En las Escrituras, cuando se utiliza
la expresión cena o banquete referidos a Dios con el hombre, está ofreciendo
una visión preciosa: Dios quiere compartir su intimidad con el hombre,
ofrecerle un espacio de amor, en relación especialísima, un compartir gratuito
donde Dios, en Cristo Jesús, se quiere dar al hombre. Pero el uso expresivo, y
a la vez restrictivo, de la palabra “cena” tiene un contenido de seducción y de
amor, de confidencia que no es sino para la intimidad.
La Eucaristía es esta Cena
amorosa que el Señor ofrece y a la que el Señor llama. La Eucaristía –celebrada o
adorada en el Sagrario- es el espacio de comunicación, de un mutuo darse, de
una mirada de amor. Todo (los cantos, los signos, el modo de celebrar, el
silencio en la iglesia), todo debe apuntar a este Misterio grande de amor e
intimidad. Hay una mística (accesible a todos) en el misterio de intimidad
eucarística. Sea la voz de S. Juan de la Cruz:
“...La cena que recrea y enamora”.
“La cena a los amados hace recreación, hartura y amor. Porque estas tres cosas causa al Amado en el alma en esta suave comunicación, le llama ella aquí la cena que recrea y enamora.Es de saber que en la Escritura divina este nombre cena se entiende por la visión divina (Ap 3,20); porque así como la cena es remate del trabajo del día y principio del descanso de la noche, así esta noticia que habemos dicho sosegada le hace sentir al alma cierto fin de males y posesión de bienes, en que se enamora de Dios más de lo que de antes estaba. Y por eso le es él a ella la cena que recrea, en serle fin de los males; y la enamora, en serle a ella posesión de todos los bienes.



