Ha sonado la hora de Dios para ti. El Sacramento del Orden te va a configurar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. El Espíritu ungirá tu alma. Tu Esposa será la Iglesia; tu amor, el del Corazón de Cristo; tu interés, edificar la Iglesia.
Ha llegado el momento que Dios había preparado para ti. Juntos hemos vivido este tiempo, preparando desde las cosas más materiales (qué fastidiosas, ¿verdad?) hasta las más espirituales. Juntos, como siempre que se puede o que nos dejan; juntos, con los lazos de la amistad, del afecto realmente fraterno, de la afinidad espiritual.
Ha llegado el momento que Dios había preparado para ti. Juntos hemos vivido este tiempo, preparando desde las cosas más materiales (qué fastidiosas, ¿verdad?) hasta las más espirituales. Juntos, como siempre que se puede o que nos dejan; juntos, con los lazos de la amistad, del afecto realmente fraterno, de la afinidad espiritual.
Ahora, como un hermano mayor, me dirijo a ti.
El sacerdocio es realmente grandísimo, un don incomensurable. Hay un amor de predilección previo, el de Cristo, y una pobre y débil respuesta nuestra, que le dice “Sí” y se deja llevar. En este ser conducido uno ve su propia indignidad e incapacidad, se asombra de las maravillas que la Gracia obra en los demás, acompaña en la vida de santidad, descubre la grandeza de muchísimas almas santas, entregadas, que contrastan con lo poco que uno es. El amor de Cristo te rodeará siempre incluso cuando no se percibe o se atraviese por algún desierto amenazador o la sombra de la Cruz se proyecte sobre nuestra existencia sacerdotal.
Conserva lo que eres; no lo pierdas. Guarda tu corazón. Ama a Cristo como ahora mismo lo amas y que nada enfríe tu afecto por el Señor. Ama a la Iglesia, mírala con los mismos ojos sencillos que ahora tienes aun cuando tendrás que descubrir mucha debilidad, flaqueza y pecado, y te duela y te escandalice. Ámala.
Conserva lo que eres; no lo pierdas. Guarda tu corazón. Ama a Cristo como ahora mismo lo amas y que nada enfríe tu afecto por el Señor. Ama a la Iglesia, mírala con los mismos ojos sencillos que ahora tienes aun cuando tendrás que descubrir mucha debilidad, flaqueza y pecado, y te duela y te escandalice. Ámala.

