jueves, 29 de septiembre de 2016

Sentido de catolicidad al participar (I)

No es tan evidente como a primera vista parece. La catolicidad es una impronta y un sentir cum Ecclesia, donde la Iglesia nace y crece en las almas, marcándolas, ensanchándolas.

Ese sentido de catolicidad a veces puede oscurecerse si tomamos la liturgia únicamente como un fenómeno humano, grupal, de un grupo concreto de asistentes que se erigen en norma para sí mismos y la liturgia se llega a convertir en una celebración de ellos mismos, de sus compromisos y estados afectivos.

El sentido de Iglesia en las almas, la catolicidad, orienta nuestro modo de vivir y participar en la liturgia interior y activamente. Así se vive la eclesialidad de la liturgia

            La participación interior en la liturgia se realiza cuando hay un espíritu católico. Con profundo sentido eclesial, reconoce en la acción litúrgica no una acción privada, reservada sólo a los asistentes y con efectos espirituales sólo en los asistentes, de manera que se identifique la liturgia como algo grupal, restringido a la propia comunidad. 

“Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso” (SC 26).

            El sentido católico dilata el corazón, lo ensancha, y esta nota de catolicidad es definitiva para vivir la liturgia con una mayor hondura. La reducción secularista centra la liturgia en los participantes, en el grupo, convirtiéndolo todo en fiesta y compromiso; pero la liturgia, ni es privada ni se reduce a un grupo: es católica. Todos los fieles deben experimentar en sus almas que la liturgia es una “epifanía de la Iglesia”, que “el Misterio de la Iglesia es principalmente anunciado, gustado y vivido en la Liturgia”[1].

            Las súplicas de la Iglesia en su liturgia son siempre universales, incluyen a todos, miran las necesidades de todos los hombres. Lo más alejado de ese espíritu católico es mirar sólo a los propios asistentes, la comunidad allí reunida, sólo lo propio. La catolicidad es siempre integradora: de todos y de todo en la única y santa Iglesia.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sobre la esperanza (II)

Proseguimos la hermosa reflexión del card. Ratzinger que ya empezamos a leer; es un artículo publicado en Communio, ed. francesa, IX, 4, junio-agosto 1984.

Veremos cómo la esperanza es lo más humano, lo más conveniente a la estructura creada del hombre, pero que siendo Don, sólo puede ser recibido de Dios.

Además, la esperanza sobrenatural, cristiana, ilumina, purifica y eleva nuestras pequeñas esperanzas humanas. Entronca el artículo, así pues, con lo más humano y experimentable y por tanto con lo que somos y vivimos. Nos sentiremos, sin duda, reflejados e interpelados.


"La fe: una esperanza

Ésta es exactamente la cuestión a la que se refieren las frases de san Pablo evocadas más arriba: la espera de este "paraíso" que nos falta, no nos abandona; pero este estado de carencia se vuelve desesperanzador si no hay certeza sobre Dios, ni certeza sobre una promesa que provenga de él. Es por lo que no existe (y no puede existir) sin la encarnación de este Dios, sin su muerte y su resurrección, lo que Pablo llamó: "los otros" están sin esperanza. Es por lo que Jesús es esta esperanza, que ser cristiano consiste en vivir con esperanza y que, tanto en el Nuevo Testamento como en los Padres apostólicos, los conceptos de fe y de esperanza son, en cierta medida, intercambiables.

Así la Primera carta de Pedro habla de dar cuenta de nuestra esperanza, allí donde se trata de hacerse el intérprete de la fe entre los paganos (3,15). La Carta a los Hebreos llama a la confesión de la fe cristiana "confesión de la esperanza" (10,23). La Carta a Tito define la fe recibida como una "bienaventurada esperanza" (2,13). La Carta a los Efesios plantea como premisa la afirmación fundamental "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos", y así sólo hay "una esperanza al término de la llamada que habéis recibido" (4,4-6). Se podrían multiplicar las citas.

lunes, 26 de septiembre de 2016

La Iglesia como comunidad/comunión de los santos (II)

La vinculación de unos con otros, sobrenatural y por gracia, mediante el Espíritu Santo que forma a la Iglesia como Comunión de los santos, mutuamente nos enriquece. Es de todos lo que cada uno aporta u ofrece, lo que cada uno es, fecundando así la Comunión.

Los lazos reales en el Cuerpo místico del Señor forman una red invisible y extensa de puntos de contacto, donde fluyen y confluyen virtudes, oraciones, méritos y sacrificios, llegando allí donde ni soñamos, llegando a quien ni conocemos pero que nos necesita. Cada uno a su vez es sostenido por los demás, con una eficacia sobrenatural impensable.

Nos necesitamos todos y nos pertenecemos unos a otros. Nada es exclusivo de nadie, sino que todo está a disposición permanente de los demás en este Cuerpo del Señor. Es la solidaridad de los redimidos en la santa Comunidad, la Iglesia.

"En lo más íntimo de sí, si el hombre es una sola cosa con los demás, de tal modo que la culpa ajena se convierte en propia, así también la expiación de un hombre que puede alcanzar a los demás. El Hijo de Dios se hizo hombre y cargó sobre sí la culpa de la raza humana. Ésta no es una frase vacía o simplemente un pensamiento hermoso. Getsemaní muestra que esa frase expresa una realidad de lo más tremenda, una experiencia de lo más impresionante. Jesús intercedió en favor de nosotros, y, de este modo, hizo que su sufrimiento pasara a ser patrimonio nuestro. Él nos ha redimido, no sólo por su ejemplo, su doctrina y su enseñanza -todo esto pasa a un segundo plano-, sino por la expiación reparadora vicaria con la que intercedió ante Dios por nosotros. Tan grande es la comunidad objetiva de la expiación, que un niño renace a una nueva existencia y a una nueva vida. Gracias a la eficacia salvífica, sin que esa criatura ponga algo de sí.

Tenemos la comunidad de los renacidos a la vida nueva, es decir, la comunidad de los santos. La gracia de Cristo, como un único torrente de vida, impregna a todos. Todos viven a partir de su misma figura operante. En todos obra precisamente el Espíritu Santo. Cada uno recibe la gracia no sólo para sí, sino también para los demás, y la derrama a raudales por medio de cada palabra, de cada encuentro, de cada buen pensamiento, de cada buena acción realizada con amor. Todo fortalecimiento en la gracia, en virtud de una mayor fidelidad, profundización y crecimiento interior, robustece también esta difusión de la gracia entre los demás. Cuando alguien crece en el conocimiento y en el amor, también, produce su efecto sobre los otros, no sólo por la palabra, la escritura y el ejemplo visible, sino, inmediata y esencialmente.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Espiritualidad de la adoración (XIV)

La espiritualidad de la adoración eucarística nos lleva a la confianza y abandono en Dios. Horas y horas de trato personal con Jesucristo en el Sacramento afianzan la confianza, ya que sólo se puede confiar en quien se quiere, con quien se trata.


La amistad va creciendo en el trato continuo, asiduo, y es ese trato continuo el que va demostrando cómo uno se puede fiar del amigo, entregarle la confidencia y la llave del corazón. Mucho más con Jesucristo: la confianza y el abandono en sus manos sólo se darán cuando haya un trato continuo durante las horas de adoración.

En las manos de Cristo se pone todo: el pasado, el presente y el futuro; en sus manos se ponen los problemas, las dificultades y las luchas; con Él el corazón se abre por completo y descubre todos los recovecos, sabiendo que Cristo acoge y recibe y busca en todo nuestro bien.

jueves, 22 de septiembre de 2016

La oración en la vida, la vida en la oración

La oración, cuando es verdadera, incide en la vida con la fuerza del Espíritu Santo. Lo sabemos. Pero no incide al modo pelagiano, gracias a nuestros esfuerzos y propósitos extraídos a duras penas en cada rato de oración. Incide como cualquier relación personal modifica al amante, incide como los encuentros con Cristo fueron transformando a quienes se pusieron ante Él en conversación.

La oración jamás es un paréntesis de relajación en la vida, un aislamiento para olvidar, "desconectar" de todo, sino para que la vida sea una ofrenda, y se ore la vida misma pasándola ante el Señor para que Él la purifique, la ilumine, la discierna, la acepte.

Y la vida misma, con sus movimientos, su consolación y desolación, es un lenguaje interior delicadísimo del Espíritu Santo que hemos de saber interpretar y discernir. En cierto modo, aquello de "los signos de los tiempos", se aplica a lo que sentimos, pensamos, experimentamos, ya que son lenguajes divinos para conducirnos. Esto se llama, técnicamente, "mociones".

Veamos más extensamente esta teología de la oración en este punto concreto.

"En el camino que se dirige a Cristo y que es Cristo, el Espíritu mismo nos conduce. Así, una vez conocida la verdad de la oración, ya no hay otra regla en ella que la de dejarse conducir por el Espíritu. Lo que se traduce por dos consejos: en la oración, gustad las cosas de manera interior y permaneced allí donde halléis fruto. La oración no tiene por objetivo cumplir un programa fijado de antemano ni abarcar el máximo posible de materia. Aunque es bueno haber preparado la oración, haber previsto su contenido y su desarrollo (es lo que hace la liturgia con sus esquemas fijos), también conviene no preocuparse de nada más que lo que se contempla o considera, porque las cosas contempladas o consideradas se despliegan en el espíritu encarnado del hombre según lo que son y según lo que le convienen. De ahí el doble criterio del gusto y del fruto.