lunes, 10 de enero de 2011

Modelo de intercesión litúrgica

Me ha parecido preciosa la segunda lectura del Oficio de hoy: san Clemente romano en su carta a los corintios introduce una larga plegaria dirigida al Padre con un clarísimo sabor litúrgico.

Para él, como para tantos Padres de la Iglesia y santos, el lenguaje de la liturgia lo interiorizaban de tal manera que al orar o al escribir les brotaba ese estilo litúrgico, sin afectación ni sentimentalismo. La liturgia y sus textos marcaban a los Padres de la Iglesia y a los santos porque para ellos no era un ceremonial, sino la gran oración eclesial en la que se formaban y educaban su espíritu. Luego, como consecuencia natural, esa forma de orar litúrgica, sin esfuerzo alguno, esa su propia y personalísima forma de dirigirse a Dios.

El proceso que estamos sufriendo es el siguiente: no hemos sido iniciados a la liturgia, a su lenguaje, sacralidad, gestualidad; entonces introducimos en la liturgia textos y lenguajes sentimentales (cuyo ámbito siempre sería la oración privada) y cambiamos su sacralidad añadiendo gestos (ofrendas, cantos, moniciones) simbólicos, cargados de subjetivismo. La liturgia así pierde su ámbito sacro y se convierte en la excusa para proyectar en ella lo emotivo-sentimental convirtiendo en protagonistas y centro a los fieles participantes.

En el texto de san Clemente vemos una plegaria de intercesión que muy bien podría inspirar nuestra Oración de los fieles en la liturgia, por su catolicidad, por sus intenciones, también por su brevedad.

Con él, oremos hoy e intercedamos.

Haz que esperemos en tu nombre, 
tú que eres el origen de todo lo creado; 
abre los ojos de nuestro corazón, para que te conozcamos a ti, el solo altísimo en las
alturas, el santo que reposa entre los santos; 

que terminas con la soberbia de los insolentes, 
que deshaces los planes de las naciones, 
que ensalzas a los humildes y humillas a los soberbios, 
que das la pobreza y la riqueza,
que das la muerte, la salvación y la vida, el solo bienhechor de los espíritus 

y Dios de toda carne; 
tú que sondeas los abismos, que ves todas nuestras acciones, 
que eres ayuda de los que están en peligro, 
que eres salvador delos desesperados, 
que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos; 
tú que multiplicas las naciones sobre la tierra 
y eliges de entre ellas a los que te aman 
por Jesucristo, tu Hijo amado, 
por quien nos has instruido, santificado y honrado. 

Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa.
Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, 

compadécete de los humildes, 
levanta a los caídos,
socorre a los necesitados, 

cura a los enfermos, 
haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; 
da alimento a los que padecen hambre, 
libertad a nuestros cautivos, 
fortaleza a los débiles, 
consuelo a los pusilánimes;
que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, 

y que Jesucristo es tu siervo, 
y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.
 
Tú has dado a conocer la ordenación perenne del mundo, 
 por medio de las fuerzas que obran en él; 
tú, Señor, pusiste los cimientos de la tierra, 
tú eres fiel por todas las generaciones, 
justo en tus juicios, 
admirable en tu fuerza y magnificencia, 
sabio en la creación 
y providente en el gobierno de las cosas creadas, 
bueno en estos dones visibles 
y fiel para los que en ti confían, benigno y misericordioso; 
perdona nuestras iniquidades e injusticias,
nuestros pecados y delitos.

No tomes en cuenta todos los pecados de tus siervos y 
siervas, antes purifícanos en tu verdad y asegura nuestros pasos, 
para que caminemos en la piedad, la justicia y la rectitud de corazón, 
y hagamos lo que es bueno y aceptable ante ti y ante los que nos gobiernan.
 
Más aún, Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, 
para que gocemos del bienestar en la paz, 
para que seamos protegidos con tu mano poderosa, 
y tu brazo extendido nos libre de todo pecado 
y de todos los que nos aborrecen sin motivo. 

Da la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, 
como la diste a nuestros padres, 
que piadosamente te invocaron con fe y con verdad. 

A ti, el único que puedes concedernos estos bienes y muchos más, 
te ofrecemos nuestra alabanza por Jesucristo, 
pontífice y abogado de nuestras almas, 
por quien sea a ti la gloria y la majestad, 
ahora y por todas las generaciones,
por los siglos de los siglos. Amén.

6 comentarios:

  1. Nada más que decir.
    ¡AMÉN!

    Muchas gracias.

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  2. Magnífica la oración de san Clemente, es una estupenda forma de interceder unos por otros, haciendo real la comunión.
    Gracias don Javier.

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  3. catequista Palma del Río10 enero, 2011 13:51

    Después de días sin poder participar de esta "fuente de luz" donde vamos formando y educando el espíritu doy GRACIAS A DIOS por D. Javier,sacerdote a imitar, pues con su catequesis en la red ESTAMOS SIENDO INICIADOS en la liturgia: a su lenguaje y a su ámbito sacro.

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  4. Hola D. Javier. El subjetivismo desacraliza y empobrece.Me sorprendió en la bellísima oración eso de "siervos y siervas", las modas creo que también empobrecen.

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  5. Desde Sevilla:

    -Gracias. -No hay de qué.

    Catequista Palma del Río:

    Bienvenido (o bienvenida) de nuevo, pues. A leer y participar: aquí pretendemos tomarnos muy en serio esta labor de formar, evangelizar, consolidar.

    NIP:

    Jamás uso en el lenguaje cotidiano y NUNCA en una homilía el "amigos y amigas, hermanos y hermanas, miembros y miembras..." Me desagrada.

    Pero... en la liturgia sí se usa. Recordemos el Canon romano en su versión latina:

    Memento, Domine, famulorum famularumque tuarum N. et N. et omnium circumstantium" (Acuérdate, Señor, de tus siervos y de tus siervas N. y N., y de todos los que están aquí rodeando de pie...)

    "Memento etiam, Domine, famulorum famularumque tuarum N. et N. qui nos praecesserunt cum signo fidei" (Acuérdate, Señor, de tus siervos y de tus siervas N. y N. que nos precedieron con el signo de la fe...)

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