Un apartado de la obra de Marie-Joseph Le Guillou, "El rostro del Resucitado", trata de la santidad, destacando los contenidos fundamentales del Concilio Vaticano II.
La forma de presentarlo, o el lenguaje que emplea el autor, me parecen sencillos y claros para nosotros e incluso cabría resaltar que al leer el texto uno desea más la santidad y comprende mejor el misterio de la Iglesia como una preciosa Comunión de los santos, real, efectiva, muy concreta.
Dice el texto, aunque sea muy amplio:
"Para todos los cristianos, la vida religiosa es una llamada a esa transfiguración perfecta a imagen de Cristo que es la vocación de todos y que es, siempre y a la vez, personal y comunional.
Soy transformado a imagen de Cristo de manera absolutamente única y personal, pero lo soy en comunión con todos mis hermanos.
Por eso puedo descubrir en mis hermanos conformados a imagen de Cristo, su Rostro, y puedo vivir en su familiaridad, en la alegría común de glorificar juntos al Dios que nos salva (LG 50).
Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura (cf. Hb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino, hacia el cual somos atraídos poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (cf. Hb 12, 1) y con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio (LG 50).


