padre", los hijos de Dios suplican que el nombre de Dios sea santificado y, expectantes, pedimos que venga su Reino.


¿Pero qué decimos cuando tales cosas pedimos a Dios?

Estas peticiones atañen al orden de la salvación, al avance de la historia de la salvación, buscando y deseando su plenitud, la gloriosa venida de Jesucristo Salvador y Señor de la historia. Así el Padrenuestro nos evangeliza en el deseo de la salvación, de la redención plena y definitiva.


"n. 2. Continuamos diciendo: Sea santificado tu nombre. Venga tu reino.

La santificación del nombre de Dios consiste en que nosotros nos hagamos santos, pues su nombre es santo desde siempre.

sábado, 4 de marzo de 2017

¡Padre nuestro!

¡Padre nuestro!

Esa es la bendita invocación que podemos dirigir a Dios cuando recibimos el Espíritu Santo que nos hace partícipes del espíritu filial, constituyéndonos hijos adoptivos de Dios.


Los catecúmenos, en la última etapa de su preparación llamada "etapa de iluminación", eran calificados de "competentes", preparándose de manera inmediata, recibían el Padrenuestro de boca del Señor. Es la entrega del Padrenuestro, recibiendo unas catequesis que explicaban su contenido, su sentido de "evangelio compendiado".

Lo reciben ahora, en la última semana de Cuaresma, y lo recitarán solemnemente cuando ya hayan sido iniciados por los sacramentos en la noche de la Vigilia pascual.

Junto a los "competentes", los padrinos y los fieles recibían estas catequesis. Nosotros vamos a recibirlas con palabras de San Agustín, y dejémonos evangelizar por la enseñanza sobre el Padrenuestro.

jueves, 2 de marzo de 2017

Cuarenta días, cuarentena espiritual

De algún modo se podría decir que estamos en cuarentena, como los enfermos para prevenir el contagio y poder recuperarse. Así la Iglesia entera ha convocado a sus hijos a una cuarentena espiritual para una convalecencia y recuperación ante la enfermedad del pecado.

Hemos recibido las cenizas en la cabeza (en la cabeza, sí, no en la frente) y la Iglesia nos ha dado las medicinas necesarias: oración, ayuno, limosna, silencio, penitencia.


La Cuaresma es un período significado. Cuarenta no es un número arbitrario ni casual sino profundamente enraizado en las Escrituras.

Una catequesis del papa Benedicto XVI nos permite hoy penetrar en lo simbólico del número 40 y en el valor de la Cuaresma que, animosos, emprendemos ahora.

"En esta catequesis quiero hablar brevemente del tiempo de Cuaresma, que comienza hoy con la liturgia del Miércoles de Ceniza. Se trata de un itinerario de cuarenta días que nos conducirá al Triduo pascual, memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, el corazón del misterio de nuestra salvación. En los primeros siglos de vida de la Iglesia este era el tiempo en que los que habían oído y acogido el anuncio de Cristo iniciaban, paso a paso, su camino de fe y de conversión para llegar a recibir el sacramento del Bautismo. Se trataba de un acercamiento al Dios vivo y de una iniciación en la fe que debía realizarse gradualmente, mediante un cambio interior por parte de los catecúmenos, es decir, de quienes deseaban hacerse cristianos, incorporándose así a Cristo y a la Iglesia.
 

martes, 28 de febrero de 2017

El culto para la vida (participar) - II

El culto es para la vida y así participar, con aquella participación interior y consciente que reclamaba la reforma litúrgica (con la Constitución Sacrosanctum Concilium) orientaba para la vida cristiana, de modo que fuese una vida santa.

Vimos que ese culto para la vida hacía algo nuevo de nuestras existencias:

a) Modelada por la liturgia

b) Unión profunda con Cristo.

Seguimos viendo entonces cómo el culto cristiano es para la vida por la impronta con que deja cuando se participa internamente en él.





             c) Somos presencia de Cristo

            La participación en la liturgia nos cristifica, nos une de tal modo con Cristo, que nos vamos transformando en Él, y así nuestra presencia es una memoria de Cristo para todos, un testimonio real que apunta al Señor y lo señala ante los hombres. Ante ellos, difundimos el buen olor de Cristo: “concédenos, Dios todopoderoso, que quienes han participado en tus sacramentos, sean en el mundo buen olor de Cristo”[1]. El bonus odor Christi es el perfume de una vida santa, bella; “somos el buen olor de Cristo” (2Co 2,15).

            Hasta tal punto es transformante la participación interior en la liturgia, que llegamos a parecernos al mismo Señor, teniendo la mente de Cristo, los sentimientos de Cristo: “te pedimos, Dios nuestro, la gracia de parecernos a Cristo en la tierra”[2], “transformados en la tierra a su imagen”[3], “los celestes alimentos que hemos recibido, Señor, nos transformen en imagen de tu Hijo”[4].

            Somos situados en el mundo a imagen de Cristo, el Hombre nuevo, y recreados en Él en santidad y justicia. Nos despojamos de nuestro hombre viejo para revestirnos de Cristo: “la participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros antiguos pecados y nos transforme en hombres nuevos”[5]. La liturgia nos transforma en lo más profundo de nuestro ser: “siempre caminemos como hombres nuevos en una vida nueva”[6].


viernes, 24 de febrero de 2017

La paciencia y la esperanza (y IV)

Los dinamismos de la paciencia, cuando se conocen, son una ayuda para vivir pacientemente, aguardando, sosteniendo la esperanza, la gran esperanza, que Dios nos ha concedido.

Ya vimos cómo lo específicamente nuestro es teologal, y ahora hemos de imitar la paciencia de nuestro Dios, así como la paciencia del mismo Cristo en su Encarnación, en su vida entera, en su predicación y, por supuesto, la paciencia de Cristo en su Pasión.

Los profetas, los grandes santos del Antiguo Testamento, los mártires cristianos, son ejemplos sublimes de paciencia porque aguardaban y esperaban algo mucho mayor. En vistas a la esperanza prometida, vivieron y sufrieron pacientemente.

Claro que no por nuestras fuerzas, en versión libre del pelagianismo, sino por la obra interior que construye el Espíritu Santo, nosotros podremos vivir tal paciencia, sublime, heroica, mansa y dulce.

Pero sigamos dando pasos con el artículo de Jean-Louis Bruguès, en Communio, ed. francesa, IX, 4, julio-agosto 1984.


"En cada pecado, la impaciencia

De manera curiosa, cuando santo Tomás estudia la virtud de la paciencia, no aborda los vicios que se le oponen, contrariamente a su método de exposición habitual. Quizás es porque la impaciencia no designa una actitud moral particular, sino más bien la fuente, el primer movimiento de todo pecado. Cuando en el relato del Génesis la serpiente evoca delante de Eva la perspectiva de "ser como dioses" (Gen 3,5), la mujer no manifiesta ninguna sorpresa. Lo sabía. La creación a imagen de Dios no debe intepretarse de manera estática. Hay que verla también como la inauguración de un proceso de "divinización". Creado a su imagen, el hombre sabe que se convertirá en semejante a Dios y que lo verá tal cual es (1Jn 3,12). Así la tentación de la serpiente no se dirige al término, sino a los medios. Sin duda se ha favorecido exageradamente una lectura prometeica del relato bíblico: se ha hecho del "pecado original" un pecado de orgullo y revuelta. Eva quiso todo -convertirse en Dios- y su aspiración se justifica porque está inscrita en la lógica de la creación. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

¡La Verdad! (meditación - reflexión)

¡La Verdad!

¿Y qué es la Verdad? -pregunta el escéptico Pilato, un relativista moderno.

Pero resulta que Alguien se ha proclamado "el Camino y la Verdad y la Vida" (Jn 14,6).




En Cristo ha brillado la gracia y la verdad, por Él nos han venido (cf. Jn 1,1-18). El mismo hombre creado, que participa del Logos por medio de su razón-inteligencia tiene tal estructura que está hecho para la Verdad y sin la Verdad se halla frustrado. El hombre ha sido creado capaz de Dios, por tanto, su razón es capaz de abrazar la Verdad y reconocerla.

La Verdad es nuestro anhelo, perenne necesidad, eterna felicidad.

"Movido por un amor sin medida, Dios ha querido acercarse al hombre que busca su propia identidad y caminar con él (cf. Lc 24,15). Lo ha liberado de las insidias del "padre de la mentira" (cf. Jn 8, 44) y lo ha introducido en su intimidad para que encuentre allí, sobreabundantemente, su verdad plena y su verdadera libertad. Este designio de amor concebido por el "Padre de la luz" (St 1,17; cf. 1P 2,9; 1Jn 1,5), realizado por el Hijo vencedor de la muerte (cf. Jn 8,36), se actualiza incensantemente por el Espíritu que conduce "hacia la verdad plena" (Jn 16,13).

La verdad posee en sí misma una fuerza unificadora: libera a los hombres del aislamiento y de las oposiciones en las que se encuentran encerrados por la ignorancia de la verdad y, al abrirles el camino hacia Dios, une a unos con otros. Cristo destruyó el muro de separación que los había hecho ajenos a la promesa de Dios y a la comunión de la Alianza (Cf. Ef 2,12-14). Envía al corazón de los creyentes su Espíritu, por medio del cual todos nosotros somos en Él "uno solo" (cf. Rm 5,5; Gal 3,28). Así llegamos a ser, gracias al nuevo nacimiento y a la unción del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5; 1Jn 2, 20. 27), el nuevo y único Pueblo de Dios que, con las diversas vocaciones y carismas, tiene la misión de conservar y transmitir el don de la verdad. En efecto, la Iglesia entera, como "sal de la tierra" y "luz del mundo" (cf. Mt 5, 13-14), debe dar testimonio de la verdad de Cristo, que hace libres.

sábado, 18 de febrero de 2017

La belleza auténtica (Palabras sobre la santidad - XXXV)

Cuando vienen modas o ideologías, que subrayan con fuerza un esteticismo que busca sólo la belleza formal, exterior, identificada además con una estética concreta y única, la barroca, hablar de belleza podría parecer que carece de sentido. Pero es que la belleza nunca se identifica con el esteticismo.


El esteticismo se detiene únicamente en las formas, y no accede a la Verdad de las cosas, de los elementos y de la realidad. Aunque lo sublime y quiera trascender, el esteticismo se agota en sí mismo, atándose a unas formas, un contenido formal de alguna época histórica, y fuera de él, de ese estilo único y concreto, todo lo halla vulgar, vacío, irreligioso. Pero el esteticismo no es la belleza.

La belleza es cualidad de Dios; aquello que fascina, atrae la vista, causa impacto reflejando la Verdad, mostrándola de manera sugerente. Dios es la Belleza misma y de su Belleza participan todas las demás cosas, todos los demás seres... y participan de modo especialísimo los santos. En efecto, éstos han sido iluminados y transfigurados que su propia existencia se convierte en bella con una belleza participada.
 

domingo, 12 de febrero de 2017

Nadie reza solo (IV)

La vida cristiana tiene una gran parte que es "invisible", incluso mayor que la parte "visible". Lo que vemos es poco comparado con todo lo que nos rodea y es invisible. El Misterio de Dios sostiene y rodea nuestra vida.


Ya en la liturgia, por ejemplo, cuando cantamos el "Sanctus", lo hacemos no únicamente los participantes que vemos allí presentes, sino que intervienen y nos rodean "los ángeles y los arcángeles, y con todos los santos", "los ángeles y todos los coros celestiales".

El Oficio divino, incluso recitado en privado, es siempre y en todo momento oración eclesial y la Iglesia entera prolonga un canto de alabanza y glorificación cuando alguien tiene entre sus manos el libro de la Liturgia de las Horas.

"La oración, que se dirige a Dios, ha de establecer conexión con Cristo, Señor de todos los hombres y único Mediador, por quien tenemos el único acceso a Dios. Pues de tal manera él une así a toda la comunidad humana, que se establece una íntima unión entre la oración de Cristo y la de todo el género humano. Pues en Cristo y solo en Cristo la religión del hombre alcanza su valor salvífico y su fin.

viernes, 10 de febrero de 2017

El apostolado seglar en el mundo (y II)

Continúa el discurso de Pablo VI sobre el apostolado seglar en el mundo, la acción del laicado en la Iglesia y en la sociedad, entre los hombres.


Está necesitado siempre de una base sólida, es decir, una espiritualidad viva, ardiente, fervorosa, que lo sostiene y le pone en contacto vivo con Cristo de modo que el apostolado nunca sea adoctrinamiento ni ideología, ni por la fuerza del pelagianismo se convierta en un super-héroe de causas sociales. El apóstol siempre será un testigo del Señor y sólo puede ser testigo del Señor.

Además, viviendo así, se sentirá enviado y acompañado por la Iglesia, sin presentarse a título propio ni exponer sus personalísimas ideas o teorías, siempre "modernas y adaptadas al mundo", sino sabiéndose miembro de la Gran Iglesia, que va plantando con pequeños ladrillos, sencillos, la Iglesia entre quienes aún no están en ella. 

Esa conciencia católica, finalmente, evitará un gravísimo peligro, siempre latente, y es interpretar el apostolado como un proselitismo que dirija a los demás hacia lo mío, mi grupo o movimiento o comunidad, reduciendo la evangelización a la agregación al propio grupo apostólico. El apostolado conduce a la Iglesia y acompaña a los hombres a la Iglesia y en ella cada cual descubrirá dónde está su lugar o qué sitio le asigna el Señor o su personalísimo camino espiritual. Mucho de lo que se hace apostólica está viciado y es infecundo porque sólo busca la parcialización, la adhesión a lo propio como si fuera lo único bueno que hay en toda la Iglesia. Ejemplos de lo anterior no faltan.

La palabra del papa Pablo VI da claves seguras.


miércoles, 8 de febrero de 2017

El culto para la vida (participar) - I


            Cuando participamos en la liturgia, todos, los fieles, recibimos la impronta del Espíritu Santo que, haciéndonos tomar la forma de Cristo, nos sitúa en el mundo para vivir una liturgia santa, encarnada en lo concreto de nuestra vida. ¿Cómo? Las oraciones, especialmente la oración de postcomunión, apuntan en esa dirección y entonces se ve el fruto real de la participación de los fieles en la liturgia, así como muchas preces en Laudes. O dicho de otra forma, la participación interior de los fieles nos conduce a un modo de vivir santo en el mundo.



            a) Modelada según la liturgia

            Aquello que hemos visto y oído, lo que nuestras manos han tocado, la Palabra de la Vida en la misma liturgia, dan forma a nuestra vida. Lo celebrado no es un paréntesis ritual, sino una transformación: “te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que hemos recibido en este sacramento”[1], prolongando eucarísticamente en lo cotidiano lo vivido en los sacramentos: “concede a cuantos celebramos los misterios de la pasión del Señor manifestar fielmente en nuestras vidas lo que celebramos en la eucaristía”[2].

            Esta acción de la liturgia no es espontánea, ni para un momento, sino que su acción se despliega de un modo permanente por gracia, hasta ir alcanzando todas las fibras de nuestro ser y nuestro obrar: “concédenos, Dios todopoderoso, que la fuerza del sacramento pascual, que hemos recibido, persevere siempre en nosotros”[3], y otra oración muy semejante suplicará: “el fruto de este santo sacrificio persevere en nosotros y se manifieste siempre en nuestras obras”[4]. La gracia de la vida litúrgica posee una nota de continuidad: “su fruto se haga realidad permanente en nuestra vida”[5].

            La vida litúrgica es fuente de santidad: “te rogamos, Señor, que esta eucaristía nos ayude a vivir más santamente”[6], “la participación en los santos misterios aumente, Señor, nuestra santidad”[7].

lunes, 6 de febrero de 2017

La paciencia y la esperanza (III)

La catequesis sobre la paciencia ilumina la virtud teologal de la esperanza.

La paciencia es su apoyo, su sostén, ante las luchas interiores y el dominio de uno mismo, así como la resistencia ante circunstancias exteriores difíciles, adversas, inesperadas.

Va auxiliada por la longanimidad y la constancia. Así, como en un racimo de virtudes auxiliares, la esperanza se mantiene firme en lo cotidiano, en la vida sencilla y gris, tal vez, de cada día, sin caer ni en el desánimo ni en la tristeza. Entonces se sigue caminando.


"¿Es cristiana la paciencia?


Se podrá juzgar, quizás, todo este análisis como muy humano. ¿En qué se distingue la paciencia cristiana de la paciencia estoica, por ejemplo, en la que se inspiran los Padres? La cuestión, muy antigua, se ha vuelto a plantear en los años 70 con ocasión del largo debate que animó la teología moral: ¿existe una ética específicamente cristiana? El propósito de estas líneas no podría ser retomar para discutirlos todos los datos del problema. En un plano humano, absolutamente nada puede distinguir la paciencia cristiana de la paciencia no-cristiana. Si los Padres como Tertuliano, Lactancio, san Ambrosio o san Agustín y, más tarde santo Tomás o incluso san Francisco de Sales conservaron el enfoque estoico de la paciencia para insertarlo en una perspectiva cristiana, es porque valoraban este enfoque como correcto y satisfactorio. Decir, por ejemplo, que el análisis de un Tertuliano es más estoico que cristiano, como lo hace el presentador de una edición reciente de este Padre, sólo es pertinente si se limita al campo exclusivo de la reflexión moral. Pero no es en su dimensión moral o psicológica como la paciencia cristiana ofrece alguna originalidad. Porque ella traduce una constante del comportamiento humano, el análisis estoico perdura, a nuestro parecer, perfectamente admisible aún hoy.

El presente ejemplo de la paciencia nos permite subrayar una respuesta de más largo alcance: lo específico de la ética cristiana no debe ser buscado en los componentes "morales", además todos prestados, todos importados en tierra cristiana, sino en su dimensión "teologal".

sábado, 4 de febrero de 2017

Enfermedad y salud (sin conviene)

Como sabemos, cuando se celebra el sacramento de la Unción de enfermos, pedimos la salud tanto del alma como del cuerpo al enfermo. Pero siempre la doctrina de la Iglesia nos ha enseñado que uno de los efectos de dicho sacramento es conferir la salud "si conviene" a la salvación del enfermo.


Ya de entrada nos está diciendo que todo es aparente y que la enfermedad, que aparentemente puede ser un gran mal, a lo mejor sí nos conviene; muchos enfermos han experimentado la enfermedad como prueba y como una bendición para otras muchas cosas, se han "humanizado" quienes tal vez eran muy duros y fríos para todo, o ha servido para descubrir al Señor cuando antes ni lo veían. Y la salud, que aparentemente es un bien, puede privarnos de bienes mayores porque se puede hacer un mal uso de esa salud.

San Agustín lo explicaba a sus fieles. Hemos de pedir la salud "si nos conviene", es decir, si conviene al bien de nuestra alma. Dios sabe hablarnos y conducirnos mediante el lenguaje de la enfermedad y el lenguaje de la salud.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Nadie reza solo (III)

Cada uno, por el Bautismo, lleva en cierto modo a toda la Iglesia en su alma, y se convertirá en "católico" cuando su corazón sea así, integrador, portando en sí a la Iglesia entera.

Ya Orígenes, en un texto clásico, maravilloso, recogido por De Lubac, señal su deseo de ser un "vir ecclesiasticus", es decir, un hombre de Iglesia, con sentido de Iglesia: "En cuanto a mí, mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico" (In Lc., hom. 2).

Ahondemos más, porque así entenderemos mejor la oración cristiana en la comunión de los santos, cuanto mejor comprendamos la naturaleza eclesial.

De Lubac escribía:

"En nuestro lenguaje actual, este bello nombre["eclesiástico"] está desgastado por no decir que está degradado. Se ha convertido en el título con que se designa una profesión determinada en los registros de la administración civil, en una etiqueta que se pone en el anaquel de determinadas prendas. Y en la misma Iglesia apenas lo usamos sino en un sentido puramente exterior. ¿Quién le devolverá su amplitud y nobleza? ¿Quién nos enseñará a conocer los valores que evocaba antiguamente? En su primera acepción, sin distinción obligada entre clérigo y laico, el "eclesiástico", vir ecclesiasticus, significa hombre de Iglesia. Él es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana. Si la palabra en este sentido no puede ser arrancada del todo al pasado, que al menos perdura su realidad. ¡Que ella reviva en muchos de nosotros!

***

"En cuanto a mí, proclamaba Orígenes, mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico". No hay otro medio, pensaba él con sobrada razón, para ser plenamente cristiano. El que formula semejante voto no se contenta con ser leal y sumiso en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su profesión de católico. Él ama la belleza de la Casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Ella es "su madre y sus hermanos". Nada de cuanto la afecta le deja indiferente o desinteresado. Echa sus raíces en su suelo, se forma a su imagen, se solidariza con su experiencia. Se siente rico con sus riquezas. Tiene conciencia de que por medio de ella, y sólo por medio de ella, participa de la estabilidad de Dios. Aprende de ella a vivir y a morir. No la juzga, sino que se deja juzgar por ella. Acepta con alegría todos los sacrificios que exige su unidad" (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, cap. VII, pp. 192-193).

lunes, 30 de enero de 2017

El apostolado seglar en el mundo (I)

Llamados y santificados por el bautismo y la confirmación, todo fiel bautizado está ordenado, dirigido, enviado, al mundo. Allí se convierte en apóstol, misionero y testigo.


Cada cual se entrega y vive el apostolado según su propia vocación, es decir, un modo es el estilo propio de los sacerdotes, otro distinto el de los religiosos y consagrados y finalmente, un modo propio es el de los seglares.

¿Pero también los seglares, los fieles cristianos laicos, han de implicarse en el apostolado? ¿Por qué? ¿Para suplir el número insuficiente de sacerdotes o religiosos? Más bien por la fuerza propia de su vocación cristiana. No es una generosa concesión ni una tarea de suplencia, sino el desarrollo hasta sus últimas consecuencias de los dones de Dios en los sacramentos de la Iniciación cristiana.

Para hoy, para evangelizar hoy, para fecundar la vida del mundo con la fuerza del Evangelio, es necesario despertar al laicado, hacerle tomar conciencia de su propia vocación, de su propia misión.


"1. ¿Será necesario repetiros de entrada el parecido y la confianza que la Iglesia y que nosotros mismo tenemos puesta en vosotros, miembros escogidos del Pueblo de Dios, que sois según la enseñanza de San Pedro "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1P 2,9)?

El reciente Concilio ha subrayado cuál es vuestro lugar de laicos en la Iglesia, que no es ciertamente un lugar asignado por los clérigos bajo la presión de las necesidades apostólicas, sino un puesto orgánico, con un carisma y una responsabilidad específicos.

domingo, 29 de enero de 2017

La conciencia recta y verdadera

Siempre es preferible acudir a los maestros. Para estudiar qué es la conciencia en el hombre es necesario escuchar voces autorizadas, docentes, que sepan explicar y lo hagan bien. Pablo VI es buen maestro. Su estilo es claro, muy docente, y su manera de exponer nos permite avanzar paso a paso en las grandes y sublimes verdades.


La materia de esta catequesis, siguiendo las que fuimos estudiando meses atrás con Ratzinger, es la conciencia moral, la guía segura de nuestro obrar y discernir. Tan necesaria y delicada, que merece nuestra atención y un pensamiento ordenado y correcto sobre ella.

Al mismo tiempo, al estudiar la conciencia, vamos adquiriendo esa formación necesaria para obrar rectamente pues la conciencia necesita ser verdadera y recta, sin ignorancia.

Proponía Pablo VI esta catequesis en una de sus audiencias generales:



                "Uno de los problemas fundamentales que se refieren a la actividad del hombre moderno es el de la conciencia. Este problema no ha surgido precisamente en nuestro tiempo; es tan antiguo como el hombre, porque el hombre siempre se ha planteado preguntas sobre sí mismo. A este propósito es conocido el diálogo que un escritor griego de la antigüedad (Jenofonte, Dichos Mem., 4,21) atribuye a Sócrates, el cual pregunta a su discípulo Eutidemo: “Dime, Eutidemo, ¿hasta estado alguna vez en Delfos? Sí, dos veces. ¿Has visto la inscripción esculpida en el templo: conócete a ti mismo? Sí. ¿Has despreciado este aviso, o le has hecho caso? Verdaderamente no: Es un conocimiento que yo creía tener”. De aquí la historia del gran problema sobre el conocimiento que el hombre tiene de sí mismo; él cree poseerlo ya, pero luego no está seguro de ello; problema que atormentará siempre y fecundará al pensamiento humano. Recordemos, sobre todos, a San Agustín, con su conocida oración, síntesis de su alma de pensador cristiano: “Que te conozca a ti, ¡oh Señor!, y que me conozca a mí” (Cf. Conf. 1, X); y, llegando a nuestro tiempo, encontramos siempre incompleto el conocimiento que el hombre tiene de sí mismo. ¿Quién no ha oído hablar del libro de Carrel: “El hombre, este desconocido?” (1934). ¿Y no se afirma hoy que “existe una revolución en el conocimiento del hombre”? (Oraison).

Primacía de la conciencia

                Lo que nos interesa en este breve y familiar diálogo es observar cómo el hombre moderno (y bajo esta denominación nos sentimos todos comprendidos) está, por una parte, cada vez más extrovertido, esto es, ocupado fuera de sí mismo; el activismo de nuestros días y el predominio del conocimiento sensible y de las comunicaciones sociales sobre el estudio especulativo y sobre la actividad interior nos hace tributarios del mundo exterior y disminuye notablemente la reflexión personal y el conocimiento de los problemas propios de nuestra vida subjetiva; estamos distraídos (cf. Pascal 11, 144), vacíos de nosotros mismos y llenos de imágenes y de pensamientos que, de suyo, no nos afectan íntimamente. En cambio, por otro lado, como por una instintiva reacción, volvemos dentro de nosotros mismos, pensamos en nuestros actos y en los hechos de nuestra experiencia, reflexionamos sobre todo, intentamos procurarnos una conciencia sobre el mundo y sobre nosotros mismos. La conciencia tiene, en cierta manera, una supremacía, por lo menos estimativa, en nuestra actividad.

viernes, 27 de enero de 2017

El culto espiritual (participar en la liturgia)


            Lo nuestro es un culto a Dios en espíritu y verdad que se desarrolla no sólo en el templo, sino allí donde vivimos, luchamos y trabajamos. Es el culto litúrgico de nuestra vida diaria. “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10, 31); también dirá el Apóstol: “Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor... Servid a Cristo Señor” (Col 3, 23s.) y así cualquier cosa que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Col 3,17).


            La participación interior en la liturgia nos cualifica después para vivir en el Señor, para hacerlo todo en el nombre del Señor. Nada hay ajeno a Cristo, que es la medida de todas las cosas; por tanto, si se participa en la liturgia, se va adquiriendo la forma de Cristo para vivir luego de un modo distinto y santo, como Cristo, en la liturgia de la vida. 

          Esos son los sacrificios espirituales que ofrecemos a Dios en el altar del corazón: “Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (1P 2,5).

            El bautizado vive su existencia santamente, como un sacrificio litúrgico (cf. Flp 2,12), una liturgia viva, ofreciendo sacrificios espirituales y glorificando a Dios:

jueves, 26 de enero de 2017

Espiritualidad de la adoración (XVII)

El camino de la santidad es arduo: la puerta es estrecha y a la Gracia que se recibe hay que corresponder con la inteligencia y con la voluntad, con todo el ser.

Cada cual, en su estado de vida, necesitará la fuerza de la Eucaristía para vivir así como para avanzar en la vida cristiana.


La santidad, lo sabemos, no consiste en elementos y hechos extraordinarios, sino en la profundidad cristiana y sobrenatural con la que cada cual vive y desarrolla las obligaciones y trabajos de su propio estado de vida: el sacerdote como sacerdote, el casado como casado, el religioso como religioso, el seglar como seglar en el mundo.

El apoyo y las luces necesarias para vivir así, se reciben de la Eucaristía, no solamente celebrada, sino también adorada en los largos y silenciosos ratos de adoración eucarística, junto al Señor en el Sagrario o en la custodia. Así se vive en una clave fundamental: la clave de la gracia. La santidad cristiana requiere de Cristo, no del voluntarismo, de una fría ascesis tantas veces orgullosa, de un compromiso ético por un gran ideal. La santidad no depende del esfuerzo humano, sino de la respuesta al Don de Cristo.

lunes, 23 de enero de 2017

La paciencia y la esperanza (II)

La primera catequesis sobre este tema planteaba la forma humana, la experiencia, de vivir el tiempo: la exaltación del instante en detrimento de la duración; el entusiasmo momentáneo en lugar de la serenidad constante.


En este esquema, imposible vivir la duración y el compromiso estable con cualquier realidad; imposible entender la fe, ya que sólo se ve por el entusiasmo del momento olvidando que la fe es más tranquila, de largo alcance.

El arte de la duración, se llama "paciencia", y ésta vinculada siempre a la esperanza.

Hemos de conocer qué es la paciencia, vivirla y fortalecernos para que la esperanza cristiana no se disuelva fugar por el entusiasmo del instante y el tedio de la duración.