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viernes, 25 de octubre de 2019

En vez de solidaridad humana, un gran amor a Cristo (Palabras sobre la santidad - LXXVII)



Arrebatados, poseídos, llenos de un gran amor a Cristo: ¡así vivieron todos los santos!; tuvieron este amor como lo más precioso, más auténtico, más necesario, y se entregaron al amor de Jesucristo sin oponer resistencias. Cada minuto de su vida fue para Cristo, cada pensamiento volaba hacia Cristo, en cada acción buena por el prójimo estaban sirviendo con amor a Cristo.



Hicieron de sus vidas un obsequio a Cristo; oraron cada vez más por tratar de amistad con Cristo; callaron e hicieron silencio interior para escuchar bien, contemplativamente, la voz y la palabra de su amado Jesucristo. Cada sacrificio, cada penitencia, cada mortificación, cada ejercicio de las virtudes cristianas, cada trabajo, era una ofrenda de amor a Cristo. Sus corazones estaban puestos en Cristo, sus vidas eran Cristo (cf. Flp 1,21), lo único que deseaban era estar con Cristo. ¡El amor a Cristo era su consistencia, su fundamento!

De este modo, pues, hemos de entender la santidad: el amor a Cristo y la entrega incondicional a Él. “¿Qué es la santidad? Es perfección humana, amor elevado a su nivel más alto en Cristo, en Dios” (Pablo VI, Hom. en la canonización de S. Juan Nepomuceno Neumann, 19-junio-1977).

Los santos cultivaron con finura su amor a Cristo (¡sabiendo siempre que es Él quien nos amó primero!): la liturgia y los sacramentos centraban sus vidas, participando en ellos con fervor y devoción, nunca fría o rutinariamente, nunca como ceremonias ajenas a ellos, modificables a su gusto o capricho. Muy especialmente la Eucaristía celebrada y el Sagrario, así como la exposición del Santísimo, fueron su refugio: vivían de la Eucaristía, ponían su corazón en el Sagrario, ante el Sagrario se empapaban de Cristo y allí conversaban con Él, les exponían sus trabajos, preocupaciones, afanes apostólicos, intercesión y súplicas por los demás. ¡Qué sería de los santos sin la Santa Misa y sin el Sagrario! ¡Cómo los vivían! Como los ciervos buscando las fuentes de agua (cf. Sal 41), así los santos saciaban la sed de su alma en el Sagrario. Allí amaban a Cristo, crecían en el amor a Él y se dejaban amar y transformar por Él.

viernes, 18 de octubre de 2019

Los santos conocieron y trataron a Cristo




“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26).

“Los santos son especialmente los que han tenido un conocimiento global más exacto de Dios, y lo han adquirido a través de una fe vivísima, nutrida en la contemplación y sostenida por el don de sabiduría” (JUAN PABLO II, Discurso a los obispos chilenos en visita “ad limina”, 28-agosto-1989).




A la sorpresa de aquellos que conocían a Jesús “de toda la vida”, corresponde también nuestra propia admiración por la persona de Jesucristo. Aquellos conocían quién era desde pequeño, era el hijo de carpintero, en una aldea pequeña de 200 habitantes es fácil conocer e identificar a todos los habitantes y sus entresijos: es el hijo del carpintero; su padre José y su madre María; sus hermanos, sus familiares más próximos, Santiago, María...: “¿de dónde saca la sabiduría con la que habla?” 

Para aquellos mismos que le conocían resultaba un misterio. No llegaban a atisbar siquiera que aquel paisano, era el Hijo de Dios, la Sabiduría de Dios, el que hablaba con palabras de vida eterna.

Pero también así andamos nosotros. Conocemos al Señor de oídas,  de toda la vida; nos han hablando del Señor, de la Virgen y de los santos desde que éramos pequeñitos, pero, a veces, nos ha faltado esa asimilación personal, ese tratar con el Señor de verdad para descubrir quién es Jesucristo. Nos hemos quedado en la periferia de la persona, pero no hemos entrado en el Misterio del Señor. Sabemos de sus milagros, de sus obras, sabemos de memoria tres o cuatro frases del Evangelio, pero no nos hemos parado todo lo que necesitábamos, a tratar de verdad con el Señor.



viernes, 16 de junio de 2017

Plegaria: amor de Jesucristo (S. Juan de Ávila)

Las plegarias que los santos suelen dejar consignadas en sus escritos poseen un alto valor teológico, sin el tono melifluo, acaramelado de tantas oraciones piadosas. Están hechas de una pieza, demuestran solidez doctrinal y una pasión grande por el Señor. Orar con ellas, en cierto modo, es hacer "teología de rodillas" pues iluminan la inteligencia al tiempo que elevan el corazón.



El amor de Jesucristo en su Corazón por cada uno de nosotros es una elevación teológica que nos ofrece san Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, suficiente como para encender en nosotros el fuego del amor a Cristo pero también para considerar teológicamente las maravillas de la redención encerradas en el Corazón de Cristo y accesible a todos.

De esta forma, la espiritualidad del Corazón de Jesús es una espiritualidad que se centra en la Redención, en el amor, en la expiación solidaria y en la ternura hacia la Persona del mismo Cristo (sin resabios éticos, tan propios del moralismo).

Oremos guiados por la meditación de san Juan de Ávila.



            "Alabada sea, Señor, tu bondad, que, con la grande gana que tienes de darte, pides tan poco por ti.

   

lunes, 12 de diciembre de 2016

Perspectivas para mirar a los santos (Palabras sobre la santidad - XXXIII)

La santidad, concretada en la vida de cada uno de los santos, debe ser pensada, amada, valorada, desde las distintas perspectivas que ofrece un fenómeno tan especial. Una simple mirada nunca logrará abarcar el misterio de la santidad ni logrará abarcar el misterio personal de un santo. Son, cada uno de ellos, muy plurales, polifacéticos, porque reflejan un Misterio insondable, inefable: la santidad de Jesucristo.


Los santos, cuando se les conoce, cuando se les presenta en la Iglesia, nos enriquecen y estimulan. Una buena presentación de los santos son un acceso certero para ver los valores actuales de la santidad y suscitar el anhelo de la santidad.

"A la vez, [la Iglesia] presenta estos excelsos ejemplos a la imitación de todos los fieles, llamados con el bautismo a la santidad, meta propuesta a todo estado de vida. Los santos y los beatos, confesando con su existencia a Cristo, su persona y su doctrina, y permaneciendo estrechamente unidos a él, son como una ilustración viva de ambos aspectos de la perfección del divino Maestro. 

sábado, 10 de diciembre de 2016

Espiritualidad de la adoración (XVI)

Muy vinculada a la devoción al Corazón de Jesús, la adoración eucarística establece una corriente de amor, de reparación, de intercesión, de expiación, entre el corazón orante y el Corazón divino del Redentor.


La devoción al Corazón de Jesús, expresada siempre el primer viernes de mes, más que vinculada a una imagen o una iconografía concreta, está dirigida al Corazón vivo de Cristo, a su Persona, presente realmente en la Eucaristía. Así, estar ante la custodia o de rodillas ante el Sagrario, es el mejor homenaje de amor y reparación al Corazón de Cristo y nace así una espiritualidad sencilla y honda.

El cristianismo es el encuentro personalísimo con el Señor, donde Él muestra todo su amor, su interioridad, su Corazón y esto se convierte en un acontecimiento decisivo en la existencia. Se descubre uno profundamente amado por el Señor y trata entonces de responder con amor a Quien tanto lo ama. En este sentido se entienden las bellísimas palabras de Benedicto XVI:

sábado, 30 de mayo de 2015

Plegaria: deleitarse en Cristo

Donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón. En lugar de desparramarse y perderse, el corazón busca donde volcarse por completo. Su tesoro es Cristo, y allí debe tender y deleitarse en Él, glorioso y vivo, presente, sin atarse ni detenerse en las criaturas.

El deseo del alma debe ser Jesucristo para que el corazón esté sosegado, consolado, feliz. Las criaturas de una forma u otra, cansan y alborotan, y dejan vacío en mil ocasiones.



Sólo Cristo colma el deseo profundo de la persona.

Así oramos hoy con la plegaria de san Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, permitiendo que su doctrina nos forme también a nosotros hoy.



Deleitarse en Cristo y no en las criaturas


            ¡Soberano Señor, y cuán sin excusa has dejado la culpa de aquellos que, por buscar deleite en las criaturas, te dejan y te ofenden, siendo los deleites que hay en ti tan considerables, que si todos los de las criaturas se juntasen en uno solo, serían verdaderamente hiel en comparación de ellos!
 

martes, 27 de mayo de 2014

Certezas de la fe

Hay momentos de crecimiento en la fe que todos vamos pasando, de manera más brusca o más suave, para que la fe busque más y mejor solamente a Jesucristo, y en Él se afiance la vida entera, dejando de ser "costumbre" a ser una adhesión vital, una respuesta completa de la vida entera.


¿Es cierto lo que creo? ¿Sólo he asimilado algo que me han dicho o es una verdad palpitante, fascinante? ¿En qué me baso para creer? ¿Cómo puedo saber que creo de verdad?

Son preguntas que se hace quien vive la fe pero busca creer mejor, más firme, más libre, más entregadamente. Un joven, sincero y audaz, a mi juicio de gran valía, me escribió:



miércoles, 12 de junio de 2013

Para alcanzar la humildad... ¡del Corazón de Jesús!

¡Jesús!



"Jesús, cuando eras peregrino en nuestra tierra, tú nos dijiste: ‘aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y vuestra alma encontrará descanso’. Sí, poderoso Monarca de los cielos, mi alma encuentra en ti su descanso al ver cómo, revestido de la forma y de la naturaleza de esclavo, te rebajas hasta lavar los pies a tus apóstoles. Entonces me acuerdo de aquellas palabras que pronunciaste para enseñarme a practicar la humildad: ‘Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. El discípulo no es más que su maestro… Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Yo comprendo, Señor, estas palabras salidas de tu corazón manso y humilde, y quiero practicarlas con la ayuda de tu gracia.

lunes, 4 de febrero de 2013

Salmo para proclamar el amor de Dios

Por encima de toda adversidad, de toda dificultad, de todo sufrimiento, de toda soledad y abandono; superando la enfermedad, la oscuridad o la crisis; trascendiendo todo gozo, todo amor a las criaturas; traspasando el pasado, el presente y el futuro, hay una realidad inabarcable, infinita: el amor de Dios. Este amor de Dios acompaña al hombre en todo momento, lo sostiene, lo cuida, lo guarda de todo mal, y el hombre puede encontrar su felicidad y su plenitud respondiendo, libremente, al amor de Dios. Porque Dios ha amado al hombre primero, gratuitamente, entregando a su propio Hijo, la persona, toda persona, en toda cultura y en todo momento histórico, puede responder a este Amor con amor, entregándose del todo al Todo. El amor de Dios precede, suscita y acompaña la respuesta y la entrega del hombre.


El cristianismo es una maravillosa historia de Amor: del Amor condescendiente y misericordioso de Dios al hombre en Jesucristo y de la entrega confiada del hombre a su Salvador y Redentor. Este Amor sí que es único y eterno. 

El amor humano, el amor de las criaturas, es finito y caduco, como finito y caduco es el propio hombre, sólo el Amor de Dios permanece para siempre (cf. 1Cor 13) porque el Amor de Dios espera, disculpa, cree, aguanta sin límites: ¡el Amor no pasa nunca! La historia de cada persona, enigmática a veces, otras dolorosa, otras feliz, es una historia de Amor. El Amor de Dios está ahí, en el corazón y en la historia del hombre:

“desde que comienza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección” (S. BASILIO MAGNO, Regla Monástica Mayor, Respuesta 2,1). 

El Amor de Dios no puede enseñarse: ¡basta abrir los ojos del corazón para descubrirse tremendamente amado por el Señor! A su lado el amor de las criaturas parecerá nada, “palillos de romero seco” que diría Sta. Teresa.

martes, 23 de octubre de 2012

Amor a Cristo (Exh. a un hijo espiritual - III)

"Cristo debe ser amado más que nuestros padres, porque no nos dan nuestros padres lo que Cristo nos da. ¿Y quién podría referir cumplidamente sus favores? ¿No nos lo da todo y no deja de proporcionárnoslo cada día? Y es que Dios, al vernos bajo la culpa de innumerables pecados, no nos miró con desprecio sino que nos redimió; ni, vagabundos como íbamos, alejados de Él, por distintos caminos equivocados, no nos condujo a precipitarnos a la muerte, sino que nos llamó a la vida eterna.

Y cuando, como unos desagradecidos a tantos favores suyos, habíamos huido de Él, cual Padre clementísimo vino a buscarnos: sentado como estaba en su trono sublime, por nosotros bajó a la tierra y llegó a tal grado de humildad que tomó la condición de esclavo; y quien en su puño puede encerrar el mundo entero, fue envuelto en pañales en un pesebre; y quien con la palma de sumano abarca elcielo, no tuvo dónde reclinar su cabeza. Siendo rico se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con Él; y el que sobre las nubes ha de venir a juzgar a vivos y muertos, aceptó el juicio de un hombre; y aunque para los sedientos es fuente eterna, cuando tuvo sed le pidió agua a la samaritana. El que con su propia carne sació nuestra hambre, tuvo hambre al ser tentado en el desierto; y Aquel a quien, junto con el Padre, sirven los ángeles, se digna servir a los hombres.

Sus manos, con las que obró muchísimos milagros, por nosotros fueron traspasadas con clavos; y a su boca, con la que predicó a la humanidad la doctrina salvadora, le dieron hiel en vez de comida. El que ni hirió ni dañó a nadie, fue golpeado y sufrió ultrajes; y Aquel con cuya sola inclinación de cabeza resucitaron todos los muertos, soportó voluntariamente una muerte en la cruz. Y todo esto lo padeció para regalarnos la vida eterna.

Y aunque nos hace inmensos favores, nada nos exige, salvo que conservemos para Él sin mancha nuestros templos, para que pueda habitar siempre dentro de nosotros y nosotros permanezcamos en Él. No nos pide oro ni plata ni nada de esto, pues si lo tenemos, nos manda repartírselo a los pobres: nos busca a nosotros, nos echa de menos, en nosotros desea descansar"

(S. Basilio, Exh. a un hijo espiritual, n. 3).

miércoles, 10 de octubre de 2012

El amor a Dios (Exh. a un hijo espiritual- II)

"Así pues, ama a Dios con todas tus fuerzas para que en todos tus actos le complazcas. Pues, si quien contrae matrimonio se apresura a complacer a su esposa, mucho más aún el monje [entiéndase en sentido general, el hombre de Dios solo ante Dios] debe complacer a Cristo de todas las maneras. Quien ama a Dios, guarda sus mandamientos. Que Dios no quiere ser amado sólo de boquilla, sino con pureza de corazón y justicia en las obras. Pues quien dice: "Amo a Dios", pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso.

En efecto, un hombre de esta clase se engaña a sí mismo y por sí mismo se deja seducir. Y Dios no escruta las palabras sino el corazón, y ama a los que le sirven con un corazón sencillo. Si con tal cariño amamos a los padres terrenales, que tan escaso tiempo soportaron fatigas por nosotros, ¿no deberemos amar aún más al celestial?

Ciertamente también ese cuidado que ellos nos prestaron, es un favor a nosotros que nos hace Cristo, el máximo dispensador de todo. En verdad, antes de que naciéramos en este mundo, su providencia ya preparó a nuestros padres para que sus cuidados nos nutrieran: ¡pero es que hasta los pechos de la madre se llenan de leche cuando el niño ha nacido!

Amemos, entonces, por encima de todo a Dios, que nos modeló a nosotros y a nuestros familiares con sus propias manos, y cuantas cosas buenas se nos hacen cada día atribuyámoslas a ese favor suyo. Y amemos también a nuestros padres como a nuestras propias entrañas si no nos impiden llegar a servir a Cristo..." (S. Basilio, Exh. a un hijo espiritual, n. 3).

martes, 17 de enero de 2012

¡Enamorados!

Vivir cristianamente sólo se puede si se está enamorado. ¿De qué? Más que de una acción o actividad, sería enamorado de una Persona. ¿De quién? ¡Enamorados de Jesucristo!

"Sólo si estamos enamorados del Señor, seremos capaces de llevar a los hombres a Dios y abrirles a Su amor misericordioso, y abrir así el mundo a la misericordia de Dios" (Benedicto XVI, Audiencia general, 18-agosto-2010).

Me parece sublime.

¿Cuántas veces no habrá que repetirlo?

La vida cristiana sólo se comprende si hay una relación de amor muy personal, íntimo y cercano con Jesucristo. No nos consagramos a una tarea; tampoco un apostolado o una actividad caritativa es nuestra razón de ser. No somos filántropos que aman al mundo y aman al hombre, considerado en abstracto.

Lo nuestro es algo más: ¡Jesucristo!
Lo nuestro es vivir un Amor mayor, el que Él nos entrega amándonos primero, y que suscita nuestra respuesta personal y única, que nadie puede dar por nosotros ni en nuestro lugar.

El secreto de la vida cristiana es estar enamorados del Señor.
La vitalidad de la existencia creyente es vivir llenos de un amor absoluto por Jesucristo.
La fecundidad de lo que somos y vivimos se cifra en sentir verdadera pasión por Cristo.

¡Que Él lo sea todo!
Y lo demás, vendrá por añadidura (la vida moral, el compromiso, el apostolado, la ascesis, la mortificación, la santidad...)

Enamorados, así y tal cual. Ahora bien... ¿nos notarán que estamos enamorados de Cristo, verán con meridiana claridad que rebosamos amor por Cristo? ¡Pues eso es lo que evangeliza!


miércoles, 19 de octubre de 2011

Lo primero y lo secundario (pongamos orden en la pastoral)

A veces las fuerzas se debilitan en las cosas secundarias del cristianismo, entendiendo secundarias no como relativas, sino como aquellas realidades que han de ir en segundo lugar; y lo primero, lo que es realmente prioritario en el cristianismo, a veces lo damos por conocido, o por suficiente. Dicho con el refranero: construimos la casa por el tejado.

¿Qué es lo primero?

Siempre, realmente siempre, llevar a la persona de la mano para que se encuentre cara a cara con Jesucristo (en la oración, en la liturgia, en la predicación, en un retiro, en un cursillo de cristiandad... ¡en todo lo que se haga!), porque el encuentro con Cristo es donde nos lo jugamos todo. Ahí sale uno feliz, pleno, transformado. El Evangelio es un relato maravilloso de encuentros con Cristo, y la narración de cómo salieron transformados de aquel encuentro.

¿Qué es lo secundario?

Lo que viene después es que la persona se "rehace", se construye de nuevo, alcanzando una personalidad cristiana. Ésta incluye una mentalidad cristiana que le permite discernir según el Espíritu todas las realidades. Y esta personalidad cristiana incluye la moral, la ley nueva que ilumina la conciencia y la forma y la lleva a actuar según Cristo. Pero esto es fruto de quedar transformado cuando uno se sitúa ante Cristo y se sabe amado, perdonado y redimido por Él.

Estos puntos son fundamentales para orientar no sólo la pastoral, la formación y la evangelización, sino también para el propio lenguaje cristiano y para la formulación de la teología y pensamiento cristianos. Primero es conducir al hombre hasta que se encuentre personalmente con Jesucristo y quede impactado; y fruto del estupor de este encuentro, ayudarle en el proceso de conversión y seguimiento.

domingo, 31 de julio de 2011

Oblación de mayor amor y estima


Con san Ignacio bien podríamos aprender a rendirnos completamente al Amor de Dios y entonces, libres de todo, buscar sólo su Gloria y el bien de los hombres.

Ese fue el ejercicio de su vida y así lo plasmó en ese proceso interior que llamamos "Ejercicios Espirituales". Al final, habiendo reconocido el fin para el que soy creado, reconocido y aborrecido el pecado internamente, siguiendo a Cristo que llama a través de la meditación de su vida, hallando contrición por su Pasión y gozo por su Resurrección, el cristiano se dispone a entregarse a Dios en su Iglesia.

Entonces surge, con la fuerza de la verdad y de la vida, la siguiente plegaria de san Ignacio, situados en el corazón de la Iglesia, sintiendo con la Iglesia:

Tomad, Señor,
y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer.
Vos me disteis, a Vos, Señor, lo torno.
Todo es Vuestro:

disponed de ello según Vuestra Voluntad.

Dadme Vuestro Amor y Gracia,

que éstas me bastan. Amén.

jueves, 14 de abril de 2011

Enamorarse de Cristo (Ejercicios IX)

Todo proceso cristiano que sea tal, y merezca tal nombre, desemboca simplemente en que Cristo es realmente “Amado”, lo más amado, lo más querido, lo más deseado, lo más soñado. Dicho con otras palabras: la experiencia cristiana conduce a enamorarse completamente de Cristo.

    ¿Enamorarse?

    Vivir con todo el amor, con toda la capacidad afectiva, en Cristo; entregarle a Él todos los afectos y empezar a compartir su vida, sus sentimientos, su mente, su pasión y la fuerza de su resurrección, de manera que no haya división entre Cristo y yo, sino unidad y unión. Incluye los sentimientos porque son humanos, pero supera el mundo del sentimiento llegando más allá, a la plena identificación entre uno mismo y Cristo.

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados! (Canc. 12).
“Hay otro dibujo de amor en el alma del amante, y es según la voluntad, en la cual  de tal manera se dibuja la figura del Amado y tan conjunta y vivamente se retrata en él, cuando hay unión de amor, que es verdad decir que el Amado vive en el amante, y el amante en el Amado; y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno. La razón es porque en la unión y transformación de amor el uno da posesión de sí al otro, y cada uno se deja y trueca por el otro; y así, cada uno vive en el otro, y el uno es el otro y entrambos son uno por transformación de amor.
Esto es lo que quiso dar a entender san Pablo (Gal 2,20) cuando dijo: Vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus, que quiere decir: Vivo yo, ya no yo, pero vive en mí Cristo. Porque en decir vivo yo, ya no yo, dio a  entender que aunque vivía él, no era vida suya, porque estaba transformado en Cristo, que su vida más era divina que humana; y por eso dice que no vive él, sino Cristo en él” (San Juan de la Cruz, CB 12,7).

    Además, enamorarse de Cristo es posible y concreto. La experiencia de Cristo es lo más real que nos puede suceder en la vida, el verdadero Acontecimiento que responde a lo que somos, buscamos, deseamos y necesitamos. Si este Acontecimiento se reduce, pierde su fuerza, y se reduce cuando se limita a Cristo a un ideal por el que luchar identificado con un éthos, una ética, una ideología; se limita a Cristo cuando lo situamos al nivel de causa por la que “hacemos cosas”, “nos comprometemos”, pero Él está situado más arriba de la propia experiencia de lo que somos y vivimos. Hacemos cosas “por Él” pero al final “sin Él” como si Él fuera un lema de actuación, una pancarta; es reducido el Acontecimiento cuando la percepción de Cristo es tan lejana, que acudimos sólo en los momentos de apuro para una oración de petición sin la relación previa con Él: lo ponemos a nuestro servicio...

   

viernes, 8 de abril de 2011

Mi relación con la realidad y lo creado (Ejercicios VIII)

Cuando se sigue a Cristo, y se le busca con auténtico amor, todo recuerda al Amado, todo habla del Amado, acrecentando el deseo de Cristo. Varias canciones del Cántico se refieren a ello:

¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado (Canc. 4).

Después del ejercicio del conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la primera por orden en este camino espiritual para ir conociendo a Dios, considerando su grandeza y excelencia por ellas (San Juan de la Cruz, CB 4,1).

El alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano fueron hechas (CB 4,3).
 Las criaturas, todo lo creado, dan al alma señales de su Amado. Nada ni nadie se ha dado a sí mismo la existencia, sino que todo viene del Creador. La creación entera tiene el rastro de la hermosura y excelencia del Amado y quien las contempla ve cómo se le va aumentando el amor, le crece el dolor de la ausencia de Cristo y el deseo apasionado de verle. El alma desconfía de todo remedio que no sea la Presencia de Cristo. Este deseo le hace decir:

¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero (Canc. 6).

“Donde es de notar que cualquier alma que ama de veras no puede querer satisfacerse ni contentarse hasta poseer de veras a Dios, porque todas las demás cosas no solamente no la satisfacen, mas antes, como habemos dicho, le hacen crecer el hambre y apetito de verle a él como es. Y así, cada vista que del amado recibe de conocimiento o sentimiento, u otra cualquier comunicación (los cuales son como mensajeros que dan al alma recaudos de noticias de quién él es aumentándole y despertándole más el apetito, así como hacen las meajas en grande hambre), haciéndosele pesado entretenerse con tan poco, dice: Acaba de entregarte ya de vero” (CB 7,4).
    Y sigue el mismo argumento:

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste
y no tomas el robo que robaste? (Canc. 9)

    Recibimos signos de Cristo constantemente: la creación y todas las criaturas, pero también comunicaciones y noticias en nuestra oración y en nuestro pensar que nos inflaman más de amor a Cristo. Pero a Él, aún, no lo poseemos. El deseo es cada vez más creciente, está en tensión hacia Él. Es el deseo, absoluto y total, sin comparación con otros pequeños deseos que puedan nacer. Este deseo unifica a la persona y la dirige al Objeto que desea, vertebra actos, pensamientos, sentimientos, opciones, decisiones. A este deseo se supeditan todos los demás deseos: si acrecientan en mí el deseo de Cristo, son legítimos y válidos, pero si me desvían de mi Destino fundamental, si restan fuerza al deseo de Cristo, entonces hay que domesticarlos.

  

martes, 15 de febrero de 2011

Cristo y el cristiano

Vayamos hoy al fundamento y centro de todo: Cristo y el cristiano, no vaya a ser que entre tantos temas, entre tanta actividad, la catequesis (y eso es lo que quiere ser siempre este blog) se pierda de vista la esencia misma del cristianismo, el núcleo grandioso de la Redención.

Y todo se cifra en una palabra, en el Misterio de una Persona: ¡Jesucristo! El cristianismo es la vida de Jesucristo que se comunica; pero no es ideología, moral, ética o voluntarismo; no es una caridad social anónima (la de una ONG), ni el culto religioso para agradar a la divinidad. El cristianismo es Jesucristo.
«Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.» (Deus Caritas est, nº: 1).

La vida cristiana es una continua y progresiva comunión con la Persona del Señor, fruto de un encuentro, y este encuentro es tan decisivo que cambia la vida, la conforma con una nueva orientación. ¡Sólo Jesucristo! Si esto es así, la primacía la tendrá el contacto con Cristo en la liturgia y en la oración privada, y será una necesidad conocerle a Él.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Cristo transforma e ilumina la vida

Cristo transforma e ilumina la vida. Sin Él, ¡no se entiende nada!

Sin Cristo la vida está disminuida, apagándose. Sobre todo, se hace pesada, sin sentido y se vuelve un absurdo.

Por eso, el anuncio de Cristo tiene mucho que ver con lo que somos realmente, con lo que sentimos, con lo que anhelamos, con lo que nos ilusionamos, con lo que trabajamos, con lo que esperamos, con lo que soñamos. Cristo tiene que ver que todo lo que cada uno es.

Y es que la fe es una vida entera, un dinamismo que transforma, un don que se recibe y da plenitud al hombre.

Las recientes palabras de Benedicto XVI a los jóvenes en Inglaterra poseen un toque profundamente sapiencial, son palabras de sabiduría que muestran la incidencia concreta que tiene Cristo en la vida.

"Finalmente, deseo dirigirme a vosotros, mis queridos jóvenes católicos de Escocia. Os apremio a llevar una vida digna de nuestro Señor (cf. Ef 4,1) y de vosotros mismos. Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día -droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol- y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros. Buscadlo, conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios. En el evangelio de hoy, Jesús nos pide que oremos por las vocaciones: elevo mi súplica para que muchos de vosotros conozcáis y améis a Jesús y, a través de este encuentro, os dediquéis por completo a Dios, especialmente aquellos de vosotros que habéis sido llamados al sacerdocio o a la vida religiosa. Éste es el desafío que el Señor os dirige hoy: la Iglesia ahora os pertenece a vosotros" (Benedicto XVI, Homilía en el Bellahoustan Park de Glasgow, 16-septiembre-2010).

¿Qué es lo que permanece en la vida? ¡Sólo el amor personal en Jesús!

¿Qué es lo que realmente sostiene la vida? ¡El amor personal de Jesús!


Pero, ¿qué hemos de anunciar y mostrar? ¿Los valores, la solidaridad, el compromiso, el ecologismo? Se trata de mostrar y llevar a que todos vivan el amor personal de Jesús.

¿No habremos vaciado nuestro lenguaje cristiano con categorías falsas, políticamente correctas, tales como "compromiso", "educar en valores", "tolerancia"... en lugar del lenguaje cristiano? ¿Se transmite una experiencia cristiana (¡el amor personal de Jesús!) o simplemente una educación secularizada?

Repitamos: ¡sólo el amor personal de Jesús! Eso es lo que llena la vida. Esa es la gran oferta. Y este es el lenguaje, existencial, claro, del Papa que interpela a la experiencia de cada joven, de cada hombre.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Plegaria: "Mi amor supremo eres Tú"


Jesús, al desterrarte a nuestra tierra,
movido por tu amor,
por mí tú me inmolaste.
Toma mi vida entera,
Amado mío,

yo sufrir por ti quiero,

quiero morir por ti.


Tú mismo, mi Señor, nos lo dijiste:

“Nadie puede hacer más por los que ama que por ellos morir”.
Pues bien: mi amor supremo
eres Tú, mi Jesús.

Se hace ya tarde, el día ya declina,

ven, Señor, a guiarme en el camino.

Con tu cruz voy trepando
por la colina arriba.

Quédate aquí conmigo,
peregrino celeste.

En mi alma tu voz encuentra un eco,

quiero a ti parecerme,
reclamo el sufrimiento.
Tu palabra encendida me quema el corazón.


Tuya es para siempre la victoria,

y extasiados los ángeles la cantan.

Antes de entrar en la celeste gloria,

el Dios-Hombre tenía que sufrir.
¡Cuántos desprecios por mi amor sufriste en tierra extraña!

También yo quiero oculta y despreciada vivir y ser en todo la última por ti.

(Sta. Teresa del Niño Jesús, Poesía nº 31,
Cántico de Sor María de la Trinidad y de la Santa Faz).

domingo, 29 de agosto de 2010

Jesucristo llena el corazón


En ti solo, Jesús, mi afición pongo,
corro a tus brazos, a esconderme en ellos.

Como un niño pequeño quiero amarte, como un bravo soldado luchar quiero. Como un niño, te colmo de caricias,
y de mi apostolado en la palestra como un guerrero a combatir me lanzo...

Tu corazón divino,

que guarda y que devuelve la inocencia,

no es capaz de frustrar mis esperanzas.

En ti, Señor, reposan mis deseos:
después de este destierro,
¡al cielo a verte iré!
Cuando la tempestad se alza en mi alma,
levanto a ti mis ojos,
y en tu tierna mirada compasiva

yo leo tu respuesta: “¡Hija mía, por ti creé los cielos!”

Yo sé que mis suspiros y mis lágrimas

ante ti están y te encantan, mi Señor.

Los serafines forman en el cielo
tu corte,
y sin embargo
tú vienes a buscar mi pobre amor...

Quieres mi corazón, aquí lo tienes,

te entrego enteros todos mis deseos.

Y por ti, ¡oh mi Rey y Esposo mío!,
a los que amo seguiré yo amando.

(Sta. Teresa de Lisieux, Poesía n. 39, “Sólo Jesús”).