lunes, 30 de julio de 2012

La Iglesia es mariana (Catequesis)

La Iglesia es mariana.

Sí. Pero, ¿qué queremos decir con ello? Hemos de situarnos en el plano de la catequesis que nos forma y de la teología que reflexiona. Por ello quitemos el devocionalismo de pensar que la afirmación "la Iglesia es mariana" significa que ante todo hay que potenciar el culto mariano (que es necesario, claro, sin los excesos de equiparar a María con Cristo).

La Iglesia es mariana porque la Virgen María es la mejor prefiguración, imagen y tipo de la Iglesia. 

Lo que ocurrió en María es lo que ocurre en la Iglesia; la perfección y santidad de María es la perfección y santidad que la Iglesia está llamada a alcanzar. 

Las relaciones entre la Virgen María y la Iglesia son estrechísimas, y cuanto más mire e imite a María, la Iglesia será más santa y por tanto, como María, será Virgen, Esposa y Madre.

Demos algunos pasos. 

El primer paso, la Tradición. La patrística, con su aguda percepción del Misterio, proclamaba la mutua relación entre la Virgen y la Iglesia:

"Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo Hijo.
Pues así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, asimismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes.
Ambas son madres, y ambas vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra.
Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas se entiende con razón como dicho en singular de la virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la virgen madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos" (Isaac de la Estrella, sermón 51).
El Misterio de la Virgen Madre desvela el misterio de la Iglesia misma; aquello que la Virgen es en plenitud, eso será la Iglesia aún peregrina. Son palabras de Juan Pablo II recogiendo la enseñanza de la Lumen Gentium del Vaticano II:

sábado, 28 de julio de 2012

Pensamientos de San Agustín (XII)

Alumnos de un gran maestro, nos apretamos en torno a su cátedra, aguzamos el oído y procuramos hoy no desperdiciar ninguna migaja de sus palabras.

Es llamado san Agustín el Doctor de la Caridad por la extensión y profundidad de su predicación y sus escritos sobre la caridad. Para él, la caridad es el medio por el que se sube desde la humildad de lo que somos, ya que mediante la caridad descendió Quien es nuestra salvación.

En el camino, avancemos por la sendas de la caridad.
Tus pies son la caridad. Ten dos pies, no seas cojo. ¿Cuáles son los dos pies? los dos preceptos del amor: el de Dios y el del prójimo. Con estos pies corre hacia Dios, acércate a Él, porque Él te exhorta a correr y Él de tal modo derrama su luz, que puedes magnífica y espléndidamente seguirle (San Agustín, Enar. in Ps. 33, 8.2, 10).
La caridad se muestra, se verifica, en las obras, en el actuar cristiano cotidiano.
Elimina la fe: desaparece el creer; suprime el amor: desaparece el obrar. Fruto de la fe es que creas; fruto de la caridad, que obres (San Agustín. Sermón 53,11).
El hombre ante Dios es, siempre, mendigo y a la vez oferente. ¿Qué se le puede ofrecer a Dios? ¿Qué se le puede entregar? Nada externo a uno mismo. En la misma liturgia celebrada, la ofrenda es la de la propia persona que junto con Cristo se ofrece al Padre: "Por Cristo, con Él y en Él..."
Tienes ya algo que ofrecer. No eches la vista a tus rebaños ni prepares navíos para ir a naciones lejanas en busca de aromas. Busca en el interior de tu corazón aquello que es agradable a Dios. Hazte un corazón contrito (San Agustín, Sermón 19,3).

viernes, 27 de julio de 2012

El laicado vivo que asume tareas

¿Un laico recibe algún encargo de la Iglesia? ¡Sí! El dinamismo propio del bautismo, concretado en su vocación laical, lo lleva a vivir su vocación en el mundo asumiendo tareas que le pertenecen por su propia naturaleza.

¡Ah!, ¿pero no es la pura pasividad? ¡No! El fiel laico posee una vocación y una misión, irrenunciable, insustituible. Le pertenece a él, no al sacerdote; es suya, no del religioso o consagrado.

¿Entonces? Pues habrá que mostrar el horizonte de la vocación laical y su campo de acción, recordarlo las veces que sean necesarias y ayudar, animar y acompañar en el desempeño de su apostolado.

"La Iglesia se concentra de modo especial en educar a los discípulos de Cristo, para que sean cada vez más testigos de su presencia en todas partes. 

-Toca a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, 
  • que la fe permite leer de una forma nueva y profunda la realidad y transformarla; 
  •  que la esperanza cristiana ensancha el horizonte limitado del hombre y lo proyecta hacia la verdadera altura de su ser, hacia Dios; 
  • que la caridad en la verdad es la fuerza más eficaz capaz de cambiar el mundo; 
  •  que el Evangelio es garantía de libertad y mensaje de liberación; 
  • que los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, como la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad, son de gran actualidad y valor para la promoción de nuevas vías de desarrollo al servicio de todo el hombre y de todos los hombres. 

 -Compete también a los fieles laicos participar activamente en la vida política de modo siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia, compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática y en la búsqueda de un amplio consenso con todos aquellos a quienes importa la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda necesaria del bien común. Los cristianos no buscan la hegemonía política o cultural, sino, dondequiera que se comprometen, les mueve la certeza de que Cristo es la piedra angular de toda construcción humana...

martes, 24 de julio de 2012

Una buena noticia

Existen salmos muy diversos, tan variados como distintas son las circunstancias de la vida vividas en la clave de la fe. Los salmos recogen la vida del creyente, hecha oración, canto, alabanza, en todos sus gozos y esperanzas, luchas y angustias. Los 150 salmos de la Biblia forman un sólo libro, el libro de los Salmos, y está destinado para cantar. Son poemas bíblicos de alabanza, “canciones” que se cantan a Dios o delante de Dios. En estos salmos está velado, escondido, y a la vez anunciado, Cristo Jesús, el Evangelio que nos salva.

    Cristo es una “Buena Noticia” (en griego, “evangelio”). ¿Qué noticia es ésa? ¡La más esperada! ¡Siglos anhelando la humanidad esa noticia! ¿Cuál es? Que Dios te ama, con amor intenso y fiel, a pesar de los pecados, de las infidelidades, de la debilidad. Dios ama al hombre, y lo ha dicho y demostrado enviando a su Hijo Jesucristo para salvar el mundo.  

Hay un salmo que anuncia esta tremenda noticia, el salmo 144. El hombre pensaba que Dios quería la condena por los pecados, quería castigar al culpable sin ninguna vía de salvación; que Dios era un Juez temible del que había que esconderse, como hizo Adán (cf. Gn 3,10) y, sin embargo, Dios mismo les hizo unas túnicas de piel a Adán y Eva para cubrirlos con tremendo amor (cf. Gn 3,21), porque así es el amor de Dios. 

El salmo 144 canta: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”. Dios es Dios cercano y cariñoso, tiene entrañas de ternura y misericordia, se preocupa de todos sus hijos, “el Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas su acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan”. ¿Así es Dios? ¿No era vengativo y había que tenerle temor, alejarse de Él? Los que así piensan se equivocan, no han descubierto el Evangelio de Jesucristo. A este salmo sólo le falta una cosa: el Padrenuestro.

lunes, 23 de julio de 2012

El apostolado entraña dificultades


La persona humana es muy compleja. El psiquismo humano es muy complicado: se defiende, rechaza, acepta, juzga. "El corazón del hombre, ¿quién lo entenderá?" (Jer 17,9) Entra en conflicto el consciente, el inconsciente, los deseos y pulsiones con los movimientos de la razón y de la voluntad; el ser con todo lo que de no-ser se alberga aún en el hombre; el mal que se hace y no se quiere y el bien que se querría haber hecho.

    A esta persona, a este hombre, es al que hay que servir, evangelizar y amar. Confiados en las personas, la misión fracasa, porque el pecado se introduce en el corazón humano, se rompen fidelidades y afectos y el que confió en el que ahora le rechaza ¿en quién se refugiará? Al tratar con personas se constata cuán difícil es anunciarle la salvación de Jesucristo para que escuchando crea, creyendo espere y esperando ame. De la naturaleza humana, tan compleja, nace el rechazo, la crítica, la cerrazón, y el apóstol, hombre él también, tendrá que resituarse, aceptar el principio de realidad, amando y sirviendo a los otros tal como son pero, a la vez, quitando de su corazón todo aquello que obstaculiza la misión a la que ha sido llamado: el sentimiento de impotencia, la ansiedad compulsiva, el miedo al fracaso o al rechazo, la falsa humildad (fruto del egoísmo).

    El apóstol, al evangelizar, se va autoevangelizando, y sino, ¡pobre de él! Crece con las dificultades y el corazón se purifica en una más plena y perfecta oboedientia fidei donde se sigue el mandato del Señor y no los propios deseos del corazón. En la fe, ciega y oscura, se evangeliza. Un par de sandalias, sin el caballo de nuestros ídolos; sin bastón, con el único cayado de un corazón creyente anclado en Jesucristo y marchando tras sus huellas (cf. 1Pe 2,21), por los mismos caminos que Él recorrió.

    El apostolado nunca es un juego ni algo sobreañadido que se pueda tomar o dejar a libre arbitrio sino que forma parte connatural del ser discípulo. Por eso las dificultades, de todos los órdenes, irán apareciendo. Muchas de ellas aflorarán como consecuencia de la fragilidad del propio psiquismo humano y de la debilidad del propio corazón; otras serán trampas que el Maligno nos pone para engañarnos y apartarnos así de nuestra vocación y misión; otras, finalmente, vendrán de fuera, de los otros. Mas, como todo sirve para el bien de aquellos a quienes Dios ama, todas estas dificultades del apostolado nos son útiles para un contínuo crecimiento en el ser apostólico. Constantemente hay que purificar los afectos, y corregir todas aquellas inclinaciones desviadas del propio corazón que nos apartan de la verdadera libertad del cristiano para hacernos esclavos de nuestra imaginación o de nuestros deseos. Servirán las dificultades para resituarnos constantemente en los específico de nuestra vocación, el envío, y unirnos cada vez más, por la oración y la gracia, a Aquél que nos envía y que nos llamó porque quiso para estar con Él (cf. Mc 3,13).

    Sólo cuando se tiene el corazón firmemente enraizado en la comunión vital, existencial, orante, con Jesucristo, se es Apóstol. Si se tomase el apostolado como un juego, un entretenimiento, algo pasajero que se puede tomar y dejar cuando nos conviene, y que en cuanto pide más tiempo o exigencia en nuestra vida rechazamos, estaríamos muy lejos de haber entendido el sentido misional y apostólico de nuestro Bautismo.

    Y es que el apostolado sólo puede ser cruz, pero cruz gloriosa, donde morimos y resucitamos con Cristo fecundando nuestra vida entregada el apostolado emprendido. La Cruz gloriosa es el sitio donde encontramos la vida y donde la vida queda iluminada, adquiere nuevo sentido y plenitud. Sin miedo a ella, afianzados en ella, porque ahí encontramos la Vida, sin rehusarla, sin rebelarnos contra ella. La cruz que el Señor nos regala para que vivamos en el Amor de Cristo, desnudo, sin nada, sólo crucificados con Cristo. Ahí, las dificultades del apostolado, nos dan vida.


¿No sintió Cristo estas dificultades?
¿Acaso para los apóstoles todo fue un camino de rosas?
Y los santos, ¿no leemos las dificultades y cruces que asumieron?

Pero, con Cristo, ¡podemos con todo!