lunes, 31 de diciembre de 2012

Cristo nacido, Rey del mundo

Cantad al Señor... El Señor reina sobre las naciones. ¿Quién nos ha nacido? El que lleva a hombros el Principado y es llamado Príncipe de la Paz.

La liturgia canta los salmos reales en la Navidad, en la Misa, en el salmo responsorial y en el oficio de lecturas. Le canta a su Señor porque "el Señor reina, la tierra goza", porque "llega a regir la tierra, regirá el orbe con justicia" y "los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios".

Y constantemente, el salmo 2: "Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy... Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión".

Cristo, nacido, es Rey de todo y de todos, el Señor.
"Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". La Iglesia comienza la liturgia del Noche Santa con estas palabras del Salmo segundo. Ella sabe que estas palabras pertenecían originariamente al rito de la coronación de los reyes de Israel. El rey, que de por sí es un ser humano como los demás hombres, se convierte en "hijo de Dios" mediante la llamada y la toma de posesión de su cargo: es una especie de adopción por parte de Dios, un acto de decisión, por el que confiere a ese hombre una nueva existencia, lo atrae en su propio ser. La lectura tomada del profeta Isaías, que acabamos de escuchar, presenta de manera todavía más clara el mismo proceso en una situación de turbación y amenaza para Israel: "Un hijo se nos ha dado: lleva sobre sus hombros el principado" (9,5). La toma de posesión de la función de rey es como un nuevo nacimiento. Precisamente como recién nacido por decisión personal de Dios, como niño procedente de Dios, el rey constituye una esperanza. El futuro recae sobre sus hombros. Él es el portador de la promesa de paz. En la noche de Belén, esta palabra profética se ha hecho realidad de un modo que habría sido todavía inimaginable en tiempos de Isaías. Sí, ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder. En Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este niño ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad. Para este niño valen los títulos de dignidad que el cántico de coronación de Isaías le atribuye: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz (9,5). Sí, este rey no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo. Él lleva en sí mismo la sabiduría y el consejo de Dios. Precisamente en la debilidad como niño Él es el Dios fuerte, y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios.

domingo, 30 de diciembre de 2012

¡Jesucristo, Jesucristo! (y II)

Jesucristo es único, realmente único, y para quien ha tenido la dicha de ser encontrado por Él, resulta la Presencia más importante y decisiva, el factor que integra y restaura toda su humanidad, todo lo humano.

Su encarnación -y nacimiento- es el Acontecimiento decisivo que tiene que ver, y cuánto, con nuestra vida hasta en sus elementos más sencillos y cotidianos.


Todo, con Él es elevado a la mayor altura posible. Todo es recapitulado en Él (cf. Ef 1,15), su Cabeza, porque todo tiende a Él y encuentra su plenitud en Él, y fuera de Él, todo estaría incompleto.

El deseo del Padre es "recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra" (Ef 1,15) porque Cristo es la Meta y el Centro.

"Vino, por tanto, el Hijo, enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en El todas las cosas (cf. Ef 1,4-5 y 10)" (LG 3).

"El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. El es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos. Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: "Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra" (Eph 1,10)" (GS 45).

sábado, 29 de diciembre de 2012

Cristo, Primogénito

Cristo es el Primogénito. "María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales..."

¿En qué sentido podemos afirmar con propiedad que Él es el primogénito? ¿Hay alguno más tras él?

Benedicto XVI bellamente señala la primogenitura del Salvador:

"María dio a la luz a su hijo primogénito" (Lc 2,7). San Lucas describe con esta frase, sin énfasis alguno, el gran acontecimiento que habían vislumbrado con antelación las palabras proféticas en la historia de Israel. Designa al niño como "primogénito". En el lenguaje que se había ido formando en la Sagrada Escritura de la Antigua Alianza, "primogénito" no significa el primero de otros hijos. "Primogénito" es un título de honor, independientemente de que después sigan o no otros hermanos y hermanas.
Así, en el Libro del Éxodo (Ex 4,22), Dios llama a Israel "mi hijo primogénito", expresando de este modo su elección, su dignidad única, el amor particular de Dios Padre. La Iglesia naciente sabía que esta palabra había recibido una nueva profundidad en Jesús; que en Él se resumen las promesas hechas a Israel.
Así, la Carta a los Hebreos llama a Jesús simplemente "el primogénito", para identificarlo como el Hijo que Dios envía al mundo después de los preparativos en el Antiguo Testamento (cf. Hb 1,5-7). El primogénito pertenece de modo particular a Dios, y por eso -como en muchas religiones- debía ser entregado de manera especial a Dios y ser rescatado mediante un sacrificio sustitutivo, como relata san Lucas en el episodio de la presentación de Jesús en templo. El primogénito pertenece a Dios de modo particular; está destinado al sacrificio, por decirlo así. El destino del primogénito se cumple de modo único en el sacrificio de Jesús en la cruz. Él ofrece en sí mismo la humanidad a Dios, y une al hombre y a Dios de tal modo que Dios sea todo en todos.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Conocer a Jesús un poco más


La siguiente catequesis es muy navideña, lo cual no querrá decir nunca sentimental, sino al hilo de lo que estamos celebrando.
Pablo VI, partiendo de la historia del Belén y de los nacimientos, ofrece una reflexión sencilla y práctica: hemos de conocer a Jesús, hemos de conocerlo mejor, cada día más, un poco mejor.


Jesucristo no se agota en lo poco o en lo mucho que ya sepamos de Él; es tan inefable, tan insondable, su Persona, que siempre habremos de volver, con estudio, con piedad y con fe, a penetrar un poco en su Misterio.

Sí, la Navidad es tiempo de estudio, del estudio nunca acabado de nuestro buen Señor Jesús.


               "El primer biógrafo de San Francisco de Asís, fray Tomás de Celano, en Abruzzo, narra en el capítulo XXX de la primera vida del santo, escrita por él (1228), por orden del Papa Gregorio IX, el origen del Belén, es decir, de la representación escénica del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, según el Evangelio de San Lucas, con la adición convencional del buey y del borriquillo, Isaías (1,3) nos ha dado ocasión y San Ambrosio, con otros, lo recuerda en su expositio Evang. (Luc 2,42; PL 15, 568). Escribe fray Tomás que el supremo propósito de San Francisco era el de observar en todo y siempre el Santo Evangelio. “Especialmente –escribe- la humildad de la Encarnación y la caridad de la Pasión estaban siempre en su memoria, de modo que raramente quería pensar en otra cosa. Se recuerda a este propósito y se celebra con reverencia cuanto él hizo, tres años antes de morir, cerca del pueblo que se llama Greccio, por el día del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo (en 1226). Vivía por aquellos lugares un cierto Juan, de buena fama y de vida mejor, al que el beato Francisco amaba particularmente porque siendo aquél noble y muy estimado, menospreciaba la nobleza de la sangre y ambicionaba tan sólo la nobleza del espíritu. El beato Francisco, como a menudo venía haciendo, casi quince días antes de Navidad lo llamó y le dijo: Si te agrada que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor ve tú delante y prepara lo que te voy a decir. Quiero celebrar la memoria de aquel Niño que nació en Belén y, cierto modo, ver con los ojos del cuerpo las incomodidades en que se encontraba por la falta de cuanto necesita un recién nacido; cómo fue colocado en un pesebre y cómo yacía sobre el heno, junto al buey y al borriquillo. Oído esto, aquel hombre bueno y piadoso se fue corriendo y preparó en el lugar indicado todo lo que el Santo había dicho” (Vita prima, c. 30, Analecta Franciscana X, p. 63).


                Éste es el origen de nuestro Belén.

jueves, 27 de diciembre de 2012

El canto litúrgico en la Navidad

Si normalmente nuestro canto litúrgico en general es muy pobre (lleno de buena voluntad, sí, pero pobre), cuando llega el tiempo de Navidad, la liturgia en muchísimas ocasiones baja aún más en calidad, al introducir sin criterio alguno, villancicos populares como cantos de entrada, ofrendas o comunión ("Los peces en el río", "El camino que lleva a Belén", "Hacia Belén va una burra...", etc., etc.), ignorando los cantos principales tales como el "Gloria" o el Salmo responsorial. Se convierte la liturgia en un concurso de villancicos y disfraces de pastorcitos que no cuadra con la naturaleza de la liturgia, y se califica de "antiguo" a quien no pueda admitir semejantes inventos en la liturgia.

Hay que distinguir cuidadosamente aquello que es "popular", "folclórico", apto para una reunión familiar o de amigos, del ámbito sagrado de la liturgia. No todo lo que se canta en casa, o con amigos, y que es simpático y alegre, cuadra por su letra, música y ritmo, en la celebración de la liturgia. Introducirlos sin más, es rebajar más aún el nivel de la música y canto en nuestras celebraciones. No basta cantar cualquier cosa en la liturgia para justificar que al menos todos cantan, sino que se trata de cantar realmente LA liturgia, elevando el nivel de todos también. No es cantar por cantar, para que "todo quede bonito".

El Directorio "Canto y música en la celebración" es la pauta tanto para formarnos como para elevar el nivel del canto litúrgico en parroquias y monasterios. En él encontramos las directrices oportunas y claras, muy claras: