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domingo, 11 de marzo de 2018

La gloria, la cruz y el amor

Los evangelios de Cuaresma en el ciclo B están todos referidos a la Gloria de Jesús que se va a manifestar, se va a desplegar, en su Hora, la de la Cruz, cuando Él se levantado sobre todo y atraiga a todos hacia Sí.


Es una obra de amor y es el amor el contenido de la Cruz. Todo el Triduo pascual -Viernes Santo, Sábado Santo, Domingo de Pascua- es el despliegue ya incontenido e incontenible del amor de Dios y por eso acudimos a las iglesias esos tres días santísimos para vivir ese amor y responder a ese amor.

"Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único... para que el mundo se salve por él".

domingo, 25 de febrero de 2018

La meta y el camino

El segundo domingo de Cuaresma se nos presenta lleno de luz y consuelo. Es demasiado para los apóstoles, como para nosotros mismos, el anuncio de la pasión y de la cruz. Nos escandaliza, es decir, nos hace tropezar, choca con nuestra forma de pensar y ver las cosas.


Pero Jesús anticipa la gloria de la resurrección transfigurándose, mostrándose anticipadamente glorioso, tal como lo verán el día de Pascua. Los consuela así y ellos se llenan de gozo y alegría espiritual.

La meta es la resurrección, y el camino es la cuaresma; la meta es la Pascua gloriosa, y el camino la penitencia cuaresmal. De hecho ahora vivimos abrazados a la cruz de modo particular, pero en la Vigilia pascual la gloria de la Resurrección del Señor es expresada incluso con el juego de la luz y del fuego, el lucernario inicial de la Vigilia pascual con la bendición del fuego, el cirio pascual y la procesión de todo el pueblo cristiano que entra en la iglesia con las velas encendidas en sus manos para proclamar la gloria de la Pascua. Para que esto sea verdad es necesario un previo recorrido cuaresmal, penitencial, purificador.

La meta es la resurrección y el camino es la pasión. Lo cantaremos en el prefacio dominical:

domingo, 18 de febrero de 2018

Las tentaciones del Señor

Cada primer domingo de Cuaresma, señalándonos aquello mismo que ahora todos vamos a vivir, se proclama el evangelio de las tentaciones del Señor en el desierto.


Este evangelio, situado así al inicio del desierto cuaresmal, marca lo que la Iglesia entera va a vivir: la lucha de los catecúmenos para prepararse a su inmediato Bautismo en la Vigilia pascual; la lucha de los penitentes hasta alcanzar la Reconciliación en la mañana de Jueves Santo; la lucha de los fieles para vivir renovados y purificados el Triduo pascual.

Hacemos aquello mismo que hizo el Señor: enfrentarse al mal, apartándose de todo para entrar en el desierto y comenzar la Pascua como Israel; del desierto a la patria, de la lucha a la victoria.

El cual, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento,
inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal,
y al rechazar las tentaciones del enemigo
nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado;
de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua,
 podremos pasar un día a la Pascua que no acaba
(Prefacio I domingo Cuaresma).

viernes, 5 de mayo de 2017

La Pascua es bautismal (textos)

La Cuaresma nació principalmente con un sello catecumenal-bautismal, es decir, como el tiempo de intensa preparación de los catecúmenos que recibirían el Bautismo y la Confirmación en la Eucaristía de la vigilia pascual.

Al principio de la Cuaresma se inscribía el nombre de los catecúmenos que iban a ser bautizados, llamados ya "elegidos"; entonces se intensificaban las catequesis, los ayunos y las oraciones. Los elegidos pasaban por diversos escrutinos en los domingos III, IV y V, para purificar el corazón y recibían los documentos de la fe: el Credo y el Padrenuestro en ritos litúrgicos, así como diversos exorcismos y la unción con el óleo de catecúmenos.

La Cuaresma se presentaba, claramente, como un tiempo bautismal, atendía y esperaba al bautismo, y así se ve en muchos textos aún, oraciones y lecturas. Porque igualmente, hoy, la Cuaresma sigue siendo tiempo bautismal: para los catecúmenos en orden a prepararse bien a su Iniciación cristiana, y para los fieles todos a fin de renovar la gracia sacramental con la renuncia a Satanás y al pecado y la profesión de la fe.

Llegada la noche santa de la Pascua, se abrían las fuentes bautismales que habían estado cerradas, incluso selladas por el obispo, porque la Pascua del Señor se comunicaba mediante la gracia de los sacramentos y así, en el Bautismo, se moría y resucitaba con Cristo. Nunca mejor que en el tiempo de Pascua para vivir la Iniciación cristiana.

La Vida nueva y glorificada del Señor por su Pascua hace que todo se renueve y une a él al hombre viejo para renazca como hombre nuevo. Comienza el tiempo bautismal, comienza la cincuentena pascual, comienza el tiempo sacramental por excelencia. La Iglesia lo vivió profundamente: sólo bautizaba, durante siglos, en el tiempo pascual.

"El día más adecuado para celebrar el bautismo es precisamente el día de Pascua, porque ese día fue consumada la pasión del Señor en la cual somos bautizados" (Tertuliano, De baptismo, 19).

lunes, 3 de abril de 2017

El ayuno es lo propio de la Cuaresma (textos)

Si nos preguntaran qué caracteriza la Cuaresma cristiana, probablemente enumeraríamos una serie de elementos devocionales, pero se nos olvidaría el ayuno porque, con la actual disciplina del rito romano en el Código de Derecho, sólo es día de ayuno el miércoles de Ceniza y el Viernes santo, y la abstinencia de carne, además de dichos días, se extiende a todos los viernes de Cuaresma.


Pero lo característico de la Cuaresma cristiana es, fundamentalmente, de manera destacada, el ayuno cristiano, que es purificación, que es deseo, que es penitencia. 

Los días cuaresmales reproducían el desierto, la experiencia misma del desierto, que vivió el pueblo de Israel, que vivieron los santos y profetas del Antiguo Testamento, que vivió san Juan Bautista, que experimentó el mismo Jesucristo cuarenta días con sus noches sin probar alimento. Allí, en el desierto, privado de alimento, en total ayuno, se encontraron con Dios y oyeron sus Palabras, alimentándose solamente de la palabra divina, más preciosa que cualquier alimento.

La realidad del desierto se hacía presente en la vida cristiana por medio de los días cuaresmales escuchando más abundantemente las lecturas de la Sagrada Escritura y ayunando rigurosamente hasta la vigilia pascual.

sábado, 18 de marzo de 2017

La dirección de la Cuaresma (texto)

Leamos lo siguiente como si fuera la primera vez que lo vemos: la Cuaresma es el camino hacia la Pascua. Hay que repetirlo muchas veces hasta que penetre, no sólo en la inteligencia, sino en la sensibilidad y el afecto. La Cuaresma es el camino hacia la Pascua y ningún camino se puede constituir como meta en sí mismo, dejando al caminante encerrado en el camino, sino conduciéndolo a la meta, al hogar, al destino. En este caso, la Cuaresma es un camino que nos conduce a la Pascua.


El piadoso desarrollo de la Cuaresma con sus ejercicios piadosos y devociones ha llevado, en muchos casos y en muchos lugares, a considerarla en sí misma, desvinculándola de la Pascua, y viviendo ésta de manera débil, a veces incluso sin participar en las celebraciones del Triduo pascual, ni en la vigilia pascual, y no sabiendo muy bien cómo vivir ni qué hacer durante los cincuenta días pascuales.

La Cuaresma era un tiempo precioso y especial que miraba y se encaminaba a la Pascua. Nace la Cuaresma para los catecúmenos que después del largo catecumenado de uno o más años, recibían la elección y una preparación intensiva para los sacramentos de la Iniciación cristiana en la santísima vigilia pascual; nació también para los penitentes, aquellos que confesaban sus pecados en privado al Obispo (apostasía, homicidio, adulterio...) y se incorporaban al Ordo de penitentes, con ayunos, salmos y penitencias, hasta ser reconciliados y absueltos de sus pecados en la mañana del Jueves santo (costumbre romana) o en el Oficio litúrgico del Viernes santo (costumbre del rito hispano-mozárabe). Por último, y por extensión lógica, la Cuaresma incluyó a todo el pueblo cristiano que se convertía también en penitente: recibía la ceniza en la cabeza, oraba, se mortificaba, y vivía en ayuno estricto.

jueves, 9 de marzo de 2017

Revivir y prolongar la Pasión

Los sufrimientos de Cristo son meditados durante la Cuaresma en el rosario y en el ejercicio del viacrucis. Ya en Semana Santa, las procesiones y la religiosidad popular nos harán visibles esa pasión de Cristo, ayudándonos a entrar en ese misterio.

Y será la liturgia la que nos ponga en comunión con la Pasión de Cristo y sus frutos redentores porque la liturgia no es simple ceremonia, ni es un recuerdo psicológico, una memoria, de algo que pasó en un tiempo, sino la actualización de esa misma pasión, su presencia hoy in mysterio para nosotros.


La pasión y los sufrimientos de Cristo se siguen prolongando hoy en sus miembros, cada uno de nosotros, y en su Cuerpo que es la Iglesia, que sigue sufriendo.

Con esta catequesis alcancemos una mirada teológica y espiritual de mayor profundidad a los sufrimientos de Cristo para vivir con fruto la Cuaresma, la Semana Santa y el santísimo Triduo pascual.

                "Si vosotros deseáis, como lo demuestra vuestra presencia en esta audiencia, participar de algún modo en el estado de ánimo de la Iglesia durante la Semana Santa, que precede a la celebración del más grande acontecimiento de la historia y de los acontecimientos humanos, esto es, la Resurrección del Señor Jesús, vosotros encontráis a la Iglesia no de fiesta, sino totalmente absorta en una grave y dolorosa meditación, la de la Pasión de Cristo, de sus inefables sufrimientos, de su Cruz, de su muerte. Meditación penosísima, porque obliga a nuestro pensamiento a ver en Cristo al Primogénito de la humanidad (cf. Rm 8,29; Col 1,15), los misterios más oscuros y más repugnantes y, sin embargo, realísimos, los del dolor, del pecado, de la muerte, no sólo referidos a Jesús y a la tragedia inconcebible del fin de su vida en la economía temporal presente, sino también a considerarlos aplicados a nosotros, a cada uno de nosotros, en una relación tan directa y tan inevitable que refleja y renueva místicamente en nosotros aquel drama sin límites, hasta hacérnoslo comprender, en la medida de lo posible, como el sacrificio por excelencia, el sacrificio del cordero de Dios, el sacrificio del incomparable, oceánico, amor de Cristo a nosotros, y al mismo tiempo como la fuente dichosa de nuestra fortuna, esto es, de nuestra redención.

Meditar la Pasión de Cristo

                Hijos queridos, entendednos (cf. 2Co 7,2). La Iglesia, en esta liturgia misteriosa, está llena de una pena inmensa. Recuerda, repite en sus ritos, revive en sus sentimientos la pasión de Cristo. Ella misma toma conciencia de ella, sufre y llora. No turbéis su luto, no distraigáis su pensamiento, no os burléis de su remordimiento, no creáis que su angustia es locura. También acompañáis con vuestro silencio el grito de su dolor; compadecedla; honradla con la participación en su altísima y espiritual aflicción.

  

jueves, 2 de marzo de 2017

Cuarenta días, cuarentena espiritual

De algún modo se podría decir que estamos en cuarentena, como los enfermos para prevenir el contagio y poder recuperarse. Así la Iglesia entera ha convocado a sus hijos a una cuarentena espiritual para una convalecencia y recuperación ante la enfermedad del pecado.

Hemos recibido las cenizas en la cabeza (en la cabeza, sí, no en la frente) y la Iglesia nos ha dado las medicinas necesarias: oración, ayuno, limosna, silencio, penitencia.


La Cuaresma es un período significado. Cuarenta no es un número arbitrario ni casual sino profundamente enraizado en las Escrituras.

Una catequesis del papa Benedicto XVI nos permite hoy penetrar en lo simbólico del número 40 y en el valor de la Cuaresma que, animosos, emprendemos ahora.

"En esta catequesis quiero hablar brevemente del tiempo de Cuaresma, que comienza hoy con la liturgia del Miércoles de Ceniza. Se trata de un itinerario de cuarenta días que nos conducirá al Triduo pascual, memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, el corazón del misterio de nuestra salvación. En los primeros siglos de vida de la Iglesia este era el tiempo en que los que habían oído y acogido el anuncio de Cristo iniciaban, paso a paso, su camino de fe y de conversión para llegar a recibir el sacramento del Bautismo. Se trataba de un acercamiento al Dios vivo y de una iniciación en la fe que debía realizarse gradualmente, mediante un cambio interior por parte de los catecúmenos, es decir, de quienes deseaban hacerse cristianos, incorporándose así a Cristo y a la Iglesia.
 

sábado, 2 de abril de 2016

El antes y el después (Cuaresma y Pascua - textos)

Primero fue el Triduo pascual, después su prolongación en cincuenta días, el tiempo pascual o de pentecostés (porque pentecostés significa cincuenta) y finalmente existió la Cuaresma como preparación.


Era tal y tan grande la importancia de las siete semanas pascuales, que la Iglesia creó un tiempo específico de preparación más intensa. De este modo, la Cuaresma no es un fin en sí misma,  un tiempo cerrado en sí, sino una introducción, una preparación, para aquello que realmente es importante y vital: los cincuenta días de Pascua.

La evolución posterior, y el influjo de lo devocional sobre el espíritu de la liturgia, hizo que la Cuaresma fuera intensísima, cargada además de ejercicios piadosos y devocionales, pero llegada la Pascua no se sabía muy bien cómo vivirla ni qué hacer, perdiendo su importancia poco a poco, y llenando este tiempo largo de fiesta con nuevos añadidos devocionales (el "mes de mayo").

Aún hoy, tras una Cuaresma bien vivida, que en las parroquias y comunidades cristianas es sumamente cuidada, inculcada, programada pastoralmente, la cincuentena pascual aparece como un tiempo casi sin contenido propio. Apenas nada se hace que destaque lo específico de la Pascua y le dé el color especial que le es propio (no hay canto diario del "Aleluya", tampoco sobreabundan las flores, ni el cirio pascual es destacado por su luz y su exorno, rara vez se distribuye la Comunión con las dos especies).

Si nos sumergimos en la Tradición hallaremos una Cuaresma sumamente austera y penitente, nada relajada, de ayuno estricto. Pero también hallaremos las notas propias de los cincuenta días pascuales, destacadas, brillantes.

lunes, 7 de abril de 2014

Misericordia abundante (Preces de Laudes de Cuaresma - y VI)



3.7. Ejercicio de misericordia abundante


            Si las dos alas de la oración son el ayuno y la limosna, la cuaresma se convierte en un tiempo prolongado de misericordia, caridad, ejercicio del bien y limosna. Y si en todo tiempo la vida cristiana debe brillar por las obras de misericordia, la cuaresma destaca por su asiduidad y constancia.


            Este ejercicio de misericordia será purificador para el corazón egoísta, expiará los pecados (cf. Dn 4,24b; Eclo 3,30; Tb 12,9) y hará del cristiano alguien misericordioso y lleno de obras de caridad, que lo transformará interiormente.

            Como Cristo, que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38), el cristiano configurado con su Señor ve y atiende la necesidad del otro: “Señor Jesús, tú que pasaste por el mundo haciendo el bien, haz que también nosotros seamos solícitos del bien de todos los hombres” (Dom I). El corazón del cristiano ríe con el que está alegre, llora con quien llora, se hace débil con los débiles (cf. Rm 12,15; 1Co 9,22) para servirlos y amarlos: “Enséñanos, Señor, a ser hoy alegría para los que sufren, y haz que sepamos servirte en cada uno de los necesitados” (Lun I).

            El cristiano, que nunca está aislado ni es individualista, no procura sólo su propio bien y se encierra en sí, sino busca el bien de todos, el bien común: “Que con nuestro trabajo, Señor, cooperemos contigo para mejorar el mundo, para que así, por la acción de tu Iglesia, crezca en él la paz” (Mar I); “que trabajemos, Señor, para que el mundo se impregne de tu Espíritu, y se logre así más eficazmente la justicia, el amor y la paz universal” (Mier I); “enséñanos, Señor, a trabajar por el bien de todos los hombres, para que así la Iglesia ilumine a toda la sociedad humana” (Juev I).

domingo, 6 de abril de 2014

Los caminos cuaresmales (Preces de Laudes de cuaresma - V)



3.5. Camino de mortificación y penitencia


            La mortificación es un ejercicio por el cual se muere a uno mismo, a sus pecados, inclinaciones y debilidades, para asemejarse a Cristo y vivir resucitados con Él. El objeto es configurarse con Cristo: “Señor de misericordia, que en el bautismo nos diste una vida nueva, te pedimos que nos hagas cada día más conformes a ti” (Lun I).

  
          Elementos cuaresmales muy convenientes, herramientas de trabajo interior y espiritual, son la mortificación, la penitencia, la ascesis, en sus distintas formas: ayuno, oraciones, vigilias, limosnas, etc.; elementos que nos permiten parecernos a Cristo, ser como Él, vivir en Él: “Cristo, amigo de los hombres, haz que sepamos progresar hoy en tu imitación, para que, lo que perdimos por culpa del primer Adán, lo recuperemos en ti, nuestro segundo Adán” (Juev I).

            La expiación repara el pecado, purifica a quien ha pecado y lo fortalece ante posibles tentaciones o caídas. Este es tiempo de conversión y expiación: “Que, por nuestra sincera conversión, crezcamos en tu amistad y expiemos las faltas cometidas contra tu bondad y tu sabiduría” (Juev I).

            La penitencia va unida a la caridad, al ejercicio de obras de misericordia que enderezan y corrigen al corazón egoísta. Así cuaresma es tiempo de ayuno y privación real de alimento: “Que sepamos, Señor, abstenernos hoy de los manjares del cuerpo, para ayudar con nuestra abstinencia a los hambrientos y necesitados” (Vier I), y también: “Que vivamos santamente este día de penitencia cuaresmal y lo consagremos a tu servicio, mediante obras de misericordia” (Vier I).

sábado, 5 de abril de 2014

El prefacio de la resurrección de Lázaro (Domingo V de Cuaresma)

La Cuaresma puede ser una buena ocasión para profundizar y orar sobre algunos textos propios de este tiempo litúrgico. Para ello, dos buenos amigos nos hemos dado la mano (Corazón Eucarístico de Jesús y El Ciento por Uno) para elaborar una serie de entradas de tipo teológico-espritual y litúrgico-musical para aquellas personas que quieran orar con los textos de los prefacios de los domingos de Cuaresma del Ciclo A.

El prefacio del Domingo V de Cuaresma lleva por título "La resurrección de Lázaro" y guarda estrecha relación con el evangelio proclamado en este domingo (Juan 11, 1-45).

[Cristo] El cual, hombre mortal como nosotros
que lloró a su amigo Lázaro,
y Dios y Señor de la vida
que lo levantó del sepulcro,
hoy extiende su compasión a todos los hombres
y por medio de sus sacramentos
los restaura a una vida nueva.


“El cual, hombre mortal como nosotros que lloró a su amigo Lázaro”. Es un rasgo clarísimo de la humanidad real de Cristo: ¡lloró por su amigo Lázaro!, nobleza de sentimientos. Además, hombre mortal como nosotros, a Cristo le afecta la muerte. Pero... Él la derrotará.

“Y Dios y Señor de la vida que lo levantó del sepulcro”. Quien es hombre como nosotros, es, al mismo tiempo, Señor de la Vida, Dios eterno, y le devuelve la vida a Lázaro como un signo portentoso de la Vida que Él ofrece.

“Hoy extiende su compasión a todos los hombres”. Del mismo modo, el Corazón de Cristo sigue llorando, sintiendo compasión hoy por los hombres que están muertos por sus pecados, por los que sufren en oscuridad y tinieblas. Es su Corazón vivo, glorificado y redentor. Nada hay humano que no pase por el Corazón del Señor.

“Hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva”. La compasión de Cristo, que se convierte en eficaz hoy, se verifica por medio de los sacramentos, comenzando por el Bautismo, donde Cristo restaura al hombre herido, destrozado, y le ofrece una vida nueva, vida resucitada.

Como recurso para los sacerdotes que lo deseen compartimos también el audio de este prefacio del IV domingo de Cuaresma según la versión musicalizada del Misal Romano.





sábado, 29 de marzo de 2014

Prefacio del ciego de nacimiento (Domingo IV de Cuaresma)

La Cuaresma puede ser una buena ocasión para profundizar y orar sobre algunos textos propios de este tiempo litúrgico. Para ello, dos buenos amigos nos hemos dado la mano (Corazón Eucarístico de Jesús y El Ciento por Uno) para elaborar una serie de entradas de tipo teológico-espritual y litúrgico-musical para aquellas personas que quieran orar con los textos de los prefacios de los domingos de Cuaresma del Ciclo A.

El prefacio del Domingo IV de Cuaresma lleva por título "El ciego de nacimiento" y guarda estrecha relación con el evangelio proclamado en este domingo (Juan 9, 1-41).

[Cristo] Que se hizo hombre
para conducir al género humano, peregrino en tinieblas,
al esplendor de la fe;
y a los que nacieron esclavos del pecado,
los hizo renacer por el bautismo,
transformándolos en tus hijos adoptivos.




“Se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe”. Como un nuevo Moisés que guía al pueblo esclavo a la libertad, Cristo, por su encarnación conduce a la humanidad a la fe, a la luz y libertad, sacándola de las tinieblas del pecado, de la muerte, del sinsentido.

“A los que nacieron esclavos del pecado”. Por Adán reinaba el pecado y la muerte, y nosotros vivíamos recibiendo esa maldita herencia. Cristo rompe la maldición, nos salva del pecado como nuevo Adán para que donde abundó el delito, se desborde su misericordia.

“Los hizo renacer por el bautismo”. Salvados por las aguas bautismales pertenecemos a un nuevo linaje, el linaje del nuevo Adán, Cristo, y, por tanto, miembros de un pueblo nuevo, la Iglesia. ¡Es otra vida!, y como herencia, la patria celestial y la gloria con Cristo.

“Transformándolos en tus hijos adoptivos”. Todo lo habíamos perdido en Adán, pero por el Bautismo, Dios nos da más aún: ¡hijos!, hijos adoptivos, hijos en el Hijo, con los derechos del Hijo, con la intimidad del Hijo, llevando la imagen del Hijo en nosotros.

Como recurso para los sacerdotes que lo deseen compartimos también el audio de este prefacio del IV domingo de Cuaresma según la versión musicalizada del Misal Romano.






jueves, 27 de marzo de 2014

El pecado y el desierto, temas cuaresmales (Preces de Laudes de Cuaresma - IV)



3.3. El pecado presente

            Como sólo necesitan médico los enfermos, no los sanos (cf. Mt 9,12), el primer paso es mostrar las llagas del pecado y no esconderlas, descubrir ante el Salvador la propia verdad personal.

            La Cuaresma es tiempo de perdón y reconciliación y por ello es tiempo de confesión del propio pecado. Este aspecto penitencial está muy presente para que se dé un verdadero proceso de conversión.


           Se confiesa una situación de debilidad interior, de un espíritu herido y sufriente por el pecado: “Tú, Señor, que eres médico de los cuerpos y de las almas, sana las dolencias de nuestro espíritu, para que crezcamos cada día en santidad” (Dom I). Se comienza la jornada cuaresmal con una viva conciencia del pecado e impetrando misericordia: “Reconocemos, Señor, que hemos pecado; perdona nuestras faltas por tu gran misericordia” (Mart I). No ocultamos ni creemos, farisaica y soberbiamente, que somos buenos, justos e impolutos, sino que descubrimos nuestro ser pecador ante Dios: “Perdona, Señor, nuestros pecados, y dirige nuestra vida por el camino de la sencillez y de la santidad” (Juev II).

            Y como los pecados no son neutros, sino que afectan al orden y lesionan la justicia, merecen su castigo justo que retribuya el daño hecho. Sólo reconociéndolo y pidiendo perdón podemos hallar misericordia y salvación: “Concédenos la abundancia de tu misericordia, y perdona la multitud de nuestros pecados y el castigo que por ellos merecemos” (Sab I).

            La confianza radica en Jesús crucificado que ofrece el perdón: “Tú que clavado en la cruz perdonaste al ladrón arrepentido, perdónanos también a nosotros, pecadores” (Vier II).

            Los pecados siempre son concretos y no generalidades abstractas, difusas. En las preces de Laudes tenemos ejemplos claros, pidiendo perdón por pecados concretos que iluminan la conciencia moral y, de paso, la forman. Un pecado real es todo aquello que genera divisiones y enfrentamientos, rompiendo la concordia y la comunión, también los que afectan a la comunión eclesial: “Perdona, Señor, las faltas que hemos cometido contra la unidad de tu familia y haz que tengamos un solo corazón y un solo espíritu” (Lun I), “haz que, con tu ayuda, venzamos toda disensión” (Dom II).

            El pecado es malicioso, es decir, contiene maldad e intención y no es meramente un fallo de carácter, por eso se ruega: “aleja de nuestra vida toda maldad” (Vier I). Es la voluntad personal que se opone a Dios y al Bien, lo rechaza, no se somete y emprende caminos tortuosos, como Israel, “casa rebelde” (Ez 2,5; 12,1): “sana, Señor, nuestras voluntades rebeldes y llénanos de tu gracia y de tus dones” (Vier I).
           

martes, 25 de marzo de 2014

Cuaresma: tiempo bautismal y de redención (Preces de Laudes de Cuaresma - III)



3. Preces


            3.1. Tiempo de preparación bautismal

            El origen primitivo de la Cuaresma es puesto de nuevo de relieve: era –y es- el tiempo de preparación más intensa e inmediata de los catecúmenos por los sacramentos de la Iniciación cristiana. La perspectiva de la Cuaresma es bautismal con la meta de la santa Pascua.

  
          Todos los fieles cristianos se asocian al misterio sacramental preparándose a vivirlo y renovarlo: “Cristo vida nuestra, tú que por el bautismo nos has sepultado místicamente contigo en la muerte, para que contigo también resucitemos, concédenos caminar hoy en una vida nueva” (Dom I). Recordamos el bautismo y suplicamos actualizarlo y vivir bautismalmente: “Señor de misericordia, que en el bautismo nos diste una vida nueva, te pedimos que nos hagas cada día más conformes a ti” (Lun I).

            Incluso en las preces de Laudes, que no poseen el carácter de intercesión o súplica universal, se recuerda y se ora por los catecúmenos que serán bautizados: “Tú que en el arca salvaste a Noé de las aguas del diluvio, salva por el agua del bautismo a los catecúmenos” (Dom II).

            Y así como los catecúmenos serán incorporados a la Iglesia, todos habremos de descubrir el misterio de la Iglesia, vivirlo, sentir eclesialmente: “Concédenos vivir con toda plenitud el misterio de la Iglesia, a fin de que nosotros y todos los hombres encontremos en ella un sacramento eficaz de salvación” (Juev II).


sábado, 22 de marzo de 2014

Prefacio de la samaritana (Domingo III de Cuaresma)

La Cuaresma puede ser una buena ocasión para profundizar y orar sobre algunos textos propios de este tiempo litúrgico. Para ello, dos buenos amigos nos hemos dado la mano (Corazón Eucarístico de Jesús y El Ciento por Uno) para elaborar una serie de entradas de tipo teológico-espritual y litúrgico-musical para aquellas personas que quieran orar con los textos de los prefacios de los domingos de Cuaresma del Ciclo A.

El prefacio del Domingo III de Cuaresma lleva por título "La Samaritana" y guarda estrecha relación con el evangelio proclamado en este domingo (Juan 4, 5-42).

[Cristo] Quien, al pedir agua a la Samaritana,
ya había infundido en ella la gracia de la fe,
y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer
fue para encender en ella el fuego del amor divino.


“Al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe”. Nada es casual en Cristo, todo en Él es redentor y mira a la redención. Todo encuentro con Cristo llega hondo y transforma. ¡Dejemos que Cristo venga, estemos con Él, siempre será fecundo!

“Al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe”. La fe es un don gratuito; Cristo se lo otorgó a esta mujer y ella se convirtió en buscadora de la Verdad, descubrir a Dios... aún con los pecados de idolatría del corazón (¡cinco maridos!). 

“Si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer”. Cristo deseaba la conversión, la fe de aquella mujer. ¡Tenía sed! ¡Sed de almas!, como pastor solícito que viene a dar vida a la oveja perdida y extenuada.

“Fue para encender en ella el fuego del amor divino”. Tenía sed de la fe de aquella mujer para conducirla bien lejos, al culto verdadero en espíritu y verdad y que se entregase incondicionalmente al amor de Dios, el único que sacia tanto vacío llenado por nuestros ídolos... que fatigan y nos destrozan interiormente.

Como recurso para los sacerdotes que lo deseen compartimos también el audio de este prefacio del III domingo de Cuaresma según la versión musicalizada del Misal Romano.






domingo, 16 de marzo de 2014

El prefacio dominical II de Cuaresma

La Cuaresma puede ser una buena ocasión para profundizar y orar sobre algunos textos propios de este tiempo litúrgico. Para ello, dos buenos amigos nos hemos dado la mano (Corazón Eucarístico de Jesús y El Ciento por Uno) para elaborar una serie de entradas de tipo teológico-espritual y litúrgico-musical para aquellas personas que quieran orar con los textos de los prefacios de los domingos de Cuaresma del Ciclo A.

El prefacio del Domingo II de Cuaresma lleva por título "La Transfiguración del Señor" y guarda estrecha relación con el evangelio proclamado en este domingo (Mateo 17, 1-9).

[Cristo] quien,
después de anunciar su muerte a los discípulos,
les mostró en el monte santo
el esplendor de su gloria,
para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas,
que la pasión es el camino de la resurrección.


“Quien, después de anunciar su muerte a los discípulos”. La Santa Transfiguración, contemplada en Cuaresma (distinta de su fiesta el 6 de agosto), considera este momento santo como una señal para los discípulos aterrorizados por la idea de la muerte de Jesús, confirmándolos en la fe y señalándoles la meta última.

“Les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria”. Su gloria es su transfiguración, Él mismo anticipando algo de lo que será la gloria de la Resurrección, descubriendo su divinidad bajo los velos de su carne humana. Esto fortalece y consuela, señala cuál es el Misterio pascual en su totalidad salvadora.

“Para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas”. La ley y los profetas, las Escrituras enteras, anunciaban la muerte y la vida del Siervo de Dios que cargando con el pecado lo destruía. Resumidos en Moisés y Elías, todo apunta a que está llegando el cumplimiento de lo anunciado.

“La pasión es el camino de la resurrección”. Robustece a la Iglesia que peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, saber que la resurrección es real, que está ahí, que es la promesa, y para alcanzarla hay que pasar por la pasión. Ésta queda así iluminada definitivamente. Se nos muestra la Gloria del Resucitado. ¡Deseemos llegar a ella!

Como recurso para los sacerdotes que lo deseen compartimos también el audio de este prefacio del II domingo de Cuaresma según la versión musicalizada del Misal Romano.






miércoles, 12 de marzo de 2014

Orando en conversión (Preces de Laudes de Cuaresma - II)



2. Respuestas a las preces


            Las respuestas a las peticiones van en consonancia con lo visto, sintetizando los aspectos principales del tiempo cuaresmal.


            La súplica y el deseo de renovación llevan a esperar la promesa de la profecía de Ezequiel (36,1ss): “un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo”. Por eso se ruega: “Infúndenos, Señor, un espíritu nuevo” (Dom I), “Renuévanos, Señor, por tu Espíritu Santo” (Miérc I), “Renuévanos con tu gracia, Señor” (Sab I) “Ayúdanos, Señor, con tu gracia” (Sab II).

            El santo tiempo cuaresmal es humilde y reiterada súplica de renovación y de gracia, en definitiva, súplica implorando el Santo Espíritu: “Danos, Señor, tu Espíritu Santo” (Mierc II).

            La imagen de la Cuaresma como una peregrinación, un éxodo a través del desierto, está muy presente, orientándonos: “Guíanos por tus senderos, Señor” (Lun I), y así su Palabra va marcando la vida eclesial y la existencia de cada cristiano: “Que tu palabra, Señor, sea luz para nuestros pasos” (Juev I), “Ilumínanos, Señor, con tu palabra” (Lun II). Recordando el deseo de la carta a los Colosenses (3,15), suplicamos: “Que la palabra de Cristo habite en nosotros con toda su riqueza” (Mart II).


lunes, 10 de marzo de 2014

Los días de perdón y salvación (Preces de Laudes de Cuaresma - I)



1. Encabezamientos


            Los días de Cuaresma son días santos, especialmente proclives a la acción purificadora de Dios en nosotros: “nos concede estos días de perdón” (Dom I) y son días de esperanza en el Señor, por lo que brota la alabanza a Dios viviendo plenamente el ejercicio de la santa Cuaresma: “nos concede ofrecerle el sacrificio de alabanza cuaresmal” (Lun II).


           Jesús mismo ha abierto el camino de la salvación, Él ha inaugurado la práctica cuaresmal, el tiempo de desierto y la renovación para el bautismo. Se muestra Salvador: “Bendigamos a Jesús, nuestro Salvador, que por su muerte nos ha abierto el camino de la salvación” (Lun I). Su muerte es contemplada en el tiempo cuaresmal como puerta abierta a la esperanza: la salvación del pecado es posible; el mundo, roto y desfigurado por el pecado, se va a renovar por la Pascua del Señor: “Bendigamos al Autor de nuestra salvación, que ha querido renovar en sí mismo todas las cosas” (Mierc I) y “al morir en al cruz nos dio la vida” (Viern I), “Cristo, nuestro Salvador, que nos redimió con su muerte y resurrección” (Viern II).

            Ahora la acción de Dios es ya purificadora, renovadora, santificadora: “por la acción de su Espíritu purifica nuestros corazones y los llena de su amor” (Mierc II).

domingo, 9 de marzo de 2014

El prefacio dominical I de la Cuaresma

La Cuaresma puede ser una buena ocasión para profundizar y orar sobre algunos textos propios de este tiempo litúrgico. Para ello, dos buenos amigos nos damos la mano (Corazón Eucarístico de Jesús y El Ciento por Uno) para elaborar una serie de entradas de tipo teológico-espritual y litúrgico-musical para aquellas personas que quieran orar con los textos de los prefacios de los domingos de Cuaresma del Ciclo A.

El prefacio del Domingo I de Cuaresma lleva por título "Las tentaciones de Jesús" y guarda estrecha relación con el evangelio proclamado en este domingo (Mateo 4, 1-11).

[Cristo] El cual,
al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento,
inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal,
y al rechazar las tentaciones del enemigo
nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado;
de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua,
podremos pasar un día a la Pascua que no acaba.


“El cual, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal”. Siguiendo el modelo de combate que contemplamos en Cristo, la Iglesia durante la Cuaresma practica la penitencia que fortalece el alma. Es un largo camino recorrido con Cristo y como Cristo.

“Y al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”. El pecado tiene una fuerza atroz cuando se despliega, comenzando por simples insinuaciones (tentaciones). Mirando a Cristo no sólo rechazamos las tentaciones con su gracia, sino que aprendemos a amansar la fuerza del mal en nuestro corazón.

“De este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua”. Vivir con sinceridad implica la entrega al misterio de esta Pascua, morir con Cristo para vivir con Él, ya resucitados. Plantearse la inmersión de todo el corazón en el misterio pascual de Cristo es aprovechar el tiempo de salvación que Él nos da.

“Celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba”. Al vivir de verdad esta Pascua, en este año, muriendo y resucitando, matando algo más a nuestro hombre viejo para que crezca en nosotros el hombre nuevo, esperamos y deseamos vivir la Pascua que no se acaba, la Pascua eterna, el cielo, la glorificación de nuestra carne.

Como recurso para los sacerdotes que lo deseen compartimos también el audio de este prefacio según la versión musicalizada del Misal Romano.