miércoles, 9 de mayo de 2018

Iglesia, belleza, artistas (II)

Continúa el discurso de Pablo VI a los artistas, reconociendo cómo la Iglesia los necesita, necesita el arte y la belleza, y para ello hay razones poderosas.

¿Cuáles?

¿Por qué?




"¿Hemos de decir la gran palabra que por otra parte ya conocéis? Tenemos necesidad de vosotros.

Nuestro ministerio tiene necesidad de vuestra colaboración. Porque, como sabéis, nuestro ministerio consiste en predicar y hacer accesible y comprensible, es más, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. ¡Y en esta operación, que trasvasa el mundo invisible en fórmulas accesibles, inteligibles, vosotros sois maestros! 

Es vuestro trabajo, vuestra misión; y vuestro arte consiste precisamente en arrebatar del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabra, de colores, de formas y accesibilidad. Y no sólo una accesibilidad como la del maestro de lógica o matemática, que hace, sí, comprensibles los tesoros del mundo inaccesible a las facultades cognoscitivas de los sentidos y a nuestra inmediata percepción de las cosas. 

Vosotros tenéis también la prerrogativa de, en el acto mismo en que hacéis accesible y comprensible el mundo del espíritu, conservar su inefabilidad, el sentido de su trascendencia, su halo de misterio, esta necesidad de alcanzarlo en la facilidad y en el esfuerzo al mismo tiempo.

lunes, 7 de mayo de 2018

Toda parroquia, escuela de santidad, laboratorio de la fe

La parroquia -retengamos este concepto- es la gran comunidad cristiana, integradora, asentada en un territorio. Es la Iglesia entre las casas de sus hijos y de sus hijas, y la pertenencia se da según el domicilio.

En ella convergen personas, hijos de Dios y de la Iglesia, sin selección alguna: de todas las edades, condiciones sociales, diferente compromiso cristiano, vivencias distintas.


La parroquia realiza la unidad de todos en la diversidad, congrega en la unidad, dando un testimonio visible de Jesucristo en el lugar (barrio, ciudad, pueblo, aldea) donde está enclavada.

Se equivocaría terriblemente quien viera en ella el lugar para cumplir unos ritos, acudir con espíritu individualista a vivir unas ciertas ceremonias y sacramentos y por tanto la considerase inútil, estancada o muerta. 

La parroquia, toda parroquia, posee su propio dinamismo, su misión, su papel específico evangelizador y santificador. No está pasada de moda, sino que por su peculiar naturaleza está viva y crece.

sábado, 5 de mayo de 2018

La carne para la resurrección

La santa Pascua del Señor ilumina las realidades últimas, la escatología, en la que el hombre redimido por el sacrificio pascual de Jesucristo, llega a su destino último y feliz.

Resucita Cristo, resucita la carne de Cristo, transida por el Espíritu Santo. 

Es el Espíritu quien irrumpió con fuerza vivificadora en el sepulcro y tomando la carne muerta del Verbo encarnado, la resucita y la llena de gloria.

La carne de Cristo ha sido vivificada, y es que la carne, la corporalidad, la materialidad, forma parte del hombre creado, de la naturaleza humana.

Enseña el Catecismo:

364 El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu (cf. 1 Co 6,19-20; 15,44-45):
«Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día» (GS 14,1).
365 La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la "forma" del cuerpo (cf. Concilio de Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza.

jueves, 3 de mayo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, VI)

Hacer el bien en un momento puntual y concreto puede ser hasta fácil: una ayuda ocasional, un servicio concreto a alguien, una obra de misericordia corporal o espiritual.

Lo que ya es difícil, y requiere virtud, es continuar haciendo el bien, de forma constante, permanente, cuando nada externo nos ayuda, cuando no se ven resultados ni palabras de ánimo, o las circunstancias exteriores son adversas, o continuar haciendo el bien nos supone algún tipo de incomodidad, peligro o persecución.


La perseverancia en el bien sólo la alcanzan quienes son pacientes, aquellos que ya han adquirido la virtud de la paciencia. Entonces hacen siempre el bien a pesar de las resistencias o ataques exteriores o dificultades que se encuentran por el camino.

La consideración sobre el bien que es la paciencia adquiere aquí ese argumento más en favor de su necesidad. San Cipriano lo pondera.


"13. Es saludable el siguiente aviso del Señor, maestro nuestro: “El que se sostuviese hasta el fin, éste se salvará” (Mt 10,22). Y en otro lugar: “Si guardareis mi palabra, seréis verdaderos discípulos míos” (Jn 8,31). Hemos de soportar y perseverar, hermanos amadísimos, para que, con la esperanza de la verdad y libertad, podamos alcanzar la misma verdad y libertad; porque se es cristiano por la fe y la esperanza, pero para que logremos el fruto de ellas nos es precisa la paciencia. Pues no vamos tras la gloria de acá, sino tras la futura, conforme a lo que nos avisa el apóstol Pablo cuando dice. “Hemos sido salvados por la esperanza. La esperanza que se ve, ya no es esperanza; si uno ya lo ve, ¿cómo va a esperar lo que está viendo? Mas, si esperamos lo que no vemos, nos sostenemos por la espera de ello” (Rm 8,24-25).

martes, 1 de mayo de 2018

Lo que corresponde a una Iglesia santa (Palabras sobre la santidad - LIII)

Amorosísima para su Esposo, y fiel a Él, la Iglesia es santa para corresponder a la dignidad de su Señor, Jesucristo. Él la ha hecho santa para desposarla consigo. La ha enriquecido de dones, gracias, virtudes, carismas, ministerios; la ha embellecido y rejuvenecido constantemente con su Espíritu Santo. ¡Ella es santa por la santidad que le confiere Cristo!

Todo en la Iglesia debe estar al servicio de la santidad y todo está en función de la santidad: una santidad que es esponsal, una santidad que le viene dada por la plenitud del Espíritu Santo. Es santa en sí misma por obra del Señor.

Así lo confesamos, alegres, llenos de gozo, en el Credo: "Creo en la Iglesia que es santa..."

"Durante nuestra vida esta revelación es todavía incompleta; tiene lugar “per speculum, in aenigmate”, como por reflejo, bajo un velo arcano (1Co 13,12); el aspecto divino en la santidad es sólo y escasamente patente, aunque no sea del todo escondido para nosotros, y para un ojo limpio se manifiesta ya de tal manera que llena a toda la Iglesia de su espléndido adorno y constituye una de sus “notas” distintivas y características, precisamente la de la santidad de la Iglesia; nota, que frecuentemente no descubre la observación profana y que niega el juicio fenoménico sobre la humanidad de la Iglesia a causa de los defectos y pecados, que, por culpa del elemento humano de que ella está compuesta, la esconden y la deforman. Pero no hasta el punto de que tal nota de santidad pase inadvertida para la honesta observación de los hombres de este mundo" (Pablo VI, Homilía en la beatificación de 24 mártires de Corea, 6-octubre-1968).

A la vez, y como contraste, sabemos y vemos los pecados, los fallos y las debilidades de la Iglesia: es éste su rostro humano, el que formamos cada uno de nosotros, pecadores, y por tanto, nosotros los que ensuciamos su limpia hermosura, los que ajamos su rostro con el surco y arrugas de pecados, ambiciones, apatía, mediocridad, tibieza.