sábado, 30 de octubre de 2021

Mecanismos de la liturgia (IV)

Los mecanismos y leyes de la liturgia, al ser explicados, nos iluminan para comprender la liturgia, vivirla mejor, realizar con solemnidad y con sentido.

La liturgia suele tener un esquema celebrativo fijo, unas partes concretas, donde luego se insertan otros ritos en días solemnes o en celebraciones sacramentales; partes más breves en días feriales, y más desarrolladas en las celebracions dominicales y solemnes.





            5. La liturgia tiene su ritmo y estructura celebrativa. En líneas generales, cada acción litúrgica, de un modo más desarrollado y amplio, o más breve, posee una estructura común:

            Preparación – Liturgia de la Palabra – Liturgia sacramental – Ritos de conclusión


Esa estructura se vuelve diáfana si celebra con ritmo y proporción, y no desfigurando esa estructura prolongando excesivamente, por ejemplo, la Liturgia de la Palabra con moniciones, explicaciones y homilía interminable, para luego reducir tiempo y apresurarse a ejecutar la Liturgia sacramental. Entonces es cuando la liturgia se vuelve complicada y extraña porque se no adivinan cuáles son sus partes ni sus líneas claras. 


No puede haber 25 minutos de homilía y luego, sin más, emplear la plegaria eucarística II por ser más breve, sin cantar nada, ni el prefacio ni las aclamaciones (Sanctus, “Este es el sacramento de nuestra fe” “Por Cristo… Amén”), por aligerar. Eso es lo que vuelve a la liturgia complicada y extraña.

jueves, 28 de octubre de 2021

"Programa pastoral": la adoración eucarística



Con el convencimiento de saber los frutos pastorales y espirituales que para la vida cristiana y comunitaria aporta la exposición del Santísimo, recojamos las últimas invitaciones del magisterio pontificio sobre la adoración y culto a la Eucaristía, recuperando una praxis litúrgico-pastoral que nunca debió desaparecer de las parroquias y comunidades religiosas.



La encíclica Ecclesia de Eucharistia, de Juan Pablo II, recogiendo una cita del ritual, recuerda que:


 “corresponde a los Pastores animar, incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las especies eucarísticas... Una comunidad cristiana que quiera ser más capaz de contemplar el rostro de Cristo... ha de desarrollar también este aspecto del culto eucarístico, en el que se prolongan y multiplican los frutos de la comunión del cuerpo y sangre del Señor” (n. 25). 


Además, añade el papa en la conclusión, favorece la edificación de la Iglesia y da frutos eximios de santidad como lo atestigua la piedad eucarística de tantos santos.

            Juan Pablo II, al plantear el Año de la Eucaristía 2004-2005 deseaba unas realizaciones concretas no exclusivas para ese Año sino como un fruto permanente, y entre esas realizaciones señalaba: 


“Incluso si el fruto de este Año se limitara al de reavivar en todas las comunidades cristianas la celebración de la Misa dominical e incrementar la adoración eucarística fuera de la Misa, este Año de gracia conseguiría un resultado significativo. Es bueno con todo, mirar hacia arriba, no contentándonos con medidas mediocres, pues sabemos que podemos contar siempre con la ayuda de Dios” (Carta Mane nobiscum Domine, n. 29).


miércoles, 27 de octubre de 2021

La caridad, virtud teologal (y III)


5. El último grado del amor, el amor a los enemigos, como Cristo en la cruz perdonó (Lc 23,34) y como Él nos enseñó en el Padrenuestro (Mt 6,12). 

El amor a los enemigos, a los que nos han hecho daño, a los que nos han perseguido es la piedra de toque de la verdadera virtud de la caridad. 



Amar a los enemigos es perdonar y olvidar (o desear y tratar de olvidar) el daño recibido; es orar por ellos pidiendo la bendición de Dios (cf. Mt 5,44) y hacerles el bien si nos necesitan (Rm 12,20) sin albergar odio, ni rencor, ni resentimiento. 

¿Hasta siete veces? “Hasta setenta veces siete” (Mt 18,29), es decir, siempre, ilimitadamente.

Este amor a los enemigos, fruto de saberse amado por Dios aunque le seamos infieles, es un acto de la voluntad de hacer el bien, prestar un servicio, orar, desear lo mejor para nuestros enemigos. Pudiera confundirse este amor a los enemigos con el campo afectivo, y pensar que amar a los enemigos es tener sentimientos de cariño y afecto. Al no brotar este sentimiento sentimos que somos hipócritas, que no llegamos a amar al enemigo. Pero el amor cristiano va más allá de la sensibilidad y de los afectos sensibles, del sentimiento: amar es entregarse, amar es hacer el bien a los enemigos aun cuando no haya sentimientos agradables e incluso se pueda sentir repulsión. Por encima de esto, está la voluntad humana, movida por la gracia y por ella auxiliada, para tratar bien a quien nos ha hecho daño, perdonarlo, ayudarle, orar por él. “Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo...” (Mt 5,45).

lunes, 25 de octubre de 2021

La fe que todo lo ilumina


Para ver el alcance pleno y la potencia de la luz de la fe hay que remontarse a su origen, a su Fuente.

¿Nos damos luz a nosotros mismos?
¿Nos hemos inventado una luz inexistente?
La fe misma, ¿de dónde nos viene, cómo brota?


La fe nos viene del encuentro con Dios, un encuentro gratuito donde Dios ha tomado la iniciativa, y que ha transformado el horizonte de nuestra existencia (encuentro del que se ha valido de mil cauces distintos, de personas diferentes, etc.). 

No es un sentimiento –siempre pasajero- sino un encuentro, un Acontecimiento decisivo; entonces todo cambia; nosotros mismos cambiamos:

            “La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo” (Lumen fidei, 4).


sábado, 23 de octubre de 2021

Dinamismo y vida de la comunidad cristiana (I)



La Pascua creó la fraternidad auténtica, la que no nace de intereses o amiguismo, de afectividades inmaduras o de grupos de admiradores, sino de la vida nueva y de la experiencia de Cristo, el Señor.

Las comunidades cristianas iban siendo comunidades amplias, donde se tratan con respeto, cariño, delicadeza, con ternura de hermanos. Todos se conocían, todos se trataban, compartían las experiencias de la fe, ponían sus bienes en común, vivían y celebraban juntos. Era un “camino de salvación”, que no se entendía sin la comunidad-Iglesia y una adhesión de la fe firme a Cristo glorioso.



El contacto con la Palabra y la Eucaristía era la fuente de la vida para los hermanos. No se anquilosaban, no se quedaban parados... sino que progresaban en la vida comunitaria. Y no era para ellos un mal menor, o una imposición de la jerarquía, o algo opinable que cada uno ajustase a su gusto. Es que no se entendía, ¡era impensable!, seguir a Jesucristo sin vivir la experiencia de la comunidad eclesial.

¿Cómo era esta vida comunitaria? Para nosotros, hoy, sigue siendo el modelo de comunidad cristiana, de parroquia.

“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén.
Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían bienes y propiedades y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando” (Hch 2,42-47).

            La vida eclesial tenía un ritmo y un estilo propio.