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domingo, 20 de julio de 2014

Caminando en la voluntad del Señor

Las parábolas del Reino elevan el corazón: vivimos en tensión hacia el Reino de los cielos, vivimos en la esperanza del cielo, sabiendo que, nuestra patria es el cielo, nuestro hogar el cielo y nuestra felicidad, el cielo; o sea, Dios mismo.


El Reino de los Cielos orienta nuestros pasos y, por tanto, Dios mismo nos va guiando paso a paso, día a día, para que nuestra voluntad se oriente según Dios y quede iluminada, no desviándose por el pecado, sino dirigida por la gracia.
¡Caminamos hacia el cielo!

domingo, 6 de julio de 2014

El porqué de las parábolas

Comienza una serie amplia de parábolas sobre el Reino de Dios en las lecturas del evangelio de estos domingos. El Señor emplea el recurso de las parábolas para enseñar, recurso que incluso sorprende a sus discípulos. "¿Por qué les hablas en parábolas?"



El lenguaje de las parábolas es sugerente, abre pistas, señala, apunta, pero no define, no cuadricula, no ofrece conceptos. Es un modo de explicar por el cual el oyente recibe una enseñanza que es dulce y suave, sin ningún tipo de explicación escolástica o académica.

Y es que el lenguaje de Dios, o sobre los misterios del Reino, el lenguaje sobre las realidades divinas y trascendentes no es nada fácil. Muchas cosas se pueden definir por la Revelación misma, pero nuestro lenguaje siempre es incapaz de aprehender, de abarcar por completo las realidades sobrenaturales. Deus semper maior, Dios es siempre mayor de lo que podamos pensar o concebir de Él. Al hablar de Dios y de las realidades divinas, hemos de hacerlo con sumo respeto; mucho podemos decir, pero más aún lo que apenas podemos balbucir porque nos supera. 

martes, 15 de enero de 2013

Salmo de misericordia, Pascua y libertad

Los salmos fueron los cantos de alabanza que el pueblo de Israel cantaba al Señor como oración confiada y esperanzada en el poder del Señor. Estos mismos salmos, leídos desde la fe del Nuevo Testamento, fueron pronto el alimento cotidiano de la primitiva Iglesia y hoy seguimos esa misma tradición. La mejor oración posible es la oración sálmica, rezada con el espíritu de la Iglesia como báculo, bastón de apoyo, para el cristiano, hombre caminante y peregrino, hacia la patria celestial.


Todo hombre tiene una historia, un recorrido en su vida donde ha experimentado muchas cosas y multitud de sucesos le han ocurrido. Amar la propia historia, reconocer que todo lo ocurrido en ella es amable (: digno, posible, de ser amado), asumir el pasado como obra de Dios, no es fácil. Todo hombre quisiera haber sido el artífice único, el constructor absoluto de su historia creyendo, equivocadamente, que todo le habría ido mejor, corrigiendo, en definitiva, los planes de Dios. Sin embargo, todo lo ha hecho bien; el Señor poderoso actúa en la historia, también en tu historia personal, aunque a veces no se entienda ni se le vea sentido, pero el Señor dará luz en tiempo oportuno para entender, abrirá los sentidos de nuestra inteligencia espiritual tan embotada.

¿Cómo actúa Dios? Con misericordia. Una misericordia que es eterna y total. Está bien, porque Dios lo ha hecho bien, porque Él es bueno y misericordioso. 

¿Quieres un salmo para rezar y cantar a Dios? Coge el salmo 135 (136). Es una letanía, constantemente se repite el estribillo “porque es eterna su misericordia”, y comienza a re-cordar (a pasar de nuevo por el corazón) todo lo que Dios ha hecho. Así el creyente, da gracias por la creación maravillosa de Dios, por las obras en favor de su pueblo Israel, por la liberación de Egipto, por la tierra prometida... “Dad gracias al Señor porque es bueno: porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Dios de los dioses: porque es eterna su misericordia... Él hizo sabiamente los cielos: porque es eterna su misericordia... Él hirió a Egipto en sus primogénitos: porque es eterna su misericordia”

¡Todo lo ha hecho bien! ¡Dios ha actuado en la historia en favor de su pueblo! Por eso este salmo debe ser muy querido: formaba parte de los salmos pascuales, del Gran Hallel (: Aleluya) que se cantaban en la Cena Pascual, el mismo salmo que Jesús cantó (los salmos son cantos) en su última Cena (Cf. Mt 26,30; Mc 14,26).

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo"




Así de contundente se mostraba S. Jerónimo: “ignorar las Escrituras, es ignorar a Cristo”, mostrando cómo a Cristo se le encuentra en las Escrituras santas, en la Palabra de Dios, en primer lugar, proclamada en asamblea litúrgica, pero en segundo lugar, en la lectura y oración personal. El cristiano acude diariamente a las Escrituras, las lee, las medita, las guarda en su corazón y las pone por obra.

    La Palabra es Cristo Jesús; es la Palabra, el Verbo, el que se hizo carne y acampó en medio de nosotros (cf. Jn 1,14), encarnándose por obra del Espíritu, en el corazón y en el seno virginal de Santa María (cf. Lc 1,26-39). Del mismo modo hoy, a cada cristiano, le acontece lo mismo: la Palabra, por obra del Espíritu se encarna en su corazón engendrando a Cristo en el alma del cristiano para que “lo dé a luz al mundo”, para que con su vida testifique la Palabra, la ponga por obra. ¡Por eso es tan necesaria al cristiano la Palabra! No desoigamos la voz del Señor: “Escrutad las Escrituras” (Jn 5,39), esto es, investigadlas, leedlas, penetrad en ella, haced una lectura con el corazón. El cristiano descubre el valor de la Palabra, comienza a amarla, es la perla escondida y, para encontrarla, se dedica a excavar y remover la tierra, la tierra que estorba y oculta, como son el pecado, las distracciones, la falta de tiempo, quedarse en la letra y no en el Espíritu de las Escrituras. ¡Ellas dan la vida!

    El salmo 32 (33) canta la gloria y la potencia de esta Palabra que es creadora puesto que creó el universo, el orden, la belleza y la armonía y hoy sigue siendo creadora ante el creyente que humilde y silencioso oye la Palabra, y deja que en su interior, cree un orden nuevo, un corazón nuevo, renueve su mente, cambie sus sentimientos, sea una criatura nueva. 

¿Qué dice el salmo? “La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos...”. ¿No recuerda al prólogo de san Juan que dice que “por medio de la Palabra se hizo todo” (Jn 1,3)? ¡La Palabra es Jesucristo! Y al leer esta Palabra se oye la voz del mismo Cristo que habla a cada cristiano al corazón, le regala una Palabra de vida y salvación, porque esta Palabra es viva, eficaz, vuela desde el corazón de Dios a tu corazón, como canta otro salmo (147): “Él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz; manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza”

Reza -o canta- estos dos salmos, y descubre la fuerza, la santidad de las Escrituras. Ellas van a ser tu alimento en toda ocasión, en todo suceso, en todo tiempo, rechazando los ataques y embestidas del Maligno: 
“para rechazar al demonio recurre siempre Jesucristo a la Sagrada Escritura. Esta misma táctica nos llevará a nosotros a la victoria. De modo que si el enemigo te tienta, pongo un ejemplo, contra la fe, acuérdate del testimonio del Padre Eterno que llama a Jesucristo su Hijo muy amado... si te provoca a desconfianza, repítele las palabras de Jesucristo nadie es bueno sino sólo Dios... si trata de desalentarte con el recuerdo de tus culpas, de tus pecados, contéstale con la palabra del Salvador no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores; si te inspira pensamientos de orgullo o de ambición el que se ensalzare será humillado; si te incita a la venganza Bienaventurados los mansos... Ármate en cualquier circunstancia de la palabra del Verbo, que es un escudo contra el que vendrán a estrellarse y dar en el vacío todas las flechas del enemigo” (Dom Columba Marmión).

    

sábado, 20 de octubre de 2012

Ídolos del corazón, salmo de libertad


Es una tentación muy antigua, que persigue siempre al hombre en todo momento de su vida y sobre la cual tiene que estar vigilante para no dejarse seducir, engatusar, atrapar, porque todo ídolo es una gran mentira: una mentira que se le presenta a nuestros sentidos, a nuestra imaginación, prometiendo cosas falsas. La serpiente sedujo a Adán y Eva con una promesa falsa: “seréis como dioses”, esto es, “seréis plenamente felices, lo tendrás todo, no necesitarás de Dios, de nadie. Tú serás un dios para ti mismo”. Se idolatraron a sí mismos. Pero, ¿qué? ¿les sirvió para algo? A base de idolatrarse cayeron en lo más hondo, se dieron cuenta de que estaban desnudos, sintieron vergüenza, rompieron la armonía entre ellos, con la creación y con el Dios creador. La idolatría es la gran mentira de la serpiente.
    El pueblo de Israel lo experimentó en su historia en múltiples ocasiones, desde el becerro de oro en el desierto hasta el destierro de Babilonia. Es quitar a Dios y poner una estatua en su lugar; quitar a Dios y poner los ídolos, rechazando así a Dios, rompiendo la alianza hecha gratuitamente por el Señor y ratificada, “alianza nueva y eterna”, definitiva, por la sangre del Cordero, Cristo Jesús.

    ¿Cómo son los ídolos? El salmo 113B es el gran canto al Dios único, vivo y verdadero, el canto a la grandeza de Dios y a la libertad de sus hijos obtenida por la cruz del Señor: “nuestro Dios está en el cielo y lo que quiere lo hace; sus ídolos en cambio son plata y oro, hechura de manos humanas: tienen boca y no hablan; tienen ojos y no ven; tienen orejas y no oyen...” Los ídolos son todo apariencia, engaño. ¿Qué ídolos tiene el hombre hoy ya que no adora becerros de oro?
 
El primer gran ídolo es uno mismo, el yo; cuando uno se hace a sí mismo medida de todas las cosas, juez de todo y de todos, siempre midiendo y tasando a los demás, usándolos. “Es que yo...”, “porque yo soy...” 

¿Otro ídolo? La afectividad, es decir, buscar ser querido, amado y aceptado, mendigando cariño; esclavo de los afectos y sin descubrir que la libertad está en amar y aceptar al otro tal cual es y no como uno quisiera que fuera. 

domingo, 2 de septiembre de 2012

No estamos solos

La soledad se ha convertido en uno de los grandes problemas de nuestra época, el escollo insuperable de la felicidad. Nunca como hoy el hombre ha estado más informado (la radio, la televisión, prensa, cine), nunca mejor comunicado (teléfono, FAX, Internet) y sin embargo, jamás tan aislado. Viviendo en pisos pequeños, como celdas de abejas, en bloques amontonados, y, sin embargo, desconocidos unos de otros. El hombre de nuestro tiempo tiene una soledad profunda, su ser más íntimo es incomunicable, ¿con quién expresarse? ¿con quién hablar? ¡Pero si hoy nadie tiene tiempo para nadie! ¿Quién se interesa por el otro, y está dispuesto a escucharlo y amarlo y cargar con sus problemas? El hombre se siente solo, aunque esté muy acompañado; el hombre está incomunicado aunque esté rodeado por muchos.


Jesucristo es la salvación para el hombre. Jesucristo sabe lo que es la soledad -como en el huerto de Getsemaní, en su agonía-, comprende el corazón del hombre y he aquí la gran noticia: Jesucristo rompe la soledad del hombre, porque se hace presente en la vida de cada hombre, y transforma la soledad en amor y comunión con Él. El salmo 23 (22) es un salmo que habría que aprenderse de memoria: “El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar”. Jesucristo es el Buen Pastor, el Señor que cuida de sus hermanos, sus ovejas, y las lleva adonde hay alimento, conduce a sus hermanos, los cristianos, “hacia fuentes tranquilas” y es Él, Cristo Jesús, el que hoy, al hombre solo y cansado, que piensa que nadie se interesa por él, “repara mis fuerzas”, como hizo con los dos descorazonados de Emaús (cf. Lc 24).
 
En esa soledad profunda, donde pensamos que no le importamos a nadie, que nadie se preocupa de nosotros, Jesucristo se hace presente y destruye esa soledad que lleva a la muerte, a la destrucción. En la vida de la persona que sufre esa soledad profunda del corazón, el mismo Cristo se hace presente y la consuela, y la conforta, y la alimenta. ¡Cristo cercano! ¡Cristo Buen Pastor! ¡Corazón misericordioso!
 
Incluso cuando atravesamos una fuerte crisis, un túnel sin salida, en el dolor, o la enfermedad, o la angustia, Jesucristo, Buen Pastor, está ahí porque “aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan”. Cristo Jesús va delante de ti: no lo sientes, ni lo ves, metido como estás en la cañada oscura, en el hondo valle, pero Jesucristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10) va delante de ti, va abriendo camino; sigue, pues, sus huellas, confía que en tu oscuridad y agobio y dolor, Jesucristo está pasando, y va delante de ti y te enseña la salida de esa cañada oscura hasta llegar a “los prados de fresca hierba” donde reponerte y descansar, hasta que el Señor por “su bondad y misericordia” te haga “habitar en la casa del Señor por años sin término”.
 

martes, 24 de julio de 2012

Una buena noticia

Existen salmos muy diversos, tan variados como distintas son las circunstancias de la vida vividas en la clave de la fe. Los salmos recogen la vida del creyente, hecha oración, canto, alabanza, en todos sus gozos y esperanzas, luchas y angustias. Los 150 salmos de la Biblia forman un sólo libro, el libro de los Salmos, y está destinado para cantar. Son poemas bíblicos de alabanza, “canciones” que se cantan a Dios o delante de Dios. En estos salmos está velado, escondido, y a la vez anunciado, Cristo Jesús, el Evangelio que nos salva.

    Cristo es una “Buena Noticia” (en griego, “evangelio”). ¿Qué noticia es ésa? ¡La más esperada! ¡Siglos anhelando la humanidad esa noticia! ¿Cuál es? Que Dios te ama, con amor intenso y fiel, a pesar de los pecados, de las infidelidades, de la debilidad. Dios ama al hombre, y lo ha dicho y demostrado enviando a su Hijo Jesucristo para salvar el mundo.  

Hay un salmo que anuncia esta tremenda noticia, el salmo 144. El hombre pensaba que Dios quería la condena por los pecados, quería castigar al culpable sin ninguna vía de salvación; que Dios era un Juez temible del que había que esconderse, como hizo Adán (cf. Gn 3,10) y, sin embargo, Dios mismo les hizo unas túnicas de piel a Adán y Eva para cubrirlos con tremendo amor (cf. Gn 3,21), porque así es el amor de Dios. 

El salmo 144 canta: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”. Dios es Dios cercano y cariñoso, tiene entrañas de ternura y misericordia, se preocupa de todos sus hijos, “el Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas su acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan”. ¿Así es Dios? ¿No era vengativo y había que tenerle temor, alejarse de Él? Los que así piensan se equivocan, no han descubierto el Evangelio de Jesucristo. A este salmo sólo le falta una cosa: el Padrenuestro.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Testigos que testimonian

En línea con la Deus caritas est, el papa Benedicto XVI en Santiago de Compostela volvía a lo esencial del cristianismo, aquello mismo que tal vez hemos recubierto de tantas cosas que lo hemos perdido de vista.

Vamos entonces al centro de las cosas.
¿En torno a qué gira todo?


El cristianismo es la Persona misma de Cristo: ha venido al encuentro del hombre y lo ha salvado y redimido, lo ha agraciado y derramado su Espíritu, entablando amistad con el hombre. Esto fue lo que impactó a los primeros testigos, apóstoles y discípulos, y viéndolo Resucitado, comprendieron el alcance de su Persona y sus Palabras, testimoniándolo ante los hombres.

En la Deus caritas est -que en la columna de la derecha del blog aparece como un principio que sustenta este blog-catequesis- el Papa decía de manera sublime:

"Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Benedicto XVI, Deus charitas est, n. 1)

Este principio y fundamento lo expresa con la palabra "testimonio" en la homilía de Santiago:
"Una  frase de la primera lectura afirma con admirable sencillez: «Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hch 4,33). En efecto, en el punto de partida de todo lo que el cristianismo ha sido y sigue siendo no se halla una gesta o un proyecto humano, sino Dios, que declara a Jesús justo y santo frente a la sentencia del tribunal humano que lo condenó por blasfemo y subversivo; Dios, que ha arrancado a Jesucristo de la muerte; Dios, que hará justicia a todos los injustamente humillados de la historia.
«Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen» (Hch 5,32), dicen los apóstoles. Así pues, ellos dieron testimonio de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, a quien conocieron mientras predicaba y hacía milagros. A nosotros, queridos hermanos, nos toca hoy seguir el ejemplo de los apóstoles, conociendo al Señor cada día más y dando un testimonio claro y valiente de su Evangelio. No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos. Así imitaremos también a San Pablo que, en medio de tantas tribulaciones, naufragios y soledades, proclamaba exultante: «Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Co 4,7)" (Benedicto XVI, Homilía en Santiago de Compostela, 6-noviembre-2010).
El Papa nos recuerda que el cristianismo es una acción de Dios, una gesta divina; esto amplía el horizonte mental que tal vez se haya forjado: el cristianismo no es mera acción humana que se pueda convertir en un fruto o resultado de esfuerzos y compromisos, planes pastorales, normas de vida u objetivos pastorales; el cristianismo no es la empresa de la voluntad humana que busque algo bueno, o que luche por las transformaciones sociales-revolucionarias o, en su vertiente humanitaria, que busque la promoción de los hombres y ofrecer determinadas prestaciones al desarrollo... Es decir, el cristianismo ni es filantropía, ni es ideología, ni es fuerza revolucionaria, ni es un moralismo, ni es la oferta de servicios sociales. No nos hemos dado a nosotros mismos el cristianismo.

martes, 17 de agosto de 2010

Modo de hacer la oración personal

"1º ¿Cuál es el mejor modo de orar?

Respondo con estas hermosísimas palabras de san Pablo de la Cruz: “No os digo que hagáis la oración a mi modo, sino al de Dios... Dejad a vuestra alma libertad para tomar su vuelo hacia el soberano Bien, según Dios la conduce”.

2º ¿Son necesarios los libros y los métodos para hacer oración?


Necesarios en absoluto, no; convenientes para algunas almas y en determinadas situaciones, sí. Muchos y muy buenos y fructuosos libros y métodos han compuesto los santos y los autores de ascética, singularmente desde el siglo XVI, en que los excesos y desvaríos del iluminismo, del quietismo y del jansenismo pusieron en peligro de extravío a las almas. Pero no se olvide jamás que no pasan de ser auxiliares, temas, guías y rectificadores externos de oración; hablan y obran por de fuera, y que el gran Agente interior, el siempre eficaz y con el que hay que contar siempre es el Espíritu Santo, que es el que habla y obra en el interior.

3º De entre todos los libros de oración mental, ¿cuál es el mejor?

Sin duda, el santo Evangelio, leído, a ser posible, delante de un Sagrario o mirando hacia él, a la luz de la lámpara de la fe viva, que meta en el alma la más firme persuasión del “ahí está” de la real presencia...
No tengamos jamás prisa por hacer oración mental o vocal sin penetrar lo más íntimamente que podamos en la real presencia de Jesús en el Sagrario, si allí oramos, o de Dios en otro cualquier lugar en que oremos. Mientras no estemos llenos de esta persuasión: Jesús me mira, me oye, me quiere, espera con interés mi conversación, no tendremos buena oración.

4º ¿Será bueno valerse de algún comentario del Evangelio?

Indudablemente, y los hay excelentes; pero no se olvide que, como intérpretes y comentaristas del Evangelio, son insustituibles la confianza ciega en el amor misericordioso del Corazón de Jesús Sacramentado, que sabe, puede y quiere curarme, y el conocimiento de nuestra miseria e indigencia, como la de uno de tantos ciegos, cojos, baldados, incurables, hambrientos, endemoniados del Evangelio...”

Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,

en O.C., Vol. I, nn. 1137-1138.

lunes, 2 de agosto de 2010

El Evangelio en el Sagrario


“El Jesús del Evangelio es el mismo Jesús vivo del Sagrario.

Aquí como allí dice y hace lo mismo. ¡Ah! ¡Si esta fe viva en Jesús vivo Sacramentado invadiera y llenara nuestra alma!

¡Con qué ganas se exclamaría, se gritaría, ante estas efusiones de la Misericordia divina sobre la miseria humana!: ¡Bendita la oración, que lleva como de la mano y dobla las rodillas y abre las bocas, y arranca los gemidos y las lágrimas de los miserables y coge como el Corazón al Padre del cielo y al Hermano divino del Sagrario y les invita y obliga y empuja a hacer milagros de perdones de almas, de curaciones de cuerpos, de resurrecciones de cuerpos y de almas, de lágrimas trocadas en perlas de diadema y de tierras de abrojos trocadas en cielos de delicias!

Firme en mi propósito e hacer de esta nobilísima ocupación del alma la ocupación diaria, frecuente y, aun diría, perenne, ante la Casa de Jesús vivo en la tierra, de todos los hombres, desde los niños y rudos, hasta los consumados en saber y en santidad, quisiera presentar página por página esta variadísima y pintoresca serie de modos de orar del Evangelio, para trasladarlos a los Sagrarios cristianos; pero ¡cuántos libros se necesitarían! He de contentarme con presentar, a modo de índice, fórmulas y maneras de orar del Evangelio, dejando a la acción del Espíritu Santo y a la cooperación de la buena voluntad de cada uno el saboreo de ellas y la adaptación de las mismas al estado de Jesús en el Sagrario y a la situación de cada alma”.

Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 900-901.

sábado, 24 de julio de 2010

El Evangelio en nuestra oración


“Bien meditado, el Evangelio es todo él una oración. El Evangelio es Jesús hablando con su Padre en nombre de los hombres o con éstos en nombre de su Padre, o son los hombres hablando con el Padre por medio de Jesús y el Padre hablando con los hombres por medio de su Hijo. Siempre en diálogo afectuoso expresado por medio de palabras, de obras, de miradas, de gestos, de lágrimas, de alabanzas, de acciones de gracias, de bendiciones...

Y bajo este aspecto, ¡qué gran maestro de oración, y de oración en todas sus formas y en todos sus grados, es el Evangelio! Leyendo despacio el Evangelio, necesariamente se aprende a orar de todos los modos en que se puede orar.

Por sus páginas se ven desfilar, ante la Misericordia infinita del Corazón de Jesús, representaciones de todas las miserias humanas desde las más materiales y groseras hasta las más espirituales; desde el leproso, condenado al aislamiento y al asco de los hombres, hasta Dimas, pidiendo el cielo en el cadalso; desde los niños hebreos cantando el ¡Hosanna! del triunfo de Jesús, hasta el aullido de los endemoniados pidiendo libertad.


¡Cuántas miserias de rodillas y con los brazos suplicantes ante el amor misericordioso del dulce Nazareno que pasaba, nos presentan las páginas el Evangelio! Y ¡cuántas veces se enternece nuestro corazón ante el Sí grande, majestuoso, omnipotente, con que responde y se pone a mirar al afligido y confiado suplicante!

¡Ah! ¡Cómo ante las caricias de esa Misericordia tan propicia y tan para nosotros, se vienen ganas de pasarnos la vida orando y casi, casi de tener más miserias que contar y que exponer para tener más ocasión de vernos envueltos en aquellas miradas de bondad y atraídos por aquellas preguntas de curiosidad tan de padre y bañados y ungidos en la virtud de aquellas manos, de aquellos ojos y hasta de aquella orla de su vestido!

Si san Agustín, en un santo atrevimiento de amor, pudo exclamar: “¡Oh feliz culpa que mereció tener tan grande Redentor!”, la gratitud del corazón humano puede prorrumpir en este grito: “¡Feliz miseria, que hace probar y gustar a los desgraciados hijos de Eva las dulzuras de las misericordias del Padre que está en los cielos y del Hijo que vive en los Sagrarios de la tierra!”.

Beato D. Manuel González, Oremos en el sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 898-899.

martes, 22 de junio de 2010

Grandeza del Evangelio


“Una fotografía de Jesucristo, por muy bien hecha que hubiera resultado, sería siempre un retrato de Él por fuera y en una sola actitud; el Evangelio es el retrato de Jesucristo por dentro y por fuera en variadísimas actitudes.

¿Os habéis dado bien cuenta del valor de un libro que nos retrata al vivo al ser más querido de nuestro corazón, en sus lágrimas de pobre y de perseguido y sus triunfos de Rey y de Dios, que nos conserva la descripción de sus hechos, de sus milagros y de sus virtudes, nos guarda sus sentencias, sus parábolas y sus promesas, y que, para prevenir toda duda y matar toda incredulidad, se nos presenta con todas las garantías humanas y divinas de autenticidad?

No es un santo más o menos regalado por Dios de celestiales revelaciones, no es un milagro atestiguado por mayor o menor número de testigos, es la misma Tercera Persona de la Trinidad augusta la que se ha cuidado de velar por la exactitud y verdad de ese retrato del Hijo de Dios hecho hombre.

Amigos, demos una y muchas veces gracias al Espíritu Santo por el riquísimo regalo del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.


martes, 15 de junio de 2010

El Evangelio leído en el Sagrario: fotografía del Corazón de Jesús


“Hora es ya de descubriros al gran revelador del Sagrario, el gran confidente que está en el secreto suyo, el amigo íntimo que nos puede hacer entrar en ese alcázar de las misteriosas maravillas del Sagrario.

Tenéis prisa por saber su nombre, ¿verdad?

¡El Evangelio!

Es ése el dedo poderoso que va a levantar ante vuestra vista asombrada el velo de aquellos arcanos, y ése es el mensajero que Dios bueno os envía para que vuestros ojos y vuestros oídos de carne puedan ver y oír, si milagro ni revelaciones especiales, lo que en el Sagrario se dice y se hace.

¡El Evangelio!

¿Pero os habéis fijado en lo que es y lo que vale el Evangelio?

Algunas veces nos hemos lamentado de que no se hubiera conocido el arte de la fotografía en los tiempos de la vida mortal de nuestro Señor Jesucristo para haber tenido el consuelo, grande por cierto, de conservar su retrato. ¡Qué alegría poder recrearse en una fotografía de la que pudiéramos decir: ése era Él!

Ese retrato, sin embargo, no nos había de dar más alegría que la que nos proporciona el Evangelio".


Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, n. 393.

martes, 24 de noviembre de 2009

Leer el Evangelio, palpitar con el Corazón


Conocer al Corazón de Jesús por el Evangelio

"No conozco guía más seguro ni más enterado, ni más a nuestro alcance. En cada página, ¿qué digo?, en cada hecho, en cada sentencia, en cada partícula y hasta en cada signo del Evangelio, palpita el Corazón de Jesús. En él no hay letra ni signo que no suene, huela, sepa, a amor. Suprimid el sentido de esa palabra en el Evangelio y lo trocaréis de libro de la Vida, de la Luz y de la Paz, en fábula de absurdos y quimeras.


El Evangelio es la conjugación de los grandes verbos del corazón: amar y entregarse.
San Pablo, que ha expresado en esas dos palabras toda la obra redentora de Jesús: “Me amó y se entregó por mí”, ha definido del modo que puede ser definido con palabras de la tierra, ese Arca de los tesoros de Dios, al Corazón de Jesús: “El que me amó y se entregó a Sí mismo por mí”. ¡Así! ¡Sin adverbios que limiten, condicionen o califiquen la acción inmensa de esos dos verbos! El Evangelio es el relato de una vida y de una doctrina, no sólo de un Jesús que pasó, que hizo, que dijo..., sino de un Jesús que está viviendo en el cielo y en los Sagrarios de la tierra, en su Cuerpo místico, la Iglesia, y en el alma de los justos...

Ese libro, en suma, escrito ayer, cuenta con palabra infalible lo que Jesús hizo y dijo ayer, amándome y entregándose por mí. Lo que hace y dice hoy. Y lo que hará y dirá mañana y eternamente, conjugando los mismos verbos:
amar y entregarse. Este aspecto del Evangelio me regala con esta gratísima noticia: Por él yo puedo sentir las palpitaciones del Corazón de Jesús, no ya durante un período de su acción o de su vida, sino de todos los períodos y de toda su vida mortal, celestial, eucarística, mística y eterna...

Grande, interesante, revelador es siempre el Evangelio como doctrina y como historia. Pero cuando con ojos de fe viva, miro sus páginas y las veo moverse, subir y bajar suavemente, como suavemente baja y sube el pecho a impulso del corazón que guarda adentro; cuando siento que aquel subir y bajar con la sístole y la diástole del Corazón más grande, más generoso, más incansable, más inverosímilmente amante y dadivoso, el libro ya no es libro, sino un pecho vivo. La palabra escrita es una palabra hablada. El ayer es hoy. El mañana la eternidad. El milagro contado es milagro repetido. El misterio de la doctrina no es misterio, sino claridad de mediodía. La fe y la esperanza casi, casi, se van eclipsando, porque por entre letra y letra, renglón y renglón, van saliendo rayos de un sol, el sol del Amor...
¡Jesús descubriendo su Corazón y repitiendo: “Yo soy” con palabra de luz y de fuego!...

Pero también es cierto que así como por la lanzada del soldado quedó
“abierto el costado” de Jesús y por esa abertura podía verse y tocarse su Corazón de carne, por el espíritu de fe y mejor, por el don de su Espíritu Santo, a través de cada palabra del Evangelio de Jesús, puede verse y sentirse su Corazón, y por tanto, que no hay que escribir un libro sobre lo que es Él, sino dedicarse a “buscarlo” en el gran libro, en el libro eterno de su Evangelio.

Ésa, ésa quisiera yo que fuera la ocupación de los ojos y de las inteligencias de los cristianos, leer y contemplar el Evangelio,
“buscando” el Corazón de Jesús sin parar hasta encontrarlo".

Beato D. Manuel González, Así ama Él, en O.C., Vol. I, nn. 240-245.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Dimensión social y "revolucionaria" de la espiritualidad del Corazón de Jesús


Algunas veces el cristianismo ha sido dirigido por la ideología en lugar de la teología; entonces ha sido simplemente una fuerza político-ideológica para justificar revoluciones contra sistemas. Leído en clave marxista, el Evangelio devenía en motor de revueltas y levantamientos incluso armados al servicio de la lucha de clases. Se pensaba que el Reino de Dios se conquistaba por las armas porque el Reino del que hablaban era un nuevo sistema político, un nuevo orden social, y el hombre nuevo no era el hombre redimido, sino el que era libre frente al sistema y constituía un nuevo poder, muchas veces dictatorial, simulando igualdad, llenándose la boca con la palabra “derechos”. Y si bien es cierto que muchos sistemas políticos son injustos, que muchas estructuras aplastan al hombre, que muchos derechos son conculcados, el camino cristiano ni es la revolución armada ni es el cambio de sistema. El problema es más hondo: es el corazón del hombre el que es injusto, el que es opresor, el que es tirano cuando se deja guiar por la carne, por sus concupiscencias, generando una atmósfera de pecado y de mal.

¿Cuál es la verdadera revolución cristiana? ¡La caridad, el amor sobrenatural!, porque es capaz de perdonar, de reaccionar al mal con el bien, envainando la espada y construyendo un nuevo orden social desde la caridad cristiana (que es siempre mayor que la mera justicia).

“La propuesta de Cristo es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este "plus" viene de Dios: es su misericordia, que se ha hecho carne en Jesús y es la única que puede "desequilibrar" el mundo del mal hacia el bien, a partir del pequeño y decisivo "mundo" que es el corazón del hombre.

Con razón, esta página evangélica se considera la charta magna de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante el mal —según una falsa interpretación de "presentar la otra mejilla" (cf. Lc 6, 29)—, sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12, 17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. Así, se comprende que para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad.

El amor a los enemigos constituye el núcleo de la "revolución cristiana", revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los "pequeños", que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida” (Benedicto XVI, Ángelus, 18-febrero-2007).

Así vemos que, en definitiva, la espiritualidad del Corazón de Jesús es eminentemente social, porque quien se entrega a Cristo vive un amor “revolucionario” nuevo generando un orden justo, humanísimo, fruto de amor a Cristo y al hombre.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El Evangelio sin glosas o el martirio de vivir en cristiano


Las afirmaciones de Cristo en absoluto son ambiguas, sino claras y firmes. Nadie se puede sentir engañado por Él, nadie ignorante de las directrices marcadas por Él, del camino señalado por Él. “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo” (Mt 16,23). Para seguirle en la libertad conquistada por su sangre, hay que despojarse de todo lo que estorba a esa libertad, a saber, el propio pecado, las tendencias pecaminosas del corazón, los caprichos del alma, o, en lenguaje paulino, mortificar la carne con sus concupiscencias que nos hacen carnales y terrenos. Para llegar a ser el hombre nuevo, el hombre viejo debe ir desapareciendo. El ropaje de mármol de nuestras concupiscencias y orgullos debe ser esculpido con golpes secos y precisos para que salga a la luz el hombre nuevo. Esos golpes son dolorosos a la par que necesarios. En lenguaje cristiano: mortificación interior, penitencia, espíritu de sacrificio. En lenguaje psicológico: madurez, autodominio, control de sí mismo, percepción ajustada de sí mismo y de la realidad...

Uno de los aspectos de la mortificación interior, que exige libertad y desprendimiento de sí mismo, es vivir según el Evangelio, tal cual, sin adiciones ni problemas de exégesis tibia. Se entra así en la dinámica martirial (testimonial por tanto, de la Verdad) inherente a la existencia cristiana:

“Aunque son pocos relativamente los llamados al sacrificio supremo, existe sin embargo "un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios" (Veritatis splendor, n. 93). Realmente, a veces hace falta un esfuerzo heroico para no ceder, incluso en la vida diaria, ante las dificultades y las componendas, y para vivir el Evangelio sin glosa” (Juan Pablo II, Ángelus, 29-agosto-2004).

Aquí está el martirio: “vivir el Evangelio sin glosa”. Es decir, tomarlo tal cual, sin interpretaciones acomodaticias que lo vuelvan cómodo, fácil, agradable, aguando el vino del Evangelio, convirtiéndolo en una sal sosa, en una fuerza inmóvil. El proceso que degenera en tibieza y en mediocridad es traer el Evangelio hasta mí y amoldarlo a lo que yo vivo y soy y siento, en lugar de ser yo el que me sitúe frente a Él y ser yo quien me amolde y configure a Él. El proceso degenera en falta de calidad cristiana, de elevación espiritual, cuando lo que el Evangelio me presenta lo interpreto como “exageraciones” ("no hay que exagerar", "Dios no pide tanto", "Dios es Padre..."), tal vez de otros tiempos, pero que hoy apenas tienen sentido. Lo interpreto rebajándolo, lo traduzco según me deje igual y no me vaya a cuestionar ni me pida cambiar. Tomo el Evangelio pero no lo tomo en su integridad y belleza, sino seleccionando páginas, elaborando mi propio canon dentro del canon. Y esto, que se hace tanto en la “exégesis más profesional y científica” como en la predicación, ocurre igualmente en el plano personal. Se pretende convivir con el Evangelio y con la mentalidad (secularizada) del mundo; se busca lograr una síntesis moderna del Evangelio eludiendo el aspecto básico: “el negarse a sí mismo”. ¿En qué se queda el Evangelio, en qué queda Cristo mismo? En un simple manual filantrópico, en un bello libro de ejemplos para ser buenos, solidarios, transformar el mundo (¡pero sin transformar a la persona por la conversión!); es un antropocentrismo que nada que tiene ver con el humanismo cristiano; es el liberalismo como clave de interpretación de todo.

“Vivir el Evangelio sin glosa”: entonces es cuando Cristo se convierte en la medida de todo, esto es, del pensar, del ser, del actuar, del decidir. Habrá que volver en otra ocasión sobre este tema.

sábado, 22 de agosto de 2009

La lectio divina


En los caminos de renovación de la Iglesia, los caminos de verdad y no las ilusiones y fantasías secularizadoras de quienes quieren renovar arrasando y arrancando, la escucha de la Palabra de Dios es uno de los pilares. La espiritualidad siempre es bíblica, porque el hombre es oyente de la Palabra que recibe la revelación de Dios, la acepta por fe (asentimiento racional), la pone en práctica. A Dios escuchamos cuando leemos la Palabra, a Dios hablamos cuando oramos.

La Palabra es elemento fundamental de la liturgia: unas veces en la forma de textos bíblicos que se proclaman en el ambón –lugar santo, reservado sólo para la Palabra-, otras veces en la forma de textos litúrgicos, que son composiciones de la Iglesia al hilo de la Palabra revelada (es la Palabra hecha oración). Las lecturas se proclamaron en la lengua popular para que fuesen entendibles, pero faltó y sigue faltando la degustación de la Palabra en la oración personal de tal manera que adquiramos una comprensión sapiencial, del corazón y de la mente, de los tesoros bíblicos. Una forma elástica, adaptable a tiempo y circunstancias de cada uno, es la antigua lectio divina, método patrístico que el monacato sistematizó y que se empieza lentamente a extender hoy para todos. ¡Qué buena práctica realizar la lectio divina en la capilla del Sagrario o ante el Santísimo expuesto! ¡Qué recomendable conocer el Corazón de Cristo y sentirlo palpitar al leer, meditar, contemplar y orar su Palabra!

“La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio; y en su camino se orienta siempre según el Evangelio. La constitución conciliar Dei Verbum ha dado un fuerte impulso a la valoración de la palabra de Dios; de allí ha derivado una profunda renovación de la vida de la comunidad eclesial, sobre todo en la predicación, en la catequesis, en la teología, en la espiritualidad y en las relaciones ecuménicas. En efecto, la palabra de Dios, por la acción del Espíritu Santo, guía a los creyentes hacia la plenitud de la verdad (cf. Jn 16, 13).

Entre los múltiples frutos de esta primavera bíblica me complace mencionar la difusión de la antigua práctica de la lectio divina, o "lectura espiritual" de la sagrada Escritura. Consiste en reflexionar largo tiempo sobre un texto bíblico, leyéndolo y releyéndolo, casi "rumiándolo", como dicen los Padres, y exprimiendo, por decirlo así, todo su "jugo", para que alimente la meditación y la contemplación y llegue a regar como linfa la vida concreta. Para la lectio divina es necesario que la mente y el corazón estén iluminados por el Espíritu Santo, es decir, por el mismo que inspiró las Escrituras; por eso, es preciso ponerse en actitud de "escucha devota"” (Benedicto XVI, Ángelus, 6-noviembre-2005).


Nos libraríamos de muchos problemas de la falsa exégesis de hoy, desacralizadora, imaginativa y sólo alegórica, si tomásemos la Palabra en el contexto de la Tradición y la orásemos lenta y amablemente en el Sagrario. Otra teología se produciría, otra catequesis más honda se impartiría, otro alimento más sólido recibiríamos en la oración.