miércoles, 17 de noviembre de 2021

La fe es un camino



“¿Cuál es la ruta que la fe nos descubre? ¿De dónde procede su luz poderosa que permite iluminar el camino de una vida lograda y fecunda, llena de fruto?” (Lumen fidei, 7).


            La fe nos pone en camino, nos traza una ruta. ¿Adónde nos lleva? ¿Cómo es que la fe es un camino? 



¿Hay que avanzar y progresar? 

¿No se tiene de una vez para siempre y ya podemos despreocuparnos? 

¿La fe no es quedarse quietecitos, estancados? 

¡La fe es camino! Siempre caminantes: así son los creyentes; siempre adelante, avanzando, progresando; nunca inmóviles, aletargados, pasivos, inertes.

 Para ese camino, la fe ofrece su luz y nos va llevando y guiando. No caminamos a tientas, vemos por dónde vamos paso a paso –no más allá, pero sí paso a paso- y conocemos la meta. Eso nos basta. 

El recorrido del camino entero sólo lo conoce el Señor y a cada uno lo va llevando por diferentes caminos y formas. Para entender mejor esto, hay que hacer una incursión en el pasado, ver “el camino de los hombres creyentes” (Lumen fidei, 8), comenzando por Abrahán y siguiendo por la fe de Israel, hasta llegar a la plenitud de la fe cristiana.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Valores espirituales de la adoración eucarística




 A la par que el aspecto pastoral, el aspecto espiritual de la adoración eucarística, una veta de espiritualidad como lo atestiguan tantos santos y almas eucarísticas. La adoración eucarística lleva a reconocer la presencia maravillosa de Cristo que cumple realmente su palabra cuando dice: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,29); en cierto modo a la petición de los discípulos de Emaús, “quédate con nosotros, Señor” (cf. Lc 24,29), Cristo responde con el don de la Eucaristía. 


La fe lo reconoce presente y los mismos signos litúrgicos, el trato, la reverencia, la delicadeza con el Sacramento revelan esa Presencia que se hace Compañía: se está ante el Señor y esos signos sensibles significan la Presencia real que quien los ve puede percibir  la grandeza del Misterio y adorar.

            La adoración eucarística invita a los fieles a la comunión de corazón con Jesucristo: “permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4). La adoración eucarística permite establecer una corriente dinámica de amor entre el Señor y el fiel; es una Presencia de amor que espera, suscita y pide una correspondencia en el amor, una entrega personal a Aquel que se entrega para que se llegue a la plenitud bautismal, “ser uno con Cristo” y poder afirmar como el Apóstol: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). La comunión es una realidad vital fundada en el amor donde hay una donación recíproca en libertad.

La instrucción Eucharisticum Mysterium, en el n. 50, ofrece unas preciosas indicaciones espirituales, de alto valor pedagógico y catequético, incluso mistagógico, que educan en la oración ante el Santísimo Sacramento, marcando los fines y el sentido de esta oración, y por tanto orientando tanto el espíritu de la oración privada como el tono de la oración comunitaria en forma de Hora Santa o celebración ante el Santísimo Sacramento –como puede ser alguna Hora del Oficio divino: Laudes o Vísperas-.

sábado, 13 de noviembre de 2021

Dinamismo y vida de la comunidad cristiana (y II)

Los dos primeros elementos, ya vistos, eran la predicación de los apóstoles que era asidua y la unión fraterna, como notas bien características de la comunidad cristiana recién nacida.

Faltan dos características por ver, siguiendo el sumario del libro de los Hechos de los apóstoles: la oración y la Eucaristía. Estos cuatro elementos, juntos, unidos, inseparables, marcan el rostro de la comunidad cristiana y siguen delineando hoy la fisonomía de cualquier comunidad que sea cristiana: parroquial, o monástica, etc.





            3. En las oraciones

            No había que demostrar nada: la oración era el aire que había que respirar, la fortaleza del Espíritu para caminar. Sería impensable el cristianismo sin oración. Se rezaba por la mañana y por la noche, cada cual en su casa o reuniéndose a veces en común, leyendo un texto de la Escritura, cantando salmos y rezando con las manos extendidas el Padrenuestro.

            Era una pequeña liturgia doméstica que se hacía muchas veces en familia; otras veces, a horas tempranas, se reunían presididos por el apóstol para la oración litúrgica en común, las Laudes.

            Se reunían para orar, leer la Escritura, cantar los salmos e interceder por las necesidades de los hombres. ¿Les sonaba extraño? ¿Una novedad, una improvisación del cristianismo naciente? Seguían la tradición judía, confirmada por los apóstoles, de la oración tres veces al día, en el Templo y/o en la reunión comunitaria.

jueves, 11 de noviembre de 2021

¿Cómo nos situamos ante la Iglesia?



A la reflexión sobre el ser y la misión de la Iglesia, sobre su naturaleza y misterio, debe seguir la adhesión cordial y fiel a la Iglesia y un examen de conciencia sincero: ¿Cuáles son nuestras disposiciones de espíritu? ¿Cuál es nuestro sentimiento profundo y personal, al menos el dominante, ante la Iglesia? ¿Cuál es nuestra actitud ante la Iglesia? 



“Ante esa Iglesia a la cual Cristo antes que nadie, como su Fundador, Maestro y Redentor, consagró tantos pensamientos, tantos deseos, tantas preocupaciones y, para decirlo todo con una palabra, tanto amor: “Cristo amó a la Iglesia, escribe san Pablo, y se entregó por ella” (Ef 5,25)” (Pablo VI, Audiencia general, 12-septiembre-1973).


            ¿Cómo nos situamos ante la Iglesia? ¿Y qué lugar ocupa la Iglesia en nuestro corazón?

            Unos se sienten indiferentes ante la Iglesia, la consideran un conjunto de instituciones, normas y ritos que nada serio tienen que ver con ellos. No atacan a la Iglesia, pero tampoco la sienten  como suya. Están dentro de la Iglesia pero como si no estuvieran; se desentienden de la vida y misión de la Iglesia y sólo quieren que la Iglesia esté a su servicio para determinados actos y para poder celebrar algunos sacramentos sin apenas incidencia en sus propias vidas. Su sentido religioso y su relación con Dios está atrofiado. La Iglesia se vuelve para ellos un simple templo, un edificio, una realidad distante de la que se desentienden y que, eso sí, se creen con derecho a exigir cuando algo quieren.

            Otros, en la Iglesia, se sitúan como críticos, que se creen poseedores de una verdad superior y que tienen siempre la solución a todos los retos y problemas pastorales mientras que la Iglesia, para ellos, siempre va con retraso, nunca acierta, necesita modernizarse, adaptarse a los tiempos y las modas. Estos críticos, por encima de la Iglesia, siempre miran con recelo a la Iglesia misma, a su Tradición y Magisterio, a sus pastores, a su liturgia, pretendiendo crear una Iglesia paralela, moderna, atractiva, que sólo existe en su mente. Son críticos destructores, llenos de amargura y resentimiento, que se disfrazan con el traje de “profetas”. Decía Pablo VI:


            “Hoy está bastante extendido este espíritu pesimista, que cuando se trata de la Iglesia sólo tiene ojos para denunciar sus deformidades, tanto las verdaderas como las falsas, y para sacar de aquí un argumento farisaico en alabanza propia y en condenación de ella. A estos críticos tan severos, y a veces influenciados por prejuicios, y carentes de generosidad, querríamos invitarles a una mayor serenidad: a aquella serenidad que hace posible el diálogo y que vuelve a encender el amor en el corazón. ¿Cómo podríamos pretender construir la Iglesia sin amor?” (Ibíd.).


martes, 9 de noviembre de 2021

Mecanismos de la liturgia (V)... ¿o falsas creatividades?



            6. Los añadidos y creatividades sí que hacen complicada la liturgia. Interrumpiendo el ritmo celebrativo, y por encima de las normas del Misal o de los respectivos libros litúrgicos, se introducen en la liturgia elementos extraños que requieren de sus correspondientes palabras (llamadas moniciones) para explicarlos. 




Sólo dos ejemplos pueden ilustrarnos.

            La presentación de las ofrendas siempre, ¡siempre!, ha consistido en una procesión en que los fieles aportaban el pan y vino necesarios para el Sacrificio eucarístico y dones para la iglesia o los pobres. El diácono los recogía y mientras se entonaba un canto que acompañaba la procesión. Pero se introdujeron las ofrendas “simbólicas”, tanto que ya no hay canto sino una monición explicatoria de qué significa lo que se ofrece (un libro, un rosario, una flor, unas sandalias, una guitarra, un balón…), y en lugar de una procesión, van de dos en dos, recorriendo la iglesia mientras está la monición. Terminado este nuevo rito, entonces se introduce un canto. 

¿No es esto complicar la liturgia? 
¿No es más claro realizar una verdadera procesión, uno tras otro mientras suena el canto o el órgano, aportando al altar toda la materia del sacrificio (sean dos, cinco o diez copones más el vino y el agua)? ¿Requiere mucha explicación ver avanzar una procesión que lleva al altar todo el pan y vino necesarios para disponer el sacrificio de la Eucaristía?