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viernes, 28 de junio de 2019

Pastoral desde el Corazón de Jesús (y II)



            “En Cristo están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer” (Col 2,3). 

          El Corazón de Jesús es un abismo de sabiduría, ya que Él mismo es la Sabiduría de Dios. Él, el Misterio que estaba oculto por los siglos y que ahora nos ha sido revelado. La pastoral, el apostolado y la devoción al Corazón de Jesús también impulsan al conocimiento de Cristo. La formación, la catequesis de adultos, las clases de teología, el estudio, los retiros, los círculos de formación son medios imprescindibles y urgentes para conocer la sabiduría de Cristo, para ser partícipes de su sabiduría. Él nos revela al Padre, nos ofrece la luz de un conocimiento superior y excelso, ya que Él es la Luz del mundo, la Verdad que nos salva. La formación cristiana, renovada, actualizada, es parte del apostolado y de la devoción al Corazón de Jesús. Conocerle para amarle, pues sólo se ama lo que se conoce. 



          El ejercicio de la meditación orante, del trato personal con Él, nos introduce en la intimidad de su Corazón para saber qué hace y qué dice, cómo es y cómo ama, el corazón de Cristo. Y la mejor fotografía del Corazón de Jesús, en expresión del Beato D. Manuel González, Obispo de los sagrarios abandonados, la mejor fotografía del Corazón de Cristo, la más actual y viva, es el Evangelio, la lectura orante y amorosa de la Palabra de Dios a la luz de la lámpara del Sagrario. Conocer al Señor, sí, mucho, cada vez más; conocer al Señor para amarle.

           ¿Quiénes harán este apostolado? ¿Cómo han de ser los sacerdotes que lleven a acabo esta pastoral? Todo se encerraría en un solo y único concepto: enamorarse de Cristo. Aquí está el todo. Dejarse enamorar por Cristo que con lazos de amor nos atrae hacia Él; dejarse enamorar por el Señor que nos seduce, que nos busca, que nos lleva a la intimidad de su amor. Dejarse enamorar, no poner resistencias a su amor, no quedarse fríos e indiferentes ante su amistad. ¡Dejarse enamorar por el Corazón de Jesús!, porque el Señor te sigue buscando y rodeando con su amor, y quiere conquistarte y ganarte para Él. 

Enamorarse. 

martes, 25 de junio de 2019

Pastoral desde el Corazón de Jesús (I)

            ¡Corazón de Jesús, felicidad de los santos, ten piedad de nosotros!

            La devoción al Corazón de Jesús, el amor al Corazón de Cristo, conlleva un modo concreto para la pastoral de la Iglesia; conlleva e implica una forma de apostolado en medio del mundo. No es una devoción liviana o pasajera, intimista o superficial, que distraiga al alma de la tarea de su santificación o de la transformación del mundo según el plan de Dios. La verdadera devoción suscita el apostolado y la pastoral; hace brotar corrientes de evangelización, de santificación y transformación.



            Extraigamos las consecuencias y dejémonos llevar por el Corazón de Cristo.

            El catolicismo se compendia en el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús; el catolicismo, si se pudiera definir así, es una “religión del amor”, del Dios Trinidad que tanto amó al mundo que envió a su Hijo Unigénito para salvar al hombre. Aquí, en la Iglesia, los hombres deben poder encontrar el ámbito y la experiencia del Amor de Dios. El anuncio que hemos de proclamar es “Dios te ama, Cristo ha venido por ti” (Christifideles Laici, 17); hemos de gritar y confesar: “No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo Redentor… Sólo él conoce lo que hay en el hombre. ¡No tengáis miedo!”

            La vida misma de la Iglesia ha de ser un sacramento, un signo de amor; convertir cada comunidad cristiana en una comunidad de amor, amor que se abre y se difunde, que acoge y perdona, que redime, salva y cura al hombre tal y como es el amor del Corazón de Jesús. ¡Todo amor! Jesús es todo amor, todo misericordia. Por tanto, un verdadero apostolado desde el Corazón de Jesús, será construir la Iglesia y aportar cada uno su esfuerzo generoso para que el catolicismo muestre su verdadero rostro de amor. Sobrarán, entonces, en la Iglesia, tantas costumbres heredadas que, distorsionadas, sólo sirven para provocar la vanidad de los títulos, de los cargos, de los grados de antigüedad, acompañadas tantas veces de la prepotencia soberbia del “siempre se ha hecho así” sin dejarse guiar por los pastores de la Iglesia.

viernes, 8 de junio de 2018

¡Corazón de Cristo!



¡Corazón de Cristo, fuente de vida y santidad, delicia de todos los santos!

            Llena de tu amor a tu Iglesia, a tu Esposa: hazla cada día más inmaculada y santa, “sin mancha ni arruga” (Ef 5,27), para que testimonie y manifieste tu amor. Que tu Iglesia sea una: que en Ella no existan divisiones, que no haya lugar para la rivalidad y el enfrentamiento entre carismas, espiritualidades, movimientos; que no haya ambiciones ni deseos de protagonismo que minan la credibilidad, ni el arribismo en aras de conseguir privilegios o puestos de importancia, el “intento de llegar ‘muy alto’, de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir... llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo” (BENEDICTO XVI, Hom. Ordenac. Sacerdotal, 7-mayo-2006). ¡Reine el amor en tu Iglesia, reine tu mismo amor! Así tu Iglesia, con la sencillez de la caridad cristiana, pobre, humilde y libre, servirá mejor al hombre de hoy, en los nuevos desiertos en que vive. Haznos disponibles para “conservar y acrecentar la virtud pastoral de la Iglesia, que la presenta, libre y pobre, en el comportamiento que le es propio de madre y maestra, amorosísima con sus hijos fieles, respetuosa, comprensiva, mas cordialmente invitante con aquellos que aún no lo son” (PABLO VI, Disc. en el rito de coronación, 30-junio-1963)..

            ¡Corazón de Jesús! Mira a tus sacerdotes que son escogidos por Ti con amor de predilección; haz que sean “pastores según tu corazón, que apacienten a tu pueblo con saber y acierto” (Jr 3,15), con un corazón indiviso, llenos de celo apostólico, con cierta y comprobada caridad pastoral, que amen a su rebaño, a sus fieles, y se entreguen a ellos, se gasten y desgasten por ellos sin buscar otra cosa que el bien de las almas y tu gloria, que “no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor... un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto” (BENEDICTO XVI, Hom. Ordenac. Sacerdotal, 7-mayo-2006). Haz, Señor, que tus sacerdotes te amemos cada día más; con mayor unción y delicadeza celebremos la Santa Misa, promovamos el culto eucarístico y la adoración a tu Cuerpo, siendo nosotros los primeros en estar contigo en el Sagrario, reparando e intercediendo por tu pueblo, “permaneciendo con frecuencia en oración de adoración [eucarística] y enseñándola a los fieles” (cf. BENEDICTO XVI, Disc. al clero, Varsovia (Polonia), 25-mayo-2006); que con perseverancia estemos en el confesionario todos los días para dispensar tu misericordia, como nos exhortaba el papa Benedicto: “servid a todos; estad a su disposición en las parroquias y en los confesionarios” (Discurso al clero, Varsovia (Polonia), 25-mayo-2006); que pongamos todo empeño, cuidado, preparación y solicitud en la predicación, sea cual sea, transmitiendo la sana doctrina.

miércoles, 6 de junio de 2018

¡Corazón de Jesús!



¡Corazón de Jesús, en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad, ten misericordia de nosotros!

          Grande es tu amor, Señor; tan grande e inconmensurable, que te has hecho uno de nosotros, igual a nosotros en todo, excepto en el pecado. De esta forma, Jesús, asumes todo lo humano y lo redimes; más aún, has hecho una auténtica experiencia humana para poder sanar de raíz nuestro corazón, siempre inclinado al pecado, y elevarnos a Ti, haciéndonos participar en la naturaleza divina.

            Tu Corazón, Señor, es el centro de toda tu Persona; la sede de la voluntad y de los sentimientos más nobles y puros; entrar en tu Corazón es penetrar en tu Persona misma, en tu misterio, en tus entrañas de misericordia; asomarnos a tus llagas, cuales ventanas, es ver la riqueza desbordante de tu personalidad: todo amor, amor hecho Carne, amor humanado en tu santa Encarnación; amor recio y nada pueril, que ama hasta el extremo de dar tu vida por nosotros, por todos y cada uno de nosotros. “¡No hay mayor amor que quien da la vida por sus amigos!” (Jn 15,33). ¡Qué decisivo y vinculante poder decir: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20)!

            En ti “habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2,9) y, al mismo tiempo, en tu santa humanidad, “amaste con corazón de hombre” (GS 22).

            El secreto del cristianismo no radica en una moral o en un pensamiento o ideologías; el secreto del cristianismo es dejarse fascinar por Ti, entusiasmarse por Ti, vivir en el asombro de tu amor, compartir la vida contigo. El secreto y la fuerza misma del cristianismo es tu Corazón: de aquí nace la verdad de la fe, la pasión y el amor por Ti y los hermanos, la entrega de la vida a Ti en el servicio a la Iglesia; el apostolado, el sacrificio, la oración. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).

domingo, 17 de septiembre de 2017

El altar y el corazón

Cuando en la iglesia vemos el honor que merece el altar, debemos elevar los pensamientos.

El altar es revestido de manteles, con flores y cirios; se venera con una inclinación profunda cada vez que se pasa delante de él; el sacerdote lo besa.


Es una Mesa santa, el ara del sacrificio, el signo de Cristo, roca de la Iglesia, piedra angular.

Es el símbolo de la Mesa celestial, allá donde Cristo invita a todos los que quieran acudir, con el traje de bodas, a las nupcias del Cordero y la Iglesia.

Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.

viernes, 23 de junio de 2017

Amando como Cristo nos amó (y II)




Para amar, caminar juntos

            El amor hace que se camine en unidad, juntos hacia una misma meta: la santidad. El amor hace que se camine juntos (en amistad, en fraternidad, en matrimonio) hacia una misma dirección. ¿Y cómo se va caminando juntos?

*         Sentirse uno seguro de sí mismo sin mirar al otro como a un rival o un oponente, sino como compañeros, mutua ayuda. El bien o el éxito del otro es una alegría sincera para el que ama. “Tened sentimientos de humildad unos con otros” (1P 5,1), y, “nada por rivalidad ni por vanagloria, sino todo con humildad... no buscando el propio interés” Flp 2,3ss).

*         El amor verdadero, como siempre está pendiente del otro para servirle, para ayudarle, al caminar juntos, quita las posibles piedras y evita tropiezos. Quiere que el otro haga el camino –la vida misma- lo más agradable y cómodamente posible. Se camina juntos -¡se es uno!- allanando los caminos. Al Señor se le preparan los caminos (“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”, Mc 1,3), y al mismo tiempo se le sigue (“Sígueme”, Mc 2,14), sabiendo que Él camina junto a cada uno: “nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 22). Es así como el Señor nos enseña a amar, compartiendo y caminando juntos.

*         El amor verdadero, caminando con el otro, irá respetando y reconociendo los carismas personales, los valores, apreciándolos y estimulando (el amor jamás ve al otro como un rival); “tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados... Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido (1P 4,8.10).
A medida que caminan juntos más se aman, más se ayudan, más se potencia lo bueno de la persona a la que se ama. El que ama hace que el otro “consiga ser mejor persona”. Y compartiendo esa complementariedad, el amor “se hace fuerte como la muerte” (Cant 8,6).

Para amar, saber hacerse presente

            Ilumina mucho una estrofa del Cántico espiritual de S. Juan de la Cruz:

            “mira que la dolencia
            de amor no se cura
            sino con la presencia y la figura”.

            El que ama “está presente”, se “hace presente” en la vida del otro. Los pequeños detalles lo permiten. ¿Cómo podríamos expresar ese “estar presente”?

martes, 20 de junio de 2017

Amando como Cristo nos amó (I)



   
         En la escuela del Corazón de Cristo, aprendemos a amar. ¿Quién va a entender estas catequesis; quién querrá hacerlas suyas? Me remito a San Agustín que decía al predicar sobre el amor cristiano:

“Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo... Dame un corazón que desee y tenga hambre; dame un corazón que se mire como desterrado, y que tenga sed, y que suspire por la fuente de la patria eterna; dame un corazón así, y éste se dará cuenta perfecta de lo que estoy diciendo; mas si hablo con un corazón helado [gélido, frío], este tal no comprenderá mi lenguaje” (In Io. Ev. 26,4).   

Escucha, aplica los sentidos de tu alma y vayamos juntos a la escuela del Corazón de Cristo, pues discípulos suyos somos, oyentes de sus enseñanzas, imitando el modelo que vemos en Él.

Para amar, descubrir la belleza del corazón del otro
           
-          El amor verdadero se fija en la persona misma y no en lo exterior. El amor genuino mira con los ojos del corazón y sabe descubrir la belleza interior de la persona que otros, a lo mejor, no ven ni saben barruntar. Y porque ama y ve lo bueno y verdadero del otro, lo valora y lo va sacando a la luz. El Señor “no se fija en las apariencias, sino que mira el corazón” (1S 16,7). El cristiano, amando y por amor, valorará “todo lo que es justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito” (Flp 4,8).

-          Cada persona, por su imagen y semejanza de Dios, tiene una infinita capacidad de amar, pero acomodada al ser y temperamento personal, porque cada persona es única. La paciencia, también en esto, significa respetar, reconocer y aceptar estas dificultades, hacer un rodaje juntos donde su pulen las aristas, aprendiendo de “la paciencia de Dios que es nuestra salvación” (2P 3,15); así el amor “espera sin límites, disculpa sin límites” (1Co 13,7) y aprende a “sobrellevarse unos a otros por amor” (cf. Col 3,13).

miércoles, 31 de agosto de 2016

El corazón que participa en la liturgia (III)

La participación interior en la liturgia es un ejercicio constante de la vida teologal en nosotros. Infundidas gratuitamente en el bautismo, las virtudes teologales nos capacitan para la vida sobrenatural y ejercen en nosotros una dirección clara: sólo Dios.


En la liturgia, la participación sólo puede tener como motores internos la fe, la esperanza y la caridad. Así participar es vivir un profundo espíritu de fe en la liturgia y amar intensamente a Dios acogiendo su amor que se derrama en nosotros.

El espíritu mundano -espíritu que viene del padre de la mentira- fácilmente se puede introducir y desvirtuar esta participación en la liturgia trocándola por sus contrarios: arrogancia, protagonismo, soberbia, orgullo... como también rutina, cumplimiento, distracción...

Si lo teologal es desarrollado, la participación interior de los fieles se ve acrecentada y se vivirá la liturgia como una realidad profundamente espiritual y santa.


            Para participar realmente en la liturgia, el corazón del cristiano debe vivir según las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Ni asistimos a un ceremonial de obligado cumplimiento, una función religiosa para deleite de los sentidos, ni a un recuerdo subjetivo (psicológico) de algo del pasado que nos mueve al compromiso ético. Somos participantes de la actualidad del Misterio de Cristo, siempre presente en la liturgia. Sólo la fe intensa y viva conduce a participar; la fe rebosante de amor a Dios, de caridad sobrenatural.


jueves, 18 de agosto de 2016

El corazón que participa en la liturgia (II)

Se está en presencia de Dios, con la devoción, atención y respeto de los ángeles y de los arcángeles, porque la liturgia es un servicio santo, el homenaje de nuestro devoto servicio a Dios.

Ésta es una perspectiva de la participación interna, interior, de los fieles en la liturgia.





Una serie de virtudes espirituales o disposiciones interiores deben darse para que el corazón viva la liturgia y trate santamente las cosas santas, esté santamente ante las cosas santas.



            Para que la ofrenda eucarística, incluyendo la ofrenda que cada uno hace de sí mismo, pueda ser agradable a Dios Padre todopoderoso, es necesario que el corazón esté revestido de unas virtudes concretas. Es decir, la participación en la liturgia, cuando se da realmente en el servicio divino, atiende al corazón. El estilo desenfadado, informal, que trivializa para parecer aparentemente más cercano; la falsa familiaridad, el tono catequético para todo (convirtiendo la liturgia en logos y cayendo en verbalismo) o el tono rutinario, monótono y cansino; todo esto choca frontalmente con lo que antes veíamos, el carácter sagrado y el servicio divino, que eso es la liturgia.

            La primera virtud, o el primer modo, es la “dignidad”; es la cualidad de lo digno, la excelencia, el realce, la gravedad y el decoro. La dignidad corresponde a aquello que realmente es importante, y, en nuestro caso, santo: la liturgia de Dios y para Dios. La dignidad se reserva para cuando se está delante de alguien superior o en algo realmente importante, y eso mismo es lo que ocurre en la liturgia: estamos ante alguien superior, Dios, el Señor, y ante lo realmente importante: glorificarle. Es una concepción teológica y teologal de la liturgia, no utilitarista, secularizada, humanista, antropocéntrica.


jueves, 21 de julio de 2016

El corazón que participa en la liturgia (I)

Ofrecernos junto con Cristo es la primera disposición interior para que la participación en la liturgia sea auténtica participación. Había que responder a estas preguntas: ¿qué ofrecemos? ¿cómo nos ofrecemos? ¿qué incluimos en la ofrenda? ¿De qué modo se realiza la participación interior, la propia del corazón? ¿Cuáles son las disposiciones íntimas, espirituales? 





Pensemos -y no olvidemos- que una verdadera participación en la liturgia conduce a que lleguen “a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí” (SC 48).


Sabiendo estonces el sentido profundo que toda liturgia de tiene de ofrecer y ofrecernos, veamos ahora cómo es el corazón que participa, cuáles son sus virtudes o sus cualidades para que sea una liturgia santa y participativa... porque lo que importa es el corazón -no el activismo de 'hacer' o 'intervenir' o tener 'un minuto de gloria' subiendo al presbiterio-. Siempre "lo esencial es invisible a los ojos": vayamos pues al corazón de los fieles.

El corazón debe ser muy consciente de participar en la liturgia sabiendo que está en presencia del Dios Altísimo, de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu.

¡Se está en presencia de Dios!


            La liturgia es opus Dei, obra de Dios, así como un divino servicio. Es algo santo y sagrado porque proviene de Dios mismo que nos permite estar en su presencia y servirle; es santa y sagrada la liturgia porque en ella estamos ante Dios mismo, y debemos reproducir el mismo espíritu de fe, respeto y adoración de Moisés ante la zarza ardiente que se descalza porque está en terreno sagrado ante el Dios vivo (cf. Ex 3,1-8).

            Se nos inculca un sentido profundamente religioso, la conciencia de una Presencia, sin los resabios secularistas donde el hombre es el centro y la liturgia parece una fiesta humana, una comida de amigos. 

jueves, 9 de junio de 2016

Plegaria: expuesto el Corazón de Cristo (S. Juan de Ávila)

Nuestra oración -esta plegaria de hoy, de san Juan de Ávila- no sale de su asombro al ver cómo el Corazón de Cristo está expuesto y ofrecido a todos para que lo roben y lo posean y lo amen.

Nada se reserva Cristo: todo Él se da.

Nada oculta Cristo: sus llagas son ventanas para ver su interior.


Todo en Él es amor, todo anuncia su amor, todo convida a su amor.

Su acción en nosotros es acción del amor de su Corazón; y así actúe o deje de actuar, hable o calle a nuestra alma, etc., todo es acción del amor de su Corazón.

¡Quién pudiera acercarse y vivir palpitando junto al corazón de Cristo!



Amor divino de Dios: su Corazón


            Tú, Señor, ¿no dijiste: Con toda guarda guarda el corazón porque de él procede la vida? (Prov 4,23). Y si la vida de nuestro cuerpo procede del corazón, y por eso mandas que lo pongamos a buen recaudo, ¿por qué no pones tú a mejor recaudo tu corazón, pues de él procede la vida del nuestro y es fuente de vida, por el cual viven todas las cosas vivas en el cielo y en la tierra?

viernes, 3 de junio de 2016

Querer con el amor de Jesús (y II)



Para amar, no buscar ser amado

            El amor siempre es un continuo darse. Cristo es el ejemplo máximo y la norma de referencia absoluta al amarnos primero: “como yo os he amado” (Jn 13,34). Ver el amor de Cristo –experimentarlo- es aprender a darse como Él se dio: “habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).


            Amar no es buscar ser amado, querido, admirado, aplaudido: eso es egoísmo camuflado. “Si pues amas a Dios, ámale con amor de gratuidad. El verdadero amor no desea otra recompensa más que el mismo Dios a quien ama” (Serm. 165,4), y también dirá S. Agustín: “Si no te tengo a ti, ¿qué tengo? No quiero esperar de ti otra cosa que a ti mismo. Te amo gratuitamente y no deseo más que a ti” (Serm. 331,4). El amor ama, hace el bien –amor de benevolencia, sin buscar recompensa-, desinteresadamente, aunque por su dinamismo interno desee una respuesta libre de amor, ser correspondido.

            El amor es darse. Simplemente, aunque sobrevengan rechazos o falta de correspondencia, aunque incluya sacrificio, o dolor, o padecer con los problemas y la cruz del otro: “Llevad unos las cargas de los otros” (Gal 6,2); “nosotros, los fuertes, debemos llevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestra propia satisfacción como Cristo” (Rm 15,1).

            Se ama cuando con libertad, se comparte el propio ser y se entrega al otro y a los demás.

-          Una personalidad infantil necesita apoyo para todo; más que amar busca sentirse amado, reconocido, pero es incapaz de ningún sacrificio ni de amor pleno. Es muy distinto del “ser niño” (Mt 18,3-4) que aconseja Cristo, porque éste “ser niño” es sencillez y abandono en Dios: “no seáis niños en juicio. Sed niños en malicia, pero hombres maduros en juicio” (1Co 14,20); la infantilidad es inmadurez: los mismos discípulos, inicialmente tienen reacciones de infantilidad pretendiendo ser los más importantes (cf. Lc 9,46-48) o con reacciones de violencia cuando no son acogidos por los samaritanos (Lc 9,51-56).

-          Una personalidad adulta se siente plena cuando ama y se siente amado (sigue incluyendo el sacrificio y la entrega). La madurez humana del Corazón de Cristo permitió que su vida fuese “pasar haciendo el bien” (Hch 10,38).

martes, 31 de mayo de 2016

Querer con el amor de Jesús (I)



Como discípulos, entramos en la escuela de su Corazón para aprender a amar. “Ved ya aquí un gran misterio, hermanos. El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro. No penséis que nadie aprende algo de otro hombre. Podemos poner alerta mediante el sonido de nuestra voz, pero si no se halla dentro alguien que enseñe, el sonido que emitimos sobra. ¿Queréis una prueba? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia. El magisterio exterior no es más que una cierta ayuda, un poner alerta. Quien tiene su cátedra en el cielo es quien instruye los corazones... Quien instruye, pues, es el maestro interior; quien instruye es Cristo, quien instruye es su Inspiración” (S. Agustín, In ep. Io. 3,13).
           




            Pues entremos en su escuela, seamos discípulos con el alma abierta para recibir sus enseñanzas con atención. ¡Aprender a amar!

Para amar, respetar la libertad

            El amor, si es verdadero, busca el crecimiento integral del otro, busca su bien completo y verdadero, en todas las facetas y aspectos.

            Pero todo lo que impide el crecimiento del otro es un atentado contra la libertad. Donde no hay respeto –incluso admiración y legítimo orgullo por el otro-, no puede haber libertad, y estaríamos atropellando al otro. Hay que tener sumo respeto evitando cualquier clase de “dominación” o de “control” de la otra persona. Amar es que el otro sea él mismo, no plasmarlo a imagen y semejanza de uno mismo, o dominar y controlar quitándole espacio vital, casi como si fuera una competición y ver quién es más fuerte y controla y domina (en el matrimonio, siempre es un riesgo que hay que vigilar): “nada de rivalidades y envidias” (Rm 13,13c).  

viernes, 12 de junio de 2015

Amar como el Corazón de Cristo (y II)



2. Para amar, conocerse y aceptarse a sí mismo

            Si hay que amar al otro “como a uno mismo” (Lv 19,18; Mt 22,38-39), hay que saber amarse cristianamente a uno mismo: “Estímate en lo que vales” (Eclo 10,28b). Ese amarse a uno mismo no es egoísmo camuflado, sino una medida: nadie quiere el mal para sí mismo, ni pretende hacerse daño a sí mismo si está sano y equilibrado. Por tanto, amarse a uno mismo es bueno, conveniente y necesario para poder amar luego a los demás. Dice el libro de los Proverbios: “El que adquiere cordura se ama a sí mismo, el que sigue la prudencia, hallará dicha” (Prov 19,8).



Cuando uno no quiere bucear en su propia alma, conocerse y reconocer sus propias limitaciones, heridas, fracasos, complejos, miedos... será incapaz de amar. Quien vive fuera de sí mismo no puede ni sabe amar; quien no quiere o niega su interior, no sabe amar; quien no quiere pararse a pensar, a reflexionar sobre sí y aprender de sus errores, pecados y traiciones, no sabe ni puede amar... aunque por fuera parezca agradable, atrayente, simpático, centro de atención de los demás, encantador. Pero... ¡no sabe amar! En el fondo, huye de sí mismo.

            Para amar, hay que amarse a sí mismo, cultivar cristianamente el propio “yo”. Al hecho de ser “yo mismo” se llama autenticidad, la verdad de uno mismo, pues tan sólo desde esta verdad uno es libre para amar: sin caretas, ni máscaras, ni corazas. Y eso cuesta, y es difícil, como difícil es cambiar y entrar en la propia verdad, dejando la mentira de la propia vida, en la que se ha estancado uno durante años: “La verdad os hará libres” (Jn 8,32), también la verdad de uno mismo, iluminado por Cristo.

            Llegar a la verdad del propio yo es un camino de interioridad cristiana (“conocerse como Dios me conoce”, 1Co 13,12), tan marcado en la filosofía y espiritualidad de San Agustín. Algunas de estas tareas serán:

martes, 9 de junio de 2015

Amar como el Corazón de Cristo (I)



            Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado... En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros” (Jn 13,34).


           Como Juan reclinado en el pecho del Señor (Jn 13,25) sintiendo los latidos de su Corazón, y conviviendo con Él, aprendió a amar, fue instruido en el amor verdadero, así nosotros podremos aprender a amar de verdad: en el Corazón de Cristo descubrimos el amor verdadero, la verdad del amor y su entrega.

            Cuando el amor se confunde con un mero sentimiento, entonces no se sabe lo que es el amor, sino la pasión.
            Cuando el amor se confunde e identifica con la satisfacción personal, física o afectiva, sin tener en cuenta al otro, ni buscar el bien ni la felicidad del otro, eso es egoísmo, no amor.
            Cuando el amor se confunde y sueña con una persona “ideal”, pero sin aceptarla y quererla tal cual es, estamos en un amor romántico, fugaz, pasajero.

            O, simplemente, cuando uno vive pensando sólo en uno mismo, en su propio equilibrio, en su propia felicidad, en su propio bienestar, en ir a su aire, sin comprometerse con nada ni nadie, viviendo según los propios instintos y pasiones, incapaz de sacrificarse, incapaz de acoger con el corazón, incapaz de sufrir con nadie o por nadie, o alegrarse con las alegrías de otro, incapaz de molestarse por nadie o tener detalles, incapaz de expresar lo que hay en el corazón... ¡ése es un egoísta! Sólo piensa en sí mismo... y deberá acudir a la escuela del Evangelio, esa escuela que hallamos en el Corazón de Jesús y en el Sagrario: “Venid a mí... aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón” (Mt 11,28-29). Entremos en la escuela del Corazón de Cristo, allí aprenderemos “lo que trasciende toda filosofía, el amor cristiano” (Ef 3,19) y, así pues, “nuestro amor seguirá creciendo más y más en penetración y sensibilidad para apreciar los valores” (Flp 1,9)

            ¡Se puede aprender a amar!
            ¡Se puede vencer el egoísmo, paso a paso!
            ¡Se puede amar, es posible el amor!

            ¿Cuál es su raíz de este Amor para que podamos aprender a amar?

-          Que “Dios es amor” (1Jn 4,8).
-          Que Dios nos ha creado a “su imagen y semejanza” (Gn 1,26), creados para amar.
-          Que Cristo mostró su amor entregando su vida por nosotros: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8).
-          Que “Él nos amó primero” (1Jn 4,19), “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo” (1Jn 4,10).
-          Que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,33).
-          Y que su Amor sigue dándose para que amemos con Cristo y como Cristo, “teniendo los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Flp 2,5).

viernes, 27 de junio de 2014

Devoción al Corazón de Cristo (y II)



 Vayamos a la cuarta pregunta: ¿Cuáles son las aplicaciones prácticas de la devoción al Corazón de Jesús?


           La primera es la posibilidad de vivir nuestra vocación fundamental: la santidad, que consiste en un amor apasionado a Dios y un amor de entrega al prójimo. “Del Corazón del Redentor, de su costado traspasado nació la Iglesia, que se renueva incesantemente mediante los sacramentos. Procurad alimentaros espiritualmente con la oración y con una intensa vida sacramental; profundizad en el conocimiento personal de Cristo y tended con todas las fuerzas a la santidad, el "alto grado de la vida cristiana"” (Benedicto XVI, Discurso a una peregrinación de la diócesis de Verona, 4-junio-2005).

            La segunda aplicación espiritual que luego resulta ser muy práctica y cotidiana es la siguiente: si sabemos que somos de verdad amados por Dios en el Corazón de Cristo, nada nos puede faltar. Vivamos, pues, sin sobresaltos, ni agobios, ni angustias: su amor no nos va a fallar, y su Providencia rige amorosamente nuestras vidas. Esta aplicación, pues, tiene un nombre: abandono confiado en el Amor de Dios. ¡¡Él proveerá lo que es mejor para nosotros porque nos ama!!

            Señalemos una tercera aplicación: si el Amor de Dios es inmenso, y nos lo ha manifestado en Cristo Jesús, “nuestra paz será hacer su voluntad”. Vivir por amor la voluntad concreta de Dios, sea la que sea, se exprese de la forma en que se quiera expresar: vivir y hacer la voluntad de Dios, porque es para nuestro bien. Porque nos ama, queremos lo que él quiera, amamos lo que Él desee, no como una imposición externa, sino que, por ese amor, nuestra voluntad se une a la suya queriendo lo mismo. ¿Qué dice el Corazón de Jesús? “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34).

        La última pregunta es más fácil y breve de responder: ¿Cómo vivir esta devoción? ¿Cuáles son las prácticas de esta devoción?

martes, 24 de junio de 2014

Devoción al Corazón de Cristo (I)



            Deberíamos plantearnos hoy una serie de preguntas que nos ayuden a comprender y vivir mejor esta devoción absolutamente cristológica y de raigambre teologal. Y las preguntas, que luego iremos respondiendo para recibir luz, serán cinco:

 
             ¿Por qué hay una urgencia en la Iglesia para revitalizar la verdadera devoción al Corazón de Cristo?
            ¿Cuál es el núcleo de la devoción al Corazón de Jesús?
            ¿Qué valores encierra esta devoción?
            ¿Cuáles son las aplicaciones prácticas de esta devoción?
            ¿Cómo vivir esta devoción?

Primera pregunta: ¿Por qué hay una urgencia en la Iglesia para revitalizar la verdadera devoción al Corazón de Cristo?

            Aunque esta devoción ha pasado por alguna que otra crisis cuando se confundió con una devoción más, mezclada con aspectos excesivamente sentimentales, y vinculando esta devoción a una imagen concreta, una iconografía, que poco reflejaba su contenido profundo, hoy es urgente recuperar el contenido preciso, exacto, evangélico, espiritual y social que tiene el culto al Corazón de Jesucristo.

            Y es que “sigue siendo siempre actual la tarea de los cristianos de continuar profundizando en su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su vida” (Benedicto XVI, Carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús con motivo del 50º aniversario de la Encíclica Hauretis aquas, 15-mayo-2006). En la medida en que revitalicemos esta devoción al Corazón de Cristo, reavivaremos nuestra fe –tantas veces lánguida, mortecina, medio apagada por tantos combates y tantos cansancios, tan atacada y denostada- en el amor salvífico de Dios: reavivaremos nuestra fe sabiéndonos profundamente amados por Dios, acogidos por Dios, y recibiendo su Amor en nuestras vidas, transformando la existencia, dejándonos inundar por la corriente vivificadora de su Amor. ¡¡Sólo el Amor de Dios puede transformar el corazón, cambiar nuestro corazón de piedra, incapaz de amar, en un corazón de carne, como el de Jesucristo!!

La segunda pregunta: ¿Cuál es el núcleo de la devoción al Corazón de Jesús?

jueves, 12 de junio de 2014

Un corazón católico

El corazón, el centro de la persona, su motor, su afecto y su voluntad, puede adquirir una nueva forma, más nueva y amplia, más universal, si es católico.

Un corazón católico integra a todos en sí, abraza a todos y huye de lo que signifique cerrazón.


Un corazón católico mira más allá de sí mismo y ve a los demás, siente sus problemas, gozos, angustias y esperanzas.

Un corazón católico se dilata y se ensancha aprendiendo a amar más y mejor.

Un corazón católico edifica pensando en todos, valora lo de los demás, no ve su propio camino como exclusivo y obligatorio para todos, sino que respeta y potencia todo lo que sea eclesial.


martes, 9 de julio de 2013

El Creador y yo

Al final, al final de todo... nos damos cuenta de que lo único que cuenta es Dios Creador y uno mismo.

Al final, al final de todo... descubrimos que estamos a solas con el Solo, y que eso es lo único que vale y que sustenta la existencia.

Lo demás, en tanto en cuanto; lo demás, en Dios, por Dios, desde Dios, pero sin endiosar absolutamente nada (ni a nadie, claro): Dios, Dios, Dios.


Es una percepción nueva y liberadora: a solas con su Señor, así anda el cristiano que de verdad camina. Y quien no lo descubre, vive fuera de sí mismo, endiosando e idolatrando a cualquiera y cualquier cosa.

La experiencia personal de Newman fue así:

"Cuando tenía 15 años (en otoño de 1816) se produjo un gran cambio en mis pensamientos. Caí bajo la influencia de una creencia definida y en mi intelecto se imprimió lo que era el dogma, y eso, gracias a Dios, nunca se ha borrado ni oscurecido.
...Creí que la conversión interior de la que era consciente (y aún ahora, estoy más seguro de ello que de tener pies y manos) seguiría en mi vida futura y había sido elegido para la gloria eterna... Esta creencia influyó... en que concentrara todo mi pensamiento en los dos seres -y sólo en los dos seres- cuya evidencia era absoluta y luminosa: yo mismo y mi Creador" (Apol. 3, 107.108).

martes, 12 de junio de 2012

El Corazón de Jesús (II)

Cristo nos amó infinitamente, hasta el extremo, con un amor personalísimo por cada uno de nosotros. Para él, no somos un número, sino un rostro, un alguien a quien ofrecerse, porque conoce a cada oveja y la llama por su nombre propio.


Su amor infinito, inabarcable, suscita la respuesta de amor, compartiendo con Él sus sentimientos, entrando en su vida interior más profunda y adorando su Persona.

La espiritualidad del Corazón de Jesús es espiritualidad del amor, de la confianza sin límites, del abandono, de la amistad, así como de la expiación, la redención, la reparación, la intercesión... solidarios de la sed de salvación de Cristo para el hombre.